UN NUEVO MUNDO

Por Cris Snape

Advertencia: El Potterverso surgió de la mente de una escritora inglesa de apellido Rowling, pero toda la idea del universo mágico español está copiada de las historias de Sorg-esp. En mi defensa he de añadir que tengo su permiso para utilizarlo, así que no estoy plagiando a nadie. De hecho, este fic es la respuesta a un reto que Sorg-esp lanzó. Yo recogí el guante y me puse manos a la obra. Espero que os guste.

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CAPÍTULO 6

LA LECCIÓN

A juzgar por sus expresiones de absoluto desconcierto, ni Alina ni Nasir esperaban que el profesor Doe fuera a acudir ese día a darles clase. Cuando Caradoc entró en la biblioteca tan tranquilo como todos los días, con su maletín negro en una mano y su varita bien preparada en la otra, sólo pudieron intercambiar una mirada y permanecer tensos en su sitio a la espera de lo que fuese a ocurrir a continuación.

Caradoc los miró de reojo mientras se acomodaba. Sinceramente, estaba un poco molesto con ellos. No le gustaba la idea de haber quedado en ridículo frente al señor Bennasar y tenía ganas de gritarles a esos chicos hasta quedarse afónico. Además, descubrir que el joven Nasir frecuentaba sitios muy poco recomendables tampoco ayudó a mejorar su humor, pero pese a todo Caradoc pudo controlarse. Cada vez que estaba punto de perder los nervios por culpa de un estudiante, el brujo se repetía una y otra vez que había vivido cosas peores, que había sido auror, que había luchado frente a frente contra Voldemort y que un atajo de adolescentes problemáticos no iban a abatirlo. Por norma general, eso funcionaba y esa mañana no fue la excepción.

Para cuando hubo colocado sobre la mesa sus libros y un par de libretillas con apuntes, ya se sentía bastante más tranquilo. Le alegró comprobar que los chicos tenían toda la pinta de no entender absolutamente nada y sonrió internamente. Ese día no les había dado los buenos días y era evidente que a sus alumnos no les gustaba la sensación de no saber a qué atenderse. Carado hubiera podido seguir así mucho más rato, pero consideró que era hora de hacer algo útil y, sin mediar palabra, se hizo con las varitas de Nasir y Alina. Eso sólo confundió aún más a los chicos, que empezaron a mirarlo con bastante precaución. Caradoc guardó las varitas en un cajón y los miró fijamente antes de ponerse a hablar.

-Después de lo ocurrido ayer, he comprendido que no puedo confiar en que sepan comportarse como personas adultas, así que a partir de ahora confiscaré sus varitas durante cada clase –Anunció con tranquilidad- Cuando considere que han madurado lo suficiente, quizá me plantee la posibilidad de devolvérselas.

Los jóvenes volvieron a mirarse. Alina se cruzó de brazos y optó por retarlo una vez más. Caradoc no se sorprendió lo más mínimo.

-¿Cómo se supone que vamos a aprender magia si no nos da las varitas, profesor?

-Antes de hacer magia deben ser lo suficientemente responsables para comprender las connotaciones de poseer semejante poder –Explicó utilizando un tono de voz deliberadamente monótono- Es evidente que sólo saben enfrentar sus problemas como lo harían dos niños pequeños y, puesto que hace años que obtuvieron sus varitas de adultos y no es posible proporcionarles unas más acordes a su edad mental, creo que privarles de ellas es lo más sensato.

-Está cabreado porque ayer le derrotamos –Espetó Alina sin perder ni un ápice de insolencia.

Caradoc sonrió y no se molestó en contestar. No iba a darle al incidente del día anterior ni la más mínima importancia.

-Sin embargo, no deben estar preocupados. Pasaremos unas agradables semanas estudiando teoría, así que hagan el favor de empezar a tomar apuntes porque si no aprueban los exámenes que les realizaré al final de todas las semanas, me aseguraré personalmente de que su padre les quite las varitas de forma permanente y no vuelva a darles dinero hasta que no lo considere oportuno.

-¡No puedes hacer eso, tío! ¡Estás loco!

-No estoy loco, señor Bennasar. Y sí que puedo hacerlo porque su padre me ha dado carta blanca para instruirles como crea conveniente. Me he propuesto enseñarles magia y lo conseguiré cueste lo que cueste.

Nasir quiso protestar nuevamente, pero no parecía ser capaz de abrir la boca debido a la sorpresa. ¿Su padre estaba realmente de acuerdo con aquello? Era imposible. Alina, sin embargo, no se dejó amedrentar y se levantó dispuesta a largarse. Cuando el profesor le apuntó con la varita, se detuvo bruscamente.

-Sólo se lo diré una vez, señorita Bennasar. Siéntese y tome apuntes o me veré obligado a inmovilizarla. Hablo muy en serio.

Alina lo miró fijamente, como si estuviera decidiendo si sería capaz de hacer lo que decía o no. Debió ver mucha seriedad en Caradoc, porque terminó obedeciéndole.

-Muchas gracias por permitir que continúe con la clase. Dedicaremos la semana a estudiar zoomagia. Presten atención, por favor.

-¿Zoomagia? ¿No estábamos con los patronus?

-He asumido que después de su comportamiento de ayer, no están interesados en estudiarlos. Seguro que la zoomagia les resulta de lo más gratificante.

Sin embargo, Caradoc se aseguró de que la clase fuera lo más aburrida posible. Cuando abandonó ese día la casa de los Bennasar, lo hizo con un buen sabor de boca. Acababa de ganar una batalla importante, pero la guerra estaba muy lejos de acabar.

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Aparecerse en el puerto mágico de Bilbao fue rápido y sencillo, pero encontrar a Ricardo en mitad de aquel caos fue ligeramente más complicado. Un barco dedicado a la pesca de calamares gigantes acababa de atracar con su mercancía a bordo y Caradoc estuvo a punto de ser atrapado por uno de los enormes tentáculos de la criatura aquella, pero por suerte consiguió dar con Ricardo mientras éste hablaba con el patrón de dicho barco. Durante un segundo, Caradoc se preguntó qué diantres se traía entre manos en esa ocasión, aunque después de pensarlo mejor llegó a la conclusión de que no era nada ilegal. Uno no se ponía a tratar negocios turbios ante la mirada de decenas de personas con tanta tranquilidad.

Cuando Ricardo lo vio, pareció sorprendido de verlo allí, pero no tardó nada en ir a su encuentro. Caradoc lo saludó con una inclinación de cabeza y Ricardo lo invitó a pasear un poco más lejos del alcance del calamar gigante.

-No esperaba verte por aquí. ¿Ha pasado algo, Doc? ¿Te lo has pensado mejor?

-No he venido por el tema de Inglaterra –Bajó la voz al decir aquello- ¿Ahora te dedicas a la pesca?

-He comprado un par de barcos. Tengo un acuerdo con unos tipos chinos de lo más interesante. Quizá algún día pueda comentarte los detalles.

-No hace falta. Es que me ha sorprendido un poco que andes en algo así. Creí que esas cosas no te atraían.

-Cómo siempre digo, uno tiene que ampliar mercado –Ricardo se encogió de hombros- Si no estás aquí por lo de tus compatriotas. ¿Por qué has venido? Supongo que no es una visita informal. ¿Cierto?

-En realidad quiero pedirte un favor.

Ricardo sonrió con absoluta malignidad. Tanto fue así, que Caradoc casi se arrepintió de haber ido hasta allí para pedirle ayuda. Sólo casi, porque estaba seguro de que iba a obrar correctamente. A veces, para hacer cosas buenas uno tenía que recurrir a métodos un tanto desagradables.

-¿He oído bien? ¿El gran Caradoc Dearborn pidiéndole un favor a este chico malo?

-Déjate de coñas. ¿Quieres? Estoy intentado hablar en serio.

-Vale. Tranquilo, tío. Dime en qué necesitas y veré qué puedo hacer.

Caradoc miró a su alrededor y decidió que por ahí había demasiada gente para tratar según qué asuntos.

-¿No tienes una oficina o algún sitio donde podamos hablar en privado?

-Por supuesto. Será la ocasión ideal para que conozcas la fábrica. En cuanto lleguen los primeros trabajadores, la inauguraremos. Ya lo tengo todo preparado.

-Genial. Vayamos allí entonces.

Ricardo sonrió de esa forma tan suya y comenzó a andar con paso ligero, guiándolo a través de una docena de hangares repletos de actividad. Recorrieron prácticamente un kilómetro de distancia, hasta que ante sus ojos se alzó un edificio nuevo construido en ladrillo rojo, con grandes ventanales redondeados y media docena de chimeneas retorcidas que se alzaban hacia el cielo. Era absolutamente imponente y Caradoc comprendió que todo aquello iba absolutamente en serio.

-Siempre te ha gustado hacerlo todo a lo grande. ¿Verdad?

-Las cosas hay que hacerlas bien o no hacerlas. ¿Entramos?

Por dentro, la fábrica era igual de impresionante que por fuera. La maquinaria se movía con ayuda de una magia que pulsaba alrededor de Caradoc con fuerza, como si quisiera decirle que estaba allí a la espera de ser utilizada. Ricardo saludó a un par de hombres desde la distancia y lo llevó al nivel superior, a su despacho. La habitación era grande, tenía muchísima luz y una visión completa de toda la fábrica. Desde allí, Ricardo Vallejo podría controlar todo su universo.

-Siéntate, Doc. ¿Quieres algo?

-No, gracias –Caradoc no podía dejar de admirar todo lo que estaba viendo- Cuando me contaste lo que querías hacer, pensé que sólo era una excusa para enriquecerte, pero después de ver la fortuna que te has dejado aquí, me doy cuenta de que estaba equivocado. ¿Cuántos años necesitarás para amortizar los gastos de construcción?

-No sé en qué estás pensando exactamente, pero te puedo asegurar que llevo bastante tiempo embarcado en este proyecto. Una fábrica de estas características no se levanta de la noche a la mañana.

-¿Y puedo saber cuánto tiempo llevas metido en esto?

-¿De verdad quieres saberlo?

-En caso contrario, no te lo preguntaría.

-Cuatro años –Dijo Ricardo como resignado, tomando asiento- Desde que me di cuenta de que debo asegurar el futuro de Darío. No me gustaría que heredara según qué negocios.

Caradoc hizo un gesto de comprensión y se sentó frente a él, optando por parecer menos alucinado.

-Al final te vas a reformar del todo.

-Ya lo veremos.

Caradoc rió por lo bajo y se cruzó de brazos.

-¿Cuándo empezarán a llegar los trabajadores?

-Este fin de semana. Vamos a traer una veintena de refugiados por vía marítima.

-Supongo que en el pesquero de antes.

-Estaba ultimando algunos detalles con el capitán. Correrá ciertos riesgos al sacar a esa gente de Inglaterra y quería ajustar su sueldo y el de sus hombres.

-¿Utilizarás la vía muggle para traerlos?

-En la actualidad es la única viable. En Inglaterra les proporcionamos nuevas identidades y, una vez aquí, no habrá manera de seguirles la pista. No creo que los mortífagos se entretengan en buscar a los hijos de muggles más allá de Inglaterra, pero de esta forma procuramos minimizar los riesgos. De momento todo marcha sin contratiempos.

-¿Esa gente ya está en un lugar seguro?

-Por supuesto. Cuando mis hombres van a proponerles la posibilidad de huir, deben abandonar sus casas de inmediato, prácticamente con lo puesto. Los llevamos a una serie de refugios en el mundo muggle y procuramos acelerar su salida al máximo.

-¿A quién tienes en Inglaterra?

-A Paco y a un par de chicos nuevos que no conoces.

-¿Paco? Pero si ni siquiera sabe inglés.

-Pero es el mejor falsificador que conozco.

Caradoc cabeceó. Precisamente había sido Paco Martínez quién le había transformado en John Doe. Después de conocerse, Ricardo le había aconsejado que cambiara su identidad para evitar ser encontrado por la gente de Inglaterra. Y, a pesar de que Caradoc huyó por la vía muggle y de que sabía perfectamente que nadie lo estaba buscando ya, no le pareció mala idea. Un hombre como Ricardo debía disponer de su propio falsificador y el viejo Paco era muy talentoso.

-Además, sus padres eran muggles y se siente muy identificado con esa gente. Nunca le había visto tan ansioso por ayudar a nadie como ahora.

-¿A cuántos más tienes trabajando allí?

-A parte de esos tres, a una docena de contactos ingleses y un par de irlandeses. Y, antes de que lo preguntes, la mayoría son brujos, aunque tengo un par de muggles metidos en el ajo, sólo por si acaso.

-Supongo que a uno no le queda más remedio que confiar en que sabes lo que haces.

-Sé lo que hago, Doc. Pero creo recordar que no estás aquí para hablar de eso. ¿Qué favor querías pedirme?

¡Oh, claro, el favor! Caradoc había estado tan interesado en todo ese asunto que se le había olvidado por completo el motivo de su viaje a Bilbao. Preguntándose nuevamente si sería buena idea confiar en Ricardo, decidió dejar de darle vueltas al tema y solicitar su ayuda de una vez.

-Ayer por la tarde estuve en el bar de Patricio.

-¿En serio? No es un sitio que me desagrade especialmente, pero pensé que te gustaba frecuentar otra clase de locales.

-No fui allí por lo que estás pensado –Ricardo sonrió con malicia y Caradoc se tragó un suspiró de exasperación- Además, no es asunto tuyo, así que deja de mirarme así.

-No te miro de ninguna manera. Eres un hombre muy susceptible. ¿Sabes?

-Ya, lo que tú digas. La cuestión es que me encontré con alguien que no esperaba ver por allí.

-¿De verdad? ¿Quién?

-Nasir Bennasar. Mi nuevo alumno.

-¡Oh! ¿Y qué se supone que tengo que ver yo con eso?

-No te hagas el tonto. Nasir es un crío y ambos sabemos para qué va un chico como él a un sitio como ese, así que hablemos claro.

-De todas formas, sigo sin entender qué quieres –Ricardo se cruzó de brazos- Digamos que admito que proveo a Patricio de cierta mercancía, pero no sé a quién se la vende. Lo que haga tu chaval es cosa suya, no mía.

-Ya los sé. Y no he venido a culparte a ti de nada. Sólo quiero que me ayudes a meter un poco de sentido común en la cabeza de Nasir.

-¿Quieres que le dé una charla sobre el peligro que supone el consumo de sustancias estupefacientes?

Caradoc suspiró, sin terminar de creerse lo que estaba a punto de decir.

-Quiero que me ayudes a darle una lección a ese chico. Con un poco de suerte, se le quitarán las ganas de seguir metido en las drogas.

-¿Tienes algo en mente?

-Puede.

-Entonces, tú dirás.

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-Buenas, Patri. ¿Cómo lo llevas?

Patricio miró al chico con los ojos entornados. Nasir Bennasar se quitó unas gafas de sol de último diseño y se apoyó con indolencia en la barra, sonriendo con esa alegre despreocupación tan típica de él. Mientras lo miraba, el camarero pensó que el chaval se lo había puesto demasiado fácil a Ricardo y su gente. Si sólo hubiera sido consumidor, eso de intimidarle se hubiera presentado un poco más complicado, pero como el muy idiota había insistido en ir más allá y servir ciertas sustancias a sus supuestos amigos del barrio, todo sería más sencillo. Además, después de las razones expuestas por Ricardo un par de días antes, Patricio estaba dispuesto a colaborar. El señor Vallejo siempre fue un tipo de lo más generoso.

-Depende de lo que tengas para mí –Patricio se colocó frente a él y le hizo un gesto con la cabeza a dos tipos que Nasir no había visto hasta entonces. El chico seguía sonriendo como un idiota y parecía tan seguro de sí mismo que casi le dio pena- ¿Has vendido toda la mercancía?

-Pues claro. Aquí tengo tu pasta.

Nasir se llevó la mano a los bolsillos y su sonrisa desapareció progresivamente. Sin duda se acababa de dar cuenta de que se había metido en un buen lío, porque se puso un poco pálido de repente y miró a Patricio con la confusión presente en los ojos.

-No sé qué…

-¿Algún problema, chaval?

-No. Yo…

-¿Dónde está el dinero?

-Te juro que lo tenía aquí, Patri.

-¿Lo tenías?

Patricio, que normalmente era un tipo de lo más afable, sacó la varita y apuntó a la cabeza de Nasir. El chico retrocedió instintivamente, bastante asustado, y se encogió cuando se chocó con el cuerpo de uno de los brujos de antes.

-No sé qué ha pasado. Tenía la pasta en el bolsillo hace un momento.

-¿En serio?

-Me la han debido robar.

-¡Oh, claro! Pobrecito –Patricio se abalanzó sobre el chico y lo agarró por el cuello, apretando ligeramente- Mira, chaval, quiero mi dinero ahora mismo. Ya te advertí lo que pasaría si intentas jugármela.

-No te la estoy jugando, Patri. Te lo juro. Tenía el dinero justo aquí.

Patricio lo miró como si fuera una cucaracha a la que se moría de ganas de aplastar. Lo arrinconó contra la pared y siguió apuntándole hasta que Nasir cerró los ojos y giró la cabeza. Entonces, el camarero acercó la cara al oído del chico y sonó más amenazante que nunca.

-Lárgate. Te perdono la vida porque es la primera vez, pero la próxima no tendrás tanta suerte.

Nasir pareció recuperar la capacidad de respirar y de moverse cuando se alejó de Patricio. Estaba bastante seguro de que iba a salir bien parado, cuando el camarero esbozó una sonrisa torva.

-Pero no te creas que vas a irte de rositas. Me has robado y te mereces una lección. Ocupaos de él.

Los dos hombres, que en ese momento le parecieron gigantes descomunales, se lo llevaron a la calle y antes de que Nasir pudiera reaccionar, empezaron a pegarle. Nasir consiguió llegar a su casa a duras penas, con muy pocas ganas de volver a ver a Patricio en un futuro próximo.

Mientras eso ocurría en el exterior, Patricio había recuperado su posición tras la barra y dos hombres emergieron del almacén. Caradoc observó a los dos brujos dándole una paliza a su alumno y se planteó la posibilidad de que lo que había hecho no fuera una buena idea. Ricardo le puso una mano en el hombro, incapaz de comprender por qué su amigo siempre tenía que sentirse culpable, incluso por las cosas que estaban bien hechas.

-No creo que eso sea absolutamente necesario. Me ha parecido que ya estaba lo suficientemente asustado.

-Un par de hostias bien dadas no le harán daño al chico –Comentó Ricardo, haciendo que tomara asiento.

-Mientras sólo sean un par.

-Anda, calla. Y tú, toma la pasta.

Ricardo le lazó un fajo de billetes a Patricio. Él personalmente se había encargado de quitarle el dinero al chico antes, en la calle, cuando fingió que se tropezaba con él. De vez en cuando le gustaba volver a cometer robos de raterillo. Era divertido y le hacía acordarse de su padre, todo un carterista profesional.

-Espero que merezca la pena. Me acabáis de dejar sin un traficante de los buenos.

-No te cabrees, Patricio. Hay que hacer de todo para ayudar a los colegas, ya sabes.

-Ya, pero el que va a tener que patearse las calles ahora voy a ser yo.

-Deja de quejarte. Ahí hay más dinero del que te debía el chaval. Y ponnos un par de pinchos. Robar a la gente me da hambre.

-Qué idiota eres, Ricardo –Masculló Caradoc entre dientes, sin poder ocultar una risita divertida.

-Uno nunca debe olvidar de dónde viene para recordar hacia dónde va.

Caradoc bufó, pensando en que eso de filosofar siempre le había gustado mucho a Ricardo. Esa noche, mientras cenaba en compañía de su antiguo amigo, se divirtió tanto como en los viejos tiempos y llegó a la conclusión de que volver a trabajar con él no sería tan malo después de todo.