Kuroshitsuji NO me pertenece. Ciel, Sebastián y compañía son de la genial mente de la aún más genialosa Yana Toboso. Sin fines de lucro, SÓLO diversión.
.
Capítulo 7. Mitomanía desesperada, la calma de un corazón roto.
By:
HirotoKiyama13.
.
.
El odio es la venganza de un cobarde intimidado.
Indiferente a todos tus movimientos, me retuerzo entre el placer infernal.
Incitándote a devorar, lo único que logro es eso, tu odio.
.
.
No podía creer lo que escuchó de la boca del extraño. Eso… eso no podía, ¡NO DEBÍA SER CIERTO!
—Usted mismo lo piensa, ¿no, Conde?
Se alejó algo brusco del sujeto, como si su solo tacto le quemara hasta lo más oculto de todo su ser. Su cabeza le daba miles de vueltas, y sentía que entraba a otra dimensión. Una dimensión en la que no quería estar.
Sabía a la perfección que su hermana era impulsiva, manipuladora, algo maniaca, más egocéntrica, irresponsable, posesiva… Sabía muchas cosas de ella. Y, aunque no quisiera admitirlo, algo en el fondo le decía que debía creerle al peligris. Entonces, como un flash en su mente, recordó la inocente mirada y fingida sonrisa apenada que su hermana mayor le dirigió años atrás, en el que ese tenedor maldito se encajó con furia en su ojo derecho.
Sus ojos se perdieron en la nada, mientras perdían poco a poco el brillo de orgullo que lo caracterizaba, convirtiéndolo en alguien débil. El hombre, que en ningún momento lo soltó, se acercó a su oído, y con un pequeño susurro, le preguntó al niño:
—¿No se ha preguntado en dónde estuvo su hermana en los cinco años en que no la vio, pequeño Conde?
—No…
—Hehehehehe, tiene que hacerse la pregunta. Pero, yo he de contarle—le decía, mientras acariciaba su mejilla, aprovechando el trance del infante—, por eso estoy aquí. Su hermana, Eva Phantomhive, la persona que heredó sólo una nimia empresa de todas las que había en Inglaterra, estuvo en un hospital.
—¿Hospital, dices? —Preguntó Ciel en un murmullo, mientras parpadeaba con algo de confusión.
—Psiquiátrico—aclaró—. Sí, sí, sí, Conde. La sociopatía es una enfermedad algo horrible, heeeeeh. Es una lástima que mi gran amigo Vincent se dio cuenta hasta casi el final de su vida. —Suspiró con algo de cansancio, mientras se acercaba más al cuerpo del pequeño—. El incendio fue realmente grande…
La palabra 'incendio' sacó al Conde de su trance. Lanzó un chillido algo brusco, mientras pegaba un brinco para alejarse del hombre vestido de negro. Su cuerpo no podía dejar de menearse bruscamente, al compás de los escalofríos que llegaban por su columna vertebral. Sudaba frío, y en verdad, estaba algo espantado, débil. Tanta información de golpe era verdaderamente horrible, espantosa.
—Cállate…—su voz temblaba conforme las imágenes de su hogar incendiado acechaban su mente—. Tú no tienes pruebas de que eso sea cierto.
—Oh, pero ya se lo dije. Mejor amigo de su padre, heeeh—sonrió tétricamente, mientras se alejaba del niño.
—¿Debería… creerte? —preguntó, ignorando el comentario del peligris. Cerró sus puños fuertemente y sus párpados comenzaban a pesarle.
No podía llorar. Por más que lo intentara, no quería llorar. Su hermana no se merecía sus lágrimas. Y si eso fuese verdad, él mismo sería capaz de matarla, lo más lento posible. Pero no podía ensuciarse las manos con alguien como ella, no señor. Algo le decía que ese hombre le decía la verdad, que no tenía por qué mentir; TODO lo que le había dicho coincidía, y todas sus dudas sobre la desaparición de Eva habían quedado disipadas.
—Tiene que, Conde. Los humanos en ocasiones son tan interesantes—suspiró—. De igual manera, pregúntele a su amigo el rubio, por si no me cree—le dijo confiado, mientras una de su largas manos se situaba en su cabeza, acariciándolo lentamente.
El chico abrió sus orbes con sorpresa.
—¿Qué tiene que ver Alois con todo esto?
—Quién sabe. Quizás… Oh, ¿cómo se llama? —su sonrisa jamás se quitó de su rostro, mientras daba aires de estar pensando—. Amber. Amber Brust.
El pequeño niño se le quedó viendo con una gran duda y sorpresa en su rostro y en su mirada. De pronto había formado, de nuevo, su típica capa de frialdad, así que no podía saber qué era lo que estaba pasando por su mente en esos momentos. Pero Undertaker lo sospechaba, ese pequeño humano le estaba creyendo, estaba abriendo los ojos a un mundo que él jamás imaginó. Ensanchó más su sonrisa.
—Creo que eso es todo, Conde. Yo no puedo decirle la demás información. —Alzó su brazo izquierdo por los aires—. Su amigo sí.
Undertaker, sin dejar de mirarlo, giró su cuerpo y comenzó a caminar, con pasos lentos, como anticipando lo que vendría a continuación. Estaba realmente sorprendido. A pesar de tener sólo 13 años, el pequeño Conde jamás soltó una lágrima al saber todo de golpe, ni siquiera estalló en furia o en un torbellino de emociones. No. Se mantuvo firme, aunque en omentos su frialdad se apagaba, volvía tan pronto como se iba. Es por eso que estaba tan interesado en el pequeño.
—Espera.
Se detuvo en seco al escuchar la cálida y ahogada voz de su acompañante.
—¿Sí? —Lo miró de soslayo, fingiendo sorpresa.
El chico tenía la cabeza gacha, con una sombría mirada, y sus labios fuertemente cerrados, con el ceño fruncido. Oh, humanos tan curiosos.
—¿Qué es lo que eres?
Undertaker se quedó estático por unos segundos, mientras miraba al joven de pies a cabeza. Sabía que la curiosidad lo carcomía, pero jamás se imaginó que esa pregunta saldría de la boca del pequeño. Definitivamente se parece a ti, Vincent, pensó con cierto orgullo. Y es que su difunto amigo le hizo la misma pregunta. Y él, por supuesto, respondería de la misma manera.
—Se lo dejo a su disposición, Conde.
Desapareció.
Y Ciel se encontraba en un salón de clases.
.
.
.
.
—Alois.
—¿A-Ah? ¡Sebastián!
Alois canturreó nervioso, mientras pateaba algo que el ojicarmín no logró distinguir. Sebastián, aunque no le agradaba el rubio, le dirigió una minúscula sonrisa, de esas que aprendió de Ciel. Lo miró por breves segundos, asegurándose de que lo que vio a la distancia fuera correcto. Al darse cuenta de que fue así, asintió, sin dejar de mirarlo.
—No estoy aquí para dar explicaciones o esas cosas por el estilo—habló, con voz monótona—, pero tengo una simple duda que me entró en cuanto te vi—suspiró más que cansado, mientras se masajeaba las sienes—, ¿qué te pasó en el brazo?
El ojiazul abrió sus orbes azules a más no poder. Mierda, ¿ahora qué le diría al grandioso e inteligente Sebastián Michaelis? Pasó saliva con pesadez, mientras su mirada se dirigía a las dos figuras que estaban detrás del ojicarmín. Claude miraba algo furioso la escena, y Amber estaba que se moría de risa. Se sonrojó. No porque estuviese con el mayor, sino porque ahora sí estaba más que decidido a decir toda la verdad, por lo menos a Sebastián.
—Aunque comúnmente yo me lanzó a los hombres que me hablan bien por primera vez, esta vez no lo haré contigo, porque tienes sexo desenfrenado con mi mejor amigo—dijo el rubio como si estuviese hablando del clima, causando en Sebastián un sobresalto.
—Ahora sé de dónde saca mi Ciel todos sus deseos sexuales—susurró.
Alois pasó de largo el comentario, pero no por eso se quedó quieto. Lanzó una pequeña risilla y le indicó a su acompañante a que lo siguiera, mientras su rostro cambiaba drásticamente a uno de seriedad.
—Ven, te diré toda la verdad…
Sebastián se le quedó viendo a la figura que se alejaba con pasos alegres hacia dos personas que estaban a la distancia. Uno era un hombre de lentes, y mirada y rostro de hielo, aproximadamente de su edad. Y la otra persona era…
—¿Amber?
Ahora sí que no entendía nada.
.
.
.
.
—¡Oh, disculpe!
Eva sonrió apenada, mientras se masajeaba la parte golpeada con algo de delicadeza. Siempre había actuado bien, y ahora no podía fallarle ese gran regalo que la vida le había dado. Miró a la pequeña persona que tenía enfrente: Una tipa cualquiera que al parecer era la maestra encargada del pasillo en el que se encontraba.
Antes de chocar 'accidentalmente' con la escoria que tenía delante de ella, había buscado minuciosamente a su antiguo doctor, el guapo Claude Faustus. Y es que lo recordaba a la perfección: su aspecto frío, su cabello negro, su piel pálida, su alta figura, y esos ojos amarillentos que brillaban como un demonio sediento de almas. Aunque ella fuese el demonio entre los dos. Después de buscarlo por un tiempo y de no encontrarlo, vio al parásito que tenía ahí. Ahhh. Humanos tan patéticos se retorcían a su alrededor.
—¡Disculpe, no la había visto!
—N-No, ¡discúlpeme usted a mí! —le gritó la persona pequeña, al mismo tiempo en que se sonrojaba de la vergüenza y cerraba los ojos. Eva puso cara de asco.
—No se preocupe—en el fondo agradeció de que esa persona fuera lo suficientemente despistada para darse cuenta de que ella era una Phantomhive—. Pero, por lo que veo, usted es la encargada del pasillo, ¿no?
—Así es—hizo un ademán de restarle importancia—, mi nombre es Alice Krus, para servirle. ¿Necesita ayuda en algo?
—¡Oh, un gusto! Yo soy… Eva—dijo, al mismo tiempo en que sonreía de nuevo—. Y sí, necesito su ayuda. ¿Ha visto al profesor Faustus? Es que lo estoy buscando, ya sabe, para hablar de mi hermano. Y como no sé quién es, no tengo ni la más remota idea de dónde puede estar en estos momentos.
La pelicafé estaba más que estresada al encontrarse en esa situación. Es decir, nunca en su vida se había detenido para darle explicaciones a alguien, ni siquiera a sus padres ni a su abuelo. Se le quedó viendo a su acompañante, mientras ésta alzaba un bloc y lo colocaba a la altura de su pecho, para disponerse a buscar al susodicho. Comenzó a mirar a su alrededor, tratando de buscar a Sebastián o a Ciel. Debido a que no los encontró, se emocionó. Así su trabajo sería mucho más fácil.
—¡Oh! ¿Viene a la junta general?
—Sí, a la junta general—ensanchó su sonrisa mucho más. Estaba ansiosa, sentía de nuevo la adrenalina recorrer todo su cuerpo, de pies a cabeza. Estiró un poco su cuerpo, para poder ver mejor todo el manuscrito que Alice tenía ahí.
—Hum, el profesor Faustus está aquí. Tiene que estar en el salón en el que dará la junta, si quiere voy a buscarlo y yo le digo que…
—¡No! —el grito repentino que dio la ojicafé espantó a la encargada del pasillo, quien no dudó en pegar un brinquito de sorpresa. Eva recobró la postura un poco—¿Me podría decir dónde está ese salón? Mi hermano no me dijo en dónde sería por irse con su amigo. Ya sabe, mocosos.
—A-Ah, claro—la señora rió nerviosa—. Es aquél salón, el del final del pasillo a la derecha, el número 113.
—¡Oh, muchas gracias! —canturreó Eva, mientras se despedía con un gesto de la mano y con pasos apresurados se dirigía a su destino.
Ah, al fin te tengo, pensó emocionada. Veremos si te acuerdas de mí, Claude. Yo me imagino que sí, ya que por mi culpa dejaste tu carrera y te viniste a instalar en esta patética escuela.
Estrujó con cuidado a todas las personas que pasaban a su lado, evitando siempre tener contacto con semejante gentuza, como los llamaba ella. Pasó de largo con su orgullo por delante, y de vez en cuando emitía uno que otro quejido por el toque de ropas de ella con alguien más. Al llegar al salón y estar justo en frente, verificó que nadie la viera entrar. Y al parecer era así. Claro, todos ignoran a Eva Phantomhive por que no es como su hermano menor.
Suspiró con odio y repudio, para después abrir la puerta con algo de brusquedad. Entró sigilosamente, mirándolo de izquierda a derecha, del suelo al techo, de una esquina a otra. No encontró nada de nada. Maldijo por lo bajo.
—¡Maldita sea! —dejó caer el filoso cuchillo que llevaba en su chamarra, y emitió un gemido. Miró su mano, y una pequeña cortada estaba en su fina piel—. Mierda, estúpido cuchillo inservible. Y pensar que te tengo desde ese día…
Se agachó un poco y, limpiando la herida con su lengua, lo tomó de nuevo. Se dejó caer en el suelo, cruzándose de piernas, sin despegar la mirada del arma homicida y que ahora estaba manchada de un líquido espeso y carmesí.
—Todos van a pagar. Mataré a Alois, a Claude, me quedaré con Sebastián, pondré a prueba la sinceridad de Amber… Y te voy a desaparecer, Ciel—dicho esto, lanzó el cuchillo al otro extremo del aula.
Su espalda chochó con los fríos azulejos del piso, y estiraba un poco sus brazos a los lados, mientras miraba a la nada. Sonrió con maldad pura, al darse cuenta de que últimamente ha estado muy aburrida y no tenía nada de adrenalina y diversión en sus venas.
—Ah, tan aburrida, tan aburrida…
Definitivamente tenía que ser hoy. Sí, hoy le demostraría a Ciel y a Sebastián que nada ni nadie se burlaban de ella.
Nadie.
.
.
.
.
—¿Estás tratándome de decir que Eva fue la causante de la herida que traes en el brazo?
—No pensé que fueras tan estúpido—susurró Alois, molesto, al ver la mirada acusadora de Sebastián en su persona—, y sí, fue Eva, esa loca es una… Una loca.
El pelinegro entrecerró los ojos con suspicacia. Miró al rubio de arriba abajo, para después terminar en sus ojos, apagados y con algo de miedo en ellos. Estaba temblando, y eso se podía notar a kilómetros de distancia. No sabía si creerle o no. Es decir, sería más fácil creerle. Si recordaba lo que Grell le había dicho días anteriores y tomando en cuenta de las palabras de Kristen en su ataque de histeria unos días antes de su muerte, puede que sea cierto.
—Dame alguna maldita razón para creerte.
—¡Mierda, Michaelis! —chilló Alois, mientras metía su mano en la mochila que llevaba consigo y sacaba unos documentos de ésta. Se los tendió con algo de coraje—. Toma, esos son unos papeles que conseguí en la recámara de Eva. Me colé el día en que fui a la mansión.
—Se supone que nadie entra a la habitación de Eva—susurró desafiante el ojicarmín, mientras agarraba los documentos con algo de delicadeza y dejaba caer su cuerpo en la silla que estaba detrás de él.
—He dicho colé. De colarse, entrar a escondidas—le respondió el pelirrubio con obviedad y aires de diccionario—. En serio, pensé que eras más inteligente. No entiendo como Ciel puede…-
—¡Alois! ¡Al fin te encuentro, pequeño saltamontes!
El aludido puso los ojos en blanco mientras giraba sobre sí con algo de cansancio. Y es que en verdad estaba exhausto, agotado. Ahora entendía a su querido Claude al momento de decirle "Eres un bipolar" o a Ciel con su "¡Estúpido bipolar retrasado!". Miró a la chica que se adentraba a la sala en donde se encontraban Michaelis y él. Suspiró. Ah, ahora venía toda la verdad.
—¿Amber? ¡Qué haces aquí?
—¿O-Oh?
Y ahí estaba Alois, de nuevo en una escena algo parecida que vivió él en el momento en que Amber se presentó ante Claude y él sólo apareció con una bata cubriendo su cuerpo. Solo que esa escena no era cómica, ya que nada era cómico con alguien como Sebastián. Ah, ni siquiera quería sonreír. Se sentía terriblemente mal y le dolía la herida como nunca. Ladeó un poco su cabeza al ver unos lentes brillar con el reflejo de la luz del sol que se colaba por los ventanales del lugar.
—Vuelvo a preguntar—habló Sebastián con el ceño fruncido, ignorando a Claude (que acababa de llegar) y a la reciente efusividad bipolar que el rubio mostraba hacia esa persona—, ¿qué mierda haces aquí, Amber? ¿Tienes un hermano, o algo?
—A-Ah… B-Bueno, verás…
—Así no se le trata a una dama, señor Michaelis—Claude se incluyó en la conversación al ver a la pelirrubia sonrojada y paralizada de la vergüenza. En veces se preguntaba: ¿En serio ella era una policía? —. Debería de saberlo a la perfección.
Sebastián gruñó por lo bajo al escuchar el comentario. Dejó los papeles que traía en la mano en el escritorio y, poniéndose de pie, miró desafiante al hombre de lentes. Alois bufó molesto al darse cuenta de la reciente tensión que tomaba el aura del lugar. Comenzó a abanicarse con su mano al sentirse sofocado, mientras se reía un poco de Amber al ver la cara de susto que ésta traía.
—¿Quién mierda eres tú?
—Profesor Claude Faustus, un gusto—le respondió con ironía, mientras se acomodaba los lentes con lentitud—. Y me imagino que usted debe ser el famoso empresario Sebastián Michaelis, ¿no? El novio de la joven Eva.
—Yo no diría novio—susurró Alois con malicia y diversión. Al sentir la pesada mirada de los dos hombres sobre su persona, frunció el ceño. —¡Hombres, pero qué horrible genio tienen ustedes!
—Como le decía—Faustus cubrió a Alois con rapidez, colocándose en frente de Sebastián—. Fui Doctor en un hospital psiquiátrico unos años atrás.
—¿Y eso que tiene que ver conmigo?
—Sebastián…—Amber abrió paso ante la imponente figura del ojimostaza, y alzó su vista para mirar el rostro del pelinegro mejor—. Eva en su tiempo estuvo en un hospital psiquiátrico a las afueras de Londres. Eso claramente lo ibas a saber jamás, puesto que no creo que te hubiese dicho. Pero el caso aquí, es que Claude fue el doctor encargado de ella, es por eso que… Lo conocemos.
Michaelis abrió los ojos de par en par al momento de escuchar la cantarina voz de la ojiverde soltarle toda la verdad de golpe. ¿Eva en un psiquiátrico? ¿Y con este tipo como doctor? Oh, bueno, le pasaba a Alois lo de la herida en el brazo, pero… ¿esto? ¿Y ahora qué seguía? Eva mató a sus padres, así que el incendio no fue provocado, pensó con burla.
—Si no lo crees completamente—Amber retomó la plática al ver el rostro contrariado y molesto del ojicarmín—, lee los papeles que te proporcionó Alois, ahí todo quedará claro. Hay una enfermedad que encaja perfectamente con todo lo que tú vez ahí.
Sebastián, con algo de brusquedad, tomó los papeles de nuevo, y los observó con parsimonia. En el primero, venía un reporte del periódico en el que daban como noticia principal la muerte sospechosa y trágica de los padres de Eva y Ciel. Alzó las cejas con sorpresa.
—La sociopatía en sí es incurable—habló Claude, mientras observaba a Sebastián cambiar de hoja y Alois cruzaba un brazo suyo por su cuello—, y es muy difícil de percibir en ocasiones. Son gente demasiado inteligente como para poder estar cien por ciento seguros de que están enfermos de la cabeza, aparte de que es algo complicado saber si son sociópatas o psicópatas, ya que tienen algunas características en común.
La voz del pelinegro resonaba por todo el salón. Amber caminó hacia la puerta y sacó un poco su cabeza para verificar que no estuviera algún chismoso por ahí. Al darse cuenta de que no era así, la cerró con sumo cuidado al mismo tiempo en que escuchaba la explicación detallada que el profesor-doctor le daba al empresario. Le colocó seguro y se volvió a su antiguo lugar.
—…y Eva mostraba todos esos signos a la perfección, sin excepción alguna. Es por eso que la mayoría de los doctores o terapeutas del hospital tenían algo de miedo al tratarla, o al menos eso escuché. Solo otro doctor y yo fuimos los encargados de aplicarle unos estudios a la paciente. —Claude se sentó en la silla más cercana a él, con un Alois acurrucado en su pecho.
—Estás tratando de decir…—Habló Sebastián, con la voz queda y con algo de sorpresa en su voz—… ¿Qué Eva pudo haber matado a sus padres? —hizo la pregunta al mismo tiempo en que les mostraba la fotografía de una mansión quemada y en ruinas, y debajo de ésta venían Vincent y Rachel respectivamente.
Oh, ironías de la vida, pensó el ojicarmín con seriedad al recordar sus antiguos pensamientos.
Y, entonces, en ese momento, la imagen de su querido Ciel se le vino a la mente. Por primera vez en toda su vida, algo de pena cruzó por su mente. ¿Cómo se sentirá el pequeño si se llegara a enterar de lo que su hermana es capaz? Es decir, no es al ojiazul le agrade su hermana o viceversa, pero no quería ni imaginarse cómo se sentiría si te enteraras de golpe que tu hermana mató a tus padres.
—También sospecho que mató a tu amiga Kristen, Sebastián…
… Y mató a la hermosa Kristen. ¡Oh, cosas de la vida! Él sabía cómo era Eva, o al menos lo sospechaba una parte, ¿pero una asesina? Aunque no lo creía del todo, tenía que. Lo corroboraban las imágenes y el estudio clínico que estaba leyendo justo en esos momentos. Apretó la mandíbula con fuerza. Entonces, si todo es cierto, no cabía duda de algo: Eva definitivamente odiaba a Ciel. Si era tan claro desde el principio, ¿por qué no se dio cuenta? (Bofetada: admítelo, cuando tienes a Ciel delante de ti te olvidas hasta de tu nombre).
—Y… un amigo tuyo, Grell Sutcliff, es… amante, de un asesino, William T. Spears—Claude sacó de su bolsillo una foto a la vez en que Amber le explicaba al pelinegro. Éste al ver el brazo extendido del ojimostaza, la tomó.
—Hermano mayor de Kristen, si no mal recuerdo—habló Alois, entrando de nuevo en el tema—, fue acusado por haber asesinado a una persona inocente. En el juicio dijo que intentó vengar la muerte de su hermana, pero al parecer falló de persona. En lugar de matar a Eva, mató a una chica que no tenía nada que ver con su hermana. Lo acusaron por no sé cuántos años, pero debido a su buena conducta, salió en cinco.
—Si asesina a alguien más, la ley dice que no pueden acusarlo de un mismo cargo dos veces. —dijo Claude, mientras dirigía su mirada al pelinegro, que seguía exhorto a sus pensamientos.
Y éste alzó la vista en cuanto escuchó el comentario frío de Faustus.
—¿Estás insinuando que matemos a Eva?
—¡C-Claude, Sebastián tiene razón! ¿Cómo vamos a hacerlo? No soy ninguna asesina, soy Amber Brust, una de las mejores policías de toda maldita Londres, ni loca perderé mi trabajo sólo por asesinar a Eva—exclamó Amber, apenada.
Claude los miró a ambos con cara de fastidio.
—Entonces prefieren ser cazados que cazar… Entiendo—se levantó de su asiento, y tomando a Alois de la mano, lo jalo bruscamente hacia la puerta—. Pero Michaelis, lo mejor es que cuides al Joven Phantomhive—le dijo con algo de brusquedad.
—¿Ciel aún no lo sabe?
—No pude decírselo. Justo cuando iba a hacerlo, nos interrumpió Eva. —dijo el rubio, mientras temblaba de pies a cabeza.
—Sí… Pero Eva ya saben que Ciel y tú tienen sus aventuras salvajes, Sebastián.
El aludido miró a Eva con cara de sorpresa. ¿Eva ya sabía que se acostaba con su hermano cada vez que podía¡ ¿Cómo podía…?
—¿Qué…?
.
.
.
.
Flashback
—¡Madre, es hermoso!
—Claro que lo es, Ciel. Es como tu mirada y la mía—rió con ternura—. Aunque claro, como yo ya soy vieja, tu mirada de niño tierno es mucho más hermosa.
Besó su mejilla tiernamente, mientras le colocaba el anillo de los Phantomhive en su pequeña mano. Le acarició el cabello con amor, y el sonrojo en el pequeño se hizo más que evidente. Sí, era su madre, pero que hiciera ese tipo de cosas aún le daba algo de pena. Pasaba mucho tiempo con ella, mucho más que su padre, pero aún en su mente inocente no podía caber la razón por la que se sintiera así.
No pudo haber tenido una madre más hermosa y buena que ella, que Rachel Phantomhive.
—¡Oh, Eva! Ya llegaste, cariño—La pelicafé se levantó y caminó hacia su hermana, dejando a un Ciel contento con una gardenia blanca en mano—. Dime, ¿cómo te fue en la escuela?
—No me quejo. Igual que siempre, TODOS unos inútiles. —Le respondió la mayor de los Phantomhive, con furia en su voz—. Aún sigo sin entender cómo puedo estar en un lugar como ese, rodeada de gente inútil.
El peliazul miraba atento la escena, dejando en el césped verdoso su flor favorita. Con algo de dificultad (debido a su mala condición física), se colocó de pie y se fue a con su madre, colocándose detrás de sus piernas, mirando con algo de timidez a su hermana, que traía cara de pocos amigos.
—Nee-san, ¿por qué son unos inútiles? —preguntó, con su voz temblando de miedo
Eva, quien en aquél entonces tenía veinte años de edad, miró con rostro altanero a su pequeño hermano, con los brazos en jarras.
—Porque son como tú, maldito mocoso.
Dicho esto, se fue al interior de la mansión, aplastando de paso la hermosa gardenia blanca que Rachel le había dado con tanto cariño a su hijo. Una lágrima no pudo evitar rodar por su mejilla, mientras el grito colérico y sumamente apenado de la descendiente Phantomhive se hizo presente en el jardín.
—¡Eva, ven a disculparte con tu hermano!
El gimoteó de Ciel no se hizo esperar. Rachel, que no había dejabo de mirar el camino por el cual se había ido su hija, lo miró con tristeza. Al darse cuenta de la carita sonrojada y las lágrimas cristalinas que corrían por el rostro de su pequeño hijo, se puso en cuclillas para quedar a su altura. Le besó la frente, y no pudo evitar ponerse a llorar también.
—No llores, mi pequeño, que me harás llorar a mí también… Todo está bien, tu hermana está enojada pero ella no quiso decir eso. Ella te quiere, y mucho—lo miró a los ojos con amor mientras le susurraba esas palabras.
—¿E-Estás s-segura… M-Madre? —balbuceó Ciel, mientras que con su pequeño brazo se secaba las lágrimas con las mangas de su traje de marinero.
—Estoy segura, hijo. Ahora ve, ve por la gardenia.
—S-Sí…
Con pasos tímidos, Ciel se dirigió lentamente a donde había dejado su gardenia. Sí, su hermana la había pisoteado, pero si su madre le decía que fuera a por ella, era por algo. Sus cejas comenzaron a temblar al ver que quizás la pequeña flor no se podría arreglar. Rachel, al ver que su hijo observaba la gardenia con singular tristeza, se acercó de nuevo a él. Lo tomó de los hombros, mientras le besaba la nuca y le preguntaba dulcemente a su oído:
—¿Qué pasa, mi pequeño?
—Mami… La gardenia se hizo negra, se marchitó.
Fin de Flashback
—Siempre fuiste un ser despreciable…
Ciel se encontraba en un rincón oscuro de un salón de último grado, abrazando sus piernas y enterrando su rostro lagrimoso entre ellas. Lloraba. Jamás pensó que lloraría, pero ahora se veía ahí, tan patético y frágil. Mil y un recuerdos galopaban en su mente y el simple hecho de enterarse de su terrible realidad le desanimaba por completo.
Sus padres siempre los amaron a los dos, por igual, ¿cómo Eva pudo hacer eso? Por más que lo pensara, su cerebro e inteligencia estaba apagados, en otro mundo. No podía ni pensar. En esos momentos, necesitaba a Sebastián con él. Aunque jamás lo admitiría, lo necesitaba en demasía.
Y luego Amber. No es que él pudiese llorar al enterarse de que Amber sabía de lo de Eva, pero tampoco se lo esperó. Aun así, ese tal Undertaker jamás le dijo que tipo de relación tenían ella y Alois, aparte de que eran mejores amigos de Eva y de él, respectivamente.
Comenzó a dar pequeños golpes con su espalda a la pared, mientras su cabello sudado debido al calor, le cubría sus ojos rojos debido al llanto. Lanzó un suspiro de desespero.
—¿Y ahora qué hago?
.
.
.
.
—¿Dónde rayos se metió Ciel?
—Me sorprende que no estés tan efusivo como siempre, Alois. ¿Acaso fue por la situación en la que hemos metido a Michaelis?
Trancy y Faustus caminaban por uno de los pasillos de la gran escuela en la que el primero cursaba. Iban tomados de la mano, aprovechando que no había alguien por ahí. Bueno, más bien, muchas personas no pasaban por ahí; y cuando lo hacían, estos inmediatamente se soltaban. El pelinegro miraba la expresión perdida de su rubio con algo de preocupación.
—No…
—¿Entonces qué te pas-
—¡Disculpe, profesor Faustus!
Al escuchar esa voz, Alois y Claude se separaron inmediatamente, con algo de nerviosismo. El rubio se dedicó a mirar el sueño, mientras el otro se acomodaba los lentes con profesionalismo. Miró entonces hacia donde se escuchaba la voz, y de ahí apareció Alice, la encargada del pasillo en donde él impartía clases.
—¿Qué te pasa, Alice?
—¡Oh! Es que… sólo venía a informarle que… La junta ya acabó y que el director Lau se extrañó en sobre manera por el hecho de que usted faltara a ella—dijo mientras miraba a Alois con duda—. Por suerte, Bard estaba ahí. Pero lo más curioso, es que alguien lo estaba buscando.
—¿Alguien? —preguntó Claude, alzando una ceja. —¿Y quién es ese 'alguien'?
—La joven Eva Phantomhive, profesor. —Alois alzó el rostro con brusquedad y el hombre de lentes ensanchó sus ojos con sorpresa—. Sí, yo en el fondo también puse esa cara. Claro que lo pasé de largo, porque ya sabe, en los periódicos y en las noticias tiene un genio que no puede ni ella.
—Lo sé.
—Y, como usted me dijo por si alguien preguntaba por usted, la mandé al salón equivocado.
Claude al escucharlo, lanzó un suspiro de satisfacción. Después de un 'Gracias' y otro 'Nos vemos luego', la persona pequeña y rechoncha se fue del lugar, con una sonrisa en su rostro. El ojimostaza, sin quitar la expresión de frialdad de su rostro, tomó al niño de la mano y de lo llevó casi a rastras hacia el final del pasillo. Y éste, que se había mantenido al margen de la situación, susurró con voz casi inaudible:
—No sé por qué, pero no tengo un buen presentimiento de esto…
—¿No lo sabes? Eso sí que es raro—le respondió Claude sin despegar su mirada del camino. Apresuró un poco los pasos sin observar a Alois, que traía un sonrojo en sus mejillas.
Hasta que una voz los interrumpió.
—¡Ciel! ¿Dónde estás maldito mocoso?
Trancy sintió que sus piernas temblaban. No pudo evitar soltarse rápidamente del agarre del mayor y lanzar un gritillo. Se cubrió la boca con espanto y miró a Faustus. Éste, al entender el por qué se puso así su pequeño amante, abrió la puerta de un salón aparentemente desocupado y entraron ahí con rapidez.
Indicándole a Alois que tratara con todas sus fuerzas el guardar silencio, pegó su oreja a la puerta de madera, tratando de escuchar.
—Maldita sea, menudo mocoso he tenido como hermano—Eva suspiró—. Y ese maldito de Faustus no está por ningún. Y yo que quería divertirme, y matarlo a él; de paso a… Alois—la voz de la chica comenzó a bajar de volumen conforme se acercaba a la puerta en donde estaban ellos.
El mayor entrecerró los ojos y volteó su rostro para mirar al rubio. Su respiración agitaba podía escucharse hasta otra galaxia, donde sea que estuviese alguna extraña raza alienígena. Pero esa ocasión era peor que un extraterrestre, ¡era sobre de una sociópata! Sin saber qué hacer para calmar a Alois (besarlo con lujuria estaba descalificado, eso lo único que haría era hacer más obvia su presencia), puso a trabajar a su cerebro con rapidez.
—Oh, disculpe, ¿escuchó algo? —La voz acompasada de Eva se acercó a la puerta—, de ser así, he de decirle que lo siento. Su vida llega hasta aquí, ¿entendió? Así que le pido amablemente—la perilla se movió—… Abra la maldita puerta.
Claude no supo que hacer en el momento en el que Eva comenzó a golpear a patalear la puerta con frenetismo, importándole poco si pasaban personas o le insultaban por su furia animal. Demasiado inteligente, demasiado, pensó Claude, mientras cargaba a Alois en sus brazos, que tenía la mirada perdida en algún punto del salón.
Se escondió detrás del grotesco escritorio de color café que estaba en la parte frontal del lugar, cubriendo con su frondosa mano la pequeña, entreabierta y sonrosada boca del pequeño.
—Alois, calma—susurró Claude en su oído, mientras le acariciaba el cabello con ternura—, que yo estoy aquí—sintió el pequeño asentimiento de su acompañante.
—¡Ajá! ¿En serio creyó que podía…?
—¡Jovencita! ¿Qué le hace pensar que puede andar pataleando la puerta así como así? ¡Ésta es una escuela de bien, y no permito ese comportamiento en mí institución.
La voz chillona de la directora causó efusividad oculta en el pelinegro. Dejó caer su cabeza en el respaldo del escritorio, mientras escuchaba toda la conversación de ahí. Si la directora no hubiese llegado, posiblemente Eva ya estaría acabando con ellos mientras sonreía maliciosamente.
—Pero…
—¡Nada de peros! Por favor, ¡váyase de aquí! —gritó la directora, mientras cerraba la puerta de un golpe.
Claude, al escuchar las voces alejarse, lanzó un suspiro.
—Te dije que no tenía buen presentimiento de esto…—le dijo Alois, con la voz temblando.
.
.
.
.
Sebastián conducía a toda velocidad su automóvil negro, por las poco concurridas calles de un miércoles a esa hora de Londres. En el asiento del copiloto, regadas todas entre sí, se encontraban todas las pruebas que Amber había reunido en tres años y las que Alois consiguió de la habitación de Eva.
En esos momentos, se dirigía al hogar de su buen amigo Grell. Tenía que hablar muchas cosas con él, y si era posible, con William. El semáforo cambió a rojo y él recargó su cabeza en el asiento. Colocó su mano en su frente, mientras suspiraba pesadamente. No se pudo sacar de la cabeza a su amado Ciel, la imagen de Eva encerrada en un psiquiátrico con una camisa de fuerza, o la sola imagen de una Kristen entrada en pánico debido a un ataque en contra de su persona.
Era realmente increíble lo que puede hacer una persona por odio.
—Eva lo sospechó desde el principio, pero jamás le prestó demasiada atención—le había dio Amber, una vez que Alois y Claude se hubieran ido—. Es decir, odia a Ciel, sí, pero sabe que eso de las relaciones no era lo suyo, a pesar de tener tan solo trece años. Pero después comenzó a darse cuenta como el pequeño te miraba, y sintió algo de rabia, mientras su sentimiento rencoroso aumentaba más y más, opacando de nuevo su corazón.
—En verdad estás loca, Eva…
.
.
.
.
—¡Mierda! Esperar tres malditas horas a que aparecieras, y me miras como sí hubiese cometido algún pecado grave.
—¿Y qué si fuera así? ¿Acaso no has cometido algún pecado, hermana?
El veneno que irradiaba la voz de Ciel hizo que Eva lo mirara con sorpresa. Habían tenido peleas y no se llevaban bien, pero jamás escuchó al mocoso dirigirle así la palabra, nunca en toda su vida, ni siquiera en sus sueños.
Éste, con su voz y su mirada más frías de lo normal, comenzó a caminar, pasando al lado de la mayor y dándole un pequeño golpe en el hombro. Claramente, Eva frunció el ceño.
—¿¡Qué rayos te pasa, mocoso!
El ojiazul, al escuchar esa palabra, se detuvo en seco. Su cuerpo comenzó a temblar de ira, y cerraba fuertemente los puños. Su mandíbula fuertemente apretada lo único que lograba era demostrarle a Eva que en verdad le pasaba algo. No era como si le importara, pero si seguía así tenía que recurrir a otros medios para desaparecerlo.
—¿Que qué me pasa, has preguntado? —su voz tétrica se escuchó por toda la extensa sala, mientras se giraba sobre sí mismo con brusquedad—. ¡Estoy furioso, eso es lo que me pasa!
—¿¡Y TE VAS A DESCARGAR CONMIGO!
—¡Sí! ¡Porque eres una inútil, como TODOS! —Finalmente, todo el odio y la furia que el menor de los Phantomhive tenía dentro suyo después de la revelación de Undertaker, salió a la luz— ¡No sé ni porqué naciste, debiste de haber sido un error planeado de MIS padres! ¡Nadie te quiere, ni te toma en cuenta, ni siquiera Sebastián! ¿¡Y SABES POR QUÉ! ¡PORQUE NADIE TE HACE EN EL MUNDO, MALDITA MANTENIDA!
Eva se quedó estática, mirando con un odio terriblemente grande a su hermano, que no hacía más que gritar palabrerías sobre su persona. Oh, definitivamente voy a matarte, maldito mocoso, pensó. Entrecerró los ojos con furia conforme Ciel decía más y más cosas.
—¿Y sabes otra cosa, 'Mantenida Phantomhive'? —Preguntó Ciel con furia y burla en su voz—: Jamás le atrajiste a Sebastián, ¡no señor! ¡Para él no eres nada, más que un estorbo! Si es tu pareja es por mí, ¡para verme a mí! ¡PARA TENER SEXO UNA Y OTRA VEZ EN TU CARA, Y BURLARNOS DE TI SIN PIEDAD!
Y esa fue la gota que derramó el vaso… De una persona sociópata.
—¡Eres un maldito mocoso! —gritó con furia, mientras se acercaba a él rápidamente y lo tomaba de los hombros con brusquedad—¡Nuestros padres jamás debieron de haberte dado ni una mierda de la herencia! ¡Todo esto—dijo, mientras extendía sus manos a los lados—debería de ser MÍO!
El ojiazul sintió un terrible miedo al ver la mirada de fuego que le dedicaba la ojicafé. Miró alrededor para ver alguna escapatoria, mientras comenzaba a dar pasos hacia atrás.
—¿Has dicho nuestros? —Interpeló Ciel con burla en su voz, alzando su rostro rojo y a punto de llorar—. Creo que sólo son míos, Eva. Yo no soy ningún asesino. Yo no incendié esta mansión. —Eva abrió sus orbes cafés a más no poder al escuchar las palabras del niño—. Y lo más importante, ¡YO NO SOY NUNGÚN MALDITO ENFERMO!
Dicho esto, le dio la espalda y se fue lo más rápido que pudo a su habitación. Y le entró algo de pánico al darse cuenta de sus palabras y de los pasos apresurados de Eva que lo seguían por detrás. Quiso voltear, pero sabía que si lo hacía no se encontraría una hermosa imagen. Su celular comenzó a sonar, así que sacó de su bolsillo, era un mensaje de texto. Al ver quién era el que lo enviaba, una sonrisa pequeña se surcó en su rostro. Por un instante quiso voltear, pero sabía que se encontraría a su hermana roja del coraje, con sus ojos clavándole miles de estacas en el pecho y en todas las partes del cuerpo, con su cuerpo tenso debido a sus palabras. Y quizás con un arma para dejarlo inconcien-
Cayó al suelo. Todo para Ciel Phantomhive se quedó en negro. Y el celular justo a su lado. La pelicafé lo tomó y leyó el menaje que estaba en la pantalla
"¿Dónde estás, Ciel mío?", decía. ¡Maldita sea! Tenía unas tremendas ganas de romperle los huesos ahí mismo, pero sabía que no podría divertirse si lo hacía en esos momentos. Miró el cuerpo de su hermano con odio y rencor, para después colocar el celular en un pequeño buró que se encontraba cerca.
—Eres en verdad un odioso—Eva dejó caer la jarra que llevaba en manos encima del cuerpo de Ciel. Al no sentir nada duro, el objeto no se rompió—. Creo que debo de matarte ahora, ¿no? Tanaka no está, qué bueno que lo mande a algún lugar por ahí.
Se agachó un poco y lo tomó de los pies, comenzándolo a jalar, importándole poco si se golpeaba o algo por el estilo.
—¿Sabes, pedazo de mierda? Disfrute tanto matar a mis padres, mucho más que revolcarme con Sebastián el tiempo que pude—susurró con diversión—. Y va a ser mucho, más excitante el acabar contigo. Enviaré tu cuerpo en pedazos a Scotland Yard, cortado parte por parte.
Se detuvo de pronto. Se enderezó y colocó su pie en la pequeña espalda de Ciel, con algo de brusquedad. La alzó un poco y, de una patada, la dejó caer sobre él. Repitió la misma acción más de cinco veces, asegurándose de no aplastar alguna parte vital de su cuerpo o romperle siquiera una costilla.
—Te romperé los huesos cuando estés despierta, y voy a hacer que Sebastián vea como gimes de dolor al sentir un maldito machete cortar cada uno de tus dedos, para después dársela a los perros.
Se agachó y comenzó a impeler el cuerpo delgado e inconsciente de su hermano otra vez. Después de un largo rato de jadeo y cansancio, llegaron a la puerta. Ignorando completamente el suelo pedroso, lo siguió arrastrando sin piedad hasta llegar al automóvil rojo que estaba en el gran jardín. Sacó las llaves de su bolsillo y abrió las puertas traseras. Con las fuerzas que tenía, cargó sin cuidado el cuerpo de Ciel y lo lanzó dentro.
Antes de cerrar la puerta, se le quedó a observando su cuerpo angelical: ahora estaba lleno de raspones y sangrando un poco de sus mejillas, debido al camino por el cual lo había llevado al carro. Sonrió perversamente.
—Esa imagen es atractiva, ¿no? —se dijo para sí misma.
Lanzó una estruendosa carcajada, mientras cerraba la puerta de un portazo.
.
.
.
.
—¿Y?
—¿Y de qué?
—¿El Conde Phantomhive ya sabe toda la verdad?
—¿Por qué haces tantas preguntas?
—¿Y por qué usted no las responde?
Undertaker miró al chico de lentes que tenía delante de él. Aunque su flequillo le cubriera los ojos, Ronald Knox sabía que estaba más que fastidiado por hacerle tantas cuestiones en menos de cinco segundos. Siguió tomando de su delicioso jugo de naranja con tanta dedicación que el peligris pensó que se casaría con él o que jamás se lo terminaría.
—Le conté todo de golpe a ese pequeñín—dijo Undertaker, después de unos minutos de silencio. Dejó caer su cabeza en la mesa de madera que estaba ahí, mientras miraba aburrido un pequeño bote de vidrio que tenía—… Creo que no se lo tomó bien, heeh.
—Ningún humano selo tomaría bien. —Expuso el rubio de lentes, con aires de sabiduría—. Ha de haber sido duro, me imagino yo. Pero, lo más importante ahora—Ronald le devolvió la mirada que en esos momentos el peligris sonriente le dirigía—, ¿usted no piensa ayudar al Conde? Parece muy interesado en él.
Undertaker ensanchó su sonrisa y no pudo evitar reírse por lo bajo.
—Claro que voy a ayudar al precioso Conde—su voz comenzó a ser seria—, y le pediré algo muy importante…
Knox se acercó más al hombre al darse cuenta de que su voz se estaba haciendo más débil que un susurro, como si fuese un secreto. Abrió más sus ojos para poder apreciar mejor al peligris que tenía delante de él. Creo que es su virginidad, se dijo la parte más irracional del rubio, sí, eso debe ser. Es lo más importante para un niño de su edad, aunque creo que con alguien tan galante como Michaelis… Fuuuuu, nah, no puede ser eso.
—Y bien, ¿qué es? —preguntó el ojiverde al darse cuenta del rumbo de sus pensamientos.
—¡Una hermosa sonrisa, heeeeeh!
Un tic apareció en la ceja izquierda de Ronald, mientras le tomaba a su limonada otra vez.
—¿U-Una sonrisa, ha… dicho?
—Sí. —de nuevo, la voz de Undertaker se hizo seria—. Porque yo sé a la perfección que él necesitará mi ayuda para vivir…
…Más pronto de lo que todos se imaginan.
.
.
Cobarde, un gran cobarde intimidado.
¿Acaso crees que algún día me arrepentiré? Tragarme las lágrimas es imposible.
Sí. Porque sólo tú eres ese cobarde, un gran cobarde intimidado.
.
.
¡Aaaaaaaaaaaaaahhhhhhhh!.
¡AL FIN TERMINÉ EL CAPÍTULOOOOOOOOOO! ¡POR FIN, GRACIAS KAMI-SAMA! ¡MÁS DE DOS SEMANAS SIN PODER ESCRIBIRLO BIEN, SEGUIDO Y SIN INTERRUMPCIONES!
¡Pero aquí está la continuación, yaaaaay~! ¡DISCULPENME, PERDÓNENME POR LA TARDANZA! En serio, que la preparatoria se salió de control. No sé qué maldito mosco les picó a los maestros, pero en TODA LA SEMANA PASADA estuvieron encargando EL DOBLE de tarea, ¡y eso era estresante! Digo, lo pasaría si fuese de Artes, Español o algo por el estilo, ¡pero nooooo! ¡Eran Química, Biología, Física, Matemáticas y Laboratoria! En serio, morí, creo que mi grasa acumulada se fue debido a todo el esfuerzo que hice (?). Bueno, no -w-.
Y si agregamos la mladita depresión emocional que me dio en estos días ( y he aquí la razón por la que no incluí SebasxCiel en el capítulo -wwwww-U)...
Ah, pero bueno u.u... Aquí, nuevo capítulo, capítulo 7 (malditos títulos que les doy, todos raros y rancios :B)...
En sí, creo que no hubo mucho contenido, aunque he de decir que me agradó, no me esperaba que me quedara así, pero yo misma me quedé con las ganas de un SebasxCiel y de un lemon pequeño en la ES, pero ni cómo hacerle u.u. Con esa loca rondando ahí capaz y me los mata en el mismo salón de clases...
¡Buenoooooooo! Ciel sí le creyó a nuestro sexy Undertaker. Ah, qué feo ha de ser enterarse de eso de golpe y más si es un extraño que no sabes ni siquiera qué es exactamente (amé esa parte de: '¿Qué es lo que eres?', 'Se lo dejo a su disposición, Conde'. yaaaaay~). Y pues yo tengo un papel ya plasmado de lo que es Undertaker, y cada quién debe tener uno, así que, como lo dijo él, se los dejo a su disposición, la cosa que sea Undertaker ya es de cada quién :k...
Ah, ¡maldita Eva! Miren que arrastrar a Ciel por las piedras, ¡imperdonableeeeee! La odio a la muy maldita aunque sea un personaje creado por mí, ¡aaaarg! Qué bueno que morirá, ohohohoho (¿O irá a la cárcel e.e?)
Hahahaha, en lo personal, amé el pensamiento de Ronald:'Creo que debe de ser su virginidad; sí, eso debe ser. Es lo más importante para un niño de su edad. Aunque... Creo que con alguien tan galante como Michaelis... Fuuuu, nah, no puede ser eso'. Ah, no sé de dónde me salió eso :K
Mierda, estoy viendo una maldita telenovela en donde la ESTÚPIDA protagonista ni sospecha que está embarazada: Osea, tiene mareos, está pálida, vomita constantemente, TODO le da asco, ¡y no le pasa por la maldita cabeza de que puede estar embarazada! ¡Claro! Ahora solo falta que piense que tiene SIDA, Cáncer, Papiloma o tiene una enfermedad terminal, MENOS que está embarazada. Qué estúpida me vine a encontrar en esa novela ¬¬. Hasta admitió que tuvo relaciones con el gay del galán, ¡por diooos! Y claro, como estaban en una isla desierta, no pudieron conseguir un condón, ¡así que eso lo hace mucho más clarooo! ¿Por qué en las novelas dibujan a las protagonistas tan tontas y a las villanas con inteligencia de Sherlock Holmes? ¬¬...
Bueno, me calmo, me calmo...
Tengo algo que preguntarles... ¿Quiénes creen que mueran? Es decir, ya sé que quieren que Eva muera (yo incluida o.ó), pero, como es un fic bizarro y Eva es una desquiciada, no creo que en tooodo el fic sólo mueran los Phantomhive, Kristen, el padre y... Eva (quizás, no quiero ponerles demasiados SPOILERS xD), así que... ¿Creen que Claude, William, Alois o Amber mueran? (digo, son los más obvios a morir... por las locuras de Eva? O peor aún, ¿Sebastián o Ciel? o.o. ¡OMGS!
Disculpen si hay orrores ortográficos, pero como han de saber, yo no hago borradores. No, lo hago todo 'bien' en el momento en que mi imaginación y mis padres (¬¬) me lo permiten.
Sin más que decir (sólo volver a pedir DISCULPAS por la tardanza), me retiro. AH, me dolió no poner SebasxCiel, así que espero y no les aburra u.u. Por cierto, ¡les tengo una pequeña sorpresa!(:
Ahora sí, me despido que me iré a escribir el cap de Ciel's Law :B.
Si quieren agregarme a fb, soy 'Eriikaa Kiiyamaa (Ciebas Phantomhive). Ya saben, comunicación.
De nuevo, ¡GRACIAS POR TODOS SUS REVIEWS! ¡LOS/AS AMOOOOO! Me iré a contestar tooodos los pendientes en cuanto pueda :/.
Versos son invención mía (puaaaaahj -.-)
Espero y les guste el capítulo.
Que anden bien, ¡saludos&besos!
HirotoKiyama13.
