Capitulo 6:

-¡Aquí nos dividimos! Vosotros iréis por allí, y nosotros por aquí. A la primera señal, disparad vuestras armas para llamar nuestra atención, pero no se os ocurra dañar a mi hija si la encontráis. Al anochecer regresaremos a la aldea.
La voz del señor Higurashi sonaba muy segura, pero en realidad, el hombre se sentía desolado. Llevaban toda la noche y todo el día buscando a Kagome, pero la chiquilla parecía haber desaparecido.
El hombre maldijo por lo bajo, mientras espoleaba su caballo. La encontraría, aunque pereciera en el intento.
Hizo virar al animal en una senda que se abría camino a través de los árboles. Recorrió un largo trecho, y luego sintió que ya había pasado por ese lugar al ver las marcas de las herraduras de los caballos grabadas en la tierra. ¡Maldición!
-¡Aquí ya hemos estado!-gritó, dirigiéndose a los hombres que lo seguían-. Cambiaremos el rumbo y galoparemos durante un tiempo hacia el este.
Tras varias horas, se dieron cuenta de que anochecía. Y lo peor de todo era que habían estado dando vueltas casi todo el tiempo.
-Regresaremos a la aldea a descansar, y mañana al amanecer partiremos en busca de Kagome-se resignó el hombre.
Al llegar a la aldea los jinetes bajaron de sus monturas y condujeron a los animales a las caballerizas. Todos excepto el señor Higurashi, que encomendó esa tarea a una de sus sirvientas.
Entró en su gran casa desolado, triste y con ganas de llorar. No debía mostrarse débil, eso sería caer muy bajo, pero en realidad no se encontraba bien. Kagome era lo único que le quedaba, el único recuerdo de la mujer a la que había amado con toda el alma.
Midoriko, su esposa, había sido la mujer más hermosa de la región. Con sus largos cabellos negros y sus ojos castaños era la diosa más hermosa de la tierra. Él había tenido la suerte de enamorarla, pero también cayó preso del amor y se casaron. Un año después nació Kagome.
La niña era la viva imagen de su madre, pero mucho más hermosa todavía. Sus cabellos eran tan oscuros como los de su madre, pero tenía los ojos más claros, como los de su padre. Era toda una belleza. Pero la muy loca se había marchado, y para empeorar la cuestión, en la noche de luna llena.
El señor Higurashi entró en su despacho y tomó asiento tras la mesa después de coger una botella de licor. Se sirvió un poco en una copa y se la llevó a los labios.
Toda la culpa era suya, suya y de nadie más. No tenía el derecho de culpar a su hija por querer huir de un futuro horrendo.
Esa mañana, mientras el señor Higurashi buscaba a su hija, había entrado en la villa un hombre de unos cuarenta y cinco años, de pelo canoso y bastante debilucho. El alcalde había prometido a su hija en matrimonio con ese hombre, el señor de la región, lord Onigumo Matsumoto. Era al menos veinte años mayor que Kagome, y además un hombre muy malvado y de sangre fría. La joven, probablemente negándose a aceptar tal matrimonio, había decidido huir la noche anterior.
El señor Higurashi se llevó la copa a los labios una vez más. Derramó una lágrima, y luego se llevó las manos al rostro, sollozando. Había enviado a su hija a un cruel destino. Probablemente ya estaría muerta en manos de aquel monstruo, y todo por su culpa. El dinero del lord lo había cegado y no le permitió ver lo que su hija deseaba.
Unos golpes en la puerta distrajeron su atención. Esta se abrió y entró una de las sirvientas.
-Señor, lord Matsumoto desea veros-dijo la joven, temerosa.
-Hazle pasar-y dicho esto, la joven desapareció tras la puerta para dar paso al viejo lord.
El hombre entró con aires de superioridad, alisándose el poblado bigote y con la espalda encorvada. Sus ojos, rojos como la sangre, desprendían miradas de intenso odio en todas direcciones.
-¿Y bien?-pregunto con prepotencia-. ¿Dónde está la joven?
Esa indolencia enfureció al señor Higurashi, al cual el licor ingerido comenzaba a afectarle.
-La joven se escapó anoche, mi lord-gruñó-. Y fue capturada por esa bestia, por el demonio. Seguramente ya esté muerta-se mordió el labio inferior dolorosamente.
-Es una lástima-dijo el lord, sin inmutarse-. Hubiera sido una excelente esposa. Lo lamento, pero el compromiso, al no estar la novia, queda roto.
El lord abandonó la sala y luego se escuchó partir un carruaje. El señor Higurashi suspiró, en parte aliviado y en parte preocupado.
Su alivio se debía a que, si Kagome llegara a regresar algún día, cosa que era improbable, ya no tendría que preocuparse por tal compromiso, sino que contraería matrimonio con quién desease. Pero todavía estaba preocupado. Hasta que apareciera el cadáver de su hija, en caso de que estuviera muerta, no descansaría. Y en caso de que fuera así, se encargaría de vengar la muerte de su pequeña Kagome.
Recorrió el pasillo con agilidad, presa del pánico, y logró llegar a las escaleras que conducían al vestíbulo. Las bajó tan deprisa como podía, y alcanzó la gran puerta.
Pero no se abría por mucho que la empujara; seguía cerrada con llave.
Apoyó la espalda contra la puerta, asustada al escuchar una agitada respiración en las escaleras. Contuvo el aliento, y vio, a lo lejos, como una oscura figura se desplazaba con extrema agilidad hacia la otra parte del castillo
Suspiró aliviada una vez que la sombra desapareció, pero luego la angustia regresó. Aquel extraño ser la buscaba, y no sería precisamente para alabar su belleza, como muchos solían hacer en el pueblo.
Dio unos pasos en dirección a una de las puertas, la que llevaba junto a los caballos, con la esperanza de poder huir por allí. Entonces, la sangre se le heló en las venas y se quedó congelada donde estaba, sin dar ningún paso. Una mano, o tal vez una garra, se había posado en su hombro.
Un sudor frío le recorrió la frente, al tiempo que un escalofrío se deslizaba por su espalda. No quería girarse por miedo a lo que podría encontrarse.
Y entonces, una voz masculina, suave y susurrante le habló cerca del oído.
-¿Señorita Higurashi?
Kagome reconoció en seguida que era la voz de Miroku, el joven que la había acompañado apenas un rato atrás hasta su dormitorio.
-¿Miroku?-preguntó en un susurro.
-Sí, ¿podéis explicarme que hacéis aquí?
-Ese monstruo me persigue, entró en mi habitación y… ¡Oh, dios!-gimió de terror y se abrazó a Miroku.
-Tranquila…
Kagome observó, asustada, como en la oscuridad una vela amarillenta se acercaba hacia ella flotando en el aire. Se alejó de Miroku gritando de pavor, y cayó de espaldas al suelo.
-¡Silencio!-dijo Sango entonces, acercándose. Ella era la que traía la vela, pero con la oscuridad, Kagome apenas se había fijado y creyó ver que la vela flotaba en el aire sola.
-Sango-susurró Miroku, acercándose a ella-. Está persiguiendo a Kagome.
-¿Qué?-exclamó ella, aterrorizada-. No puede alcanzarla. Es la única persona que puede ayudar a Inuyasha a romper la maldición.
-Lo se, y por eso tengo que detenerle-susurró Miroku-. Quédate con ella.
-¿A dónde va?-preguntó Kagome acercándose a Sango, mientras veían a Miroku subir las escaleras corriendo.
-Va a…-pero las palabras de Sango se vieron interrumpidas.
Aquel monstruo de ojos rojos había aparecido de la nada, seguramente atraído por el grito de Kagome, y se había abalanzado sobre Miroku, haciéndolo caer por las escaleras.
-¡Miroku!-gritó Sango horrorizada, mientras corría hacia ellos tirando la vela al suelo.
En ese momento, en el exterior, brillaron los rayos de una tormenta. Un estruendo rodeó el lugar, y luego, más rayos de luz plateada.
Sango se interpuso entre el monstruo y Miroku, que avanzaba hacia el magullado joven con malas intenciones.
-No le tocarás, contrólate, maldita sea-rugió la joven, pero con eso sólo recibió un golpe que la lanzó al suelo.
Aquel monstruo se disponía a dañarlos más a ambos, pero Kagome, presa del pánico y porque no quería que les sucediera nada, gritó:
-¡Déjalos! ¡Ven a por mí si posees tanto valor!
Unos ojos rojos como la sangre se giraron y la miraron. Ella, horrorizada, comenzó a correr subiendo las escaleras, aunque le resultara difícil por su largo vestido.
En lugar de dirigirse a su habitación, emprendió el camino hacia la de Inuyasha. Corrió cuanto pudo, mientras sentía justo tras ella algo que respiraba bruscamente. Fuera, la tormenta continuaba y había empezado a llover.
Prácticamente sentía la respiración deseosa de sangre de aquel monstruo en su cuello. Desesperada, vislumbró a lo lejos las escaleras iluminadas débilmente por velas negras. Corrió hacia allí y subió, recorriendo la larga espiral de escaleras que finalizaban en un largo pasillo. Al fondo había una gran puerta de madera pintada de negro. Corrió hacia ella y la abrió, para luego cerrarla tras ella. En cuanto las puertas se cerraron a su espalda, reinó el silencio, como si el monstruo hubiera desaparecido.
Miró a su alrededor para saber donde se encontraba. Era una habitación lúgubre y escasamente iluminada. A la derecha había una cama de dosel y sábanas negras, con una mesita de noche al lado del mismo color, y enfrente de la cama una amplia cómoda, también negra. En un rincón, en el suelo, se podía ver un marco de madera roto junto a un cristal hecho añicos y un retrato.
Se acercó y recogió la imagen. En ella pudo ver a Inuyasha, solo que estaba casi irreconocible. Tenía el cabello corto y negro y los ojos oscuros. El resto de su cuerpo seguía igual. Junto a él había una mujer muy hermosa que se parecía mucho a Kagome, con un vestido largo y amarillo. La joven supuso que sería Kikyo.
De repente se escuchó un fuerte rugido y el ruido de dos puertas al chocar contra la pared. Kagome se giró asustada, y se encontró cara a cara con aquel ser, que escondía la cara en las sombras y que había abierto la puerta bruscamente.
Kagome gritó y dio un paso hacia atrás, al tiempo que aquel monstruo se acercaba a ella. La sujetó fuertemente por los brazos y la levantó unos centímetros en el aire.
La joven sintió el dolor y su sangre resbalar por las garras de aquel ser. Miró hacia la puerta y vio a Sango, que se acercaba con Miroku, ayudándolo a caminar.
-¡Por el amor de dios, no le hagas daño a Kagome!-gritaba ella desesperada.
La joven bajó la mirada. La luz de un rayo dio entonces de lleno contra el rostro de monstruo, y pudo verle por fin la cara. Distinguió en un lado una larga cicatriz, pudo ver la larga melena de color plateado que caía por la espalda de aquel monstruo… Y sus ojos se llenaron de lágrimas.
-Inuyasha…-susurró débilmente, mientras las lágrimas empapaban los ojos del demonio.
El rojo sangre que bañaba sus ojos se volvió dorado por unos instantes.
-Kagome-murmuró preocupado, mientras la dejaba en el suelo.
-¿Qué te pasa?-preguntó ella, mientras se secaba las lágrimas.
-Es la reacción, tengo que matarte hoy… Tengo que…-Inuyasha se llevó las manos a la cabeza y comenzó a gritar dolorosamente-. ¡No! ¡No! ¡No quiero hacerlo…!
Sus ojos volvieron a tornarse rojos de nuevo, y avanzó amenazante hacia Kagome. Con voz fuerte y tenebrosa le dijo:
-Vas a morir.
Ella, que no soportaba ver así a Inuyasha, no lo pensó dos veces y corrió hacia él. Lo abrazó con fuerza, mientras las lágrimas que surgían de sus ojos bañaban el pecho su pecho.
-No lo hagas, por favor…
Él no la escuchaba, por lo que volvió a clavar sus garras en las heridas antes abiertas en los brazos de Kagome. Ella, sintiendo el dolor, supo que debía arriesgarlo todo o nada. No le importaba morir si era en sus brazos, no le importaba…
-Inuyasha…-murmuró, al tiempo que levantaba firmemente la cabeza y se acercaba a él.
Él apartó la cabeza hacia atrás, pero Kagome, tomando impulso, lo besó tiernamente en los labios. Él se resistió, pero las lágrimas de la chica, que aun lloraba, lo inundaron. Sus ojos comenzaron a volverse dorador una vez más. Los deseos de matar se desvanecieron, y todo fue reemplazado por las ganas de abrazar a aquella mujer.
Primero correspondió a su beso, y luego la abrazó con fuerza mientras susurraba su nombre. En la puerta, Miroku y Sango observaban sonrientes la escena, aceptando que habían vencido.
Salieron de allí despacio, sin molestar, cerrando la puerta tras ellos.
-Kagome, perdóname, por favor…-susurraba él contra el oído de la joven-. No quería matarte, no quería, pero la maldición…
-Lo se-fue todo lo que dijo ella por respuesta.
Él volvió a besarla, la tomó en brazos y la tumbó en la cama. Le acarició la mejilla, y luego la miró a los ojos.

-Gracias por devolverme la cordura-dijo-. No quería matar otra vez.
Ella solo sonrió y lo obligó a besarla nuevamente.
Durante esa noche, Inuyasha la convirtió en una mujer completa que se sintió querida por primera vez. Esa noche, Kagome olvidó los deseos de su padre de casarla con un viejo de cuarenta años, y olvidó también que la persona que le hacía el amor era un demonio. Para ella, aquel era el único hombre que habría desde entonces en su vida. No era un demonio, era simplemente un hombre que buscaba amor.
Y no pudo evitar una sonrisa al darse cuenta de que estaba enamorada. Con su dulzura, sus detalles y su comportamiento, aquel demonio la había enamorado en tan solo un día. ¿Era posible amar en tan poco tiempo?

Continuara…

Que els aya gustao xD