En este capítulo... Sé que será un salto algo "brusco" comparado a cómo ha ido la historia hasta ahora, pero me justificaré con el argumento de que a veces, los seres humanos no reaccionamos ante algo a menos que pase algo "fuerte" o "grande". Aprovecho para hacer la aclaración que esto no significa que todo va a cambiar de un día para el otro.

Traté de que fuera hermoso. En serio, después que escribí un primer borrador ya no me pareció, y traté de hacerlo más.. "acorde" Aún no me convence del todo, pero ojalá les guste.


Capítulo 7

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La primera vez que se miraron a los ojos, y fueron realmente conscientes el uno del otro, ella los tenía inundados en lágrimas…

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Kiba llevaba en su mochila los apuntes de los temas de cálculo que no entendía, pero que a Hinata se le daban maravillosamente bien. Gracias al cielo, era su amiga. Gracias al cielo, Kiba sabía dónde vivía. La luna apenas se asomaba entre una noche oscura, pero así era mejor para Kiba. Como su examen era en sólo dos días, no quería ser descubierto en su irresponsabilidad de dejar todo para última hora, así que entraría por el portón del patio trasero; cuya puerta dejaban abierta hasta cierta hora.

Pero se detuvo en seco y la respiración se le cortó. Alguien estaba sentado en el suelo, junto al portón. Supo enseguida que se trataba de Hanabi, y retrocedió unos pasos para no ser visto, quedándose entre los arbustos junto a Akamaru. Ella estaba vuelta un ovillo, abrazándose las piernas y con la cabeza metida entre las rodillas. Kiba no se movió. Estaba demasiado impactado para poder hacerlo. Sintió la garganta seca.

El cuerpo encogido de ella se estremecía en sollozos ahogados; Hanabi estaba llorando. Era lo único que su mente jamás concebiría para ella, y estaba pasando, frente a sus ojos. Hanabi, tan fría, tan sarcástica, tan fuerte… Estaba destrozada.

Kiba se sintió mareado. Quiso acercarse a ver qué le pasaba, pero sus extremidades aún no le respondían. Y mientras tanto oía claramente los sollozos desesperados, ahogados que lo paralizaron aún más.

Kiba sintió que él mismo se derrumbaba.

¿Qué la había hecho llorar así?

Se dejó caer, despacio, desesperado. Esperó que Hanabi lo viera para que le fuera más fácil acercarse, pero no fue así. Kiba gateó hacia ella hasta quedar a una distancia prudente. Hanabi finalmente notó su presencia y levantó la cabeza bruscamente, sólo para mirarlo llena de pánico. Hanabi trató de encogerse aún más contra la pared, desviando la mirada, avergonzada. Kiba estiró una mano, con la palma hacia arriba como si pidiera algo, acercándosela hasta que ella pudiera verla. Estaba conmocionado y no sabía qué hacer, pero no la iba a dejar ahí sola.

Hanabi miró la mano que se presentó frente a sus ojos y luego lo miró a él. Kiba esperó que a pesar de las penumbras ella pudiera ver su sonrisa. Le hizo señas con la otra mano, para que pusiera "algo" en la palma de la mano abierta. Hanabi, insegura y tragando con dificultad, extendió su mano tímidamente. Kiba la tomó antes que ésta llegara y la puso sobre su propia mejilla, cerrando los ojos ante el contacto. No podía absorber el dolor de ella, pero incluso en ese contacto trémulo, de esa mano pequeña que tocaba su mejilla con inseguridad, Kiba pudo sentir que sufría. Se dejó llevar en el contacto, sintiendo que su cuerpo se relajaba. Quiso decirle muchas cosas a Hanabi, quiso decirle un millón de cosas; pero todo eso que quiso decirle se arremolinó en sus pensamientos.

Mataría al que te hizo esto.

Pero, aún con los ojos cerrados, Kiba pudo sentir que más lágrimas le bajaban por las mejillas. ¿Por qué? ¡¿Por qué?

No llores, bebé. No llores… Daría lo que fuera por que dejes de sufrir…

Sintió su angustia acrecentándose mientras sostenía la mano de Hanabi contra su propia mejilla. Tragó con dificultad. Abrió los ojos, lentamente, cabizbajo. Mirando el trozo de suelo que había entre ellos, Kiba se sintió miserable, impotente. Sólo podía escuchar los sollozos desconsolados de Hanabi, que en vano trataba de reprimir, mientras él no podía ni siquiera decirle lo que sentía. Tenía un nudo en la garganta demasiado horrible como para hacerlo. Aún así, su mente le recriminaba el por qué no podía decirle cuánto le dolía verla llorar.

¡¿Por qué rayos no la había cuidado lo suficiente?, pensó apretando los dientes con fuerza. Entonces, cuando Kiba levantó la mirada y la vio, sintió que el mundo se le caía sobre los hombros.

Él jamás había cuidado de Hanabi. Nunca estuvo pendiente de ella, si estaba bien; nunca se molestó en conocer a sus amigos a pesar de que varias veces habían coincidió en casa de las Hyūga. Si lo hubiera hecho, habría juzgado quién podría hacerle daño, y Hanabi no estaría tan destrozada ahora.

Pero no lo hizo.

¡Maldita sea, no lo hizo! ¡Y sus consecuencias estaban justo frente a él!

Kiba le soltó la mano e inclinó la cabeza hacia ella, como si le pidiera disculpas. Hanabi lo miró sin comprender. Kiba se acercaba a ella, como ofreciéndole su cabeza.

—¿Qué haces? —Le preguntó Hanabi con la voz quebrada por el llanto y a la vez la exasperación de verlo ahí— ¿Qué quieres?

Kiba su puso propia mano en la cabeza, sin levantarla, masajeándose el cabello un par de veces, como una demostración. Hanabi dudó por un momento mirándolo con recelo. Extendió sus manos, trémulas, hasta hacer lo que él le pidió.

Pero apenas lo tocó, en el momento en que ella confió y le acarició, Kiba se acercó acortando el espacio entre ellos y Hanabi estiró un poco las piernas, acomodándose. Kiba apoyó la cabeza en el pecho de ella, y al instante Hanabi lo abrazó fuerte, acariciándole el pelo distraídamente, y hundió su barbilla en el cabello de Kiba. Apenas lo tuvo, apenas se tuvieron el uno al otro, Hanabi cerró los ojos con fuerza y más lágrimas resbalaron libremente por sus pómulos, sollozó libremente, aferrada fuertemente a él; lo único que le quedaba. Al pensar en eso no pudo evitar dejar más lágrimas salir, más gruesas como gotas de lluvia, resbalando cruelmente por sus mejillas, perdiéndose en el cabello revuelto de él. Kiba se acomodó en ella y pasó una mano por la parte baja de la espalda de Hanabi. Sintió que el alma se le partía cuando pegó la cabeza en su pecho y la escuchó, sintiendo las vibraciones estremecerle el cuerpo.

Luego, Hanabi permaneció más calmada. Kiba sentía que el pecho le bajaba y le subía suavemente. Las lágrimas seguían cayéndole por las mejillas, mientras ella pasaba sus manos por el cabello de Kiba hasta por su rostro, y las manos le volvieron a temblar.

—Odio a las personas. —Balbuceó Hanabi entre sollozos— Las personas traicionan y son infieles…

Kiba se acomodó en la curvatura de su cuello. Sintió los latidos de su corazón. Kiba levantó su mano libre tanteando suavemente en el rostro de Hanabi, en un tierno intento de una caricia decente. Hanabi logró esbozar una sonrisa melancólica, acariciando el cabello de Kiba. Entonces, cuando ya creía que todo iría mejor, el nudo en su garganta se formó tan abruptamente que las lágrimas se le agolparon en los ojos. Hanabi no quería llorar más, en serio no quería, estaba haciendo todo lo que podía por evitarlo; pero sentía que se destrozaba por dentro.

Ya no podía más.

Kiba se preguntó, angustioso, si ella se habría sentido mejor si él le hubiera ofrecido un regazo normal. Si tan sólo la hubiera abrazado en su pecho, y no como estaba ahora. Estaba aterrado, sí, atónito también, pero era ella quien lo necesitaba. Él siempre tuvo la opción de hacer algo mejor…

De pronto, Kiba se separó poco a poco de ella. Hanabi se sintió peor cuando sintió que él se despegaba de su pecho, pero no levantó la mirada. Kiba se incorporó perezosamente sólo lo suficiente para poder mirarle el rostro. Hanabi sólo sintió cuando él le colocó un dedo en la barbilla. Tragó fuerte. No quería que Kiba la obligara a verlo.

Con sumo cuidado y a la vez con un matiz de firmeza, Kiba le hizo levantar el rostro apenas lo suficiente para que Hanabi desenterrara la mirada. Los ojos de Hanabi viajaron inconscientemente hacia los de él.

Kiba no supo qué esperaba ver, pero no estuvo preparado para lo que sus ojos vieron en los de ella. En esos párpados enrojecidos y levemente hinchados, el dolor angustiante en sus ojos lavanda cristalizados en medio de las húmedas pestañas. Fue quizás lo más puro y lo más triste que haya visto en su vida.

Se sorprendió de lo hermosa que era. Aún cuando todo quedara normalmente oculto bajo esa personalidad fría y arrogante. Pero todo parecía haberse derrumbado.

Ella lo miraba, consternada y confundida.

Kiba había hecho justo lo que Hanabi menos quería: finalmente la obligó a mirarlo. Creyó que sería más miserable al hacerlo, pero no fue así. Él la miraba impasible, con los ojos y pupilas rasgados clavados en los suyos. Pero fue tan más transparente y tan sincero que Hanabi sólo pudo mirar...

No tuvo miedo. No se sintió obligada a explicar nada. Podía mostrarse tal y como se sentía sin que eso empeorara las cosas, mirándolo a los ojos.

Entonces lloró. Lloró por haberse dado cuenta de algo hermoso que no sabía que existiera (y que no le quedaba claro qué era), algo que ya la estaba sanando: el mostrarse triste sin ningún miedo, ni siquiera a sí misma.

Y él la miró, impasible, mientras ella lloraba frente a él.

Kiba volvió a recostarse y ella tomó su rostro con suavidad, pegándoselo al pecho de nuevo, acariciándole el pelo con una mano mientras con la otra le sujetaba el rostro con firmeza.