Confiesa

Trató de obviar con todas sus fuerzas el lento vaivén de la mano de Malfoy sobre la suya. Notaba las cinco yemas de sus cinco dedos caminar sobre la piel de su mano, trazando círculos y figuras imaginarios, creando caricias heladas.

Se removió casi imperceptiblemente en su asiento cuando un escalofrío le recorrió la espalda. No quería llamar la atención de Snape, tampoco quería que le quitaran puntos a Gryffindor, y tampoco quería, por muy agradable que fuera… No, ¡agradable no! Por tremendamente desagradable… ¡Maldita sea!, por muy extraño que fuera, que su profesor de Pociones o algún otro Gryffindor o cualquier Slytherin se dieran cuenta de que Malfoy la estaba tocando y ella no le había dado ya una buena bofetada.

Vio con sorpresa que el resto de alumnos pasaban la página del libro, y ella se apresuró a hacer lo mismo. Malfoy seguía sus movimientos sin alterarse, haciendo caso omiso al resto de la clase. Cuando pasaron la segunda hoja, era casi incapaz de seguir manteniendo la cara seria e inalterable que había mantenido. No podía concentrarse, los escalofríos ahora eran permanentes, y su mano temblaba levemente del nerviosismo. La mano de Malfoy, en cambio, seguía con el mismo camino que al principio, trazando figuras sobre su piel, arriesgándose a ser descubiertos.

Malfoy se estaba pasando de la raya. Ella no era como Pansy Parkinson ni como esas novias con las que cortaba a los tres días de haber empezado una relación. Y sobre todo era una Gryffindor que detestaba a las serpientes como él. O al menos detestaba esa actitud en él, para ser más correcta.

Tomó aire para hablar, y se aseguró de hacerlo cuando Snape estuviera leyendo alguna parte importante del texto que ella, por supuesto, se sabía de memoria. De ese modo tendría más posibilidades de pasar desapercibida.

—Malfoy, deja de hacer eso— susurró tan bajo que casi dudaba que el rubio la escuchara.

—¿Dejar de hacer qué?— preguntó él en un tono falsamente inocente.

Hermione trató de no explotar y seguir hablando en voz baja.

—Deja inmediatamente de tocarme la mano— le advirtió en un murmullo.

El Slytherin pareció pensárselo.

—Como quieras— siseó él.

Y ese siseo, tal y como Hermione predijo en cuanto lo escuchó, resultó tremendamente amenazante. La mano pálida liberó la de la chica de las caricias. Hermione se apresuró a subirla encima de la mesa, donde estaría a salvo de la fría piel de Malfoy. Su respiración se había serenado bastante y ella misma se sentía mucho más tranquila. Pero el efecto del alejamiento físico duró muy poco.

Notó cómo la mano de Malfoy subía encima de la mesa, exactamente junto a la suya. Le vio imitar una posición de lectura perfecta, probablemente fruto de años de práctica haciendo esa falsa lectura en todas y cada una de las clases. Pero sabía que él no estaba atento a la lección, sus ojos fríos y astutos se posaban sobre ella como lo habría hecho una linterna en una noche oscura. Procuró no mirarle a pesar de que el color platino de su cabello se filtraba hasta su campo de visión.

Pasaron otra hoja.

Y entonces comprendió, demasiado tarde, lo que Malfoy pretendía. Al pasar la hoja de su propio libro el Slytherin apoyó la mano casualmente sobre la de ella. Hermione no se atrevió a apartarla por si hacía algún ruido, no quería problemas con Snape. Pero tampoco quería seguir con el juego de Malfoy. Parecía estar constantemente en un callejón sin salida.

—¿Es que no me has oído?— susurró airada la castaña, dirigiendo una mirada hacia su mano.

—¿Quién ha dicho que quiera tocarte la mano?— preguntó Malfoy alzando una ceja, sonriendo levemente, divertido por la cara de desconcierto y molestia de ella.

La mano del Slytherin tocó su piel mientras se dirigía a la parte interior de su muñeca. Sus dedos parecieron posicionarse sobre las venas azuladas que se transparentaban bajo la piel de la mejor alumna del colegio. Y lentamente empezó a subirlos por la parte interior del brazo, donde la piel siempre era más sensible y estaba expuesta al mayor número de sensaciones, donde las terminaciones nerviosas estaban más receptivas, esperando cualquier contacto para saltar enloquecidas. Y así fue.

Los dedos tocaban fríamente la piel, subiendo como si aquel camino fuera ya conocido y no albergara ningún misterio o sorpresa que no pudiera descubrir, ningún escollo que no supiera evitar. Hermione cerró los ojos un instante para concentrarse en calmar su respiración. Notó los dedos subir hasta su hombro y cruzar rápidamente esa zona donde podían ser vistos, bajando por su espalda hasta la cintura, donde casi se detuvieron. La delinearon, como una curva de dimensiones agraciadas, y siguieron bajando por su costado.

Hermione solo pudo entreabrir los labios para dejar que su respiración saliera y entrara a la rápida velocidad que empezaban a exigir sus pulmones. Aquello se le estaba yendo de las manos.

—Hay otras zonas mucho más atractivas que tus manos para explorar— la voz de Malfoy retomó el cariz de la noche anterior, lenta, persuasiva, baja, grave.

Hermione clavó las uñas sobre la mesa, esperando que luego no quedaran las marcas, tratando de no hacer o decir nada de lo que Malfoy pretendiera, si es que pretendía algo en concreto. La mano del platino estaba empezando a llegar peligrosamente al nacimiento de sus piernas.

Eso sí que no, hasta ese extremo no iba a permitírselo, no la llevaría tan lejos.

—Malfoy

—¿Sí, Granger?— la voz de la serpiente se mostró falsamente solícita.

—Aleja esa mano inmediatamente— amenazó entre dientes y con la voz entrecortada la castaña, al ver que en contra de sus deseos la mano llegaba casi hasta su pierna izquierda.

—¿Y si no quiero?

—Mira mi otra mano y verás lo que encontrarás de verdad si sigues por ese camino— le advirtió en un murmullo.

La mano se detuvo inmediatamente, permitiendo que el frío de su piel atravesara la tela del uniforme de ella, dándole una percepción mucho más directa de lo que le hubiera gustado de la temperatura del rubio de Slytherin. Los ojos de Draco se habían posado en el lugar indicado por su compañera de clase. La varita de la Gryffindor le apuntaba, oculta junto al borde del libro, apretada con fuerza por los dedos de su dueña.

Se lo pensó unos segundos antes de hacer nada. La perspectiva de recibir un hechizo por parte de una Premio Anual no era muy atrayente, pero por otro lado estaba disfrutando viendo lo nerviosa que estaba la castaña.

Finalmente pareció decidirse por mantener su integridad física en condiciones, y despacio, alejó su mano de la de ella. La voz de Snape ordenó empezar a leer a Granger, cuya voz se alzó inmediatamente

Malfoy no pudo evitar sonreír con arrogancia, con diversión. Ella le observaba por el rabillo del ojo, no estaba leyendo. Hablaba sin apartar la vista de él. Prefería recitarlo todo de memoria a dejar de vigilarle un mero instante. Bien, eso era interesante.

La clase terminó sin más incidentes mencionables. En cuanto Snape dijo que podían desaparecer de su vista y a ser posible de forma permanente, Hermione se levantó de su asiento y se alejó inmediatamente, como movida por un resorte. Miraba a Malfoy con una cara de claro disgusto, mientras el rubio se limitaba a responder a su mirada con otra de suficiencia y arrogancia, de brillo salvaje, mientras lentamente recogía sus cosas.

—Como vuelvas a hacer algo como lo de hoy, Malfoy, me encargaré personalmente de que pierdas el sentido del tacto— le dijo Hermione en voz baja, para asegurarse de que Ron y Harry, que la esperaban en la puerta, no le vieran dirigirle la palabra.

Disimulaba metiendo lentamente los libros en su mochila.

—No creo que lo hagas, Granger. Creo que tú saldrías peor parada que yo si eso llegara a suceder— respondió él en el mismo tono—. Además, el sentido del gusto ya lo he probado, y el de la vista también, el cual tampoco estaba tan mal. Incluso gracias a tu incontinencia ayer pude apreciar a veces mi agudo sentido auditivo.

—No se te ocurra volver a mencionarlo, Malfoy, porque nunca, jamás volveré a permitir que algo así ocurra de nuevo.

—¿Te refieres a lo de ayer o a lo de hoy?— dijo él, consiguiendo su objetivo de sacarla de sus casillas.

—A ambas, maldito hurón— contestó ella furiosa—. Así que olvídalo, y retomemos esta especie de amistad que hemos mantenido como una tregua tanto tiempo.

—Granger, creo que ahora no hay vuelta atrás. Ha sido divertido, y a mí no me gusta renunciar a la diversión.

—Conmigo no vas a jugar, Malfoy.

—No es un juego, Granger. Es un arte, ya lo verás.

—Vete a practicar tu arte con alguna de esas para las que te has reservado la Sala Común— siseó Hermione con malicia, viendo la cara de impaciencia de Ron, que les observaba moviéndose inquieto aún en la puerta.

—Ambos sabemos que no será ni la mitad de interesante, ninguna va a reaccionar por primera vez como tú— Hermione se sonrojó intensamente—, ni lo harán de forma tan natural. De todas formas, me has servido como precalentamiento, y con eso deberías darte por satisfecha en la vida, ratón de biblioteca.

—Es impresionante cómo de vez en cuando superas la concepción despreciable que tengo de ti— dijo Hermione realmente furiosa.

—Ya sabes que yo siempre supero tus expectativas, Granger— rió él.

Hermione vio que entre los libros de la mochila de él asomaban multitud de cartas, de cajas de bombones y regalos envueltos en papeles de colores chillones.

—¿Estás buscando a ver si he abierto ya el tuyo?— preguntó Malfoy, dándose cuenta de hacia dónde se dirigía la mirada de la castaña.

—¡Claro que no! Yo no te he enviado ningún regalo de San Valentín, serpiente narcisista.

—No me decepciones, Granger. ¡Yo pensaba abrir el tuyo el primero!— dijo sonriendo con suficiencia.

—Espera sentado, porque ese regalo no va a llegar— respondió ella triunfal, cruzándose de brazos.

—En serio, Granger— de repente el rubio se puso serio, excesivamente a ojos de la castaña, pero ahora ella iba ganando esa conversación y no podía detenerse a analizar aquel detalle—, si no recibo un regalo tuyo voy a enfadarme mucho, y eso no te va a gustar, créeme.

—Qué miedo— ironizó ella moviendo las manos.

Aquel gesto de burla pareció molestar aún más al Slytherin, que arrugó el ceño notablemente molesto.

—No estoy bromeando, insufrible sabelotodo. Si no recibo un regalo tuyo me veré obligado a ir a buscarlo yo mismo.

Parecía haberse enfadado de verdad, como si la idea de que una sola de las alumnas de Hogwarts no fuera a enviarle un regalo fuera una ofensa personal.

—Te vas a quedar con las ganas, Malfoy— dijo ella sonriendo, encantada por la repentina amenaza del Slytherin—. No me gastaría ni un knut en un regalo para ti, ni tampoco un solo segundo de mi valioso tiempo.

Y acto seguido salió de allí a grandes zancadas, llegando a la puerta abierta en la que Harry y Ron le habían estado esperando. Harry salió de allí inmediatamente, mientras Ron lanzaba una mirada significativa al rubio. Malfoy bufó: Weasley cada día era más idiota, o simplemente la falta de dinero para comprar comida había afectado a sus capacidades mentales.

Y Granger se había ido así, dejándole con las palabras en la boca. Estaba seguro de que ella le enviaría un regalo: La castaña no podría ser la única chica del colegio que no le enviara al menos una tarjeta. Estaba seguro. Y tan seguro estaba que salió de allí poco después en dirección a la torre de los Premios Anuales. Su primera pareja de San Valentín ya debía estar esperándole, y no debía retrasarse en el horario de chicas. Tenía ronda de prefectos esa noche y no podía retrasarse ni un minuto si quería que todas tuvieran su turno.

OOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO

Se dio toda la prisa que pudo en volver a ponerse la capa. Hacía ya diez minutos que debería estar yendo hacia su primera clase. La chica que estaba sobre la cama le miraba algo molesta, reprochándole que se marchara de aquella manera tan apresurada. Remoloneaba entre las sábanas mientras le miraba coqueta y hacía comentarios provocativos.

El rubio sonrió con arrogancia: Lo cierto era que su actuación la noche anterior se merecía algo más que aquellos comentarios. Entró al baño, se peinó algo menos que de costumbre y volvió hacia la cama. Se acercó a la chica que le sonreía y le robó un beso largo, gracias a que ella le sujetaba del cuello. Se separó y observó que ella sonreía. No se sonrojaba. Eso significaba que poca ingenuidad le quedaba a aquella chica.

Se alejó hacia la puerta del dormitorio, y cuando empezó a bajar las escaleras avisó a la muchacha de la hora que era. Escuchó un grito de horror y cómo se levantaba corriendo de la cama. Sonrió con diversión: Ella sí que iba a llegar tarde a su clase. Lástima, eso le pasaba por haberse apuntado la última a su lista de chicas de la noche de San Valentín.

Miró el reloj del hall del castillo al pasar por delante: Ya era demasiado tarde, no le merecía la pena intentar entrar en clase. Inventaría una excusa, diría que no se había encontrado muy bien, que había estado cansado y asunto arreglado. Y lo cierto era que la excusa de que estaba cansado no estaba demasiado lejos de la verdad. Había sido una noche placentera, pero agotadora.

Con andares tranquilos se dirigió hacia el Gran Comedor para desayunar algo. Sabía que la hora a la que fuera poco importaba, los elfos domésticos del castillo podrían dar de comer incluso a un troll hambriento hasta dejarlo lleno a cualquier hora del día. Cuando iba a entrar, se sorprendió de ver una figura en una de las mesas. Era Granger.

¿Granger? Su cerebro inmediatamente le hizo retroceder hasta repetir de nuevo aquel nombre. ¿Qué hacía el ratón de biblioteca en el Gran Comedor en hora de clases? ¿Acaso el mundo había caído bajo el yugo de Quien-no-debía-ser-nombrado y él todavía no se había enterado? Aguzó la vista: Parecía estar muy ocupada haciendo algo.

Se acercó sigilosamente, sin que ella notara su presencia. Llegó hasta donde estaba sentada, en la mesa de Hufflepuff. Tenía cosas para desayunar sobre la mesa, pero no solo eso. También había unas tarjetas y unas cajas.

Unas cajas rosas. Y rojas. Donde aparecían de forma cursi y tumultuosa corazones y flechitas con pequeñas hadas repelentes. Donde podían verse mensajes aún más cursis en letras doradas. Tarjetas de esas apestosas que al abrirlas cantaban canciones románticas que daban ganas de vomitar. Pero la fecha para toda esa repelente parafernalia ya había pasado.

—¿Alguien se ha equivocado y te ha enviado tarjetas, Granger?— preguntó cerca de su hombro, y la chica se movió sorprendida en su asiento.

Obviamente la había pillado desprevenida. No pudo evitar sonreír con diversión al ver cómo ella le miraba algo molesta por la repentina interrupción. Tampoco hizo ningún intento de ocultar todas aquellas cosas que había desperdigadas sobre la mesa: Ambos sabían que sería inútil.

—No, Malfoy, y buenos días a ti también—el rubio la escuchaba mientras pasaba de pie por encima de la mesa para sentarse en el sitio frente al de Hermione—. No se han equivocado al enviarlas.

—Entonces es que verdaderamente el día de San Valentín afecta al cerebro de la gente— dijo él mientras se servía algo del zumo de calabaza que acababa de aparecer frente a él—. Ahora incluso mandan tarjetas el día equivocado a las personas equivocadas.

Podía sentir la mirada iracunda de la chica traspasándole con ánimo de aniquilarlo, así que trató por todos los medios de no echarse a reír. Aun podía divertirse un poco más, no había que acabar tan pronto.

—¿Y qué haces tú aquí? ¿No podías aguantar sin venir a molestarme o simplemente es casualidad que tengas que ser tú, entre todos los alumnos de Hogwarts, con quien me encuentre a deshora en el Gran Comedor?— Hermione lo dijo con irónica severidad, como siempre.

Malfoy ya estaba más que acostumbrado al rápido genio de la Gryffindor. Eso era lo más divertido de hablar con la castaña.

—Me diviertes, Granger. No es que me guste admitirlo, pero es así— dijo encogiéndose de hombros, y la escuchó bufar.

Cogió los cereales y se los puso con leche. Le gustaban los copos de avena, y esos tenían buena pinta a pesar de ser de Hogwarts y no de la mansión Malfoy. Obviamente, nunca se comían en ningún otro sitio como en la casa de los Malfoy.

—¿Y por qué estás tú aquí? ¿No sufre la más insufrible sabelotodo saltándose clases?

—Claro que no, porque no me he saltado clases, Malfoy— respondió ella frunciendo el ceño, casi ofendida porque alguien pensara que ella se saltaba clases—. La profesora Babbling no ha podido venir hoy, y nos han dado la hora libre— dijo ella, bebiendo de su taza—, pero tú no tienes escusa. Sé que ahora deberías estar en Adivinación, y en cambio estás aquí— la última parte la dijo como si fuera una molestia.

—Veo que me tienes muy controlado— ella le miró escéptica—. Aunque te esfuerces en aparentar que no te gusta tenerme cerca, sé perfectamente que no es así— dijo él con altanería—. Y no he ido a Adivinación porque es la asignatura más estúpida que hay en este colegio. Además, esta noche no he dormido nada— Hermione le miró indignada por lo que escuchaba mientras se sonrojaba— y tenía que reponer fuerzas.

Hermione negó con la cabeza de forma inconsciente al escucharle.

—Malfoy, no me interesa lo que hicieras o dejaras de hacer ayer por la noche— murmuró la castaña, dejando las tarjetas a un lado de la mesa y desenrollando El Profeta.

—¿Ah no?— fingió sorprenderse.

—¡No!— respondió ella, molesta.

Se mantuvieron en silencio un momento. La prefecta de Gryffindor sentía sobre ella de vez en cuando la mirada metálica, pero hizo como si no lo notara. A veces a Malfoy lo mejor que se le podía hacer era ignorarle, como esa mañana, que obviamente se había despertado con más ganas de molestar de las habituales.

—Granger, ¿la profesora Babbling no da Runas Antiguas?— preguntó Malfoy casi con cierta curiosidad.

—Sí, ¿por qué?— preguntó ella, mirando la fotografía de la portada moverse.

—¿Cómo puedes cursar esa asignatura? Por Merlín, es lo más aburrido que puede haber. ¿Es que lo utilizas como terapia contra el insomnio o algo así?

—No, Malfoy— dijo ella, con un tono de voz que reflejaba una clara impaciencia—, Runas es una asignatura preciosa que ya te aconsejé en su momento que escogieras.

—Pudiendo hacer la mitad de trabajo en Adivinación, no iba a ir a Runas. Hasta un squib podría verlo.

—Eres un vago. Harry y Ron dicen lo mismo que tú. Si hubieras ido a alguna clase de Runas verías que puede llegar a ser muy interesante.

—Primero, no me compares con Cara Rajada ni con la Comadreja, es un insulto de lo peor— sentenció Malfoy, arrugando la nariz y el ceño, como si le diera asco la idea—. Y segundo, ¿tú me llamas a mí vago? Yo no soy la que dijo que no pensaba gastar ni un segundo de su tiempo en hacerme un regalo— dijo cruzándose de brazos.

—Yo no soy una vaga por eso, Malfoy, ¡y por supuesto que no pensaba hacerte un regalo!— exclamó ella.

Ella frunció el ceño. ¿Y a qué venía aquel giro en la conversación? ¿Cómo y en qué momento había tergiversado Malfoy sus palabras para derivarlas a aquella tontería?

—¿Ves como yo tengo razón? No te habría costado nada, y sin embargo no he recibido nada tuyo. Te recuerdo que te advertí de que si no me lo dabas tú, tendría que ir yo a cogerlo.

—Malfoy, no empieces— contestó Granger, empezando a ponerse algo nerviosa.

Odiaba que él saliera a ese terreno. Él iba con ventaja y lo sabía, eso no era justo de ninguna manera.

—¿Te pongo nerviosa, Granger?— preguntó él alzando una ceja con diversión— Es normal. No todas las alumnas de Hogwarts disfrutan de un beso de Draco Malfoy.

La castaña no podía creer la desfachatez del Slytherin. ¡¿Cómo se atrevía a sacar eso? Debería darle vergüenza, pero obviamente Malfoy superaba esa parte de la naturaleza humana con un orgullo el doble de grande de lo normal que ocupaba el espacio que en el resto de magos del planeta ocupaba la decencia.

—Perdiste el tiempo porque no lo disfruté— respondió ella rápidamente para zanjar el asunto.

—Quizá te hubiera creído si no me hubieras respondido a ese beso, si no hubieras hecho los sonidos que hiciste— Hermione se sonrojó, y él lo notó inmediatamente— o si ayer en clase de Pociones no lo hubieras disfrutado tanto.

—Yo no disfruté nada, Malfoy— dijo ella, levantándose de la mesa con fuerza—. Mejor pregúntale a alguna de las que llevaste a la torre ayer si se lo pasó bien. Seguro que ellas podrán complacerte y ayudarte a hinchar ese egocentrismo tan marcado que tienes.

Malfoy quedó tan sorprendido por las palabras de la castaña que ni siquiera fue capaz de responder. Se quedó ahí, callado, viendo cómo ella lo fulminaba con la mirada. ¿Desde cuándo Granger se atrevía a hablarle de esa forma? ¿En qué momento habían adquirido semejante confianza?

El Slytherin no se movió, siguió mirándola pero esta vez más fríamente. Vio cómo con un movimiento de varita la Gryffindor metía toda la parafernalia de San Valentín en su mochila y se marchaba de allí como alma que lleva el diablo, con un "Adiós" rápido y vago.

Un momento, ¿cuándo había recibido Granger todos aquellos regalos de San Valentín? ¿Desde cuándo a la sabelotodo insufrible le regalaban algo por San Valentín? ¿Y quién había sido tan imbécil como para regalarle algo por San Valentín? Las tres preguntas podían o no tener respuesta, o bien una absurda.

Estaba furioso, furioso por cómo le había hablado la Gryffindor. Se levantó de la mesa sin terminar su cuenco de cereales y salió del Gran Comedor en dirección a su siguiente clase. ¿Y por qué Granger se empeñaba en negar que le había gustado el beso? Había sido divertido, era estúpido negar que lo había sido. ¿Qué podría pasarle por admitir que le había gustado? ¿Que quedaría a su merced? ¡Si eso iba a ser algo inevitable con el paso del tiempo! Todas caían ante él tarde o temprano, estaba en su naturaleza.

La castaña a veces se comportaba como… Por Merlín, de todas las formas posibles en que no se comportaría cualquier otra chica de Hogwarts. Y hacía como si allí no hubiera pasado nada, ¡como si el impresionante despliegue de seducción que él había mostrado en la Sala Común de los Premios Anuales no hubiera sido nada! Pues estaba muy equivocada: Ninguna mujer quedaba indiferente frente a Draco Malfoy. Ninguna, y menos aún una Gryffindor.

OOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO

Hermione entró en la Sala Común de los Premios Anuales unos días después del fatídico día. Desde entonces no había puesto un pie allí. La idea de que había sido utilizado casi como casa de citas le daba repelús y ganas de alejarse de allí cuanto antes. Pero ahora ya estaba preparada, su cerebro había vuelto a su sitio y volvía a tener absoluto control sobre sus emociones y reacciones claramente irracionales.

Se sentó en un sofá, y al hacerlo vio a Malfoy bajando por las escaleras de los dormitorios. Llevaba un montón de cosas en los brazos. Se acercó a la chimenea y las lanzó todas allí.

—¿Qué haces?

—¿Te interesa?— replicó él de forma bastante brusca.

Hermione negó con la cabeza y, orgullosa, fijó su mirada en el fuego que crecía conforme devoraba lo que el rubio había tirado. Distinguió entonces los bordes rosados de varias felicitaciones de San Valentín. Frunció el ceño, confusa, y luego dirigió su mirada a Malfoy. El fuego se reflejaba en su cabello platino y en sus ojos metálicos de una forma extraña, haciendo que su piel brillara casi como la de un fantasma.

—Deja de mirarme, Granger— la voz de él hizo que volviera en sí con velocidad.

—No te miraba— negó ella con vehemencia, esperando no sonrojarse—. Te iba a preguntar por qué tirabas todo lo que te han regalado.

—No es tan difícil, Granger. Lo quemo todos los años. Primero, porque no me importan en absoluto todas estas estupideces de San Valentín. Y segundo, porque sé de sobra que los bombones que me mandan suelen tener pociones bastante… Problemáticas— terminó de decir sin dejar de mirar al fuego.

Hermione asintió brevemente y miró de reojo al Slytherin, que seguía mirando el fuego como hipnotizado. Malfoy estaba extraño. Su comportamiento era extraño, su forma de actuar era extraña, sus conversaciones últimamente eran extrañas. Todo en él era extraño. Todo desde el día 13. Quizá se arrepentía de lo que había hecho, de haberla... Besado. Era comprensible.

Malfoy era un sangre limpia, de los que ni siquiera se acercaban a un metro de una sangre sucia a no ser que fuera estrictamente necesario. Y a ella, una impura, como él decía, le había besado. Sin duda, eso debía de haberle dado varios quebraderos de cabeza tras haberlo pensado. Lo más probable era que se hubiera arrepentido profundamente.

A ella le pasaba otro tanto. Era incapaz de mirar a Malfoy con la misma seriedad con que le había mirado antes de esa noche. Y para su horror, había comprendido que aquel beso no había sido tan terrible como había querido pensar en un principio. Pero para Malfoy, claramente, lo había sido, y ella no iba a mostrar otra actitud que indicara que a ella le pasaba lo contrario. Ella también tenía su orgullo personal.

Se levantó de su asiento y fue entonces a su dormitorio, que era para lo que había ido hasta allí. Cogió unos libros y dejó otros, pero cuando iba a marcharse, algo le llamó la atención: En su mesilla, no había nada.

Y eso era imposible, porque era allí donde había dejado las tarjetas de felicitación y las cajas de bombones que había recibido. Estaba segura de que no había dejado esas cosas en Gryffindor, Lavender y Parvati habrían tardado menos de un minuto en hacer que toda la torre se enterara de que había recibido regalos. Y eso habría supuesto dar arduas explicaciones a Ron durante más tiempo del que estaba dispuesta a hacerlo.

Salió de su dormitorio y bajó las escaleras. Pasó detrás de Malfoy y se fijó un momento en el fuego. Y entonces, la verdad de la situación la golpeó como una losa. ¿Desde cuándo era tan poco avispada?

—Malfoy

—Qué quieres ahora, Granger.

—Dime que lo que has tirado ahí era solo tuyo.

—¿Quieres que diga la verdad o que mienta como una vil serpiente?— preguntó él, que aún miraba el fuego.

—¡Malfoy!— gritó ella furiosa— No tenías ningún derecho. ¡Esos regalos eran míos! Si quieres destrozar tus cosas, hazlo, pero eso era ¡mío!— le reclamó indignada.

—Granger, cállate— le espetó en su ya habitual frase—. Además, te he hecho un favor. Solo iban a ocuparte espacio.

—Era mi cuarto y por tanto ocupaban mi espacio. A ti no te molestaban para nada, Malfoy—alegó ella frunciendo el ceño.

—Puede ser— dijo él sin ningún remordimiento visible—, pero si no me has enviado regalos, tú no recibes regalos. Así de simple, Granger.

—¡Eres un egoísta! Te comportas como un niño.

—Quizá. Pero los Malfoy hemos sido niños que siempre han tenido lo que han querido, ya sabes— dijo, repitiendo la misma frase que ella le había dicho tantas veces—. Y esta vez no iba a ser la excepción.

—Eres una serpiente— dijo ella entrecerrando los ojos, como si así pudiera hacerlo volar en pedazos.

—Gracias, Granger. Tú siempre adulándome.

Ella dejó escapar un grito de rabia, y dando una patada en el suelo, se marchó de allí sin decir nada más. Definitivamente, Malfoy estaba extraño, pero su conducta seguía siendo tan reprobable y fastidiosa como siempre.

OOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO

—Explícamelo otra vez, Hermione, porque yo no consigo comprenderlo. ¿Cómo puede ser que tú sepas hacer este trabajo de Adivinación si tú no tienes clases de Adivinación?— preguntó Ron más contrariado aún que antes.

Hermione rodó los ojos procurando que el pelirrojo lo notara y así dejara de preguntar. Ya llevaba dándole vueltas a lo mismo por lo menos diez minutos.

—Si sigues así, Ron, no te volveré a ayudar en ningún otro trabajo— le advirtió ella.

—Pero Herms, ¡es que no tiene lógica! ¡Si tú odias Adivinación!

—No la odio, Ron— replicó ella, en un tono que denotaba que ya lo había dicho varias veces antes que esa—, sólo creo que la Adivinación es una magia demasiado inexacta, y que no sirve de mucho practicarla si no se tiene un don muy especial y potente. Y además, para hacer un trabajo de Adivinación solo hace falta inventarse algunas fatalidades y tendrás el sobresaliente asegurado.

—Pero no estoy aún muy convencido, Hermy. Esta predicción… ¿No crees que la muerte a manos de un yeti de una de mis tías no es excederse?— preguntó el pelirrojo, tratando de seguir el rápido paso de la castaña.

Llegaban con el tiempo justo para la ronda de prefectos.

—No, Ron. Ya sabes que las muertes son el vaticinio más poderoso. Eso significará para la profesora Trelawney— y al decir "profesora" puso cierta ironía— que has conectado con lo más profundo de eso que ella llama Ojo interior— y esa vez la ironía fue tan palpable que incluso Ron la notó.

—Bueno, puede ser, pero al menos gracias a ella tenemos un aprobado fácil— sonrió Weasley.

Hermione negó con la cabeza y bufó. El pelirrojo ya sabía que ella no era muy amiga ni partidaria de eso que él y Harry llamaban "Aprobados fáciles".

Llegaron al hall, donde la profesora Sprout les esperaba ya con la lista de parejas para las rondas nocturnas junto a los prefectos de Hufflepuff, que los saludaron al llegar. Los últimos en aparecer fueron los Slytherin y los Ravenclaw, que no tardaron en aparecer mucho más que ellos. Hermione notó sobre ella la mirada de Anthony Goldstein, pero no le importó demasiado. Lo cierto era que en sí aquel muchacho ya le era completa y absolutamente indiferente, aunque le molestaba que constantemente la observara de aquella forma tan insistente.

La profesora Sprout los saludó a todos con su habitual amabilidad, y dispuso las parejas para las rondas de ese día. A Ron le tocó con Pansy Parkinson, y Hermione no pudo más que compadecerle al ver la cara de horror y desesperación que ponía el pelirrojo. A Hermione le tocó con Padma Patil, que le sonrió levemente cuando dijeron sus nombres.

La profesora Sprout les indicó dónde podrían encontrar a los profesores de guardia por si los necesitaban en algún momento, y todos salieron en dirección a sus zonas de vigilancia. A Hermione le había tocado el segundo piso, no estaba tan mal. Sin embargo a Ron le habían tocado las mazmorras, y el gesto de repulsión que puso fue más claro que cualquier palabra.

La prefecta de Gryffindor y la de Ravenclaw se dirigieron hacia su zona charlando amigablemente, y justo cuando acababan de llegar, una figura les alcanzó desde atrás.

—Patil— dijo la voz. La Ravenclaw se giró para ver aparecer a Malfoy.

—¿Qué ocurre, Malfoy?— preguntó ella amablemente.

—Sprout me ha mandado a buscarte. Me ha dicho que se equivocó con los nombres. Te toca el sexto piso con McMillian.

—Ah, gracias. Hasta luego entonces, Hermione— se despidió.

—Buenas noches— contestó la castaña viendo cómo la otra chica desaparecía.

Tomó aire y empezó a caminar en cuanto Padma Patil se hubo marchado. Murmuró un lumos en voz baja: No conseguía entender cómo los pasillos del colegio quedaban tan oscuros por las noches, con lo iluminados que estaban siempre durante el día.

Estaba nerviosa. Estaba a solas con Malfoy y se sentía inquieta. Había que acabar con aquella tensión de alguna manera, aunque fuera dirigiéndole la palabra.

—¿Por qué has mentido a Padma y la has mandado al sexto piso?— preguntó Hermione sin mirarle un poco después, alumbrando con la varita tras una estatua de proporciones considerables.

Escuchó a Malfoy reír fría y suavemente tras ella y murmurar el conjuro para que su varita también se encendiera, iluminándola desde atrás.

—¿Tan obvio he sido?

—No, pero ya te he escuchado mentir tantas veces que empiezo a diferenciar las pocas veces en que dices la verdad— respondió Hermione simplemente, aunque sabía que sus palabras habían sido algo ofensivas.

Él, sin embargo, no pareció ofenderse. Ahí estaba otra de las peculiaridades de Draco Malfoy, se ofendía por cosas que a los demás podrían parecerles una soberana idiotez, y sin embargo en cosas que a cualquiera le molestarían y pondrían furioso él permanecía inmutable, ajeno, totalmente indiferente.

—Entonces has diferenciado bien. Me había tocado con el inaguantable de McMillian. Estar toda una noche de ronda con ese metomentodo inaguantable de Hufflepuff se me hacía insoportable. Quizá otro día tenga más paciencia con él, pero hoy no era el caso.

—¿No era yo la más inaguantable?— ironizó ella.

—No, Granger, tú eres la más insufrible, hay una gran diferencia.

Ella dejó escapar un bufido. Claro, una gran diferencia. Malfoy siempre matizaba esas diferencias que desde luego para ella eran inexistentes.

—Y si soy la más insufrible, ¿por qué no te has ido a hacer la ronda con alguien más soportable?— preguntó ella hábilmente.

—Ya lo sabes, Granger— respondió él.

A ella le sorprendió la respuesta. ¿Que ella lo sabía? ¿Que ella sabía qué? ¿A qué demonios se estaba refiriendo? Por Merlín, que idiota parecía dándole vueltas a una frase sin sentido de Malfoy, una frase inconsistente de tantas que decía sin control durante todo el día.

—No, no lo sé.

—Intúyelo.

—No tengo que intuir nada, solo tienes que decirme a qué te refieres.

—A que eres la única que no se calla, Granger, y es la única manera de que no me quede dormido durante las rondas.

Hermione no respondió. Definitivamente Malfoy era idiota, un caso perdido en el que no merecía la pena esforzarse. Cuando estaba de malas simplemente había que ignorarle.

Siguieron caminando en silencio. Hermione sentía la presencia a su lado del Slytherin, y su silencio se le hacía incómodo y tenso. A él en cambio parecía que la situación le era completa y absolutamente indiferente. Por supuesto, pensó la castaña molesta, un Malfoy siempre está por encima de cosas mundanas. Tras un rato caminando llegaron al final del ala este del pasillo. Dieron media vuelta empezando a deshacer el camino andado.

Hermione miró entonces por el rabillo del ojo a Malfoy, con disimulo. Parecía estar pensando en sus propias cosas, sus ojos grises miraban hacia algún punto inexistente en el espacio del corredor. Claramente en aquel momento para el Slytherin ella no existía, ni en un plano astral como la Adivinación de Ron ni en uno real como las Runas. Cómo odiaba que Malfoy le hiciera eso.

Debería pensar en algo más interesante y entretenido en vez de en el rubio narcisista que le había tocado como compañero de ronda. Como esas clases avanzadas que le había propuesto la profesora McGonagall para que bordara su EXTASIS de Transformaciones. Lo cierto era que podía ser una gran idea. Si aprendía hechizo s de un nivel superior, lo más probable era que le pusieran un sobresaliente. Eso sería fantástico, maravilloso. Quizá si…

El hilo de sus pensamientos fue cortado inmediatamente. La habían empujado hacia un lado del corredor, y notó cómo chocaba contra una pared dura y fría de piedra. Luego un cuerpo aprisionó el suyo, pegándose a ella sin hacer fuerza pero sin dejar que se moviera, acorralándola. Unas manos habían cogido sus muñecas, manteniéndolas detrás de su espalda. Hizo algún intento de moverse, pero fue inútil. Ya estaba inmovilizada.

—Malfoy, ¿qué crees que estás haciendo?— exigió saber Hermione al observar los ojos grises que la miraban fijamente.

—¿Qué crees tú que estoy haciendo?

—Suéltame inmediatamente, Malfoy— ordenó la muchacha sin responder a la pregunta, moviendo las manos que seguían firmemente sujetas.

—No— su negativa fue rotunda y corta, pero no por eso menos intimidante. Él no sonreía, la miraba con seriedad a pesar de la ligera arrogancia de sus ojos—. Ya está bien de juegos, Granger.

Hermione vio cómo el rubio se acercaba a ella tras decir aquellas palabras. Se sentía igual que un moribundo acorralado por la muerte, como alguien que no puede hacer nada más que esperar lo inevitable. Trató de encontrar algo o alguna forma de liberarse de su agarre. Vio la pared contraria del corredor sumergida en sombras, su varita en el suelo, la columna de su izquierda, y la estatua que había mirado con más detalle hacía un rato ocultándola casi completamente, ocultándolos a ambos. No había nada de lo que valerse para escapar.

Y entonces sus ojos volvieron a la figura frente a ella. Demasiado tarde, él ya estaba sobre ella, como un lobo, como una sombra abalanzándose de forma inevitable. Notó los labios de Malfoy rozar los suyos, exactamente igual que aquel fatídico día. Los rozaron una vez, dos, y cuando ella ya se imaginaba repitiendo el juego interminable de la primera vez, el Slytherin atacó su boca. La besó con la frialdad natural de su piel, pero con un ardor poco común en él, con fuerza.

Incapaz, se dejó llevar, cerró los ojos, y sus manos dejaron de moverse intentando liberarse de las manos de él que seguían sin soltarle. Notó cómo el prefecto de Slytherin mordía levemente su labio inferior de vez en cuando, como un pequeño sobresalto intermitente en el pasional gesto, consiguiendo con ello que ella abriera levemente la boca, permitiéndose profundizar el beso un momento.

Ella respondía a ese beso con su inexperiencia incapaz de hacer otra cosa, los labios de Malfoy no le permitían pensar con claridad y no sabía lo que hacía.

Durante los escasos instantes en que él se separaba de sus labios para tomar aire ella aprovechaba para respirar. Pronto descubrió que aquello suponía otra trampa de ese peligroso y aristocrático animal, su olor a menta penetraba en sus pulmones embriagándola por completo al inhalar la más ínfima cantidad de aire, atrayéndola de nuevo a aquel beso que se reanudaba inmediatamente. Malfoy permitía descansar a sus labios el tiempo más breve posible.

Escapó un leve gemido de su boca. No recordaba haber gemido en toda su vida, pero aquel sonido era inconfundible. No había podido contenerlo. En cuanto salió de su boca notó a Malfoy sonreír sin dejar de aprisionar sus labios, sabiéndose triunfante.

Aquel sonido lo había propiciado una de las manos masculinas que, habilidosa y sutil, había dejado el agarre de sus manos y había viajado rápida hasta su espalda. Como una serpiente había empezado a moverse lentamente, bajando desde la parte superior a la inferior, siguiendo el camino de la columna de forma ondulante.

Hermione podía sentir lo fría que era esa piel, cómo se movía lentamente y la presionaba un poco, acercándola aún más al Slytherin que había suavizado considerablemente el beso que ahora era lento, sosegado, tranquilo.

Para ella sin embargo, seguía siendo intenso y agotador, subyugante y poderoso, pero para él parecía ser el método de poder concentrarse mejor en el camino que trazaba ahora por su espalda sin dejar ni un instante sus labios. Como un beso que no le supusiera esfuerzo para poder centrarse en la nueva misión encomendada a sus manos.

Hermione abrió un poco la boca para respirar y suspirar suavemente. La mano del chico había llegado al punto en que su camisa se perdía dentro de su falda. La idea de Malfoy adentrándose más allá de la ropa la llevaría a su perdición, estaba segura. Pero la mano pareció pensárselo mejor y se decidió por otra vía. Siguió un camino paralelo a su cintura, sin llegar a las caderas, y bajando por su costado llegó hasta el nacimiento de la pierna.

Había vuelto a aquel punto en el que en cierta clase no pudo seguir avanzando.

—Malfoy…— consiguió susurrar ella, intentando frenar su peligroso y atrevido avance.

—Esta vez no vas a detenerme, Granger— murmuró Draco, separándose un instante de sus labios.

Y de nuevo esa voz cadenciosa, arrastrando las palabras, fría y grave la llevaron a obedecer y asentir a su muda y velada orden. La mano bajó por su pierna abarcándola casi completamente por un lateral. Hermione trataba de concentrarse en algo que no fueran sus labios torturados o su pierna por la que la mano de él se movía en un movimiento lento, pero era completamente incapaz de apartar de aquellas partes de su cuerpo ningún pensamiento.

En un momento la mano de él le agarró la pierna con cierta fuerza. Gimió de nuevo, esta vez de sorpresa y confusión, alejándose de los labios del Slytherin que no hizo la tentativa de acercarse de nuevo. Aquella mano se detuvo y lenta, muy lentamente y sin aflojar ese contacto ahora algo más fuerte, comenzó a subir de nuevo, ascendiendo, dejándole notar sus dedos más profundamente que el resto de su mano, dejando marcas blancas que desaparecían para dejar cinco líneas levemente enrojecidas.

En su camino de retorno ascendente iba subiendo la tela de la falda del colegio de ella. Hermione sentía el borde final de la misma acariciándole la piel a su paso, como si una frontera estuviera perdiendo terreno y retrocediendo más y más a cada segundo, alertándola del peligro.

—No me gusta que me mientas, Granger— la voz de él le llegó lejana pero nítida. Ella había cerrado los ojos con fuerza al notar cómo tocaba su pierna, se mordió el labio al escuchar el sonido de su voz—. Ya te dije que quien te sedujera se haría cargo de tu cuerpo todas las veces que quisiera, con o sin tu permiso…— su respiración se entrecortó con aquellas palabras—. Pero quien te seduce no es impasible. Y quiero oírtelo decir, Granger…

—¿El… qué?— murmuró ella, notando como la mano subía cada vez más lentamente y sus dedos se le clavaban más y más en la piel.

—Di lo que piensas realmente. Di lo que sentiste cuando te besé, lo que sientes ahora mismo que sabes que yo estoy al mando— ordenó él con una falsa suavidad, pues la forma sugerente de sus palabras era como un hechizo inevitable.

—No sé… a qué te refieres— trató de negar con dificultad.

—Muy bien, si lo prefieres así— dijo él en voz aún más baja, amenazante.

La mano del Slytherin que había sujetado las de ella las elevó hasta dejarlas rodeando su propio cuello. Con la mano ahora libre rodeó la parte baja de la espalda de la Gryffindor. Y con la otra mano, que todavía serpenteaba subiendo hasta el inicio de su pierna, volvió a bajar y en un movimiento rápido subió la pierna de ella hasta que rodeó su cadera.

Hermione abrió los ojos sorprendida y completamente sonrojada. Su respiración era tan rápida y desigual que sentía que en breves tendría problemas de corazón por la falta de aire y lo rápido de sus pulsaciones. La posición en que estaba ahora con el Slyhterin la dejaba totalmente a su merced, se sentía desprotegida y a la vez atraída por la misma figura, por él.

—¿Quieres que siga?— preguntó él acercándose de nuevo a sus labios, rozándolos conforme hablaba.

Ella negó con la cabeza, alejando su rostro del de él a duras penas. Él había vencido, otra vez. Él tenía ventaja y ella estaba indefensa.

—¡Está bien! Mentí. Ese beso no fue horrible, no fue tan horrible— confesó en voz baja sonrojada, cerrando los ojos de nuevo para no tener que ver la cara de triunfo de Malfoy al oír su confesión.

—Confiesa que disfrutaste.

—Lo confieso— dijo ella en un hilo de voz tan bajo que fue casi inaudible, casi.

El olor a menta volvía a embriagarla ahora, haciéndose más intenso cada vez, más atrayente.

Escuchó su risa apenas perceptible a pesar de tener los ojos cerrados y no ver absolutamente nada. Para su desgracia, el resto de sus sentidos parecía haberse agudizado por esa misma causa.

—Quiero que me digas que has pensado en ello.

—Lo he hecho— respondió ella aún más azorada después de un momento.

Resultaba casi humillante, pero sobre todo frustrante. No podía hacer o decir otra cosa. Sabía que sería inútil mentir. Él era la serpiente, el maestro de las mentiras y de las falsedades, de las apariencias. Mentir solo iba a llevarla a empeorar aún más la situación, como ya había podido comprobar por sí misma cuando se había negado a contestar a una de sus preguntas.

Se hizo el silencio. Y entonces la mano de él que todavía sujetaba su pierna la obligó a cerrarse y doblarse un poco más rodeando el cuerpo masculino. El Slytherin presionó su cuerpo contra el de ella, poniendo en contacto más partes de su cuerpo de las que a Hermione le hubiera gustado, más de las que le habrían parecido correctas en cualquier situación.

Ella abrió los ojos nuevamente, incapaz de cerrarlos y no poder ver qué estaba haciendo con ella aquel demonio pálido y rubio. Se encontró junto al hombro de él, sin poder verle el rostro. Solo podía ver su cabello platino y parte del pálido cuello que se perdía donde empezaba el uniforme. Por su mente pasó la pregunta de cuántas chicas habrían besado aquella parte de su piel. La respuesta fue automática: Probablemente muchas.

—¿Sentiste celos, Granger?— la voz de él junto a su oído fue un estímulo que recibió como respuesta un escalofrío.

Obviamente se refería a todas esas chicas, las que habían visitado una noche la torre de los Premios Anuales.

Toda su piel se erizó sin poder evitarlo. Ojalá hubiera podido hacerlo, pero era algo tan involuntario que ni su privilegiado cerebro podía controlarlo.

—No.

La respuesta pilló por sorpresa a ambos. A ella por lo rápida y automática que había sido. A él porque sabía que había sido sincera y eso le extrañaba.

Hermione se sujetó al cuello de Malfoy con fuerza cuando sintió los labios de él moviéndose por su oído, dejando un rastro levemente húmedo que toda su piel era capaz de sentir. La boca de él bajaba por un camino de perdición. Cuando mordió el lóbulo de su oreja sus caderas se movieron en un espasmo, haciendo que ella se sonrojara y solo pudiera dar gracias de que él no la viera.

—¿No puedes resistir más tiempo?— la voz de él acariciaba su oído como lo habría hecho la punta de un cuchillo, de forma afilada y sutil.

—Puedo resistirme a tus encantos, Malfoy— contestó ella con toda la frialdad de la que fue capaz.

Él sonrió. Exhaló un poco de aire, sabedor de que eso provocaría otro escalofrío en la chica a la que tenía completamente acorralada. Mordió el lóbulo una vez más, y besando parte del camino de la mandíbula femenina, se alejó de ella, de su rostro. La miró a los ojos: estaba completamente sonrojada, sus ojos brillaban levemente de la excitación y cierta vergüenza por lo que acababa de ocurrir. Permitió que la pierna de ella volviera a apoyarse en el suelo, acariciándola de forma falsamente casual conforme bajaba, permitiendo que la falda volviera a su lugar anterior.

Retiró la mano con la que sujetaba la espalda de ella y se separó un paso. Hermione se enderezó alta, orgullosa, en cuanto él le dejó espacio. Como una auténtica Gryffindor, como si lo recién ocurrido apenas la hubiera afectado. Solo sus ojos la delataban: Eran un torbellino de cosas incomprensibles, y eso Malfoy lo veía perfectamente.

Malfoy, sin ningún pudor, la observó fijamente, apoyado en la columna cercana, mientras ella se estiraba hasta lo imposible la falda, se enderezaba la blusa torcida y se ajustaba la capa. Movió la cabeza, dejando que el pelo que se le había puesto por la cara volviera hacia atrás.

—¿Acaso esto te ha parecido divertido, Malfoy?— preguntó ella, por fin enfadándose, por fin llenándose de la ira que debería haber tenido de su parte desde el principio.

—Me parece, ciertamente, algo divertido. Pero sobre todo me parece placentero— respondió él, y ella se sonrojó más que antes incluso.

—Eres un sinvergüenza— dijo ella, saliendo de aquella zona oscura del corredor en la que todavía se sentía en peligro bajo la atenta mirada de Malfoy.

—Por eso no te preocupes. Estoy seguro de que puedo hacer que llegues a ese mismo grado conmigo.

—¡Malfoy!— exclamó ella, enfadada y avergonzada— A mí no me vas a… ¡Por Merlín! Malfoy, déjame en paz.

Y acto seguido empezó a caminar, recuperando su varita que estaba en el suelo y diciendo de nuevo el hechizo para que la luz volviera a brillar con fuerza. Malfoy bufó suavemente, como si le hiciera gracia su comportamiento. Le escuchó murmurar el mismo hechizo y caminar un paso tras ella. Caminó algo más despacio para que llegara a su altura, le ponía nerviosa tenerlo detrás y no poder vigilarlo.

Él llegó finalmente hasta caminar a su lado, y la miró alzando una ceja, con cierta burla en la mirada.

—No sé cómo puedes decirme que te deje en paz, Granger. Enseñando las piernas con esa falda tan corta le dices lo contrario a cualquiera.

Ella abrió la boca, indignada y casi sintiéndose sobrepasada por el comentario. La situación en sí misma resultaba surrealista. Él sonrió con arrogancia.

—¡Malfoy!— exclamó molesta, dándole un golpe en el brazo.

—No pasa nada, Granger. Tener esas piernas no va a llevarte a Azkaban, aprovecha que a pesar de ser una impura tienes algo que admirar.

—¡Eres un imbécil!

—A pesar de halagarte me insultas. En serio, Granger. Tú no eres normal.

—¿Es que eso era un halago?— preguntó ella irónica, mientras seguía caminando— No me lo puedo creer…

—Créetelo, Granger. Acaba de volver e besarte el alumno más atractivo de Hogwarts.

—Querrás decir el más engreído, el más cretino, el más sinvergüenza, el más narcisista y el más orgulloso, Malfoy— respondió ella de carrerilla.

Él se encogió de hombros.

—Puntos de vista— dijo, y luego añadió—. Pero exactamente todo quiere decir lo mismo. Y que te atraigo ya es algo obvio. Hasta tú lo has confesado.

—Tú me has obligado, es distinto— trató de oponerse ella, pero al ver que él la observaba arrugando el ceño se retractó en parte, no quería repetir una escena como la recién ocurrida—. Aunque fuera cierto. ¡Y déjalo ya Malfoy! Eso no quiere decir nada.

—Claro que no— corroboró él, y eso ya le resultó a la Gryffindor preocupante—, solo significa que podemos pasárnoslo muy bien, Granger, a pesar de las obvias diferencias entre nosotros.

—¿A qué te refieres exactamente?— inquirió ella arrugando el ceño y cruzándose de brazos.

—A mi superior inteligencia, por supuesto— ella abrió la boca para protestar, pero él no le dejó empezar—. Pero no te preocupes, Granger. Más de lo que te he humillado hasta ahora no voy a hacerlo.

—Olvídame ya, Malfoy— contestó en un bufido Hermione.

Siguieron caminando. Definitivamente, Malfoy no estaba extraño, se había vuelto loco. Y ella no estaba mejor. Se había vuelto tan loca como él. La relación con el Slytherin iba a ser su perdición si seguía así. Nada tenía sentido, nada parecía normal. Las cosas habían sucedido sin más y ahora no había vuelto atrás. Pero había que ponerle un límite, un tope. Había que…

—Malfoy, ¡deja de reírte de una vez!— exclamó Hermione— Esto es una estupidez.

—Granger, cállate.

OOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO

A la mañana siguiente trató de despertarse lo antes posible, pero lo largo de la ronda de la noche anterior la había dejado tan cansada— sin olvidar los incidentes ocurridos— que no había podido levantarse hasta que ya no tuvo más remedio.

Aun así, su plan era alejarse cuanto antes de Malfoy, que no había dejado de soltar comentarios que le hacían sonrojar sólo de recordarlo. Maldito Malfoy, maldita serpiente, y maldita lengua bífida. Porque eso era lo que tenía Malfoy; una labia que siempre la tenía a ella como objetivo de sus insidiosos comentarios.

Maldito Malfoy.

La frase, además de rimar, era lo único que no dejaba de repetírsele desde que había puesto un pie en el suelo helado de su habitación. Se había duchado con rapidez y se había cambiado con su habitual ligereza. Como tampoco perdía mucho tiempo en arreglarse, enseguida estuvo lista. Cogió su varita y salió de su habitación.

Y allí, nada más poner un pie en la escalera, se encontró con Malfoy. Lo saludó con un leve gesto, pasando por alto la mirada gris que le dirigía. Sin duda, Malfoy no quería dar el asunto por zanjado. ¡Nunca quería dejarla tranquila! Maldito Malfoy.

—Date prisa— dijo ella en tono molesto, al ver que él se tomaba todo el tiempo del mundo para bajar las escaleras de sus dormitorios hasta la sala común.

Ella todavía tenía que ir a la torre de Gryffindor para ir a buscar sus libros y todo lo que necesitara para aquel día.

—Otras veces no tienes tanta prisa por alejarte, Granger— dijo él.

Hermione sabía a qué se refería su comentario, con qué intención lo había dicho, y tuvo que clavarse las uñas en la palma de la mano para no seguirle la corriente. No, ahora no podía perder su valiosísimo tiempo discutiendo con el Slytherin, tenía cosas que hacer. Finalmente llegaron a la Sala Común, y cuando ya pensaba dirigirse a la salida, el rubio se dio la vuelta.

Se vio encarándolo sin modo alguno de evitar lo que fuera a suceder, fuera lo que fuera.

—¿Piensas irte tan rápido?— preguntó él, haciendo acto de aparición aquel tono de voz que Hermione ya conocía, bajo, grave y tranquilo, un aviso de peligro, igual que aquella leve sonrisa arrogante.

—Tengo que ir a Gryffindor a por mis cosas, así que déjame pasar— dijo ella con seriedad y frunciendo levemente el ceño.

Se movió a izquierda y derecha buscando sortearle, pero él siguió sus pasos con habilidad, impidiéndole la salida por ningún sitio.

—Qué maleducada eres, Granger. Por las mañanas se dan los buenos días— murmuró el rubio con un deje irónico.

—Malfoy, no seas idiota. Tengo prisa, vamos, apártate— dijo ella con cierta rudeza.

Pero en contra de sus deseos, el prefecto de Slytherin avanzó hacia ella y la Gryffindor no pudo evitar retroceder también. Sabía que había sido un error, especialmente cuando vio la sonrisa arrogante ensancharse un poco más en aquellos labios finos y pálidos. Él se acercó dos pasos más, hasta que ella chocó contra la pared. Se hizo daño en la espalda, pero no dijo nada. Había sido suficiente con el leve bufido que había soltado él. No se podía ser más arrogante.

—Démonos los buenos días, Granger— le ordenó él, aquel tono de voz no abandonaba sus palabras, arrastrándolas levemente.

Hermione sabía lo que significaba aquella forma de hablar. La había utilizado en dos ocasiones, y las dos ocasiones habían terminado de una forma en la que prefería no pensar en ese momento. Malfoy se acercó a ella hasta estar frente a frente. Hermione trataba por todos los medios de mantener la respiración calmada. Tenía que mantenerse serena, era primordial.

—Aléjate, Malfoy. Fuera de mi vista— le advirtió ella sin moverse, sosteniendo su mirada sin apartarla un momento.

—Eso ya te lo he oído decir demasiadas veces, pero luego nunca haces nada para cumplir tus amenazas— respondió él, altanero.

Ella se sonrojó inmediatamente. ¿Pero quién se creía que era? Lo vio sonreír divertido al ver su sonrojo y su momentáneo desconcierto. Y después lo vio acercarse, hacia su rostro, hacia su boca, hacia sus labios.

No, esa vez no.

Esta vez no iba a pasar.

En esta ocasión estaba preparada.

Y cuando la distancia que los separaba empezó a ser demasiado escasa para volver atrás, Hermione sacó todo ese coraje que el Sombrero Seleccionador viera años atrás para ponerla en la casa de Gryffindor, de los leones, de los valientes. Con todas sus fuerzas, pisó el pie de Malfoy. Podría decirse que nunca en su vida había pisado algo con tanto ahínco y tanta fuerza. Le dio con el talón, sabiendo que así haría mucho más daño. Lo pisó y apretó, moviéndolo como lo haría un fumador al pisar una colilla en el suelo.

El grito de dolor no se hizo esperar.

Y ella tampoco esperó. Levantó el pie, y el rubio, que se había alejado dejando escapar un grito de dolor, a punto estuvo de caer al suelo, pero consiguió apoyarse en la pared en la que momentos antes había acorralado a la castaña. Hermione sonrió triunfante, pero no perdió el tiempo. Salió de aquella posición en que estaba en desventaja, alejándose un poco de él que miraba la con los ojos entrecerrados por el dolor, la respiración desacompasada.

—Te lo dije, Malfoy. Te advertí que no te acercaras pero no quisiste hacerme caso.

—Tú, maldita sea. Te voy a…

—Tú no me vas a nada, Malfoy— le cortó ella antes de que terminara, respirando agitada pero sonriendo triunfante, sabiendo que esta vez la verdadera Gryffindor había salido a la luz. Se sentía exultante—. Ya te dije que no se repetiría. Y lo que digo, lo cumplo.

—Cómo te atreves— consiguió decir con esfuerzo para no gritar el rubio, aún apoyándose en la pared, con el pie apenas pisando el suelo, como si ese mínimo gesto le doliera.

—Se acabó tu juego, Malfoy. He ganado yo. Te lo dije: no todo el colegio está detrás de ti. Y te lo advierto, como vuelvas a acercarte a mí con alguna intención distinta a la que deberías, te arrepentirás porque cogeré mi varita y no me temblará el pulso.

Y lo dijo con tanto ímpetu e intensidad que se dijo a sí misma que era totalmente cierto, y que parte de ella estaba deseando que lo intentara en aquel mismo momento para sacar su varita y lanzarle un buen hechizo, el que no se sintió capaz de lanzarle la noche anterior durante la ronda.

—Impura insufrible— escupió Malfoy, realmente estaba muy enfadado—. Te has pasado, y mucho. Ayúdame a ir a la enfermería, porque en cuanto salga te voy a dar lo que te mereces.

—Malfoy, no me han dado el Premio Anual a la mejor alumna del colegio por ser la más estúpida, sino por ser la más inteligente. No pienso llevarte a la enfermería y no pienso mover un dedo para ayudarte. Tú te lo has buscado. Y no te aconsejo que intentes darme mi merecido— dijo imitando la voz del Slytherin, que destilaba ira por cada poro de su piel—. Porque entonces lo tuyo también irá a peor.

—¿Me estás amenazando?— inquirió él, y casi parecía sorprendido, como una ironía de la que burlarse.

—Tómatelo como quieras, Malfoy. Nos veremos en clase— dijo ella.

Y sonriendo, dio media vuelta, dirigiéndose a la puerta de la Sala Común, más orgullosa de sí misma de lo que lo había estado en meses.

—Espera, no se te ocurra dejarme aquí— se oyó un quejido de dolor—. Mierda, detente…— le oyó decir, pero ella ya salía por la puerta.

Justo antes de que se cerrara el tapiz que ocultaba la entrada, escuchó cómo él gritaba su nombre llamándola. Sin ningún asomo de contención, con rabia.

Sonrió, encantada. A cualquier otro escuchar su nombre a gritos de Malfoy, con esas connotaciones de ira y deseo de venganza le habrían hecho volver corriendo a la Sala Común a obedecer lo que fuera que quisiera, a suplicar perdón.

Pero no aquella alumna castaña. A Hermione Jane Granger nadie le decía lo que tenía que hacer ni le daba órdenes. No por nada era de Gryffindor, la casa de los valientes. A ella ninguna serpiente le intimidaba. Por mucho apellido Malfoy que llevara. Aunque se llamara Draco Malfoy.

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Continuará…

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Muchísimas gracias por vuestro apoyo a todos lo que hayáis leído el fic. Espero que este cap. (que ya os digo pienso hacerlos todos largos porque me entretengo más, jajaja) os haya gustado, o al menos no os haya decepcionado! Jeje.

Muchísimas gracias también por los reviews porque, aunque no soy de las que necesitan reviews para actualizar, sí que los agradezco mucho, de verdad (ya sé que soy una plasta repetitiva porque ya os he respondido a los reviews –a aquellos que se puede— dándoos las gracias, pero igualmente quiero agradecéroslo de nuevo, jeje).

No sé cómo irá la próx. Actualización porque, horror, me he quedado sin saber muy bien cómo escribir lo que viene y estoy algo bloqueada. Pero será pasajero, suele pasarme, jejeje.

Y nada, espero que os guste este nuevo cap. y lo disfrutéis. Un saludo!