INSaNiTY
Todo estaba obscureciéndose, sin que se dieran cuenta las horas habían pasado tan rápido que ya eran cerca de las nueve de la noche, todos en la sala de juntas murmuraban cosas puesto que no habían visto a Italia, solo sabían que dicha nación estaba en la habitación contigua con Gales y Alemania, ni siquiera Romano se había atrevido a ver como estaba su hermano, tal vez temiendo que este se hubiera convertido también en un psicópata como el mismo Inglaterra quien por cierto desde la llamada de horas antes, no había dado señales de vida, mucho menos Rusia o América.
Las naciones hablaban con algo de preocupación acerca de la tensa situación, entre sus murmullos se escuchaba el nombre de Inglaterra junto con adjetivos como "loco" o "violento" algunos hacían conjeturas acerca de cómo estaría Escocia de quien tampoco habían tenido noticias, se ponían al corriente de la situación de España y Francia… poco a poco la nación británica estaba siendo etiquetada como un desquiciado sin escrúpulos, cosa que alguien en particular no puedo soportar, además de que cabe mencionar que era alguien que nadie esperaba.
-¡Ya basta!- gritó de pronto un pequeño Sealand saliendo de su escondite bajo la mesa tras haber pasado todo el día escuchando como hablaban del ingles. El chiquillo rubio tenía sus ojos azules inundados en lágrimas y cerraba sus puños con fuerza dejando a todos un poco descolocados por su repentina aparición.
-¡Dejen de hablar así de Inglaterra!- les ordenó levantando lo mas que pudo su voz infantil procurando que las lagrimas no se le escurrieran.
-Sealand ¿Qué haces aquí? Te dije que te quedaras en casa- le dijo entonces Finlandia acercándose al pequeño quien evitó el contacto de su padre adoptivo con un manotazo y retrocedió.
-No quiero, ya sé que todos están diciendo cosas horribles de Inglaterra pero no es así; ese tipo es un idiota pero él jamás podría hacer algo así ¡No es malo!- gritó ahora si con las gotitas saladas escurriendo por sus mejillas coloradas -¡Díganles que no es cierto!- les exigió entonces a los Irlanda que se voltearon a ver mutuamente sin responder.
-Sealand… ven conmigo- intervino entonces el tembloroso Letonia, mejor amigo de la micronación.
-Pero Letonia, todos siguen diciendo esos chismes del cejudo idiota cuando no es verdad- debatió aun el rubio a quien nunca pensaron ver defendiendo a la isla, aunque seguramente aun guardaba algo de cariño por él.
-Tranquilízate…- seguía intentando el país báltico en vano pues el otro ojiazul solo lo empujó enojado
-¡Ustedes no saben nada! Son mas idiotas que Inglaterra, ¡Los odio a todos!- gritó y salió corriendo de la habitación hecho un mar de lagrimas. Finlandia, Suecia y Letonia quisieron seguirlo sin muchos resultados pues el chiquillo corría más rápido de lo que pensaban.
El pequeño fue corriendo por todos los pasillos con sus ojitos nublados por las lagrimas y con la respiración cortada por el llanto y el ejercicio pensando que todos eran unos grandísimos idiotas ¿Cómo podían pensar eso de Inglaterra? Si, sabía que él alguna vez había sido un pirata peligroso y despiadado ¿Pero que acaso no todos habían tenido sus épocas obscuras? Sus mismos padres alguna vez fueron vikingos que iban por ahí conquistando tierras, todos tenían una cola que les pisaran y de pronto un día se les ocurría decir que la Gran Bretaña era el único loco… no, él no podía hacer algo sin razón porque era un caballero, el poco tiempo que vivió con él siempre se lo había dicho e incluso se lo había inculcado.
-Tontos…- masculló reduciendo la velocidad en sus pies limpiándose los ojos con su brazo y soltando algunos cuantos sollozos aun ocupado en su tarea de limpiarse las lágrimas lo que provocó que chocara sin querer con alguien más.
-Disculpe- dijo el rubio quitándose las manos de la cara llorosa y alzando la vista para encontrarse con una anormalmente amplia sonrisa… -Ing… ¿Inglaterra?- preguntó en un hilo de voz Sealand al ver a su hermano mayor luciendo esa macabra mueca feliz que dejaba ver todos sus alineados dientes junto con un par de ojos azules brillantes que tenían toques de violeta, su cabello rubio con algunos manchones rojos al igual que su chaleco rosado y su corbata de moño turquesa.
-Hola Sealand- respondió el mayor soltando un par de risitas divertido con la expresión temerosa del niño que lo veía como si este fuera un fenómeno de circo
-¿Qué te pasó?- preguntó el ojiazul aun examinando el aspecto del británico que soltó un par de carcajadas asustando al muchachito y haciéndolo retroceder cuando el mayor se inclinó quedando su cara frente a la del niño que tragó saliva al ver más de cerca esa tétrica sonrisa y los ojos que tenían un brillo sobrenatural.
-¿Quieres que te muestre?- le preguntó Inglaterra arrastrando las palabras dejando escapar esas risitas traviesas y locas viendo la cara de Sealand que seguía algo pasmado. Inglaterra volvió a poner su espalda recta y le pasó una mano por la cabeza al chico moviendo su sombrero y despeinándolo en el proceso –Mejor cuando seas un poco mayor-
Sealand agachó su cabeza gracias al peso de la mano del mayor sobre su cabeza y por un momento sintió un intenso escalofrió concentrarse en su nuca a la vez que los dedos de Inglaterra se colaban en su cabello. Aquel gesto tan extraño en Inglaterra, esa caricia que se suponía tenía que ser fraternal… le pareció repulsiva…
-Por cierto pequeño ¿Sabes si todos están reunidos en alguna sala de estas?- le preguntó el ingles con un tono tan amable y sobreactuado que solo logró que el rubio deseara escapar.
-Eh… si, creo que te buscan a ti- contestó el ojiazul dudando al decirle aquello.
-Ya veo… así que todos me buscan ¿Qué parte de "Solo UN igual me puede detener" no entendieron?- dijo refunfuñando con un extraño tono chillante, frunciendo el seño y cruzándose de brazos pero su sonrisa aun se mantenía dibujada en sus labios.
La isla se quedó pensativa unos segundos y después sus ojos lentamente se fueron posando en la micro nación a su lado a la vez que las comisuras de sus labios casi alcanzaban sus orejas.
-Sealand mi otro pequeñito… ¿Te gustaría venir conmigo a tomar una taza de té? Prometo ponerle un poco de leche al tuyo- le invitó extendiéndole una mano y el chiquillo sintió como si tuviera al mismo Satanás frente a él esperando para llevarlo a lo más profundo del infierno.
El chico vio los ojos de Inglaterra esos que no correspondían a las conocidas esmeraldas de su hermano, vio la sonrisa que para nada era normal o siquiera confiable, y por último, la mano que entre sus uñas tenía manchones rojos, rastros de algo que no quería averiguar de que eran… pero aun así sabía que ese bizarro personaje era Inglaterra y como tal no tenía porque desconfiar aunque el mayor estuviera actuando de manera tan rara, así que tomó la mano de este y juntos fueron hasta una de las salas lejos de donde estaban las otras naciones e Italia.
Inglaterra tenía que asegurarse de que los otros países no hicieran una acción estúpida en su contra, aunque ¿Quién sabe? Si se atrevían a atacarlo todos juntos… nadie extrañaría a alguien que ni siquiera aparece en los mapas.
Por otro lado Cuba se encaminaba a su propia casa, miraba de tiempo en tiempo su celular esperando otra llamada de su amigo Canadá, sabía que el americano necesitaba su ayuda porque el rubio era alguien incapaz de mentir además de que se escuchaba realmente asustado y él, como buen camarada que era, no podía dejarlo solo mucho menos cuando el loco de Inglaterra lo manejaba a base de amenazas.
El cubano no tardó mucho en bajar del taxi que lo dejó en la fachada de su casa y por primera vez, Cuba maldijo el hecho de tener un jardín tan grande pues así tardaba mas en llegar con la otra nación; por lo tanto esquivando arbustos, palmeras y flores llegó hasta la puerta de su casa y entró dando traspiés por lo rápido que iba.
-¡Canadá!- llamó en un grito esperando ver al ojiazul hecho un ovillo en el piso temblando de miedo pero en cambio solo se encontró al mencionado sentado en uno de sus sillones, con un par de lentes obscuros de aviador sobre su cabeza y su cabello sujeto en una coleta de caballo que dejaba que los mechones más cortos quedaran enmarcando su rostro junto con su curioso rulo sobresaliendo.
-Cu… Cuba…- tartamudeó tímidamente el canadiense viendo como Cuba parecía respirar aliviado dibujando una sonrisa en su rostro, pero el canadiense cambió su expresión tímida por una media sonrisa, sacó su lengua mostrándola a Cuba y alzó su mano que tenía su dedo medio levantado en claro signo de ofensa.
-¿En serio fuiste tan imbécil para venir?- le preguntó Canadá en un tono firme, riendo con su lengua fuera de su boca y aun con su dedo medio, levantado descolocando por completo al cubano.
-¿Qué?- preguntó el moreno totalmente confundido por la actitud de Canadá que borró su sonrisa y puso una expresión de molestia en su cara.
-No me hagas repetir la pregunta porque voy a empezar a pensar que eres más idiota de lo que aparentas- decía enfadado el americano levantándose del sillón tomando su palo de hockey ensangrentado.
-Me engañaste…- dijo cuba frunciendo el seño mirando de arriba abajo a Canadá que se volvió a poner los lentes obscuros
-¡Respuesta correcta! Tenemos un ganador- Canadá dijo de manera sarcástica acercándose con pasos pausados al isleño
-Entonces… tú de verdad le hiciste aquello a Francia y a España, junto con el gringo e Inglaterra- Cuba afirmó tratando de convencerse de que eso no era verdad, esperando que el rubio lo negara, en cambio escuchó una breve risa sin humor salir de la boca de Canadá.
-Si, y ahora es tu turno- contestó Canadá alzando su palo de hockey sin darle oportunidad a Cuba de reaccionar, lo golpeó en plena cara con tanta fuerza que este cayó al piso aparatosamente y de paso las rastas que llevaba sujetas en una coleta se soltaron y cayeron desparramadas sobre su rostro.
-Ahora vamos a ver si eres tan valiente para golpearme y confundirme con Estados Unidos- le amenazó el rubio viendo altivo al cubano que intentaba incorporarse en el piso, con el cabello en su cara y su boca escurriendo sangre.
-Primero me engañas, vienes hasta mi casa y entras sin mi permiso… ahora piensas medio matarme en mi propio hogar…- comenzó a decir Cuba levantándose, las rastas que caían sobre su rostro alcanzaban a cubrirle la cara casi por completo pero dejaban ver sus ojos marrones con un brillo que no era el del jocoso Cuba, ese que decía chistes y reía con voz estruendosa, el que siempre llevaba un habano entre los labios y el olor a ron impregnado en la piel, el que bailaba rumba y adoraba su mar.
El Cuba que se levantaba del piso escupiendo sangre y poniendo bien recta su espalda, era la nación, el rebelde guerrillero que alguna vez se vistió con el uniforme de la revolución; un Cuba que se defendía con uñas y dientes.
-Muy mal güerito… ¿Tus viejos nunca te dijeron que no te metieras con un latino enojado?- le preguntó en español sabiendo que Canadá no le había entendido ni la mitad de lo que había dicho pero no le importó, mucho menos cuando ambos comenzaron una pelea de puños.
Los dos varones se daban de puñetazos en donde cayeran los golpes, los pómulos, quijada, ojos nariz, costillas, estomago, riñones, hígado, todo era una lluvia de golpes que bien parecía una pelea de box, hasta que entre risas roncas Canadá se separó un poco para poder tomar de nuevo su palo de hockey y darle en la espalda a Cuba que soltó un quejido pero eso no le impidió responder con un codazo en el pecho del americano al que se le escapó un poco el aire por el impacto, lo que el moreno aprovechó para darle otro en la cara abriéndole un poco la piel al rubio que comenzó a sangrar y el hilo de sangre escurría por su mejilla.
-Así me gusta Cuba, no los golpes de niña que me das cuando me confundes con el otro gordo- le provocaba Canadá arrojándose al cubano tomándolo por sus largas rastas obligándole a agacharse y soltarle una serie de rodillazos en la nariz, sin embargo Cuba supo aguantar hasta poder tomar la pierna de Canadá y jalarla hacia arriba para que este cayera al piso y seguir dándole de golpes en la cara y en sus sienes esperando que así perdiera el conocimiento.
Cuba estaba sobre el rubio, lo golpeaba escuchando las groserías que el canadiense soltaba en ingles y francés junto con gruñidos, forcejeos y patadas. El moreno levantó su puño dispuesto a dejarlo desmayado de un solo golpe certero pero cuando estaba punto de hacerlo…
-¡Detente!- gritó Canadá de nuevo con su vocecilla tímida, sus ojos amoratados reflejaban miedo y su cuerpo temblaba -¿Qué pasa? Detente por favor- le pidió aferrándose a la ropa de Cuba con sus manos temblorosa y su respiración acelerada. El moreno dudó un momento ¿Qué sucedía? ¿Otra vez estaba fingiendo? Sin embargo en cuestión de segundos la expresión temerosa del americano cambió de nuevo, su seño se fruncía y su boca se torcía enfadado.
-¡Vamos! ¿Qué esperas bastardo?- preguntó Canadá volviendo a su violenta personalidad, tomando provecho del momento de duda de Cuba para intercambiar los roles y empujarlo contra el piso para someterlo y hacer lo que Cuba segundos antes hacía con él: golpearlo hasta noquearlo.
-¡No eres tan rudo como tanto presumes!- le criticaba Canadá soltando brutales golpes al castaño, riendo de vez en cuando con una voz profunda, deteniéndose por unos segundos entre la casi inconsciencia del latino para tomar de nuevo su palo de hockey aunque cuando estaba por tomarlo…
-¿Qué estoy haciendo?- preguntó y por segunda voz su voz era la de antes, el rubio volteó a ver a Cuba en el piso bajo él así que Canadá se quito rápidamente asustado por la escena -¿Qué es esto?- se miró las manos llenas de sangre
-¡No me vas a engañar de nuevo!- le gritó el moreno soltándole una patada en el estomago a Canadá que se dobló por el dolor.
-¿Qué haces? ¿Por qué…- pero antes de terminar siquiera la pregunta su tono de voz cambió –Hijo de puta, no sales vivo de aquí- y esta vez logró agarrar su improvisada arma para darle a la cabeza al cubano pero este logró atrapar el palo entre sus manos comenzando así un forcejeo.
Canadá que sacaba chispas por los ojos y ponía tanta fuerza como le era posible de pronto aflojó su agarre en el bastón y lo soltó.
-¡No! Yo no quiero hacer esto- dijo retrocediendo y negando con su cabeza asustado logrando así que Cuba lo mirara con extrañeza al tiempo que seguía dando pasos hacia atrás hasta que se detuvo.
-¡Si! LO VOY A MATAR- gritó el mismo Canadá como si en instantes se convirtiera en una persona completamente diferente.
-¿Qué diablos pasa?- preguntó Cuba mirando a ese rubio que parecía estar peleando consigo mismo.
-¡Pasa que te voy a descuartizar!- exclamó con una voz casi gutural el rubio pero apenas se acercó unos pasos, cayó de rodillas llevándose las manos a la cabeza –Claro que no, yo no soy así, no voy a hacerlo- gritaba Canadá intentando detenerse a sí mismo –Cuba ayúdame- le pidió con voz suplicante al moreno que asombrado vio como Canadá lloraba… de un solo ojo…
-¡Cállate, cállate! No voy a volver a ser un marica que todos ignoran- gritó arrugando el entrecejo quitando sus manos de su cabeza para golpear el piso con sus puños intentando levantarse pero daba la impresión que sus piernas no le respondían.
-¡Cuba tienes que detenerme!- y ahora parecía ser el viejo Canadá quien imploraba con la voz entrecortada y acto seguido soltaba un sonoro rugido –No voy a cambiar, ¡No lo hare! Estúpido Inglaterra su maldita poción pierde efecto- se quejaba aun luchando con su cuerpo, la mitad parecía hacerle caso y la otra mitad se oponía.
-Cuba por favor- y otra vez era el viejo americano que lloraba y gritaba con su timbre suave -¡NO! NO VOLVERÉ- exclamó dándose un puñetazo a sí mismo en la cara.
-Hey, para- le ordenó ahora Cuba yéndose sobre el rubio sometiéndolo de nuevo contra el piso tomándole las muñecas para que no se lastimase.
-Suéltame- decía el rubio. –No, no me sueltes- se contradecía con un solo ojo soltando lagrimas
-Carajo ¿Y ahora qué hago?- se preguntó Cuba teniendo a un Canadá con un aparente trastorno de personalidad múltiple bajo él.
-Cuba… rápido…- rogaba Canadá como luchando contra su parte psicótica, retorciéndose como si estuviera poseído.
-Canadá… perdóname pero es lo único que se me ocurre ahora- puso las manos del canadiense sobre su cabeza y las tomó con una sola mano mientras buscaba el palo de hockey, se disculpó mentalmente y cerró sus ojos antes de darle un tremendo golpe en la cabeza a Canadá que lo dejó con un sangrado en su cráneo… pero a fin de cuentas, inconsciente y a salvo de él mismo.
Cuba soltó un suspiro al cerciorarse de que el norteamericano estaba en un profundo y obligado sueño, y se dejó caer sobre él, cansado.
-No me hagas pasar por este tipo de cosas- se quejó como si fuera un chiquillo, pensando en que debería hacer ahora antes de que este despertara.
Regresando con el resto de nuestras naciones…
Alemania no le había quitado los ojos de encima a Italia en todas esas horas, era como si estuviera en un pésimo sueño del que no podía despertar. El italiano estaba ahí sentado, con sus piernas cruzadas limándose las uñas mientras en su regazo descansaba un cuchillo… si, un arma punzo-cortante estaba en las piernas de Italia que miraba con sus ojos gélidos sus uñas esperando a que algo sucediera, el italiano tenía un aire elegante pero también intimidante.
Justo cuando el silencio se estaba volviendo insoportable, escucharon como el teléfono de la sala en donde aun estaban los otros países sonaba, Alemania le dedicó una última mirada a Italia que seguía en su tarea sin importarle nada más, y fue hasta la habitación contigua para contestar el teléfono; ignorando las caras de todos que prácticamente decían que querían saber de Italia, levantó el auricular, de nuevo poniendo el altavoz.
-¿Quién es?- preguntó de mal modo el alemán
-Huy ¿Qué clase de saludo es ese?- preguntó la voz cantarina de Inglaterra que soltaba un par de risas.
-¿Qué quieres ahora? ¿En dónde estás?- preguntó aun mas molesto Alemania, enojado con el ingles ya que por su culpa ahora Italia estaba convertido en alguien a quien no podía reconocer.
-Estoy muy cerca de ustedes, de hecho estoy tan cerca que incluso invité a mi pequeño Sealand a tomar el té conmigo ¿Verdad Sea?- dijo Inglaterra y de pronto Suecia y Finlandia reaccionaron y se acercaron hasta el teléfono.
-¡Ayúdenme!- escucharon que el chico gritaba al otro lado de la bocina y una expresión de terror se dibujaba en la cara de los nórdicos.
-No seas tan exagerado. Suecia, Finlandia, no se asusten que no le hecho nada a mi hermanito, solo lo amarré a la silla para que no haga travesuras…- Inglaterra hizo una pausa –pero si ustedes hacen travesuras el único que saldrá castigado será Sealand- amenazó entre risas chillantes.
-¡¿Qué buscas?!- exclamó de pronto Suecia, su voz retumbó en la habitación haciendo temblar a todos que no estaban acostumbrados a escucharlo gritar.
-Yo nada… ustedes son los que buscan detenerme así que denme a mí igual y ya- contestó el británico soltando otro par de risitas –Hasta que lo consigan Sealand y yo disfrutaremos de la fiesta del té- y con esto dicho soltó otro par de carcajadas y colgó.
Tanto Finlandia como Suecia se quedaron petrificados en sus lugares, el sueco temblaba de rabia mientras su ya de por sí intimidante semblante ahora parecía amenazador, como si fuese a romperle el cuello a quien fuera que se atreviera a ponérsele enfrente.
-Váyanse todos a casa- dijo entonces una voz ajena, una que arrastraba las palabras, que era un elegante sonido que sumado a un acento italiano casi sonaba sensual y elegante. Todos voltearon a ver a Italia Veneciano que estaba en el umbral de la puerta, Romano abrió muchos sus ojos al ver como su hermano mellizo jugaba con el mango de un pequeño y delgado cuchillo entre sus dedos mientras veía a todos con ojos gélidos.
-¡Nuestro hijo está en peligro ¿Y quieres que nos vayamos?!- exclamó Suecia haciendo temblar a más de uno sin embargo Italia ni siquiera se inmutó solo se quedó ahí parado cruzando sus brazos recargándose en el marco de la puerta.
-Si- contestó secamente el castaño y Suecia estaba a punto de contestar pero fue detenido por Finlandia, el único que de verdad podía ponerse a la defensiva del más alto de los nórdicos.
-Si nosotros hacemos algo solo ponemos en más peligro a Sealand… ya escuchaste a Inglaterra- le dijo intentando mantenerse firme y no derrumbarse ahí –Vámonos… solo queda confiar en Italia- le pidió al sueco que logró sentir el temblor del rubio cuando este lo tomó por los brazos.
Nadie dijo nada ni se opuso, así que uno a uno fueron saliendo de la sala no sin antes voltear a ver a Italia que parecía mortalmente aburrido, hasta que finalmente el último salió aunque hubo dos personas que se quedaron: Alemania y Romano.
-Yo no me voy de aquí, ya sé que quieres protegernos pero…- comenzó a decir Alemania siendo interrumpido por Italia que levantó una mano queriéndole decir al germano que dejara de hablar.
-Espera… ¿Protegerlos?- preguntó Italia formando de nuevo esa discreta sonrisa ladina en sus labios –No me importa lo que pase con ustedes o con el tal Sealand- comenzó a decir de nuevo con parsimonia acercándose hasta la mesa y clavando su cuchillo en el mueble repentinamente, alzando la mirada para fijarla en Alemania, ensanchando su sonrisa y relamiendo su labio superior –No quiero que nadie interrumpa mi diversión con Inglaterra- concluyó desencajando el cuchillo y ahora apuntándolo a Alemania
-Ni siquiera tú- dijo casi pegando el arma a la punta de la nariz de Alemania que casi podía oler el peligro.
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Ufff ¡Capitulo terminado! Esto fue escrito en una sola sentada XD así que espero haya salido bien.
Cuba actuando badass, Canadá recobrando la cordura e Italia siendo sensual; en verdad deseo que hayan disfrutado de todo esto y quieran seguir leyendo.
En otros temas mil gracias por seguir leyendo y seguir comentando de verdad mil gracias.
