Sonrió con cinismo a la enfermera al escucharla preguntar: ¿Le gustó la comida?
-Estubo exquisita- mintió. El sólo ver aquello que denominaba 'comida' toda hambre se evaporó.
Una sonrisa satisfecha sumó otras cuántas arrugas más a su rostro, recogió el plato vacío sobre la bandeja y salió del cuarto dejando a la muchacha nuevamente sola.
La mente de la joven comenzó a funcionar repasando mentalmente, otra vez, la discusión mantenida con su prometido, intentando inútilmente dar con la razón del por qué el chico no se ha presentado en su cuarto para pedirle disculpas como siempre y el por qué se había marchado con aquella extraña expresión hace ya buen rato.
Unos golpes en su puerta la sacaron abruptamente de su meditación y una sonrisa asomó esperanzada por su rostro al pensar que el personaje que llamaba del otro lado de la puerta era Ranma, portando rojas flores y una sonrisa conciliadora.
-Adelante.
La puerta se abrió y tal fue su sorpresa al ver a la joven cocinera entrar con su mejor sonrisa.
-Ukyo- pronunció con sorpresa y decepción plasmada en su rostro.
-Hola Akane, me enteré de tu enfermedad y vine a verte, pero parece que tú no estás feliz de verme ¿Acaso esperabas a alguien más?- sonrió con falsedad cerrando la puerta detrás de ella.
-No, no es eso, es que no esperaba más visita. Hace rato vino mi familia a verme y desde ese entonces nadie ha venido, es por eso que me impresiona tanto tu visita- dijo con nerviosismo y sonrió con amabilidad, reprochándose internamente el poco poder que tenía sobre sus emociones- Oye Ukyo ¿Qué es eso?- consultó observando inquisitivamente el bulto que la joven tenía en sus manos.
-Oí que aquí la comida no es muy buena aquí así que te he traído un okonomiyaki- sonrió.
Akane no percibió lo que emanaba de aquella extraña sonrisa y amabilidad, así como tampoco sospechó de sus retorcidas intenciones.
Ukyo se acercó a la mesa que ocupaba espacio en el cuarto, depositó sobre ella la bolsa de dónde extrajo un okonomiyaki desprendiendo un delicioso aroma que no tardó en esparcirse en el aire y de manera bondadosa llegar hasta la nariz de la hambrienta joven quién sonrió placenteramente y cerró los ojos, recreando en su mente el deleite que degustaría.
-Espera Akane, sólo le faltan los últimos detalles- volteó a sonreírle antes de volver a centrar su atención en la comida.
Revisó discretamente con una de sus manos sus ropas. Sonrió al encontrar el pequeño frasco cuyo contenido consistía en un líquido marrón que podría pasar a la perfección por salsa ordinaria, la vertió delicadamente sobre el okonomiyaki y lo recogió para girarse hacia la chica que yacía hambrienta incorporada sobre la cama.
-Aquí tienes, Akane- dijo depositándole frente a ella su creación.
La joven tomó los palillos y extrajo un pequeño trozo de lo que su estómago tanto le pedía y su ignorante boca anhelaba tanto recibir, pero en el momento en que faltaban escasos dos centímetros para que el bocado y sus labios hicieran contacto, la mano femenina de la experimentada cocinera la detuvo en el acto.
-¿Qué su…?- calló al levantar su mirada repleta de incertidumbre y ver a la joven llorar silenciosamente- Ukyo…
-¿Qué he estado a punto de hacer?- se preguntó más para sí que para su receptora.
Soltó la mano que había interferido en el camino que conduciría aquel bocado a la cavidad bucal de la chica rumbo a una muerte segura y se dejó caer de rodillas al suelo comenzando a llorar desgarradoramente, ocultando con sus manos la vergüenza en su rostro que había aparentado la serenidad absoluta y el cambio radical de ésta al llanto más profundo, sintiendo el peso de sus pensamientos e ideas que se habían centrado en la posesión de un hombre que por más que lo deseara jamás sería suyo.
El hambre se había esfumado para dar paso a la incertidumbre y la confusión, el por qué estaba atorado en su garganta, reprimido por lo desubicado y doloroso que puede llegar a ser explicar el motivo con palabras, por lo que se limitó se levantarse sigilosamente de la cama y arrodillarse a un lado de la joven que poco a poco se había ganado su cariño de una u otra manera. La abrazó, inconscientemente y de una manera que sólo Ukyo podía entender, agradeciéndole con ese gesto el haber desistido de su maquiavélico plan.
La joven cocinera intentó reprimir sus lágrimas que concebía inapropiadas, pero le fue imposible, porque por más que lo deseara, sabía que jamás se perdonaría a sí misma siquiera pensar en arrebatarle la vida a alguien que después de todo, no era la culpable de haber cautivado quizás sin proponérselo el esquivo corazón de quién ya no podía seguir denominando 'su prometido'.
-Perdóname, Akane…- murmuró correspondiendo finalmente y después de algunos segundos el reconfortante abrazo.
-¿Por qué?
-Sólo perdóname- suspiró presionando con más fuerza el abrazo.
-Está bien, te perdono- contestó sin entender lo que ocurría, pero sintiendo cómo la tranquilidad comenzaba a volver a la chica- Sabes que a pesar de todo, te quiero y no me gusta que sufras.
Ukyo sonrió con amargura.
-Eres demasiado buena, Akane- musitó más para sí que para su compañera.
La puerta se abrió de golpe acabando con el ambiente agradable que se había formado entre ambas jóvenes que se separaron al instante.
-Oye Akane tengo algo que…- Calló al entrar y ver a Ukyo secándose las lágrimas que fluían con anterioridad por sus mejillas y a la chica sentada a su lado seguramente consolándola- ¿Qué pasó aquí? –frunció el ceño.
-N… Nada es que… estábamos hablando y llegamos a un punto delicado de mi vida- mintió y esbozó una débil sonrisa.
Los ojos azules se deslizaron a su prometida quién hasta ese entonces guardaba silencio, mirándolo de manera curiosa y preguntándose mentalmente el por qué de su presencia, ignorando por completo la expresión de duda que le dedicaba la joven se centró en el okonomiyaki que yacía sobre la cama.
-¡Vaya Ukyo! ¿Sabías que vendría?- sonrió y se encaminó ágilmente hasta la cama cogiendo el alimento y preparándose para darle un buena mordida y darle el gusto a su hambriento estómago.
-¡NO!
Continuará…
