Disclaimer: Ninguno de los personajes, lugares, o nombres aquí mencionados son de mi pertenencia. Todos son propiedad de ©Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.
~Cuento de Hadas~
Por: Devil-In-My-Shoes
Capítulo VII
Utilizando un trozo de tiza, Lord Iroh trazó una runa sobre la pizarra y se la enseñó a Asami.
—Ésta es la que conocemos en nuestro alfabeto como la letra «a» —dijo—, apréndela.
Con esa primera lección, Asami emprendió la difícil tarea de alfabetizarse en el idioma antiguo. Se había encaprichado por aprender aquella lengua muerta luego de haber descubierto un libro en la biblioteca de Lord Iroh que no podía leer. Las letras en sus páginas amarillentas eran imposibles de descifrar. Sin embargo, su trazo era elegante y por alguna razón, resultaba hipnótico sólo de verlo. Cuando le pidió al buen Iroh que lo leyera para ella, escuchó asombrada que la pronunciación del hombre sonaba exactamente igual al misterioso dialecto de los fey, aunque viniendo de un humano, perdía la riqueza vocal que conocía gracias al acento extranjero de Kuvira.
—Siglos atrás éste fue el idioma que se hablaba en nuestro reino —explicó Lord Iroh—. Se dice que era también el idioma de las hadas, y que se perdió luego de la gran guerra entre ambas razas. Si eso es cierto o no, todavía me es imposible saberlo. Lo he estudiado desde mi juventud y hasta la fecha no he conseguido dominarlo en su totalidad.
—Me gustaría aprenderlo —dijo Asami, decidida.
Lord Iroh sonrió fascinado ante aquella petición. Si alguna otra jovencita de escasos dieciséis años le hubiese pedido lo mismo, él se habría negado ante la imposibilidad de semejante faena. No obstante, ésta era Asami. La niña que, desde que llegó por primera vez a su mansión, demostró tener unas increíbles ansias de aprender y saber. Iroh había temido que la pequeña fuera, en el mejor de los casos, una analfabeta funcional, pero muy pronto reveló su habilidad para la lectura y la escritura. Esto sumado a su talento con los números, la hacía mil veces superior a las muchachitas anteriores, que habían llegado a pedir el puesto de criada.
Con el tiempo, el intelecto de Asami se desarrolló hasta rivalizar con el suyo. Por eso, Lord Iroh puso todo su empeño en nutrir la sed de conocimiento de la joven, porque sabía que en el futuro llegaría a obrar grandes cosas. Un ingenio como el suyo no debería estarse desperdiciando en las labores de una sirvienta común. Para Iroh, esto era una verdadera blasfemia. Asami merecía una educación que estuviera a su altura; merecía ser admitida en la Universidad de los Cuatro Reinos. Él mismo abogaría para que los catedráticos permitieran su ingreso, a pesar de su condición de mujer, y cubriría todos los gastos.
Empero, cuando le hizo esta propuesta a la joven Asami, ella se negó rotundamente. «Estudiar sería un sueño —dijo—, pero me temo que mi destino me lo impide. Antes tengo que saldar las deudas de mi padre, y después… Me esperan otra clase de retos a los que debo enfrentarme, yo y solamente yo…» Sin duda una respuesta enigmática para una muchacha de su edad, aunque Lord Iroh optó por respetar su decisión. No podía obligarla.
Así pues, se conformó con tenerla como alumna durante las noches, tras haber terminado con sus labores domésticas. La acogía en su despacho, donde había dispuesto un escritorio y un pizarrón para ella, además de poner a su disposición su vasta colección de volúmenes y enciclopedias. A menudo sus horas de estudio se extendían hasta la madrugada, cuando Asami debía retomar sus quehaceres, pero ella jamás se permitió mostrar ni la más mínima señal de cansancio. Era una joven admirable.
—¿Qué interés tienes en el idioma antiguo? —le preguntó Iroh, antes de comenzar la lección.
—Eso, mi Señor —confesó Asami—. Es muy difícil de explicar. Discúlpeme, pero no tengo una respuesta para usted.
El anciano se limitó a sonreír.
—Lo anotaré como un interés personal —dijo.
En su escritorio Asami encontró una hoja de papel en blanco, junto a una pluma y un tintero. El idioma antiguo era difícil y extraño, y la obligaba a esforzar su intelecto al máximo, pero le gustaba. Era como si hubiese algo mágico en las palabras, y eso lo comprobó al aprender que es imposible para cualquiera mentir en el idioma antiguo. Algo en verdad fascinante. Tenía que familiarizarse con la gramática y su estructura. Luchaba por memorizar los sonidos de las letras y las reglas de escritura, hasta tal punto que, cuando cerraba los ojos, las letras y las palabras le bailaban en la mente. Durante esos ratos, apenas pensaba en nada más.
Una noche, en cierto punto de la lección, Asami inquirió:
—¿Alguna vez se han encontrado pergaminos escritos de puño y letra de las hadas?
Lord Iroh cerró el libro que estaba ojeando. Lo guardó de nuevo en el estante y se dejó caer pesadamente sobre su sillón de cuero. Antes de responder, sacó la pipa de su bolsillo y la encendió con la flama de una vela cercana.
—Existen ciertos documentos que se cree que fueron escritos por hadas, aunque nadie puede asegurarlo —exhaló un anillo de humo al aire—. Poesía, en su mayoría. Y no se parece en nada a algo que un humano haya podido escribir a lo largo la historia. Nuestra versión del idioma antiguo era poco más que una técnica improvisada, incapaz de expresar la auténtica sutileza del lenguaje de las hadas…
—Fey —corrigió Asami de pronto, sin pensar.
La mirada de Iroh describió cierta perplejidad.
—¿Cómo conoces esa palabra? "Fey" es un término del idioma antiguo para "sílfide", traducido burdamente como "hada" durante el último siglo por la gente común. ¡Lleva más de noventa décadas sin existir en nuestro vocabulario!
Asami comenzó a juguetear con la tela de su enagua, nerviosa.
—Yo…
—¡Veo que este tema te apasiona mucho! —se carcajeó Lord Iroh—. Ya lo habías investigado antes, ¿no es así? Eres una alumna muy dedicada. Pues bien, como te decía; el estilo de las hadas o «fey», si así lo prefieres, es conocido como Escritura Poética entre nosotros los académicos. Se creó para obtener la mayor elegancia, belleza y precisión posibles. Se compone de cuarenta y dos formas distintas, que representan diversos sonidos. Esas formas se pueden combinar en una serie de glifos casi infinita, que representan a la vez palabras individuales y frases completas.
—Comprendo, quiere decir que aunque logre aprender el idioma antiguo, no me será tan sencillo dominar el lenguaje de los fey —caviló Asami.
—Es posible —concedió Iroh—. Aunque para alguien con tu capacidad de aprendizaje, no me extrañaría que lo consiguieras —se aclaró la garganta—. Bien, vamos a comenzar el repaso: ¿cuáles son las vocales básicas del idioma antiguo?
A la mañana siguiente, antes de comenzar a preparar el almuerzo, Asami se reunió con Jinora en el patio de la cocina. Su compañera más joven estaba lanzándole maíz a las gallinas, que rodeaban sus pies famélicas, cacareando y picoteándose entre ellas. Cuando terminó de darles todo el grano, dejó la cubeta cerca de la puerta y se llevó una mano a la boca para tapar un bostezo. Asami le tocó el hombro y Jinora se volteó hacia ella.
—Buenos días —la saludó—. ¿Cómo van tus estudios con Lord Iroh?
—Avanzo rápido —replicó Asami, orgullosa—. Ahora, ¿sobre ese pantalón?
El rostro de Jinora adquirió un matiz de disgusto al oír aquello.
—¿Otra vez con eso del pantalón? —protestó—. ¿Qué quiere una joven tan bonita y correcta como tú con un feo pantalón? La otra noche pensé que estabas delirando por el sueño, pero ya veo que estás mal de la cabeza. Combinar tanto estudio con tu trabajo no te está haciendo ningún bien, Asami.
—Lo necesito para aprender a montar a caballo —explicó ella, pensando que la sinceridad era la mejor estrategia—. Conocí a una cazadora que va a enseñarme.
—¿Una cazadora? ¿De la Partida Real? —se impresionó.
—Así es.
—¿Acaso quieres volverte cazadora tú también, Asami? Porque no creo que ése sea un estilo de vida adecuado para alguien como tú.
—¡No! Yo sólo… —se mordió los labios—. ¿Vas a ayudarme o no?
—Por supuesto que te ayudaré —dijo Jinora inmediatamente, tal como Asami lo había esperado—. Te lo debo por cubrirme el otro día.
—Bien.
Asami tomó a Jinora de la mano y la alejó de la cocina para que los otros sirvientes no pudieran escucharlas. Luego, se sentaron juntas en uno de los bancos del jardín y comenzaron a tramar un plan.
—Ahora, la cuestión es cómo conseguirlo. Podríamos probar en la lavandería, pero dudo que ninguno de los pantalones de los otros mozos sean de mi medida, y estoy segura que los de Lord Iroh tampoco.
—¿Te imaginas vestida con los pantalones de Lord Iroh? —bromeó Jinora.
Asami la miró un momento, se imaginó a sí misma tratando de caminar en tales fachas y se echó a reír junto a su compañera.
—Creo, Asami —dijo finalmente Jinora—, que lo más sensato sería que, simplemente, compraras uno.
—Sí, ésa sería la mejor manera. Pero, ¿cómo lo haré? No tengo dinero propio, y aunque lo tuviera, a nadie le parecería adecuado venderle un pantalón a una mujer.
Jinora se retorció un mechón de pelo mientras pensaba en lo que Asami acababa de decir. Luego sonrió:
—¡Enviaremos a alguien para lo compre en nuestro lugar!
—¿A quién?
No muy lejos de ahí, Asami divisó la figura de un muchacho que forcejeaba con uno de los caballos de la mansión, intentando sacarle un grueso fajo de heno del hocico. El animal sostenía el alimento con fuerza entre los dientes y con un vigoroso resoplido, consiguió hacer caer al muchacho sobre sus espaldas. Victorioso, el caballo bufó y engulló el heno con el mayor de los descaros.
El muchacho se levantó, dándose impulso hacia arriba con ayuda de sus brazos, en una ágil acrobacia. Inmediatamente comenzó a hacer pucheros, quejándose y regañando al animal por su comportamiento. ¿Pero al caballo le importó? No, en lo más mínimo, y siguió masticando como si nada.
—¡Orco! ¿Qué tengo que hacer para que me respetes? —le recriminó el chico—. ¡Si no sigues la dieta que te impuso el amo, te vas a poner gordo! ¡Gordo! ¡Nadie querrá tener un coche tirado por un caballo obeso, y el amo te echará al campo para que te coman las fieras!
—¡Oye, Kai! —lo llamó Jinora—. ¡Así nunca harás que te obedezca! ¡Tienes que demostrar más autoridad!
El chico se la quedó mirando sorprendido. Kai era uno de los ayudantes en los establos. Si su habilidad para juzgar personas a primera vista no fallaba, Asami podía intuir con toda seguridad que este muchacho era un revoltoso o un pillo cuando menos. De piel oscura, cabello despeinado y rasurado a los costados, ojos verdes de brillo pícaro y astuto: era la viva imagen de un joven rebelde.
Jinora se arregló el pelo, cogió a Asami del brazo y la obligó a seguirla. Cuando Kai vio que Jinora se acercaba, sus mejillas adquirieron un singular tono carmín. Dejó lo que estaba haciendo y hundió las manos en los bolsillos de su pantalón.
—Jin… Jinora —tartamudeó—. Hola, que… ¿Qué haces aquí?
La muchacha sonrió al ver la azorada reacción del chico.
—Planeamos el almuerzo —dijo, en tono burlón—. Los vegetales y las especias se sacan del huerto, ¿sabes?
Él se ruborizó al darse cuenta de lo absurdo de su pregunta.
—Sí, claro. ¿Qué, si no, podrías estar haciendo aquí? Sólo quería decir que…, pues…, bueno…, que ¿qué hacías aquí…hablando…conmigo? —trastabilló, como si se le enredara la lengua cuando intentaba aclarar sus pensamientos.
—Porque somos amigos —respondió Jinora, en un tono tan dulce y amable que Asami tuvo que apartar la mirada para no reír.
—Yo…, este…, yo…, eh…, quiero decir… ¡De acuerdo! ¡Sí, lo somos!
—Me alegro de que haya quedado claro —dijo ella—. Temo que no tenemos mucho tiempo para hablar, pero, ¿puedo pedirte un favor?
Kai asintió vigorosamente con la cabeza.
—¡Sí, cualquier cosa! —exclamó, emocionado.
Jinora lo rodeó con el brazo y lo atrajo hacia ella, para hablarle en susurros. Cuando terminó, se apartó de él y ladeó la cabeza.
—¿De verdad?
—De verdad.
Aunque la petición de Jinora era poco ortodoxa, estaba segura de que Kai aceptaría pues, si no era evidente todavía, el chico estaba loco por ella.
—Si eso es lo que quieres… —asintió, confundido.
—Sí, gracias. Te agradeceríamos que no le contaras a nadie sobre esto —insistió Jinora, mientras depositaba disimuladamente un beso en la mejilla de Kai—. El pantalón es para un amigo más alto que tú y que es de complexión muy delgada. En fin, Asami y yo tenemos que irnos, pero puedes traerlo luego y dejarlo en mi alcoba.
—¿En tu alcoba? —Kai se mostró alarmado—. ¿Yo solo? ¿Contigo?
—No pasa nada —lo tranquilizó ella—. Serán sólo unos instantes, nadie sabrá que estabas en los dormitorios de las chicas.
Kai tragó grueso.
—Está bien, lo haré.
—Si alguien puede, ése eres tú.
Al cabo de menos de dos horas, mientras Asami terminaba de lavar los platos, Jinora entró corriendo a la cocina. Llevaba un paquete en la mano y sonreía con picardía. La operación pantalón había sido un éxito. Las dos se retiraron a la habitación de Asami. Se sentaron sobre la cama y Jinora desató los cordeles que envolvían el paquete. Al arrancar el papel, vieron una rosa de tallo largo sobre el contenido del paquete. Jinora, con las mejillas encendidas y del mismo color que la flor, cogió la rosa y se la acercó a la nariz para oler su fragancia.
—Con que amigos, ¿eh? —dijo Asami, contenta, pues sabía lo mucho que ese simple gesto de Kai significaba para ella. Era dulce y romántico, y Jinora le estaría hablando a las demás criadas de eso durante semanas.
Metió la mano en el paquete y sacó lo que contenía: el pantalón. Estaba hecho de una lana fina de un color marrón oscuro, y era rugoso y basto al tacto. Asami se puso de pie y se lo acercó a la cintura: el pantalón le llegaba casi hasta los tobillos.
—El largo se puede solucionar —observó Jinora—. Pero tendremos que entrar la cintura de alguna forma. —Le dirigió una sonrisa—. Bueno, ¿quieres probártelo?
Asami asintió con la cabeza, ansiosa, y Jinora la ayudó a desabrocharse el vestido.
—Todavía no me queda claro por qué te tomas tantas molestias por una cazadora —comentó.
—Porque quiero salir a cabalgar con ella —respondió sencillamente Asami.
—¿Pero, por qué? Las cazadoras no son mujeres normales. Pasan la mayor parte de su vida en el bosque con animales salvajes, se visten como hombres, pelean como hombres y hasta se codean con ellos como si fueran iguales. No creo que una cazadora pueda ofrecerte una buena conversación, ¿qué pueden saber? Se la pasará hablándote de venados, osos y cuchillos. Te lo advierto, Asami, te vas a aburrir.
—Oh, no —la contradijo, mientras metía una pierna por el agujero del pantalón—. Yo la conozco y sé que es… fascinante. Además, no es cualquier cazadora. Recuerda que forma parte de la Partida Real.
—Sí lo que quieres es pasar tiempo con la realeza, estarías mejor fijándote en el Príncipe Mako o en su hermano menor, no sé, es lo que una chica común haría.
Asami se sujetó los pantalones a la cintura con las manos y le pidió a Jinora que sostuviera el espejo frente a ella. Se contempló con detenimiento, tratando de acostumbrarse a la extraña sensación de usar ropa masculina. A pesar de la libertad de movimiento que le daba el pantalón, todavía le pareció algo incómodo. Sentir esa tela áspera en las piernas la hizo desear volver a ponerse su vestido habitual. Y no llevar una pesada falda que la cubriera la hacía sentir expuesta, indecente incluso.
—Si quisiera pasear con un príncipe por ahí, no me estaría poniendo pantalón —arguyó Asami—. ¿Qué tal me veo?
—Rara. Demasiado. ¿Estás segura de esto?
—Me la he pasado soñando con esto desde niña —afirmó ella, emocionada.
Los días siguientes transcurrieron lentamente. Asami se dedicó de lleno a sus labores como siempre, pero cada vez que encontraba un espacio libre, lo utilizaba para modificar su pantalón. No estaba exactamente versada con la aguja y el hilo, aunque eso no fue un impedimento para ella. Ajustó el ruedo a su altura y consiguió sostenerlo en su cintura con ayuda de un cinturón. Por las noches, se concentró en su estudio del idioma antiguo. Estaba segura de que ese conocimiento la ayudaría a develar muchos de los misterios de los fey, quizá incluso la ayudaría a comprender mejor a su madre.
Empezaría por descifrar la inscripción en el medallón que Kuvira le había obsequiado. Si lograba leerla, entonces podría interpretar mucho más.
Una tarde nublada, durante el tercer día de la semana, llegó el carruaje de Lady Malina. Asami tenía tantas cosas en mente que lo había olvidado por completo, y no se encontraba especialmente ansiosa por volver a ver a su madrastra. Eska y Desna sin embargo, bueno, nunca tuvo certeza de qué sentir hacia ese par. No eran crueles como Lady Malina, pero eran críticos y fríos como el hielo. Era difícil saber si ella les agradaba, o si solamente, la consideraban un objeto lo suficientemente interesante como para mantenerlos entretenidos; algo así como una mascota.
Lady Sahdienne y Lord Iroh acordaron que Asami debería recibir a su familia en calidad de pariente y no de sirvienta. Ambos ignoraban que Lady Malina había convertido a su hijastra en una criada aún en su propia casa, por desgracia. Ciertamente, Asami no hubiera objetado nada si le hubiesen permitido quedarse junto a Jinora en la cocina, lejos de aquellos terribles recuerdos.
En el momento en que su madrastra bajó del carruaje, para Asami fue como si sus pies se hubieran adherido al concreto del suelo. Su corazón palpitaba con un millar de emociones reprimidas y, probablemente, en su rostro se dibujaba una expresión de desasosiego. Eska y Desna fueron los siguientes. Una vez que el trío se hubo reunido en la estancia principal, Asami se quedó entumida en la puerta. Podía sentir aquellas miradas, clavándose en ella como cuchillos afilados. Ceños fruncidos, rostros serios con enfado o simplemente, desinterés.
—Mira hermana, parece que la renacuaja finalmente se ha convertido en una rana —observó Desna.
—Qué anfibio sorprendente —convino Eska—. Una rana puede saltar mucho más alto.
Asami no supo decir si aquello había sido un elogio o un insulto, pero lo agradeció con humildad. No obstante, Lady Malina, jamás se atrevió a dirigirle la palabra. Su mirada torva lo decía todo.
La cena se sirvió en una sala suntuosa. Lord Iroh estaba en una punta de la mesa, y su esposa en la otra. Eska y Desna se sentaron del lado izquierdo, en compañía de su madre, que mantenía un gesto severo. Asami ocupó un puesto en el lado derecho. La situación le parecía demasiado peligrosa a la joven, pues era imposible saber cómo reaccionaría Lady Malina ante cualquier comentario positivo que Lady Sahdienne o Lord Iroh quisieran hacer con respecto a ella. Tenía sillas vacías a ambos lados, mas no le importaba que hubiera ese espacio, porque la ayudaba a protegerse de las miradas hostiles de su madrastra.
La comida se sirvió en silencio, y los recién llegados empezaron a comer sin decir palabra.
—Querida hermana —dijo Lady Sahdienne—. Tu hijastra es la mejor sirvienta que he tenido.
Silencio.
—Y además es una excelente estudiante —añadió Iroh.
Una vez más, reinó el más absoluto de los silencios.
Asami miró el cuchillo para cortar la carne y se preguntó cuánto tiempo tardaría en desangrarse si se cortaba las venas. Hasta en un funeral la comida era más alegre, y deseó ser un cadáver antes que tener que soportar semejante velada en compañía de su madrastra.
La tortura acabó cerca de la medianoche. Asami se excusó y se retiró a su habitación empleando toda la cortesía de la que fue capaz. Se encerró y contempló su cama antes de comenzar a desvestirse. Se puso su camisón y se dejó caer pesadamente sobre el mullido colchón. No podía conciliar el sueño. Sentía que la sangre le hervía en las venas; volver a ver el rostro de Lady Malina había despertado en ella un sentimiento de furia que creyó haber enterrado hace tiempo. Odiaba a esa mujer, la aborrecía fervientemente.
De niña había sido demasiado inocente para comprender el grado de humillación y sufrimiento al que su madrastra la había expuesto, pero ahora era capaz de verlo todo con claridad, y mientras más pensaba en ello, más le dolía. Era como si un dedo hurgara en lo profundo de una vieja herida, abriéndola nuevamente y desgarrando cada fibra en su interior. Intentó cerrar los ojos y dormir, mas el sueño no le ofreció descanso alguno.
Acosada por imágenes perturbadoras, Asami dio vueltas en la cama hasta que acabó por incorporarse de un salto, sudorosa y temblando. Ni siquiera sabía en dónde se encontraba; estaba en extremo desorientada. Creyó que había despertado en su antigua habitación, en la mansión Sato. Su mente la engañaba, haciéndola tener visiones de otras etapas de su vida; distorsionando el presente y la realidad que la rodeaba. Seguía medio dormida y perdida en aquel trance.
Tuvo ganas de vomitar.
Buscó la bacinilla que estaba debajo de su cama, intentó controlar las arcadas en vano y terminó por expulsar los contenidos de su estómago en el recipiente. Levantó la cabeza y se sintió invadida por una oleada de náuseas. Permaneció quieta durante un momento, tratando de pensar. Reconoció sus alrededores y logró ubicarse en el presente. Los efectos del ataque de pánico comenzaban a ceder.
Cuando pudo ponerse de pie, se tambaleó hasta la jofaina en su mesa de noche, y hundió el rostro en el agua. Emergió sintiendo cierto alivio y se secó con una toalla. Pensó que lo mejor sería salir a tomar aire fresco. Atravesó la cocina despacio, pisando de puntillas, por miedo a interrumpir el sueño de alguien más. El patio le recordó a un claro en el bosque, bañado por la luz de una brillante hoz de luna baja, en el cielo del este.
Pronto descubrió que no estaba sola. Sentada en uno de los bancos de piedra, contemplando la luna que descendía lentamente, estaba Eska. Acomodada en el borde, con los hombros y la cabeza hundidos. Sin hacer ruido, Asami se aproximó hasta ella. Se agachó y apartó con delicadeza el brazo con el que su hermanastra se cubría el fino rostro, haciendo que ésta entreabriera los ojos. Vio entonces que Eska había estado llorando.
—Oh… Hola, Rana —murmuró al verla.
—¿No puedes dormir? —preguntó gentilmente Asami, al tiempo que tomaba asiento a su lado.
—No soy la única —replicó, y sus ojos hinchados se desviaron hacia el suelo.
—¿Qué te preocupa?
—Madre tiene planes para mí —comenzó—. No era menester para nosotros venir de visita a casa de Tía Sahdienne, pero para Madre era la excusa perfecta. Me trajo a la Ciudadela Real con el fin de buscarme marido. Se nos agota el dinero, ¿comprendes?
Asami apretó los labios hasta formar una línea muy fina.
—¿Y eso te molesta?
—No. Después de todo, Madre me crió con ese propósito. El destino de Desna es similar, pero él no habla mucho al respecto. Creo que soy una tonta por dejar que nimiedades como ésta me afecten. —Apoyó las manos sobre su regazo y se volteó hacia Asami, su rostro inexpresivo apenas destilaba tristeza—. ¿Qué se siente estar enamorada?
La pregunta la tomó por sorpresa.
—Yo… Bueno, en realidad no lo sé bien —balbuceó Asami.
Eska arqueó una ceja, inquisitiva.
—Hasta una rana como tú debe haberse fijado en alguien alguna vez —dijo—. Cuando te vi esta tarde me pareció distinguir un brillo peculiar en tus ojos. Mi conclusión más acertada fue que te sentías físicamente atraída hacia alguien. Háblame de eso, Rana.
Las mejillas de Asami se sonrojaron.
—Es cierto —admitió—. Sospecho que estoy cayendo por alguien. Pero no es fácil de explicar. Supongo que se trata de algo que cada quien debe experimentar por su cuenta.
—¿Ese alguien corresponde tus sentimientos?
—Lo ignoro.
Eska permaneció en silencio, sus ojos fijos en la tenue luz azulada que irradiaba la luna menguante. Sorbió por la nariz y musitó:
—Y si esa persona no siente lo mismo que tú… ¿Dolerá?
—Me temo que sí —convino Asami, y sonrió con tristeza.
—¿Cómo puedes vivir con esa incertidumbre?
—Es inevitable.
—Es absurdo —gruñó Eska.
Asami no pudo evitar reír por lo bajo.
—Las personas arriesgan mucho por amor —meditó ella—. Quizá valga la pena, ¿no lo crees?
Eska se mostró dudosa, luego reticente. No iba a hablar ni a confesarlo de golpe, al menos no en ese momento. Dio la impresión de que se quedó de repente sin saber qué decir. Bajó la vista al regazo y jugueteó con las manos; respiró hondo y se pasó los dedos por la frente. Cuando por fin alzó la vista hacia Asami, ella constató una mirada franca.
—Me gustaría saber… qué se siente… —admitió.
El silencio se acumuló entre ellas como arena amontonada, hasta formar una pared que ninguna de las dos sabía cómo quebrar. El agudo canturreo de las cigarras resonó desde el borde del jardín. Al fin, Asami dijo:
—Espérame aquí un momento.
Corrió hacia las habitaciones de la servidumbre y regresó instantes después con una libreta y un pergamino en sus manos. Eska se limitó a observarla mientras Asami terminaba de escribir algo en la libreta, fijándose a veces en el pergamino. Al finalizar, arrancó la hoja y se la extendió a Eska.
—Es un poema que he estado traduciendo desde hace algún tiempo —explicó Asami—. Se cree que fue escrito por hadas en el idioma antiguo. La leyenda dice que hay magia en sus versos, y que si lo recitas antes de dormir, podrás soñar con la persona que estás destinada a amar. No te garantizo que mi traducción sea la más acertada, pero…
—¿Sabes si funciona?
—No. Depende de ti averiguarlo.
Para su sorpresa, Eska la rodeó con los brazos y la apretó contra sí en un gesto cálido. Asami sintió el impulso de escabullirse y huir, pero se rindió ante la sinceridad de aquel abrazo fraterno. Despacio, se hundió en el hombro de su hermanastra, y por fin, se sintió en paz.
No se había dado cuenta de lo mucho que deseaba esto.
La mañana de su día libre, Asami se despertó temprano y se vistió con los famosos pantalones. Anteriormente se había fabricado una túnica con uno de sus vestidos, y la confección resultó acabar en una confortable blusa de manga larga y cuello redondo, del color del vino. Ató un cinturón de cuero alrededor de su cintura y, frente al espejo comprobó que no se veía del todo mal, así que se relajó un poco más.
Las horas siguientes las pasó mirando por la ventana, pues aunque Korra había prometido que vendría, parte de ella no podía creerlo aún. Por esto, cuando divisó a la cazadora doblando la esquina, Asami tuvo que mirar dos veces para asegurarse de que lo que veía era real. Se apresuró en salir para recibirla, tomando las suficientes medidas de precaución para que nadie más la viera vestida así dentro de la mansión.
En esta ocasión, Korra no lucía desaliñada ni cansada. Su túnica azul resplandecía como el cielo a la luz del sol y traía un ceñido chaleco de cuero marrón, que no hacía sino acentuar la musculatura de sus brazos. Asami se fijó en los pantalones y notó que estos ya no estaban rotos en las rodillas; eran ajustados y ligeros, de un tono azul más oscuro que el de su túnica.
Solamente sus botas gastadas desentonaban con el resto del vestuario: eran de piel y se doblaban por debajo de la rodilla, y de una de ellas, por el lado del talón, sobresalía la empuñadura de una daga. El cabello, grueso y desordenado, le caía en los hombros, sujeto en una trenza a medio hacer.
—Veo que estás vestida para la ocasión —observó Korra—. Es un alivio, yo me había olvidado de ese detalle por completo —rió.
—Es algo improvisado —confesó Asami—. Pero confío en que servirá.
—Te sienta muy bien.
Asami tuvo que apartar la mirada para ocultar el rojo en sus mejillas.
—¿Dónde están los caballos? —preguntó, desesperada por cambiar el tema.
—Esperándonos, ven.
Korra la guío por el paseo principal, que cortaba la ciudadela en dos. Luego giraron hacia el oeste y entraron en el distrito del mercado. En él, las fachadas de las tiendas se abrían a calles estrechas repletas de negocios. Mientras caminaban, Asami examinó con atención las ofertas de la panadería y la pescadería. Al final de una de esas calles adyacentes al mercado vieron letreros de zapateros, fabricantes de sillas de montar y de arneses, y de curtidores. Fue aquí donde Korra hizo una parada.
—¿Cómo sigue tu mano?
Asami parpadeó confundida.
—¿Mi mano?
—La cortada —especificó la cazadora.
Había transcurrido una semana completa desde que se cortó con el cuchillo por accidente, y la herida había sanado tan bien, que Asami la había olvidado del todo. Intrigada, alzó su mano y permitió que Korra examinara su cicatriz. Sin aviso, la morena apretó su mano contra la de Asami y ésta última la miró azorada. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo cuando sus palmas abiertas entraron en contacto.
—¿Qué te parece? Nuestras manos miden más o menos lo mismo —dijo Korra, y se volteó hacia el curtidor—. ¡Véndame un par de guantes para esta joven, por favor!
—¿Guantes? —dudó Asami.
—Las riendas del caballo pueden lastimar tus manos y eso no lo pienso permitir —aseveró Korra—. Mira, yo también los uso.
—¿Pero vas a pagarlos tú? —se acongojó.
—Déjame hacerlo, soy yo quien te está invitando después de todo.
Una vez que Asami se hubo colocado los guantes de cuero negro que la cazadora le obsequió, prosiguieron con su camino. Al llegar a la última tienda, la joven vio que la estrecha calle desembocaba en una gran franja de hierba que se hallaba encima de una ladera, y que a su vez, bajaba hasta un puente de piedra sobre el que transitaban varios carruajes. Siguió a Korra a través del túnel que atravesaba el ancho del puente y al salir, vio que se encontraba frente a un inmenso jardín.
La expresión de Asami se tornó boquiabierta.
Aquello no era un jardín, era un paraíso. Cada camino estaba claramente marcado y serpenteaba a través del paisaje; los árboles, altos y gruesos, daban la suficiente sombra para crear un ambiente fresco y confortable. Los senderos que se abrían paso hacia lo profundo de aquel enorme jardín, estaban bordeados de arbustos repletos de florecillas blancas, que eran visitadas constantemente por coloridas mariposas. Y el trinar de las aves que demoraban sobre el ramaje, vestía el silencio con sonidos apacibles y dulces.
Como Asami estaba ida en la belleza del lugar, Korra la tomó de la mano y la guió dentro de uno de los caminos. La llevó hasta el centro de un laberinto de maleza cuidadosamente podada en el que se localizaba una fuente, que más que otra cosa, daba la impresión de ser un manantial rebosante de aguas cristalinas.
Éste era coronado por un sauce que dejaba caer su lluvia de hojas como una cortina verde que cubría y protegía el tranquilo flujo de agua. Ceñida en su tronco, crecía una enredadera que estaba salpicada por delicadas flores de matices rosados, las cuales eran empujadas por la brisa, y se deslizaban describiendo espirales hacia el murmullo de las aguas.
—En… ¿En dónde estamos?
—Es uno de los jardines privados del Rey.
—¿Podemos entrar aquí? —preguntó Asami, nerviosa.
Korra le dedicó una sonrisa sincera.
—Mientras estés conmigo, sí. Recuerda que eres mi invitada.
Las dos jóvenes continuaron caminando entorno al manantial, apoyándose la una en la otra, en amistoso silencio. Los caballos se encontraban pastando no muy lejos de ahí, y alrededor de los corceles se extendía una cama de flores blancas, con finos bordes dorados en sus pétalos dentados, que despedían un aroma primaveral tan intenso, que incluso a la distancia les cosquilleaba la nariz.
—¡Mira! Son claveles estrella —suspiró Asami con suavidad—. Solían ser las favoritas de mi madre… y también las mías.
Korra se inclinó para arrancar un pequeño ramillete y se lo ofreció a Asami.
—Sabía que te conocía de alguna parte —dijo, pensativa—. Eres la niña triste que conocí en Yule, hace dos inviernos. La niña de los bonitos ojos verdes…
Las palabras llegaron a ella, serenas y cariñosas, dulces como la fragancia de las flores que recibía en su mano.
—Eres Asami, ¿no es cierto?
»Continuará…
Editado 12/01/18
