RENACIMIENTO
Por Mal Theisman
Notas aclaratorias:
Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.
Capítulo VI: Rincones de Normalidad
Martes 14 de junio de 2011
Luego de tantas semanas de un trabajo tan continuo y agotador como aquel en el que estaba envuelta la tripulación del SDF-1 tras el Holocausto, ninguna cosa era más apreciada a bordo de la fortaleza espacial que los descansos para el almuerzo o el té. Aquellos interludios de veinte minutos eran necesarios e indispensables respiros que hacían soportable la vida para los hombres y mujeres que, desde aquella maltrecha nave de combate, hacían lo humanamente posible para traer orden a un planeta convertido en ruinas.
Los descansos de la tripulación habían convertido rápidamente a la cantina de oficiales de la torre de comando del SDF-1 en un sitio de peregrinación casi religiosa. Para las cinco de la tarde todas las mesas de la cantina estaban completamente ocupadas, y si había una expresión común en los rostros de los parroquianos, era la de un agotamiento nervioso que pedía a gritos café para aplacarlo.
Grupos de amigos o colegas de trabajo en alguno de los numerosos departamentos y secciones de la fortaleza ocupaban la mayoría de las mesas, aprovechando la ocasión para ponerse al tanto, café mediante, de los rumores, novedades y actualidades de sus departamentos, sus vidas y de la nave misma.
Las mesas más grandes eran unas de forma circular que podían albergar con comodidad a cinco o más personas... se trataban de mesas codiciadas por las que todo el mundo solía competir casi con ferocidad, y que motivaba a que en muchos casos hubiera grupos de oficiales que esperaban con impaciencia a que se desocuparan, dando pie a toda clase de situaciones incómodas.
Excepto una de esas mesas, colocada en una de las esquinas de la cantina, casi oculta del resto del bullicioso lugar.
Había seis mujeres reunidas en torno a aquella mesa, cada una de ellas con una taza de café y un plato con tostadas apoyados justo en frente de donde estaban sentadas. Todas ellas eran jóvenes (algunas casi hasta el ridículo) y vestían, al igual que el resto de la concurrencia de aquella cantina, uniformes militares cuyos colores indicaban los departamentos y especialidades a las que pertenecían, siendo en el caso de ellas el azul celeste típico de las operadoras de sistemas.
Tres de ellas, sin embargo, llevaban insignias correspondientes a distintos grados de suboficiales (una de ellas era una cabo, otra una sargento a secas, mientras que la restante era una sargento jefe) y sus rostros denotaban una gran confusión e inseguridad por estar allí en aquel lugar y en aquella mesa...
Las otras tres, en cambio, si bien portaban el mismo uniforme, llevaban en los cuellos de sus uniformes la barra dorada indicativa del rango de segundo teniente y parecían todo menos confundidas e inseguras. Sus rostros jóvenes tenían cierta expresión predatoria, acentuada por miradas penetrantes e inquisitivas, que parecían estar siempre a la busca de detalles sueltos.
Lo que inquietaba a las tres suboficiales no era que estuvieran sentadas a la mesa junto a tres oficiales, ni siquiera las intimidaba las expresiones en los rostros de las tres tenientes; lo que las tenía casi al borde del pánico era que las tres mujeres que estaban frente a ellas eran más que oficiales o supervisoras... eran leyendas vivientes, eran parte de algo que casi tenía personalidad propia y una reputación tan legendaria y temible como completamente verdadera.
Eran el Trío.
No eran las segundas tenientes Vanessa Leeds, Samantha Porter y Kim Young... sino el Trío.
Y para la sargento primero Elaine Anderson, la sargento Alicia Farrell y la cabo Connie Dumais, el hecho de que el Trío las hubiera citado durante sus descansos a aquella mesa de la cantina de oficiales, era algo que no preanunciaba nada bueno.
- Bueno... aquí estamos - comenzó Vanessa, mirando primero a sus colegas y luego a la sargento Anderson.
- Sip... - asintió Sammie. - Aquí estamos.
- Se las ve asustadas, chicas - rió Kim para romper la tensión, logrando que Connie Dumais sonriera un poco a pesar de sus nervios. - Ya nos conocen... saben que no mordemos.
- Eso lo sabemos, señora... - comenzó la sargento Anderson, pero Kim la interrumpió.
- Kim, Elaine... ¡me llamo Kim! Por amor de Dios, nos conocemos desde hace mucho, no me trates como si hubiera nacido con esta barra en el cuello...
- Está bien, se-- Kim - dijo la sargento, un tanto insegura a pesar de aquellas palabras; Kim y el resto del Trío ya no eran colegas suboficiales... eran ahora tenientes, y era difícil eliminar aquellos comportamientos de deferencia hacia los oficiales que le había sido inculcado durante el entrenamiento.
- Supongo que están interesadas en saber por qué las llamamos - retomó Vanessa, mirando a las tres suboficiales y sorbiendo un poco de su café como si nada.
- Es algo bastante simple, y creo que les va a interesar - continuó Sammie, sonriendo con aquella sonrisa traviesa que era marca registrada del Trío.
Anderson, Farrell y Dumais estaban paralizadas por la intriga... y las carcomía la inquietud por aquella reunión tan misteriosa. Los segundos pasaron, y en aquel rincón de la cantina de oficiales sólo se respiraba expectativa y silencio, sensaciones que a cada momento se hacían más difíciles de soportar.
- Queremos que formen parte del Trío - anunció Kim como si nada.
Las tres suboficiales miraron al Trío con ojos bien grandes y expresiones incrédulas que dejaban en evidencia su completo desconcierto ante aquella propuesta. Alicia Farrell incluso se llevó la mano a la cabeza, tratando de entender a lo que se estaban refiriendo y sin poder hacerlo a pesar de todas las vueltas que dio en su cabeza.
- Disculpe, tenien-- Kim - se animó a preguntar Connie Dumais, corrigiéndose al instante al ver el brillo de disgusto en los ojos de Kim.
- ¿Sí, Connie?
- ¿No se supone que un Trío tiene que tener... tres miembros?
Tanto Kim como Sammie y Vanessa entraron a reír ante la simpleza del comentario, y cuando terminaron le correspondió a Vanessa explicar.
- Tienes razón, pero desde que fuimos ascendidas hemos descubierto que necesitamos... ¿cómo decirlo?... colaboradoras especiales.
En efecto, desde que Kim, Sammie y Vanessa habían sido ascendidas a tenientes, se les había hecho más complicado obtener información. Por supuesto, seguían siendo el Trío, y eso las convertía en engranajes (o motores) indispensables e ineludibles de la red de rumores y chismes del Cuartel General, pero así como las tres suboficiales estaban atemorizadas de tenerlas en frente, las miembros del Trío habían caído en la cuenta de que aquella barra dorada hacía que mucha gente, sobre todo entre los suboficiales y reclutas que constituían la vasta mayoría del personal militar, estuviera cohibida de hablar con ellas... privándolas así de acceso a algunos de los rumores que corrían por la nave.
Después de mucho debatirlo entre ellas, Kim, Sammie y Vanessa habían acordado que lo mejor que podían hacer era recurrir a contactos especiales que las pusieran al tanto de aquellas cosas de las que ya no podían enterarse. Fue así que desde hacía semanas las tres habían estado observando al personal de la Central de Operaciones, a la espera de encontrar a aquellas que fueran más habilidosas y capaces a la hora de recabar, procesar y difundir rumores y chismes, y tras arduas y exhaustivas deliberaciones, el Trío Terrible había llegado a la conclusión de que las tres personas más adecuadas para cumplir con esa tarea eran Elaine Anderson, Alicia Farrell y Connie Dumais.
Lo que había resultado en que cada una de las miembros del Trío citara a una de las tres candidatas a aquella "cumbre" en la cantina del SDF-1.
- ¿Y por qué nosotras? - preguntó Alicia Farrell, tratando de entenderlo todo.
- Porque son las mejores en el negocio del chisme - dijo Sammie como si estuviera explicando una obviedad, pero luego hizo una aclaración con una enorme sonrisa. - Después de nosotras, si disculpan la modestia.
- Porque han demostrado capacidad para obtener información y buen trato con las personas que les proveerán datos... además de tener una buena relación entre ustedes tres - se explayó Vanessa, ajustándose los anteojos. - Eso es fundamental... tengan en mente que ustedes van a cumplir una función social a bordo de esta nave... van a ayudar a que la información llegue a donde tiene que llegar.
- En resumen, porque la Fuerza está con ustedes - concluyó Kim en tono solemne, lo que motivó que las tres suboficiales finalmente pudieran reír con ganas y romper con la tensión e inquietud que había dominado la reunión. El Trío no tardó en sumarse a la algarabía, dejando salir carcajadas y aprovechando para beber su café mientras la sorpresa de la propuesta se asentaba en las candidatas.
Cuando las risas acallaron, Vanessa miró en forma inquisitiva a cada una de las suboficiales y lanzó la propuesta.
- ¿Qué dicen? ¿Están interesadas?
Elaine, Alicia y Connie se miraron unas a otras, como considerando silenciosamente la oferta que les estaban haciendo. Era una invitación única... se les estaba ofreciendo formar parte de una leyenda, por no mencionar que podrían convertirse en verdaderas dealers de información a bordo del SDF-1 de la mano de las expertas indiscutidas en la materia...
- Por lo que a mí respecta - dijo Alicia tras bastante meditación - yo me sumo.
- ¡Cuenten conmigo! - exclamó Connie casi de inmediato, dejando a un lado su timidez tradicional.
Elaine fue la que más tardó en responder... ella era la mayor de las tres y la más madura y experimentada. Por más que le divirtiera mucho la idea -ella respetaba mucho al Trío no sólo como "leyenda" sino como militares curtidas y experimentadas por la guerra a pesar de su edad-, tenía ciertos resquemores ante la posibilidad de convertirse en una reina del chisme, y por eso se tomó su tiempo para dar su opinión...
- Bueno... ¿qué es lo peor que pueda pasar? - suspiró al fin, sonriendo a Alicia y Connie para darse fuerzas antes de enfrentar a Vanessa. - Estoy a bordo.
- Entonces... - dijo Kim con solemnidad fingida. - Bienvenidas al Trío Terrible... socias.
- ¡QUÉ BIEN! - festejó Sammie, aplaudiendo a rabiar para rubricar aquel festejo.
- ¿Creo que podemos empezar el entrenamiento, no les parece? - inquirió Vanessa a sus socias, y ellas asintieron con rapidez y entusiasmo.
- ¡Por supuesto! - respondió Kim, y luego miró a las tres nuevas asistentes del Trío con una sonrisa enorme en sus labios. - Jóvenes aprendices... hoy dan el primer paso hacia algo nuevo y poderoso.
Vanessa levantó un dedo, interrumpiendo a Kim, quien ya estaba haciendo su mejor pose de maestra, lista para transmitir a las aprendices los primeros vistazos a las artes del Trío.
- Antes de empezar con la instrucción formal, creo que deberíamos aprovechar la oportunidad para evaluar sus habilidades naturales.
- ¿A qué te refieres, V? - preguntó Kim confundida.
Vanessa se limitó a señalar la entrada a la cantina, y tanto Kim como Sammie entendieron a qué se refería su colega.
- Por ejemplo... miren hacia la puerta - indicó Vanessa a las aprendices del Trío. - Vamos a darles algo sencillo y fácil para que nos demuestren qué tan preparadas están antes de iniciar su instrucción formal en las artes oscuras del chisme...
- ¡Por favor, Vanessa... es demasiado fácil! - protestó Sammie vehementemente. - Dales algo que sea un desafío...
Vanessa ignoró a su amiga y continuó enfrentando a las aprendices, sonriendo una sonrisa de tiburón antes de darles su primera tarea.
- Elaine, Alicia, Connie... su primera tarea será contarnos a mí y a mis colegas todos los rumores que han escuchado respecto de la persona que está sentada en la mesa junto a la ventana. Y cuando digo "todos" estoy diciendo TODOS...
Las tres aprendices del Trío giraron para ver de quién estaba hablando Vanessa, y se quedaron sorprendidas al ver que se estaba refiriendo nada más y nada menos que a la comandante Lisa Hayes, quien se había sentado en una mesa para dos personas junto a la ventana, bebiendo de una taza de café y con una mirada soñadora en sus ojos verdes, perdida en el paisaje desértico que podía verse afuera.
- La comandante Hayes... - murmuró Alicia rascándose la cabeza. - Primero que todo, se la ve más feliz y relajada, y es algo que se viene observando desde hace algunas semanas, tanto en el servicio como en sus ratos libres.
- Desde aquel episodio en el Hotel Centinel - agregó Connie asintiendo vigorosamente. - Yo también estaría feliz y relajada después de algo como eso...
Las seis jóvenes rieron un poco.
- Se sabe que pasa cada rato libre que tiene con el comandante Hunter - dijo Elaine, aportando a la conversación. - Los han visto en diversos lugares de la ciudad... bastante cariñosos entre ellos, según lo que he oído.
- Al menos los han visto saliendo juntos - terció Connie. - Sé de buenas fuentes que al comandante Hunter se lo ha visto mucho rondando el camarote de la comandante Hayes en algunas noches.
- ¡Oooohhh... esa es buena! - dijo Alicia con ojos agrandados. - ¿Crees que...?
- Lo dudo mucho - negó Elaine rápidamente.
- ¿Por qué?
- Fíjate lo que dijo Connie - trató de explicarle Elaine. - Dijo "algunas noches"... con cómo se los ve, ¿crees que si hubieran llegado al postre se limitarían a pasar "algunas noches" juntos?
- Muy buena teoría, Elaine - intervino Kim en señal de aprobación. - Explícala.
- Es fácil. Todas las fuentes que han visto a los H2...
- ¿"H2"? - preguntó Sammie sin entender a qué se refería Elaine.
- "Hayes-Hunter"... dos "H", entonces "H2".
- Aahhh... ya entendí...
- Como iba diciendo, - continuó la sargento Anderson - mis fuentes aseguran que los H2 han estado bastante acaramelados estos días, y con "acaramelados" quiero decir que no se quitaban las manos de encima... De haber llegado a tercera base, tendríamos indicios de que habrían pasado juntos todas las noches de las últimas dos semanas... sencillamente no se hubieran podido contener.
- Tiene sentido - resolvió Vanessa, y decidió poner a prueba la teoría. - Pero entiendes que tampoco les sería fácil contenerse como para no llegar a tercera base.
- Puede ser, pero por otro lado, y dado lo que sabemos del comportamiento de Hayes y Hunter, las piezas encajarían... los dos son tradicionalmente cautos en materia sentimental, fíjense nomás en lo que tardaron en convertirse en una pareja formal. Es lógico asumir que llevarían dicha cautela al terreno físico.
Las tres integrantes del Trío se miraron, y en silencio aprobaron la deducción impecable de la sargento Anderson.
- ¿Hay manera de saber cuántas noches ha pasado el comandante Hunter en el camarote de la comandante Hayes? - preguntó Kim, continuando con el examen.
Las seis jóvenes volvieron la mirada para ver a Lisa, quien seguía bebiendo su café con una sonrisa en sus labios, ignorante por completo de que en ese mismo momento ella era el tema de conversación del Trío y sus aprendices. Por lo que veían en el rostro de Lisa, ella era en ese mismo momento una persona feliz, completamente feliz.
- ¡Yo puedo responder a esa! - saltó Alicia sin poder contenerse. - De acuerdo a lo que escuché de un oficial del Prometheus... el comandante Hunter no ha respondido a las llamadas para comenzar su turno que se le hicieron a su camarote en los días... - sacó una lista con números garabateados de apuro - Bueno, son demasiados para nombrarlos a todos... pero al menos sería uno de cada tres días
- Y, oh casualidad, en estos tiempos en que se lo ve merodeando el camarote de la comandante Hayes - intervino Connie sacando su propia lista.
- Ambos datos nos permiten concluir que de cada tres días en el último mes, el comandante Hunter sólo pasó uno en el camarote de la comandante Hayes - respondió Elaine en tono triunfal y luego susurró, como si estuviera conspirando. - Créanme, esos dos están conteniéndose... no sé cómo lo hacen, pero están conteniéndose...
- Y ya que estamos en tema... - dijo Connie, aportando su granito de arena. - El vuelo de patrulla del comandante Hunter deberá llegar en veinte minutos... y dado que el turno de la comandante Hayes acaba de terminar...
- Creo que no necesitamos ser Sherlock Holmes para deducir lo que va a ocurrir dentro de veinte minutos - concluyó Alicia, y las tres aprendices del Trío asintieron vigorosamente para respaldar aquel pronóstico.
Tras unos segundos de silencio, Vanessa preguntó a sus dos colegas:
- ¿Qué opinan?
- Bastante bien para ser la primera vez - juzgó Kim, con actitud satisfecha. - Creo que esto va a ser muy positivo para todas.
- Estoy de acuerdo - asintió Sammie, y después dijo en tono triunfal: - Ustedes tienen un gran potencial... ¡con un poco más de práctica, llegarán a ser chismosas de primera!
Las tres aprendices se miraron unas a otras con orgullo, satisfechas de haber pasado la primera prueba con éxito.
El sonido agudo y penetrante de un timbre hizo que todos los que estaban en la cantina dejaran escapar un gruñido de frustración, y tras dejar de lado las tazas de café y los platos, la mayoría de las personas comenzaron a dejar la cantina, listos aunque con reticencia para retomar las tareas.
- Bueno, se acabó el descanso - murmuró Kim, parándose con desgano.
- De vuelta a la vida real... malditas consolas - exclamó Sammie, haciendo un berrinche.
- No crean que se salvaron - les dijo Vanessa a las tres aprendices. - Las volveremos a llamar para continuar sus lecciones.
Cuando ninguna de las tres suboficiales respondió, Vanessa comprobó que las tres estaban observando cuidadosamente (cuidando de disimular) a Lisa Hayes mientras ella se ponía de pie con gracia y elegancia y llevaba la taza de café hasta la barra de la cantina, para luego irse de allí.
Sonrisas muy parecidas a las de las pirañas aparecieron en los rostros del Trío y de sus aprendices cuando comprobaron que la comandante Hayes acababa de salir por una de las puertas de la cantina, pero no precisamente la que conducía a la Central de Operaciones, sino una que daba a un corredor que era el primer paso en el camino que iba desde la torre de mando del SDF-1 al portaaviones Prometheus.
Otra tarde, otro día de pasar montado en un Veritech yendo y viniendo a todas partes.
Los viajes de regreso al SDF-1 solían ser extenuantes... cada kilómetro de desierto que recorrían se hacía eterno e inacabable para los pilotos que solamente deseaban dejar las cabinas de sus cazas y descansar hasta el día siguiente, en el que volverían a despegar de la nave para hacer todo aquello que el Alto Mando en su sabiduría infinita les mandaba hacer.
La carga de trabajo de los escuadrones Veritech no acababa jamás, y se había vuelto bastante común que los pilotos despegaran para una misión y no regresaran a la nave hasta haber completado tres o cuatro misiones. El agotamiento no era sólo para los pilotos sino también para los mecánicos y técnicos, que sentían la presión de tener la mayor cantidad de Veritech disponibles en todo momento.
Para el Escuadrón Skull, encargado aquel día de las guardias de vuelo y patrullaje del SDF-1 junto a los Escuadrones Apollo, Rojo y Scimitar, había sido una jornada agobiante. Entre los distintos vuelos y misiones, los cuatro escuadrones habían llegado a tener todas sus aeronaves dispersas por la región.
En el caso particular del teniente comandante Rick Hunter, el vuelo que había comenzado a las 1150 horas como un simple recorrido de patrulla de dos horas en el área al noroeste de la fortaleza se había transformado luego en una misión de escolta a un convoy de helicópteros enviados al campamento de refugiados cercano a las ruinas de la ciudad canadiense de Regina, y luego en una tarea de apoyo a las obras que se realizaban allí para la construcción de los primeros edificios permanentes del campo, tal como Rick lo había hecho durante la operación en la Base Granite.
A veces Rick se preguntaba si todas aquellas misiones no eran sino una conspiración de parte del Alto Mando para que Lisa y él no tuvieran un sólo rato libre... durante las últimas dos semanas había estado tanto tiempo sentado en la cabina de su Veritech que llegó a creer que su trasero adoptaría la forma del asiento.
El SDF-1 ya estaba a la vista. Seguía igual de dañado y maltratado; había demasiadas prioridades antes de reparar el casco de una nave espacial que, por lo visto, no volvería a volar, malgastando así recursos que eran demasiado necesarios en otros proyectos y deberes. Uno de esos proyectos, como podía ver Rick, iba avanzando a una velocidad sorprendente.
Las obras de construcción en la nueva ciudad habían avanzado a pasos agigantados (o pasos de Zentraedi, como el humor popular había rebautizado a la expresión). Ya podían observarse un trazado regular de calles pavimentadas, orientadas en forma radial desde el cráter donde se posaba la nave, el cual por acción de las lluvias y de los técnicos del doctor Lang, ya comenzaba a convertirse en un lago artificial que serviría, según le habían explicado a Rick, para proveer de agua potable a la ciudad y a los proyectos agrícolas que estaban en marcha.
Aún no había residencias civiles, tan sólo máquinas de construcción que continuaban ocupadas en construir los innumerables edificios públicos necesarios para la nueva urbe y su creciente población. La nueva Ciudad Macross no iba a estar poblada solamente por los 56.000 sobrevivientes del SDF-1, sino también por los casi 40.000 refugiados que habían ido encontrando su camino a los campamentos montados cerca de la fortaleza. Y por lo que Rick sabía, aún había mucha más gente en la región que iría encontrando su lugar en la nueva ciudad.
Faltaban todavía meses para que la ciudad estuviera lista para ser habitada, y Rick no pudo evitar pensar en lo impaciente que estaba porque se terminara uno de los barrios de la nueva ciudad... el barrio militar. Sabía de boca de Claudia y Lisa que los tripulantes de la fortaleza recibirían sus propias viviendas a la brevedad posible, y la idea de tener su propia casa le resultaba más que interesante a alguien como Rick Hunter, acostumbrado al nomadismo del circo aéreo y de la vida en una nave de guerra.
Como de costumbre, sus pensamientos vagaron hasta encontrar a Lisa, y sonrió al imaginarse la posibilidad de que por esos azares del destino, las casas que les fueran asignadas estuvieran muy cerca la una de la otra... aunque Rick creía que se le haría muy difícil a los dos resignarse a pasar mucho tiempo solos en sus propias casas. Había mucho por lo cual valía la pena soñar e imaginar...
"Suficientes reflexiones", pensó Rick, despejando la mente para encarar el aterrizaje en el SDF-1. Sin despegar la mirada del frente, encendió el canal de la red táctica, para luego hablar en el tono más oficial que pudo lograr.
- Control SDF-1, aquí Líder Skull en aproximación por el 2-2-0. Solicito instrucciones para aterrizaje.
Tras unos instantes de estática, la pantalla de la red táctica mostró la imagen de Vanessa, con los auriculares calzados y sonriéndole para darle la bienvenida en el escueto y profesional lenguaje de los controladores de vuelo.
- Líder Skull, aquí Control SDF-1, recibido fuerte y claro, lo tenemos en el radar en aproximación por el 2-2-0. Reduzca velocidad a máximo permitido de aterrizaje.
- Velocidad de aterrizaje alcanzada, Control SDF-1... - informó Rick cuando los indicadores de velocidad mostraron que el Skull Uno había desacelerado lo suficiente. - Solicito pista libre para aterrizar.
- Tiene pista libre en Prometheus, Líder Skull. Pueden aterrizar cuando gusten. Bienvenidos al hogar.
- Muchas gracias, Control... ¿Alguna novedad en Radio V, teniente Leeds? - bromeó Rick, dejando de lado la formalidad de los procedimientos militares.
Vanessa simuló pensar por unos instantes, y después le respondió a Rick con una expresión risueña.
- Veamos, las noticias de la ciudad son las mismas de siempre, no ha habido muchos rumores que contar...
- No me mientas...
-... el clima continúa tranquilo - siguió Vanessa, imperturbable y sin darse por aludida. - Excepto para usted, comandante.
- ¿Y por qué es eso?
- Porque a juzgar por lo que hemos visto en la Central, usted va a tener una tarde bastante agitada.
Vanessa guiñó el ojo para remarcar su punto.
- ¿Agitada en un buen sentido o en un mal sentido?
- Odiaría quitarle la diversión, así que dejaré que lo averigüe por su cuenta, señor. Está en aproximación final, reduzca la altitud y velocidad, y despliegue tren de aterrizaje.
Rick sonrió ante el desparpajo de Vanessa al mismo tiempo que cumplía sus instrucciones al pie de la letra.
- Comprendido y confirmado, Control. Líder Skull, cambio y fuera.
Con la habilidad de siempre, los cinco cazas Veritech aterrizaron en la cubierta de vuelo del Prometheus y fueron llevados a los ascensores para descender al hangar de mantenimiento, en donde los equipos de técnicos se preparaban para atender a aquellas máquinas y tenerlas listas para las siguientes misiones. Como de costumbre, el hangar del Prometheus era un hervidero de actividad... una muestra viviente de lo que era un trabajo de 24 horas.
En el centro del hangar, un grupo de pilotos del Skull se acercó a recibir a los camaradas que acababan de regresar de la misión, listos para recibir la posta y encargarse de realizar la guardia nocturna del escuadrón insignia del SDF-1.
- Bienvenido de regreso, señor - sonrió Max al hacer el saludo militar a Rick con el desparpajo típico del Skull, en nombre de todos los pilotos asignados a la guardia nocturna.
- ¡Y ya era hora! - asintió Rick con ganas y mucho cansancio encima.
- ¿Qué tal la misión?
- Interminable. ¿Tus muchachos están listos?
- Listos y a la espera, comandante. Ustedes ya pueden ir a descansar... por los rostros que traen, lo andan necesitando mucho.
- Lo primero que voy a hacer - reflexionó Rick en voz alta como si estuviera sólo allí - es quitarme este endemoniado traje de vuelo, aunque me parece que voy a necesitar una espátula para despegarlo.
- Puedes usar la mía - replicó Max. - Sólo recuerda lavarla cuando termines. ¿Qué tienes en mente para después?
Rick no respondió, o al menos no lo hizo con palabras. Al oír la palabra "después" sus ojos brillaron de expectativa, y pareció incluso transformarse, dejando de lado el agotamiento y reemplazándolo por ansiedad y una urgencia que él sabía bien cómo calmar, o más bien, sabía muy bien junto a quién calmar.
Max simplemente meneó la cabeza al comprobar el cambio operado en su jefe de escuadrón y mejor amigo, y pensó que a juzgar por la expresión que traía Rick... y la que él mismo había visto en Lisa cuando se la encontró apenas diez minutos antes, aquella iba a ser una noche muy especial para sus dos amigos. Él entendía muy bien y comprendía con demasiada claridad todo por lo que Rick estaba pasando desde hacía ya algunas semanas, ya que él mismo solía creer que perdería la razón bajo aquella presión de no ser por la compañía y aliento de su propia esposa, que lo movía a seguir adelante.
Al menos su amigo tenía ahora a alguien con quién pasar las horas que quedaban del día, horas que hacían que todas las desgracias de un día largo como aquel quedaran sepultadas bajo interminables momentos de amor y encuentro... y eso era sencillamente, parafraseando a una publicidad que Max recordaba de su infancia, "algo que el dinero no podía comprar".
- Que tengas una buena noche, Rick - le deseó Max a su amigo mientras los dos se alejaban, uno camino al Skull Dos y otro en dirección a los vestuarios del Prometheus.
Rick respondió con un vivo saludo de su mano, y dando media vuelta continuó su camino al vestuario, dejando a un Max Sterling sonriente mientras se preparaba para las misiones que pudieran surgir en aquella tarde de mayo.
- No sé ni para qué me molesto en desearle una buena noche... - murmuró Max al acercarse al Skull Dos. - Ellos dos saben muy bien cómo hacerlo sin que tenga que ayudarlos. Bueno, ya se ocuparán... tengo una guardia de la que preocuparme.
El primer lugar al que fue Rick tras ducharse y ponerse el uniforme diario fue a la sala de recreación del Prometheus, ubicada hacia la proa de la cubierta inmediatamente inferior a la del hangar principal.
Se trataba de un enorme compartimiento que cumplía simultáneamente las funciones de cantina, salón de juegos y auditorio para los tripulantes y pilotos asignados al portaaviones. Había docenas de bancos y sillas repartidos por el lugar, y muchos de esos estaban ocupados por tripulantes y pilotos que estaban aprovechando el respiro que les daban sus descansos, ya sea para charlar o para beber algo, mientras otros preferían pasar sus minutos libres enfrascándose en competencias varias, que iban desde el ajedrez hasta los juegos de video.
Prácticamente arrastrándose sobre el suelo, Rick pudo llegar hasta uno de los bancos, que compartía el respaldo con otro banco, con lo cual los dos estaban dispuestos de tal manera que dos personas podían sentarse espalda con espalda. Ya sentado allí, Rick se dio el gusto de dejar que su mirada vagara por la sala, observando a las personas que iban y venían, y sintiendo que cada músculo de su cuerpo le pedía a gritos que se fuera a dormir...
- Qué día... - murmuró finalmente Rick, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos.
- Qué día... - le respondió una voz agotada, proveniente de una persona a la que Rick no podía ver, ya que estaba sentada justo en el banco a espaldas del piloto.
- No puedo creer que ya haya acabado con todo... - continuó Rick, dejando salir un suspiro cansado que duró algunos segundos.
- Yo tampoco... cuando comencé hoy, creí que moriría antes de terminar el día - devolvió la voz.
- Estuve en vuelo durante cinco horas, dando vueltas por todo el continente hasta marearme.
- Estuve de guardia en la Central de Operaciones, creyendo que enloquecería si pasaba un minuto más allí.
- Eso no es nada - dijo Rick, haciendo un gesto con la mano para minimizar lo que acababa de escuchar. - Cuando creí haber terminado con el patrullaje, me asignaron a acompañar un vuelo de refugiados...
- Mira de lo que te quejas - contestó aquella voz, subiendo la apuesta y el tono. - Yo tuve una reunión de trabajo de dos horas con el brigadier Maistroff en la que lo único que hicimos fue discutir por nimiedades sin llegar a nada concreto.
- Pues sigue sin ser nada... cuando llegamos al campamento de refugiados nos reclutaron para que hiciéramos trabajo de ingeniería... cavar huecos y colocar vigas.
- Poca cosa... cuando terminé con Maistroff me pasé otras dos horas revisando y aprobando reportes de misión.
- ¡Tonterías! - se burló Rick. - No pude descuidarme un sólo segundo, o si no los novatos que llevaba para que hicieran su primer patrullaje iban a terminar causando algún desastre.
- ¡Como si eso fuera tan grave! - bufó la voz, provocando una risa involuntaria en Rick. - Yo todavía tengo que cocinar para una rata.
- ¿Y de eso te quejas? Yo voy a tener que comer esa comida - devolvió Rick haciendo una mueca de desagrado, aunque el que fuera incapaz de contener la risa traicionó sus emociones.
- ¡RICK HUNTER! - estalló la voz, y Rick se volteó hasta encontrarse con los ojos verdes furiosos de Lisa, que parecían quemarlo con la ira que destilaban.
- ¡Hola, bonita! - rió él, como si fuera un niño que acababa de salirse con la suya con una travesura. - ¿Cómo estás?
- A punto de matarte, bocón irrespetuoso. ¡Burlarte de mi comida! ¿Cómo te atreves a--? - estalló Lisa haciendo aspavientos con los brazos, pero sin poder terminar la frase ya que Rick le había plantado un beso en los labios que le hizo primero perder el aliento, luego perder el hilo de la conversación y finalmente perder la molestia.
Cuando se separaron, la mirada de Lisa ya no era la que correspondía a una furia vengadora, sino que era la mirada brillante, ligeramente desorientada y enternecida que sólo puede tener una mujer que está irremediablemente enamorada.
- Te extrañé mucho, bonita... - dijo Rick, besándola en la línea de la mandíbula y haciendo que Lisa lanzara pequeños gemidos de placer que le provocaron sonrisas traviesas al piloto.
- Yo también... - dijo ella, perdida en la mirada azul de Rick. - ¿En qué estábamos? Me parece que te iba a hacer algo...
Rick le tocó la punta de su nariz con el dedo antes de ponerse de pie y caminar a donde estaba sentada ella.
- Ibas a darme el beso más largo de tu vida...
- No... - contestó Lisa, quien por su parte también estaba levantándose de su asiento. - Estoy segura de que iba a matarte... pero no sé por qué ya no tengo ganas.
- Será que soy irresistible.
- ¡Ya sé por qué! - exclamó ella. - ¡Es porque eres un arrogante y un sinver--!
Una vez más la comandante Hayes se vio interrumpida.
Esa vez, ni siquiera le importó retomar el tema de discusión; lo único que pensaba ella era en hacer que ese beso, con que Rick una vez más le había quitado el aliento, durara todo lo humanamente posible. Era algo a lo que no se acostumbraba... a lo que jamás quería acostumbrarse. El sentir que él la tomaba en sus brazos, que sus labios se tocaban primero con suavidad y luego sin contención alguna, el resistir juguetonamente el asalto de su lengua... todo ello tenía en Lisa el mismo efecto de un huracán; no dejaba nada en pie.
Y precisamente por eso era que, para la comandante Lisa Hayes, no existía mejor manera de exorcizar el agotamiento de un día de trabajo.
Lo mismo le sucedía por su parte al teniente comandante Rick Hunter. Nadie, ni Max o en su momento Ben o el propio Roy, tenía idea de la soledad en la que vivía desde la muerte de su padre. Él se había habituado a ir solo por la vida, sin nada más que él mismo como compañía, siendo autosuficiente y enorgulleciéndose de eso. Visto desde fuera, era admirable... un joven acostumbrado a hacer su vida por su cuenta desde los quince años y sin nadie a quién rendir cuentas... alguien que, siendo prácticamente un adolescente, había entrado al servicio militar y se había labrado una carrera tan especial como sobresaliente.
Nadie tenía una idea de lo desesperantemente solitaria que era su vida. Despertar solo, comer solo, patrullar, volar misiones de combate, pasar un poco de tiempo con sus amigos y luego volver a pasar la noche solo... sin nadie a su lado, sin nadie a quien querer o que lo quisiera a él. O peor aún... sufriendo por alguien que apenas notaba su existencia. Él no se lo había dicho a nadie, pero la mayor parte de aquellos dos años desde el comienzo de la guerra habían sido un infierno personal: muerte a raudales por un lado, y soledad por el otro.
Hasta que cierta comadreja parlanchina, cierta controladora de vuelo de exterior frío, severo y profesional había irrumpido en su vida... y le había permitido echar un vistazo a la mujer alegre, apasionada y tierna que estaba guardada debajo de todas esas capas que con tanto trabajo habían construido. Encontró en ella a un alma solitaria como la suya, hambrienta de cariño y a la vez dispuesta a retribuirlo con el suyo propio... y justo cuando creyó haberla perdido para siempre, descubrió que lo único que había hecho era encontrarla como si fuera la primera vez.
Y desde entonces ya no se había sentido solo.
Ambos se separaron, buscando aire tras aquel beso y mirándose con ojos brillantes y expresiones tiernas, sintiendo el aliento de la otra persona en el rostro y manteniéndose a pocos centímetros el uno del otro... justo lo suficiente como para recordarse constantemente que lo que estaban viviendo era algo real.
Rick simplemente dejó que la mirada intensa de Lisa lo quemara vivo... dejó que aquellos ojos verdes se convirtieran en su mundo, en su razón de ser, y sintió que todas las penas y dolores que había pasado en su vida valían la pena con tal de sentir aquel amor incontenible que ella destilaba en su mirada.
Sin poder contenerse, volvió a buscar con desesperación los labios de Lisa, y sus brazos la tomaron, estrechándola contra él, sintiendo cada rincón de la silueta de Lisa entrando en contacto con su propio cuerpo, separados apenas por sus uniformes, y creyendo que cada fibra de su ser estallaría ante esas sensaciones irresistibles.
- ¿Y ese por qué fue? - le preguntó Lisa, apoyando su frente contra la de él en cuanto volvieron a separarse.
- Por nada en particular, bonita... simplemente porque sí - fue la respuesta de Rick.
Ella sonrió... fue una sonrisa fugaz al comienzo, pero luego se hizo prácticamente radiante, iluminando su rostro y haciendo que el corazón de Rick saltara de alegría.
- ¿Tienes la noche libre, no? - preguntó Rick, cambiando de tema.
- Por completo... aunque tengo que preparar un informe para el almirante Gloval acerca del desempeño de nuestras fuerzas en las operaciones de los campos de refugiados. ¿Por qué lo preguntas?
- Porque estaba pensando que tal vez podríamos ir a la ciudad... aprovechar la oportunidad para ir a cenar a algún restaurant, pasear un rato... despejarnos... y de paso, te ahorras ese trabajo tan agotador de cocinar para alguien tan exigente como yo.
- ¡Bocafloja! - dijo ella, levantando un puño cerrado justo frente al rostro de Rick.
- ¡Comadreja! - devolvió él, entrecerrando los ojos y haciendo su mejor imitación de Lisa Hayes enfadada.
- ¡Rata! - contestó Lisa, levantando la voz y sintiendo que estallaría en risa ante lo absurdo de todo.
- Preciosa... - fue la contestación de Rick, dicha en un tono tan bajo que resultaba discordante comparado con los intercambios que habían venido un poco antes.
Tras meditarlo un poco, Lisa encontró que la idea le parecía muy atractiva. Definitivamente le vendría bien salir a la ciudad y tratar de hacer algo parecido a una vida normal, algo fuera de la rutina cotidiana del trabajo en el SDF-1... aunque junto a ese piloto bocón e irreverente, Lisa creía que nada que pudiera vivir sería rutinario.
- ¿Y desde hace cuánto que estás pensando esto?
- Desde hace quince segundos, preciosa - contestó él con una sonrisa pícara y besándole la frente.
- Piensas rápido cuando tienes buenas ideas.
- Pienso rápido cuando te tengo cerca - susurró él, tomándola del talle.
- Será que te robas mis ideas - lo provocó ella, colocando su mano en el hombro de él y acariciándolo.
- O será que me inspiras... - dijo él junto a la oreja de Lisa, aprovechando para darle un suave mordisco al que ella respondió con un gruñido leve de placer.
- Tonto...
Eso fue lo último que dijo Lisa antes de hacer que fuera Rick el que perdiera el hilo de la conversación, estampándole un beso tan intenso que el piloto creyó que caería desmayado allí mismo de la pura fuerza que ella le estaba poniendo.
- ¿Vamos? - le preguntó Lisa en cuanto se recuperaron del último beso.
- A donde usted diga, comandante...
Sin parar de reírse, sin soltar sus manos, y sin perder oportunidad de mirarse a los ojos, los dos jóvenes oficiales dejaron la sala de recreación del Prometheus con destino a sus camarotes para ponerse ropas civiles... y dar comienzo a la parte verdaderamente buena del día.
El atardecer en Ciudad Macross significaba el comienzo de la vida nocturna en aquella ciudad de sobrevivientes. Los bulevares y calles estaban bañados por la luz del alumbrado público, que surgía de las propias y poderosas calderas Reflex y turbinas de la fortaleza espacial.
Vista en el esplendor de su vida nocturna, Ciudad Macross daba la impresión de ser una reliquia... quizás el último lugar sobre la faz de la Tierra en el que se podía vivir algo parecido a una vida normal. La gente caminaba por las calles de la ciudad, paseando o simplemente aprovechando para relajarse y tomarse un respiro de las exigencias cada vez más duras de la vida cotidiana.
Era algo en apariencia contradictorio... cómo una ciudad que vivía desde hacía dos años envuelta en una guerra permanente podía tener una vida tan normal, a falta de un término mejor con el cual definirlo. Podía ser que simplemente la gente de Ciudad Macross se había acostumbrado a la presencia de la guerra y hubiera decidido que lo mejor que cabía hacer era seguir con la vida cotidiana, o simplemente era el espíritu de los habitantes de la ciudad, habituados desde el primer día a convivir con la adversidad como si fuera una compañera de ruta.
Ese mundo tan extraño y cotidiano, tan contradictorio y lógico a la vez, era al que dos jóvenes se iban a enfrentar aquella noche.
Rick y Lisa caminaban por una de las avenidas de la ciudad, tomados de la mano y conversando animadamente de todos los temas que se les ocurrían, desde los más triviales hasta los más serios. Cualquiera que los viera los habría creído una pareja de jóvenes, tal vez estudiantes universitarios, dadas las edades... jamás hubieran adivinado que eran oficiales militares. Se veían tan relajados y contentos el uno con el otro que había desaparecido de sus semblantes toda impresión de que convivían rutinariamente con la guerra y la destrucción que traían. Allí, caminando por esa calle, ellos dos se permitían ser aunque más no fuera por aquella noche, solamente dos jóvenes enamorados.
Permitiéndose un segundo para contemplar a la mujer a su lado, Rick cayó en la cuenta de que Lisa se veía mucho más joven que la primera vez que la había visto fuera del uniforme. Había sido durante aquel vergonzoso episodio de la tienda de lencería, y en aquella oportunidad Lisa había vestido un conservador sweater amarillo y una larga pollera que le daba un aire de seriedad muy adecuado para su rostro severo e inquisidor.
No era así esa noche, a tal punto que Rick descubrió que, de no ser porque conocía a Lisa, él jamás hubiera pensado que ella fuera una oficial militar. Para aquella salida, Lisa se había puesto unos jeans, una blusa azul y un saco marrón claro... un conjunto que la hacía ver aún más joven que los 26 años que ella tenía. Incluso su cabello estaba diferente; en lugar de aquellos rizos que solía hacerse, Lisa simplemente había dejado que su largo cabello castaño cayera libremente sobre sus hombros y espalda. Aquella noche, Lisa no parecía una oficial militar de descanso, sino una atractiva joven que salía a disfrutar lo que la tarde tenía para ofrecerle, acompañada de un hombre al que amaba con locura y que la amaba a ella de igual manera.
Ya llevaban un buen rato paseando por allí, deteniéndose para observar los comercios y hacer comentarios sobre los productos que tenían para ofrecer.
Se sentía tan bien, tan distinto y a la vez tan correcto el poder hacer eso... en los corazones de ambos jóvenes podía disfrutarse una extraña y encantadora paz, nacida de la sensación de estar recuperando no sólo el tiempo que habían desperdiciado entre ellos, sino también aquellos años de despreocupación e inocencia que la guerra les había arrebatado irremisiblemente.
- Veamos... ¿a donde podríamos ir a cenar? - murmuró Rick, tal como solía hacer cuando pensaba en voz alta. Era un hábito que normalmente guardaba para sí, pero que había empezado a practicar frente a Lisa con creciente frecuencia. Quizás porque se sentía cómodo con ella, tal como había reflexionado en una oportunidad.
El único inconveniente era que Lisa no siempre distinguía si Rick le estaba preguntando algo o si simplemente pensaba en voz alta, y fue por ello que la joven intervino para responder una pregunta que no le había sido hecha.
- Yo sé donde...
- ¿Y no me lo vas a decir? - dijo Rick al cabo de unos segundos de travieso silencio entre los dos.
- ¿No me lo vas a preguntar? - le contestó Lisa suavemente, como si le estuviera pidiendo un favor... aunque el brillo juguetón en sus ojos la traicionaba.
- Si insistes... - dijo Rick haciendo un ademán de resignación, tratando de disimular el hecho de que disfrutaba mucho aquellas charadas que condimentaban sus conversaciones. - ¿A donde quieres ir a comer?
Lisa simplemente giró sobre sus talones y extendió el brazo para señalar un establecimiento del otro lado de la calle.
- Allí.
Rick pasó unos instantes contemplando el lugar que ella había señalado, y después, con innegable sorpresa, buscó la mirada de Lisa, sorprendido de que ella hubiera hecho una elección como esa.
- ¿Una pizzería?
- ¿Y por qué no? - Lisa lo miraba ahora con la expresión que se le puede dedicar a alguien que pregunta por qué el agua es húmeda. - Me muero de ganas de comer una pizza.
- Es que yo pensaba que tal vez te gustaría comer en algún lugar más elegante y formal... - balbuceó Rick, buscando con urgencia las palabras adecuadas y dando con aquella frase, sin poder creer que aquella mujer siempre tan correcta y digna pudiera querer cenar en una pizzería.
- ¡Y una de las grandes! - continuaba Lisa, ignorando intencionalmente lo que Rick le decía, a la vez que se relamía los labios de una manera sensual que hacía que algo se encendiera dentro del piloto. - Bien crocante, con mucho queso y salsa...
- ¡Está bien, está bien! - exclamó Rick, levantando las manos en señal de rendición y sonriendo resignadamente. - Tú ganas, Hayes... tendrás tu pizza, bien grande, bien crocante y con mucho queso y salsa...
Los ojos de Rick ahora se clavaban en los de Lisa con aquella mirada tan típica de él cuando quería bromear con ella.
- Y pediré otra para mí.
Lisa lo tomó bien fuerte de la mano, y tras darle un beso en la mejilla que luego por inercia acabó en un contacto tibio y cariñoso con los labios de Rick, lo llevó sin más preámbulos hasta un local indicado con un letrero grande de neón que rezaba "PIZZA CASTLE".
Ambos pudieron encontrar un lugar para ellos dos junto a la ventana. Era casi la hora de la cena, y aquel lugar ya empezaba a llenarse de habitantes y familias de Ciudad Macross que, tal como Rick y Lisa, habían decidido aprovechar la tarde y cenar allí. Veinte minutos después de haber realizado su pedido, un mesero corpulento y de bigote estilo italiano dejó en la mesa de los dos jóvenes una enorme pizza de muzzarella, condimentada a gusto con salsa de tomate, con un aspecto tan apetitoso que a Rick y Lisa se les cruzó por la cabeza la idea de pedir otra en cuanto acabaran con aquella.
Para beber (y bajar sin problemas aquella pizza), habían pedido sendas Petite Cola, y tras recibirlas los dos se dispusieron a comer aquella pizza con toda la urgencia que el hambre y el agotamiento les imprimían. A pesar de eso, Rick y Lisa se las ingeniaron para continuar hablando y riendo entre ellos sobre los temas más variados... mientras permitían que por un breve instante el fantasma de la guerra los dejara en paz.
Aquella cena bien informal se extendió mientras la noche artificial envolvía a Ciudad Macross, y en su mesa Rick y Lisa no hacían otra cosa que no fuera atacar su pizza y disfrutar de la mutua compañía... a la vez que en sus corazones ardía el fuego poderoso del amor que había entre ellos dos.
- Espera... espera, tienes algo - dijo Lisa con algo de urgencia, mirando con ojos inquisitivos y analíticos el rostro de Rick.
- ¿Qué cosa? - le preguntó él, súbitamente preocupado por la expresión que había aparecido en el rostro de ella, temiendo que ella hubiera visto una cucaracha o una rata en su cara.
Antes siquiera de responder, Lisa ya se había puesto de pie y estaba inclinada sobre la mesa, con su rostro a pocos centímetros del de Rick
- Tienes algo de queso en la esquina de tu boca.
- Oh diablos, ya me lo... - comenzó a decir Rick, buscando al mismo tiempo con sus manos alguna servilleta para quitarse aquel trozo de comida.
- ¡No! - exclamó Lisa, provocando que el joven piloto se sobresaltara y se quedara quieto en seco, con sus manos a poco de alcanzar el servilletero.
- ¿Qué tienes?
- Déjame ayudarte... - le contestó ella, sonriendo con ternura y atrapando la mirada de Rick con el brillo pícaro de sus ojos.
- Lisa, no es necesario...
Rick había dicho eso sin demasiada convicción, pero para su sorpresa comprobó que Lisa no le prestaba atención, y que se acercaba inevitablemente a su rostro.
- Insisto... - susurró ella contra sus labios, ya con los ojos a medio cerrar, permitiéndose una leve sonrisa al comprobar que su piloto había quedado congelado por completo, entregándose a lo que ella tuviera en mente con él.
Los labios de Lisa atraparon primero aquel rebelde trozo de queso, y rápidamente se ocuparon de él para que no molestara más. Libre ya de aquel escollo, y a pesar de haber cumplido su misión, los labios de Lisa permanecieron sobre el rostro de su piloto, recorriendo y besando con creciente intensidad la piel del joven hasta que al fin encontraron los labios deseosos de Rick, aprovechando el desconcierto en el que estaba sumido él para tomarlos en un beso tierno que, como solía suceder entre ellos, poco a poco y sin que lo previeran se convirtió en algo más intenso y apasionado, algo que los dejaba sin aire en los pulmones y sin otra idea en la mente que no fuera convertirlo en algo eterno...
Para bien de su propio orgullo, Rick reaccionó con rapidez a aquel inesperado ataque, y devolvió golpe por golpe, sonriendo mientras era ahora el turno de Lisa de sufrir el huracán que él había desatado en sus labios. Venciendo su resistencia, dejaron que sus lenguas hicieran lo que tenían que hacer... mientras el resto del mundo, excepto ellos dos, simplemente desaparecía para ellos.
La mano de Rick buscó entonces la nuca de Lisa, acercándola más a él a la vez que le impedía escapar; no la iba a dejar ir ni le iba siquiera a dar la posibilidad de terminar aquel beso... por más que en su fuero íntimo Lisa no tuviera la menor intención de dar por concluido aquel beso.
Al menos, hasta que la falta de aire los forzó a buscar literalmente un respiro.
- Listo... ya te lo quité - dijo ella, con su mano derecha acariciando el rostro de Rick y clavando su mirada en los ojos azules del joven piloto.
- Gracias, aunque insisto en que podría habérmelo quitado solo - sonrió él con picardía, diciendo aquellas palabras con el tono arrogante que, como él había descubierto a lo largo de las últimas semanas, era una de las mejores maneras de provocar en Lisa la clase de reacciones que lo hacían divertir a más no poder.
- ¿Quién dijo que hablaba del queso? - le respondió Lisa con un tono juguetón y misterioso, además de guiñarle el ojo en tono cómplice.
- Lisa Hayes, eres terrible.
- Lo soy - dijo ella dándose aires. - Aprendí del mejor.
El tiempo seguía pasando, mientras las porciones de pizza iban desapareciendo poco a poco; sin embargo, y pese a los comentarios que ambos habían hecho antes de entrar sobre encargar una segunda pizza, tanto Rick como Lisa se sintieron satisfechos con lo que ya habían comido, y tras beber otra Petite Cola cada uno, Rick hizo un ademán en dirección del mostrador para que vinieran a darle la cuenta.
El mesero llegó tres minutos después, portando la boleta con el costo total de aquella cena. Automáticamente, mientras en su cabeza hacía la aritmética para calcular lo que ella tenía que aportar, Lisa buscó en su cartera hasta encontrar su billetera, pero antes de siquiera poder abrirla para tomar unos billetes sintió que una mano la sujetaba firmemente del brazo, y al voltear se encontró con el rostro de Rick, quien estaba negando con la cabeza.
- Oh no... Ni lo pienses. Yo invito - dijo, señalándose de manera exagerada con el pulgar de la mano izquierda.
- Pero Rick... - comenzó a protestar ella, deteniéndose en cuanto Rick levantó una mano.
- Recuerdo que cuando quise invitar a una persona con una Petite Cola, esa persona me respondió que los comandantes ganaban más que los tenientes.
Ante la sonrisa de Lisa nacida de recordar aquel episodio tan especial, Rick le guiñó un ojo antes de seguir hablando.
- Como habrás oído por allí, ya soy un teniente comandante, lo que significa que además de tener dos barritas doradas en mi insignia de rango, tengo un sueldo un poquito mayor.
- No cambia nada... - devolvió ella sacudiendo la cabeza en negativa, haciendo que sus cabellos se mecieran y dedicándole a Rick una de sus miradas más traviesas. - Por si no lo sabías, los comandantes a secas ganamos más que los tenientes comandantes.
Rick no se dio por aludido; simplemente puso su mejor expresión de despreocupado antes de seguir con la conversación.
- Curioso... para mí tú no tienes rango esta noche.
- ¿Y qué soy entonces? - preguntó Lisa arqueando una ceja, esperando escuchar con qué cosa iba a salir Rick para no perder la discusión.
- Mi novia - respondió Rick como si fuera lo más sencillo del mundo, mientras sus labios formaban una sonrisa tierna y sus ojos miraban a Lisa con adoración.
Por unos instantes, Lisa quedó congelada en donde se hallaba, sin poder mirar otra cosa que no fueran los ojos de Rick. Durante las últimas semanas, después de haber puesto finalmente en claro sus sentimientos mutuos, ellos habían compartido mucho juntos y se habían acercado más de lo que habían creído posible, descubriendo cosas sobre el otro que simplemente hacían que esos sentimientos fueran creciendo con cada día. Para todos los propósitos prácticos y ante cualquiera que pudiera verlos, ellos eran novios... pero esa era la primera vez que alguno de los dos se había atrevido a poner ese concepto en palabras.
Lisa jamás había estado de novia desde que Karl... había sido mucho tiempo y había llegado a creer que jamás volvería a considerarse como la novia de alguien. Saber que ahora lo había vuelto a ser, y con ese hombre tan arrogante y encantador, fue algo que nunca había creído que pudiera hacerla sentir tan... viva.
- ¿Tu novia? - balbuceó ella, mirando a Rick con ojos agrandados por la sorpresa.
- Sip, mi novia - replicó él con una mirada de adoración y orgullo incontenible e inflándose el pecho. - Mi chica, mi tortolito, mi bombón, mi propiedad exclusiva y todos los calificativos que se te ocurran... lo que significa que te voy a invitar cosas muy seguido, que voy a ser extremadamente cortés y galante contigo, y que si veo que otro hombre siquiera te mira por más de dos segundos, lo voy a hacer el hombre más feliz del mundo... porque tú habrás sido la última cosa que vio antes de ir al otro mundo.
- Eso fue el comentario más posesivo y machista que he escuchado en mi vida, comandante Hunter... ¿cuánto más te falta para sacar el garrote y jugar al cavernícola? - le contestó ella, entrecerrando los ojos y disfrutando como sólo lo hacía cada vez que buscaba hacer rabiar a su piloto.
- ¡Ooga! - exclamó Rick en tonos guturales, golpeándose el pecho como si fuera King Kong y haciendo que Lisa estallara en carcajadas.
Los dos jóvenes simplemente continuaron riendo, dejándose llevar por la química que había entre ellos dos y bromeando con todo lo que podían... era algo tan placentero para los dos y tan hermoso que querían que no acabara jamás.
- Pero en serio, Lisa... - dijo Rick dándose aires y haciendo su mejor caracterización de un pedante. - Piensa en el ejemplar que te estás llevando; realmente eres muy afortunada de tener a alguien como yo a tu lado, un hombre...
- Egomaníaco, irrespetuoso... - interrumpió ella sin dejar de reír.
- Tierno, cariñoso... - devolvió él, clavando su mirada en la de Lisa.
- Insubordinado, temerario, irritante...
- Divertido, galante, bien parecido...
- Que más vale perderlo que encontrarlo...
- Que te convertirá en la envidia de todas las mujeres de la nave...
- Y que me vuelve loca de atar y en quien jamás dejo de pensar - siguió ella, cambiando el tono que tenía por una voz baja y susurrante, que destilaba cariño en cada sílaba.
- Y que te ama con locura, y que se muere por ti - concluyó Rick de igual manera, sintiendo que se perdía irremediablemente en los brillantes ojos de Lisa.
Aquella sesión de esgrima verbal concluyó de la mejor manera; con un beso tierno en los labios, de esos que solían hacer que Rick y Lisa terminaran en las nubes sin necesidad de un avión al primer encuentro de sus labios.
Finalmente Lisa cedió y permitió que Rick pagara la cuenta, cosa que él hizo con un gesto de triunfo, y que continuó una vez que los dos se pusieron de pie para irse, cuando Rick la tomó posesivamente por la cintura para acercarla a él, al mismo tiempo que con la otra mano se golpeaba el pecho como si fuera un hombre de las cavernas, haciendo que ella se riera a carcajadas mientras los dos dejaban el Pizza Castle con la satisfacción que sólo puede dar una cena bien abundante y compartida con una persona especial.
Dentro del Pizza Castle, algunos comensales sonrieron al ver a la joven pareja, disfrutando de ver que al menos había cosas que prosperaban en medio de la calamidad general. Una de esas personas era la sargento primero Elaine Anderson, quien procedió con diligencia a hacer algunas anotaciones discretas en su libreta antes de volver a la pizza que tenía enfrente.
Lisa y Rick caminaron tomados de la mano por las calles de la ciudad, paseando un poco "para ayudar a la digestión", como decía Lisa, antes de volver a la sección militar del SDF-1, cambiando las calles y bulevares iluminadas por corredores y ascensores fríos y de aspecto oficial.
En otro lugar de Ciudad Macross, una reunión muy diferente estaba por tener lugar.
El Café Variation era uno de los más populares lugares de encuentro en el SDF-1. Su siempre bien surtida despensa proveía a los habitantes de Ciudad Macross de ingentes cantidades de café y té, y su ubicación cercana al parque de la ciudad le garantizaba lo más cercano a una vista pacífica a bordo de la enorme fortaleza espacial. Aquella tarde, la mayoría de las mesas del Variation estaban ocupadas por habitantes de Ciudad Macross que buscaban distraerse de la dureza cotidiana en el mundo del post-Holocausto, aún a sabiendas de que el racionamiento estaría haciendo estragos con las reservas de café del establecimiento.
Una de las mesas ubicadas justo debajo de los enormes ventanales que daban a la calle estaba ocupada por una solitaria persona, un hombre de unos cuarenta años que bebía en silencio una taza de café, mientras miraba a través del ventanal a la espera de... algo.
Cualquier desprevenido que pudiera ver a aquel hombre alto y delgado en ese atardecer lo hubiera considerado como una persona común y corriente, quizás uno de los miembros de la comunidad de negocios de la ciudad aprovechando un muy merecido descanso con una más merecida taza de buen café.
Esa era definitivamente la impresión que Rudolf Spier deseaba dar. Era una imagen personal que el hombre se ocupaba de cultivar cuidadosamente, una apariencia prácticamente diseñada para no dejar impresión alguna en cualquier persona que se lo cruzara, y para no aparentar peligro o amenaza.
Una imagen completamente falsa.
Rudolf Spier ya llevaba media hora esperando en esa mesa del Variation, pero el tiempo no le importaba; antes al contrario, sólo reforzaba más su decisión y voluntad de hacer aquello lo más rápido posible.
Además, como podía ver él, no había ningún riesgo de que el Variation se fuera a quedar vacío en el corto plazo, lo que sólo era más conveniente para él. Entablar negociaciones secretas en callejones aislados era algo que sólo creían y practicaban los principiantes, los aficionados que conocían de su profesión exclusivamente a través de las películas que la deformaban para entretener.
No... si alguien quería mantener una charla en secreto, lo mejor que podía hacer era tenerla en un lugar público. Repleto de gente que dificultara la visión. Saturado de ruidos y charlas que disimularan lo que se iba a hablar. Todo con miras a parecer lo más inofensivo posible.
Pero hacer funcionar el truco requería de la experiencia de un maestro. Y Rudolf Spier, aunque modesto, se consideraba bastante cercano a un maestro en su arte.
La reunión que iba a mantener en instantes nomás era la mejor prueba de eso: no cualquiera podía arreglárselas para recomponer una relación de trabajo que había sido prácticamente aniquilada por una invasión extraterrestre y la consiguiente aniquilación de la raza humana.
Pero él pudo.
Una mujer de unos treinta años, de cabello oscuro y corto y expresión tan inteligente como irritada entró al Variation justo cuando Spier daba cuenta de otro sorbo de café. La mujer recorrió el lugar con la vista hasta dar con Spier... y de inmediato, su expresión se tornó más irritada aún, algo que divirtió a Spier mientras la veía acercarse hasta la silla que él había reservado para ella.
- No me hagas perder el tiempo, Spier - lanzó sin anestesia la mujer mientras se sentaba de mala gana en la silla. - ¿Qué diablos quieres?
- Solamente hablar con usted, doctora... nada más que eso.
La recién llegada frunció el ceño en señal de disgusto... todo aquello le estaba provocando un odio que no podía disimular aún de haber querido hacerlo.
- Nunca quieres "solamente hablar", ¿así que por qué no vas al punto de todo esto y nos ahorramos la agonía?
Antes de contestar, Spier llamó a una de las camareras del lugar y le pidió que trajera otro café como el suyo para la recién llegada.
La mujer no agradeció aquella "gentileza", y se limitó a fusilar con la mirada a Spier mientras éste sonreía como si todo estuviera bien en el mundo.
- Teníamos una relación de trabajo tan buena, doctora Powell... - dijo como entristecido el hombre. - Usted era de las mejores personas con las que tuve que trabajar alguna vez.
La doctora Powell no parecía compartir aquella opinión, y su tono fue seco al responder.
- Eso se acabó.
- Doctora, doctora, ¿por qué tanta dureza? Usted era una persona tan distinta la primera vez que hablamos... tan ansiosa, tan llena de patriotismo, tan deseosa de hacer lo correcto...
Ante esa descripción, la mujer se contrajo como si el recordar lo que alguna vez había sido le provocara dolor físico, algo que lejos de disuadir a su interlocutor sólo le dio más ánimos para seguir con ese impiadoso ataque.
- Sobre todo, tan preocupada por la forma en que el doctor Lang y su equipo trabajaba en el proyecto Robotech, tan inquieta por los secretos que usted creía que debía conocer el Gobierno de la Tierra Unida - remató Spier con una sonrisa cruel en los labios. - ¿Qué pasó para que cambiara tanto, Jessica?
- Tengo deberes que cumplir, Spier - intentó defenderse la doctora Powell con voz temblorosa. - Tengo responsabilidades hacia mi equipo, hacia--
- Tiene responsabilidades hacia la Tierra por sobre todas las cosas, doctora Powell, responsabilidades que deberá honrar a toda costa - la interrumpió Spier con dureza, dejando atrás su pretensión de parecer un tipo bonachón y amistoso.
Del otro lado de la mesa, la doctora Jessica Powell sintió algo que hacía mucho tiempo que no experimentaba... sintió temor, un profundo e inconsciente temor que se hacía más insoportable con cada segundo que pasaba teniendo que ver el rostro fino y cruel de Rudolf Spier. El rostro de aquella persona que había escuchado sus miedos hacía largos años, cuando el mundo podía permitirse preocupaciones más... mundanas, en una época en la que Jessica Powell hacía sus primeras armas como la más joven y nueva incorporación al Grupo de Investigación Robotech que el doctor Emil Lang encabezaba en sus laboratorios de Isla Macross.
Rudolf Spier conocía bien las cuatro razones que podían llevar a una persona a convertirse en informante. Podía ser por simple codicia, vendiendo los secretos que le habían sido confiados a cambio de dinero. Podía ser por ideología, algo que llevara al informante a simpatizar con los ideales de sus oponentes ocasionales al punto de pasarles información. Podía ser por conciencia, por un profundo convencimiento de que lo que su grupo estaba haciendo era algo completamente malo, por reacción hacia un mal real o percibido, o por disgusto hacia sus compañeros y acciones. Y podía ser por ego, por la satisfacción de saberse más inteligente que los demás, por el placer de dejar pintados como idiotas a sus colegas o simplemente para sentirse más importantes e influyentes de lo que en realidad eran.
En el caso de Jessica Powell, la conciencia la había motivado a convertirse en una informante clandestina del Gobierno de la Tierra Unida. Eso... y un poco de ego que ella nunca hubiera admitido abiertamente. Powell creía que lo que Lang y sus colegas descubrían en sus laboratorios debía ser puesto en conocimiento de las autoridades antes de lo que el doctor creía conveniente... y también resentía que Lang la mantuviera como una asistente a pesar de sus imponentes pergaminos científicos.
Spier la había escuchado luego de entablar contacto por primera vez y la había alentado a hacer algo para calmar sus temores. Inicialmente no pasaba de cosas menores... mantener a Spier al tanto de lo que hacía el doctor Lang, luego informar más detalladamente sobre sus avances, sus líneas de investigación, sus teorías y por sobre todas las cosas, lo que el doctor no quería que el resto del mundo supiera.
El estallido de la guerra entre la Tierra y los Zentraedi acabó con el trabajo de informante de una Jessica Powell cuya carrera había avanzado más de lo que alguna vez ella creyera posible: para Spier no tenía sentido seguir teniéndola como informante en el equipo de Lang cuando no había nadie a quien comunicar sus reportes, y en medio de la situación de vida o muerte que pasaba el SDF-1, mantener distraída a una de las mentes más brillantes de la fortaleza era contraproducente.
Pero ahora que la guerra había terminado, otra era la historia.
- Le diré qué vamos a hacer ahora, doctor Powell - lanzó Spier, apoyando los codos sobre la mesa. - Para empezar.
La doctora no dijo nada, apenas haciendo un gesto despectivo para que Spier dijera lo que tenía para decir... y Spier hizo exactamente eso.
- Volveremos a nuestros viejos hábitos. Nos reuniremos de tanto en tanto para hablar... yo le diré qué es lo que quiero y usted me lo entregará en nuestra próxima reunión. Confío en que todavía será tan prudente como lo era cuando trabajábamos.
Jessica Powell sonrió como si le acabaran de contar un mal chiste, y replicó con un tono desafiante y despectivo a la vez.
- ¿Y por qué tendría que hacerlo?
- Porque usted es una patriota, doctora - explicó Spier con calma y tranquilidad. - Porque usted sigue tan deseosa de hacer lo correcto. Porque las razones que la hicieron trabajar para mí al comienzo siguen siendo tan válidas hoy como ayer. Y porque si no lo hace, me encargaré personalmente de destruir todo lo que ama y dejar su vida hecha ruinas.
- ¿Me está amenazando? - bramó la doctora Powell mientras golpeaba una mano furiosa en la mesa, atrayendo sin proponérselo la atención de otros parroquianos.
Spier se tomó unos segundos para sonreírles a los indeseados espectadores... una sonrisa triste y ligeramente cómica, que estaba calculada para darles la impresión a los que pudieran haber prestado atención a su mesa que allí no había otra cosa más seria que una pelea de pareja.
- Tómelo como un consejo amistoso... no quisiera tener que hacerlo - replicó Spier con una sonrisa para nada agradable.
- No puede hacer nada... además usted ya no tiene una agencia a la que reportar. En mi opinión, usted no es más que un pobre matón.
Rudolf Spier se detuvo unos segundos, haciendo como que pensaba muy seriamente en el argumento de la doctora... y tal vez dándole esperanzas a Jessica Powell de haber hallado algo que la liberara de aquel predicamento.
- Tiene razón en una cosa, doctora... ya no tengo ninguna agencia a la que reportar. Ningún superior al cual mantener informado, ningún código de procedimientos al cual ajustarme... ningún burócrata imbécil de escritorio que me diga qué es lo que puedo y no puedo hacer con mis informantes... nadie que me impida arruinarle la vida por completo si yo quiero.
Una sonrisa asomó en las comisuras de los labios de Spier... él podía ver cómo la postura desafiante de su antigua informante se derretía como hielo al sol, reemplazada por una expresión en la que emergía el más abyecto y puro de los terrores. Podía ver en la mirada de la doctora Powell el deseo, el anhelo, la urgencia de descubrir que se hallaba sólo ante un muy mal sueño, quizás una pesadilla alimentada por su culpa.
Pero Rudolf Spier estaba allí para que la doctora entendiera que estaba ante la más pura y completa realidad. Una realidad tan cruel y despiadada como el desierto fúnebre en que se había convertido la Tierra.
- Déjeme decirle qué pasará en el futuro, mi querida doctora Powell - propuso Spier. - Si usted se levanta de esta mesa sin que hayamos acordado cómo nos vamos a manejar a partir de ahora, mañana mismo el doctor Lang encontrará una caja de remitente desconocido en el escritorio de su oficina--
Movida por un impulso irresistible de fugarse, la doctora Powell se levantó de su silla como si un resorte la empujara y trató de abandonar el lugar, sólo para detenerse cuando escuchó la voz de Spier, más fría y amenazante que nunca.
- Siéntese.
De mala gana, la doctora acató... ella tenía muy en claro que Rudolf Spier no era una persona a la que convenía provocar con gestos fútiles de desafío.
- Como le decía, el buen doctor encontrará una caja en su escritorio. No tendrá remitente ni dirección alguna, pero ¿sabe lo que va a encontrar el doctor cuando la abra? - preguntó con falsa inocencia Spier, sonriendo para hacer peor el golpe. - Copias de todos los reportes originados en la estación Macross de la Agencia de Inteligencia de la Tierra Unida del período que va entre 2004 y 2009, entre los que se hallan detallados y minuciosos informes que describen los avances de sus investigaciones sobre Robotecnología y sobre los sistemas del SDF-1.
Los ojos de la doctora se abrieron enormes, destilando terror puro y una profunda culpa.
- ¿Los recuerda, no es así? - la provocó Spier, alimentado por el temor y culpa que veía en el rostro de la doctora. - ¿Aquellos avances que usted creía que el Gobierno debía saber antes de lo que el doctor Lang juzgaba prudente y que se ocupó de describirme con lujo de detalles?
Lágrimas de furia comenzaban a aparecer en los ojos de la doctora, y sus labios temblaban de rabia mientras frente a ella, el hombre que había vuelto para arruinar su vida y devastar su conciencia proseguía con su impiadoso ataque.
- Imagino que el doctor Lang no va a estar para nada contento de enterarse de eso... menos de enterarse quién fue la que puso todos esos datos en manos de, ¿cómo dijo que lo llamaba el doctor? Ah, sí... "un Gobierno que no tiene la suficiente inteligencia para comprender la magnitud de nuestros descubrimientos"... - dijo Spier mientras bebía de su café, permitiéndose luego sonreír con tristeza. - Supongo que eso sería suficiente para que el doctor la expulse del Grupo de Investigación y la condene a dar clases de química ante mocosos de secundaria por el resto de su "carrera científica", eso si Lang y el resto de sus colegas no la llevan ante una corte por... no sé por qué, pero sé que el trabajo que hicimos juntos puede ponerla en la cárcel, doctora Powell. Por muchos años, puedo agregar.
- Está loco - murmuró en pánico la científica, a quien la mano le temblaba visiblemente.
Por dentro, Rudolf Spier estaba exultante... la tenía exactamente donde la quería. Contra las cuerdas. Sin posibilidades.
Sin otra opción más que acatar.
Sin otra opción más que someterse.
Sin otra opción más que volver al redil del que había creído escapar.
- Por el contrario, doctora Powell... soy un hombre razonable y preocupado. Como usted bien lo dijo, la agencia para la que trabajé ya no existe más, lo que significa que cualquier posibilidad de que "alguien" intervenga para salvar su pellejo si el doctor Lang se entera de lo que hizo desapareció junto con mi agencia. Una lástima, ¿no lo cree?
La doctora no contestó. Sus nudillos se veían blancos por la forma en la que estaba apretando la taza de su café ya frío. Sus ojos pardos estaban enrojecidos de lágrimas y de dolor, y todo su ser exudaba dolor y clamor por piedad, aún a sabiendas de que eso sólo alimentaba a su interlocutor.
- Tenemos un acuerdo entonces, ¿no es así, Jessica?
Sentada en su silla y empequeñecida de temor y furia, la doctora Jessica Powell, científica eminente del Grupo de Investigación Robotech, asintió de manera casi imperceptible, sellando un nuevo pacto con el diablo... uno que, a diferencia del anterior, estaba motivado por el temor y no por el patriotismo.
- Muy bien. No hay que ser muy ambiciosos, así que limitaremos sus reportes a una vez cada dos semanas - concluyó Spier como si estuviera queriendo conciliar las cosas, para luego sonreír. - Y ahora que tenemos nuevos amigos gigantes, estoy seguro de que el doctor Lang va a tener mucho para estudiar sobre ellos. Y yo voy a tener mucho para leer sobre los estudios del doctor Lang sobre los Zentraedi. Usted se asegurará de eso, doctora.
La doctora Powell no respondió... nada de lo que pudiera decir la habría salvado.
Aunque no se notara en su rostro, Rudolf Spier estaba satisfecho. Había traído a una de sus informantes de vuelta al redil.
Todavía faltaban otros.
Eran ya las 2100 horas, y los dos oficiales no tardaron en llegar a la puerta del camarote de Lisa. Realmente no tenían ganas de separarse tras aquella tarde tan especial, pero ella tenía que completar aquel reporte para el almirante, y si había una cosa en el mundo a la que Lisa no podía resistirse (por más que cierto piloto estuviera convirtiéndose poco a poco en algo con similar efecto) era al llamado del deber.
Pero a veces surgen buenas ideas en el momento menos pensado, y Lisa cayó en la cuenta de que a su lado no sólo estaba su novio (le sonaba tan extraño y correcto a la vez el pensar en Rick como su novio), sino al Comandante del Grupo Aéreo del SDF-1, quien era a la vez comandante del Escuadrón de Combate Aeroespacial 1 "Skull"... lo que lo convertía en uno de los oficiales que, por las misiones que estaba desempeñando por esos días, más había visto acerca de los campos de refugiados y de su situación actual.
- Rick, estaba pensando... realmente necesito testimonios de primera mano sobre los campos de refugiados, para mi reporte al almirante - comenzó ella, obligándose a mirar a Rick a los ojos mientras él le tomaba la mano.
- Por supuesto, ¿en qué puedo ayudarte?
- Has estado recorriendo muchos campos de refugiados en estos días... ¿querrías darme tu opinión y tus experiencias para complementar el reporte?
Rick arqueó una ceja, esbozando una media sonrisa que daba a entender que no creía que Lisa lo quisiera solamente para ayudarla a completar un reporte.
- Es algo estrictamente oficial, comandante Hunter - le contestó ella entrecerrando los ojos.
Los ojos de Rick brillaron en ese corredor en penumbras con una luz que cautivó a Lisa, aunque no tanto como el beso que él le dio en la mejilla antes de responder:
- Lo que usted quiera, comandante Hayes.
Sin más preámbulo, Lisa abrió la puerta del camarote, y sin soltar la muñeca de Rick o encontrar resistencia en el piloto, lo condujo adentro mientras sonreía con picardía y emoción, dispuesta a hacer que esa noche terminara tan bien como había empezado.
Viernes 17 de junio de 2011
El trabajo de los pilotos de combate jamás acababa, incluso cuando los escuadrones Veritech, siguiendo la rotación oficial de trabajo, estaban fuera de las tareas de vuelo de un día en particular. Aquellos días, bastante raros en momentos en los que las Fuerzas de la Tierra Unida apenas podían prescindir del empleo de sus Veritech, eran aprovechados para realizar revisiones de mantenimiento a los cazas y para ponerse al día con el papeleo administrativo que involucraba la diaria operación de un escuadrón de combate.
El papeleo se multiplicaba exponencialmente en el caso del Comandante del Grupo Aéreo, ya que significaba revisar los reportes emanados de cada uno de los escuadrones de combate y apoyo de la nave y aprobarlos antes de elevarlos a la superioridad.
Y cuando el Comandante del Grupo Aéreo era además el líder de su propio escuadrón de combate, la cantidad de papeles que se acumulaban en el escritorio desafiaba la imaginación.
Esa mañana, la pequeña oficina que Rick tenía en el Prometheus rebosaba de documentos oficiales y papeles, todos ellos con membretes de distintas ramas de la burocracia militar. Normalmente ocuparse del papeleo era una tarea que le correspondía a Maistroff, pero con su ascenso al Estado Mayor esa tarea innoble había caído sobre los hombros cansados y muy mal dispuestos del teniente comandante Rick Hunter.
A eso de las 1100 horas, tras haber estado encerrado en esa oficina con el papeleo desde las 0700, Rick se encontró por primera vez en su vida echando de menos a Maistroff, y no pudo contener un sentimiento de genuina admiración al pensar en la capacidad de resistencia que debía de tener el ahora Jefe de Estado Mayor para sobrevivir todos los días a ese bombardeo burocrático.
Por suerte, los papeles eran cada vez menos, hasta que a las 1112 y con gran ceremonia, el teniente comandante Richard Hunter escribió su firma y estampó el sello oficial del Grupo Aéreo del SDF-1 en el último reporte que le quedaba, procedente del Escuadrón Ojo de Gato.
Luego de dejar su oficina, Rick aprovechó para pasar por una de las máquinas expendedoras de Petite Cola y darse el gusto con su vicio personal antes de dirigirse al hangar del Prometheus para las tareas de mantenimiento, previo paso por el vestuario para ponerse un mameluco de trabajo.
La atención diaria de los costosos cazas Veritech estaba normalmente en manos de los técnicos y mecánicos asignados al Grupo Aéreo, verdaderos profesionales en la materia que, tras los dos largos años que había durado la guerra, se habían vuelto poco menos que hacedores de milagros, arreglándoselas para devolver al servicio naves que cualquier ingeniero hubiera condenado al depósito de chatarra sin pensarlo dos veces.
Sin embargo, era costumbre que los pilotos de combate realizaran sus propias revisiones de los cazas de tanto en tanto, para así mantenerse al corriente respecto del funcionamiento de sus potentes máquinas de combate. Jamás llegarían a igualar a los mecánicos del Grupo Aéreo en conocimientos técnicos, pero al menos les daba la oportunidad de interiorizarse sobre lo que movía y mantenía en actividad a los Veritech. Esos conocimientos, tal como les habían inculcado los instructores de vuelo durante todo el entrenamiento, bien podían salvarles la vida a los pilotos de combate en una situación compleja.
Con el Skull fuera de la rotación de vuelo tras semanas de interminable trabajo, el día había llegado para que todos los cazas de su inventario estuvieran a disposición para la revisión de sus pilotos.
- Buenos días, jefe - saludó Max en cuanto Rick hizo su entrada al hangar. - ¿Cómo te fue en tu batalla con los papeles?
- Buenos días, Max - respondió Rick antes de contestar la pregunta con tono de hastío. - Hubo muchas bajas en ambos lados... pero al menos terminó.
- ¿Y quién ganó?
- Los papeles.
- Mejor suerte la próxima vez, hermano - rió Max palmeando a su amigo en la espalda.
- Si de mí dependiera, Sterling... no habría una próxima vez.
Los dos amigos llegaron hasta uno de los rincones del hangar, en donde permanecían aparcados el Skull Uno y el Skull Dos en espera de la revisión, perfectamente distinguibles gracias a sus libreas únicas e inconfundibles.
- ¿Con cuál vamos primero? - preguntó Rick. - ¿El tuyo o el mío?
- Mujeres, niños y líderes de escuadrón primero - respondió Max encogiéndose de hombros.
- Como quieras... - fue la respuesta de Rick mientras se trepaba a la cabina del caza. - Vamos primero con los flaps, ¿te parece?
- Perfecto - dijo Max, quien ya se estaba colocando debajo del ala de babor del Skull Uno. - ¿Qué tal la pasaste anoche, Rick?
- Oh, bastante bien... estoy extendiendo los flaps de babor... ahora.
- Extensión completa - respondió Max en tono profesional, comprobando que no hubiera ningún problema con las partes móviles del ala. - Estoy yendo hacia el ala de estribor, Rick... ¿volvieron a salir a cenar?
- No esta vez, salimos a pasear al parque observatorio... ella tenía que volver temprano para completar su reporte sobre los campos de refugiados... ¿ya estás allí?
- Listo, jefe, ya estoy en el ala de estribor, así que cuando quieras... ¿y sólo se quedaron en eso?
Rick volteó para confirmar que su amigo estuviera en donde tenía que estar, y una vez que lo hizo volteó la mirada hacia el tablero de controles del VF-1.
- ¡Claro que no! Compré algo para cenar y le di una mano con su reporte... extendiendo los flaps de estribor... ahora.
- Extensión completa... ¿qué comieron?
- Tacos - exclamó Rick. - ¿Revisamos los timones de cola?
- Voy hacia allá, jefe... - contestó Max mientras se movía por debajo del ala del Veritech hasta llegar a un punto en el que pudiera observar bien los dos timones de cola del Skull Uno. - ¿Tacos?
- Sí, Max... tacos. Muchos y muy buenos... estoy moviendo los timones ahora.
- Funcionan a la perfección - asintió Max tras ver cómo se movían los timones gemelos del Skull Uno, levantando luego el pulgar. - Espero que no hayan estado muy picantes.
- La salsa estaba algo picante - reconoció Rick mientras descendía de la cabina y caminaba al encuentro de su amigo - pero eso no quita que hayan estado para chuparse los dedos. ¿Revisamos ahora los motores?
- Muy bien, yo me ocupo del de babor y tú del de estribor... ¿Lisa se quemó con los tacos?
- Deberías haber visto su cara - sonrió Rick con picardía mientras le alcanzaba una caja metálica a Max. - Aquí tienes las herramientas.
Max asintió tras recibirla, y comenzó a revisar la turbina de babor del VF-1 mientras Rick hacía lo propio con la de estribor.
- Supongo que tuviste que hacerle respiración boca a boca después de eso, ¿no?
- ¿Cómo lo supiste? - contestó Rick sorprendido, sin dejar de prestar atención al estado del motor.
- Porque estos días cualquier excusa es buena para que ustedes dos anden así.
- Exageras, Sterling... - rió Rick mientras tomaba una llave inglesa. - No estamos así todo el tiempo... ¿cómo está mi motor de babor?
- No veo ningún problema con el motor - respondió Max tras cerrar una tapa de inspección. - Me sorprendes, jefe... no te hacía del tipo pródigo en cariñitos...
- Gracioso viniendo de un hombre cuya esposa vive con falta de aliento...
- ¿Qué puedo decir? Soy un hombre feliz - fue la respuesta de Max. - Da gusto verte así, jefe. Es un buen cambio... terminé con el motor.
- Yo también, vamos a revisar el radar... ¿Por qué lo dices?
- Vamos, Rick... todos lo notan, llegas todas las mañanas con una sonrisa, te cambia el tono de voz cuando te encuentras con Lisa... eso sin tener en cuenta esa manía que te ha entrado por no quitarle las manos de encima... por no decir los labios.
Rick se volteó, atravesando con la mirada y comenzando a gesticular antes de responderle a su amigo, quien no podía contener la risa.
- ¿Sabes? Encuentro curioso escuchar eso de parte del exhibicionista más descarado de las fuerzas armadas.
- Yo no soy el que besó a su chica frente a las cámaras. ¿Relájate, quieres? Todos estamos contentos por ustedes dos, realmente da gusto verlos tan juntos. Eso sí... tengo una pregunta que hacerte.
- La que quieras...
Max miró a ambos lados, como queriendo asegurarse de que nadie lo estuviera viendo, aunque en realidad buscaba contener la risa que lo estaba invadiendo antes de lanzarle la pregunta a su amigo.
- Es sobre Lisa... los muchachos quieren saber si ella, bueno...
- Sterling... - dijo Rick con tono grave, poniendo a su amigo sobre aviso.
- ¿Qué tan bien besa ella? - susurró Sterling, ya entrando a reír al ver la expresión de completa sorpresa en el rostro de su amigo.
A juzgar por la expresión que Rick estaba poniendo, Max creyó que el Líder Skull acabaría moliéndolo a golpes allí donde estaba, pero antes de que llegara el primer golpe, notó cómo se formaba una sonrisa traviesa en los labios de su amigo.
- Te diré esto, Max, y puedes decirle a los muchachos del Escuadrón que será lo único que oirán de mi boca... ¿entendiste?
- Fuerte y claro, comandante Hunter - bromeó Max haciendo la venia.
- Bien... ¿recuerdas cómo la llaman a Lisa, no?
- ¿La comadreja parlanchina?
- Sterling... - le advirtió Rick con una mirada precautoria.
- Está bien, está bien... "La Reina del Hielo" - contestó por fin Max, levantando los brazos en el aire en señal de estar rindiéndose ante la amenaza.
- Bueno... - la sonrisa de Rick se veía complementada por un brillo especial en sus ojos. - Déjame decirte que Lisa Hayes no tiene nada de hielo... absolutamente nada.
Max se quedó de una pieza, estudiando cuidadosamente las expresiones de su amigo y llegando a la conclusión de que lo que estaba diciendo no se acercaba ni remotamente a lo que Lisa realmente despertaba en él. Ni por asomo, a juzgar por la cara de completo placer que tenía el teniente comandante Hunter.
- Mis felicitaciones, jefe... y pensar que hubo una época en que necesitabas una orden directa para besarla.
Rick se mordió el labio inferior, meneando la cabeza al recordar aquellos tiempos, mientras buscaba acordarse de lo que había sido vivir una vida en la que consideraba a Lisa como un azote enviado para atormentarlo... y encontrando que dicha vida le resultaba increíblemente falsa y vacía.
- Cómo ha pasado el tiempo... - musitó Rick, ya perdido en la nostalgia.
- Rick, eso fue el año pasado - dijo Max palmeando una vez más a su amigo. - Estás yendo rápido, ¿no te parece?
- Mira quién habla... yo no soy el que le propone matrimonio a una chica en la primera cita... segundos después de convencerla de no matarme.
Los dos amigos continuaron inspeccionando cada rincón del caza de Rick, y una vez que terminaron con el Skull Uno procedieron a repetir toda la revisión con el Skull Dos. Las revisiones del Veritech de Max, al igual que las del de Rick, resultaron por completo satisfactorias, y una vez que los dos amigos terminaron, se dirigieron a la expendedora de Petite Cola, yendo luego en dirección de la sala de recreación del Prometheus, dispuestos a aprovechar el rato libre para almorzar.
Mientras caminaban, Rick notó a una persona que desentonaba con el ambiente del Prometheus... una joven de cabello rojizo que portaba el uniforme clásico de una controladora de sistemas, que parecía estar hablando animadamente con un mecánico del Grupo Aéreo. De tanto en tanto, la joven miraba en dirección a Rick, desviando rápidamente la mirada en cuanto él la notó.
- ¿Qué pasa, Rick? - preguntó Max al notar el comportamiento de su amigo.
- Esa mujer... ¿sabes quién es? - le indicó Rick con un ligero movimiento de la cabeza.
- Deja ver... - Max entrecerró los ojos para ver mejor. - Es una de las controladoras de la Central de Operaciones, creo que se apellida Farrell, si mal no recuerdo... ¿Cuál es el problema?
- Nada... - Rick dejó de mirar, volviendo la vista al frente. - Por un segundo me sentí observado. Algo tonto.
Max simplemente se encogió de hombros, descartando todo el episodio como una excentricidad sin importancia.
Ni bien llegaron a la sala de recreación, los dos oficiales del Skull se toparon con alguien que, en su opinión, tenía que estar en cualquier otro lugar de la nave, menos allí. Esa persona, notando las reacciones de molestia de Rick y Max, simplemente sonrió, satisfecho de haber cumplido en parte su misión, y disfrutando de uno de los mayores placeres que podía concebir: irritar con su sola presencia a dos pilotos de Veritech, y anotarse un punto en la continua y eterna rivalidad que su gente mantenía con los pilotos.
Para alguien del Ejército como el primer teniente Dan Shelby, cosas como ésas bien valían el sueldo de un mes.
- ¿Shelby, qué diablos haces aquí? - le dijo Rick al joven oficial del Ejército. - ¿Quién te dio permiso para que salgas de tu jaula?
- A mí también me da gusto verte, Rick. Especialmente ahora que te has convertido en toda una celebridad... el primer ser humano en besar a la comandante Hayes ante los medios y vivir para fanfarronear sobre eso.
- Vaya, así que las noticias llegan a esos rincones perdidos como la Base Granite - murmuró Rick. - Ya que estás aquí, bien podrías acompañarnos con el almuerzo.
- Jamás despreciaría la hospitalidad de los pilotos Veritech - respondió el oficial del Ejército. - Todos sabemos qué poco hay de eso.
- No abuses, Dan... - lo conminó Max.
Los tres oficiales se sentaron en una de las mesas a almorzar y ponerse al tanto de sus cosas. El teniente Shelby había regresado de la Base Granite tres días atrás, cuando sus soldados fueron relevados por contingentes frescos provenientes de otra base militar cercana, y tenía mucho para contarles a Rick y Max sobre los eventos que habían ocurrido en la base luego de su partida: el estado de construcción, la vida cotidiana, el trabajo con los refugiados... mucho había transcurrido en aquellas casi tres semanas.
- Bueno, aquí me tienes, y ten la seguridad de que voy a cumplir mi parte en todo este asunto.
- ¿De qué rayos estás hablando, Shelby?
- De lo que Max te dijo... porque tú le dijiste, ¿no es cierto, Max?
Sorprendido hasta el punto de atragantarse con su almuerzo, Max miró con ojos desorbitados primero a Shelby y luego a Rick, mientras su mente corría en busca de una excusa que se hacía elusiva.
- Ah... Rick, iba... bueno, iba a... decírtelo - tartamudeó Max, de repente desprovisto de su usual seguridad.
- Pues dilo ahora - lo conminó el teniente Shelby.
Tras suspirar para recuperar el aliento, Max enfrentó a Rick y decidió que ya era hora de contarle.
- Verás... hay cosas que no pueden eludirse, Rick.
- ¿Qué quieres decir?
- Bueno, no lo tomes a mal, todos estamos más que contentos por ti y por Lisa y sabemos que estás haciendo las cosas más que bien, y eso que no nombro a los muchachos del Escuadrón, están tan orgullosos con que haya sido alguien del Skull quien pudo derretir a la Reina del Hielo...
- Guárdate los elogios y ve al grano, Sterling.
Max tragó saliva, buscando fuerzas para decirle a su amigo y líder de escuadrón lo que tenía en mente.
- Aquí va... Rick, si quieres que esta relación salga adelante, vas a necesitar gente que te aconseje y que pueda entender tu punto de vista. En otras palabras, un grupo de amigos, que estén allí para aconsejarte sobre la relación cuando lo necesites... desde lo diplomático hasta lo que podríamos llamar "amor apache".
- ¿Y de quiénes estamos hablando? - preguntó Rick con inocultable preocupación en sus palabras.
- Bueno, la parte diplomática quedará en manos de tu seguro servidor y en cuanto al amor apache... - Max dejó la frase en el aire, mirando de reojo al oficial del Ejército que tenía sentado a su lado.
Al notar esto, el rostro de Rick se contorsionó en una mueca de incredulidad, y meneando la cabeza como para enfatizar su opinión, acabó por contestarle a su amigo en tono suplicante:
- Oh, no... Dime que no es en serio, Max.
Por su parte, el teniente Shelby tenía una sonrisa de suficiencia que iba de oreja a oreja, y poco le faltó para estallar en una carcajada al ver la cara de Rick en el momento en el que le extendía la mano, diciendo en su tono más formal:
- Primer teniente Daniel Shelby, Ejército de la Tierra Unida, señor. Será un gusto trabajar con usted.
Desde hacía dos horas, los miembros del Consejo de Gobierno de la Tierra Unida escuchaban a los distintos expositores con completa atención, procurando no perder un sólo detalle de los reportes que estaban recibiendo. Ese día, el Consejo estaba en sesión para considerar el estado de los campos de refugiados, establecidos de urgencia en todo el planeta tras el bombardeo de Dolza, entre otros asuntos.
El primer expositor fue un alto funcionario del recientemente creado Ministerio de Salud, el cual presentó a los miembros del Consejo el estado corriente de la atención médica y sanitaria en los campos de refugiados, además de someter a consideración del Consejo diferentes alternativas para mejorar la producción y distribución de medicamentos, alternativas que habían sido trabajadas afanosamente en los improvisados equipos de trabajo del Ministerio de Salud durante las pocas semanas que llevaban en funciones.
Al funcionario sanitario le siguió un ingeniero civil del Ministerio de Infraestructura, la cartera del gobierno que tenía a su cargo la construcción de los campos de refugiados, en colaboración con el cuerpo de ingenieros militares de las Fuerzas de la Tierra Unida. Por lo que se desprendía de la exposición, la práctica totalidad de los campos de refugiados estaban en estado avanzado de construcción, habiendo algunos pocos que, como era inevitable dada la escasez de recursos, estaban atrasados o carentes de ciertas facilidades. De cualquier manera, aclaró el ingeniero, la situación era mucho mejor que lo que cualquiera podría haber previsto.
Posteriormente, compareció ante el Consejo un delegado del Ministerio de Provisiones y Distribución, para exponer la situación que se observaba en el campo de la producción y distribución de alimentos. Afortunadamente, según explicó el expositor, el anterior Gobierno de la Tierra Unida había establecido, en un raro arrebato de previsión, una red de gigantescos depósitos a gran profundidad que contenían raciones conservadas de comida y agua; raciones que habían sido invaluables a la hora de alimentar a los millones de desahuciados esparcidos por el mundo, permitiendo además tiempo a los acosados responsables de la alimentación para poner en marcha sus propios programas de producción alimenticia.
Aquellos depósitos habían sido concebidos como parte de un plan de contingencia en el caso de un ataque directo contra la Tierra, de forma tal de combatir eventuales escaseces de alimentos en el período posterior. Si bien apenas la tercera parte de aquellos depósitos habían sido completados y surtidos a tiempo para el momento del ataque de Dolza (el comienzo de la guerra había apurado los tiempos, forzando al anterior GTU a favorecer la conclusión de los depósitos más avanzados en detrimento de los demás), las pérdidas de vidas sufridas por la Tierra habían superado a los cálculos más pesimistas, a tal punto que la cantidad de depósitos plenamente surtidos había sido suficiente para superar los peores momentos de la crisis.
Luego fue el turno de la comandante Lisa Hayes de hacer su presentación. Como representante de las Fuerzas de la Tierra Unida, Lisa expuso ante los miembros del Consejo la colaboración prestada por los militares al plan de campos de refugiados, una colaboración que iba desde el uso de recursos militares tales como aviones de reconocimiento y satélites para localizar refugiados, hasta la participación de helicópteros y buques militares en las tareas de evacuación, pasando por el empleo de ingenieros militares en la construcción de los campos, de oficiales y soldados en la custodia y seguridad de los mismos y de aeronaves de las Fuerzas en las operaciones de patrullaje, escolta y apoyo a las operaciones de evacuación y reubicación.
Con igual detalle, Lisa presentó ante el Consejo una serie de recomendaciones formuladas tras recibir las opiniones debidamente calificadas de oficiales militares que habían participado de aquellas operaciones, referidas tanto al mejor aprovechamiento de los medios militares disponibles como a nuevas maneras de instrumentar y organizar la asistencia militar. Dichas recomendaciones obtuvieron calurosa aceptación entre los miembros del Consejo, y el almirante Gloval anunció que varias de ellas serían implementadas de manera inmediata.
La presentación del quinto y último expositor, un mayor asignado a la rama de Inteligencia Militar, dejó completamente atónitos a la totalidad del Consejo de Gobierno de la Tierra Unida... por no decir positivamente aterrorizados.
- ¿Está usted completamente seguro de eso, mayor Mansell? - preguntó con cautela el delegado civil de Medio Oriente, como queriendo asegurarse de que lo que Mansell había dicho no fuera una broma de muy mal gusto.
- Completamente, consejero Rashid. Quisiera no estarlo, créame - la expresión compungida del oficial fue toda la confirmación que necesitaba el delegado, y posteriormente volvió a su expresión habitual.
En su lugar, la delegada civil del Comando Africano levantó la mano para hacer una pregunta.
- ¿Y en qué se basa para llegar a esas conclusiones, mayor?
- Existen dos factores a tener en cuenta, consejera Van der Merwe. El primero de ellos tiene que ver con el hecho de que nuestros medios de reconocimiento han explorado la práctica totalidad de la Tierra. Eso incluye desde nuestros aviones y satélites hasta la colaboración prestada por nuestros... aliados - demostrando voluntad de no provocar a nadie, el mayor Mansell se abstuvo de nombrar a los Zentraedi leales a Breetai. - Ya no queda lugar por revisar en todo el mundo.
- ¿Y el segundo factor? - inquirió Van der Merwe.
- Consejera, han pasado dos meses desde el ataque. Nadie puede sobrevivir tanto tiempo en el desierto sin nada que comer o beber.
- ¡No podemos simplemente asumir lo que nos está proponiendo! - explotó uno de los consejeros, golpeando la mesa con un puño e ignorando la mirada de reprobación que le estaba lanzando el presidente Luan.
- Señor, hemos revisado estas conclusiones una y otra vez, buscando cualquier factor que se nos haya podido escapar - devolvió Mansell en una encendida defensa de su trabajo y de su equipo. - Sencillamente no hemos encontrado nada. Los registros militares nos lo confirman; los propios encargados de los campos de refugiados nos lo confirman...
Mansell se detuvo para tragar saliva, sintiendo el peso de todas las miradas que convergían en él, para luego lanzar ante los miembros del Consejo su conclusión.
- Debemos asumir que no queda ser humano vivo alguno en la faz de la Tierra que no esté en este momento en un campo de refugiados o en una de las ciudades que sobrevivieron al ataque.
El silencio volvió a apoderarse del salón de conferencias, mientras todos los presentes buscaban asimilar las palabras del mayor Mansell.
- No podemos descartar el milagro de encontrar nuevos grupos de sobrevivientes, - murmuró Mansell forzándose a mirar a los ojos de los consejeros - pero a estas alturas eso es precisamente lo que sería... un milagro.
En líneas generales, lo que Mansell estaba diciendo tenía un sentido lógico, si bien macabro; si quedaba alguien con vida en medio de la desolación, debía agradecer su supervivencia a la gracia de Dios, porque no había manera de mantenerse vivo en el inmenso desierto en que se había convertido el planeta, desprovisto por completo de alimentos o agua potable. Pero había algo que se rebelaba dentro de todos los miembros del Consejo, civiles y militares por igual... no podían simplemente resignarse a la idea de que todas las personas que podían ser rescatadas ya lo habían sido... y que todos los demás debían ser considerados como muertos.
El murmullo ahogado en la mesa del Consejo se transformó en un griterío cada vez más descontrolado, y en el momento en que los miembros del Consejo amenazaban con irse a las manos, el presidente Luan intervino con una voz de mando que nadie le había oído jamás:
- ¡SILENCIO!
Todos se callaron de inmediato, temiendo despertar la furia del presidente del Consejo.
- Mejor así. Tenemos una responsabilidad demasiado grande como para desperdiciarla en berrinches infantiles. Mayor Mansell - dijo, volviendo su atención al atribulado oficial de Inteligencia - tengo entendido que su sección está en condiciones de darnos una estimación de la población actual de la Tierra. ¿Sería tan amable de presentárnosla?
- Por supuesto, señor presidente - contestó Mansell poniéndose en posición de firme. - Tras exhaustivos análisis, teniendo en cuenta la información presentada por las autoridades de los campos de refugiados, así como de los gobiernos de las ciudades supervivientes, y sumada a la extrapolación de tendencias de mortalidad, podemos afirmar que la actual población del planeta Tierra asciende a seiscientos cincuenta millones de habitantes.
Otra vez silencio. Las previsiones iniciales habían sido confirmadas: nueve de cada diez seres humanos habían sido pasados a degüello por Dolza. La pregunta que atenazaba a los integrantes del Consejo de Gobierno era: ¿Cuántos más morirían?
- ¿Qué márgenes de error manejan, mayor? - preguntó el almirante Gloval, que jugaba con su bigote como forma de contener su propia inquietud.
- Dada la poca confiabilidad de nuestra información disponible, estimamos márgenes de error del doce por ciento. Es lo mejor que podemos hacer, señor.
Doce por ciento... lo que significaba que la población real oscilaba entre un valor mínimo de 572 millones y un máximo de 728 millones de seres humanos. La fría y dura aritmética no se les escapó a los delegados del Consejo.
- Muchas gracias por su exposición, mayor Mansell - dijo Gloval, poniéndose de pie. - El Consejo iniciará ahora sus deliberaciones, así que les pido a todos los que no sean miembros que se retiren mientras duran los procedimientos. Muchas gracias a todos por sus informes tan completos, y por tomarse la molestia de exponerlos ante nosotros. Pueden retirarse.
Todos los expositores, Lisa incluida, respondieron cortésmente a la solicitud del almirante Gloval y procedieron a dejar la sala de conferencias por la puerta principal, mientras dentro de la sala el Consejo se aprestaba para un debate que prometía ser extenuante.
Y debió serlo, pensó Lisa al ver el rostro cansado del almirante Gloval dos horas después, cuando junto a otros oficiales fue llamada a la oficina privada del almirante. A juzgar por su aspecto y expresión, al verlo prácticamente hundido tras su escritorio en su enorme silla, parecía como si el almirante hubiera tenido que batallar con tigres salvajes en aquella sala. Junto a él, los brigadieres Maistroff y Carruthers, miembros del Consejo al igual que Gloval, portaban iguales caras de agotamiento, a tal punto que parecían haber envejecido dos décadas en apenas dos horas.
Eran esa clase de señales peligrosas las que hacían que Lisa temiera por la salud del almirante. Ella sabía de primera mano que Henry Gloval era una persona más resistente que lo que muchos imaginaban, pero su resistencia tenía un límite, y bien podían estar acercándose al punto en que Gloval se quebraría. Al pensar en la carga que el almirante tenía sobre sus hombros, Lisa no pudo evitar el estremecerse... al igual que el Atlas de la mitología, Henry Gloval cargaba con el peso de un mundo entero sobre sus espaldas.
- Tomen asiento, señores - invitó Gloval con voz cansada y señalando las sillas de la oficina.
Lisa y los otros oficiales presentes en aquella sala respondieron al pedido del almirante, y tras tomar cada uno de ellos una silla, esperaron a escuchar lo que el almirante tenía para decirles.
- El Consejo ha decidido que ya es hora de avanzar con la siguiente etapa.
Poniéndose de pie, el almirante accionó un control en su escritorio, y una pantalla empotrada en una de las paredes de la oficina se encendió, mostrando a los presentes un mapa de la Tierra.
- Después de mucho... debate - la expresión de Gloval se tornó sombría - hemos decidido aceptar las conclusiones del informe realizado por el equipo del mayor Mansell. Esto significa que, si bien las patrullas continuarán con una misión secundaria de búsqueda de sobrevivientes... consideraremos los esfuerzos por hallar sobrevivientes como oficialmente concluidos.
A pesar de esforzarse por no demostrarlo, los oficiales presentes se sobresaltaron en sus sillas. Definitivamente no debió ser fácil llegar a una decisión tan drástica como esa, y el debate en el Consejo, a juzgar por el estado del almirante, tuvo que ser brutal. Sin embargo, no podían culpar a la lógica que los había motivado. Los recursos eran muy limitados, y las Fuerzas de la Tierra Unida no podían darse el lujo de continuar empleando medios en misiones que a estas alturas ya eran infructuosas.
- ¿Cuál será el siguiente paso, señor? - preguntó el coronel Camilo Tagliavini, jefe del Cuerpo de Ingenieros.
- Comenzaremos con las tareas de urbanización, coronel - respondió Maistroff en nombre de Gloval. - Procederemos a edificar nuevas ciudades y centros de población, para luego reubicar a los refugiados.
- ¿Existe algún plan definido, señor? - inquirió Lisa.
- En principio, sí - contestó Gloval. - De acuerdo a los planes que actualmente tenemos en consideración, estableceremos nuevas ciudades, cada una de ellas capaz de albergar a la población combinada de al menos diez campos de refugiados. Los lugares a ser elegidos deberán cumplir con ciertos requisitos de habitabilidad... acceso al agua, potencial de restauración del suelo, entre otros. El objetivo que perseguimos es fundar ciudades viables, capaces de sostenerse por sí mismas, con una población lo suficientemente grande como para que puedan ser productivas y servir de núcleo para la reconstrucción.
- De igual manera, - terció el brigadier Carruthers tras obtener el permiso silencioso de Gloval - con estas nuevas ciudades podremos centralizar mejor nuestros recursos, distribución de suministros y operaciones de reconstrucción. Las futuras acciones que tomemos para la reconstrucción serán mucho más sencillas si nuestros recursos están concentrados que si los tenemos dispersos por doquier.
Ahora era el turno de Maistroff para hacer su aporte a la discusión.
- Cada ciudad servirá como capital administrativa, base militar y centro industrial de la región circundante, y una vez que las tengamos en pleno funcionamiento, podremos dirigir y conducir las operaciones de reconstrucción partiendo de cada una de esas ciudades. Si me permiten la expresión, estas ciudades serán las semillas de las que crecerá el nuevo mundo.
Lisa no pudo evitar el arquear una ceja y esbozar una sonrisa leve... jamás había creído que Maistroff fuera capaz de semejantes metáforas poéticas. Y a juzgar por la mirada curiosa del almirante Gloval... a él tampoco.
Continuaron durante media hora discutiendo sobre las medidas concretas a ser implementadas, además de considerar diferentes alternativas que se presentaban en materia de desarrollo urbano. Aparentemente, algunos habían propuesto construir pocas ciudades pero de gran población, mientras que otros favorecían ciudades de tamaño mediano, de entre 40.000 y 100.000 habitantes, pero que permitieran una mejor distribución de la población. Finalmente, el Consejo se decidió por la segunda alternativa, al considerar que favorecería una reconstrucción más acelerada de la Tierra.
- Nos restaría definir entonces en donde construiremos las ciudades... - dijo Maistroff dejando la idea en el aire para que alguien la completara.
- ¿Puedo hacer una sugerencia, señor? - preguntó el coronel Tagliavini levantando la mano, y ganándose de inmediato el respeto de Maistroff.
- Por supuesto - lo invitó a continuar Gloval con un ademán.
- Podríamos construir las ciudades en torno a los cascos de las naves Zentraedi que se estrellaron contra la superficie de la Tierra. De esa manera, podremos aprovechar el metal de los cascos, así como cualquier otro material utilizable en lugar de tener que transportar los recursos desde otros lugares. Ahorraríamos tiempo y recursos, y aprovecharíamos mejor nuestras capacidades.
- Me parece una excelente idea - asintió Carruthers mirando en dirección de Gloval y Maistroff. - ¿De donde sacó esa idea, coronel?
Tagliavini se acomodó en su asiento y comenzó a explicarle al jefe del Ejército:
- Fue idea de uno de mis jefes de equipo, el mayor Bjorn Lauritsen. Actualmente está a cargo de los equipos que trabajan en la Base Granite... fue su respuesta a una situación delicada que se le presentó al hacerse cargo de un grupo de refugiados sin tener recursos suficientes.
El ingeniero pasó los siguientes diez minutos explicando los particulares y presentando beneficios que podrían ser obtenidos mediante la aplicación de su plan. Durante toda la exposición, los tres altos oficiales no dijeron nada, pero se intercambiaban miradas y asentimientos de aprobación, y fue el almirante Gloval quien rompió el silencio una vez que Tagliavini concluyó:
- Muy bien, coronel Tagliavini, quiero que hable inmediatamente con los funcionarios del Ministerio de Infraestructura. Expóngales sus ideas y comiencen a trabajar de inmediato en ellas. No hay tiempo que perder.
- Entendido, señor - respondió el coronel de ingenieros con un saludo militar, para luego ponerse de pie y dejar la oficina del almirante a paso vivo.
Una vez que Tagliavini se fue, la discusión giró en torno a la participación militar en la edificación de las nuevas ciudades. Se tomó como base el informe presentado por Lisa ante el Consejo, adaptándolo a las situaciones concretas que se presentaban a la hora de construir ciudades. A los puntos presentados por Lisa se le sumaron sugerencias de parte del brigadier Carruthers, acumuladas tras haber recibido los reportes del personal del Ejército que había participado de la construcción de los campos de refugiados. Cada punto fue debatido una y otra vez hasta llegar a acordar medidas a ser implementadas, y en esos debates se fue la tarde de aquel día.
- Bueno, señores, creo que ya hemos discutido bastante el asunto - dijo Gloval poniéndose de pie a las 1920 horas, indicando que la junta había terminado. - Los planes deberán ser implementados a la brevedad posible, una vez que hayamos definido bien los puntos concretos.
Luego de que Maistroff, Carruthers y los otros oficiales se retiraron, el almirante le indicó a Lisa que aún tenía algo para ella, y la comandante Hayes permaneció en la oficina mientras el almirante ponía en orden sus pensamientos.
- Lisa, antes que nada quisiera felicitarla por todo el trabajo que viene haciendo hasta ahora, tanto personalmente como en representación de la Central de Operaciones.
- Se lo agradezco, señor... aunque solamente cumplíamos con nuestro deber.
- Estas operaciones van a insumir muchos de nuestros recursos materiales y humanos, y estoy interesado en que se desarrollen de la mejor manera posible. Eso significa que vamos a tener que coordinar mejor el empleo de las distintas unidades militares que están a nuestra disposición, y quiero que usted forme parte de esto, dada su habilidad para organizar.
- Por supuesto, almirante, lo que usted ordene - asintió Lisa.
- Excelente. Sugiero, para comenzar de inmediato, que usted se reúna con el comandante Hunter para coordinar la colaboración de nuestros escuadrones Veritech en las futuras operaciones de construcción urbana. ¿Puede hacerlo?
Lisa se sobresaltó al escuchar que el almirante nombraba a Rick. Si bien ella era consciente de que Gloval sabía de lo que había entre Rick y ella, aún se ponía un poco nerviosa, como si temiera que Henry Gloval pudiera salir con alguna broma dirigida hacia ella.
- Desde luego, señor - respondió con su mejor postura militar. - Hablaré con el comandante Hunter de inmediato.
- Se lo agradezco, comandante... puede retirarse.
- Gracias, señor - devolvió Lisa saludando militarmente.
Al mirar por última vez al almirante mientras éste le devolvía el saludo, Lisa hubiera podido jurar que había un brillo pícaro en la mirada del Supremo Comandante... además de algo muy parecido al orgullo paterno.
En cuanto pudo cerrar la puerta de su camarote y dejar su portafolios sobre la mesa del comedor, Lisa dejó escapar un gruñido de cansancio, permitiéndose un instante de relajo por primera vez en el día. Cada fibra de su cuerpo gemía de cansancio, luego de soportar un turno de trabajo de doce horas corridas, y por más resistente y entregada al trabajo que fuera, momentos como ésos hacían que Lisa se sintiera al borde de un surmenage.
Había veces en las que se preguntaba cómo era posible que tanto trabajo terminara inevitablemente sobre sus espaldas; no sólo en la Central de Operaciones, sino también como asistente del almirante Gloval. Parecía que ella no buscaba el trabajo, sino que el trabajo tenía un infalible olfato para buscarla y descargarse sobre ella con toda la furia...
"Superchica... patrañas" pensó Lisa con sorna. "A Superchica no le estalla la cabeza luego de un día de trabajo".
Por fortuna, existía aquel brebaje maravilloso que actuaba en Lisa como si fuera un elixir que todo lo curaba, y la comandante Hayes no tardó en entrar a la cocineta para prepararse una taza de café. De cualquier manera, todavía tenía que hablar con Rick por los asuntos oficiales que Gloval le había hecho saber, pero por unos segundos, Lisa decidió que lo único que habría en su vida sería esa taza de café que ya se estaba paladeando.
Aún dentro de la cocineta, y luego de beber los primeros sorbos de aquella taza de café, Lisa pudo notar de reojo un tenue resplandor proveniente de la sección del camarote que le servía de oficina. Intrigada por este hecho, dado que ella no era de dejar las luces encendidas mientras no estaba, caminó con cautela en dirección a su escritorio, preparándose mentalmente para lo que fuera que estaba ocurriendo.
Toda su preparación militar fue completamente inútil, como pudo comprobar escasos segundos después.
Efectivamente, el resplandor que Lisa había visto provenía de la lámpara de trabajo de su escritorio, que estaba encendida como si alguien estuviera trabajando allí. La laptop estaba apagada, pero abierta... y Lisa se sobresaltó al notar que había alguien sentado en la silla del escritorio.
Correspondía decir que el ocupante de la oficina privada de Lisa no estaba sentado en la silla del escritorio, sino más bien en el respaldo de la misma, inclinándose hacia adelante para llegar con sus manos al teclado de la laptop. Sus pies no llegaban a tocar el asiento de la silla, y a pesar de su evidente postura de trabajo, el rostro del ocupante tenía una expresión que destilaba felicidad y ternura... y la fría y profesional comandante Lisa Hayes se quedó mirando con una sonrisa tonta al pequeño mono de peluche que había sido colocado como si estuviera trabajando en su computadora personal.
Con gran cuidado, tras dejar la taza de café sobre el escritorio, Lisa tomó al muñeco y lo levantó en el aire como si fuera un bebé, cayendo en la cuenta de que tenía justo el tamaño de un verdadero bebé. Tener aquel muñeco tan suave en sus manos le despertaba recuerdos de su más tierna infancia... de una época de inocencia en la que tenía muchos muñecos como su nuevo amigo; osos, caballos y perritos de peluche para hacerle compañía, mucho antes de que le entrara aquella pasión por los temas militares que parecía correr en el ADN familiar.
- ¿Quién eres y qué estás haciendo en mi escritorio? - dijo Lisa al muñeco tras unos segundos de abrazarlo contra su pecho, sintiendo que aquella carita sonriente que portaba el mono la haría llorar de risa.
- Dudo que pueda responderte. Créeme, traté de hablar con él y todo lo que logro es que me mire con esa cara de tonto - respondió una voz que venía desde el baño del camarote, sobresaltando a Lisa casi tanto como lo había hecho el descubrir la luz encendida.
- ¡Rick! - exclamó Lisa con felicidad al ver de quién se trataba.
- ¡Hola, bonita! - la saludó su piloto mientras se acercaba con paso veloz hasta donde se hallaba ella, para poco después darle un suave beso en los labios.
- ¿Qué es esto? - preguntó Lisa mirando de reojo al mono.
- Un mono de peluche, no sé si estarás de acuerdo conmigo - contestó Rick con expresión confundida y rascándose la nuca con su mano derecha.
- Tonto... - replicó Lisa pegándole un golpe teatral en el brazo. - Quiero decir que qué está haciendo aquí.
Una enorme sonrisa apareció en los labios de Rick, de esas que sólo hacía cuando una travesura le salía particularmente bien.
- Pensé que te haría bien algo de compañía, un colega de trabajo ¿sabes? No siempre voy a poder ayudarte con tus reportes, comandante.
- Rick Hunter, eres un caso especial... - meneó la cabeza Lisa antes de darle un beso en la frente.
- ¡En serio! Vine aquí para darte una mano con tus reportes, pero pensé en probar al mono a ver si podía hacer algo del trabajo... por lo que pude ver de su manera de trabajar, es todo un profesional.
Lisa se quedó unos segundos mirando a Rick con algo de confusión, antes de estallar en carcajadas tan estentóreas como necesarias... daba gusto reír después de un día como aquel, tan cargado de obligaciones extenuantes.
- Lo juro... nunca sé si me hablas en serio o si estás bromeando a costa mía...
- Siempre digo la verdad, comandante Hayes... y más cuando estoy bromeando - le contestó Rick guiñando el ojo.
Lisa lo ignoró, prefiriendo prodigar su atención en el pequeño monito que seguía sosteniendo en sus manos.
- Aún no me dices nada... - protestó Rick al cabo de unos segundos, e incluso haciendo un puchero.
- ¿Decirte qué?
- Que qué te parece tu nuevo compañero de trabajo... - susurró Rick, sonriendo ante la ternura de Lisa y su mono de peluche.
- ¿Estás bromeando? ¡Es precioso, Rick...! - respondió Lisa con emoción, abrazando al muñeco contra su pecho y sonriéndole, antes de lanzar sus brazos en torno del piloto y fundirse en un abrazo del que también participó el mono. - ¡Muchas gracias, Rick, te agradezco de corazón!... - repetía en los segundos que separaban a un beso del otro, y pocos segundos después se dirigió al pequeño muñeco, diciéndole: - Creo que tú y yo nos vamos a llevar muy bien...
- Eso sí - agregó Rick como si le estuviera hablando al mono. - Recuerda nunca hacerle caso a sus órdenes... ella podrá quejarse, amenazar y gritar, pero en el fondo le gusta que le desobedezcan.
- ¡Jamás aprenderás, insubordinado!
- Nop... y para que vea, comandante, pienso desobedecer cualquier orden suya para que no la bese... - respondió el piloto, acercándose lentamente a Lisa con una mirada sugerente en sus brillantes ojos azules.
Por su parte, Lisa apoyó al muñeco en el escritorio, y sonrió perezosamente mientras sentía los brazos de Rick rodeándola y oprimiéndola contra su pecho. Eran sensaciones que la recorrían por todo el cuerpo al más ligero contacto con su piloto, sensaciones que prometían hacerle perder la razón. La comandante Hayes había quedado hipnotizada por el brillo que traslucía la mirada de Rick, un brillo hambriento que daba a entender que el piloto sólo quedaría satisfecho con una sola cosa...
El momento en el que Lisa sintió los labios de Rick tocando los suyos fue explosivo; en ese instante todas las penas y cansancios del día se esfumaron, como si jamás hubieran existido. También Rick fue presa de aquella explosión de sensaciones, y en cuanto pudo notar que la lengua de Lisa buscaba tímidamente abrir sus labios y entrar en la boca del piloto, no sólo le permitió entrar sino que se lanzó en su propio y furioso asalto contra los labios de ella. Casi por instinto, movido por la necesidad inconsciente de no dejar escapar a aquella mujer, la sujetó contra su cuerpo con mayor urgencia, a lo que ella devolvió abrazando con todas sus fuerzas a Rick, pasando sus manos por su nuca y recorriendo la espalda, tanteando a través de la ropa que llevaba el piloto.
Los dos sentían que no podían sostenerse en pie, y como siguiendo un ballet tan improvisado como natural, rápidamente acabaron tras unos pasos recostándose contra la pared, con Lisa aprisionada entre el mamparo y el cuerpo del joven piloto. Por algunos pocos segundos, los dos jóvenes se quedaron mirándose a los ojos, respirando con pesadez y sintiendo con fuerza el palpitar acelerado de sus corazones. Ninguno de los dos atinaba a decir nada... era como si las palabras no hicieran falta.
Unos pocos segundos después, los dos jóvenes oficiales volvieron a la carga, fundiéndose en un nuevo y desesperado beso. Poco a poco, la ternura fue cediendo paso a la pasión y a la urgencia; los movimientos se hacían cada vez más agitados, los besos se volvían más frenéticos y ansiosos, y los murmullos se transformaron en gemidos ahogados. Poco a poco, los dos jóvenes fueron perdiendo la conciencia, entregándose sin oponer resistencia a lo que el simple contacto entre los dos despertaba en ellos...
Fue entonces que, por esos azares de la vida, Lisa abrió los ojos y notó algo en el camarote.
- Rick, nos están mirando - murmuró Lisa contra los labios de Rick, y muy a su pesar el piloto interrumpió aquel beso que hubiera dejado seguir por el resto de la vida... abriendo pocos instantes después los ojos para buscar al culpable, recorriendo con la vista todo el camarote para dar con lo que fuera que Lisa había visto.
El único culpable era el mono de peluche, que desde donde estaba parecía estar contemplando con gran interés lo que Rick y Lisa estaban haciendo, y al notar esto Rick entrecerró los ojos y levantó un puño al aire.
- ¿Te dejo con la mujer más dulce del mundo y así me pagas, ingrato? - dijo Rick clavando su mirada en el mono que, imperturbable, continuaba sonriendo.
- Rick, no discutas con un mono de peluche... - lo conminó Lisa, tapándose los ojos para no ver la escena y haciendo un esfuerzo supremo por no reír.
- Oh no, no lo defiendas... conozco a los de su tipo, llegan haciéndose los adorables, y a la primera oportunidad que tienen te atacan por la espalda.
Rick iba a seguir con aquella filípica contra el mono, pero perdió el habla cuando sintió los brazos de Lisa sujetándolo por detrás en un abrazo, seguido luego por la sensación suave y embriagadora del cuerpo de su novia recargándose sobre su espalda.
- Es muy adorable... pero no es más adorable que tú, cabeza dura...
- Si tú lo dices... - contestó Rick en tono soñador, sintiendo que se quedaba embobado por todas aquellas sensaciones que lo habían hecho suyo, y que si por él fuera, jamás permitiría que lo dejaran.
Sin más, Lisa volvió a besarlo con ternura, jugando con sus labios y pasando su mano por entre los cabellos ensortijados de Rick, disfrutando cada segundo de aquello como si fuera la primera vez. Por su parte, el joven piloto no desperdició la oportunidad de retomar lo que había quedado interrumpido unos segundos antes, y decidió que esta vuelta él iba a marcar el paso. Con decisión, sosteniendo a Lisa por la cintura, la llevó sin darle opciones una vez más contra la pared, atrapándola y sin darle posibilidades de escapar. Antes siquiera de que alguno de los dos se diera cuenta, ya estaban fundidos en un nuevo beso, sin saber dónde terminaba uno y donde comenzaba el otro.
Rick sentía que iba a estallar cada vez que sus manos o sus labios se encontraban con la piel suave de Lisa, cada vez que sus ojos se clavaban en los de ella, cada vez que sentía el roce de sus cabellos por alguna parte de su cuerpo... sencillamente se le hacía imposible creer que alguna vez la hubiera creído una comadreja. Ahora ella era mucho más que eso... era nada más ni nada menos que la persona más importante en su mundo, el centro de su vida... la mujer a la que amaba por sobre todo lo que había.
Casi como si ella pudiera sentir lo que él estaba pensando, Lisa instintivamente atrajo al piloto hacia ella, poniendo toda su fuerza en aquel beso... ella se sentía viva, más viva que lo que jamás había estado antes, y mientras en una época todo lo que ella quería era entregarse al deber, ahora todo lo que deseaba era entregarse a aquel joven que la había conquistado casi por sorpresa.
Al cabo de unos minutos, los dos se separaron para recobrar el aliento, sin dejar de mirarse a los ojos o de sonreír...
- ¿Qué dices si me das una mano con ese reporte? - murmuró Lisa, para luego sonreír con travesura: - Bueno... si ustedes dos quieren ayudarme...
- Desde ya que te ayudo, bonita... y él también, para lo que gustes mandar - dijo Rick aprovechando para besarla en la frente, antes de mirar de reojo al mono.
- ¡Muy bien! - exclamó Lisa, y luego se dirigió al mono, agachándose hasta quedar casi a su altura. - Tú y yo vamos a escribir las recomendaciones, mientras Rick juega con los modelos de naves espaciales.
- ¿Qué quieres decir, Lisa, que ese mono es más inteligente que yo?
Lisa simplemente arqueó una ceja y se quedó mirándolo, para luego mirar al mono y de regreso a Rick, y comenzó una de sus sonrisas lentas antes de responder:
- ¿Realmente quieres una respuesta?
Fue el turno de Rick para darle un golpe fingido en el brazo, mientras los dos estallaban de risa.
Durante un buen rato, los dos oficiales se ocuparon de la asignación encargada por el almirante Gloval, trabajando sobre varias líneas de acción sobre las que se podía orientar la colaboración de los escuadrones Veritech con las inminentes operaciones de construcción de ciudades. La experiencia acumulada por Rick durante el último mes y medio era muy valiosa, dándole a Lisa las perspectivas, opiniones y sugerencias de alguien que había estado en el campo, al pie del cañón durante las misiones de rescate y reubicación de los sobrevivientes. Por su parte, Lisa había encontrado una increíble habilidad para traducir las sugerencias y experiencias de Rick a medidas y propuestas de acción concretas, las cuales fueron volcadas en el reporte preliminar que estaban escribiendo.
Atrás habían quedado las épocas en que cualquier cuestión de trabajo provocaba una lluvia de gritos y agravios entre los dos oficiales; tal parecía que los progresos en su relación se habían extendido a lo profesional, con resultados extraordinariamente satisfactorios... y placenteros. Fue así que para completa sorpresa de Rick y Lisa, pudieron terminar en una hora y media una tarea que ellos habían temido que les llevara toda la noche... encontrándose así con tiempo libre para aprovechar entre los dos.
- Hacemos un muy buen equipo, ¿no te parece, comandante Hayes? - le dijo Rick guiñándole un ojo.
- Ya lo creo, comandante Hunter - le respondió Lisa con orgullo, pasando su mano por la cabeza del mono. - No sé qué haría sin mi nuevo socio.
Rick simuló ofenderse, aunque luego se agachó para besarle la frente a Lisa y demostrarle que su ofensa era fingida.
- Bueno... hacía falta que alguien aportara la inteligencia a este equipo.
- ¡RICK HUNTER!
- ¡No te ofendas! Tú pones la belleza, yo pongo el humor... y nuestro amigo aquí presente aporta sus conocimientos, ¿no es verdad? - dijo Rick, haciendo esta última pregunta al mono... y haciendo que el muñeco "asintiera" efusivamente con la cabeza.
- Si ya terminaste de burlarte de mí con mi nuevo amigo, - dijo Lisa tomando al mono con rapidez y sosteniéndolo posesivamente, mientras miraba a Rick con fuego en los ojos - ¿qué podemos hacer ahora?
Sin más, Rick buscó en su bolsillo y tras sacar del mismo un DVD, lo levantó triunfalmente en el aire, poniendo tal expresión arrogante que Lisa no encontró otra manera de quitársela más que besándolo.
- Pues, comandante... si besar es lo que quiere ¿quién soy yo para contradecirla? - le dijo él antes de devolverle el beso, sintiendo un cosquilleo enloquecedor al comprobar que los labios de ella formaban una sonrisa aún mientras la besaba, cosa que sólo hizo que decidiera hacer aquel beso aún más intenso.
- En serio, Rick. ¿Qué es eso? - preguntó Lisa clavando la mirada en el DVD.
Acercando el disco para que Lisa lo pudiera ver mejor, Rick comenzó a explicar:
- Es un clásico del séptimo arte, una obra maestra, uno de esos productos que salen una vez en cada generación y que hacen historia. Es una experiencia única en su--
No pudo completar, ya que creía que acabaría partiéndose de la risa al ver la mirada entrecerrada, incrédula y sarcástica que Lisa le estaba dedicando.
- ¿"La Llamada", Rick? - fue todo lo que dijo Lisa, agitando el DVD frente a los ojos traviesos de su piloto.
Rick sólo se encogió de hombros, tomando el DVD de entre las manos de Lisa y sosteniéndolo como si fuera un trofeo, mientras le sonreía con su mejor expresión de perrito de aparador a aquella mujer.
- Un clásico del terror, comandante... no me lo vas a negar.
Decidiendo que ya todo estaba dicho, Lisa simplemente volvió a besarlo, mientras su mano jugaba con su cabello revuelto. Una vez que se separaron, ella se sentó en el sofá a preparar el reproductor de DVD, a la vez que Rick iba a la cocineta a preparar la cena que había comprado para la ocasión.
- La cena está servida, madame - proclamó Rick en cuanto regresó al sofá, con una porción de papas fritas en cada mano, una botella de Petite Cola bajo el brazo izquierdo y otra de jugo de manzana bajo el derecho.
Ya bien surtidos y listos para seguir adelante, Rick apagó las luces del camarote, mientras Lisa encendía el televisor y ponía en marcha la película. Sin dejar de lado su comida, Lisa se acurrucó contra el cuerpo de su piloto, recostando la cabeza sobre el brazo de Rick, a la par que ese brazo encontraba un lugar por detrás del cuello de Lisa y tomándola por el hombro.
Los dos prestaban toda su atención a la película, excepto para llevarse algo de comida o bebida a la boca. A pesar de las dudas que Lisa había albergado respecto de ver una película de terror, ella tenía que reconocer que había sido una muy buena elección por parte de Rick, tanto por la calidad de la película como por lo apropiado de pasar una noche de cine viendo películas de terror.
De cualquier manera, era siempre mejor que una película de kung-fu.
Y eso sin mencionar que con cada escena de miedo que aparecía en la pantalla...
- ¡RICK! - exclamó Lisa mientras se lanzaba por enésima vez a los brazos del joven comandante Hunter para buscar resguardo de la imagen horrenda que había aparecido en la pantalla.
- Está bien, bonita... - le susurraba con ternura Rick al oído para calmarla, besándola en el cabello. - Es sólo una película... no te asustes... todo estará bien.
- Eres cruel, Hunter... - le contestaba ella, buscando con avidez su mirada y poniendo su mejor expresión de indignación. - Estoy seguro de que todo esto es un plan para hacer que me lance a tus brazos cada diez segundos.
- ¿Funcionó a la perfección, no te parece?
- Tonto - rió ella luego de besarlo en la mejilla, para entonces volver a recostarse sobre el pecho de Rick y seguir viendo la película... mientras hacía lo imposible por no volverse loca con las caricias que le prodigaba él en todo su cuerpo.
- Admítelo, Hayes - continuó Rick hablándole al oído, casi en susurros y haciendo que perdiera la cabeza con cada palabra. - Estás exagerando un poco lo de tu miedo...
Lisa giró sobre sí misma para mirar a Rick a los ojos, al mismo tiempo que él ponía en pausa la película... de pronto, Rick había descubierto que bien valía detener unos instantes la película con tal de no perder un solo segundo de aquella mirada intensamente verde con la que Lisa lo estaba encandilando.
- Un poquitito - admitió ella con un brillo juguetón en su mirada y una leve sonrisa en sus labios, que fueron suficientes para que Rick se lanzara sobre sus labios con desesperación imposible de reprimir. Por su parte, Lisa respondió al beso con igual pasión, rodeando a Rick con sus brazos y estrechándolo contra su cuerpo para no dejarle la menor posibilidad escapar, creyendo que podría morir ahí mismo en el momento en que sintió el cuerpo de Rick oprimiendo su pecho.
No porque Rick sintiera particulares ganas de escapar de aquel dulce tormento... todo lo contrario, cada vez que se encontraba con Lisa de esa manera, todo el mundo exterior dejaba de existir para él. Con cada nuevo toque de sus labios, con cada caricia o jugueteo de su lengua, Rick se hallaba un poco más entregado a Lisa... a aquella mujer que una vez creyera una comadreja, pero que para su sorpresa había revelado a una mujer juguetona, dulce, tierna... e intensamente sensual y apasionada.
Una mujer que, como le decía su confundido cerebro en los pocos segundos de claridad que ella le permitía antes de atrapar sus labios en un nuevo beso, era sencillamente maravillosa... y que jamás entendería qué podía haber visto en un piloto insubordinado y arrogante como él.
Aquella tormenta se disipó lentamente, cediendo como la marea... hasta que sólo quedaron ellos dos, mirándose a los ojos como si nada más existiera, escuchando solamente el sonido de sus corazones.
- Tenemos... una película... que ver, comandante... - jadeó Rick sin aliento, en cuanto pudo hilar su primer pensamiento coherente.
- Está bien... si insiste... - contestó Lisa sin dejar de mirarlo a los ojos, creyendo que jamás había visto algo tan brillante como la mirada que Rick le tenía reservada sólo a ella.
Con algo de trabajo y bastante torpeza, los dos jóvenes se acomodaron y continuaron viendo la película hasta llegar al final, aunque eso significó que Lisa terminara lanzándose sobre Rick en más de una oportunidad, ansiosa de encontrar protección en los brazos de su piloto... y recibiéndola sin pedir mucho más.
La puerta se abrió, permitiéndole al visitante entrar en la oficina privada que Sean Brent había armado para sí en la habitación del Hotel Centinel que ocupaba, justo cuando el dueño de aquella oficina terminaba de leer las últimas noticias en la edición vespertina del Macross Standard.
Brent miró el reloj de pulsera, comprobando que efectivamente ya se le estaba haciendo tarde... y que ya era una buena hora para que su colega apareciera por allí después de pasarse la mayor parte de la semana cumpliendo con un proyecto personal de él, el cual Brent esperaba que le hubiera salido a la perfección...
Muchas cosas dependían del éxito de Spier.
- ¿Y? - preguntó ansioso Brent, mientras su colega se ponía cómodo en la otra silla de la oficina.
Spier esbozó una sonrisa leve y ligeramente siniestra... toda la expresión que se permitía cuando las cosas salían bien.
- Todos.
Brent no pudo ocultar su sorpresa: cuando Spier le comentó su plan de "reincorporar" a sus viejos informantes de antes de la guerra, Brent lo tomó como una idea que podía tener un éxito moderado... las posibilidades de Spier de conseguir que sus informantes aceptaran volver a trabajar para él sin tener detrás suyo el respaldo de la extinta Agencia de Inteligencia de la Tierra Unida eran escasas.
De no haber conocido lo suficientemente bien a Spier, Brent hubiera jurado que el alto y severo ex-agente de Inteligencia estaba bromeando.
Pero él conocía muy bien a Rudolf Spier. Y sabía que él no bromeaba.
Jamás.
- ¿Todos? - preguntó Brent como queriendo quitarse las pocas dudas que le quedaban.
- Todos y cada uno de ellos.
- ¿Alguno te presentó problemas?
Spier hizo como que se esforzaba por recordar... una pose que a su colega siempre le resultaba siniestra, por decirlo de alguna manera.
- Dos o tres pensaron que no estaba hablando en serio... y después les demostré cuán seria era mi propuesta.
Sin siquiera pedir permiso, Spier tomó un vaso colocado sobre el escritorio y se estiró para tomar la botella de brandy que sabía que Brent guardaba en un cajón secreto de su escritorio... un secreto del que Brent nunca lo había hecho parte.
Del otro lado del escritorio, Sean Brent no sabía si tenerle más respeto o temor a su asociado, así que se limitó a escucharlo mientras él seguía con la explicación.
- Una de las cosas que nos enseñaban durante la instrucción era que la relación entre un oficial y sus informantes es exactamente la misma que hay entre un pescador y los peces: les das la carnada que quieren, ellos muerden el anzuelo... y después los tienes de por vida - explicaba Spier mientras mecía el vaso de brandy en su mano. - Convertirse en informante, aún cuando se cree hacerlo por una buena causa, es siempre traicionar toda la confianza puesta en uno y renegar de todos los juramentos hechos a Dios y a los hombres. Es un acto en el que asumes casi sin pensarlo una vida secreta que puede destruir todo lo que has logrado como persona y enemistar a todos tus seres amados con sólo salir a la luz... y no importa lo poderoso e importante que seas, no hay nada que puedas hacer frente al temor de quedar al descubierto. Y por supuesto, tampoco puedes hacer nada frente a la persona que tiene en sus manos el poder para ponerte al descubierto.
En el momento en que el agente de Inteligencia bebió los primeros tragos de su vaso, Brent sintió que ya no podía guardar más lo que le estaba provocando.
- Rudolf, no lo tomes a mal, pero hay momentos en los que me das asco y miedo.
- Gracias - contestó su asociado como si acabara de recibir un gran elogio.
- Entonces, debo suponer que todos tus informantes "acordaron" volver a trabajar para ti - cambió de tema Brent, ansioso por pasar a cosas más concretas y menos escalofriantes.
- Así es.
Brent se permitió sonreír y tomar una copa para servirse un poco de brandy en ella... no demasiado: la botella que él tenía bien podía ser de las últimas que quedaban en la Tierra.
Pero la ocasión lo ameritaba.
- Bien - murmuró Brent antes de beber el primer sorbo. - Si queremos seguir adelante vamos a necesitar información sobre lo que estén planeando en el Gobierno y en las Fuerzas... y mucha.
- Podemos esperar reportes cada dos semanas desde todos los ramos que cuentan... el Gobierno, las Fuerzas de la Tierra Unida, los equipos de investigación científica... todo el espectro. Si algo pasa, nosotros nos enteraremos.
- Excelente.
Spier asintió levemente con la cabeza, y tras acomodarse en la silla decidió abordar una cuestión que a él lo tenía sumamente preocupado.
- ¿Qué hay del muchacho?
Ahora era el turno de Brent de sentirse satisfecho... no importaba la cara pétrea de impasibilidad de Spier, era imposible para el oficial de Inteligencia ocultar el profundo desprecio que sentía hacia Lynn Kyle. De cualquier manera, Spier era demasiado profesional como para permitir que su desprecio hacia "el muchacho" nublara su juicio y lo apartara de sus propósitos.
Aunque sí había forzado a los dos socios a dividir estrictamente sus esferas de trabajo, quedando Brent a cargo de todo lo que se relacionara con Lynn Kyle, porque su socio le había advertido que dudaba de su capacidad de pasar cinco minutos con el joven activista sin rendirse a sus impulsos de estrangularlo.
- Está con su prima en este momento, organizando los detalles de una serie de conciertos en la ciudad - reveló Brent. - Y hay más... por lo que escuché, el Gobierno está interesado en organizar una gira por América del Norte para levantar la moral.
Spier no se veía precisamente satisfecho con aquel dato, y no tuvo empacho en hacerlo notar.
- Pensé que lo ibas a poner a hacer cosas más útiles, no a que siguiera jugando de manager de su prima de pacotilla. Y pensé que tú te ibas a encargar de cosas útiles mientras yo me ocupaba de mis antiguos "empleados", no que te involucrarías con una gira de conciertos.
- Ya lo hablamos muchas veces... - replicó exasperado Brent antes de volver a explicarle a su socio lo que parecía no estar dispuesto a comprender. - Lynn Kyle es útil para nosotros cada vez que abre la boca en público, y si lo hace ante un auditorio lleno de fans histéricos de su prima, mejor todavía.
Como Spier no parecía entender cuáles eran los beneficios de tener a Kyle haciendo exactamente lo que hacía siempre, Brent decidió ponérselo más claro aún.
- Cada vez que Kyle tiene una cámara enfrente, al día siguiente hay cientos de personas que hacen las preguntas que el Gobierno y los militares no quieren que se hagan... y si la posibilidad de hacer una gira continental se vuelve realidad, entonces nosotros podremos aprovechar y recorrer el nuevo mundo con ellos. Hay pocas cosas que podamos hacer en el SDF-1, pero allá afuera hay todo un mundo que está renaciendo. Un mundo en el que podemos encontrar gente que comparta nuestras preocupaciones, y que esté dispuesta a colaborar con nosotros para que el nuevo mundo marche en la dirección que nosotros queremos...
- ¿Crees que él tenga idea de todo esto? - inquirió Spier en referencia a Kyle.
Su socio negó con la cabeza.
- Dejémoslo en su mundo. Lo necesitamos ahí.
Ya estaba bien entrada la noche cuando acabó la película, pero ni siquiera eso hizo que los dos jóvenes oficiales dejaran de estar acurrucados en aquel sofá. Sentían tal comodidad, tal sensación de paz y bienestar estando en aquella posición que ninguno de los dos deseaba que terminara nunca. Sencillamente, para Rick no existía cosa más correcta en el mundo que estar allí y en ese momento, sintiendo a Lisa recostada sobre su pecho, pasando sus dedos por aquellos largos cabellos castaños y acariciando su piel.
Por su parte, para Lisa no existía mayor seguridad que la que sentía allí, rodeada por los brazos firmes y protectores de aquel joven piloto. Era como si por fin, luego de una larga espera que por momentos había parecido interminable, todas las cosas del mundo estuvieran definitivamente en su lugar, con un futuro promisorio por delante...
Los ratos de tranquilidad se alternaban con encuentros apasionados en los que uno buscaba sorprender al otro, atrapándolo entre su cuerpo y el sofá y buscando sus labios sin la menor intención de darse respiro, para luego recorrer todo el rostro de cada uno con esos suaves besos... para por fin fundirse en un beso furioso y tierno a la vez que era para ellos como si fuera la vida misma... como si todo el tiempo que pasaban sin unirse en ese beso fuera tiempo que pasaban dormidos, y que sólo entonces estaban despiertos.
Por fin, los dos terminaron recostados uno al lado del otro en aquel sofá, cada uno pasando los brazos por la espalda del otro y sin hacer otra cosa más que perderse en la mirada soñadora y enamorada que tenía la otra persona. En los ojos de cada uno, Rick y Lisa veían exactamente lo mismo: cariño, adoración, deseo... y un amor demasiado grande como para explicar en palabras.
- Pensar que tenemos que trabajar en vez de estar así todo el tiempo... - murmuró Lisa contra los labios de Rick, logrando con ese comentario que el piloto la mirara con sorpresa.
- Esto es increíble... ¿escuché a Lisa Hayes prefiriendo algo a su trabajo?
- Para todo hay una primera vez, ¿no te parece, comandante?
- Salvo entre nosotros... - respondió él en un tono misterioso e inescrutable.
- ¿A qué te refieres? - preguntó ella, confundida ante lo que había querido decir Rick con aquella frase críptica.
- A que cuando estoy contigo... - comenzó él, dejando atrás el misterio en su voz y cambiándolo por ternura, deteniéndose solamente para besarla en los labios. -... todo es como si fuera la primera vez. Cada beso es como si fuera la primera vez... cada vez que te abrazo es como si fuera la primera vez...
- Rick... - susurró ella antes de responder a esas palabras de la mejor forma que se le ocurría; con un beso.
- Supongo que mejor me dedico al vuelo antes que a la poesía... - murmuró Rick, guiñándole el ojo a Lisa en cuanto se separaron.
- Dime toda la poesía que quieras... mantendré el secreto - contestó ella, besándolo en la punta de la nariz con tal suavidad que Rick no supo si había sido un beso o una caricia... aunque muy probablemente hubieran sido las dos cosas a la vez.
- Muchas gracias... ¿Cómo se viene tu día mañana?
- ¿A qué viene el interés, comandante? - retrucó Lisa, apoyando el codo en el sofá para sostener su cabeza.
- En primer lugar, necesito tener una idea para saber si puedo mantenerte en vela toda la noche, o si es preferible que regrese a mi camarote para darte el descanso que necesitas, y en segundo lugar... ¿no puedo saber qué tiene mi novia en su agenda de mañana?
- Otra vez esa palabra... - replicó ella entre risas, apretando su cuerpo contra el de su piloto.
- No vayas a decir ahora que no te gusta que te llame así...
- Me encanta... - dijo Lisa, y en sus ojos había un brillo tan intenso, tan notorio en medio de la oscuridad, que Rick sencillamente se estremeció con todo lo que transmitía.
- Ahora que pusimos eso de acuerdo ¿puedo saber a qué hora va a empezar su día la comandante Elizabeth Hayes?
Lisa se rió ante la seriedad fingida de aquel comentario, y respondió:
- Para responder a la solicitud del Comandante del Grupo Aéreo, iniciaré mi jornada de trabajo en la Central a las 1200 horas... Claudia se hará cargo del turno matutino - explicó Lisa, volteándose para ver mejor a Rick. - ¿Y qué hay de ti?
Rick buscó en su memoria, encontrando que se le hacía difícil, extremadamente difícil pensar mientras andaba cerca de ella.
- Miriya tiene a su cargo la patrulla del día, - informó en cuanto pudo recordar - y yo tendré que ocuparme de los vuelos de instrucción de los nuevos pilotos a las 1400 horas.
- Bueno, eso es perfecto... - dijo Lisa destilando travesura en su voz, a la vez que acariciaba el rostro de Rick con su mano derecha.
- ¿Por qué lo dices? - inquirió Rick, sorprendido por aquel comentario que no se veía venir.
- Pues pensé que podíamos hacer algo los dos... - comenzó a responder Lisa, dejando la frase a medio concluir y acercándose todo lo que podía al rostro del joven piloto.
Ante aquel comentario, Rick arqueó una ceja en señal de desconcierto y la abrazó con más fuerza, susurrando una pregunta en su oído.
- Me estás intrigando, bonita. ¿Qué tienes en mente?
Por toda respuesta, Lisa simplemente se mordió el labio inferior mientras sonreía, disfrutando con la incertidumbre en el rostro del joven piloto.
Sábado 18 de junio de 2011
- ¿Listo, comandante Hunter?
- Como siempre, comandante Hayes... a la espera de sus órdenes.
- Como debe ser - dijo Lisa con expresión de suficiencia, ganándose un ceño fruncido y un golpe teatral en el hombro que la hizo reír con ganas.
- ¿Estás segura de esto? - preguntó Rick por enésima vez.
- Estoy más que segura... estoy completamente convencida. La pregunta es si tú lo estás...
- Yo lo estoy - se defendió Rick. - Es sólo que... hace mucho que no lo hago.
- Seguro... - dijo ella, como si no le creyera en lo más mínimo.
- ¡En serio, comandante! - dijo Rick casi con desesperación, encontrando sólo escepticismo en la mirada de Lisa. - ¿Por qué no me crees?
- Porque no tienes apariencia de alguien que no hace esto muy seguido - replicó ella, tocándolo entre los ojos con su dedo índice.
- ¿Cuántas veces te lo tengo que explicar? ¡No lo hago desde la instrucción básica!
- ¿Y te haces llamar "militar", Hunter? - dijo ella con incredulidad, abriendo bien grandes los ojos y levantando las manos al cielo. - Dios... tendré que esforzarme para ponerte en forma...
- Si con eso consigo que me des más atención... - respondió Rick aprovechando para robarle un beso - pues bienvenido sea.
- No busques distraerme, Hunter... - le reprochó ella agitando un dedo frente a sus ojos y riéndose al comprobar que los ojos de Rick seguían el movimiento de aquel dedo como si lo estuviera hipnotizando. - Ahora ¿vienes a correr conmigo, o no?
- Por supuesto, comandante Hayes... vamos a correr - contestó Rick mientras se ponía una sudadera de ejercicio, aprovechando para embeberse de lo atractiva que lucía Lisa con aquel conjunto de jogging... y disfrutando de la manera en que esa ropa resaltaba hasta la última curva de su cuerpo esbelto y bien torneado.
No habían hecho doscientos metros de caminata desde la puerta del camarote de Lisa cuando se cruzaron con una joven mujer, casi adolescente, de uniforme azul celeste e insignias del rango de cabo, quien al reconocerlos dejó que se entreviera en su rostro una expresión de completa sorpresa... y por lo que pudo deducir Rick, picardía.
- Buenos días, comandante Hayes, comandante Hunter... - dijo la joven suboficial poniéndose en posición de atención y llevando su mano a la sien en un perfecto saludo militar.
- Buenos días, cabo Dumais - respondió Lisa asintiendo con la cabeza y devolviendo el saludo militar con impecable precisión.
La joven bajó el brazo y aceleró el paso, dejando atrás a Rick y Lisa en poco tiempo... y según lo que Rick podía escuchar, ella estaba haciendo algunas risitas y murmurando cosas incomprensibles.
- ¿Quién es ella? - preguntó Rick en cuanto Dumais desapareció en la esquina del corredor.
- Es una de las operadoras de sistema de la Central, la cabo Constance Dumais... la llamamos "Connie" - le explicó Lisa.
- Curioso...
- ¿Qué es lo curioso?
Rick pensó unos instantes antes de responder, buscando poner en palabras aquella sensación tan extraña y sin siquiera acercarse...
- No sé por qué, pero estos días estoy viendo demasiadas operadoras de sistemas por todos lados...
- Es tu conciencia que te persigue, comandante Hunter - se burló Lisa, besando a Rick en la mejilla y riendo por dentro al ver que el joven se sonrojaba.
Rick negó enfáticamente con la cabeza, y puso su mejor cara de inocencia.
- No, no es eso, mi conciencia está limpia como bebé recién bañado, preciosa. Debe ser que estoy traumado con el Trío...
- Son buenas chicas, Rick... - le dijo ella comprensivamente, apoyando una mano en el hombro del piloto. - No es como si tuvieran una red de espías.
Rick solamente se encogió de hombros y dio por terminado el asunto, para luego apoyar su propia mano en la espalda de Lisa como señal para empezar su camino. La caminata propiamente dicha duró poco tiempo y se les hizo más corta aún, ocupados como estaban en charlar y quitarse el aliento de vez en cuando. Por fin, sin muchas dificultades, los dos jóvenes dejaron la sección militar de la fortaleza para entrar en Ciudad Macross, llegando al cabo de unos minutos al Parque Observatorio de Ciudad Macross, en donde tenían planeado hacer esa ejercitación.
Era una mañana hermosa para correr un poco, y así despejar cuerpo y mente de las exigencias cotidianas.
- ¿Empezamos? - dijo Lisa, mirando a Rick a la vez que él se ajustaba los cordones de sus zapatillas.
- Cuando quieras... trata de seguirme el paso - respondió él con ese tono arrogante tan característico y tan suyo.
Lisa entrecerró los ojos antes de contestar a aquel desafío como se debía.
- Trataré de no dejarte muy atrás, comandante Hunter.
- Oooh... ese es el espíritu... - dijo Rick en respuesta, guiñando el ojo y recibiendo otro guiño tierno como réplica.
Ya listos y sin otra cosa para hacer, los dos jóvenes comenzaron a correr juntos por los senderos del parque observatorio, disfrutando aquella mañana que prometía ser otro día tan hermoso como los que ellos vivían... desde que se descubrieron el uno al otro.
NOTAS DEL AUTOR:
- Bueno, es un gusto volverlos a ver por acá después de estas semanas... muchas gracias por la paciencia y espero que este capítulo les haya gustado...
- La vida privada de Rick y Lisa transcurre sin más novedades... un poco de respiro luego de las locuras que tuvieron que pasar antes por culpa de ya saben quién... era momento para mostrarlos relajados y tranquilos a pesar de todo lo que pasa a su alrededor, y de ver cómo pudo haber sido su relacion en esos momentos.
- Por otro lado, las cosas empiezan a moverse en el frente político... ya iremos viendo más de eso.
- Y en el campo de la reconstrucción... ya era hora de aceptar algunas realidades dolorosas y difíciles e ir pensando más en el futuro próximo y sus desafíos.
- Como siempre, deseo agradecerles de corazón a todos los lectores y a los que dejan sus comentarios, y en especial a mis betas y amigas Evi, Sara y Kats por su apoyo y aliento... ¡Un abrazo grande y suerte, colegas!
- Mucha suerte a todos y hasta la semana próxima, con el capítulo 7!
