7. Boleto de Salida

Una sombra encapuchada, envuelta en una vieja y desgarrada gabardina se coló escaleras abajo, andando con pies ligeros a pesar de estar calzados en pesadas botas altas de cuero negras. Su figura delgada y pequeña a comparación del resto de los sujetos corpulentos que transitaban por los pasillos inferiores de la Casa de la Vieja Tormenta se escurrió con presteza sin llamar demasiado la atención. No había porque, ya la conocían.

Tomó un cuenco y un vaso que llenó con la leche frescas de una jarra. Se apoderó de una grande rebanada de queso, casi haciendo piruetas al evadir el tránsito de los trabajadores de la cocina que, pesados y torpes, se movían como si nada pudiera interponerse en su camino. Nadie notó siquiera su presencia, ya por lo atolondrado de aquellos gigantones, ya porque ella fuera sumamente hábil en no hacerse notar.

Divisó de lejos una canasta, se desplazó hasta allá y, dejando sobre una mesa cercana la comida que había recolectado estiró su brazo para alcanzar una media hogaza de pan. Sus dedos delgados y pálidos se cerraron sobre la pieza, al tiempo que una enorme manaza, oscura, tosca y enorme, la atrapó a ella por la muñeca.

―Será mejor que me sueltes, no tengo planes de perder también este brazo ― dijo la encapuchada sin levantar la mirada a ver siquiera a quien la había interceptado.

―¿A… don-de…? ―trató de articular el otro con una voz antinaturalmente lenta y grave.

―¿Cómo que a dónde? ¿Olvidaste lo que hacemos aquí y quien nos visita? Él necesita comer, ¿entiendes? El ritual no funcionará si sólo muere de hambre. ―la voz femenina se alzó conflictiva entonces y debajo de la capucha relumbraron un par de cristales redondos sobre dos ojos agudos ―¿Sabes qué? Hazme él día. Dejemos morir al prisionero mejor. Le diré a Ruth que todo lo que sus ancestros hicieron se fue al garete solo porque no quisiste darme pan. Entonces talvez en lugar de cocinarla, seas tú quien sea la cena mañana.

El enorme cocinero resopló y soltó el delgado brazo de la otra con la presteza de quien suelta algo caliente. La mujer arrebató el pan y colocándolo junto al queso en el plato, lo tomó todo en su único brazo y salió tal como vino, escaleras arriba.

Sería una mentira decir que, aunque lidiar con esos torpes y amodorrados monstruos era para ella un fastidio, desde hace una semana lo hacía con mucho más entusiasmo y alegría. Jamás lo admitiría en voz alta ni para ella misma, menos con esas palabras tan cursis, pero lo cierto es que la llegada de ese tipo le había devuelto completamente la esperanza.

La esperanza de salir de ahí, la esperanza de ser libre y olvidarse que puso un pie alguna vez en aquella pesadilla.

Recorrió los pasillos con un ligero trote, dando la vuelta junto al atrio para encaminarse a las escaleras de caracol, directo al ala que servía como calabozo. Y ahí, tras una pesada puerta de metal montada en paredes de roca toscamente tallada, con ambos brazos atados sobre la cabeza y los pies metidos en un rustico cepo, estaba la única cara en todo el mundo que le dio gusto ver, aun cuando jamás, ni en sus sueños más psicodélicos hubiera imaginado encontrarlo en aquel olvidado rincón del mundo:

Gideon Gordon Graves, ingenio musical, genio del armamento emocional, magnate, supervillano, murió y había vuelto a la vida. ¡Aleluya!

Ah, sí, y ahora era el prisionero de un maniático culto de pueblerinos palurdos en un distante bosque olvidado de Dios. Pero esos eran meros detalles.

La puerta se abrió, la figura encapuchada entró, la puerta se cerró tras ella y la llave giró varias veces. Las botas negras anduvieron el suelo de piedra, acortando la distancia hasta donde G-man se encontraba con la ropa echa un desastre y la cabeza despeinada caída sobre el pecho.

―Buenos días ―canturreó la recién llegada, dejando el cuenco con el vaso de leche, el queso y el pan sobre el suelo, metiendo su único brazo entre sus bolsillos y rebuscando, encontró los anteojos de montura cuadrada de G-man, para luego ponérselos con cuidado sobre la cara ―hora del almuerzo. Te traje leche, lamentablemente, no hay nada más fuerte en todo el lugar.

Antes de acercarle el alimento, la chica trató de apartarle los oscuros mechones de largo cabello negro que le escondían el rostro a Graves.

Al sentir el tacto, en un movimiento brusco, Gideon movió la cara hacia un lado alejándola de ella.

―Ay, por Dios santo, G-man. ¿Vas a regresar a tu farsa del super-badass otra vez? ¿Por qué no me haces las cosas más fáciles y solo te comes la comida como lo hiciste ayer? ―ella se irguió, se llevó la mano sobre la cabeza acomodándose su propio cabello oscuro y la capucha se cayó revelando una cara conocida.

Lentes de montura redonda, piel rosada, expresión de pocos amigos. Gideon la conocía como Lynette Guycott y el único trato que habían tenido en su vida fue a nivel profesional luego de que Clash at Demonhead firmaran su contrato con Industrias Graves.

Varios meses antes, en Toronto, la tragedia de Lynette sucedió.

Ella no lo consideraba así, pero uno podría suponer que dado el temperamento de Envy, cuyo ego solo había ido en ascenso gracias al aumento exponencial de la popularidad de la banda bajo la tutela de G-man, al acercarse a Todd, Lynnette solo estaba firmando su propia sentencia.

En realidad, todo comenzó bastante antes de la batalla con Scott Pilgrim.

Comenzaron discretos. Con meros flirteos vagos e insinuaciones juguetonas, siempre a espaldas de Envy que pasaba más tiempo en salones de belleza que en los ensayos, se tomaban cada vez más libertades, acercándose cada vez más al otro, sin admitir sus intenciones pero con todos los deseos implícitos. Luego, como si se desafiaran el uno al otro para ver quien se acobardaba primero, comenzaron a hacer avances cada vez más atrevidos.

Mirarse a los ojos de cerca, jugar con el cabello del otro, poner sus manos encima. Todd quiso enseñarle a tocar el bajo a Lynette una tarde y la abrazó por detrás descaradamente, según él para mostrarle como debía colocar sus manos sobre el instrumento. Luego sentarse uno al lado del otro abrazados, mensajearse hasta altas horas de la noche, besarse y separarse pronto para estudiar con detenimiento la reacción del otro.

Una tarde después del ensayo que Envy debía salir para una sesión de fotos para una revista de moda, (que no incluía al resto de la banda pues aunque ellos también sabían lucir bien, ninguno de ellos estaba al nivel de Envy) ambos se quedaron el resto de la tarde mirando películas y Lynette no pidió permiso ni se disculpó por pasársela acostada todo el tiempo sobre el regazo de Todd.

Claro, Lynette era solo la baterista del grupo, sin compromisos ni relaciones y en su mente, nada tenía que perder. Y para Todd… nadie sabe exactamente que transitaba por su mente libre de suero y grumos, pero lo cierto es que siempre fue como un niño travieso, pensando que solo está mal hacer las cosas si te atrapan en el acto. Si no, siempre puedes negarlo.

Y aún a pesar de que ambos reconocían que las consecuencias de sus actos podían escalar hasta proporciones desastrosas, a Lynette le importó poco y Todd seguía imaginándose infantilmente que Envy lo amaba demasiado para botarlo por un mero jugueteo ocasional

Pero las consecuencias no llegaban y los dos tortolos se confiaron. Para cuando su presentación en Toronto llegó Todd y Lynette no solo habían estado juntos varias veces, sino que se demostraban afecto de manera descarada en público, solo fingiendo cuando Envy estaba presente y los miraba directamente. Ingram llegaba a ser tan obtuso que mientras su novia lo miraba, actuaba como si Lynette no existiera siquiera y la baterista de cabello negro era tan descarada que tan pronto Envy le daba la espalda, lanzaba juguetones besos en dirección del bajista vegano.

Tan distraída parecía tener a Envy toda la situación del encuentro con Pilgrim que Guycott parecía querer aprovechar cada momento posible para tomar a Todd y desaparecer de la vista del mundo a un lugar más privado. Aun cuando toda la gira de Clash fue interrumpida en realidad con el propósito de cumplir con el malévolo y complicado plan de Gideon (que involucraba a Envy solo de manera accesoria y circunstancial, para "remover el tapete de Pilgrim", pero que tenía a Todd Ingram como pieza central por haber sido novio de Ramona) bastó un leve resbalón para que aquello que tan discretamente se desarrolló durante meses llegara a una anticlimática conclusión.

Ingram salió del baño ajustándose la cremallera (y usando, sin saberlo, las pantaletas de Lynette como sombrero improvisado) y se había vuelto tan cínico o tenía una mente tan increíblemente simple, que no comprendió porque la mirada furibunda de Envy Adamas lo perforaba como un rayo láser sobre un pedazo de queso.

Se quedó parado demasiado tiempo, y detrás de él salió Guycott, chocando con la corpulencia del bajista, solo para ser objeto de la ira descontrolada de la vocalista de la banda. Y, como lo había proyectado desde el comienzo, ella se desentendería de todo. No tenía necesidad de nada, porque nada tenía valor para ella más allá de la emoción y el disfrute inmediato que le reportaba. No tenía que sufrir a Envy, sus rabietas y sus dramas, ni siquiera echaría de menos a Todd una vez que, vuelta loca de despecho, Envy lo botara. Para ella solo tenía valor si era el novio de Envy, sentir que era más que ella por robarle la atención de su propio novio aun cuando ella era la grande y fabulosa Envy Adams.

Eso era lo único que a Lynette Guycott emocionaba y habiendo desaparecido, nada de interés quedaba ahí. Todos sabemos que pasó después. Juntó sus manos preparando la técnica de teleprotación, sin dar explicaciones, sin pedir disculpas. No era su estilo. A manera de despedida les gritó "Sayonara idiotas" y con un destelló de luz, rápido y fugaz como el flash de una cámara, desapareció.

Pero no se fue en limpio. Usando el mazo de Ramona que tenía a la mano, Envy le conectó un golpe asombroso directamente en el codo biónico a Lynette. Ya fuera la furia de la vocalista o lo apresurado que realizó su técnica o que el arma de Flowers tenía un bonus de daño +2 al golpear chicas, pero el resultado fue peor de lo que Guycott anticipó.

Al caer al suelo, desorientada y embargada por un supremo malestar producto de haber realizado su desaparición sin antes fijar en su mente un punto de destino concreto sino deseando sólo alejarse de ahí lo antes posible, la sensación que la saturó, bloqueando todo lo demás, fue el dolor intenso y repentino de tener arrancada su prótesis robótica de las terminales artificiales conectadas a su sistema nervioso.

Y luego, la desesperación, el desamparo. La oscuridad la rodeó y ella pudo darse cuenta de la magnitud de su yerro luego de que, habiendo espantado a todas las aves de un kilómetro a la redonda, sus ojos brillaron como los de una fiera tras los cristales redondos de sus anteojos, pero ya no con furia, sino con miedo.

Pues si no poseía dos manos, no sería capaz de conjurar su técnica nuevamente, y estaba varada en sólo Dios sabe dónde.

Deambuló como pudo por el helado bosque canadiense sin saber dónde estaba siquiera. Sabía que su técnica de teleportación sólo podía moverla a través del espacio (es decir, que no se encontraba en la época de los peregrinos ni ningún shenanigan parecido) pero dado que el 90%, o algo así, del territorio canadiense estaba cubierto por bosques, no había manera alguna de saber dónde estaba. Para acabar de fastidiar, su celular se estaba quedando sin batería, no había llevado consigo nada de comer… y ya sólo tenía un brazo.

Sin mencionar que conforme la noche iba envejeciendo, las sombras entre los arboles parecían cobrar una especie de espesa sustancia. Algo parecía moverse, escurrir, caer, gotear por los troncos y entre las ramas. En su mente incrédula y mordaz, Lynette trató de tranquilizarse, pensando que tan solo era su miedo, jugándole bromas con su percepción.

Pero no pasarían un par de horas, antes que comenzara a escuchar susurros extraños en la parte trasera de su cabeza, de ver extrañas masas amorfas moviéndose por el suelo, pesadamente, juntándose, reuniéndose, elevándose hacia el cielo, devorando animales a su paso, dejándolos solo en los huesos.

No supo cómo, pero en algún punto comenzó a gritar histérica por la campiña, asistida por fantasmales luces que se quemaban en la distancia como las antorchas de un antiguo culto extraviado. Debió tropezarse y caer inconsciente. Tuvo toda la suerte del mundo de que con sus gritos llamara la atención de la gente del pueblo y que un pequeño grupo de búsqueda saliera a investigar y la encontraran, pues de haberse quedado a la intemperie durante la madrugada, lo único que hubieran recuperado a la mañana siguiente hubiera sido su cadáver congelado.

La gente de Bruit d'etoile no son para nada hospitalarios, pero algo en su proceder rayaba en lo paranoico. Temían dejar ir a alguien que hubiese visto algo que no debiera en los terrenos cercanos al pueblo, sobre todo porque habían escuchado gritar a esta chica forastera en dirección del camino bajo que sube de la Casa de la Vieja Tormenta.

Ella en realidad no había visto nada, pero no había nada en realidad que ver. Por el estado de sus nervios cuando despertó, la gente que la examinaba con ojos distantes (especialmente esa insufrible tipa de cabello rubio platinado y piel tan pálida que parecía casi transparente) parecía haber decidido que no era muy buena idea "solo dejarla ir". Lynette no era tonta, y entendió rápidamente que estas personas estaban deliberando seriamente dejarla donde la encontraron, esta vez, atada de manos y con algún incentivo en los bolsillos para los osos, de manera que trató de hacer lo que estaba acostumbrada cuando necesitaba congraciarse con alguien.

Buscar la manera de volverse útil.

Fue así como, enumerándoles las muchas habilidades de las que disponía, llegó a captar la atención de sus captores-anfitriones al mencionar que era una magnifica baterista. Claro, tuvo que demostrarlo, sobre todo por el hecho de que a faltaba de un brazo pero tan pronto le extendieron el tambor, no había duda que aquello en la cabeza que le permitía a Guycott marcar el ritmo sin perder una sola nota ni salirse del tiempo, no lo perdió junto con su implante.

De esa manera, con el paso del tiempo, su actitud discreta y a veces complaciente (pero siempre convenenciera) consiguió ganarse en parte la confianza de la gente del pueblo, le dejaron quedarse en la posada a cambio de que dirigiera las procesiones cada mañana, marcando con su tambor el ritmo.

―Un momento, ¿Qué es eso? ¿Qué hiciste? ―inquirió G-man, sentado sobre el suelo con los brazos sujetos sobre la cabeza.

―¿Dónde?

―Tu cabello. ―la miró de reojo, con sospechas. ―Lo peinaste ¿Por qué?

―Ah, te diste cuenta. ―sonrió ella halagada, presumiendo las dos largas coletas negras― Sé que es así como te gusta. Tú mismo me recomendaste este estilo cuando…

―Suficiente ―la interrumpió Graves ―¿Por quién me tomas? ¿Así te atreves de tacharme de farsante?

Ella sonrió entonces maliciosa, dejando que la luz que se colaba por la diminuta ventana relumbrara en los cristales de sus anteojos redondos.

―¿Qué pasa, G-man? ¿Una chica no puede tratar de verse linda sin que la tachen de interesada?

―Tratándose de ti, me temo que no, Guycott. Es por eso que aún bajo contrato, a la gente como tú no hay que darle la espalda.

―Por favor, no me sermonees ―resopló con molestia la baterista de oscura melena ―lo esperaría de cualquiera, menos de ti. ¿Me dirás que nunca en la vida has sido infiel?

―¿Quién dijo nada de ser infiel? Me refiero a que deshiciste la banda. ¿No pensaste en las consecuencias de lo que traería cuando quisiste conquistar la fortaleza Ingram por pura diversión mientras su reina estaba ausente?

Ella, sin responder entornó la vista frunciendo el ceño. Si, se arrepentía, pero no por la muerte de Todd o por la furia de Envy. Esa perra se lo tenía merecido, pensaba ella. Se arrepentía por los meses de miserable existencia viviendo enclaustrada en aquella comunidad de dementes. Las cosas que había visto, que había oído, desearía poder olvidarlas pero lo único que podía hacer era aferrarse a su recién concebida esperanza de poder salir de ahí.

―Vaya, no se te puede engañar, ¿verdad? Supongo que no te volviste multimillonario siendo un tonto. ―dijo ella finalmente, deshaciéndose las coletas ―Me ofrecí a traerte comida, intenté la ruta diplomática, pero quieres hablar en serio, bien, hablemos pues de negocios.

Se agachó, mirándolo. Sus calcetas a rayas estaban repletas de agujeros y bajo la ajada gabardina con la que se cubría del frio aún usaba el vestido negro de tirantes y falda corta que llevaba puesto aquella noche.

―Tú estás frito. ―ella comenzó, sin reservas ni remordimientos ―Vas a morir de todas formas. Te mataran. La sacerdotisa Ruth solo espera que la luna y las estrellas se alineen o alguna de esas ridiculeces para poder sacrificarte a lo que sea que veneren aquí como su dios. Ella dice que cuando mueras, esa cosa te usará como puerta para entrar a este mundo, y ya sea que creas que eso es real o no (yo ya no estoy segura que creer, después de lo que he visto) la demencia de esa maldita loca es real y te partirá por la mitad de todas maneras aunque resulte que nada de lo que creen estas personas exista…

―Existe ―la interrumpió Gideon ―lo vi. En el subespacio. Está encerrado en este mismo sitio, pero del otro lado. Créeme, para mí no es cuestión de fe. Si decimos que esas cosas no son reales, es porque no existen en el mismo plano que nosotros, pero eso no quiere decir que no existan… en otro lugar.

―Explícame, entonces, si eres tan sabio, ¿Cómo terminaste aquí? ¿A qué viniste a este miserable pedazo de tierra maldita?

―Tampoco me hice multimillonario revelando todos mis secretos ―le sonrió arrogante Gideon y su expresión no demeritó aun estando fatigado y maltratado ―Quieres negociar. Bien. Supongo que a cambio de tu atención y mantenerme con vida, deseas que te ayude a salir de aquí.

Bingo. Tú si sabes de negocios.

―No hay trato.

―¿Qué? Pero… ¿Por qué…?

―Lo que quiero, es otra cosa. ―acotó entonces G-man ―Sé que la comida me la darán de todos modos, como has dicho, me necesitan muerto, pero no todavía, así que eso no es parte del trato. Lo que quiero es que me mantengas informado. Quiero saber todo lo que puedas descubrir acerca de esta cosa que duerme en el subespacio. Todo. Si pretendemos salir de aquí, será mejor que sepamos como evadirla… o matarla, si las cosas se ponen feas.

―¿Qué hay de Ruth?

―¿Qué hay con ella? Es una humana, simple y mortal… ―se detuvo G-man, para mirar con detenimiento a Lynette ―¿lo es, cierto?

―Creo que sí. Pero los cornudos…

―He comido bistecs más grandes que ellos.

―Y luego está el pueblo…

―¿Con quién crees que hablas? No van a detenerme un montón de granjeros con antorchas y horquillas. ―se mofó Graves.

―Bien, entonces tenemos un plan.

―Yo tengo un plan. Haz tu parte y volverás a la civilización volando en primera clase. Pero esta vez, por favor, no te distraigas.

Ella asintió. El silencio se volvió largo e incómodo entre ellos mientras Lynette le alcazaba queso, pan y leche a G-man prisionero. Cuando el almuerzo terminó, la chica se puso de pie, tomando los trastos y se dispuso a salir. Abrió, atravesó el umbral y volvió a cerrar, echando el cerrojo.

―Y aun así, sigues dándole tantas vueltas a la llave al entrar o salir… ―murmuró Gideon desde dentro de la celda.

Ella se paró de puntitas, mirando por la ventanilla con barrotes en la parte superior de la pesada puerta metálica.

―No te ofendas, pero en esta relación, la desconfianza es mutua ―respondió la baterista, distante y fría, para luego guiñarle un ojo y sonreír radiante ―además me rompería el corazón que te fueras sin mí.

Y lanzándole un beso desde afuera, salió trotando escaleras abajo.