Casos:
Supo que era pronto cuando se levantó, pero las ganas de ver el piso eran tremendas, sobre todo por verlo con Sherlock. Se arregló como pudo, su pierna le dolía mucho más que otros días y le fastidió eso.
Sabía que debía ir en carruaje, pero no le llega el dinero suelto que tenía en esos momentos, con lo que fue caminando poco a poco hasta llegar al 221B de Baker Street. Esperó un rato, pero nadie aparecía, así que llamó a la puerta, a lo mejor su amigo ya estaba dentro esperándolo.
Una señora de edad anciana le abrió, pudo ver en ella una mujer tierna y con gran corazón. Le dijo quien era, ella se presentó como Martha Hudson, pero que la llamara señora Hudson porque le parecía mucho más formal.
John preguntó por Sherlock, que como no, no estaba allí; pero la señora Hudson le pasó una nota que el detective le había dejado donde explicaba a donde ir para ayudarle en un caso que necesitaba de sus servicios.
Al ver la dirección supo que estaba muy lejos y que caminar tanto no sería bueno para su pierna con lo que fue al banco más cercano y retiró un poco de dinero para poder ir y regresar a su casa sin cansarse.
En el carruaje pensó que se podía encontrar allí, desde un cadáver a unos cuantos, pero ya había visto suficientes como para que otro más le diera reparo.
Llegó a la escena que estaba acordonada por la policía y pidió pasar, al principio no le dejaron pasar, pensaron que era un periodista o un transeúnte que le gusta mirar donde no le llaman, pero cuando Sherlock apareció por la puerta del edificio, dijo que era parte esencial para ayudar a que la investigación acabara antes. Así que dejaron que John pasara el cordón policial.
— Yo te usted tendría cuidado con Sherlock Holmes. No es más que un loco que no tiene amigos – le dijo una chica de pelo rizado, que como supo poco después era la sargento Donovan. Pero John no hizo caso a lo que ella le decía.
Fue a donde Sherlock le dijo, subió las escaleras a su ritmo, no quería cansarse pronto. La estancia donde se encontraba el cadáver era una estancia sin muebles ni nada más que el cadáver y un pequeño frasco de cristal al lado de la víctima.
El detective pidió a John que le dijera su diagnóstico médico de la posible causa de la muerte. El ex militar observo bien el cadáver un buen rato antes de dictaminar su juicio, no quería estar herrado ni que Sherlock notara que había metido la pata.
— La mujer que tenemos delante de nuestros ojos, es una mujer de mediana edad, de unos 35 – 45 años de edad, de alta clase social por el anillo que porta, a parte de eso y por como huele el frasco que tiene al lado, se debió de tomar una o dos pastillas antes de morir, por como tiene la parte posterior de la rodilla estuvo un buen rato, como una media hora de cuclillas pensándose si tomarse o no la pastilla. Al final se lo tomó, y cayó al suelo pero estuvo agonizando unos minutos y pudo poner RAGE en el suelo, pero por lo que parece no acabó de escribir porque su cara es de angustia y desolación.
— Me asombras John Watson, has hecho un gran trabajo, mucho mejor que los inútiles que el inspector Lestrade tiene contratados – comentó Sherlock agarrando a John por los hombros y sonriendo – todo lo que has dicho ha estado acertado. Pero hay algo más que yo veo y que se te ha pasado por alto, tiene el abrigo subido por el viento que hizo estos días atrás en la ciudad y eso indica a su vez que se protegía no solo del viento, sino también de lo que iba a hacer, como si se sintiera culpable de lo que estaba a punto de hacer en este lugar. Ya que si se hubiera protegido solo del viento, no lo tendría aún subido del todo, estaría mal subido.
— Asombroso Sherlock, asombroso – aquellas tontas palabras que salieron de la boca de John fueron bien recibidas por el detective.
Salieron de la escena del crimen y caminaron juntos a coger un carruaje que les llevara a comer algo, Sherlock necesitaba comer algo y se notaba por como miraba a John.
Entraron en el italiano de un conocido de Sherlock y allí John se pidió una lasaña y Sherlock unos tallarines a la boloñesa; para beber ambos eligieron agua, no querían emborracharse nada más compartir su primera comida, porque cena ya habían tenido la del baile de graduados.
Sherlock le hizo varias preguntas al ex militar, la más difícil de todas fue si pensaba volver a ejercer de médico o le gustaría ayudarle con los casos. John se lo pensó durante un rato mientras saboreaba su lasaña de carne, pero después de un rato aceptó el probar una temporada lo de los casos y si después de un tiempo no se sentía cómodo, se plantearía el volver o no a ejercer como médico general.
Sherlock al escuchar aquello sonrió y a punto estuvo de besarle, pero no procedía. La gente no veía bien a los homosexuales en pleno 1905.
Por la ventana de cristal del pequeño restaurante podían ver a bastantes personas caminar y como un carruaje se paraba durante un buen rato, Sherlock sacó el reloj y contó que llevaba parados unos veinte minutos hasta que se puso en marcha.
Memorizó como pudo la matrícula y luego la apuntó en un papel para dárselo a la policía y que investigaran a quien tenía un taxi de caballos con esa matrícula.
Llegaron al piso una vez que dejaron la comisaría, John se preguntó que hacía allí si no había ni firmado nada ni visto como era el piso que supuestamente alquilaría con Sherlock, pero supo que era su piso cuando le trajeron de vuelta allí y no al otro sitio al que llamaba "piso" su bastón. Al ver aquello, sin haber visto como era donde se suponía que iba a vivir, aceptó compartirlo.
La señora Hudson hizo té de alegría, té para dar la bienvenida a su nuevo inquilino. Mientras ella hacía el té, Sherlock le enseñó a John la casa, le dijo que él dormiría el en piso de abajo y Sherlock en el de arriba y lo hacía para que la pierna de John no le doliera al subir aunque fueran cinco peldaños de escalera.
Entraron en la habitación que sería la de John, Sherlock cerró la puerta, se acercó a John que andaba desprevenido, le llevó hacia la pared y le besó. Fue un beso largo y con sentimientos. Un beso merecido para ambos.
