Los libros de la saga Vamperi academy y de cincuenta sombras de Grey no me pertenecen. Son de las maravillosas Richelle Mead y E.L. James respectivamente.

Son solo míos algunos cambios en la historia y nuevos personajes

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Capitulo siete

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He terminado mi último examen. Sonrío de oreja a oreja. Probablemente sea la primera vez que sonrío en toda la semana. Es viernes, y esta noche lo celebraremos por todo lo alto. Seguramente hasta me emborracharé. Miro a Kate, que está en el otro extremo de la clase, todavía escribiendo como una loca. Faltan cinco minutos para que se acabe el examen. Esto es todo. Se acabó mi carrera académica. Ya no tendré que volver a sentarme en filas de alumnos nerviosos. En mi mente doy graciosas volteretas, aunque sé de sobra que mis volteretas solo pueden ser graciosas en mi mente. Kate deja de escribir y suelta el bolígrafo. Me mira también con una sonrisa de oreja a oreja.

De camino a casa, en su Mercedes, nos negamos a hablar del examen. Kate aún está un poco molesta por mi aventura del martes en la noche en la casa de Nora. Estuvo gritándome por horas cuando se lo conté el miércoles después de las clases.

"¿Qué quieres decir con que solo ha sido un pequeño experimento?"

"Sospechaba sobre lo q-

"¿Crees que tu bienestar es algo con lo que puedes jugar? – volvió a gritar interrumpiéndome – No puedes exponerte de esa manera ¿Entiendes señorita?"

Asiento guardando silencio, viéndola pasearse por la sala mientras despotrica por varios minutos más.

"¿Puedo terminar de contarte, madre?" cuestiono cuando se sienta en el sillón junto a mí.

"Por supuesto" finjo no oír el tono quisquilloso en su voz.

"Bien, esta vez solo estuve un par de horas fuera – Ella quería replicar mi comentario, pero se mordió la lengua – en comparación con la vez anterior me recuperé muy rápidamente. Antes de la media noche ya estaba como nueva, eso sí, creo que vacié el refrigerador de la Doc en cuanto pude comer algo"

"Solo dime de una maldita vez porque lo hiciste".

"He estado pensando y repasando lo que ha sucedido en el último año. Me he preguntado ¿Como pude curarte? ¿Cómo es que desde ese día mis heridas o dolencias sanan aún más rápido que antes? ¿Qué posibilidades hay que un dhampir pueda hacer magia? ¿Realmente estoy utilizando el espíritu? La verdad es que me aterroriza aceptar esto y comenzar a confirma que es cierto, pero no puedo, no podemos hacernos de la vista gorda" – Digo sosteniendo su mano.

Ella me devuelve el apretón "¿Es un hecho, no es así?". Asiento negándome a pronunciar las palabras, pero ella no calla- "Estas utilizando espíritu".

"Tendré que enfrentar el pasado Kate. No puedo hacer esto sin más usuarios espirituales, tarde o temprano deberé buscar a mi compañera de vinculo"

"Estamos juntas en esto ¿Lo sabes? – asiento – Bien, porque ahora yo soy tu familia y no pienso dejar que nadie quiera ocupar mi lugar" trata de bromear. Aun así, la conozco lo suficiente para saber que esto es algo que la aterra, el pensar que alguien pueda sacarla de mi vida le atemoriza.

"Jamás nadie podría reemplazarte u ocupar tu lugar Katherine, eres mi mejor amiga, mi hermana mi familia y te amo" aseguro abrazándola estrechamente – "Promete que tendré un año para esto, para buscarlos. Promete que tendré este año para tratar de manejar esto sin ellos"

"Ok. Pero si veo que la situación se nos sale de las manos yo misma te arrastrare de vuelta a Pensilvania"

"Es un trato" – digo dándole un casto, rápido y correspondido beso en los labios.

Estuvimos conversando el resto de la tarde sobre el plan que venía armando para comenzar a fortalecerme en la magia y que esta no me afectara como lo había hecho en las ocasiones anteriores cuando la use sin planearlo.

Despejo mi mente y bajo del auto pues mi acompañante se me ha adelantado.

"Rose, hay un paquete para ti".

Kate está en la escalera, frente a la puerta de la calle, con un paquete envuelto en papel de embalar. Qué raro. No recuerdo haber encargado nada en Amazon. Kate me da el paquete y coge mis llaves para abrir la puerta. El paquete está dirigido a Rosemarie Ivashkov. Sonrió curiosa al notar la falta de señorita o señora. No lleva remitente. Quizá sea de mis padres o de la tía Tatiana.

"Seguramente será de mis padres".

"¡Ábrelo!" —exclama Kate nerviosa.

Se mete en la cocina para ir a buscar el champán con el que vamos a celebrar que hemos terminado los exámenes.

Abro el paquete y encuentro un estuche de piel que contiene tres viejos libros, aparentemente idénticos, con cubiertas de tela, en perfecto estado, y una tarjeta de color blanco. En una cara, en tinta negra y una bonita caligrafía, se lee:

¿Por qué no me dijiste que era peligroso? ¿Por qué no me lo advertiste?

Las mujeres saben de lo que tienen que protegerse,

Porque leen novelas que les cuentan cómo hacerlo…

Reconozco la cita de Tess. Me sorprende la casualidad de que hace un momento haya pasado tres horas escribiendo sobre las novelas de Thomas Hardy en mi examen final. Quizá no sea casualidad… quizá sea deliberado. Miro los libros con atención. Tres volúmenes de Tess, la de los d'Urberville. Abro la cubierta de uno. En la primera página, en una tipografía antigua, leo:

London: Jack R. Olgood, McAlvaine and Co., 1891.

¡Son primeras ediciones! Deben de valer una fortuna. E inmediatamente sé quién me las ha mandado. Kate observa los libros por encima de mi hombro. Coge la tarjeta.

"Primeras ediciones" —susurro.

"No… —dice abriendo los ojos incrédula—. ¿Grey?"

Asiento.

"No se me ocurre nadie más".

"¿Qué quiere decir la tarjeta?"

"Creo que es una advertencia… La verdad es que sigue previniéndome. No tengo ni idea de por qué. No es que me haya dedicado a tirarle la puerta abajo precisamente" —digo frunciendo el ceño.

"Sé que no quieres hablar más de él, Rose, pero no hay duda de que le interesas, te advierta o no. Además, con ese beso que dices que le diste debe estar loco, arrepentido por haberte rechazado en primer lugar".

No me he permitido pensar demasiado en Christian Grey en la última semana. Bueno… sus ojos grises siguen invadiendo mis sueños, y sé que tardaré una eternidad en eliminar de mi cerebro la sensación de sus brazos rodeándome, su maravilloso olor y la seda tibia que son sus labios. ¿Por qué me ha mandado estos libros? Me dijo que yo no era para él.

"He encontrado una primera edición de Tess en venta, en Nueva York, por catorce mil dólares, pero los tuyos están en mucho mejor estado. Deben de haber costado más" —me dice Kate consultando a su buen amigo Google. "Seguro que no nos interesa el dinero, aun así, es casi grosera la forma en la que me parece… disculpa si te molesta, pero parece que-

"Quiere comprar mi perdón" – interrumpo completando lo que quiere decir.

Asiente con el ceño fruncido.

"La cita… Tess se lo dice a su madre después de lo que le hace Alec d'Urberville".

"Lo sé —me contesta Kate, pensativa—. ¿Qué intenta decir?"

"Ni lo sé ni me importa. No puedo aceptarlos. Se los devolveré con otra cita tan desconcertante como esta de alguna parte confusa del libro".

"¿El pasaje en el que Angel Clare la manda a la mierda?" —me pregunta Kate muy seria.

"Sí, ese" —le contesto riéndome.

Amo a Kate. Es leal y me apoya. Envuelvo los libros y los dejo en la mesa del comedor. Kate me ofrece una copa de champán.

"Por el final de los exámenes y nuestra nueva vida en Seattle" —dice con una sonrisa.

"Por el final de los exámenes, nuestra nueva vida en Seattle y por qué podamos conseguir un lugar pronto para mudarnos".

Chocamos las copas y bebemos.

El bar es ruidoso y está lleno de gente, de futuros licenciados que han salido a pillar una buena cogorza. José ha venido con nosotras. No se graduará hasta el año que viene, pero le apetecía salir. Nos trae una jarra de margaritas para ponernos en la onda de nuestra recién estrenada libertad. Mientras me bebo la séptima copa, pienso que no es buena idea beber tantos margaritas después del champán. Ni tampoco cuando de alguna manera eres un alcohólico en rehabilitación o eso era lo que Kate acababa de susurrarme.

"¿Y ahora qué, Rose?" —me grita José.

"Kate y yo nos vamos a vivir a Seattle. Estamos buscando un piso, por ahora permaneceremos en un hotel o algún departamento amueblado.

"Dios mío, cómo viven algunos… Pero volveréis para mi exposición, ¿no?"

"Por supuesto, José. No me la perdería por nada del mundo" —le contesto sonriendo.

Me pasa el brazo por la cintura y me acerca a él.

"Es muy importante para mí que vengas, Rose" —me susurra al oído—. ¿Otro margarita?"

"José Luis Rodríguez… ¿estás intentando emborracharme? Porque creo que lo estás consiguiendo. Hace mucho que no bebía —le digo riéndome—. Creo que mejor me tomo una cerveza. Voy a buscar una jarra para todos" – me aparto buscando huir de su abrazo.

"¡Más bebida, Rose!" —grita Kate.

Kate es fuerte como un toro. Ha pasado el brazo por los hombros de Levi, un compañero de la clase de inglés y su fotógrafo habitual en la revista de la facultad, que ha dejado de hacer fotos de los borrachos que lo rodean. Solo tiene ojos para Kate, que se ha puesto un top minúsculo, vaqueros ajustados y tacones altos. Lleva el pelo recogido, con unos mechones rizados que le caen con gracia alrededor de la cara. Está despampanante, como siempre. Yo no me he quedado atrás con un vaquero que abraza cada una de mis curvas, una camiseta un dedo sobre mi ombligo y un par de botas negras de tacón hasta la rodilla.

Uf, me da vueltas la cabeza.

Tengo que agarrarme al respaldo de la silla. Los cócteles con tequila no son una buena idea.

Me dirijo a la barra y decido que debería ir al baño ahora que todavía me mantengo en pie. Bien pensado, Rose. Me abro camino entre el gentío. Por supuesto hay cola, pero al menos el pasillo está tranquilo y fresco. Saco el móvil para pasar el rato mientras espero. A ver… ¿cuál ha sido mi última llamada? ¿A José? Antes hay un número que no sé de quién es. Ah, sí. Grey. Creo que es su número. Me río. No tengo ni idea de la hora que es. Quizá lo despierte. Quizá pueda explicarme por qué me ha mandado esos libros y el críptico mensaje. Si quiere que me mantenga alejada de él, debería dejarme en paz. Reprimo una sonrisa de borracha y pulso el botón de llamar. Contesta a la segunda señal.

"¿Rosemarie?"

Le ha sorprendido que lo llamara. Bueno, la verdad es que a mí me sorprende estar llamándolo. A continuación, mi ofuscado cerebro se pregunta cómo sabe que soy yo.

"¿Por qué me has mandado esos libros?" —le pregunto arrastrando las palabras.

"Rosemarie, ¿estás bien? Tienes una voz rara" —me dice en tono muy preocupado.

"¿Rara? La rara no soy yo, sino tú"—le digo animada por el alcohol.

"Rosemarie, ¿has bebido?"

"¿A ti qué te importa? No quiero tus libros"

"Tengo… curiosidad. ¿Dónde estás?"

"En un bar".

"¿En qué bar?" —me pregunta nervioso.

"Un bar de Portland".

"¿Cómo vas a volver a casa?"

"Ya me las apañaré".

La conversación no está yendo como esperaba.

"¿En qué bar estás?"

"¿Por qué me has mandado esos libros, Christian?"

"Rosemarie, ¿dónde estás? Dímelo ahora mismo".

Su tono es tan… tan dictatorial. El controlador obsesivo de siempre. Lo imagino como a un director de cine de los viejos tiempos, con pantalones de montar, un megáfono pasado de moda y una fusta. La imagen me provoca una carcajada.

"Eres tan… dominante" —le digo riéndome.

"Rose, contéstame: ¿dónde cojones estás?"

Christian Grey diciendo palabrotas. Vuelvo a reírme.

"En Portland… Bastante lejos de Seattle. De ti. Y no vuelvas a gritarme"

"¿Dónde exactamente?"

"Buenas noches, Christian".

"¡Rose!"

Cuelgo. Vaya, no me ha dicho nada de los libros. Frunzo el ceño. Misión no cumplida. Estoy bastante borracha, la verdad. La cabeza me da vueltas mientras avanzo en la cola. No puedo creer lo que he hecho, no puedo no recordar las veces que grite a Adrian cuando aún estábamos en la academia por este tipo de llamadas. Él utilizaría demasiado espíritu practicando con Lissa, posterior a esto se embriagaría para contrarrestar la oscuridad y en medio de la noche me llamaría balbuceando cosas sin sentido; yo me preocuparía por su estado deplorable y sigilosamente me fugaría de mi edificio para ir en su ayuda en la soledad de su habitación para visitantes de la academia. Solía terminar las llamadas con un Voy a buscarte, mientras planeaba alguna manera de llegar hasta él. La cola ha avanzado y ya me toca. Observo embobada el póster de la puerta del cuarto de baño, que ensalza las virtudes del sexo seguro. Maldita sea, ¿acabo de llamar a Christian Grey? Mierda. Me suena el teléfono, pego un salto y grito del susto.

"Hola" —digo en voz baja.

No había previsto que me llamara.

"Voy a buscarte" —me dice.

Y cuelga. Solo Christian Grey podría hablar con tanta tranquilidad y parecer tan amenazador a la vez. Bueno también están mi madre, Abe, Dimitri Belikov y por supuesto, yo.

Maldita sea. Me subo los vaqueros. El corazón me late a toda prisa. ¿Viene a buscarme? Oh, no. Voy a vomitar… no… Estoy bien. Espera. Me estoy montando una película. No le he dicho dónde estaba. No puede encontrarme. Además, tardaría horas en llegar desde Seattle, y para entonces haría mucho que nos habríamos marchado. Me lavo las manos y me miro en el espejo. Estoy roja y ligeramente desenfocada.

Espero una eternidad en la barra, hasta que me dan una jarra grande de cerveza, y por fin vuelvo a la mesa.

"Has tardado un siglo" —me riñe Kate—. "¿Dónde estabas? ¿Has tenido algún problema?"

"No, relájate. Solo haciendo cola para el baño".

José y Levi discuten acaloradamente sobre el equipo de béisbol de nuestra ciudad. José interrumpe su diatriba para servirnos cerveza, y doy un trago largo.

"Kate, creo que saldré un momento a tomar el aire".

"¿Rose, quieres que te acompañe?" – cuestiona observando el bar como si buscara algo. Era obvio para mí lo que trataba de encontrar: algo que la alertara sobre la presencia de strigoi. Niego, diciéndole que todo estaba bien con la mirada. Asiente. "Solo cinco minutos".

Vuelvo a abrirme camino entre el gentío. Empiezo a sentir náuseas, la cabeza me da vueltas y me siento un poco inestable. Aun así, más inestable de lo habitual.

Mientras bebo al aire libre, en la zona de aparcamiento, soy consciente de lo borracha que estoy. No veo bien. La verdad es que lo veo todo doble, como en las viejas reposiciones de los dibujos animados de Tom y Jerry. Creo que voy a vomitar. ¿Cómo he podido acabar así? Joder, parecen siglos desde mi última borrachera.

"Rose, ¿estás bien?".

José ha salido del bar y se ha acercado a mí.

"Creo que he bebido un poco más de la cuenta" —le contesto sonriendo.

"Yo también" —murmura. Sus ojos oscuros me miran fijamente—. "¿Te echo una mano?" —me pregunta avanzando hasta mí y rodeándome con sus brazos.

"José, estoy bien. No pasa nada". Susurro empujándolo un poco, pero al parecer, no entiende el mensaje.

"Rose, por favor" —me susurra.

Me agarra y me acerca a él. Esto o va a terminar nada bien, no para él.

"José, ¿qué estás haciendo?"

"Sabes que me gustas, Rose. Por favor".

Realmente no quiero golpearlo, no me gustaría que nuestra amistad se rompa por algo como esto.

"No, José, para… No".

Lo empujo, logrando separarlo de mí. Puede que este un poco ebria, pero sigo siendo una dhampir; mi fuerza siempre será superior a la de cualquier humano.

"No quiero lastimarte, aléjate" grito en su dirección, su cuerpo a un paso de mí, su mano sujeta mi muñeca.

"Por favor, Rose, cariño" —me susurra con los labios muy cerca de los míos. En un rápido movimiento que no esperaba me había atraído de nuevo contra su cuerpo. Cualquiera sabría que no debe acercarse cuando le grito que quiero sus manos fuera. Con una mano me mantiene pegada a él, y con la otra me agarra de la barbilla y me levanta la cara. ¡Va a besarme…!

Respira entrecortadamente y su aliento es demasiado dulzón. Huele a margarita y a cerveza. Empieza a acercarse aún más.

"José, no" — digo pensando rápidamente en como golpearlo sin lastimarlo demasiado.

No quiero. Eres mi amigo y creo que voy a vomitar.

"Creo que la señorita ha dicho que no" —dice una voz tranquila en la oscuridad.

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