Plan de Escape

Comenzó a sentir sed. Sentía la garganta tan seca y ardiente que apostaría que así la sentía un dragón antes de lanzar fuego. Sentía el escozor de la resequedad de los labios y lo rasposo de la lengua en el paladar.

-Creo que está despertando.

Era la voz de Eret, que se escuchaba lejana, como si comenzara a formarse un eco que no llegara a terminar, propio de los sonidos que viajan en espacios grandes y cerrados.

-¿Hipo?¿Hipo, estás despierto? -la voz de Patapez sonaba más cerca, a la altura de su oído.

-¡Hay por todos los Dioses!¡Chorréale agua en la cabeza si lo que quieres es que despierte! Pero yo lo dejaría dormir un rato más. Así no se da cuenta de la pestilencia de este lugar. -la voz de Brutilda sonaba cerca y lejos, por lo que Hipo supuso que iba y venía de una dirección a otra.

Hipo pudo localizar sus párpados para lograr abrirlos, aunque por la voz ronca no pudo responder tan rápido como hubiera querido.

-Sí, estoy despierto -contestó.

Los pasos de Brutilda dejaron de resonar al detenerse por escuchar la voz de Hipo, pero retomaron su vaivén.

-Necesito…agua. -dijo Hipo al momento que tomaba impulso para levantarse, pero un fuego, muy diferente al de su garganta, le impidió su propósito. Venía directamente de su costado izquierdo. Lanzó una pequeña exclamación de dolor.

-Estás herido. Yo no me movería si fuera tú -le comunicó Eret.

El hijo de Eret, se levantó de donde yacía, medio sentado, medio de pie, recargado con una pierna extendida y la otra inclinada hacia atrás, con un brazo sobre la rodilla de su pierna. Se levantó a servir agua, Hipo no vio de dónde, y le entregó el vaso a Patapez, para que este se lo suministrara al herido. Hipo pidió dos vasos más. Saciada su sed comenzó a evaluar el lugar donde se encontraban, por lo que, a pesar de las insistencias de Patapez, decidió alzarse, recostando su espalda en la pared que tenía detrás.

Eret regresó a su posición, frente donde se encontraba Hipo, con los brazos cruzados y expresión pensativa. Se encontraban en una especie de cueva, pero con rasgos de mano humana que le habían querido dar un aspecto más habitable. Al centro se encontraba una gran mesa de cedro, sobre la cual se encontraban algunos platos llenos de comida, cantimploras con agua y algunos vasos de fierro. De cada esquina pendía un candil con su respectiva llama interminable. Aunque, casi no eran necesarios pues a la derecha de la habitación, cuatro pequeñas ventanas, con barrotes en forma de cruz atravesados, permitían el paso de la luz solar. Alrededor de la mesa, sillas de respaldo alto y resistente se acompañaban una a la otra. Algunos estantes, de cedro también, resguardaban las paredes, aunque todos ellos con candados, protegiendo lo que tenían dentro. Debajo de Hipo se encontraba una cama improvisada, con piezas de madera cubiertas de algodón y unas mantas. Improvisada también, había sido la curación de su herida. Un vendaje le rodeaba toda su cintura, que sostenía un parche donde se vislumbraban algunos puntos rojos. A pesar de las quejas de Butilda, que de sobra todo mundo sabía que podrían darle la vuelta al continente, el lugar no apestaba, pero sí olía a humedad y a moho. Hipo supuso que el lugar lo utilizaban para hacer reuniones privadas, y que además, servía de fortaleza, pues nadie podía entrar o salir con facilidad. La gran puerta que los custodiaba era tan alta como el lugar, y sellaba cualquier oportunidad de escape. Se encontraba a la izquierda de Hipo, en medio de la pared donde convalecía.

Otro hecho saltó a su consciencia. Si los tenían como prisioneros, no los trataban como tal en el sentido completo de la palabra. Les habían proporcionado alimentos, le habían curado su herida, y el lugar estaba lejos de considerarse una celda.

-¿Alguna idea de por qué estamos aquí? -inquirió Hipo que probablemente tenía tantas preguntas como sus amigos.-¿Y dónde están los demás? -se acordó de repente.

-En la habitación contigua -respondió Eret. -Gracias a los gritos de Brutilda cuando pidió a los cuatro vientos que nos sacaran de aquí, los demás respondieron con golpes en la pared.

-Sí, bueno. Gracias a mi potente e impetuosa voz, lo sabemos -se granjeó la muchacha -La tuya no nos hubiera ayudado, a encontrarlos como mínimo.

-Nadie nos ha querido decir nada -explicó amablemente Patapez -Después de la explosión nos llevaron en diferente barco. Nos reunieron a todos aquí, menos a ti, que te llevaron a no sé dónde por una eternidad y luego te dejaron aquí, con cama y todo. Fue tan extraña su amabilidad que me atreví a preguntarles por qué nos capturaron, también Brutilda, aunque ella tal vez no les pidió, les gritó, pero no obtuvimos más que silencio. Eret supone que tal vez fueron piratas…

-¡Ya dije que piratas no son! -interrumpió Brutilda -¡Los piratas no lucen así!

-De todas maneras nos pueden vender como esclavos -agregó Eret.

-Alto, alto, alto -resopló Hipo -¿Explosión?¿Esclavos?

-El muy inteligente de Eret -apostilló Brutilda – prendió fuego con tu lanzador y con el poco gas que aún le queda de mi hermoso Cremallerus, cuando vió que te hirieron.

-¿Qué hubieras hecho tú? ¡Iban por él! Y era la mejor forma de distraerlos -se defendió Eret. -Buscaba ganar tiempo para dirigirme al timón. Hubiéramos chocado con una parte de su barco que nos rodeaba por derecha para poder salir de ahí.

-Yo no vi que fueran por él -continuó Brutilda -Es más, yo oí perfectamente cuando el jefe rubipelirrojo como se llame, les dijo estrictamente que no quería muertos, cuando se enojó porque le dieron a Hipo.

-¿Qué pasó con nuestro barco? ¿Se destrozó? -quiso saber Hipo.

-No -le respondió Patapez -o al menos no todo. Sólo una parte de estribor, que saltó directamente al mar hecho añicos. Aunque ellos lo custodiaron. Cuando nos colocaron en diferentes barcos alguien más condujo el nuestro hasta aquí.

-Eso es bueno -dijo Hipo con alivio -si logramos salir de dondequiera que sea este lugar, podemos recuperarlo.

-Ya busqué salidas. -informó Eret -La única oportunidad que tendremos será por ahí -señaló a la puerta. -Las ventanas son demasiado pequeñas.

-¿Crees que realmente nos quieran como esclavos? -Hipo se dirigió directamente a Eret -Este lugar me parece un poco cortés si ése fuera el caso.

-Esclavos para su disposición no creo -opinó Eret -Ya nos hubieran conducido hacia ellos. Pero tal vez obtengan una buena ganancia por seis cabezas.

-¡Y con un demonio, que no son piratas! -siseó Brutilda.

-¡No dije que lo fueran! -apuntó Eret.

-No nos quedaremos para averiguarlo. Tenemos que buscar la manera de salir de aquí. -puntualizó Hipo observando por todos lados, como si realmente ganara algo con pasar revista al lugar. -¿Se llevaron todas nuestras armas? ¿Mi espada…? -instintivamente se tocó su flanco derecho, pero estaba vacío.

-Sí, todas. -indicó Patapez -Logré resguardar este pequeño. Pero no sirve de gran cosa. Se doblaría al instante con el pestillo de la puerta.

Hipo comenzó a registrarse por completo. Le habían quitado su espada de fuego, la daga ancestral de los antiguos jefes berkianos, y su doble lanzador de gas y fuego. Sintió una opresión en el pecho. Eran sus pertenencias más preciadas, lo que había quedado de su antigua historia con los dragones y lo que le quedaba de su padre. ¿Habría manera de recuperarlos? Sería demasiado riesgoso. No sabía dónde guardaban las armas sus secuestradores y cualquier milésima de segundo contaría para llegar a salvo al barco. Sus pensamientos hubieran ideado una estrategia plausible, si su mano no se hubiera tocado una pequeña figura de toque férreo en uno de sus bolsillos. "¡Oh, Sí!" dijo para sus adentros.

-No, no se las llevaron todas. -una sonrisa afloró en sus labios.

Les mostró a sus amigos lo que su mano sostenía. Tan pequeño, que era preciso sujetarla entre el índice y el pulgar. Era una pequeña esfera de metal, con algo dentro. Parecía polvo verde.

-¿Qué son ésas? Nunca las ví con anterioridad -señaló Brutilda, un poco menos de mal humor.

-Es porque no hubo necesidad de utilizarlas. Pero nunca se sabe -concilió Hipo, aplaudiéndose a sí mismo, por haberlas creado y a Astrid, por ser tan testaruda que había insistido en que cargase con ellas en su bolsillo. ¡Por los Dioses! ¡Astrid! Pensar en ella y en su isla y los que la conformaban parecía tan lejano ahora. -Sólo las tienes que lanzar y ¡pum! Explotan. Se los demostraría, pero es la única que queda. Creo que al registrar mis bolsillos se les escapó esta pequeñina.

-¿Cuál es plan? -Eret había adquirido un color diferente. El fuego de la determinación en sus ojos.

-Podemos derribar el candado de la puerta con esto -explicó Hipo. -Pero tendremos que ser muy precavidos. Deben lanzarse desde lejos y dar en el tino. Sólo podemos usarla una vez.

Eret estaba a punto de ofrecerse él mismo, confiando en su buena puntería, cuando se escucharon unos pasos. Hipo no sabría decir si lo que había fuera era un pasillo, pero no tuvo tiempo de averiguarlo porque los pasos se escuchaban no por el lado de la puerta sino por el de las ventanas. El ruido de la grada y las piedras al pisarse llegaba hasta sus oídos. No eran muchos hombres, tal vez eran los pasos de uno o dos. Brutilda corrió como bólido hacia la pared para tratar de escuchar. Luego, hizo unas señas enérgicamente para que se unieran a ella, su oreja pegada en el muro de piedra. Lo más fácil sería acercar una silla y treparse en ella, pero las ventanas estaban a tanta altura que se necesitaría la estatura de dos hombres por encima de la butaca.

Hipo soltó una maldición cuando otra vez el dolor apareció al tratar de moverse, pero esta vez no le causó tantos estragos, y para su sorpresa notó que podía levantarse sin dificultad. Rechazó las manos que Eret y Patepez le ofrecían, pues quería saber qué tanto necesitaba el apoyo de alguien. No lo necesitaba, llegó al muro después que los demás. Y prestó oídos hacia los ruidos de fuera.

-¿Cómo sabremos si son o no los hombres de Viggo? ¿No sería bueno hacerlos hablar? Ya sabe, presionarlos -dijo una voz que a Hipo le pareció conocida por la emboscada de ayer ¿Había sido ayer?, pero de tantos hombres no pudo ubicarla en un rostro en concreto.

-Si son los hombres de Viggo, no hablarán, aunque les rebanes la piel. Esos desgraciados son cabezotas como un buey. -esta voz sí la reconoció. Pertenecía al líder rubio.

-¿Entonces qué planeas hacer con ellos? -siguió la primera voz. -¿No los planeas liberar o sí?

El jefe de los contrarios tardó unos minutos en responder. Su acompañante es el que siguió hablando.

-Ya sabes que el Oso Sanguinario te pidió que encontraras al domador de dragones primero. Si se entera que en su lugar tienes encerrados a una rubia escandalosa, a un fortachón mal encarado, a un niño asustadizo y a un muchacho con prótesis, ¡la que se nos va a armar!

-Lo sé ¡Demonios! Lo sé. Pero ya te dije que el domador de dragones y ésas bestias que a los supersticiosos les gusta hablar, no existen. Son simples leyendas.

-Tal vez, pero Viggo no lo cree así. Y eso ya no depende de nosotros. Lo mejor es seguirle el juego y llevarle lo que pide. Así podremos tener a Freydis de vuelta, antes de que le haga daño.

-¡Espero por todos los Dioses que mi hermana sepa defenderse! ¡Por Odín que necesito tiempo! Si son osos sanguinarios y los dejamos libres es probable que se desvíen y tomen una ruta diferente a la de su isla, aun si alguien se infiltrara en su barco. Pero sería muy riesgoso enviar tan poco número de nosotros si queremos rescatar a mi hermana. Y si enviara a un barco a seguirlos, se darían cuenta al instante y de igual manera se desviarían para tomarnos el pelo. Si no son hombres de Viggo afirmarán diciendo que no lo son justo como los osos sanguinarios harían.

-Entonces creo que estamos perdiendo el tiempo, Sven. Lo único que hacen nuestros cautivos es entretenernos y Freydis no tendrá tanto tiempo.

-¿Cuándo es el toque de queda?

-En tres días.

-¡Demonios! Ya no tenemos tiempo. Los entregaremos a Viggo. Les diremos que encontramos a su domador de dragones como él piensa, aunque no lo sean.

-Pero si son sus hombres sabrá inmediatamente que le mentimos.

Se produjo otro silencio.

-Lo pensaré mejor esta noche. Tendremos que idear algo. -dijo la voz del líder.

-Ya lo creo que sí.

Se escucharon otra vez los ecos de los pasos al alejarse hasta que los presos dejaron de oírlos. Aunque nadie se movió. Todos estaban tratando de filtrar el contenido de la información que acababan de escuchar.

-El jefe de los osos sanguinarios te está buscando -Eret fue el primer en hablar, dirigiéndose a Hipo.

-Y lo más probable es que nos entreguen a él -soltó Hipo.

-Tiene prisionera a su hermana -dijo Brutilda.

-No sabe que el domador de dragones está aquí -añadió Patapez.

-Y si no nos entregan a él, nunca nos dejarán escapar de aquí. -siguió Eret -Lo más probable es que vengan a rebanarnos la piel para hacernos hablar. O cuando vean que no les servimos, nos venderán como esclavos.

-¡Y dale con los esclavos! -lo reprendió Brutilda -¡Seremos puré en todos los casos!

-¿Por qué no van y atacan la isla de los Osos Sanguinarios? Así recuperan a su hermana -se preguntó Hipo.

Eret negó rotundamente con la cabeza.

-No, los Osos Sanguinarios nunca, jamás se dejan ver o salen de su isla, nadie sabe dónde está. Ellos son los que te encuentran.

-Al menos ya sabemos que son reales -señalizó Patapez, recordando su plática sobre los clanes detrás del timón.

-Muy reales. -convino Hipo sintiendo un estremecimiento. -Ahora lo entiendo. Pensaban que nosotros éramos parte del clan de Viggo y que teníamos a su hermana prisionera. Por eso nos atacaron.

-Y siguen creyéndolo firmemente -comentó Brutilda -que somos osos desgarrahuesos, o lo que sea.

Hipo tomó firmemente la esfera explosiva de hierro en sus manos. Sentía la necesidad de escapar ahora más que nunca. Aunque no del todo. Si tan sólo pudiera hablar con ése tal Sven, teniendo la seguridad de que le creería, podrían ayudarlo a rescatar a su hermana Freydis. Pero todo era riesgoso, muy riesgoso. ¿Cuántos riesgos estaba él dispuesto a tomar?

-Hay que esperar a que oscurezca. Cuando todos estén dormidos, la seguridad de la noche nos dará una oportunidad para llegar a nuestro barco. -les dijo a sus acompañantes.

El resto del día lo pasaron contemplando las mejores estrategias de escape, ajustando detalles y evaluando posibilidades. Patapez los invitó a tomar algunos alimentos. Hipo no tenía hambre por la ansiedad del objetivo que estaban a punto de emprender, pero una chillona Brutilda les dijo que no sabían si en el futuro podrían comer algo. Así que la luz de la luna los recibió estando todos a la mesa.

Los grillos cantaban, el viento soplaba y las estrellas se dejaron caer en compañía de la luna. Era hora.

Hipo le pasó la esfera a Eret con un asentimiento de cabeza. Detrás del tirador se colocaron los otros tres. Sus respiraciones agitadas era lo único que se escuchaba. Pasaron algunos minutos en lo que Eret se preparaba para lanzar. No podía fallar.

-¡Odín protégenos! -soltó Eret y lanzó el pequeño explosivo.

Los cuatro se agacharon instintivamente cubriéndose la cara por el polvo, las chispas y unos pedazos de madera que saltaron desde la puerta. La cantidad de humo los hizo toser y esperar un largo rato en lo que se desvanecía para poder ver.

La puerta cedió e Hipo pudo comprobar que efectivamente era un pasillo lo que había del otro lado de la puerta.

- ¡Por las Valkirias jefe! ¡Pensé que era un explosivo, no un dragón! -le dijo Eret medio sonriente.

Hipo le devolvió la sonrisa.