"You are my sunshine - Johnny Cash"


- CAPÍTULO 6. HERMANO. -

El silencio de la noche tan sólo era interrumpido por el crepitar de la hoguera a unos pocos metros de su jaula. Si aguzaba un poco el oído también podía escuchar la profunda respiración de sus compañeros animales, que dormitaban atrapados entre aquellos barrotes de hierro.

Raphael, sin embargo, no podía dormir. Su sentencia de muerte estaba firmada a mediodía. Miró hacia la gran silueta oscura que era la palestra. Horas más tarde el tigre de bengala lo devoraría delante de una multitud hambrienta de sangre y vísceras...

Los nervios volvieron a asaltarle. Apretó el puño y golpeó con todas sus fuerzas contra los barrotes. A aquellas alturas no importaba que su amo viniera a "sedarle". Apenas le daban más que unos trozos de pan para mantenerlo vivo. Recordaba con rencor la vez que, sediento, suplicó a su amo que le diera agua. Éste volvió con una cantimplora que le pasó entre las barras de hierro. Cuando terminó de beber añadió, radiante:

—No sabía que a los de tu especie les gustara el pis de caballo.

Le daba igual todo. No sobreviviría mucho más tiempo. Al menos el dolor por el golpe le distraía de esos pensamientos.

Miró el cielo. Aquella noche era espectacular. A excepción de la hoguera todas las demás luces estaban apagadas. La Vía Láctea se veía con demasiada claridad para ser real.

Se le hizo un nudo en la garganta. Aquello era irónico, demasiado irónico.

—Es precioso —murmuró para alguien que no estaba presente. Se frotó los ojos, que se habían puesto amenazadoramente brillantes. Pese a eso, siguió con la cabeza bien alta. Su voz se quebró en la última palabra—. Este era tu sueño, ¿verdad?


Cuatro pequeños hermanos estaban sentados, expectantes, en torno a la televisión del salón de la Guarida. En ella estaban emitiendo una de las películas favoritas del más pequeño.

—Mira las estrellas —Mufasa, el gran Rey León, mostraba a su hijo el firmamento—. Los grandes reyes del pasado nos miran desde allí. Cuando te sientas solo, recuerda que esos reyes siempre estarán ahí para guiarte... Y yo también.

¡Qué bonito! —exclamó Mikey, ladeando la cabeza de un lado a otro— ¿Los reyes tortuga nos estarán mirando desde las estrellas también?

Los grandes reyes del pasado no existen, Mikey —replicó Donnie en tono cansino.

¡Eso no lo puedes saber! —contraatacó Se levantó y extendió los brazos hacia arriba— Llevamos toda nuestra vida sin ver lo que hay más allá de este techo. Si sigues diciendo esas cosas los reyes tortuga se van a enfadar.

Donatello puso los ojos en blanco y siguió viendo la película, al igual que Leonardo.

Algún día saldremos de aquí. Jugaremos en la nieve y veremos las estrellas—prometió con una sonrisa de oreja a oreja. Su mirada se cruzó con la de Raphael. Añadió esperanzado— ¿Tú me crees, Raph? ¿Estarías ahí para verlas conmigo?


—Fui el único que te escuchó. Eras tan pequeño, pero lo dijiste con tanta convicción... —sonrió con tristeza

Se incorporó de rodillas. Apretó su cara contra el hierro, todo con tal de observar mejor el firmamento.

—Son preciosas, Mikey. ¿Ves esa estrella tan brillante de allí? —señaló en el cielo— Podría ser la Cruz del Sur. Creo que Donnie la llamaba así, sí. Y esa de allí...esa de allí...

Su sonrisa se disipó. Sintió el impulso de gritar, pero pudo taparse la boca a tiempo. Cerró los ojos fuertemente. Cuando tomó aire dejó escapar un sollozo. Antes de darse cuenta estaba de nuevo encogido en la jaula, llorando desconsoladamente.

—Mikey, Mikey, Mikey... —susurró, como si fuera una plegaria.

Él era el único culpable.

El culpable que desfiguró esos ojos azules que siempre le daban los buenos días. Silenció las risas que rompían la soledad de La Guarida. Mutiló aquella pequeña figura que asomaba en la puerta de su habitación, por culpa de una pesadilla. Extinguió aquella calidez que, agradecida, susurraba un «gracias» al sentirse amado. Mancilló aquel amor inocente y puro...

Hubo una vez en la que Raphael se encerró en su habitación tras una discusión con Splinter. Leonardo y Donatello pasaron de él, sin ganas de enfrentarse a su ira imbatible. Era Mikey, solamente Mikey, el que no cesó de golpear la puerta hasta que salió y gritó que lo dejara en paz.

Pero él no se asustó. Solamente le siguió mirando, sonriente, mientras su hermano mayor decía cosas de las que luego se arrepentiría. Y cuando terminó exhausto el pequeño se acercó a él y le envolvió en un cálido abrazo.

«Todo está bien, hermano» susurró mientras le acariciaba la cabeza. «Todo va bien»

Nunca había sido consciente de eso. Podía pegarle, podía insultarle, incluso humillarle. Pero Mikey siempre sonreía.

Siempre le querría.

—Yo también te quiero Mikey —Aquellas palabras no hicieron más que acrecentar su dolor—. Pero nunca te lo dije. Siempre te estaba gritando y pegando... Lo único que quiero... —inspiró hondo, intentando calmarse—. Lo único que quiero es que estés conmigo.

—¿Y luego dices que soy el tonto de la familia? ¿No ves que estoy aquí?

El corazón le dio un vuelco y miró al frente. En la jaula, sentado a su lado, Michelangelo le dirigía una mirada radiante. Raphael abrió la boca y la volvió a cerrar. Sentía la mandíbula desencajada.

—¿Qué pasa? ¿Te ha comido la lengua el gato? No veo ninguno por aquí... —Miró a su alrededor confundido.

Parpadeó. Se olvidó de respirar mientras extendía una mano hasta tocarle la mejilla. Pudo notar su tacto suave, ver esas pecas que le salieron desde los dos años. Bajó la vista a su pecho, que ascendía y descendía con la respiración, tranquilo.

No había rastro de aquel horrible agujero.

Se abalanzó sobre Mikey mientras este soltaba una exclamación de sorpresa. Su olor era el mismo de siempre. No sabía cómo, pero estaba ahí. Con él.

¿Acaso era un sueño?

—¡Lo siento, lo siento mucho! Perdóname. —suplicó, con la cabeza escondida en su hombro.

—¿De qué te tienes que disculpar, Raphie? —Le dio unas pequeñas palmadas en la cabeza, en tono cariñoso.

No respondió de inmediato. Apretó al pequeño aún más contra su pecho, intentando acercarse a aquel corazón palpitante que parecía devolverle la vida. Cada palabra que pronunció le martilleó como la insana realidad; pero debía hacerlo. Debía disculparse.

—Por mi culpa...

Tú estás muerto.


Día cero.

Michelangelo se escurrió en uno de los charcos de las alcantarillas. Raphael volvió sobre sus pasos y le ayudó a levantarse. En cuanto estuvo de pie se aferró a su brazo, tembloroso.

—Tengo miedo Raphie —sollozó.

Éste no respondió. En su lugar tiró de él y siguieron corriendo lo más silenciosamente que podían. Minutos atrás estaban agazapados, detrás de uno de los antiguos vagones de metro. Poco habían tardado en empezar a seguirles. La luz de las linternas pasaban a milímetros de ellos, haciendo que los tres hermanos se encogieran más.

—¿Qué hacemos ahora? —inquirió Donatello. Raphael podía oler su miedo, pero el genio intentaba por todos los medios mantener la calma. Casi lo conseguía— Nos van a atrapar a este ritmo.

—Leo... —Mikey tenía la cabeza escondidas en sus rodillas, intentando contener las lágrimas.

El cerebro del ninja de rojo bullía, intentando encontrar una solución. A él nunca se le había dado bien la estrategia. Eso era tarea del genio, pero actualmente estaba demasiado bloqueado para actuar.

Se atrevió a mirar por encima del escondite. Los hombres estaban dispersos a lo largo de la galería. Si avanzaban todos en la misma dirección, su campo de acción se vería verdaderamente reducido.

Sin embargo...

—La antigua salida de metro —propuso. Oyó unos pasos rodeando el vagón. Se les agotaba el tiempo—. Si llegamos allí podremos escapar —dudó un momento antes de añadir el quid de la cuestión—. Separándonos tendremos menos posibilidades de que nos atrapen.

—¿Separarnos? —repitió Donatello, conteniendo una exclamación.

—No está demasiado lejos. Yendo por las alcantarillas tardaríamos algo más, pero no nos expondríamos tanto.

Una parte de su conciencia recordó las palabras de Leonardo. «Alguien tiene que cuidar de Mikey y Donnie».

«Sólo será por un rato», respondió en silencio, excusándose. «Mira a nuestro alrededor y verás que no tenemos ninguna opción».

Donatello trató de ralentizar su respiración. Cerró los ojos un instante y asintió.

—Yo... saldré primero. Si vamos todos a la vez podríamos llamar la atención —explicó indeciso. Se mordió el labio inferior, mirando alternativamente a Raphael y Mikey. Antes de ser conscientes, ambos se encontraban inmersos en un abrazo suyo. Mikey suplicó que no se fuera, a lo que Donnie respondió dándole un beso en la frente. Raphael permaneció en silencio, sintiendo en cada centímetro de su piel el tacto de su hermano.

«Idiota», frunció el ceño. «No me vengas con sentimentalismos. No, no es la última vez que nos vamos a ver»

Y aun así, no pudo evitar sentir cómo una parte de su alma se desgarraba.

Tras una última mirada gateó hacia la salida del vagón hasta que se perdió en la oscuridad. Mikey quedó abrazado de sí mismo, sorbiéndose los mocos. Comenzó a temblar.

—¿Mikey?

Éste hundió la cabeza en su pecho. El mayor se apartó un poco, pero siguió pegado a él.

—Yo no...no...—Sacudió la cabeza. Estaban tan cerca el uno del otro que sentía su respiración—. No quiero ir sólo, Raphie. No quiero que te vayas. No quiero que me dejes.

El mayor sintió una punzada de dolor. Michelangelo no tenía ninguna manera de escapar sólo de allí. Parecía tan pequeño y vulnerable...

—Está bien —concedió—. Te vienes conmigo.

Y ahí estaban. Raphael sólo miraba atrás para comprobar que le seguía el ritmo. Hacía frío. Mucho frío. No obstante, dar un paso tras otro de manera mecánica era más fácil que enfrentar sus propios sentimientos. Podía explotar en cualquier momento, y la única manera de evitarlo era correr. Daba igual hacia dónde. Simplemente correr.

—¡Raphie! —exclamó Michelangelo.

Su hermano se volvió. Estaba arrodillado con una mano en el pecho. El vaho de su aliento jadeante ocultaba en parte sus ojos llorosos.

—No puedo más. Estoy muy cansado. Un momento. Sólo un momento —suplicó, sin aire para poder completar una frase.

Sus manos comenzaron a temblar. Apretó tanto los puños que clavó sus uñas en la carne. Algo debió de cambiar en su expresión, ya que el pequeño ladeó la cabeza

—¿Raph, estás bien? —preguntó— ¿Te duele algo?

Miró a Mikey, cuyos ojos brillaban de preocupación; pero también de miedo, de incertidumbre, de sufrimiento.

Alguien tiene que cuidar de Mikey y Donnie.

Explotó.

El grito reverberó en las paredes de las alcantarillas. El pequeño se levantó, asustado.

—¡Raph! —exclamó asustado, pero no le hizo caso. En su lugar empezó a golpearse de cabeza contra la pared— ¡¿Qué demonios estás haciendo?! —Intentó tirar de él, pero Raphael era mucho más fuerte.

—¡ERES UN IDIOTA LEONARDO HAMATO! —escupió en una explosión. Apoyó la frente sangrante contra la fría piedra mientras la arañaba con sus manos, impotente— ¡¿Que alguien tiene que cuidar de Mikey y Donnie?! ¿Y tú qué? ¿Quién te cuida a ti? ¡¿EH?! ¿Acaso te crees que puedes hacer lo que te da la gana? ¡Que sepas que eres...que eres...! —Golpeó el puño contra la pared. Continuó, alzando cada vez más la voz— ¡¿Por qué me dejas de lado?! ¡¿Por qué te empeñas en hacerte el héroe?! ¡Odio que siempre lo intentes acaparar todo! ¡Odio ese orgullo tuyo! ¡Te odio, te odio, te odio, TE ODIO!

—¡BASTA!

Notó que alguien le abrazaba por el cuello y apretaba con firmeza. Aquel gesto de Mikey le había pillado tan desprevenido que dejó de gritar.

—No te hagas más daño, por favor —susurró suplicante. El ninja de rojo abrió la boca pero no dijo nada—. Yo también estoy preocupado por Leo, pero debemos confiar en él y en Splinter. Los dos son ninjas muy muy fuertes. Seguro que salen de esta, seguro...

Raphael, con torpeza, fue levantando los brazos hasta rodear al pequeño.

«Soy un egoísta» se reprochó en silencio mientras hundía la cara en su hombro. Estaba tan obsesionado con Leonardo que había olvidado todo lo demás. Notaba el miedo que el pequeño desprendía en cada centímetro de su piel. Y aun sintiéndose abrumado reunía todas sus fuerzas para calmar su ira. La inocencia de aquel gesto fue extinguiendo el enfado de Raphael.

«Perdóname Mikey. Muchas gracias por estar ahí». De repente sintió una oleada de cariño hacia aquel pequeño de ojos azules que nunca le había abandonado.

—Tienes razón —concluyó, con voz tranquila—. Seguro que Leo y Splinter aparecerán cuando menos nos lo esperemos —Con inusitada delicadeza apartó las lágrimas que empapaban sus mejillas.

Éste asintió, aliviado. Raphael comenzó a acariciarle la cabeza con una media sonrisa.

Detrás de Mikey se movió una sombra. El ninja de rojo pudo actuar a tiempo, echando al pequeño a un lado justo en el instante en que un hombre, envuelto en un mono negro, llevaba a cabo un corte descendente. La hoja de la katana parecía resplandecer con la escasa luminosidad del alcantarillado.

El pequeño dio un gritito asustado. Raphael lo atrajo hacia sí hasta situarlo detrás de él.

—Atrévete a tocar a mi hermano y juro que el dolor será el menor de tus problemas —amenazó, extendiendo los brazos e inclinándose.

—No es nada personal, pequeño. Son los designios del Clan del Pie.

Raphael tomó nota de aquel nombre. Nunca lo olvidaría.

El hombre no dijo nada más. Tan sólo se limitó a levantar de nuevo la katana.

La tortuga aprovechó el segundo para avanzar al frente. El ninja dio un paso atrás, sorprendido. Al parecer no esperaba un ataque directo.

Recargó el puño y le propinó un gancho de derecha. A diferencia de sus hermanos, a él le gustaba el boxeo. No llevaba mucho tiempo practicando, pero con su fuerza y algo de entrenamiento era capaz de llevar a cabo los movimientos esenciales.

Su contrincante se tambaleó, temporalmente desorientado. La tortuga tomó ventaja de la oportunidad y de un manotazo le arrebató la katana. Iba a propinarle una patada giratoria, pero la esquivó a tiempo. Aquello dejó el torso expuesto, cosa que aprovechó el hombre para darle con los nudillos en el centro del pecho.

Tan solo fue un golpe seco, pero sintió que quedaba sin respiración. Salió despedido hacia atrás hasta caer de espaldas. No pasó ni un segundo hasta sentir una oleada de dolor que le hizo soltar un grito.

—¡Raphie!

Con cada movimiento veía las estrellas. Consiguió hincar una rodilla y pillar impulso para levantarse, pero por el esfuerzo se mareó y tuvo que apoyar un brazo en la pared. Apenas podía tomar aire. Mientras tanto, el ninja recogió la katana del suelo y fue dirigiéndose hacia él.

El inmenso dolor le coartaba demasiado para defenderse. Por un momento vio a Michelangelo. Éste estaba paralizado por el shock, aunque si observaba detenidamente sacudía milimétricamente la cabeza

«Corre. Huye», quiso decir. Pero no pudo.

Su ejecutor paró delante de él. Cargó la katana hacia adelante, buscando con ella el corazón del joven.

Raphael cerró los ojos, preparándose para el fin. No se atrevía a mirar a su hermano pequeño. No sería capaz de enfrentarse a esos ojos que le mirarían desesperado.

«Lo siento Leo», fue lo último que pensó. «Cuida de Mikey y Donnie por mí, ¿vale?».

Y ocurrió.

Oyó el sonido propio de la carne siendo atravesada, seguido de un grito ahogado que rápidamente se extinguió.

No era un grito suyo.

Abrió los ojos de nuevo.

Michelangelo se había interpuesto entre los dos con los brazos extendidos. No podía verle la cara, pero sí su cabeza inclinada y temblorosa, probablemente mirando cómo su pecho era ensartado por aquel monstruo de acero. Éste ejerció una mayor presión, volviendo a generar aquel ruido que parecía que algo se desgarraba. Raphael escuchó cómo el pequeño tosía, a tiempo que un reguero de sangre caía entre sus piernas.

No...

Los brazos de su hermano cayeron a ambos lados del tronco y no volvieron a moverse. El ninja retiró la katana, haciendo que su cuerpo se derrumbara totalmente. En torno a él comenzó a formarse un charco carmesí.

Mikey...

Extendió el brazo. No se movía. No respiraba.

Despierta. Por favor...

Su asesino le propinó una patada, echándole a un lado. De esa manera pudo ver su boca manchada de sangre, así como esos ojos azules abiertos que habían abandonado todo brillo de vida. La katana se agitó un momento en el aire, esparciendo la sangre por el suelo.

Algo explotó en su interior. ¿Cómo se había atrevido? ¿Cómo se atrevía a echar a su hermano a un lado como si fuera un desecho?

Un Mikey de cinco años tiraba de él, pidiéndole en tono suplicante jugar juntos por las alcantarillas.

El puño impactó contra el hueso, rompiéndolo en mil pedazos. Juró oír un grito, pero no importaba. Nada importaba.

Una bandeja con el desayuno humeaba alegremente al borde de su cama. Sentado al lado de él estaba un sonriente Mikey que le acariciaba la frente, deseando que aquella fiebre se fuera pronto.

La sangre manchó sus mejillas. ¿Era suya? No estaba seguro, aunque tenía un sabor salado. No sentía nada, tan sólo furia, ira. No podía detenerse. Sus brazos actuaban por sí mismos mientras martilleaban aquel amasijo de carne.

Todo está bien, hermano. Todo va bien.

—¡MUERE! —gritó.

Parpadeó. Jadeaba bruscamente. Su vista volvió a enfocarse para darse cuenta que estaba sentado de horcajadas sobre el ninja, aunque poco quedaba de él. De su cabeza tan sólo restaba una masa negra y embarrada en sangre y cerebro. Miró sus manos, que parecían envueltas en guantes rojos.

Se levantó, tambaleante. Como si estuviera a cámara lenta miró a su alrededor, buscando el cuerpo de su hermano. Cuando lo encontró comenzó a andar tembloroso hacia él, dejándose caer en el último metro.

—No...no puedes estar... —susurró, sintiendo la boca seca. Empezó a zarandear el hombro del pequeño, que no respondió— ¡Despierta, inútil! ¡Despierta! —Buscó su cara y sostuvo sus mejillas. Un hilillo de sangre resbaló por la comisura de sus labios— Por favor...por favor...

—¿R-Raphie? —preguntó, con la voz muy débil.

—¡Mikey! —juntó su frente contra la suya. A punto estuvo de llorar de alivio.

—Lo siento. S-soy un mal ninja. Al menos...te he salvado.

Raphael no respondió. Por un momento su mirada fue a parar a la herida del pecho. No había alcanzado el corazón, pero era muy profunda. Casi podía ver sus...

Apartó la vista. No. No quería aceptarlo. Se negaba. Mikey seguía vivo, aún podía salvarse.

—¿P-puedes pedirle perdón a todos de mi parte? —continuó, tosiendo un poco. Cada vez le costaba más respirar— N-no puedo moverme. Déjame aquí. Tengo frío. Quiero dormir.

—Ni lo sueñes —replicó su hermano. Por un momento se acercó al cadáver del ninja. No tuvo ningún reparo en arrancar suficiente tela del traje hasta hacer una banda compresiva. Con toda la delicadeza que sus brutas manos podían ofrecer envolvió el pecho del pequeño y apretó firmemente. A continuación empezó a levantarlo por los hombros.

—¿Qué haces?

—Ya me conoces, hermanito. «Rudo y cabezón hasta la médula», como diría Donnie —Haciendo acopio de fuerzas consiguió cargarlo en su espalda. Tomó un momento para sujetarlo con mayor firmeza por los muslos, asegurándose de que no caería— Vas a venir conmigo lo quieras o no. Así serás tú el que tenga que disculparse ante Leo y los demás.

Intento sonar seguro, incluso optimista; pero por dentro temía mucho por Mikey. No podía, no debía rendirse. Iba a darlo todo por su hermano hasta el final.

Tras tomar aire una última vez, retomó el camino.

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El cuerpo de Michelangelo pesaba demasiado para llevarlo una larga distancia. No encontró a nadie más, pero le inquietaba no poder avanzar demasiado rápido. El frío le llegaba hasta los huesos, y le alarmaba notar que Mikey iba perdiendo el poco calor que le quedaba.

Éste apoyaba la mejilla en su hombro. De vez en cuando Raphael le sacudía para mantenerle despierto, pero sus respuestas eran cada vez más vagas y débiles.

Debía pensar en algo. Lo que fuera.

—Mikey... ¡Mikey!

—¿Hm?

—¿Cómo era esa canción que siempre cantas por las mañanas?

No respondió. Raphael gruñó por lo bajo, haciendo memoria. No pudo evitar dibujar una sonrisa cuando finalmente recordó la letra. Volvió a sacudir un poco a Michelangelo a tiempo que empezaba a cantar:

You are my sunshine...

...my only sunshine —Había funcionado. Incluso sus dedos parecieron moverse un poco.

You make me happy, when skyes are grey

You´ll never know dear, how much I love you.

Please don´t take...

...my sunshine away —terminó Mikey por él—. Pero Raphie —replicó, muy bajito—, si a ti no te gusta.

—Pues ahora quiero que me la cantes —Se defendió, fingiendo un tono caprichoso—. Y cuando la termines, vuelve a empezar. ¿Acaso quieres que la cante yo? ¡Si ya sabes lo malo que soy!

El pequeño pareció reír un poco, pero lo hizo tan bajo que Raphael no estaba seguro.

—E-está bien. Continuaré.

Tras un momento de silencio retomó la canción. Su débil voz comenzó a reverberar en las alcantarillas, que comenzaban a abrirse a las antiguas líneas de metro. Estaban cerca. En aquel corredor, oscuro y húmedo, Raphael pensó por primera vez que la voz de Mikey parecía provenir de los ángeles.

I´ve always loved you and made you happy.

Se preguntó por Splinter. ¿Estaría bien?

Dio un paso.

And nothing else could come between.

¿Y Leo?

But now you´ve left me to love another.

¿Donatello habría conseguido llegar a la salida? Podía imaginarlo esperándoles allí fuera, solo.

You have shattered all my dreams.

Dijo que no cantaría, pero acabó por unirse a la voz de Mikey. Aquella canción infantil era lo último que quedaba de su antigua vida. Sus piernas dolían, su pecho dolía, su corazón dolía. Y lo único que podía hacer era dar otro paso.

You are my sunshine. My only sunshine.

«Vamos, pequeño, sólo un poco más».

Una luz comenzó a verse en la lejanía.

La salida.

You make me happy when skyes are grey.

Comenzó a andar ligero, pero sus músculos estaban al límite. Mientras tanto, la voz de Mikey iba haciéndose más tenue. Lo sacudió con urgencia.

«¡No, Mikey! Mira, ¿no lo ves? Queda muy poco, hermanito. Aguanta». Apenas le quedaba aire. Aquel círculo brillante se iba haciendo más grande.

You´ll never know dear, how much I love you.

«No me dejes solo. Quiero volver a verte sonreír, quiero que me abraces. Quiero que sigas alegrando mis días.

Te quiero».

Llegó al círculo brillante, abrazándolos hacia el exterior.

Un manto blanco los recibió. Las pupilas de Raphael se dilataron, captando cada milímetro del paisaje. No era necesario que le dijeran de qué se trataba aquella maravilla que apreciaba por primera vez.

Nieve.

—Mikey, mira —instó, sacudiéndolo suavemente—. Es nieve. ¿Te gusta la vista?

No respondió. No se movió. El tacto de sus manos era frío como el hielo.

Please don´t take...

Las fuerzas le abandonaron por completo. Sintió que se desplomaba, derrotado. El pequeño quedó tumbado de costado, frente a él. Sus ojos estaban cerrados, pero aun así pudo susurrar con una sonrisa en los labios:

—G-gracias...p-por cantar conmigo.

Y murió.

El labio inferior de Raphael comenzó a temblar. Arrastró su cuerpo hasta el de su hermano y pasó un brazo por encima de su hombro.

Hacía frío.

—...my sunshine away.

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Todo estaba oscuro. Notaba presencias a su alrededor, pero sus sentidos difícilmente funcionaban. Su cuerpo se movía sin voluntad propia. ¿O acaso alguien lo estaba haciendo por él?

—¿Qué hacemos con esto, Fong?

Notó el tacto de unas cuerdas ásperas, dejando sin irrigación sus manos y pies. Alguien le empujó con la punta de un pie hasta tenerle boca arriba. Abrió un poco los ojos, sin ver nada realmente.

—¡Pero si aun está vivo! —exclamó otra voz.

—¿Qué demonios es?

—A lo mejor es un alien de esos. En las noticias no paran de hablar de ellos—opinó un tercer hombre, que portaba un mostacho gigante y desaliñado.

—¡No digas tonterías, Tsoi! —replicó el que se hacía llamar Fong. Era más pequeño y delgaducho que los otros dos integrantes de la banda, pero hablaba con maldad— Anda, Sid. Échalo en la furgoneta. Sea lo que sea, tengo un amigo que puede darnos bastante pasta por él.

Unos brazos fuertes le levantaron con brusquedad. Su cabeza se movía de un lado para otro al ritmo de los pasos. Por un momento voló antes de que su cuerpo impactara contra una superficie dura.

—¡Joder, trátalo con más delicadeza!

Su vista se nublaba y esclarecía a intervalos. Vio un brazo tan ancho como su cabeza. El tatuaje de un dragón púrpura lo recorría hasta el pecho, cubierto tan sólo por una chaqueta.

—Vámonos ya, chicos. Se me están congelando los cojones —Comentó Fong.

—Espera. ¿Qué hacemos con el otro?

Desvió un poco la cabeza. Tsoi se encontraba de pie ante un pequeño cuerpo parcialmente cubierto por la escarcha. Con la punta del pie le daba toques en la cabeza, pero no respondía.

Hermano.

—Bah, dejemos que se pudra. ¿No ves que la alimaña está muerta?

¿Lo vais a dejar ahí? ¿Ni siquiera dais un entierro digno?

Sintió que la furia lo enervaba. No iba a permitir que hablaran así de su hermano, y menos delante de su cadáver. Empezó a forcejear, pero las cuerdas estaban demasiado apretadas. No tardó en llamar la atención del líder de la banda, que se acercó. Raphael gruñó, mostrando los dientes.

—Sí, eso sois. Alimañas —enfatizó, sonriendo malévolamente—, y por tu cabeza me van a dar una buena cantidad de dinero. ¡Tsoi, Sid! ¡Al coche!

Los tres hombres abandonaron su campo visual. Lo único que veía claramente era el cuerpo de Mikey, que resaltaba en la nieve con un color verde pálido. Oyó un sonido característico. La furgoneta estaba arrancando.

Tsoi. Sid. Fong. El Clan del Pie. Jamás olvidaría esos nombres. Nunca, mientras él siguiera viviendo, descansaría hasta acabar con todos y cada uno de ellos. Así Mikey descansaría en paz.

«¿A quién estoy engañando?», pensó por un instante.

Sí. Era cierto. Raphael. Él era el primer culpable. El culpable de la muerte de Mikey.

Y esa era la horrenda realidad.

La furgoneta empezó a desplazarse. El cuerpo de su difunto hermano fue haciéndose más pequeño hasta que desapareció.

Como si nunca hubiera existido.


—Eso no fue culpa tuya.

—¡¿Cómo que no lo es?! —Se separó de él para mirarle con enfado— Si no hubiese dicho que nos separáramos tú...tú...

Mikey le puso un dedo en sus labios.

—Estuviste conmigo hasta el final. Incluso cantamos juntos. ¿Sabes? Uno de mis sueños era que alguna vez la cantaras conmigo. Sin saberlo, cumpliste mi gran deseo.

Raphael desvió la mirada. No quería llorar con su hermano delante, pero con comentarios como ese era muy difícil.

—Esto no es real, ¿verdad? —preguntó desengañado.

Antes de terminar la frase supo que le había hecho daño a Michelangelo. Esperaba verle traicionado o herido. En cambio, cogió su mano con infinita paciencia.

—Raphie, estoy muerto. No puedo cambiarlo por mucho que quiera. Pero al menos venía a decirte que, aunque no lo creas, yo siempre estaré contigo.

«Maldita sea. No digas mentiras».

—Al menos tengo el consuelo de que me reuniré contigo mañana —murmuró, con tristeza— ¿Ves ese tigre de ahí? En cuestión de horas me convertiré en su mierda.

Mikey dirigió una mirada seria al tigre, que dormía apaciblemente. Raphael se sorprendió al ver una firmeza que jamás había visto en el pequeño de la familia.

—No, Raphael. —Por primera vez le llamó por su nombre completo, sin desviar la mirada del animal—. No vas a morir —Le dirigió una mirada rebosante de cariño. Los muros del rudo se iban resquebrajando— Es mi turno de protegerte. Confía en mí. Vivirás mucho tiempo y harás todas las cosas que yo jamás pude hacer.

—¿Eso crees?

—No lo creo. Lo sé.

Era extraño. Había momentos en los que hablaba su hermano Mikey, y otros en los que...otra cosa tomaba la palabra.

¿Serían los reyes del pasado?

Sus párpados comenzaron a pesar demasiado.

«Si realmente mañana voy a morir», pensó, «quisiera un último momento feliz».

—Mikey.

—¿Sí?

—¿Podrías... cantarme esa canción una última vez?

Sus ojos celeste brillaron de emoción. Por un momento pareció ser el niño de siempre.

—Claro que sí —respondió con dulzura. Raphael se recostó en la jaula y cerró los ojos. Buscó la mano de su hermano y entrelazaron los dedos a tiempo que este empezaba a cantar.

You are my sunshine, my only sunshine...


Lo supo antes de abrir los ojos, al amanecer. Lo supo antes de ver los sirvientes aglomerados unos con otros. Lo supo antes oír los gritos a su amo, cuestionando al veterinario cómo era posible que algo así hubiera ocurrido. La pantera negra se revolvía nerviosa, notando el hedor nauseabundo que provenía de la celda contigua.

El tigre de bengala había muerto.


Oh, dios, cuánto me ha dolido escribir este capítulo.

Nota de Autor: ¡Muy buenas, queridos lectores! Antes de nada quisiera desearos un feliz 2015. Espero que vuestra Nochevieja fuera fenomenal. Por mi parte estuve de fiesta hasta tarde. Pasé casi todo el primer día del año durmiendo, pero valió la pena.

Como prometí, aquí vengo con el siguiente capítulo. Tal y como dije, volvería con los feels destroyers, y espero que como tal os haya tocado la fibra sensible. Os diría que al menos ya sabéis algo más de Mikey, pero me temo que no esperabais que fuera en ese sentido. Creedme, yo TAMPOCO lo he pasado precisamente bien, pero necesitaba hacerlo por la trama. En fin, con vuestras reviews ya recibiré mi ración de piedras xD.

Paso a los agradecimientos

Bilbogirl: ¿Tienes cuenta de ffnet? ¿Es la misma que el nombre que tienes ahora? En cuanto pueda lo compruebo, y si no es así me respondes en el review (después de tirarme unas cuantas piedras xD). Espero que hayas tenido una estupenda Nochevieja. Feliz 2015 desde Andalucía.

Jamizell Wolf Blood Amatista: No diría tan pronto que se han confirmado tus sospechas sobre Leo (puedo suponer cuáles son xD). Es cierto que su situación ha mejorado un poco, pero ni de lejos está bien. Sigue rodeado de enemigos, sólo y sin la total certeza de que sus hermanos estén vivos. A lo mejor no han muerto a manos del Clan del Pie (cosa que en parte es mentira), pero pueden haber sido secuestrados o asesinados por otras organizaciones (como ha sido el caso, ¿no?). Me alegra que consideres mi capítulo como un regalo de Navidad xD. Espero que este capítulo haya sido todo lo feels destroyer que deseabas, ya que me he esforzado en que fuera así. Al final haré lo que dices, iré aclarando las diferencias sobre la marcha. Calculo que en dos capítulos (contando este), vendrá la siguiente diferencia importante. Ya verás, ya verás...

P.S: No me has roto los tímpanos xD

marita: Gracias por tus palabras. También te deseo un precioso 2015 :D

Leona: No te preocupes si tardas más en escribir una review. Yo mismo tengo escritos pendientes con meses de retraso. A este ritmo mucha gente va a querer mi cabeza en una pica xD. Me resulta curioso que te guste que haya incluído a Karai. Espero que igualmente te encantara este capítulo, ya que está centrado en tu tortuga favorita.

Schwarzblau: Siempre es bueno saber que mantengo los personajes IC. A veces tenía la sensación de que Raph parecía "débil", pero recordaba que era un niño (y en el fondo estaba asustado), y se me pasaba. Tomaré en cuenta tu consejo. La acción sigue siendo una asignatura pendiente para mí, pero espero mejorar con el paso del tiempo.

La canción que canta Mikey es You are my sunshine, de Johnny Cash. Tiene muchas versiones, entre ellas una infantil. De ahí que el pequeño la conozca. Os recomiendo escucharla después de leer el capítulo. Ese aire triste que tiene pega a la perfección con la escena.

Me gustaría decir que el siguiente capítulo llegará pronto, pero no. A partir del 26 de Enero empieza mi período de exámenes hasta un mes después. En consecuencia, hasta Marzo no podré venir con un nuevo capítulo. Espero que seáis pacientes. Al menos no tenéis que estudiar cerca de 1000 páginas de apuntes, como es mi caso *llora desconsoladamente*

¡Hasta la próxima!

Con cariño.

Jomagaher.