VI:LAS
PUERTAS MÁGICAS Fújur seguía durmiendo profundamente cuando
Énguivuck, con Axel, volvió a la cueva de los gnomos. La vieja Urgl
había preparado entretanto una mesita al aire libre, cubriéndola
con toda clase de cosas dulces y espesos jugos de bayas y
plantas. Había además pequeños cuencos para beber y una
jarrita llena de una tisana caliente y aromática. Dos diminutas
antorchas, alimentadas con aceite, completaban la escena. -¡Sentaos!
-ordenó la mujercita-. Axel tiene que comer y beber algo antes para
recuperar las fuerzas. La medicina sola no basta. -Gracias
-dijo Axel-, pero me siento ya muy bien. -¡No me lleves la
contraria! -resopló Utgl-. Mientras estés aquí harás lo que se te
diga, ¿entendido? El veneno de tu cuerpo ha sido neutralizado. Por
lo tanto, no hace falta que te apresures, muchacho. Tienes todo el
tiempo que quieras, de manera que tómatelo con calma. -No se
trata sólo de mí -objetó Axel-: la Emperatriz Infantil se está
muriendo. Quizá importe cada hora. -¡Sandeces! -refunfuñó
la viejecita-. Con prisas no se hace nada. ¡Siéntate! ¡Come!
¡Bebe! ¡Vamos! ¿A qué esperas? -Según mi experiencia con
esa mujer -susurró Enguivuck-, lo mejor es seguirle la corriente.
Cuando se le mete algo en la cabeza no hay nada que hacer. Además,
nosotros dos tenemos que hablar. Axel se sentó con las
piernas cruzadas ante la diminuta mesa y se sirvió. A cada trago y
cada bocado le parecía realmente como si una nueva vida cálida y
dorada afluyera a sus venas y músculos. Sólo entonces se dio cuenta
de lo débil que había estado.
A Roxas se le hacía la boca agua. De repente le pareció oler la comida de los gnomos. Husmeó el aire pero, naturalmente, era sólo imaginación.
Su estómago se hacía oír. Roxas no pudo aguantar más. Cogió lo que le quedaba del bocadillo y la manzana de su cartera y se los comió. Luego se sintió mejor, aunque distaba mucho de estar lleno.
Entonces comprendió que aquélla había sido su última comida. Esas palabras lo asustaron. Intentó no pensar más en ello.
-¡De
dónde sacas tantas cosas ricas? -le preguntó Axel a Urgl. -Ay,
hijito -dijo ella-, hay que ir muy lejos, lejísimos, para encontrar
las hierbas y las plantas adecuadas. Pero él, ese cabezota de
Énguivuck, quiere vivir precisamente aquí... ¡a causa de sus
importantes estudios! De dónde pueda venir la comida no le
preocupa. -Mujer -respondió dignamente Énguivuck-, ¡qué
sabes tú lo que es importante y lo que no lo es! ¡Vete y déjanos
hablar! Urgl se metió lloriqueando en la pequeña cueva,
donde se puso a armar mucho ruido con toda clase de cacharros. -¡Déjala! -cuchicheó Énguivuck-. Es una buenaza, pero a
veces tiene que desahogarse. ¡Escucha, Axel! Ahora te explicaré
algo que debes saber sobre el Oráculo del Sur. No es tan fácil
llegar hasta Uyulala. Incluso resulta bastante difícil. Sin embargo,
no quiero darte una conferencia científica. Quizá sea mejor que me
hagas preguntas tú. Yo tengo tendencia a perderme en los detalles.
De manera que ¡pregunta! -Está bien -dijo Axel-: ¿quién o
qué es Uyulala? -¡Maldita sea! -rezongó Énguivuck
fulminándolo indignado con la mirada-. Haces preguntas tan directas
como las de mi vieja. ¿No puedes empezar por otra cosa? Axel
reflexionó y preguntó luego: -Esa gran puerta de piedra que
me has enseñado con las esfinges... ¿Es la entrada? -¡Eso
está mejor! -respondió Énguivuck-. Así haremos progresos. La
puerta de piedra es la entrada, pero después hay otras dos puertas y
sólo detrás de la tercera vive Uyulala... Si es que puede decirse
de ella que vive. -¿Tú has estado alguna vez con
ella? -¡Pero qué te imaginas! -contestó Énguivuck, un poco
contrariado otra vez-. Yo trabajo científicamente. He reunido los
informes de todos los que estuvieron dentro. Siempre que han vuelto,
claro. ¡Es un trabajo importantísimo! No puedo permitirme correr
riesgos personales. Eso podría afectar a mi obra. -Comprendo
-dijo Axel-, ¿y qué pasa con las tres puertas? Énguivuck se
puso en pie, cruzó los brazos a la espalda y empezó a andar de un
lado a otro, mientras explicaba: -La primera se llama la
Puerta del Gran Enigma. La segunda la Puerta del Espejo Mágico. Y la
tercera la Puerta sin llave... -Es extraño -le interrumpió
Axel-. Por lo que pude ver, detrás de la puerta de piedra no había
más que una llanura desnuda. ¿Dónde están las otras
puertas? -¡Calma! -dijo Énguivuck imperiosamente-. Si me
interrumpes siempre no podré explicarte nada. ¡Todo es muy difícil!
Lo que pasa es que la segunda puerta aparece sola Axel movió afirmativamente la cabeza,
pero prefirió callarse para no irritar más al gnomo. -La
primera, la Puerta del Gran Enigma, es la que has visto con mi
catalejo. Con las dos esfinges. Esa puerta está siempre abierta...
como es lógico. No tiene batientes. Sin embargo, nadie puede pasar
por ella, salvo si... -Énguivuck levantó en el aire un minúsculo
dedo índice-, salvo si las esfinges cierran los ojos. La mirada de
una esfinge es algo totalmente distinto de la mirada de cualquier
otro ser. Nosotros y todos los demás seres percibimos algo con la
mirada. Vemos el mundo. Pero una esfinge no ve nada; en cierto
sentido, es ciega. En cambio, sus ojos transmiten algo. ¿Y qué
transmiten sus ojos? Todos los enigmas del mundo. Por eso las dos
esfinges se miran mutuamente. Porque la mirada de una esfinge sólo
puede soportarla otra esfinge. ¡Y puedes figurarte lo que le ocurre
a quien se atreve a interferir el intercambio de miradas entre las
dos! Se queda petrificado en el sitio y no puede moverse hasta haber
resuelto todos los enigmas del mundo. Bueno, encontrarás los restos
de esos pobres diablos -¿Pero no dijiste
-objetó Axel- que a veces cierran los ojos? ¿No duermen las
esfinges de vez en cuando? -¿Dormir? -Énguivuck se
estremeció de risa-. Válgame el cielo, dormir una esfinge.' No,
claro que no. No tienes ni idea. Sin embargo, tu pregunta no es
totalmente disparatada. Hasta coincide con la dirección en que se
orientan mis investigaciones. Ante algunos visitantes, las esfinges
cierran los ojos y los dejan pasar. La cuestión que hasta ahora
nadie ha podido aclarar es: ¿por qué precisamente a unos sí y a
otros no? No se trata, en modo alguno, de que dejen entrar a los
sabios, los valientes y los buenos, y cierren el paso a los tontos,
los cobardes y los malos. ¡Ni soñarlo! He visto con mis propios
ojos, y más de una vez, cómo han dejado entrar precisamente a algún
estúpido mentecato o un infame bribón, mientras las personas más
decentes y sensatas esperaban a menudo inútilmente durante meses y
tenían que volverse por último con las manos vacías. Tampoco el
que alguien quiera ver al Oráculo por estar en un aprieto o sólo
para distraerse parece desempeñar ningún papel. -¿Y tus
investigaciones -preguntó Axel- no te han dado ningún indicio? A
Énguivuck se le puso otra vez la mirada centelleante de
cólera. -¿Es que no me escuchas? Ya te he dicho que, hasta
hoy, nadie ha aclarado la cuestión. Naturalmente, he elaborado
algunas teorías con el paso de los años. Al principio pensé que el
aspecto decisivo por el que se guiaban las esfinges eran determinadas
características físicas: estatura, belleza, fuerza o algo así. Sin
embargo, pronto tuve que desechar esa idea. Luego intenté determinar
alguna relación numérica; por ejemplo, si de cada cinco tres se
quedaban siempre fuera o si sólo entraban los números primos.
Resultaba bastante exacto en lo que al pasado se refería, pero en
las predicciones fracasó totalmente. Ahora pienso que la decisión
de las esfinges es totalmente casual y no tiene lógica alguna. Pero
mi mujer opina que eso sería una tesis calumniosa y antifantásica y
no tendría nada que ver con la ciencia. -¿Otra vez con esas
tonterías? -se oyó regañar a la mujercita desde la caverna-. ¡Qué
vergüenza! Sólo porque tu cerebrín se te ha secado dentro de la
cabeza crees que puedes rechazar los grandes misterios, ¡viejo
zoquete! -¡Ya la oyes! -dijo suspirando Énguivuck-. Y lo
peor es que tiene razón. -¿Y el amuleto de la Emperatriz
Infantil? -preguntó Axel-. ¿No crees que las esfinges lo
respetarán? Al fin y al cabo, son también criaturas de
Fantasía. -Desde luego -opinó Énguivuck rascándose su
cabecita del tamaño de una manzana-, pero para eso tendrían que
verlo. Y no ven. Sin embargo, su mirada te alcanzará a ti. Tampoco
estoy seguro de que las esfinges obedezcan a la Emperatriz Infantil.
Quizá sean más importantes que ella. No sé, no sé. En cualquier
caso, es dudoso. -Entonces, ¿qué me aconsejas? -quiso saber
Axel. -Debes hacer lo que tengas que hacer -respondió el
gnomo-. Esperar a que ellas decidan... sin saber por qué. Axel
asintió pensativo. La pequeña Urgl salió de la cueva.
Arrastraba un cubito con un líquido humeante y llevaba, bajo el otro
brazo, un manojo de plantas secas. Mascullando para sí se dirigió
hacia el dragón de la suerte, que seguía durmiendo inmóvil.
Comenzó a trepar por él para cambiarle las compresas de las
heridas. El gigantesco paciente sólo suspiró una vez satisfecho y
se estiró, pero por lo demás no pareció haber notado la
cura. -Sería mejor que hicieras también algo útil -le dijo
Urgl a Énguivuck al volver a la cocina-, en lugar de estar ahí
diciendo bobadas. -¡Estoy haciendo algo muy útil! -le gritó
su marido-. Seguramente mucho más útil que tú, pero eso no puedes
comprenderlo, ¡so boba! Y, volviéndose a Axel, continuó: -Sólo sabe pensar en cosas prácticas. Para los grandes
conceptos no está dotada.
mente cuando se
ha atravesado la primera. Y la tercera sólo cuando se ha dejado
atrás la segunda. Y Uyulala únicamente cuando se ha entrado por la
tercera. Antes no hay nada de todo eso. Sencillamente, no están
allí, ¿comprendes?
cuando llegues.
El reloj de la torre dio las tres.
Si es que lo había notado, su padre debía de haber notado ahora, como muy tarde, que Roxas no había vuelto a casa. ¿Se estaría preocupando? Quizá saldría a buscarlo. Quizá habría avisado ya a la policía. Quizá transmitirían avisos por radio. Roxas sintió una punzada en la boca del estómago.
Y, si era así, ¿dónde lo buscarían? ¿En el colegio? ¿Quizá incluso en el desván?
¿Había cerrado la puerta al volver del retrete? No podía acordarse. Se puso en pie para verlo. Sí, la puerta estaba cerrada y el cerrojo puesto.
Fuera empezaba a oscurecer lentamente. La claridad que entraba por el tragaluz se iba haciendo imperceptiblemente más débil.
Para tranquilizarse, Roxas anduvo un rato de un lado a otro del desván. Al hacerlo, descubrió un montón de cosas que, en realidad, nada tenían que ver con el material escolar que allí había. Por ejemplo, un viejo y abollado gramófono de embudo... ¿Quién sabe cuándo y por quién había sido llevado allí? En un rincón había varios cuadros de marcos dorados, con arabescos, en los que casi no se veía más que algún rostro pálido y de mirada severa que se destacaba aquí o allá sobre un fondo oscuro. También había un candelabro de siete brazos, corroído por la herrumbre, en el que todavía quedaban restos de gruesas velas que habían formado largas lágrimas de cera.
Entonces Roxas se asustó, porque en un rincón oscuro se agitaba algo. Sólo al echar una segunda ojeada se dio cuenta de que había allí un gran espejo de medio cuerpo, en el que se había visto borrosamente reflejado a sí mismo. Se acercó más y se miró un rato. Realmente, no resultaba muy guapo con aquel cuerpo pequeño y escuchimizado y la cara pálida. Movió la cabeza lentamente y dijo en voz alta:
-¡No!
Luego volvió a su lecho de colchonetas. Ahora tenía que acercarse el libro a los ojos para poder leer.
-¿Dónde
estábamos? -preguntó Énguivuck. -En la Puerta del Gran
Enigma -le recordó Axel. -¡Exacto! Supongamos que has
conseguido atravesarla. Entonces -y sólo entonces- aparecerá ante
ti la segunda puerta. La Puerta del Espejo Mágico. Como ya te he
dicho, no te puedo decir nada sobre ella que haya visto yo
personalmente, sino lo que he podido sacar en limpio de los informes.
Esa puerta está tanto abierta como cerrada. ¿Parece un disparate,
no? Quizá sería mejor decir que no está cerrada ni abierta. Aunque
resulta igual de disparatado. En pocas palabras: se trata de un gran
espejo o de algo así, aunque no está hecho de cristal ni de metal.
De qué, nadie ha podido decírmelo. En cualquier caso, cuando se
está ante él, se ve uno a sí mismo... pero no como en un espejo
corriente, desde luego. No se ve el exterior, sino el verdadero
interior de uno, tal como en realidad es. Quien quiera atravesarlo
tiene que -por decirlo así- penetrar en sí mismo. -De todas
formas -opinó Axel-, esa Puerta del Espejo Mágico me parece más
fácil de atravesar que la primera. -¡Error! -exclamó
Énguivuck, empezando a andar otra vez excitado de un lado a otro-.
¡Craso error, amigo! He comprobado que precisamente los visitantes
que se consideran especialmente intachables huyen gritando del
monstruo que los mira irónicamente desde el espejo. A algunos
tuvimos que tratarlos durante semanas antes de que estuvieran
siquiera en condiciones de emprender el viaje de regreso. -¡Tuvimos!
-gruñó Urgl, que pasaba precisamente por delante con otro cubito-.
Siempre nosotros. ¿A quién has tratado tú? Énguivuck se
limitó a apartarla con un gesto. -Otros -siguió exponiendo-
no habían visto al parecer nada más horrible, pero tuvieron el
valor de pasar sin embargo. Para otros fue menos espantoso, pero
todos tuvieron que vencerse a sí mismos. No se puede decir nada que
valga para todos los casos. Para cada uno es diferente. -Bueno
-dijo Axel-, pero ¿por lo menos se puede atravesar ese espejo
mágico? -Se puede -confirmó el gnomo-, naturalmente que se
puede. Si no, no habría puerta. Lógico, ¿no? -También se
la podría rodear -opinó Axel-. ¿O no? -También -repitió
Énguivuck-. ¡Evidentemente, se puede! Lo que pasa es que entonces
no hay nada detrás. La tercera puerta sólo aparece cuando se ha
atravesado la segunda. ¡Cuántas veces tengo que decírtelo! -¿Y
qué pasa con la tercera puerta? -¡Ahí las cosas se ponen
realmente difíciles! La Puerta sin Llave, efectivamente, está
cerrada. Simplemente cerrada. ¡Y eso es todo! No tiene picaporte, ni
pomo, ni ojo de cerradura, ¡nada! Mi teoría es que la única hoja
de esa puerta, que cierra sin junturas, está hecha de selén
fantásico. Seguramente sabes que no hay nada que pueda destruir,
doblar o disolver el selén de Fantasia. Es absolutamente
indestructible. -Entonces, ¿no se puede entrar por esa
puerta? -¡Poco a poco, muchacho! Ha habido personas que han
entrado y han hablado con Uyulala, ¿no? Por lo tanto, se puede abrir
la puerta. -Pero ¿cómo? -Escucha: el selén de
Fantasía reacciona a nuestra voluntad. Es precisamente nuestra
voluntad la que lo hace tan resistente. Cuanto más se quiere entrar,
tanto más se cierra la Axel bajó la mirada y dijo en voz baja: -Si eso
es verdad... ¿cómo podré entrar yo? ¿Cómo podría no
quererlo? Enguivuck asintió suspirando. -Ya te lo
dije: la Puerta sin llave es la más dificil. -Y si a pesar
de todo lo lograse -prosiguió Axel-, ¿llegaría al Oráculo del
Sur? -Sí -dijo el gnomo. -¿Y podría hablar con
Uyulala? -Sí -dijo el gnomo. -¿Y quién o qué es
Uyulala? -Ni idea -dijo el gnomo, y sus ojos centellearon
furiosos-. Ninguno de los que estuvieron con ella me lo ha querido
decir. ¿Cómo puede uno acabar su obra científica si todos se
rodean de un silencio misterioso, eh? Es para tirarse de los pelos...
si se tienen. Si llegas hasta ella, Axel, ¿me lo dirás por fin? ¿Lo
harás? Me muero de ganas de saberlo y nadie, nadie quiere ayudarme.
Por favor, ¡prométeme que tú me lo dirás! Axel se puso en
pie y miró a la Puerta del Gran Enigma, que se alzaba a la clara luz
de la luna. -No puedo prometértelo, Énguivuck -dijo
suavemente-, aunque me gustaría demostrarte mi agradecimiento. Pero
si nadie te ha dicho quién o qué es Uyulala, debe de haber alguna
razón para ello. Y antes de conocerla no puedo decidir si debe
saberlo alguien que no haya estado allí personalmente. -¡Entonces
vete! -gritó el gnomo, despidiendo literalmente chispas por los
ojos-. ¡Lo único que se cosecha es ingratitud! Uno dedica su vida
entera a investigar un secreto de interés general. Pero nadie lo
ayuda. ¡No hubiera debido ocuparme de ti! Diciendo esto, se
metió corriendo en la pequeña cueva, en cuyo interior se oyó el
fuerte portazo de una puertecita. Urgl pasó junto a Axel, se
rió sofocadamente y dijo: -No habla en serio, ese cabeza de
chorlito. Lo que le pasa es que está otra vez terriblemente
decepcionado por sus ridículas investigaciones. Le gustaría mucho
ser quien resolviera el Gran Enigma. El famoso gnomo Énguivuck. ¡No
se lo tomes a mal! -No -dijo Axel-, dile por favor que le
agradezco de todo corazón lo que ha hecho por mí. Y también a ti
te doy las gracias. Si puedo le diré el secreto... en el caso de que
vuelva. -Entonces, ¿vas a dejarnos? -preguntó la vieja Urgi. -Tengo que hacerlo -respondió Axel-, no puedo perder más
tiempo. Iré ahora al Oráculo. ¡Adiós! Y, entretanto, ¡cuida de
Fújur, el dragón de la suerte! Se volvió y se dirigió a la
Puerta del Gran Enigma. Urgl vio su figura erguida, con el
manto ondulante y el cabello rojo, desaparecer entre las rocas.
Corrió tras él y gritó: -¡Mucha suerte, Axel! Pero
no supo si él la había oído. Mientras volvía a su pequeña
caverna, con sus andares de pato, refunfuñó para sí: -La
va a necesitar... Realmente, va a necesitar mucha suerte. Axel
se había acercado hasta unos cincuenta pasos de la puerta de roca.
Era mucho más enorme de lo que se había imaginado desde lejos.
Detrás estaba la llanura totalmente yerma, que no ofrecía a la
vista ningún apoyo, de forma que la mirada se precipitaba como en el
vacío. Delante de la puerta y entre las dos pilastras, Axel vio
innumerables calaveras y esqueletos. Restos de los más diversos
habitantes de Fantasia que habían intentado atravesar la puerta y se
habían quedado petrificados para siempre por la mirada de las
esfinges. Pero no fue eso lo que hizo que Axel se
inmovilizara. Lo que lo detuvo fue el aspecto de las esfinges. Axel
había vivido mucho en su Gran Búsqueda, y había visto cosas
magníficas y espantosas, pero hasta aquel momento no había sabido
que ambas clases de cosas pueden unirse, que la belleza puede ser
horrible. La luz de la luna bañaba a aquellos dos seres
colosales que, mientras Axel se dirigía lentamente hacia ellos,
parecieron crecer hasta el infinito. Le parecía como si sus cabezas
llegaran hasta la luna, y la expresión con que se miraban mutuamente
parecía cambiar con cada paso que él daba. A través de sus altos
cuerpos y, sobre todo, a través de sus rostros de rasgos humanos,
corrían y palpitaban corrientes de una fuerza terrible y desconocida
como si las esfinges no estuvieran simplemente allí, como está el
mármol, sino que, a cada momento, estuvieran a punto de desaparecer
y, al mismo tiempo, se crearan de nuevo a sí mismas. Y era como si,
precisamente por eso, fueran mucho más reales que cualquier roca.
Axel tuvo miedo. No era tanto miedo al peligro que lo
amenazaba; era un miedo que procedía de sí mismo. Apenas pensaba en
que -en el caso de que lo alcanzase la mirada de las esfinges- se
quedaría para siempre hechizado y paralizado. No, era el miedo a lo
incomprensible, a lo desmesuradamente grandioso, a la realidad de lo
prepotente lo que hacía sus piernas cada vez más pesadas, hasta que
le pareció tenerlas de plomo frío y gris. Sin embargo,
siguió adelante. No miró más hacia arriba. Mantuvo la cabeza baja
y anduvo muy lentamente, paso a paso, hacia la puerta de roca. Y el
peso del miedo que quería clavarlo al suelo fue cada vez más
poderoso. Sin embargo, Axel siguió adelante. No sabía si las
esfinges tenían los ojos cerrados o no. No podía perder tiempo.
Tenía que arriesgarse a que le permitieran la entrada o aquel fuera
el fin de su Gran Búsqueda. Y precisamente en el instante en
que creía que toda su fuerza de voluntad no bastaría para
impulsarlo a dar otro paso más, oyó el eco de ese paso en el
interior de la puerta de roca. Y al mismo tiempo todo su miedo lo
abandonó, tan total y absolutamente que se dio cuenta de que, a
partir de entonces, nunca más tendría miedo, pasase lo que
pasase. Levantó la cabeza y vio que tenía la Puerta del Gran
Enigma a sus espaldas. Las esfinges lo habían dejado pasar. Delante
de él, a una distancia de unos veinte pasos, estaba ahora, donde
antes sólo se había visto la llanura vacía y sin fin, la Puerta
del Espejo Mágico. Era grande y redonda como una segunda media luna
(porque la verdadera seguía estando alta en el cielo) y brillaba
como plata pulida. Resultaba difícil creer que pudiera pasarse
precisamente a través de aquella superficie de metal, pero Axel no
titubeó un segundo. Contaba con que, como había descrito Énguivuck,
se le aparecería en el espejo alguna imagen espantosa de sí mismo,
pero aquello -al haber dejado atrás todo miedo- le parecía sin
importancia. No obstante, en lugar de una imagen aterradora
vio algo con lo que no había contado en absoluto y que tampoco pudo
comprender. Vio a un muchacho pequeño de pálido rostro -algo más
joven que él- que, con las piernas cruzadas, se sentaba en un lecho
de colchonetas y leía un libro. Estaba envuelto en unas mantas
grises y desgarradas. Los ojos del muchacho eran grandes, azules y
parecían muy tristes. Detrás de él se divisaban algunos animales
inmóviles a la luz del crepúsculo -un águila, una lechuza y un
zorro- y un poco más lejos relucía algo que parecía un esqueleto
blanco. No podía saberse con exactitud.
puerta. Pero cuando alguien logra olvidar
sus intenciones y no querer nada... La puerta se abre sola ante
él.
Roxas tuvo un sobresalto al comprender lo que acababa de leer. ¡Era él! La descripción coincidía en todos los detalles. El libro empezó a temblarle en las manos. ¡Decididamente, la cosa estaba yendo demasiado lejos! No era posible que en un libro impreso pudiera decirse algo que sólo se refería a aquel momento y a él. Cualquier otro leería lo mismo al llegar a ese lugar del libro. No podía ser más que una casualidad increíble. Aunque, sin duda, era una casualidad extrañísima. Y los ojos verdes de Axel se le habían clavado en la mente.
-Roxas -se dijo a sí mismo en voz alta-, estás como una cabra. ¡Haz el favor de dominarte!
Había intentado hablar en el tono más firme posible, pero su voz temblaba un poco, porque no estaba totalmente convencido de que fuera sólo casualidad.
«Imagínate», pensó, «lo que ocurriría si en Fantasia supieran realmente algo de ti. Sería fabuloso.»
Pero no se atrevió a decirlo en voz alta.
Sólo
una pequeña sonrisa de asombro se dibujó en los labios de Axel al
entrar en la imagen del espejo... Estaba un poco asombrado de que le
resultara tan fácil lo que a otros les había parecido insuperable.
Sin embargo, mientras entraba sintió un extraño y cosquilleante
estremecimiento. Y no sospechó lo que en realidad le había
ocurrido. En efecto, cuando estuvo al otro lado de la Puerta
del Espejo Mágico, había perdido todo recuerdo de sí mismo, de su
vida anterior, de sus objetivos y sus intenciones. No sabía ya nada
de la Gran Búsqueda que lo había llevado hasta allí y ni siquiera
recordaba su propio nombre. Era como un niño recién
nacido. Delante de él, a una distancia de unos pasos, vio la
Puerta sin Llave, pero Axel no se acordaba de ese nombre ni de que
había tenido la intención de atravesarla para llegar al Oráculo
del Sur. No sabía en absoluto lo que quería o tenía que hacer, ni
por qué estaba allí. Se sentía ligero y muy alegre, y se reía sin
motivo, de simple contento. La puerta que vio ante sí era
pequeña y baja como un portillo, y se alzaba aislada -sin muros que
la rodeasen- sobre la superficie yerma. Y la hoja de aquella puerta
estaba Axel la contempló durante un buen rato.
Parecía estar hecha de un material que brillaba como el cobre. Era
bonita, pero Axel perdió el interés al cabo de un tiempo. Rodeó la
puerta y la contempló por detrás, pero su aspecto no se
diferenciaba del que tenía por delante. Tampoco tenía picaporte, ni
pomo, ni agujero de cerradura. Evidentemente, la puerta no estaba
hecha para ser abierta, ni tenía sentido hacerio, ya que no conducía
a ninguna parte y se limitaba a estar allí. Porque detrás de la
puerta sólo estaba la llanura extensa, pelada y totalmente
vacía. Axel tuvo ganas de irse. Se volvió, fue hacia la
redonda Puerta del Espejo Mágico y contempló su parte trasera
durante algún tiempo, sin comprender lo que significaba. Decidió
marcharse.
cerrada.
Sin
embargo, luego se volvió otra vez hacia la Puerta sin Llave. Quería
mirar otra vez aquel resplandor cobrizo. De manera que se situó ante
la puerta, se inclinó a izquierda y derecha y disfrutó. Acarició
suavemente el extraño material. Parecía caliente y hasta vivo al
tacto. Y la puerta se abrió parcialmente. Axel metió la
cabeza y vio algo que antes, al rodear la puerta, no había visto al
otro lado. Sacó la cabeza y miró al otro lado de la puerta: sólo
la llanura desnuda. Miró otra vez por la abertura y vio un largo
corredor, formado por innumerables columnas poderosas. Y detrás
había escalones y otras columnas y terrazas, y más escaleras y todo
un bosque de columnas. Sin embargo, ninguna de aquellas columnas
soportaba nada. Porque encima podía verse el cielo nocturno. Axel
atravesó la puerta y miró a su alrededor extrañado. Detrás de él,
la puerta se cerró.
El reloj de la torre dio las cuatro.
La turbia luz del día que entraba por el tragaluz había ido desapareciendo. Sencillamente, estaba demasiado oscuro para seguir leyendo. Roxas sólo había podido descifrar la última página con esfuerzo. Dejó el libro a un lado.
¿Qué podía hacer ahora?
Sin embargo, era seguro que en el desván había luz eléctrica. Roxas se dirigió a tientas hacia la puerta, en la semioscuridad, y tanteó la pared. No pudo encontrar ningún interruptor. Tampoco al otro lado había ninguno.
Roxas sacó una caja de cerillas del bolsillo del pantalón (siempre llevaba, porque le gustaba hacer pequeñas hogueras), pero estaban húmedas y sólo la cuarta encendió. Al débil resplandor de la llamita, buscó un interruptor, pero no lo había.
Con aquello no había contado. Ante la idea de que tendría que estar allí toda la tarde y toda la noche en una oscuridad total, sintió frío del susto. Ya no era un niño pequeño y, en su casa o en cualquier otro lugar conocido, no tenía miedo de la oscuridad, pero allí arriba, en aquel enorme desván con todas aquellas cosas extrañas, era muy distinto.
La cerilla le quemó los dedos y la tiró.
Durante un rato se quedó así, escuchando. La lluvia había cesado y sólo tamborileaba aún, muy suavemente, en el gran tejado de chapa.
Entonces recordó el oxidado candelabro de siete brazos que había descubierto entre los trastos. Se dirigió tanteando hacia aquel lugar, lo encontró y lo arrastró hasta sus colchonetas.
Encendió las mechas de los gruesos pedazos de vela -los siete- e inmediatamente se difundió una luz dorada. Las llamas chisporroteaban suavemente y temblaban a veces en la corriente de aire.
Roxas respiró otra vez y volvió a coger el libro.
