Olvida el resto, déjalos conocer mi infierno.
Rayos, estoy de vuelta; mis historias se venden.
El respeto mantiene a los veteranos en sus puestos.
6
La crisis de los Pilares y el dilema de Mika.
Había una gran conmoción en el Santuario.
Eso fue lo primero que se le ocurrió a Argus cuando se materializó a la distancia sobre el octavo templo y sintió el temblor en el cielo. Mucha gente no puede imaginarse un terremoto allá arriba, pero de hecho el espacio exterior se mantiene en constante desplazamiento y por lo tanto, tiembla más o menos todos los días. Pero lo que sintió cuando llevó de regreso al hermano menor de Milo fue diferente. El aire crepitaba con chispas que cortaban las dos corrientes de viento; la fría, que venía desde el mar, y la cálida, que llegaba desde el continente. El suelo en realidad no se sacudía pero grietas se abrieron en la superficie y formaron un mapa que era incomprensible.
Podía sentir el cosmos de su hermano Altair allá abajo, pero debido a todo el polvo que las ráfagas levantaban, era incapaz distinguir casi nada. El fuerte viento amenazó con llevarse la preciada carga que sostenía en los brazos, por lo que mantenía fuertemente agarrado y como si de su boleto a la salvación se tratara. Era una suerte que Mika estuviera inconsciente y aunque solo había pasado un minuto y medio desde que lo sacó de las islas Meteora, el gélido horror de verlo caer sin vida se mantenía fresco en sus recuerdos y en sus venas. Sus manos aún temblaban un poco y sentía la boca seca y la lengua pesada.
Allá en la tierra, un enorme y terrible cosmos se levantó y se expandió como una gran explosión que consumió por un segundo el aire con que los humanos solían respirar. El viento se acabó, el temblor en el cielo también, incluso las nubes de tormenta que Poseidón mantenía suspendidas sobre la tierra para que sirvieran de escudo contra Apolo fueron dispersas hasta que el firmamento sobre las cabezas de todos se mostró como un manto de color azul claro con el sol opaco y distante encabezando un desfile de estrellas sin brillo que eran perceptibles a duras penas.
Argus podría haber bajado para saber qué estaba sucediendo pero sabía que el cosmos que estalló y que envolvía cada rincón de toda la tierra a la vista le pertenecía a Milo.
No, no a Milo. A Caos.
Una extraña mezcla entre ambos pero superado en gran manera por la parte divina.
Tan solo un segundo después, una fuerte explosión mandó a volar el lado derecho del templo de Escorpio en el mismo momento en que dos figuras lo atravesaron. Las paredes y parte del techo colapsaron y cayeron cuesta abajo por el peñasco antes de hacerse polvo contra la base del mismo. Ese podría haber sido el espectáculo del día de no ser por las dos figuras de diferentes tamaños que habían impactado contra la antigua y simbólica edificación y que en ese preciso instante iban cuesta abajo de la misma manera que las paredes, pero quizás con algo más de elegancia.
Y violencia.
—Mi hermana luce molesta—la voz de Mika sonó rasposa y perezosa contra su garganta. El movimiento de estiramiento que el niño realizó en su intento por desperezarse se quedó a medio camino debido a la rigidez de los brazos de Argus. Inclinándose de una francamente peligrosa hacia adelante, pareció examinar el paisaje antes de voltearse para verlo como si comprendiera su preocupación—. Ya he visto a Milo en modo: psicópata.
Milo efectivamente estaba en el centro de la acción, suspendida en el aire a unos quinientos metros del suelo y a doscientos de donde Argus se mantenía a la espera. Altair estaba ahí también, siendo sostenido sin cuidado alguno por las gráciles, pequeñas, suaves y mortíferas manos de su señora, que se afanaba por estrangularlo mientras el cosmos de Caos, que no era más que una mínima parte semejante a un grano de arena en la auténtica inmensidad de su verdadero poder era totalmente dirigido hacia él. Por cuanto recordaba de antaño, su señora poseía una naturaleza destructiva pero no agresiva, ni mucho menos peligrosa. Por lo que supuso con asombro que la agresividad del cosmos se debía exclusivamente a Milo. Picaba al contacto con la piel, casi como minias agujas pinchando a la vez.
Casi sospechó que sufría de neuralgia.
El viento creado a causa de la propia presencia de Caos se arremolinaba en torno a ellos, creando remolinos que desprendieron los techos de las edificaciones menos firmes en la base y los alrededores del Santuario. La mayoría de los santos de Athena estaba expectantes y a la espera, estáticos en la entrada del templo patriarcal con toda la pinta de no saber qué hacer para solucionar o tan siquiera explicar lo que estaba sucediendo. El cosmos de la diosa podía sentirse también, manteniendo en su lugar lo que quedaba en pie del recinto sagrado.
Milo por su parte desistió en su tarea de estrangulamiento y lanzó con fuerza a Altair hacia la pared de rocas cuya superficie se había modificado con la caída de la mitad del templo de Escorpio. Uno no pensaría que una cosita tan chiquita y delgada como su señora podría hacer tantos estragos pero apenas y manó lejos al Pilar del Orden y el Caos, fue tras él y lo hundió en la pared con un puñetazo a su estómago.
Argus esperaba que su hermano no intentara defenderse ni explicarse, sabía que él recibiría su castigo con los brazos abiertos y una sonrisa en el rostro. Altair daba un poquito de miedo cuando quería. Lo que no esperaba era que Milo supiera tan pronto lo que había sucedido las islas Meteora. Se preguntó si Altair se presentó y confesó por cuenta propia, o si ella lo supo por tratarse de su verdadero corazón, o si la ausencia del cosmos de su hermano hizo que uniera cabos sueltos.
No, pensó. Ella tenía que saber más que solo suponer. De otra manera no estaría dándole al mayor de los Pilares la paliza de ese siglo.
Las nubes de polvo y el viento solo le dejaron entrever una nueva carrera cuesta abajo, directamente al ras del peñasco que provocó fuertes cambios en el paisaje. Las columnas cercanas de todos los templos se vinieron abajo al igual que las escaleras que bajaban hacia Libra y las que subían hacia Sagitario. La base, una planicie de pasto cubierto casi en su totalidad por preciosas flores campestres se convirtió en una llanura desértica y agrietada y los pocos árboles en un radio de trecientos metros se doblaron o partieron.
—Siento pena por mi hermano—murmuró en respuesta, no importándole en absoluto revelarle ese tipo de confidencias ya que, después de todo, se trataba de un niño—. Pero creo firmemente que se merece que Milo le saque la mierda a golpes. Él no debió… —no debió ponerte las manos encima, pensó, pero en su lugar dijo: — no debió actuar en la manera en que lo hizo.
— ¿Hizo algo malo? —preguntó, volviendo a mirar hacia abajo.
—Digamos que sí.
La estela de polvo y roca que dejó tras su paso hizo que Mika soltara un silbido de admiración. Pero por supuesto, no todos los días se daban el lujo de ver a una diosa suprema utilizando como tabla de surf a uno de los todo poderosos Pilares de la Creación. La remodelación del Santuario acabó cuando la figura de Milo, de pie directamente sobre el pecho de Altair mientras él yacía sumiso y entregado medio enterrado en la roca del coliseo, se visualizó como una clara demostración de lo que le sucedía a las personas que provocaban la ira de Caos. Altair había sido un idiota al actuar en la manera en que lo hizo, pero Argus también era culpable.
Milo se volteó y a pesar de la distancia entre el cielo y la tierra, pudo ver claramente sus ardientes ojos clavados en él.
—Ay, mierda—susurró Argus, sintiendo el gélido horror escalando nuevamente por su espalda antes de instalarse en medio de sus omóplatos. Su señora no dijo una simple palabra, no movió la mano, ni siquiera formó un pensamiento pero supo de inmediato que ella requería su presencia con suma urgencia. Tragando saliva con fuerza, descendió cuán rápido fue capaz sin desestabilizar su agarre en Mika o asustarlo.
El niño permaneció en silencio cuando tocaron el suelo. Argus lo soltó y se postró ante su señora, que seguía de pie sobre el pecho de Altair pero sin llegar a pisarlo, él parecía inconsciente y una expresión de dolor estaba inmortalizada en su rostro perpetuamente amable. Realmente esperaba que sintiera dolor por su impertinencia y una parte suya deseaba recibir el mismo castigo, no porque fuera un enfermo masoquista, sino porque era lo correcto.
— ¿Existe algún motivo por el que no deba hacerte lo mismo? —preguntó ella.
Argus se sorprendió de que no estuviera hablando directamente con su voz, sino que pusiera en uso su cosmos. Su auténtico cosmos. Refrenando su fuerte deseo de verla y reprimiendo todos los tipos de sensaciones que le provocaba el hecho de saber que después de muchos siglos se encontraba directamente delante de su creadora, negó con la cabeza y dijo:
—No tengo ningún motivo por el que no merezca un castigo similar al de mi hermano—contestó, su voz no traicionó lo alterado que se sentía en su interior y dio gracias por ello.
—Qué bueno, porque estoy algo cansada y la verdad es que no me siento bien—respondió ella.
Argus levantó la cabeza a tiempo de verla tambalearse en su lugar y a sabiendas de que caería, extendió los brazos hacia el frente y la atrapó cuando efectivamente ella se desplomó. La piel dorada de Milo estaba erizada y sus músculos temblaban como si tuvieran vida propia y su temperatura era tan alta que comprendió que no estaba simplemente temblando, sino que la fiebre debía ser tan fuerte que comenzaba a causarle convulsiones. Inseguro sobre qué hacer, la acomodó en su costado derecho y tomó con su mano izquierda a Mika y lo acomodó en el lado contrario y emprendió una marcha hacia el octavo templo que no duró más de tres parpadeos. Owen estaba en el pasillo, con los ojos cerrados y una mano en alto por la que su cosmos fluía de manera controlada y tenue mientras a su alrededor todo lo que fue destruido comenzaba a regenerarse a una velocidad alarmante para el ojo humano, o bien, para los ojos de los pocos residentes del Santuario. A veces tener a Owen de su lado era una buena cosa.
—Dámela— terció cuando hubo acabado su labor. Extendió ambos brazos hacia él y Argus se retiró dos pasos cuando estuvo a punto de quitarle a Milo de los brazos.
—No. Tú ordena el desorden, yo me encargaré de ella.
—Tu deber es proteger al niño—replicó de inmediato, colocando sus manos en los hombros temblorosos de Milo.
—Pero… — insistió Argus, resistiéndose un poco a dejar ir a su señora y frunciendo mucho el ceño a la vez que su hermano mayor hacía lo mismo.
—Dámela—. Altair se materializó entre ambos y quitó a Milo de sus brazos, acunándola en los suyos con tanto cuidado y parsimonia, que bien podría haber estado sosteniendo a un recién nacido.
El mal nacido evidentemente no había captado el mensaje de estás castigado, pues una vez que Milo estuvo asegurada en sus brazos, comenzó a andar a paso lento y medido hacia la zona privada del templo. Argus sintió sus mejillas enrojecer de pura frustración y avanzó hacia él luego de poner en el suelo al chiquillo, que se limitó a ser un buen niño y permanecer en silencio. Cuando iba a darle alcance a su hermano, sin embargo, sintió el agarre de la mano de Owen en su antebrazo y se volteó dispuesto a mandar abajo el templo empujándolo cuesta abajo por el risco.
—Déjalo ir.
—Y una mierda, cometió el error más grande de esta era, ¿y aun así se cree con derecho de cuidar personalmente de ella?
—Argus, déjalo ir. —insistió su hermano mayor, enfatizando su orden y ejerciendo presión en su agarre.
Argus maldijo por millonésima vez el momento en que, recientemente creados, fueron a la presencia de su señora a informarle que tras una breve discusión, decidieron que el mayor de ellos, es decir, Altair, sería quien tuviera autoridad para mandar sobre los otros tres y que cada uno respetaría a su mayor. En esa época todo era diferente, por supuesto y las únicas órdenes que se daban entre ellos eran cosas triviales, como en qué sitio del universo estarían determinadas galaxias, o cuántos agujeros negros debían ser destruidos para que otra área determinada no fuera drenada por completo de la vida.
Cada uno de ellos vigilaba un punto diferente del universo, cubriendo lo que los seres humanos llaman "puntos cardinales", cada uno fue ubicado ahí por Caos y dejado para que hiciera su voluntad según los pedidos básicos de su señora: no destruyas; no crees nada que no puedas controlar; mantén todo en orden; si te sientes triste reúnete con tus hermanos y vengan conmigo; no te olvides de mí. Gracias a Cam cumplían con más frecuencia la última de las órdenes, él era como el niñito mimado de mamá y le encantaba molestarla mostrándole los mundos que había cuidado con ahínco en su nombre.
Y Caos nunca los había castigado. No al menos hasta después que descendiera a la tierra como humana.
—Vete a la mierda—espetó a su hermano y se soltó, comenzando nuevamente su camino hacia el interior del templo.
O podría haberlo hecho si sus pies no se hubieran rebelado a su orden de caminar. El frío que sintió en las pantorrillas y el hielo grueso y pesado que cubría esa área hizo que su frustración creciera un poquito más. Como Pilares de la creación, hechuras directas de Caos, quien los formó con sus pensamientos y emociones, eran inmunes a cualquier tipo de enemigos. Ni lo dioses en conjunto eran capaces de hacerles frente aunque existía un mito que afirmaba lo contrario. Pero sí eran susceptibles a cualquiera de ellos, podían dañarse físicamente, incluso matarse entre sí, lo cual era divertido cuando tenías la habilidad natural de resucitar en un minuto y treinta segundos. Y era más divertido aún cuando podías darte el lujo de partearle los tobillos a tus hermanos.
Argus aún pensaba que más que amigos, Caos había deseado hijos cuando los creó, pues los hizo primeramente con la apariencia de niños pequeños y con edades en cálculos humanos de unos seis años.
¡Cam! —gruñó, usando su cosmos para deshacer la técnica de su hermano menor.
El aludido se materializó y con una sola mirada a sus piernas, estas volvieron a congelarse y esta vez hasta los muslos. Resintiendo el frío, volvió a utilizar su cosmos para quebrar el hielo, lo cual obtuvo como respuesta un suspiro y un cruce de brazos por parte del menor de los cuatro.
—Altair ya pagó por su idiotez. Supéralo —se limitó a decir.
Maldito el momento en que ese mequetrefe recibió como obsequio por parte de Caos el don del control sobre los elementos del hielo y el fuego. La temperatura comenzó a subir tan rápido que las paredes exudaron restos de humedad y el suelo se cubrió de una capa firme y cristalina de hielo. Un agarre diferente se sintió en su mano y Argus bajó la mirada para encontrarse con los ojos terriblemente brillantes de Mika.
—Déjalo ir. Él solo quiere cuidar de ella— pidió. La voz increíblemente suave y tierna que usó al hablar hizo que su corazón se derritiera un poco. —Y ya paren de pelear. Se parecen a ellos.
Sí, no había que ser un genio para saber que se refería a los santos dorados de Athena. Aunque también podría haber estado hablando de los dioses.
—Nuestro príncipe ha dado una orden—dijo Owen. Inclinó su cabeza hacia el niño, que para variar enrojeció completamente y asintió de una manera tan seria y controlada que Argus quiso estrujarle las mejillas. El Pilar de la Creación y Destrucción desapareció una vez que su acto de respeto hacia el hermano menor de Milo fue completado.
—Ustedes tienen un ligero problema con los celos, ¿verdad? — comentó el niño, cruzándose de brazos y negando con la cabeza como si no aprobara ese tipo de comportamiento.
—No tienes ni idea—quien respondió fue Cam, que al igual que él, negó con la cabeza, todavía cruzado de brazos.
Argus quiso arrojarse a sí mismo por el borde.
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Sabía que no podía llevarse esa cuota de dolor que Milo estaba sufriendo pero eso no era un impedimento para Altair. Limitándose a hacer lo que estaba en sus manos, colocó el cuerpo enfermo de su señora en la cama y con todo el cuidado del mundo, la cubrió con las mantas gruesas y se acomodó a un lado, tomándole las manos y dejando fluir su cosmos como algo más suave que la caricia de una brisa. Casi al instante las convulsiones se detuvieron más la fiebre no bajó un grado. Quejidos de protesta escapaban de sus labios entre abiertos y su piel seguía erizada incluso aunque estaba bien cubierta y gracias a la aparición de Cam la temperatura era de unos buenos veintiocho grados. Dedicado a su tarea, no prestó atención al momento en que los cosmos de sus compañeros desaparecieron llevándose con ellos a Mika.
Sabía también que había metido la pata hasta el fondo y supo que las cosas acabarían así incluso antes de decidirse a enviar a Argus en busca de Mika. Podría haber ido en persona para examinar al niño en el octavo templo, pero la situación ahí no era la mejor y ya que su misión de desestabilizar y debilitar la moral de las filas de Athena estaba cumplida, no tenían otra misión que cumplir más que vigilar que nadie interfiriera en el descenso completo de Caos, que para frustración de Altair, sucedía con una lentitud mucho mayor de lo que esperaba. Sus sospechas sobre la peculiar condición de Mika, por otro lado, habían comenzado desde la visita que Argus había hecho al niño, tras lo cual le había informado acerca de los latidos desiguales de su corazón. Altair no había pensado en el paradero del corazón de Caos hasta ese momento debido a que se suponía que estaba en posesión y a cuidado de Owen, cuya habilidad para discernir entre las líneas confusas que formaban el pasado y el futuro le ayudaría a decidir si debían o no utilizar ese corazón, esa reserva de vida intocable. Pero incluso Owen se mostró algo sorprendido al saber que el nuevo guardián de la vida de Caos era un niñito moribundo.
Sea como fuere, sus acciones lo convirtieron en un gran merecedor de la paliza que Milo le proporcionó. No fue demasiado tiempo, incluso duró un poco menos de lo que cualquiera esperaría de una diosa pero la naturaleza de Caos, aunque destructiva, no era violenta o maligna. Tan solo unos segundos de desesperación sin aire debido al estrangulamiento y luego un poco de daño físico al ser literalmente arrastrado por la tierra. Incluso aunque en realidad los Pilares no necesitaban oxígeno y sus cuerpos se regeneraban o renacían, Caos era la única con la capacidad de provocarles una herida real. Sus raspones y contusiones ya se habían sanado y todo lo que quedaba era el aspecto maltrecho, pero el dolor que había desaparecido de su piel y músculos estaría gravado en su memoria por los siguientes siglos.
Los quejidos de protesta que emergían de la garganta de Milo se detuvieron pero los símbolos que representaban a la sangre de los dioses que había ingerido confiando ciegamente en Athena brillaron en tonos dorado y plateado de una forma tan brillante que iluminaron un radio de quizás medio metro, contrastando con su piel dorada por el sol que ahora se encontraba en el cielo, suspendido y con aires de ausencia. Apolo había actuado como un gran infeliz al negarse a dejar que el Astro Rey brillara durante el día y probablemente fuera de las paredes del templo nadie sabía nada de eso aún, sus ridículos planes de dominio sobrepasaban su carácter mezquino y su repentino deseo de tener a Milo bajo su control se quedaría en la nada por mucho que el sol no brillara. Milo podría estar en completo silencio, quizás preguntándose por qué accedió a beber de esa mezcla maldita, ella podría verse débil, podría estar enferma y enterrada hasta lo profundo en el centro de las disputas de todo el mundo. Pero Altair estaba seguro que ella se alzaría sobre todos cuando Caos se pusiera en libertad, deshaciéndose de todos los sellos con los que esos presumidos creyeron que la encadenaron.
Pero Caos no podía ser encadenada, no podía ser retenida.
Ella tenía sus propios planes, su propia manera de hacer las cosas.
Y tal como a Milo de Escorpio, a Caos le encantaba irritar a sus enemigos.
Cuando el cosmos de su señora pasó de un estado lamentablemente enfermo a algo semejante a un sueño profundo, Altair supo que ella probablemente llevó su mente y consciencia a la dimensión en la que estaba su templo.
Pensando bien, probablemente Milo no sabía que estaba viajando constantemente entre una dimensión y otra.
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—Entonces, ¿la viste? —murmuró Zeth.
Mika asintió con tanta sequedad que su mejor amigo se le quedó viendo como si una araña radioactiva le hubiese picado. El día apenas comenzaba, la hora nueve de la mañana no había llegado pero en ese lapso de tiempo se echó una siesta en los brazos de su hermana, se fue de paseo a quién sabe dónde, les mintió en la cara a los guerreros que protegían a la diosa Caos diciéndoles que no sabía que estaba enfermo, y murió y revivió en menos de tres minutos. Seguramente ellos pensaban que él no lo había notado, pero tuvo una de esas experiencias extra corporales de las que había leído en los periódicos que se amontonaban en el escritorio de la directora del orfanato, en los que hombres de mediana edad y niños pequeños afirmaban que se habían visto a sí mismos en camas de hospitales mientras médicos desesperados procuraba reanimarlos. Mika se había visto a sí mismo tendido en el suelo, con tres de los cuatro Pilares de la Creación dedicándole miradas de horror y asombro mientras el cuarto de ellos, Altair, sostenía en una mano su corazón. O, mejor dicho, el corazón de Caos. O el verdadero corazón de Milo.
Mika presenció la pequeña charla que mantuvieron los Pilares, espantado y curioso por lo que estaba sucediendo. Francamente, fue divertido ver su cuerpo muerto. Podría sonar morboso y extraño, pero hasta pensó en patearse a sí mismo por algunas de las tonterías que había cometido en el pasado. Podría haberlo intentado si no hubiese estado acompañado de ella.
En el preciso instante en que Mika notó que no estaba en su cuerpo, notó también que en la enorme sala no había cinco seres vivientes, sino seis. La figura de Milo se formó a partir de la luz y observó y escuchó atentamente cada palabra, primero expresando sorpresa y horror al unir cabos entre el cuerpo tendido en el suelo y él, de pie a su lado, y luego con pura y tenebrosa furia cubriendo el brillo de sus ojos como un velo de sombras. Supo irremediablemente que su hermana estaba enojada por su asesinato y que iba a vengarse por ello, así que mientras los Pilares discutieron sobre si él de hecho estaba muerto o vivo, Mika se dedicó a tratar de convencerla de no masacrar a esos cuatro. Sobre todo a Argus.
Argus le caía bien.
No supo si ella comprendió lo que le pidió pero cuando despertó, de vuelta en el Santuario y en los rígidos brazos de Argus, volvió a mentir, esta vez desentendiéndose del por qué Milo estaba acomodando el cerebro de Altair usando la fuerza bruta.
—Este es el mejor día de mi vida—dijo finalmente, internándose al templo de Acuario.
Argus y Cam lo dejaron en las escalinatas y luego se marcharon prometiendo antes que volverían por él en cualquier momento.
Se internaron en la biblioteca y se sentaron en la mesa que por definición les pertenecía porque sí. El gran diario de Vasili de Acuario estaba abierto donde lo dejó la última noche antes de salir a ver el espectáculo de luces que protagonizó su hermana cuando el fuego emergió del octavo templo y se elevó hacia el cielo. La libreta en la que escribía con lápiz estaba en la misma posición, y sabiendo que no tendría nada mejor que hacer sino hasta que algo o alguien fuera molido a golpes o asesinado de nuevo, se sumergió de lleno en su labor autoimpuesta de traducir la historia de vida del tipo ese que estaba tristemente enamorado de la primera vida de su hermana. Suponiendo que era cierto que ese tal Vasili y su esposa Meagan eran en realidad Milo y Camus de Acuario.
De solo pensar en su hermana casada con ese estirado le provocaba nauseas.
—Yo escribiré. Tú, lee—ofreció su mejor amigo Zeth, sentándose frente a la mesa y tomando rápidamente el lápiz. Calzó en su lugar sus lentes de intelectual y esperó pacientemente a que Mika se subiera a la mesa y se sentara en pose india con el libro en su regazo.
Haciendo lo que sabía que debía hacer, se sentó y tomó el libro, y comenzó a leer.
Los dioses hicieron lo que quisieron conmigo y con Meagan. Ellos podrían habernos matado incluso antes que me atreviera a pedirles que salven lo que quedaba de ella, pero en su lugar prefirieron hacernos pagar por algo que en teoría no fue culpa nuestra de una manera lenta e interminable.
Interminable, así se siente la perspectiva de esta vida y de solo pensar en la vida que viene, lo interminable comienza a sentirse como un círculo que nunca se romperá.
Es verdad que nos dejaron vivir, pero, ¿a qué costo? Borraron nuestras existencias del conocimiento del mundo, nos obligaron a guardar silencio y a permanecer en el anonimato, se llevaron a la joven Athena al Olimpo y el Santuario que nos enorgullecía está ahora vacío y abandonado. Y Meagan y yo fuimos dejados a nuestra suerte.
La sentencia del Olimpo fue hecha con clemencia, pero la definición de clemencia que tienen los dioses es diferente a la que los humanos poseemos. Ellos dictaminaron que el alma de Meagan estaría irremediablemente unida a mí por los siguientes milenios y hasta el fin del universo tal y como lo conocemos, nos otorgaron el privilegio de reencarnar y encontrarnos en cada una de nuestras vidas a partir de la siguiente. Pero también sentenciaron a Meagan a morir al llegar a la edad de veinte años, fue una táctica preventiva, una manera de evitar que Caos vuelva a poseerla, y no solo eso, sino que me condenaron a mí a ser la causa directa o indirecta de su muerte. Así que irremediablemente, a partir de esta era, seré el asesino o cómplice de la muerte de la persona por la que incluso llegué al extremo de traicionar a Athena.
De mí en adelante muchas generaciones de Acuario verán morir a Escorpio, o lo matarán y luego sentirán el peso de la ausencia del alma a la que están unidos. Será así hasta que el círculo en el que nos he metido a ambos finalmente se rompa, pero eso sucederá cuando el universo que conocemos ya no exista, momento en que se dará paso a una nueva encarnación de Caos.
¿Cómo es que sé esto que tengo conocimiento de algo que los dioses no me dijeron?
La propia Caos me lo ha dicho, y es lo único que me da algo de consuelo además del hecho de que una vez muerta, seguiré a Meagan al inframundo casi de inmediato. Pero hasta que el círculo se rompa, hasta que el universo que conocemos llegue a su fin, hasta que Caos regrese… hasta ese entonces no seré más un testigo mudo del sufrimiento de Meagan.
— ¿Alguna vez te vas a dignar a leer? — le recriminó su amigo.
Mika se había quedado en la primera línea del tercer párrafo, pero no creía que pudiera seguir leyendo en voz alta. Muchas dudas se acumularon en su mente, muchas preguntas, muchas preocupaciones. Una risa nerviosa emergió de su garganta y sintió una gota de sudor frío bajando por el costado de su rostro. Miró a su amigo y todavía sonriendo, dijo:
— ¿Sabes? Tengo hambre. Iré por algo de comer— se deshizo de su posición, pero antes que pudiera bajar de la mesa, su amigo se levantó y, dejando sus lentes en la mesa, comenzó a caminar hacia la salida.
—Yo traeré algo de comer. Tú escribe lo que mantendrás en secreto—dijo a la distancia.
Mika no iba a mantenerlo en secreto por demasiado tiempo. Pensaba preguntarle a su hermana si sabía algo de eso, se lo preguntaría a los Pilares también, pero tenía que mantenerlo en secreto de Camus de Acuario y del resto de la orden dorada. Y mientras menos personas lo supieran, mejor. Si eso incluía a su mejor amigo era un pequeño daño necesario. A Zeth no le iba bien guardando secretos.
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Nota al margen: esta semana no hay adelanto. ¿La razón? No tengo una desgraciada idea de lo que viene a continuación. Lo siento, pero estoy en esos momentos que ustedes saben que llegan a un punto y luego ya no saben para dónde ir. Por otra parte, tampoco sabía cómo superar el capítulo anterior -que la verdad, me gustó mucho- y bueno, espero que disfruten esto. Personalmente creo que se quedó a medio camino y que los Pilares de la Creación están llevándose todo el protagonismo, pero no se preocupen, ya pondré a la bola de inutileshgfjhkjhdfvkds... a los caballeros dorados en el foco de nuevo :D
¡Gracias a todos por leer y nos veremos la semana que viene!
Posdata: Ayelen, si estás por ahí y para responder a tu pregunta: desde el último capítulo de "Milo del Caos" hasta el primer capítulo de "El caos de Milo" pasó una semana completa. Siete días entre el final de la primera parte y el comienzo de la segunda.
*Las estrofas utilizadas para este capítulo corresponden a la canción Lost in the echo de Linkin Park.
Publicación del próximo capítulo: 14/05/2016
