Disclaimer: El universo de Harry Potter pertenece a J. K. Rowling y a la Warner (Bros). La trama es mía, en cambio, no robes. No publiques en ningún sitio sin mi permiso expreso. No escribo con ánimo de lucro.

Notas: Esto está escrito para el amigo invisible que organizó adharaphoenix en lj. Pasaros, es realmente divertido. Este fue un pedido de Mikox. Falta betearlo y tal, pero es que estoy enchufada en casa de alguien y tengo poquísimo tiempo.

CARTAS ASTRALES

-¿Qué haces, aquí?

Cuando una voz rasga el silencio de la noche, Sybill pega un respingo haciendo que se le caigan los papeles y plumas al suelo. Se le hubiesen caído incluso los anillos, del susto, si no fuera porque le van a medida.

-¿Qu-qué? -se gira, preparándose para ver al Grim, y se encuentra con una Sinistra en pijama que levanta una ceja.
-Te preguntaba que qué hacías aquí a tan altas horas de la noche, Sybill.
-Oh, yo... -se toma un tiempo para recuperarse de la impresión-, estaba haciendo mi carta astral.
-Por supuesto -asiente-. Entonces no te molesto.

Sybill se dispone a despedirse e ignorarla cuando se fija más en ella, avisada por su ojo interior y un suspiro suave de la otra profesora. Se lo piensa un segundo y toma una decisión rápida. Sin pensarlo. Hace ya demasiado tiempo que buscaba una oportunidad como esta.

-No, tranquila -dice con voz algo temblorosa-, en realidad no me molestas. Es agradable tener compañía -y le sonríe, desde detrás de las gafas.

Sinistra la mira algo asombrada (ninguna de las dos ha olvidado la tremenda pelea que tuvieron cuando Sybill llegó a Hogwarts y a Sinistra se le ocurrió mencionar delante suyo que la astrología era la ciencia menos confiable de este planeta), pero aún así acepta la ofrenda de paz en una guerra que lleva ya demasiados años latente, y se sienta en uno de los pequeños bancos de la torre.

Sybill retoma sus actividades y durante esa noche no cruzan más de dos o tres comentarios a media voz sobre el frío y se despiden cuando el cielo empieza a clarear con un asentimiento de cabeza y un buenas noches, ¿o debería decir buenos días? susurrado a media voz.

Pese a todo, el encontrarse en la torre cada viernes por la noche se vuelve una costumbre no acordada pero aún así inaplazable.

Al principio no hablan. Sybill escribe y Sinistra a veces se trae un telescopio. Otras se limita a observarla, mientras refunfuña cuando se equivoca.

Y un día, Sybill acaba haciéndole una carta para ella. Lee su futuro y su vida en los pequeños puntos desperdigados por el cielo y pese a que Sinistra no comparte sus deducciones, le agrada encontrar a alguien más que se conoce el cielo como la palma de su mano. Se crea una amistad extraña, en esa torre alta desde la cual la gente alcanza el cielo con la mirada. Una amistad basada en hacerse mutua compañía y susurros a media voz, indicando un error por parte de Sinistra.

Un día acaban dejando de lado las cartas y los telescopios para hablar, con lo que se crea una nueva rutina. Una de confidencias, de risas y rumores, de cariño mutuo. Descubren que se caen bien. Que llevan demasiados años perdiéndose la una a la otra.

Y ya al final, Sybill vuelve a leer una carta. Lee los miles y millones de lunares que tiene Sinistra en la espalda, en el estómago. Descubre una nueva Osa Mayor y Orión brilla, esplendoroso, en su hombro derecho. Lee su futuro, el de ella, el de ambas, y sigue la columna vertebral de Sinistra, de arriba abajo y de abajo arriba.

Tienen un futuro muy prometedor por delante, y esta vez incluso Sinistra lo cree.