Capítulo 7: El recuerdo y la maldición.
Gray con dificultad se había recuperado, sin comprender mucho lo sucedido. Las velas estaban allí como si nunca hubiese pasado nada, pero además notó otra cosa: la escalera estaba en su lugar. Decidió bajar lo más rápido que pudo entonces, y se encontró finalmente con Erza, quien se sostenía de un joven peliazul.
— ¡Oigan!
Les gritó, llamando la atención de estos dos, los cuales observaban aquella luz verde que había salido del sótano y que pasaba también a través de los escombros con los que se había herido la pelirroja.
— ¡Gray! — Gritó ella con alivio, y el susodicho se acercó.
— Tú eres… Jellal. — Dijo asombrado.
— Sí, he venido a ayudarlos. Pero jamás pensé encontrarme con algo así. — Explicó.
— ¿Natsu y Lucy? — Preguntó con preocupación Erza, pero el pelinegro negó con la cabeza.
— No sé si lo logren. Están en la habitación aún, pero ya no se puede llegar hasta allí. — Contó.
Los tres esperaban lo peor, pero no se irían de allí sin sus amigos…
El cuchillo se sostenía en el aire: una fuerza intentaba empujarlo hacia la muerte de Heartfilia, mientras que una contraria luchaba para evitar aquel terrible destino.
— Así que crees que puedes parar esto, niño… Déjame decirte que nada podrá, ¡estás destinado a esto y por eso tienes mi sangre! — Remarcaba con odio Zeref.
Lucy estaba allí, con los ojos cerrados frente a él, en el suelo y con rastros de lágrimas ya secas sobre sus mejillas.
La mano izquierda de Natsu tomó su derecha, y con fuerza arrojó el arma blanca lejos. Pronto, el color de su cabello volvió a ser rosado y sus ojos a ser verdes.
— Luce, Luce por favor despierta. — Pronunciaba en un ruego.
La habitación cambiaba de formas y muchos sollozos desesperados se escuchaban. Los fantasmas aparecían y desaparecían alrededor de ellos dos, y Zeref se manifestaba como un espíritu más.
— ¡Él es el verdadero culpable! — Dijo el pelirrosa, sin sacarle los ojos de encima a la rubia. — Llévenselo. — Soltó tajante.
Un silencio inundó la habitación entonces.
El pelinegro observaba su cuerpo etéreo, y levantó la vista luego para notar que algunas risas sonaban en distintos lugares.
— Así… que… nos… usaste… y… mentiste… sobre… liberarnos…
Se escuchaba dicho por diferentes voces femeninas, con tonos altos y bajos.
La puerta del lugar se abrió finalmente, y Natsu tomó en brazos a Lucy, yéndose de allí.
Zeref parecía descolocado, totalmente sumido en la locura misma.
— Sí. Las maté a todas. — Sonrió complacido. — Las ahogué, las quemé, las corté, las acuchillé, las colgué, ¡las usé! — Terminó en una risa fuerte y maquiavélica. — Y ahora arderán conmigo en el infierno.
Una lluvia comenzó a caer del techo, pero las velas se apagaban sólo una por una. A medida que esto sucedía, los espíritus de ellas se materializaban del mismo modo.
— ¿Te gusta la muerte? — Corrió divertida detrás de él una chica de pelo corto y grisáceo.
— Así que, quieres irte de aquí. — Decía una peliceleste con un libro en sus manos a varios metros de él.
— Morirte fue sólo el primer paso. — Sintió un susurro a su lado.
Pronto, el fuego se apagaba y volvía, y las imágenes de ellas se hacían más rápidas, yendo y viniendo, con sus cuerpos destrozados, sus sonrisas tenebrosas, su sangre dejando rastros, y acercándose al espíritu de Zeref. Él ya no sonreía, simplemente un agujero se formó en el círculo mágico y, empujado, cayó allí, desapareciendo con él todo rastro de aquella luz verde.
La maldad había condenado a todos en esa casa, sumiéndolos en un odio reproducido una y otra vez.
Gray, Erza y Jellal observaron cómo la luz de magia se desvanecía, y antes de poder hacer algo, escucharon que alguien bajaba por las escaleras.
— ¡Natsu! — Gritó Gray al ver al de cabellos rosados.
Los tres se acercaron a él, pero su mirada estaba clavada en Lucy.
— ¿Qué le sucedió? No me digas que…— Pronunció Gray.
Posándola al pie de la escalera, la observaron, esperando. Su cuerpo estaba frío y no se movía. Erza y Gray hacían fuerza para ahogar un sollozo, y Natsu seguía allí, viéndola.
— Vamos, Luce, puedes hacerlo. No puedes irte ahora. Hay tantas cosas que tienes que hacer. Tanto qué escribir… Tanto por lo cual retarme cada vez que me equivoco…
Su voz se iba apagando, y su visión se hacía borrosa debido a las lágrimas que brotaban.
Antes de darse por vencidos, una chica se hizo presente a su lado. Tenía una larga melena rubia ondulada y unos amables ojos verdes.
— El amor no lastima. Y ella no tiene por qué pagar por esta tragedia. — Dijo ante la vista quieta de los cuatro muchachos, posando luego su mano sobre la frente de Lucy.
Lentamente abrió los ojos y antes de poder hacer cualquier cosa, Natsu la abrazó con fuerza, lloriqueando y sonriendo al mismo tiempo que sus amigos. La muchacha no entendía nada y se sonrojó fuertemente, pero finalmente correspondió aquello.
Al espíritu de Mavis se sumaron algunos: uno se acercó a Gray.
— Juvia lo siente mucho. — Pronunció una joven de cabellos azules y ojos del mismo color, con un aspecto luminoso y amable, muy diferente al anterior. — En realidad no te odio. Ojalá te hubiese conocido mientras vivía. — Le explicó sonrojada, a lo que el pelinegro sólo pudo sonreír.
Otro fantasma, de pronto, apareció junto a Jellal: era una mujer de cabello violáceo, largo y lacio, y ojos oscuros.
— Ultear…— Dijo el chico sin poder creerlo. — Así que, estabas aquí después de todo. — Lloró con tristeza, aunque la veía sonreír, agradecida.
Finalmente, una muchacha de cabello blanquecino, largo y ondulado, con ojos celestes, se presentó frente a Erza.
— Mirajane. — La reconoció, sintiendo un dolor en su pecho al verla. — Tenía la esperanza de que estuvieras bien. — Mencionó.
La susodicha extendió su mano, y le entregó un collar. Tenía forma de corazón y podía leerse un grabado con las letras "L y M": Laxus y Mirajane.
— Lo había perdido yendo a ver a mis hermanos, y fue un regalo muy importante para mí, así que fui a buscarlo al bosque. Espero que Laxus lo atesore. —Sonrió.
Los espíritus brillaron, y pronto fueron desapareciendo.
— Gracias a ustedes pudimos romper el círculo de odio imparable. Gracias a ustedes somos libres.
Se escuchó por el lugar con la voz de Mavis, y finalmente la puerta de la casa se abrió, dejando ver un inmenso sol en el amanecer y un cielo despejado.
Varios días habían pasado de aquel terrible episodio. Jellal Fernandes descansaba en su despacho, pero se encontraba muy pensativo.
— Comisario, al parecer todos los cuerpos han sido identificados. Algunas chicas estaban registradas como desaparecidas desde hacía cien años. — Explicó un hombre de bigote azul.
— Ultear Milkovich, Mirajane Strauss, Levy McGarden, Juvia Loxar, Yukino Aguria, Sherry Blendy, Cana Alberona, Evergreen, entre muchas otras. — Pronunció otro oficial con una pipa en su boca.
— Sí. Fue algo realmente espantoso. — Suspiró el mandatario. — Macao, Wakaba, pueden retirarse. — Ordenó finalmente mientras observaba los expedientes.
Escuchó la puerta cerrarse, y luego abrirse nuevamente.
— ¿Olvidaron algo? — Preguntó sin dejar de ver los papeles.
— Disculpe la interrupción. — Dijo una voz femenina, ante lo cual el peliazul la vio inmediatamente.
— Erza. — Le sonrió. — ¿Cómo estás?
— Mejor. — Le señaló su pierna vendada. — Ya casi no me duele, y no se infectó para nada. Hasta podría caminar por todo Clover.
Jellal, ante esto, se levantó de su asiento y se puso su abrigo.
— Supongo que entonces no te molestará que te acompañe. — Soltó, haciendo que la pelirroja se sonrojase un poco, yéndose juntos.
Gray tenía muchas cosas dispersas por la habitación. Su padre, Silver, había salido de viaje a comprar materiales para su negocio, y él tenía mucho en qué pensar luego de lo que había ocurrido. Sin embargo, por lo que le había dicho Jellal, decidió hacer algo muy importante.
Quizás sólo iba a traer amargura y revolvería algo del pasado que resultaba trágico. Tal vez lo creería loco. Pero al fin y al cabo, no estaba seguro siquiera si iba a encontrarla.
Revolviendo una caja, halló un pequeño trozo de papel con un número telefónico. Se armó de valor entonces cuando tomó su celular. Suspiró un par de veces antes, pero llamó finalmente.
Una, dos, tres veces sonó el tono.
— ¿Hola? — Escuchó del otro lado finalmente.
Abrió la boca con dificultad, y las miles cosas que tenía en su cabeza se le esfumaron.
— Maestra. Soy yo, Gray. — Dijo con voz tranquila. — Sí, estoy bien. No sé si está bien que le pida esto, pero… Si no se encuentra muy lejos de Clover, ¿podría venir?
Hubo un silencio del otro lado por un momento, y el pelinegro tenía un gran nerviosismo.
— La encontraron, ¿no es así?
—…Así es, maestra. Lo siento tanto. — Dijo con una gran tristeza.
Un sollozo se sintió por parte de Ur en la línea.
— Sé que es algo terrible. — Decía entre lágrimas. — Pero aun así estoy tranquila de saberlo finalmente en vez de esperar eternamente, sin conocer la verdad. — Expresó con dolor. — Ahora al menos… Al menos podré llorar y pensar que ya no sufre. Claro que iré… Puedo volver a Clover finalmente.
Gray hizo una pausa y se apoyó contra la pared con el teléfono en su oreja todavía. Vio hacia arriba y dio una sonrisa triste.
— Sí. Ella está un lugar mejor ahora, se lo aseguro.
"Las historias de estas mujeres no deben quedar en el olvido. El horror que sufrieron por aquel espíritu maldito no tiene que dejarse de lado.
Hay personas que solamente tienen maldad en su corazón y se llevan consigo a los inocentes. Hay que contentarse con que ellas serán libres ahora, pero sus vidas terminaron de todas maneras.
Desde Mavis hasta Mirajane, se dará en el pueblo un recuerdo para ellas con luces en cada casa para iluminar su camino al cielo. Estarán en todos nuestros corazones, y se recordará que el amor del bueno jamás duele.
Se llevará a cabo el entierro de cada una de las chicas en el cementerio de Clover. También habrá una tumba conmemorativa para el hijo de Mavis Vermilion…."
— Me pregunto cuál era su nombre.
Paró de escribir Lucy la crónica de aquellas historias, en las cuales había estado trabajando para completar las memorias del pueblo. La parte más importante era aquella y faltaba entera. Ya no serían cuentos o mitos urbanos, porque las vidas de las víctimas debían ser respetadas; eso creía Heartfilia fervientemente.
— ¡Luce, debemos irnos! Laxus está en el cementerio ya, recuerda llevarle el collar de Mirajane. — Escuchó decir a Natsu, el cual se asomó finalmente por la puerta de la habitación de la susodicha.
La aludida se levantó del asiento de su escritorio, dejando todo como estaba.
— Sí, tienes razón. — Le sonrió y se acercó a él, dándole un largo beso.
Salieron contentos, tomándose de las manos.
— ¿Sabes, Luce? Si tuviéramos un hijo, ojalá que no saliera con mi cabello rosado. — Soltó él.
— ¿Eh? ¿Y por qué piensas en eso? — Se rio ella.
— No lo sé, pero podría tener cabello negro. — Siguieron charlando, ya habiéndose ido de allí.
En la hoja incompleta que había estado escribiendo Heartfilia, un escrito comenzaba a dibujarse con letra algo grotesca y desprolija, debajo de la palabra "hijo". Era un nombre, uno que servía para recordar que todo volvía, que la muerte no era el final, y no solamente aquello lo creía Zeref. Así, el escrito apareció: Dunkel Dragneel.
Fin…. ?
Muy bien, ¡acá el final! Ojalá les haya gustado :) Fue lindo escribir esta historia, aunque quizás no me convenció del todo. ¿Ustedes qué dicen? Decidí que sea un final "bueno", aunque tiene ese componente de que la maldición sigue :O
Muchas gracias a todos los que siguieron este fic :) Si les gustó, los invito a leer mis otras historias. Algunas están incompletas aún, pero de a poco se va a ir solucionando.
¡Nos leemos!
Sakunoevan
