Gracias a todos por seguir la historia, incluso ahora que llevo mucho sin actualizar.
Los adoro y les mando un beso a todos. Sus reviews son oro para mi.
Gracias de nuevo.
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Crisis: Energía oscura
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"Te convertirás en lo que realmente eres"
Abrió los ojos a la oscuridad, con la piel de gallina. Se preguntó cómo había llegado hasta su cuarto. Las voces distorsionadas de Konohamaru y Boruto aparecieron en sus leves recuerdos en la inconsciencia. Junto con el rostro de su padre.
Se quitó las sábanas e intentó ponerse de pie. Sus piernas se sentían con poca fuerza y los moretones de la pelea aún no desaparecían del todo. Ella lo que quería era encontrar un espejo, el pequeño espejo del baño estaría bien. Prendió la luz del tocador y se encontró con una Sarada muy machacada y con el cabello hecho un desastre, aunque eso no era lo que buscaba.
La marca de maldición se encontraba justo en la base de su hombro izquierdo, cubierta por su blusa escolar deshecha. Gimió al verla. Tres puntos con lo que parecían ser unas pequeñas garras se acomodaban armoniosamente, y era más pequeña de lo que se hubiera imaginado. Con cuidado pasó las puntas de sus dedos sobre ella y se sentía como la tinta de un tatuaje.
–Maldita sea. –Susurró.
Se cepilló el cabello y se puso su pijama azul pastel.
Al girarse hacia la mesita de noche a tomar sus lentes un inesperado sentimiento de vértigo la atacó. Su vista se nubló y cayó al suelo de rodillas al sentir un intenso ardor en el hombro izquierdo. La marca brilló en su piel, a la vez que sus ojos demoníacos se activaron mostrándole una alucinación:
Boruto se encontraba tirado en el suelo con heridas sangrantes y respiración agitada, rogándole que se detuviera. Vió como sus propias manos tomaban al muchacho de la garganta y lo alzaba en el aire, sin dejarlo respirar.
–Por favor, para…Sa-ra-da…– balbuceaba él.
Y Sarada sin sentimiento alguno se intridujo en sus ojos azules, buscando una reluciente alma color menta que aún seguía luchando. La bañó de un color rojo oscuro y comenzó a tirar de ella. El cuerpo de Boruto se retorcía sin querer ceder; Sin embargo, el alma del demonio Sarada Uchiha jaló con fuerza, llevando su espíritu fuera de su cuerpo. El chico rodando los ojos hacia atrás, soltando el cuerpo, muriendo. Y Sarada devoraba el alma de su mejor amigo.
–¡No! –Gritó con las manos sobre sus ojos, de rodillas en el suelo. –No es real, no es real. Respira. Eso no está pasando.
Inhalación, exhalación. Inhalación, exhalación. La chica obligó a que las imágenes se disiparan lentamente. Forzando a sus ojos a volverse negros de nuevo.
Se pasó las manos por el cabello, colocándose los anteojos. Intentó ponerse de pie y recargó su peso en el taburete junto a su cama.
"¿Qué voy a hacer?"
Una suave brisa fresca que entraba por la ventana le acarició los vellos de la nuca. Sintió un escalofrío. Ella nunca dejaba la ventana abierta.
Se giró y en menos de un segundo, pudo apreciar la gran silueta negra que yacía sobre la ventana. Alargó la mano detrás de ella hacia un pequelo halajero donde guardaba su anillo cuando dormía y… ¡estaba Vacío! Gimió del susto mientras la silueta tomaba asiento en el borde de la ventana, dejando al descubierto el rostro del demonio Uchiha y su malvado ojo carmesí.
–¿Buscabas esto? –Preguntó Sasuke. Sacó su brazo de debajo de la capucha mostrando la katana bendita de Sarada.
–Tú… vienes a matarme. –Susurró ella con mucha cautela y algo de miedo.
Sasuke lanzó despreocupadamente el arma de la chica al suelo. Sarada se descolocó totalmente.
–Vengo a advertirte que estoy vigilándote. –Contestó él. –No me conviene matar al único heredero del clan Uchiha.
–Yo no pertenezco a tu…
–Esa marca en tu piel no es lo único que te une a mí, y lo sabes. –Susurró Sasuke. –La sangre Uchiha corre por tus venas. Y te has vuelto fuerte ahora que has crecido.
–Escúpelo de una vez… ¿Qué quieres de mi? –Espetó entre dientes la joven, esperando en el fondo de su ser que no fuera su alma lo que el demonio quisiera.
–Hace siglos, el clan solía gobernar a los demonios Taka y era temido en el mundo de los humanos. Pero ahora es diferente. Ahora que Itachi ha muerto el clan se ha reducido a solo dos. –Sus palabras causaron que Sarada tragara grueso. –Mi hermano se rehusó a comer almas humanas, se volvió débil, y eso lo llevó a su fin. Pero contigo es diferente. No mueres si no te alimentas de los espírtus de otros, tu mitad humana te da esa ventaja, pero aún así tus poderes son insuficientes… Y como ya lo dije: No vengo a matar al único heredero del clan Uchiha. Vengo a hacerlo más fuerte y así poder restaurar nuestro poder.
La chica sentía la garganta seca, sin poder decir ni una palabra. El ser que tanto había evitado a lo largo de su vida le dice que es la heredera de esa ancestral familia y que quiere revivir su reinado de terror. Sentía que una gota de sudor le rodaba por la frente y en su mente apareció la imagen de unos ojos azules muy cálidos, del hombre que le enseñó a combatir esa horrible naturaleza que venía a atormentarla de nuevo. ¿Qué hubiera hecho él?
–No necesitas responer ahora. –Dijo el demonio mientras se ponía de pie sobre el ventanal. –La marca de maldición inyecta energía osbcura directo a tu alma, lentamente, en tres días deberás aprender a manejarla o te consumirá. Te daré ese tiempo para decidir si vienes conmigo por tu propia cuenta… o me obligarás a llevarte por la fuerza.
–No puedes… no puedes hacer eso… –Balbuceó impactada. –¿¡Por qué no puedes dejarme en paz!? –Gritó apretando los puños.
–Los demonios no pueden vivir en paz con los humanos, es imposible. Es hora de que te dez cuenta de eso y que aceptes lo que en realidad eres. –Resumió Uchiha con voz fría, causando otro escalofrío a la chica. –Tienes tres días, Sarada.
Su nombre sonaba tan extraño en sus labios. Amargo.
Una vez dicho esto, su cuerpo se convirtió en humo negro, que fue arrastrado por el viento de verano. Y Sarada con el pulso acelerado corrió a tomar su katana y desenvainarla, para luego cerrar la ventana en un movimiento reflejo. El tatuaje en su hombro cosquilleaba desde que su padre apareció. Sabía lo que significaba la marca de maldición de los demonios Taka, había memorizado cada pergamino secreto acerca de la historia de esos demonios. Sabía que su padre y su hermano eran los últimos del clan después de la exterminación que sufrió la familia, pero ahora uno de ellos había muerto…
–…Por negarse a comer almas humanas. –Pensó en voz alta. Se llevó una mano al pecho, apretándola.
"¿Qué voy a hacer?"
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Boruto abrió los ojos pesadamente al sentir que uno de sus brazos dolía, se había cortado la circulación a causa de lo pesada que era Himawari que estaba encima de él. Se habían quedado dormidos juntos. Logró escabullirse de los brazos de su hermana sin despertarla y fue a tomar una ducha, se quitó su uniforme hecho trizas y con manchas de sangre para meterlo en una bolsa de plástico y tirarlo a la basura. Tremenda suerte que Hima no haya preguntado por su estado deprimente con el que llegó esa noche.
Se lavó y se cambió.
Miró fijamente las argollas que descansaban en la mesa del escritorio de su habitación. Ripper y Chopper. Esos eran los nombres de las armas que ese tal tipo Konohamaru le había dado. Metió otro uniforme apresuradamente a su mochila, se puso los tennis y salió de la casa lo más sigilosamente posible. En la cocina había dejado una nota para himawari que decía "Me adelanté a la escuela".
Afuera el cielo seguía oscuro, aún era de madrugada. Pero el chico no dejó de correr hasta que llegó al templo, aquél donde Sarada le mostró por primera vez a las almas blancas. El área despejada con pasto se encontraba detrás, rodeada de árboles que lo protegerían de que alguien lo viera. Dejó su mochila a un lado y se puso un anillo en cada mano. La brisa húmeda de otoño meneaba su cabello dorado.
–Muy bien, ahora recuerda cómo sacar esa luz de tus manos, ¡Vamos! –Se ordenó a sí mismo apretando los puños. –¡Salgan, Ripper, Chopper!
Gritó a la noche invocando a las armas divinas, pero nada pasó, ni una chispa siquiera.
¡Maldición!
Y lo intentó un par de veces más, flexionando sus rodillas y gruñendo mientras apretujaba los puños, sin lograr nada. Golpeó al suelo con sus manos. ¿Cómo se suponía que cumpliría su promesa de proteger a Sarada si no podía invocar sus armas? Lo frustraba el recuerdo del sonido que su amiga hizo antes de quedar inconsciente en su batalla contra ese demonio. Estrujó el pasto bajo sus puños.
–Te protegeré, Sarada, no importa cómo… No voy… no voy a perder a otra persona en mi vida. –Sus palabras fueron tristes, pero sólidas, que construyeron una imágen en la mente de Boruto al cerrar los ojos: Aquella foto que Himawari sostenía en sus manos cuando llegó, la de sus padres sonrientes.
¿Por qué rayos quería llorar ahora?
Sólo sintió más frustración que se acumulaba en su pecho. Lo ahogaba de a poco, no quería ese sentir en él, quería dejarlo salir. Y respirando hondo, intentó calmarse. Se concentró en dejar ir esa bola de sentimientos desde su pecho hasta… sus brazos.
La luz color menta comenzó a destellar desde sus dedos. Era demasiado brillante. Calló de sentón ante la sorpresa y viendo cómo las argollas se expandían tomando una extraña forma.
–¡Santo cielo! –Exclamó cuando el brillo se fue. Dos inmensas mancuernas plateadas que rodeaban sus nudillos y se prolongaban en unas estupendas cuchillas grises. –¡Esto es a lo que me refería!
Lleno de emoción intentó ponerse de pie, pero sus piernas le fallaron. Calló de rodillas al suelo con una sensación de cansancio muy grande. Las armas divinas eran demasiado pesadas y el invocarlas le había robado demasiada energía para saltar de emoción. Gruñó ante esto.
–Oh vamos, hombre. –Decía incorporándose. –No tengo tiempo para esto. Necesito hacerme fuerte.
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"Me adelanté a la escuela"
Era una nota escrita apresuradamente con la letra poco estética de Boruto. Himawari la sostenía junto a la mesa de la cocina. Sus ojos no podían dejar de leerla una y otra vez, era una sola frase pero ella creía que significaba algo más, se imaginaba miles de escenarios posibles. Miró la negra madrugada que se presentaba en la ventana sobre el lavabo… Se había despertado unos minutos después de que Boruto se fuera.
Se sentó lentamente acercando la silla y poniendo sus codos sobre la mesa. Llevó una mano a su rostro, cubriéndolo. Estrujó lentamente la nota con sus dedos.
No pensaba que manejar a su hermano fuera tan difícil. Sentía que todo se le estaba saliendo de las manos. El último deseo de su padre se estaba yendo a la basura.
Suspiró profundamente antes de ponerse de pie y comenzar a preparar su desayuno. Se tomó su tiempo para prepararse a ir a la escuela en lo que daba el amanecer.
Se vistió su chaqueta del colegio antes de salir, y caminó lentamente por las calles rodeadas de árboles que desprendían sus hojas a causa del otoño. Llevaba la mente en blanco en todo el camino hasta que se detuvo en la entrada a la escuela. Una sensación familiar se hizo sentir en la base de su cuello. Miró el edificio y a los demás alumnos que entraban en él ya que el timbre estaba por sonar.
–Ya veo…
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Los cuchicheos de sus amigos no lo dejaban concentrarse, y luchaba consigo mismo para no quedarse dormido en su banco y aún no empezaban las clases. Mitsuki y Shikadai hablando de videojuegos y Chou-chou explicándoles cosas a Inojin ya él sobre las preparaciones de la graduación. Diablos, tenía tanto sueño. El invocar esas cuchillas había consumido casi toda su energía. Aún así estaba dispuesto a volver mañana al templo a entrenar de nuevo.
–Pues yo iré por una carrera de artes. –Dijo Inojin. –En Osaka está la mejor facultad de artes y es ahí donde aplicaré.
–Si es que consigues mejorar tus calificaciones antes de graduarte. –Balbuceó Chou-Chou. –Yo ya hablé con mis padres e iré a la academia de diseño de modas en Tokyo. Seré la líder en unos años del mundo de la moda, ya verán.
–Pues yo creo que tomaré una licenciatura en Biología. –Se unió Mitsuki a la conversación. –¿Y tú Shika? Creo que tu vocación son las matemáticas, tomar una ingeniería sería lo mejor para ti.
–Supongo. –Respondió Shikadai.
–¿Y qué hay de ti, Boruto? ¿Qué harás después de la escuela?
–No lo sé, dímelo tú Mitsuki, ya que vez cosas especiales en la gente. –Dijo Boruto irritado por el tema.
–Tienes muchas cualidades. Podría hacerte una lista justo ahora. –Sonrió algo burlón su amigo.
En ese momento, la silueta de Sarada se hacía presente en el aula, junto con otros compañeros que entraban al sonido del timbre. Boruto se puso de pie en un acto reflejo y todos quedaron en silencio. El rubio la miraba fijamente al momento que ella se encogía algo incómoda.
–B-buenos días a todos. –Dijo Sarada con una pequeña sonrisa.
–Buenos días. –Contestaron los demás en unísono sin sospecha.
–Sarada, estábamos hablando sobre qué haremos después de la preparatoria. –Volvió Chou-Chou al tema. –Y tengo la intriga de qué harás tú, ya que eres la mejor de la clase.
–Eh… yo quiero estudiar medicina. –Respondió la chica. Miró un momento a Boruto que seguía de pie sin dejar de mirarla, pero no resistió verlo a los ojos por mucho tiempo. Él sabía que Sarada deseaba ser médico. –Mi madre era asistente de médico y me interesó desde entonces.
–Oh, claro. Con lo inteligente que eres serás la jefa del hospital en poco tiempo. –Le animó Mitsuki, a lo que los demás comenzaron a animarla también.
Boruto notó que la chica apenas logró sonreír a los halagos. Era demasiado extraño, ella solía mostrar grandes sonrisas cuando los chicos le decían cosas buenas. Esa vez sólo tomó asiento. El profesor Shino entró al aula y todo se calmó por un rato.
Un trozo de papel llegó al banco de Sarada por un lado suyo. Al abrir la nota leyó un "¿Te encuentras bien?" con la mala caligrafía de Boruto Uzumaki. Se quedó pensativa un segundo y después tomó su lapicero para escribir un perfecto "Si, no te preocupes" en el papel y mandarlo de nuevo a su amigo. No sentía justo mentirle de esa forma pero sólo quería tranquilizarlo.
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El profesor Shino comenzó la clase de matemáticas y rápidamente el pizarrón estaba cubierto de fórmulas complejas que todos se apresuraban a escribir en sus libretas. Sarada movía con gracia su lapicero sobre los renglones respondiendo fácilmente los problemas al tiempo que los iba anotando. Levantó la mirada para copiar el último problema de la pizarra y de repente las letras y números se veían borrosos. Parpadeó un par de veces y se ajustó los anteojos.
Miró de nuevo y los colores de los números y la pizarra se alteraron, como si tuvieran un efecto en negativo. Cerró los ojos unos segundos apretando el lapicero en sus dedos. En la oscuridad de sus ojos, una mirada de color rojo la asaltó junto con la frase "…Corre por tus venas".
Comenzó a inhalar profundo intentando alejar esos pensamientos, pero sólo sucedió lo contrario: La pesadilla retorcida de un Boruto sufriendo mientras le pedía piedad a Sarada volvió a aparecer en su mente. Y abrió alarmada los ojos antes de imaginar a su amigo muriendo de nuevo.
El sonido de su lapicero quebrarse en su mano fue lo que la devolvió a la realidad. Había tensado los músculos de sus brazos y respiraba agitada.
–Sarada… ¿estás bien? –Escuchó a Mitsuki preguntarle desde el banco de al lado. Ella se giró a ver sorprendida al chico preocupado.
Y se giró hacia atrás un momento para ver los profundos ojos de Boruto que casi explotaban de preocupación. Su respiración agitada no se calmó ni un poco, y las imágenes comenzaron a tornarse borrosas de nuevo.
Diiiiiiinnnggg~
En cuanto el timbre del almuerzo sonó, la ejecutora se puso de pie para salir apresuradamente del aula, dejando a Boruto y a Mitsuki cruzando miradas.
–¿Crees que se sienta mal? –Cuestionó Mitsuki confundido.
–Ayer me dijo que creía que se enfermaría. –Mintió Boruto. –Tranquilo, no debe ser nada grave. –Dijo muy a la ligera levantándose para ir a buscarla.
Sarada se había acercado a una ventana a la mitad del pasillo para tomar aire fresco. Inhalaba el aire frío sintiendo como su cuerpo se calmaba poco a poco. Alguien se acomodó junto a ella en el marco de la ventana. Su amiga de piel morena apareció con una linda sonrisa.
–Chou-chou.
–Como presidenta de la clase es mi deber planear el viaje de fin de curso. –Comenzó a decir la chica. –Y estuve pensando en qué lugar sería más adecuado ya que será en primavera, ¿Podría pedir tu consejo?
–Pues… el santuario de las luciérnagas al pie de las montañas siempre me ha parecido un lugar hermoso al que he querido ir. –Le dijo abiertamente Sarada.
–¡Luciérnagas! Tienes razón, ese sería el lugar perfecto. –Los ojos de Chou-Chou brillaron como si hubiera tenido una revelación. –¡Gracias, Sarada, nunca se me hubiera ocurrido, eres la mejor!
La gran sonrisa de su amiga la tomó descuidada, un sentimiento cálido de felicidad le llenó el pecho sacándole una sonrisa también.
–Oh, mira. –Le apuntó a lo lejos Chou-Chou con un dedo a Sarada. –Allá, detrás del gimnasio, ¿lo ves?
–Esos son… ¿Gatos? –Preguntó la ejecutora. A espaldas del gimnasio, había dos gatitos que eran acariciados por un grupo de chicas.
–Sí. Aparecieron ahí esta mañana, son taaan lindos. ¿A ti te gustan los gatos, no? Si quieres podemos ir a verlos un rato. –Le invitó su amiga.
–Ah, si, está bien… –Pero detrás de ellas se había aparecido su amigo rubio, con un rostro demasiado serio.
Chou-Chou notó que ambos cruzaron sus miradas y sintió cómo la atmósfera se volvió muy incómoda en un segundo.
–Emmm… ¿Tal vez a la salida? –Preguntó Chou-Chou intentando safarse.
–Claro. A la salida. –Respondió Sarada, después de eso Chou-Chou desapareció.
–¿Qué rayos te acaba de pasar? –Dijo sin más Boruto en tono bajo, Sarada bajó la mirada. –Es esa marca maldita que tienes ahí, ¿no?
–Fue sólo un mareo, estoy bien. –Intentó mentir la joven. Obviamente Boruto no lo creyó. –Escucha, he leído todos los textos que hablan de las marcas de maldición y los mareos con vértigo es algo normal en el sujeto que la posee.
–Sí, pero tú no eres normal. –Atajó el rubio, Sarada lo miró fijamente. –Me refiero a que tu eres un híbrido. Y Sé que no te sientes bien.
–Si no me sintiera bien no habría venido a la escuela, ¿No lo crees? –Dijo Sarada con algo de enfado. –Así que déjame en paz por un minuto.
–Creo que viniste a la escuela porque te da miedo estar sola en tu casa. –Pensó Boruto en voz alta. –Porque sabes que algo grave va a pasarte.
Los demás alumnos seguían caminando por los pasillos, era el tiempo del receso y nadie prestaba atención a aquellos dos.
–¿Sabes qué? Tienes razón. Vine a la escuela porque no quiero estar sola en casa. Vine para seguir con mi vida normal, para sentirme normal… Para sentir que no estoy sola, porque si eso pasa ésta cosa en mi hombro va a tener más control sobre mí. –Miraba directamente los ojos de Boruto. –Así que por favor, sólo por este día… ¿Podrías no hablarme de demonios o fantasmas? ¿Podrías… tratarme como a alguien normal? Por favor…
Boruto se había quedado sin palabras, lo había impresionado.
–Ah… yo… –La recordó alterada cuando ocurrió lo de su padre. –Claro. Lo siento.
–Gracias. –Le dijo ella.
Y ambos quedaron en silencio.
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Al regresar a las clases la tranquilidad no duró mucho. Sarada siguió experimentando estos "mareos" que la atacaban en medio de las explicaciones del profesor, y fue difícil calmarlos. Hacía todo lo posible por controlar su respiración y quedarse en bajo perfil a sus amigos, pero cada vez que cerraba los ojos un trozo de esa pesadilla la atacaba de nuevo. Por lo menos el saco oficial del colegio ocultaba su piel de gallina.
Cuando todos se ponían de pie para ir a la clase de deportes, los ecalofríos se habían calmado un poco y tuvo que mentirle a Mitsuki diciéndole que estaba en la etapa temprana de un resfriado para que no sospechara. Y su obstinado amigo Uzumaki no quería separarse de ella ni un minuto, incluso la siguió hasta los casilleros donde guardaban la ropa deportiva.
–¿Piensas seguirme al baño también? –Lo encaró la pelinegra al tomar su uniforme de deportes.
–Sólo quiero asegurarme de que estés bien. –Le dijo en tono duro el chico.
–Dijiste que me dejarías en paz hoy. –Le recordó Sarada. Boruto suspiró.
–Quiero que hablemos de esto mañana, entonces. –Le apuntó Boruto con el dedo, abriendo también su casillero. –Debemos buscar una cura para eso. –Dijo apuntando su hombro izquierdo. –Hace tiempo mencionaste a estos tipos… ¿Redentores? Dijiste que eran más fuertes que ustedes. Tal vez ellos podrán ayudarte.
Sarada miraba al suelo cuando Boruto dijo eso, no respondió, pareciera como si lo hubiera ignorado para no seguir el tema.
–Adelántate. Yo iré a cambiarme. Te veo allá. –Dijo fríamente la chica antes de irse y dejar a Boruto solo.
El baño de chicas más cercano no estaba tan lejos, pero ella no quiso ir a ese. Fue a cambiarse al baño cerca de la sala de maestros, aquél que casi siempre estaba vacío. Saliendo del cubículo en los baños, ya con su pantalón y playera puestos, escondió el rosario bajo la tela de la playera, dobló su falda y su camisa y al intentar ponerlos sobre la barra del lavamanos éstos resbalaron de sus dedos y cayeron al suelo.
Era como una película en cámara lenta. La ejecutora miró la palma de su mano, que mostraba un pequeño temblor que antes no estaba ahí. La miró por muchos segundos, bastantes, sintiendo cómo se formaban lentamente lágrimas en sus ojos, queriendo salir.
"…Corre por tus venas"
Antes de que pudiera ponerse a llorar, se giró hacia el lavabo y abrió el chorro de agua. Se lavó la cara con apuro, tallándola casi con desespero, como si los problemas estuvieran ahí y quisiera arrancarlos. Eso ayudó a controlar su respiración un poco. Cerró la llave y tomó unas toallas para secarse.
Dejó la toalla a un lado y tomó sus anteojos para limpiarlos con su camiseta antes de ponérselos. Cuando alzó la vista para verse la cara en el espejo, notó la silueta de la persona que la miraba desde la entrada de los baños. Su estómago se estujó al verla.
–¿Qué haces aquí? –Susurró Sarada intentando disimular su incomodidad.
Esta persona no respondió. Solamente avanzó hasta ella, mirándola fijamente mientras la rodeaba. La ejecutora temía verla a los ojos, no debía estar muy contenta con ella en ese momento.
–Sé que Uchiha estuvo aquí. –Le dijo la persona. Sarada se quedó paralizada. –¿Qué fue lo que te hizo?... tu color está cambiando. Es más oscuro.
–Mi… mi color es el mismo… No está cambiando. –Balbuceó Sarada. –Yo me encargaré de él, no tienes porque…
–Sólo contéstame esto. –Le interrumpió la persona. –¿Él lo sabe?
Los ojos de la ejecutora se abrieron amplios ante la pregunta.
–¿Se los has… contado? –Insistió. Su voz se quebró al pronunciar la última palabra.
Bajó la mirada de nuevo al suelo a la vez que su pecho se hundía. ¿Cómo iba responderle a eso? Tardó mucho en hacerlo, pero finalmente contestó.
–Lo siento… –Esas fueron las únicas palabras que pudo decirle. Y miró como los ojos de la personita frente a ella perdían brillo, cómo en un momento se volvió más pequeña de lo que ya era. Y un silencio quedó suspendido entre las dos por un largo minuto, en el cuál Sarada no se atrevió a mirarla a la cara de nuevo.
Vió como la mano de Himawari sacó de su bolsillo una cápsula, parecida a un dulce, que dejó en el labavo junto a ella. Y como lentamente la chica se dio la vuelta para irse. Pero se detuvo un segundo antes de cruzar la puerta.
–Detrás del gimnasio. Hay dos gatos. Encárgate de ellos.
Fueron las últimas palabras que la chica dijo antes de desaparecer. Sarada reaccionó después, miró a su lado y tomó la cápsula que estaba en el lavabo. La observó unos segundos en la palma de su mano y después se la metió a la boca para tragarla. Golpeó con su puño los azulejos de la pared. Le dolía el pecho por la culpa.
–¡Mierda!
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La clase ya había comenzado desde hace veinte minutos y Boruto se ponía de puntillas sobre sus tennis para barrer la cancha con sus ojos. Sarada no había llegado. Y suspiró pesadamente creyendo que seguramente no lo haría. Ese día tocaba jugar voleibol y como no era su deporte favorito, pidió quedarse en la banca. Su pierna temblaba con ese reflejo ansioso involuntario, preguntándose a dónde habría ido su amiga.
Su celular Vibró en su bolsillo.
"¿Podríamos volver a casa juntos hoy? ¡Tengo planeado algo genial para cenar! Besos. Hima."
–Oh… Hima. –Recordó Boruto. –No he pasado mucho tiempo con ella últimamente.
Y con lentitud repondió al mensaje de texto con un "Ok". Volteó al techo con la mirada perdida en sus pensamientos. Las palabras de la chica de anteojos resonaron en su cabeza "Vine para no estar sola en casa" … ¿Sería… buena idea si la invitara a cenar? Un cosquilleo raro le pasó por las palmas de las manos ¿Sería bueno juntarlas a ambas? Sarada le había dicho que ese día no quería tener nada que ver con su trabajo de ejecutora, ¿Estaría bien?
Tecleó el nombre de su amiga en la pantalla de su teléfono para mandarle un texto, a la vez que Shikadai se sentaba a su lado en la banca pidiéndole por favor que lo sacara de su miseria y lo sustituyera en el partido de Voleibol que había terminado su primer set. Boruto accedió y cerró la ventana de mensajes del teléfono, dejándolo para después.
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El viento que corría en la azotea de la escuela era muy frío, pero de algún modo la calmaba. Le agradaba el cómo podía mirar toda la pequeña ciudad desde ahí arriba. No llevaba mucho tiempo viviendo ahí, pero la tranquilidad y el alejarse de sus malos recuerdos le había hecho tomarle algo de cariño.
Y pensó que se había alejado de los problemas de ser una ejecutora. Pero ahora estaba aceptando que todo se estaba yendo al caño. El sonido de una parvada de pájaros que pasaba sobre su cabeza la exaltó por un momento, el contraste de el atardecer los hacía lucir tan negros… como cuervos. Alejó la mirada, sacudiendo la cabeza. Se daba cuenta de que hay fantasmas que la perseguirían hasta que su vida terminase.
"¿Él lo sabe?"
Se quitó los lentes para sobar el puente de su nariz con sus dedos mientras suspiraba, sintiéndose una tonta.
–Lo siento… No he podido siquiera cumplir su último deseo… Perdóneme Séptimo.
Otro viento frío le acarició la espalda. Al menos en eso sí podía estar segura: de que seguía sintiendo como un humano. El frío del viento de otoño, el dolor al ver la cara de una chica destrozada, la culpa por hacer que sus amigos se preocupen por ella…
Sus amigos…
Soltó una pequeña carcajada. Su mentor había tenido razón al decirle una vez que tener amigos era maravilloso. Y lo era, y entre aquél huracán al que su corazón se enfrentaba, también había una pizca de felicidad porque ahora sabía lo que era tener amigos, lo sentía.
Al ponserse los anteojos y ver una niebla que emanaba por allá cerca del gimnasio, Sarada se puso de pie apresuradamente.
–¡Rayos, lo había olvidado! ¡Y yo aquí perdiendo el tiempo! –Se reprochó a sí misma al correr a las escaleras, sacándo de su bolsillo su anillo plateado. –Todos están saliendo del gimnasio ahora. La clase de deportes debe estar terminando. –Se llevó una mano al pecho. –¿Cómo es que no sentí esa presencia antes? ¿Qué otros efectos puede causar en mí esta marca maldita?
Y en menos de un minuto, había bajado los cuatro pisos del edificio del colegio, salió corriendo por la entrada esquivando a algunos compañeros que quedaban en el pasillo y se dirigió al gimnasio, que para ese momento ya estaba quedándose vacío. Las presencias malignas eran muy tenues, pero la neblina oscura se hacía más notable a la vez que se acercaba a la parte trasera del edificio. Giró en la esquina para encontrarse con los demonios, pero no estaban.
Sin embargo, otra persona estaba ahí, frente a ella. El corazón se le aceleró.
–Sarada. –Se sorprendió el chico rubio al verla. –Haz vuelto.
–Boruto… ¿Qué… qué haces aquí? –Estaba paralizada. Se suponía que los alumnos deberían estar camino a casa.
–Yo… no lo sé. –Comenzó a decir Boruto algo confundido. –Hace rato, allí adentro mis manos comenzaron a cosquillear y alguna especie de… presencia llamaba tanto mi atención hasta acá. Es algo raro pero tenía tanta curiosidad… Y no hay nada aquí.
–No puede ser… –Susurró la ejecutora, estaba tan sorprendida y a la vez confundida. –No se spuone que tu puedas sentir esas cosas… ¿Qué he hecho?
–¿De qué estás hablando? ¿Te encuentras bien? –Le preguntó Boruto. –Desapareciste antes de la clase.
–Sólo vete a casa, ¿Quieres? –Le atajó Sarada, dándole la espalda con intención de irse. Pero el chico la tomó por el brazo.
–Sarada, hablo en serio. –La miró con sus profundos ojos azules. –Sé que no estás bien… y quiero ayudarte.
–No puedes ayudarme con esto. –Le dijo con voz baja la chica.
–¿Y cómo estoy seguro de que no puedo ayudar si no me dices qué es lo que tienes? –La presionó el chico.
–¡Estoy deseando matarte! –Soltó Sarada con desespero. –¡Y deseando devorar tu alma!
Un silencio flotó entre ambos durante un largo minuto.
La sorpresa de Boruto hizo que soltara el brazo de la chica, no terminaba de entender qué rayos significaba aquéllo.
Mrrrrggghh~
Se escuchó un maullido rabioso cerca de ellos, llamándoles la atención. La ejecutora llevó la argolla a su boca, invocando la katana bendita y Boruto aún paralizado se descolocó al percibir aquélla neblina color gris oscuro que envolvía al gato blanco erizado que los miraba. ¿Eso significaba que ese animal…era el demonio que Sarada buscaba? Las palmas de sus manos cosquilleaban demasiado, estaba reaccionando a esa energía demoníaca, eso nunca había pasado.
–¡Vete a casa! –Insistió Sarada, preparándose para atacar.
Boruto solamente retrocedió, tropezando, sin seguir la orden. Observó el cómo aquél gato comenzó a cambiar de forma y transformarse en otro animal, uno al que no podría ponerle nombre, pero seguía siendo feo e intimidante. Colmillos que sobresalían de su mandíbula, pelo crispado de color gris, como rata, orejas puntiagudas, ojos naranja brillantes y una cola que se balanceaba de lado a lado. Sarada se lanzó a combatir al demonio, y el rubio sintió de nuevo ese hormigueo en las palmas de sus manos, algo parecido a un sexto sentido hizo que mirara sobre ellos, al techo del gimnasio, por donde se asomaba otro gato color pardo rodeado por la misma energía oscura.
–Ay, rayos. –Dijo Boruto, obligándose a ponerse de pie.
La ejecutora no pudo acertar el primer golpe, la bestia lo había bloqueado con uno de sus colmillos. Sarada retrocedió evitando el zarpazo que el demonio arrojó. Saltó sobre la bestia y se colocó detrás para cortarle las patas traseras, pero no contaba con que la cola de ésta fuera muy hábil y su pelaje era tan dañino como ajugas, que la atacaron a la cara. La chica desvió la cola con su katana y el roce hizo que algunas agujas salieran disparadas y se encajaran a su pierna.
–Arrgg! –Gruñó.
En un segundo, tomó las agujas y las arrancó de su muslo, dolía mucho y pareciera que tuvieran alguna clase de veneno en ellas ya que su pierna se comenzaba a sentir adormecida poco a poco. ¡Maldición! Tuvo que reaccionar rápido de nuevo, ya que el demonio volvió a atacar con su cola de espinas, la ejecutora quiso esquivarlo pero su pierna falló, calló de rodillas y por poco se libró. Una de las agujas había rasgado la liga que sujetaba su coleta de caballo y su espeso cabello negro volcó sobre su rostro. Eso la hizo enojar bastante.
Los ojos rojos de la ejecutora saltaron a la vista, empuñó su katana con furia pero no pudo atacar. Las visiones volvían, las imágenes en negativo que captaban sus ojos y la pierna que le punzaba, esa maldita espina le había inyectado energía oscura a su cuerpo, activando de nuevo el poder de la marca demoníaca. La chica cerró fuertemente los ojos y tomó aire, al abrirlos se avalanzó sin pensar hacia el demonio, sentía que se iba a salir de control.
La bestia gruñó haciéndole frente, pero no pudo detener la katana que la atacó cubierta de una energía furiosa, de un color casi rojo. Cortó sus garras, rebanando sus colmillos hasta partir al demonio en dos partes. El uniforme deportivo de Sarada se empapó de la sangre del animal. Rápidamente la joven encajó su cuchilla en el suelo para apoyarse en ella, frotándose los ojos, que le dolían e intentaban mostrarle su pesadilla una vez más.
Su hombro izquiero comenzaba a quemarle.
–¡Sarada, cuidado!
Un escalofrío le abrazó la piel de la nuca, a la vez que se giraba para ver cómo otro de esos demonios se avalanzaba sobre ella. Y se quedó paralizada al ver que la figura de Boruto se interponía, brillando con un hermoso color menta que se extendía sobre un par de cuchillas que rodeaban sus antebrazos. Lo escuchó gritar y el brillo la cegó por un par de segundos. Se llevó una mano a la frente. Escuchó el chillido del demonio y después nada.
Al bajar su mano, sus ojos se abrieron como platos y sintió cómo un hueco se abría en su estómago.
"No he podido siquiera cumplir su último deseo… perdóneme Séptimo"
"No pueden vivir en paz con los humanos"
La silueta de Boruto se alzaba frente a ella manchada en sangre, con la espalda recta, sus cabellos dorados despeinados y balanceándose al jadear. Había cortado a la bestia, la había matado. Esas cuchillas las conocía perfectamente… ¿Qué había hecho? Era la viva imagen del Séptimo. Y el corazón estaba a punto de estallarle al verlo girarse y conectando sus brillantes ojos azules con los suyos, llenos de una seguridad casi tangible.
–Tranquila. Ya acabó. –Le aseguró el sonriente chico frente a ella.
–¿Q-quién… de dónde sacaste esas cuchillas? –Preguntó con obvia sorpresa, aunque ya sabía la respuesta.
–Ese tipo me las dio. El del pañuelo.
–¿Konohamaru…? –Desvió su mirada al suelo, con un montón de cosas en su cabeza. –No puede ser.
–He encontrado la forma de usarlas. –Le presumió el rubio. –Con esto ahora podré protegerte de tu padre-
Boruto dejó de hablar al ver cómo su amiga se había encogido tanto en ella misma que le alarmó. Llamó su nombre y de repente, la ejecutora se tornó tan fría como el hielo. La figura de la chica se puso de pie, envainando su espada antes de soltar un duro comentario.
–Basta. Es suficiente. Aquí termina todo. –Boruto se descolocó. – Todo esto de jugar a los amigos ha sido un gran error. No seremos más amigos, Boruto… No debimos encontrarnos nunca. –Habló con voz monocorde la ejecutora, clavándo en él su profunda mirada rojo carmesí. –Jamás vuelvas a acercarte a mí, Boruto Uzumaki.
–¿Qué…? –Se atragantó el chico. –Espera, ¿Qué rayos estás diciendo?
Sarada se giró a liberar las almas de los demonios que yacían en el suelo y Boruto la seguía mirando con la duda marcada en el rostro. Las cuchillas del chico se desvanecieron de golpe en sus manos, volviéndose anillos de nuevo, confundiéndolo aún más. Y viendo el cómo su amiga se iba, se alejaba de él sin decirle nada más.
–¡Respóndeme! –Le soltó con rabia intentando llegar a ella, pero las armas benditas le habían cobrado mucha energía y volvía a caer al suelo con debilidad. –¡Maldita sea, Sarada!
La chica de cabello negro se giró por última vez, para mirarlo ahí derrumbado con una expresión sin emocion alguna.
–Me das tanta pena.
Arrojó las palabras antes de irse definitivamente, acertando en los sentimientos de Boruto, que siguó gritando por varios minutos que se detuviera.
