Capítulo 6

Hierbas, Romero y esas cosas.

Caroline llegó hasta el arroyo y las flores silvestres, que eran como gotas de sol sobre la sombra verde. Volvió a encontrarse en paz sentada en el bosque, mientras oía el murmullo del agua y el canto de los pájaros. Aquél era su lugar. Estaba segura de ello como no lo había estado de otra cosa en toda su vida. Pertenecía a ese lugar como no había pertenecido a ningún otro.

Incluso de niña se había encontrado desplazada. No por culpa de sus padres, pensó mientras acariciaba el medallón. Ellos no tuvieron la culpa, pero su hogar estaba allí donde destinaran a su padre y sólo hasta que los mandos lo enviaban a otro lado. Su infancia no transcurrió en un mismo sitio, no tenía un lugar en el que los recuerdos pudieran echar raíces y florecer.

Su madre había tenido el don de hacer un hogar del sitio donde estuvieran y durante el tiempo que permanecieran en él, pero no era lo mismo que saber que todos los días te despertarías con la misma vista en la ventana del dormitorio. Aquél era un anhelo que había acompañado siempre a Caroline.

Su error había sido pensar que Tyler podría mitigar ese anhelo, cuando debería haber sabido que era algo que tenía que encontrar por sí misma. Quizá lo hubiera encontrado en ese lugar.

Era lo que Katherine había querido decir. «Los que son semejantes se reconocen entre sí.» Las dos se sentían a gusto en la isla. Quizá, en cierta forma, las dos pertenecían a la isla. Era tan sencillo como eso. Pero Katherine era una mujer intuitiva y extrañamente poderosa. Percibía los secretos. Caroline sólo podía esperar que cumpliera lo que había prometido y que no se dedicara a fisgar. Si alguien empezaba a escarbar en su pasado, tendría que marcharse. Daba igual lo a gusto que estuviera en aquel lugar, no podría quedarse.

Eso no iba a suceder.

Caroline se levantó, estiró los brazos como si quisiera tocar los rayos del sol y dio unas vueltas sobre sí misma. No permitiría que aquello ocurriera. Confiaría en Katherine. Iba a trabajar para ella, iba a vivir en la casita amarilla y todas las mañanas se despertaría con una embriagadora sensación de libertad. Con el tiempo, pensó mientras volvía hacia su casa, ella y Katherine podrían llegar a ser verdaderas amigas. Sería maravilloso tener una amiga con tanta vitalidad e inteligencia.

Se preguntó cómo sería ser una mujer como Katherine Pierce; qué supondría ser tan extremadamente hermosa y estar tan segura de sí misma. Una mujer como ella nunca dudaría de sí misma, no tendría que rehacerse, ni se preocuparía por saber si sus actos eran los correctos.

Era fascinante.

Pero si bien la belleza es de nacimiento, la confianza puede aprenderse. Puede conquistarse. ¿Acaso no producía una satisfacción enorme ganar esas pequeñas batallas? Cada vez que lo conseguías, volvías a la guerra con más armas. Aceleró el paso y pensó que ya estaba bien de darle vueltas a la cabeza y de perder el tiempo. Iba a gastarse el resto del adelanto en el vivero.

Si eso no era confianza, ¿qué otra cosa podría serlo? Le dejaron que abriera una cuenta. «Otra deuda que tengo con Kath», pensó Caroline mientras atravesaba la isla en coche. Trabajaba para Katherine Pierce, y sólo por eso la trataban con amabilidad, confiaban en ella y le permitían que se llevara cosas sólo con firmar un resguardo.

Supuso que se trataba de una especie de magia que sólo se daba en los pueblos pequeños. Aunque hizo un esfuerzo por no aprovecharse, había acabado llevándose media docena de semilleros, tiestos y tierra. También se había llevado una ridícula gárgola de piedra para que custodiara sus flores.

Estaba deseando empezar. Aparcó delante de la casa y se bajó de un salto. En cuanto abrió la puerta trasera, se encontró inmersa en una pequeña y fragante jungla.

—Vamos a pasárnoslo muy bien y voy a cuidar mucho de vosotras.

Se inclinó para alcanzar la primera de las bandejas.

~KC~

«Menudo espectáculo», pensó Klaus mientras se paraba en el otro lado de la calle. Un pequeño y bien formado trasero de mujer enfundado en unos vaqueros viejos. Si un hombre no le dedicaba un minuto de su tiempo, es que era un pobre desgraciado.

Salió del coche, se apoyó en la puerta y observó que Caroline sacaba un semillero de petunias blancas y rosas.

—Una imagen preciosa.

Ella se levantó tan bruscamente que casi tiró la bandeja. Klaus lo notó, como notó la sombra de precaución que cruzó la mirada de Caroline. Él se irguió perezosamente y cruzó la calle.

—Déjame que te eche una mano.

—No te preocupes, ya lo tengo.

—Hay muchos más. Vas a tener trabajo —pasó junto a ella y cogió dos semilleros más—. ¿Dónde los llevas?

—De momento los dejaré detrás de la casa. No he decidido todavía dónde plantarlos. Pero, de verdad, no hace falta...

—Huele bien. ¿Qué has comprado?

—Hierbas. Romero, albahaca, estragón, esas cosas... —Caroline pensó que la mejor forma de deshacerse de él era dejar que le llevara las bandejas—. Voy a hacer un herbario delante de la cocina; quizá añada algunas hortalizas cuando tenga tiempo.

—Mi madre siempre decía que plantar flores era echar raíces.

—Me propongo hacer las dos cosas. Puedes dejarlas en el porche. Gracias, sheriff.

—Tienes otras dos en el asiento delantero.

—Yo puedo...

—Iré a por ellas. ¿Te has acordado de comprar tierra?

—Sí, está en el maletero.

El sonrió y alargó el brazo.

—Necesito las llaves.

—Ah. Claro —estaba atrapada. Buscó en el bolsillo—. Gracias.

Cuando él se marchó, Caroline apretó las manos. No pasaba nada. Sólo quería ayudar. No todos los hombres ni todos los policías eran un peligro. Ella lo sabía perfectamente. Klaus volvió cargado y ella se rió al verlo con una bolsa enorme de tierra al hombro y una bandeja de geranios rosas en las enormes manos.

—He comprado demasiadas cosas —Caroline cogió las flores—. Sólo quería hierbas, pero antes de darme cuenta... ya no podía parar.

—Es lo que dice todo el mundo. Te traeré los tiestos y las herramientas.

—Sheriff —hubo un tiempo en el que lo natural para ella era corresponder a la amabilidad con amabilidad y ahora quería volver a ser natural—. Esta mañana hice limonada, ¿quieres un vaso?

—Lo agradecería.

Lo único que tenía que hacer para ser ella misma era tranquilizarse. Llenó dos vasos con hielo y sirvió la limonada. Klaus ya había vuelto cuando ella salió. Caroline sintió una leve sacudida al verlo, tan grande y viril en medio de flores rosas y blancas.

Le atraía. Si bien reconoció la sensación, se recordó a sí misma que eso era algo que no podía ni quería volver a sentir.

—Gracias por el servicio de mula de carga.

—De nada.

Él tomó el vaso y vació la mitad de un sorbo mientras la leve sacudida se transformaba en un cosquilleo en el estómago de Caroline.

Klaus dejó el vaso.

—Esto es una limonada de verdad. No me acuerdo de la última vez que tomé limonada recién hecha. Eres un verdadero descubrimiento.

—Me gusta jugar en la cocina.

Caroline se inclinó y agarró la pala nueva.

—No te has comprado guantes.

—No me he acordado.

Klaus se dio cuenta de que ella quería que se bebiera la limonada y se largara, pero era demasiado educada como para decírselo. Precisamente por eso, se sentó en el pequeño porche que había delante de la cocina y se puso cómodo.

—¿Te importa si me siento un minuto? Ha sido un día muy largo. Pero empieza si quieres. Es muy agradable ver a una mujer trabajando en el jardín.

Caroline lo que quería era sentarse en el porche. Sentarse al sol e imaginar dónde pondría las flores y las hierbas. Pero lo que tenía que hacer era empezar. Empezó por los tiestos. Sabía que si no le gustaba el resultado, podía cambiarlo.

—Mmm, hablaste con el hombre del perro.

—¿Pete? —Klaus dio otro sorbo de limonada—. Creo que hemos llegado a un acuerdo y que la paz volverá a reinar en nuestra pequeña isla.

Lo dijo con humor y cierta satisfacción indolente. Era difícil no darse cuenta de las dos cosas.

—Tiene que ser interesante ser el sheriff y conocer a todo el mundo.

—Unas veces más que otras.

La observaba trabajar y comprobó que tenía las manos pequeñas. Dedos ágiles y diestros. Caroline mantenía la cabeza inclinada y la mirada apartada. Klaus pensó que era timidez acompañada de algo que parecía ser una falta de costumbre para tratar con los demás.

—En gran medida —continuó—, consiste en tratar con veraneantes que se toman las vacaciones muy en serio. Principalmente, se trata de pastorear a tres mil personas. Entre Rebekah y yo es fácil.

—¿Rebekah?

—Mi hermana. Es la otra policía de la isla. Los Mikaelson han sido los policías de la isla desde hace cinco generaciones. Eso está muy bonito —dijo señalando con el vaso lo que ella estaba haciendo.

—¿Te parece? —Caroline se sentó en cuclillas. Había puesto un poco de todo en un tiesto. El resultado final no era un batiburrillo, como había temido, sino algo muy alegre. Como su rostro cuando lo levantó—. Es la primera vez que lo hago.

—Se te da muy bien. Deberías ponerte un sombrero. Te vas a quemar si estás mucho rato al sol.

—Ah —se pasó el dorso de la mano por la nariz—. Seguramente.

—Seguro que no tenías un jardín en Boston.

—No —llenó otro tiesto con tierra—. No pasé mucho tiempo allí. No era un lugar para mí.

—Sé lo que quieres decir. Yo también estuve algún tiempo fuera de la isla y nunca me sentí como en mi casa. ¿Tu familia sigue en el medio oeste?

—Mis padres han muerto.

—Lo siento.

—Yo también —metió un geranio en un tiesto—. Sheriff, ¿esto es una conversación o un interrogatorio?

—Conversación —agarró una planta a la que ella no llegaba. Una mujer cauta. Según su experiencia, las personas cautas siempre tenían algún motivo para serlo—. ¿Hay alguna razón por la que debería interrogarte?

—No me buscan por nada, nunca me han detenido y no busco problemas.

—Eso es más que suficiente —le pasó la planta—. Es una isla pequeña. En general amistosa, pero la curiosidad también forma parte de su encanto.

—Me lo imagino —no podía mantenerlo al margen. No podía mantener al margen a nadie—. Mira, llevo tiempo viajando y ya me he cansado. He venido aquí en busca de un trabajo y de un sitio tranquilo para vivir.

—Al parecer, has encontrado las dos cosas —se levantó—. Gracias por la limonada.

—De nada.

—Te está quedando muy bonito. Se te da bien. Buenas tardes, señorita Forbes.

—Buenas tardes, sheriff.

De vuelta al coche, Klaus repasó lo que había averiguado de ella. Estaba sola en el mundo; recelaba de los policías y de las preguntas; era una mujer de gustos sencillos y asustadiza, y por algún motivo que no podía comprender, no acababa de fiarse de ella.

Echó una ojeada al coche de Caroline y memorizó la matrícula. No estaría de más comprobarla, aunque sólo fuera para quedarse tranquilo. Su instinto le decía que aunque era posible que Caroline Forbes no estuviera buscando problemas, tampoco daba la impresión de que le fueran desconocidos.