Cronopios del autor: Gracias por leerme.
ADVERTENCIA: Yaoi. Violencia. Acción.
Descarga de responsabilidad: Ya lo saben. Haikyuu! no es mío, ojalá lo fuera.
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El circo de las rarezas.
Por St. Yukiona.
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Fenómenos de circo.
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Soy japonés y hoy tengo veinticuatro años, pero desde hace catorce años llevó diez queriéndome morir. Mi papá falleció cuando tenía siete. Mi mamá se volvió loca cuando cumplí ocho. Yo ingerí marihuana sin querer cuando tuve veinte y cuando usted lea esto quizás ya esté muerto. O quizás siga vivo. O quizás yo esté escribiendo una autobiografía que será publicada con mi enorme sonrisa en la portada y debajo del título unas líneas que dirán: "El astro del volley japonés, el Pequeño Gigante de Japón". O quizás sólo esté mirando el televisor forjando un porro de marihuana, ¿quién lo va a saber? Piense en mí como un hombre joven que trabaja alquilando su pene de vez en vez a mujeres que pueden pagar bien o como una lacra que chupa la sangre de gobierno mes a mes con el subsidio para desempleados por discapacidad física. O mejor piense en mí como su vecino, o el chico que pasó a su lado y le llamó la atención por la forma exagerada en que se reía acompañado de nadie más. Piense en mí como mejor le parezca pero después de leer esto. Porque después de leer esto quizás reflexioné un poco cada vez que prenda el auto para ir al trabajo, cada vez que abra un libro y mire en menos las letras inerte, cada vez que respire meditando que su vida no tiene sentido; pues le prometo que no hay vida con más sinsentido que la mía y aún así, sigo aquí.
Respirando.
Siendo una carga para Akiteru, para mi madre, para mi hermana, para la gente que me rodea, y hasta para el pequeño renacuajo que me ha seguido, o mejor dicho he arrastrado.
Piense en mí y siéntase mejor, seguramente tiene una vida menos complicada que la mía.
El destino es impredecible, lector. El destino es impredecible y amargamente agradable; lo descubrí el día en que a mi hermana mayor le regalaron un perro chihuahua y sin querer asusté por detrás al animal, grave error: primero se puso tieso, después se hizo pipí sobre mi tía que lo cargaba y por último comenzó a convulsionarse, a mis tiernos seis años comprendí que tenía el don de matar, pero dos semanas después, en la clase de ciencias naturales, descubrí que mi cuerpo poseía el don de dar parte a la vida.
Un 50% para ser exactos. Y sería fabuloso si no fuera gay. Condenadamente gay. Arcoirosamente gay. Desastrozamente gay. Akiteramente Gay.
La historia que he de narrar tiene que ver conmigo, tiene que ver con usted, tiene que ver con todos los hombres y mujeres de Japón, de Alemania, de Francia, de Rusia, del mundo, de esta galaxia y de otra sí es que hay ahí humanidad –lo dudo pero está genial pensar que sí—. Pues la historia que le contaré es la de una vida real, una vida que yo he tenido que vivir con buenas, malas y peores decisiones, pero todas ellas mías. Nadie jamás me obligó, al menos hasta después de mis ocho años donde descubrí que no quería que nadie más tomara decisiones sobre mí, sobre mi pensamiento, sobre mis palabras, sobre mis letras, ni mucho menos sobre mi cuerpo.
Mi historia inicia desde el principio, justo en el momento en que a mi madre la enamoró un hombre veintiséis años mayor; hombre con el que se casó y del cual tuvo dos hijos, yo voy incluido en ese paquete; como ocurre con muchas otras historias –en la historia universal misma– no tuvieron un desenlace feliz, pues al final todos mueren.
Posterior a una vida completa sufriendo de problemas de presión alta ese hombre cae desplomado en un congestionado boulevard del centro de Tokio donde se encontraba trabajando por negocios, en medio de un calor incendiario de principios de verano y un mar de gente que se dirigía a todos lados pero que detuvieron su andar justo en el instante en que el cuerpo del hombre se vuelve una trémula gelatina que se retuerce sin dar oportunidad a su consciencia de saber que estaba ocurriendo pues en su cabeza una extraña sinfonía se compone, oxigeno y sangre dejan de llegar al cerebro. Sus manos de dedos largos y pálidos, empezaron a sacar los billetes de alta denominación de yenes que guardaba en su cartera al tiempo que su boca buscaba pedir ayuda, porque aunque no terminaba de entender la situación sabía de antemano que debía de ir al doctor para atenderse, para atenderse y no morir en el entre-tanto.
Los siguientes nueve meses el hombre se deterioró de forma tan rápida que apenas los hijos y la esposa tienen tiempo para sentirse solos y desprotegidos. En medio de la amargura y la frustración estoy yo, en una esquina de la sala de mi casa leyendo "Las mil plumas del cuervo", que aunque no es el mejor texto para niños, ni siquiera es el mejor texto, sirve como amalgama a la tortuosa realidad que mi hermana de 17 años está cursando en conjunto con mi madre que de a poco comienza a perder la tierra debajo de sus pies.
A veces me gustaba jugar con la idea de que el cuervo existía y yo lograba juntar las mil plumas para permitirme un deseo y que él lo concediera: Una vida como la que habíamos vivido, feliz y común. Sin lujos, sin pretensiones. Sólo una vida de una familia regular y corriente de Japón; pero incluso yo siendo un niño sabía que era estúpido pedir semejante cosa. Tan idiota yo.
A menudo cuando habló sobre la enfermedad degenerativa de mi padre me preguntan qué fue lo más difícil y cómo lo superé, me interrogan como si fuera una especie de panel de preguntas y respuestas donde el exponente –yo– fuese un experto en temas relacionados a la superación personal (por dios, como si los huesos marcados por el uso constante de cocaína y mi intestino irritable por el alcohol no fueran suficiente claro con decirles que soy un jodido adicto del cual no se deben fiar); al principio me molestaba ahora ya no aunque sigo contestando lo mismo y lo seguiré haciendo: Lo más difícil en esa época fue no poder entender las divisiones de dos cifras que me –superar– como funcionan esas parejas de números que buscan dividir números mayores. Un amigo filosofo trató de ayudarme una vez con eso, explicándome que viera la pareja de números como dios y el diablo, y que al número mayor que se busca dividir le viese como la humanidad entonces el dios y el diablo jugaban a dividir a la humidad, no tuvo sentido pero fue una forma interesante para hacer matemáticas.
Ciertamente en ese momento no recuerdo desesperación, dolor o tristeza, sólo recuerdo soledad. El hombre veintiséis años mayor que mi mamá, sólo dejó eso: vacío.
Muchas veces se habla sobre el duelo y los niños, pero es un tema tan complejo como simple. Cuando un niño pierde a uno de sus padres lo peor que se le puede hacer es llevarlo con "especialistas" pues a la larga estos especialistas se convierten en suturas inconclusas que el niño conforme crezca buscará cada vez que se sienta mal, algo más o menos así me pasó a mí, sólo que con los libros. De leer "Las mil plumas del cuervo" seguí a leer casi toda la literatura de Koba Abe y después me bebí como obseso Yukio Mishima, y quizás ahí comencé con la insubordinación, quién va a saberlo, después me llegó un tiempo menos amable y más clasista con Yasunari Kawabata, que aunque a él si no le entendía en lo más mínimo lo que decía, me encantaba como sonaban sus cuentos en voz altas. Podía pasar horas y horas y horas y horas releyendo muchas veces los cuentos, eran como trabalenguas muy largos que trataban de decirme algo pero que jamás terminaba de entender. Y en una de esas mientras leía "Lo bello y lo triste" fue que mi mamá se acercó y me dijo: "Eres el hombre de la casa, debes despedirte de tu padre".
"¿Despedirme de papá? Adiós, papá. Vuelve pronto, papá. Cuando vuelvas, papá, debes de comer, papá. Tu estomago se ve muy delgado, papá, tus cachetes parecen que se caen papá. Puedo contar tus huesos, papá. No te preocupes por la jarra llena con orina que nos aventaste a mi hermana y a mí papá, mamá dijo que es porque estabas cansado, papá. Que no te dé vergüenza que usas pañales como los bebés papá, no importa que te tenga que cambiar esos pañales, papá, pero regresa pronto papá, tus brazos están delgados, papá, así que debes comer mucho, papá, comeremos hamburguesa de McDonalds, papá como cada quincena cuando cobras tu pensión para que tus pies tengan fuerza para caminar y ya no te caigas, papá, comeremos bien rico y no esa cosa que parece batido, papá y que luego se te escurre de la boca, papá, como si fueras un bebé papá. Ay papá, se te pega ahí la piel papá y se te ve chistoso el cuello, papá. Vuelve pronto papá que quiero leerte una historia, papá. Iremos a Tokio juntos, papá, veremos otro partido de volley, papá. En Tokio lo veremos, papá. Viajaremos papá"
Iluso niño.
Camisa gris con pequeños diseños blancos y negros, pantalón de vestir color zinc y zapatillas de gala blanca, calcetines nieve, su cartera debía estar en su bolsillo trasero de lado izquierdo donde guardaba religiosamente sus talismán del templo sintoísta en miniatura y la fotografía de nosotros. Los anillos, la cadena y el reloj de oro no se los pudo llevar, se quedaron en las manos de mi mamá, ella los necesitaba, ella necesitaba aferrarse a algo, así como yo me aferraba a "Lo bello y lo triste" mientras el hombre veintiséis años mayor que mi mamá se iba a viajar en un cajón a hombros de sus amigos más cercanos.
No lo volví a ver.
Todo lo que siguió a ello fue una violenta y furiosa vorágine que tragó memorias que pudieron ser preciosas, pero que en cambio son una sombra que hoy en mis años de "adulto" terapeuta tras terapeuta han buscado extinguir sin éxito aparente pues varias noches al año llegan a visitarme para recordarme que soy un humano tirado a la tragedia y que yo, como muchos otros, formó parte de una silenciosa estadística que hasta hoy no había tenido el valor de admitir, de contar, y tanto es así que prefiero escribirlo.
Jugar volley en esos años, incluso hasta hace poco, me hacía sentir bien. Entre libros y volley se hacía más llevadera la vida. La rabia y la frustración se quedaban en la cancha y muchos decían que era bueno, les quise creer, y les creí y ciertamente era bueno. En la escuela las cosas iban tan bien como se podía ir, pero en casa era jugar a las puntitas para no hacer ruido y no despertar al demonio que era mi madre.
Quizás por eso mi hermana se fue con el primer tipo que apareció extendiéndole la mano y yo la odié un poco por dejarme ahí, en esa pequeña jaula donde lo único que mantenía en sobriedad la aparente calma era el alcohol que bebía mi mamá y el volley con el que yo me dopaba. Suponía que me iba a tomar mi tiempo, pero podía vivir de esa manera, sorteando y esquivando los ataques, superviviendo y al tener la suficiente edad huir.
Pero la desgracia ocurrió y fue inevitable el cataclismo.
No busco ocupar el lugar de tu papá, pero si necesitas algo puedes contar conmigo, no, claro que no buscaban ocupar el lugar de mi papá ¡Obviamente que no lo querían hacer! quién se quiere hacer cargo de un niño introvertido con síntomas asociales cuando podían abrigar la soledad que el hombre veintiséis años mayor que mi mamá había dejado en ella. Que quede acta que jamás juzgué esa parte pues, por desgracia, a esa edad comprendía que esa era la vida de mamá, no la mía, tenía nueve años y apenas dieciséis años después me doy cuenta que había madurado de golpe, de forma brusca y sin miramientos. Mi mamá no estaba en sí. No era la mamá que conocía. No era mamá. Era una mujer que estaba dolida porque el amor de su vida se había ido. Era una mujer que tenía que cuidar de ella misma y de su hijo siendo que durante veinte años sólo se había tenido que preocupar por seleccionar el arbolito de navidad más bonito que encontrara entre los que vendieran, sin importar el costo o el tamaño, porque así era el hombre veintiséis años mayor que ella, si el arbolito de navidad no entraba en la casa pues mandaba a hacer un hoyo en el techo para que el arbolito de navidad entrara.
Madre era un niña que había dejado de lado el juego de la casita y la familia porque la concepción de pareja si tenía una fecha de caducidad y era: "hasta que la muerte nos separe" o "hasta que me encuentre a otro tipo que no sea un pendejo", porque mi mamá cayó en un pequeño e irreal trance donde, no me atrevo a preguntarle si es así o no, comparaba a todas sus parejas con el hombre veintiséis años mayor. Ninguno de ellos era él, y jamás lo sería. Entonces ella creyó que era demasiada mujer para todos ellos. Para el policía, para el oficinista, para el otro oficinista, para el panadero, para el hermano del panadero, para el extranjero, para el otro que era también extranjeros, para el que venía desde la capital, para el que era amigo de la pareja de su amiga, para todos. Para todos era mucha mujer. A la par la palabra "pareja" sólo significaba un par de números que me hacían la vida imposible, ya no eran mamá y papá, ahora sólo eran mamá y un hombre nuevo que podía ser variable y desechable.
¿Entienden porque las mujeres empezaron a parecerme el tipo de criatura más peligrosa de la vida? Vivía con una hermosa criatura, una letal bestia y tenía miedo.
Pero no fue sino hasta que lo conocí a él que terminé de formar lo que más adelante sería mi pequeño y especial odio hacia cierto tipo de hombres. ¿Qué tipo de hombres? Los hombres que te callan. Que te exigen una cerveza. Que llegan con ropa planchada por su esposa. Que te cuentan que su hija tiene una casita de juguete igualita a la que anuncian en la televisión. Que te dicen "escoge lo que quieras" frente a todos pero en murmullos te ordena que escojas lo más barato porque no piensa gastar mucho en una mierda como tú. Que rompen un plato sólo para que mamá te regañe y él pueda interceder ante ti quedando como un aliado tuyo a los ojos de tu progenitora. Que te piden que te sientes en su regazo y mientras que para todos es una muestra inocente de cariño, para ti son toques en lugares donde tu mamá y tus profesoras te han dicho que ninguna persona debe de tocar.
El inició del circo de las rarezas comenzó con él, una tarde que salía del baño después de haberse encerrado en el cuarto de mamá mientras yo veía la televisión, sin querer nos topamos en el pasillo y el mostró su monstruoso pene erecto con la base cundida de vellos púbicos, algunos ya canos y otros que se engrosaban más hacia la pelvis. Parpadeé una y otra vez sin saber si era real o no lo que estaba pasando, y como si de un juego se tratase, él comenzó a cubrir y descubrirse la entrepierna con la toalla mientras me sonreía. La parte más indignante es que ese tipo de hombres no son más que sujetos simpáticos y chistosos que logran hacer gracioso hasta lo más perverso y desagradable, al punto que disfrazó esa primera agresión sexual y me arrancó una risa, era cómico ver esa enorme erección siendo cubierta y descubierta, lo que ya no fue gracioso es el instante en que tomó mi mano y la llevó hasta donde las manos de los niños no deben ser llevados, hasta la graduación de una madurez forzada.
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—¿Shiiro-san?
El moreno abrió casi de golpe sus ojos y se incorporó con lentitud mientras que sentía el cuello enviarle punzadas de dolor a todo el cuerpo. Si lo ponía de cierto modo terminaba por quejarse, así que empezó a sobárselo mientras veía al pelirrojo frente a él. Poco a poco las escenas del día anterior le llegaban así como los flachazos de su sueño, una especie de introducción a una pésima película sobre su vida narrada por él.
—¿Qué ocurre?
—Sakurai-san ya se ha ido y me ha dicho que le despertará a las ocho, ya son las ocho —respondió Hinata mientras que se apartaba para que el moreno se pusiera de pie viendo con somnolencia aún recorriéndole el cuerpo entumecido el entorno donde se encontraban ambos. Era la oficina de su hermana en el bar de su cuñado. Bostezó.
—¿Te dijo algo más?
Shoyo se veía más tranquilo que el día anterior y eso de algún modo lo aliviaba a él, el menor negó caminando hacia la pequeña mesita donde Shoyo parecía servir algo. No le puso mayor atención. No tenían mucho margen para hacer las cosas más que esperar a que su hermana mayor les diera alguna noticia. Salir a la calle era peligroso.
—¿Dormiste bien? —preguntó Shiiiro andando hacia la mesa donde se sentó, olía a comida y el aroma lo había llamado.
En efecto Hinata servía té para ambos, ahí también había dos platillos tibios de comida de la tienda de conveniencia que había en la esquina de la manzana donde se encontraba el bar. Shiiro jaló el primero sin fijarse mucho que era el contenido, eran croquetas con aderezo y pan de melón. Empezó a comer. La verdad es que entre la huída y después el jaleó en el bar se había olvidado de comer y la resaca lo estaba matando. Shoyo se sentó frente a él, pero su mirada se quedó clavada en un punto, cuando Shiiro siguió la mirada del pelirrojo notó entonces que el televisor estaba encendido.
Eran las noticias.
El moreno por poco y escupía su desayuno cuando vio la fachada de una casa siendo enfocada por la cámara, por breves instantes pensó que se trataba de su casa, pero no era la suya, estaba sugestionado y se convenció que debía de calmarse.
—¿Llevas mucho viendo las noticias? —interrogó el mayor y el menor afirmó—. ¿Han dicho algo sobre el ataque a la casa? —Hinata negó con un movimiento de cabeza.
Era obvio, los yakuza muchas veces manejaban el flujo de la información pública, y un atentado así sería problemático, sobre todo porque en realidad no era algo tan grande, sólo un diminuto ajuste de cuenta, incluso se preguntaba si de verdad todo eso era necesario. Era obvio que el tipo al que le debía dinero tenía deudores que le debían mucho más de lo que el debía Shiiro pero después estaba la cosa que una vez vio en una película: "Sí te dejo vivo y te perdono la deuda los demás creerán que me volví débil, y no puedo permitir eso". El moreno suspiró y se rascó la nuca.
—Oye...
—¿De verdad tendremos que salir del país? —preguntó Hinata mientras que empujaba el estofado que le había tocado a él para comer, sus ojos avellana regularmente alegres se veían repentinamente apagados y hasta tristes. Shiiro suspiró, dada la situación le hubiese sorprendido que no fuera de ese modo.
—Hasta que no se calmen las cosas... quizás movernos de pueblo... lamento mucho lo que está ocurriendo, no fue mi intensión ni mucho menos que te vieras involucrado en toda esta mierda —literalmente, mierda.
Hinata Shoyo le dedicó una mirada profunda y Shiiro sintió que era atravesado, odio esa mirada porque era la misma mirada que su madre le lanzó cuando los encontró a él y a su esposo en una cama, aunque Shiiro había sido obligado, él tuvo la culpa a los ojos de su madre.
En esta ocasión, por primera vez, se sentía realmente merecedor de esa mirada llena de decepción.
—Lo siento... de verdad.
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Cronopios de la autora: He tardado años pero lo continúo, lo juro. Juro que no lo dejaré. Sé que esta historia tuvo un giro argumental bien cabrón pero... así es como estaba planeado hahaha, me encanta sorprender a mi público. Cómo sea. Gracias por su apoyo, por sus likes, por sus estrellitas y por ser siempre los mejores mazapanes al no enojarse porque tardo en actualizar. Lenta pero segura. ¡Gracias!
St. Yukiona
Quien los ama de corazón, pulmón y páncreas.
