La no despedida

Era un día de invierno de 1978 y llovía, dentro y fuera de casa. Gotas que se quedaban encerradas entre mis párpados, y silencio.

Decidiste que era mejor así, salir por la sombra, aunque no antes de haber discutido con madre.

Entraste en casa, justo cuando madre se acababa de marchar por la chimenea, y recogiste tus cosas.

Cuando te ibas a marchar sólo había silencio, interrumpido por el sonido de tus pasos. Te oí detenerte cuando llegaste a la altura de la puerta de mi habitación como si dudases, por un instante, en comprobar si estaba.

No lo hiciste, no consideraste necesario despedirte.

Yo sí.

Por eso, bajé a toda velocidad las escaleras, en el momento en el que tú ya estabas en la puerta, para verte.

No sé porqué lo hice, porqué bajé si no fui capaz de decirte nada.

Sería porque me quería convencer de que no tenía nada que decirte, y de que no tenía ningún interés en que te quedases. Pero en el fondo no era así.

Eras mi hermano y, aunque nos separasen miles de diferencias, ese hecho no se podía negar.

Entonces, ¿por qué no merecí que te girases a verme? ¿Dónde quedó, en ese momento, toda esa valentía de la que tanto alardeabas y que habías demostrado ante madre?

Abriste la puerta, te ibas a ir sin ni siquiera mirarme a la cara. Tenía que evitarlo y, ya que, las palabras parecían atascarse en mis labios, actúe. Te frené la puerta. Ya no podías seguir ignorándome.

Ahora sí, me miraste a los ojos. Tenías la misma mirada que cuando me cantaste esa canción muggle. No me odiabas. No, seguías teniendo esperanzas en que entrase en razón.

No lo hice, no en ese momento. Ni cuando cerraste la puerta tras de ti sin decir nada.

No, he tardado mucho más y ahora es irreversible.

Pero lucharé.