Capítulo 6. Sábado.

—¡Huesos! —Llama al timbre por tercera vez. —¡Hue…!

La puerta se abre al fin y ella aparece en el umbral con el pelo húmedo.

—¿Booth?

—Yo… ¿Estabas ocupada? —Inconscientemente empieza a retorcerse los dedos, imaginándosela recién salida de la ducha.

—Está bien. —Sacude la cabeza y se hace a un lado. —¿Quieres pasar?

Él niega esbozando una sonrisa de medio lado.

—Solo pasaba a buscarte. —Brennan arquea las cejas en una pregunta silenciosa. —Nos vamos a patinar. —Y cierra los dedos en torno a su muñeca, tirando suavemente de ella para sacarla de la casa.

—¿A patinar? —Suelta un corto jadeo lleno de sorpresa. —Booth. ¡Booth, espera!

Él se vuelve hacia ella contrariado. No ha conseguido arrastrarla siquiera un metro más allá de la puerta. Y este será el momento en el que ella le dice que no quiere ir, que están yendo demasiado lejos y que lo mejor, lo más lógico y obvio, será que terminen con su apuesta. No quiere oírselo decir.

Ella es su mujer, ese era el pensamiento que no podía borrar de su cabeza el día anterior. Pero ¿y si se equivocó? ¿Y si ella no quiere lo mismo que él? ¿Y si no siente lo mismo?

—¿Algún problema? —Fuerza una sonrisa.

Ella duda unos instantes y después, muy lentamente, le devuelve el gesto. La mujer sacude la cabeza y entra en su casa.

—Deja que coja las llaves —grita desde algún lugar a la derecha de la puerta de entrada. Enseguida vuelve a aparecer cerrando a su espalda con suavidad.

La sonrisa de Booth se hace más amplia y la tensión de sus hombros se desvanece. Vaya, realmente no esperaba que ella quisiera ir con él. Después de todo, solo han ido una vez a patinar y, por mucho que se divirtieran, en aquella ocasión ella no lo acompañó más que por necesidad.

Salen a la calle y el agente señala hacia un callejón que se abre justo delante de ellos y del que asoma el morro de su coche. Brennan es la primera en dirigirse allí, deteniéndose junto a la puerta del copiloto.

Booth se detiene a unos metros del vehículo y la observa de arriba abajo. Lleva puesto el colgante que él le regaló, destacando brillante contra su piel blanca. Inconscientemente, la sonrisa se extiende de nuevo por su rostro.

Tiene que reconocer que ella siempre le ha gustado, siempre la ha deseado. Como ella dijo en una ocasión, ambos son muy compatibles. Sí, la desea. Pero, ¿y esto? Esto va mucho más allá. Se está volviendo loco por ella.

Maldita sea, es su compañera. Lo que están haciendo está mal. Lo sabe, y no le importa. Si por él fuera, ahora mismo estaría dentro de ese coche pero no precisamente conduciendo camino a la pista de hielo, sino repasando cada uno de los huesos y de los músculos que ha aprendido estos últimos días. Le diría…

—¿Booth? —La voz de Brennan lo trae de vuelta al presente.

—Eh… Sí, claro. —Apresuradamente saca las llaves del bolsillo y pulsa el botón, desbloqueando las puertas del vehículo.

Brennan entra en el coche sin esperar a que Booth la invite a hacerlo. El agente la observa por un instante y… ¿de verdad parece ansiosa? Quizá lo esté imaginando. Quizá solo esté viendo en ella lo que quiere ver.

Decidido a no agobiarse sin motivo, entra en el coche y se sienta frente al volante.

Hacen el trayecto hasta la pista en silencio, cada uno demasiado sumido en sus pensamientos como para atreverse a tomar la iniciativa.

Desde que empezó ese juego entre ellos Brennan no sabe cómo comportarse. No tiene referencias, pautas de actuación. Está jugando con Booth y Booth no es un hombre cualquiera. Con Booth es con el único que no sabe qué esperar, que la deja verdaderamente sin aliento. Booth es su compañero, el hombre por el que daría la vida y el que la daría por ella.

Suspira y apoya la mejilla contra el frío cristal.

El agente escucha su gemido y abre la boca para preguntarle qué le ocurre pero, al final, cambia de opinión.

Quizá haya fastidiado las cosas entre ambos, quizá haya acabado con la confianza que los unía. Puede que quisiera ir demasiado lejos, tan lejos que por fin han cruzado la línea. Solo que esta no es el tipo de línea que imaginaron.

Esta es una línea que destruye. Una que acaba con toda la amistad que los une.

Los dedos de Booth se cierran con tanta fuerza alrededor del volante que la sangre no llega a las puntas; los nudillos se vuelven blancos.

De pronto la certeza de que está actuando mal inunda su mente, la certeza de que debe tomar una importante decisión; sábado, un hueso, un músculo. Y se habrá acabado. No habrá domingo para ellos. Hablará con ella, le dirá que no era esto lo que esperaba que ocurriera… Que esto es incluso mejor.

No, eso no puede decirlo. Dirá, simplemente, que no quiere seguir. Que se ha acabado.

Booth detiene el coche frente al enorme edificio que alberga la pista. Ambos bajan, aún sin dirigirse la palabra, pero caminan juntos, demasiado juntos. Ellos no se dan cuenta pero la distancia que los separa es mínima.

El agente empuja la puerta y, antes de pasar él, le hace un gesto a ella, cediéndole el paso. Ella apenas sonríe sin mirarlo y entra en la inmensa sala que alberga la pista.

—No hay nadie —murmura con asombro.

—Vaya, menuda coincidencia. —Booth intenta disimular el tono divertido. En cualquier caso, ella no lo hubiera notado. ¿Cómo va a decirle que él lo sabía, que sabía que no habría nadie allí porque el partido que teóricamente se celebraba fue suspendido? ¿Que precisamente por eso fue a buscarla, porque quería estar a solas con ella en uno de sus lugares favoritos?

Brennan avanza hacia el mostrador, detrás del cual una chica espera con expresión aburrida.

—Buenas tardes, ¿qué necesita? —La joven sonríe y se incorpora cuando Brennan se acerca.

—Una treinta y ocho —pide la antropóloga.

Ya con sus patines Brennan se dirige a las gradas y se sienta en el primer asiento que encuentra, justo al lado del pasillo en la primera fila. Se descalza y, con más dificultad de la que ella quisiera admitir, se coloca los patines.

Booth ha llegado a su lado con su calzado y, antes de que ella haya terminado de ponerse el suyo, Booth ya está en pie con los patines perfectamente colocados. Se nota la experiencia.

—¿Puedo ayudarte? —pregunta él tendiéndole la mano.

Brennan mira sus dedos extendidos ante ella y, por un momento, está decidida a rechazarlo. Sin embargo, al levantarse no puede evitar tambalearse y casi inconscientemente su mano encuentra la del hombre y se aferra a ella.

Lentamente caminan hasta la pista. Ella aún se siente insegura con los patines; no es su primera vez pero tampoco puede considerarse que lo domine, ni siquiera que se le dé demasiado bien. Él en ningún momento se muestra impaciente; es más, quizá disfruta por ser, por una vez, quien enseña y no quien aprende.

Dan un par de vueltas en silencio.

Booth recuerda aquella otra vez en la que pasaron la noche juntos, patinando. En esa ocasión rieron, hablaron. Se divirtieron. ¿Por qué ahora no puede ser así? ¿Por qué han cambiado tanto las cosas entre ellos de un día para otro? Ya no se conforma con ser el compañero de Brennan. Quiere más. Aunque sabe que no puede tenerlo.

Suelta un resoplido y ella vuelve el rostro hacia él.

—¿Ocurre algo?

Él la mira y esboza una sonrisa de medio lado. Sin previo aviso, la suelta y se aleja un par de metros, deslizándose sin dificultad por el hielo.

—¡Booth! —protesta ella quedándose inmóvil.

—Vamos, Huesos. Puedes hacerlo. —Ahora sí se ríe. Describe un amplio círculo a su alrededor, sin dejar de mirarla. Ella apenas puede seguir sus movimientos sin peligro de caerse.

—Vuelve aquí. —Brennan frunce el ceño. —Sabes que no sé patinar.

—Sí que sabes. Puedes hacerlo. —Ella va a negar cuando él frena con suavidad y se detiene justo frente a ella. De nuevo extiende la mano ante Brennan. —Ven —murmura. Y la mujer cree distinguir por un momento un intenso anhelo en su voz, uno que la empuja hacia delante. Sin darse cuenta de lo que hace, diciéndose que lo ha imaginado, que se habrá confundido, se desliza hacia él.

Las puntas de sus dedos rozan las de Booth y entonces él se aleja.

—Booth, no —advierte ella. Su expresión es seria pero el agente se da cuenta de que finge por el brillo de sus ojos, entiende que la tensión entre ellos se ha roto.

—Atrápame. —Patina hacia atrás. —Si puedes. —El desafío es claro y Brennan nunca rechaza un desafío.

Otra vez se impulsa hacia delante y Booth retrocede. El juego se prolonga unos minutos más hasta que el agente gira bruscamente para evitar a la antropóloga. Pasa tan cerca de ella que Brennan extiende el brazo, convencida de que puede alcanzarlo. Pierde el equilibrio. Booth intuye el desliz de la mujer, más que verlo, e intenta sostenerla. No consigue mantenerla en pie, así que cuando ella cae, él cae con ella.

Ambos chocan contra el hielo pero es Booth quien recibe el peor golpe; tratando de protegerla de la caída, el agente la atrajo hacia su cuerpo girando en el aire, de manera que fue él quien chocó de llenó contra el suelo. Solo la mitad del cuerpo de Brennan está en contacto con el hielo, la otra mitad reposa sobre el de Booth.

Durante unos instantes eternos ninguno de los dos dice nada, ninguno se mueve. Al final, es Booth quien desvía la mirada y quien rompe el silencio.

—¿Estás bien?

Ella asiente.

—¿No te has hecho daño?

Brennan niega, pero algo en su expresión le dice a Booth que miente. Enseguida saltan las alarmas.

—¿Dónde? —pregunta inquieto.

Ella apoya la mano en el muslo de Booth para tratar de incorporarse.

—La rodilla —murmura. —Pero no hay problema. —Sacude la cabeza. —Solo es una contusión.

El hombre no deja que ella se levante. Apoya la mano sobre el lugar dolorido.

—¿Aquí? ¿La rótula? —Su cálido aliento golpea el cuello de Brennan. La piel se eriza.

—La rótula, sí. —Cierra los ojos un instante, sabiendo que va a perder el control. Después de todo lo que han pasado los últimos días, basta un gesto, un roce de Booth para alterarla. Abre los ojos y su mirada encuentra la de él.

No, no está bien lo que están haciendo. Sí, deberían dejarlo. Pero en ese momento se da cuenta de que verdaderamente no quiere hacerlo.

Hace presión contra la parte interna del muslo de su compañero. Nota como él se pone tenso y sus mejillas adquieren un leve rubor.

—Los aductores del muslo. —Sonríe y su sonrisa tiene algo de disculpa. Se ha dado cuenta de que el comportamiento de Booth no es el mismo que los días anteriores. Parece más cauto, más receloso a compartir esos momentos con ella.

Intenta incorporarse, apartarse de él. Rehúye su mirada.

Booth la observa atentamente, aún nota el calor de su mano sobre su pierna, tan cerca… Solo de pensarlo el corazón se acelera. Y entonces entiende que le da igual. Todo le da igual, todo menos Brennan. No importa lo que vaya a ocurrir cuando acabe esa semana, cuando finalice su apuesta. No importa que ella solo sea su compañera, que tenga prohibido ir más allá con ella.

La tiene ahora, y eso es lo importante.

Rodea su cintura con el brazo y la atrae de nuevo hacia él.

—Quiero besarte.

Continuará…

Lamento muchísimo el enooooorme retraso. He tenido unos problemillas con mi ordenador (véase un castigo horrible que me ha mantenido alejada de él y por extensión de Fanfiction; al parecer mi padre considera que paso demasiado tiempo escribiendo y demasiado poco estudiando. Él lo llamó "una pequeña motivación" Grrr…).

Intentaré que no vuelva a pasar; de verdad, lo siento mucho. Muchísimo. Mil perdones. Y también muchísimas gracias por vuestro apoyo.

En fin, perdón y gracias una vez más; el próximo capi ya es el último. Espero no decepcionar (los lemmon como que no son lo mío).

Un beso y un abrazo a todos ;)