Ángeles desesperados
Promesa a los ángeles
Inuyasha luego de darle un suave y dulce beso, dejó que ella bajara del vehículo y caminara a las puertas de su casa, tocó el timbre y vio el rostro preocupado de su madre al verla.
- Oh, Kagome… - Susurró Kimiko.
- Bendición, mamá. – Dijo risueña sonriendo de oreja a oreja. Su mamá hizo una mueca en sus finos labios con lasitud mientras dejaba pasar a la menor de sus hijas mujeres.
- Dios te bendiga. ¿Cómo te fue? – Preguntó a duras penas. Kagome reparó en el semblante casi transfigurado por la angustia que mostraba su progenitora y restándole la merecida importancia al asunto, respondió extasiada.
- Muy bien, mamá, fíjate que ahora tengo novio… - Le contaba emocionada viendo la tragicómica expresión de su madre.
- ¿En serio? – Se escuchó una voz profunda mientras una silueta emergía de la tenue luz proveniente de la sala.
- Pa…papá… - Balbuceó Kagome petrificada. Su padre podía ser el más jovial de los hombres pero cuando se trataba de algún pretendiente para sus hijas, había que irse con cuidado con él. Bastante había aprendido de eso cuando el noviazgo de Yuka. ¡Dios mío! Pensó abrumada, ¿tenía que ser precisamente esa misma noche en que su papá regresara?
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Inuyasha silbaba con infinita alegría mientras abría la puerta de su casa. Al instante se encontró con el rostro de su madre.
- Oh… - Musitó deteniendo el tarareo alegre que hace segundos mantenía. – Hola, mamá. – Saludó sin muchos ánimos dejando las llaves sobre la mesa junto a la puerta.
- Inuyasha, te veo contento, ¿alguna causa en especial? – Cuestionó con una sonrisa forzada. Su hijo le miró con frialdad inusitada y luego sonrió a duras penas, casi por obligación.
- Salí con una amiga. – Informó cortante. No le apetecía en lo absoluto contarle algo a su mamá. Luego de ello caminó a través del corto pasillo que lo llevaba a su habitación. Izayoi le siguió mientras se mantenía tensa con los brazos cruzados.
- ¿En verdad? ¿Con Tsubaki? – Preguntó esperanzada.
¿Con esa víbora malévola? Inuyasha quiso reír ante tal imaginación de su madre. Aunque, de igual forma, ya sabía que esas dos podían llegar a ser carne y uña si se les daba el momento propicio.
- No, mamá. – Se detuvo frente a la puerta de su cuarto y le miró con una sonrisa cínica. – No salí ni con Tsubaki ni con nadie que tú conozcas. – Espetó harto de lo controladora que era su progenitora y como ésta pretendía seguir tratándolo como un infante.
- ¿En verdad? Oh, no sabes la pena que me da…sabes que esa niña es maravillosa… - Empezó a decir viendo el hartazgo poco disimulado de su hijo.
- Es bella, encantadora, preciosa, todo lo que tú quieras, mamá. – Dijo con ironía. – Pero no, no salí con ella, ahora si me disculpas, me voy a estudiar. – Se despidió cerrándole la puerta en las narices a Izayoi, la cual, frunció el ceño indignada pero se mantuvo inmóvil y resuelta a no perder la compostura. Ya vería como acomodaba a su hijo verdaderamente.
- Es sólo un capricho, Inuyasha. Ya te cansarás de la mujercita con la que sales. – Dijo al viento mientras se daba media vuelta y procedía irse a su propia habitación.
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- Bendición papá. – Logró musitar Kagome dentro de la palidez poco disimulada y el nerviosismo evidente en sus gestos.
- Dios te bendiga, hija. Me alegra verte, te traje un regalo. – Informó Takato en el tono calmo que le caracterizaba.
Kagome sonrió a pesar de las circunstancias. Siempre le gustaban los regalos poco tradicionales que siempre les traía su padre. Una vez la iba mordiendo la tarántula que le había traído a Yuka. En otra ocasión, ella misma se iba ahogando con la gran cantidad de chocolate que él había traído, aunque siempre lo mejor eran las exuberantes cantidades de dinero que siempre le daba, pero de igual forma, eso nunca evitara que lo extrañara bastante durante su ausencia.
- Gracias papá, ya quiero verlo. – Respondió con un brillo de nostalgia en los ojos. Su papá sonrió mientras que sus pícaros ojos estudiaban a su hija.
- ¿Cómo es eso que tienes novio? – Preguntó en tono casual, pero Kagome bien sabía que debía irse con cuidado en el tema. Sino, Inuyasha podría ser desterrado de aquella casa.
- ¿Te refieres a Inuyasha? – Cuestionó Kimiko intercediendo de una vez por su hija. ¡Vaya que los Higurashi tenían una malsana tendencia a sobreproteger a sus mujeres!
- Sí mamá, es él. – Contestó Kagome atenta a las reacciones casi imperceptibles en el rostro despejado de Takato.
- Oh, Takato, ese muchacho es muy bueno, muy educado. Incluso es amigo de Sota. – Decía Kimiko viendo como su esposo parecía relajarse ante tal información. Después de todo, para él, la aprobación de su mujer era más que suficiente.
- Quiero conocerlo pronto entonces. – Sonrió. Kagome se alegró de que las cosas no se hubiesen puesto peligrosas ya que suficiente tenía con su hermano mayor, el cual, era como su segundo padre.
- Eso espero yo también. – Contestó Kagome. Luego, escapando de un regaño rotundo de su padre gracias a la intercesión de su santa madre, caminó alegre hasta su habitación. Luego de entrar, se llevó una mano al pecho sintiendo los acelerados latidos de su corazón. Quiso gritar de euforia pero se conformaba con que ahora era novia de Inuyasha y que un futuro prometedor le aguardaba ante tal título.
- Kagome… - Susurró Sango sonriendo al notar tal felicidad en aquella mortal que había visto crecer y formarse en valores de una familia humilde. – Yo también ando alegre…- Comentó al viento. Luego observó como Kagome tomaba una de sus libretas y un lápiz, ya sabía que volvería a entrar en su mundo de poesía. Bien sabía que ella, si siquiera hubiera sopesado la posibilidad, se habría convertido en una gran poetiza con los estudios adecuados, aunque ya bien sabía que esa no era la carrera que ella aspiraba.
- Ay, tengo examen de castellano el lunes, que horror… - Se quejó ojeando su libro sin muchas ganas. Ella era excelente en cualquier materia pero en momento de éxtasis desbocado como el que vivía en ese momento hacían difícil acordarse de los estudios.
- Kagome, pórtate bien, anda, que estos autores no se estudian por sí solos… - Le instó Sango susurrándole a la conciencia. – Ya anduviste mucho tiempo por las nubes, aunque a veces llega a ser aburrido, te digo… - Pero al verse divariando, se volvió al centrar en el problema. – Anda, vamos a terminar esta investigación…
Y así, junto con otras palabras de aliento, Sango alentó lo que restaba parte de la noche a que Kagome empezara a leer aquellos poemas y fragmentos de obras ininteligibles a veces.
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- Inuyasha, ¿me prestas el cuaderno? – Preguntó Sota despreocupado acercándose a su amigo. Este le miró perplejo, ¿cuándo había acabado la guerra fría? ¿Y desde cuándo a él le había dado por volverle a hablar?
- ¿Eh? – Preguntó aún pasmado al rostro sosegado de Sota.
- Anda, no tengo todo el día. Momiji me está esperando. – Se sonrió. Inuyasha aún poco convencido que sin más ni más el hermano de Kagome se dignase a volverle a hablar, sacó su libreta de entre el "abismo profundo" que tenía por bolso de lo desordenado que estaba éste. Le entregó el cuaderno a Sota, que sin pensárselo dos veces empezó a ojearlo.
- Y… - Inuyasha temía hacer la pregunta pero quería confirmarlo. - ¿estamos bien? – Cuestionó un tanto dudoso. Sota levantó la vista y la clavó en él durante largos segundos de incertidumbre para Inuyasha. Finalmente, el de ojos dorados observó como los músculos de su amigo se distendían y suspiraba resignado.
- Tócale un pelo a Kagome y te juro que los suplicios de los romanos te parecerán el paraíso. – Advirtió. Inuyasha sintió como una gotita resbalaba por su sien mientras se esforzaba por mostrar una sonrisa tranquilizadora.
- Entiendo perfectamente. – Murmuró bajando la vista al cuaderno que tenía sobre el pupitre y repasando una vez más el contenido que le iba para su examen.
- Ahora… - Prosiguió Sota cerrando la libreta de Inuyasha y mostrándole una sonrisa que hacia ver sus parejos y blanquísimos dientes. - …estamos bien con ese pequeño asunto arreglado. – Anunció devolviéndole el cuaderno a Inuyasha antes de irse con una de sus compañeras de clases. Inuyasha meneó la cabeza en un gesto de resignación al ver la elocuencia de Sota. ¿Cómo demonios Kagome podía haber surgido de la misma procedencia que aquel loco? Aunque aceptaba que aquel loco era buena gente y se comportaba muy bien a la hora de ser su amigo.
- ¡Inuyasha! – Escuchó la aguda voz de Tsubaki. ¿Por qué en sus momentos de gozosa soledad, en los cuales aprovechaba de recordar el rostro de su novia, dicho sea de paso, tenía que venir alguien desagradable a desmoronarle su fantasía interior?
Volteó a verla y se sorprendió de que la joven le sonriera coquetamente. Ya se cansó del que era su novio y ahora la próxima presa soy yo, pensó con susto. Ella se acercó y casi le lanzó el busto encima a la cara de Inuyasha cuando se inclinó para hablarle más "cómodamente". Inuyasha con sonrisa forzada retrocedió en su mismo asiento y se esforzó por mirarle nada más que la cara, porque reconocía que aquella tipa, por muy promiscua que fuese, tenía buen cuerpo.
- Dime, Tsubaki. – Logró responderle. La joven le miró entre divertida y pícara mientras reparaba en que estaba tocando la libreta de él.
- Inuyasha, no entiendo nada del profesor Kimura, ¿será que puedo ir a tu casa a que me expliques? – Preguntó sonriente. Inuyasha vaciló por un momento.
- La verdad no lo creo, Tsubaki. No dispongo del tiempo suficiente, siéndote franco. Pero si quieres, pregúntale a Sota, está más dotado en la materia que yo. – Contestó finalmente. La decepción de Tsubaki no se hizo esperar y su negativa a la propuesta tampoco.
- Oh, pero a Sota no le tengo confianza. ¿Seguro que no tienes tiempo? – Dijo haciendo un puchero. Inuyasha no pudo suprimir la sonrisa irónica antes sus palabras, ¿qué no le tenía confianza a Sota o que no le atraía? Pensó con sorna.
Inuyasha sabiendo que no lo dejaría tranquilo, apeló por una evasiva.
- Veré si me hago espacio en la semana, Tsubaki. Igualmente no te prometo nada. – Mintió. Desde luego que no iba a luchar mucho por pasar tiempo con esa mujer tan arpía.
- Gracias, Inu. – Se despidió. Inuyasha sintió una vena latirle en la frente de la ira. ¿Quién carajo le había dicho a ella que le podía llamar por ese nauseabundo apodo? Bien, tendría que aguantársela por un tiempo si es que quería deshacerse de ella diplomáticamente.
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- ¿En serio te dijo así? Vaya que es bruto ese tipo… - Reía Inuyasha en su ya tercera cita con Kagome. Ella también se encontraba a gusto con él, después de todo, ¿quién no andaría en las nubes con un muchacho como él? Pensó ilusionada.
- Bueno, acepto que no me gustó mucho el comentario de mi compañero, que supuestamente me apoyaba pero bueno… - Relataba mientras que Inuyasha se mantenía embobado en sus gestos y expresiones, a pesar de que no lo hacía notar tan abiertamente.
- No, estaba bien. Si el tipo se quiso pasar de listo, allá él. Porque… ¿cómo te explicas tú que como alumna vengas a ponerle orden a la clase donde hay un profesor presente? Créeme, eso no lo hace cualquiera. Y si el docente se enfurece por eso, puede que en parte tenga razón pero que entonces ejerza carácter para no verse en ese tipo de situaciones. – Constató. Kagome sonrió en respuesta.
- Hola Sanguito. – Apareció Miroku de repente, haciendo que la aludida saltara pegando un grito aterrorizado. - ¿Cuál es el chisme de hoy? – Inquirió sonriendo abiertamente.
- Te voy a ir acusando con Rafael para que te clave su lanza un día de estos… - Prometió llevándose una mano al pecho.
- ¿El arcángel Rafael? No, si más bien es mi mayor aliado, no sabes de cuantas me ha salvado de que no me castiguen. – Se mofó. Sango le miró acusadoramente.
- ¿Y bien? ¿Qué te ha dicho el viejo loco? – Preguntó Sango una vez que su cuerpo, ya de por sí en espíritu, recuperara su alma, casi salida por el sobresalto.
- Ah, y luego dicen que yo soy el de los apodos… - Rió Miroku viendo burlonamente a una sonrojada Sango. – Pues, Jaken me dijo que aún no se ha finiquitado la sentencia. No se sabe, pero al parecer, luego de hacer que los dos mortales se unan exitosamente, de acuerdo al grado de dificultad del asunto, se podría disponer en que los ángeles encargados recibieran una especie de premio.
Sango le miró incrédula.
- A ver… - Dijo como si repasara el asunto. – Tengo la belleza que jamás una mortal será capaz de poseer, tengo la inteligencia y la sabiduría de un anciano que hubiese vivido 800 años, soy pulcramente santa y pura, pues soy un ángel de Dios, me paseo libremente por el reino de nuestro Señor y ahora me dicen que hay un premio, ¿qué podrían darme que me fuese realmente gratificante? – Espetó incrédula. Miroku levantó una ceja divertido.
- Con la seguridad que has dicho cada una de tus cualidades con la más profunda humildad. – Se burló. – no me cabe la menor duda de que estás muy segura de tu papel. Pero ahora, con respecto a tu incógnita planteada, ¿qué sería lo que todo ángel, aunque sea en lo más recóndito de su corazón, anhela con todas sus fuerzas? – Preguntó esperando atentamente la respuesta sincera de su interlocutora. Observó como las castañas pupilas de Sango temblaban ligeramente y luego bajaba la vista avergonzada. – Dilo Sango, ambos somos conscientes del hecho y no nos podemos caer a mentiras entre nosotros mismos.
- La…libertad…- Murmuró casi inaudiblemente luego de un corto e incómodo silencio.
- Ya ves que ese podría ser el premio. Y aunque fuese por tiempo limitado, no me importaría cambiar de papel con Inuyasha por un día, te confieso.
Sango volvió a mirarle algo abrumada. Ella también así lo sentía pero ya sabía que eso era completamente imposible.
- No sé que esperar, te digo sinceramente pero…en parte sería egoísta hacer nuestra acción con la motivación de un premio. Yo creo que…debemos abandonarnos en la voluntad de Dios y rogar porque hagamos que estas dos personas alcancen la verdadera felicidad entre ellos mismos. – Dijo posando la vista en las caras sonrientes de Inuyasha y Kagome. – Después de todo, su felicidad es la nuestra, ¿no? Para eso hemos sidos concebidos. – Afirmó viendo como Miroku asentía con una sonrisa.
- Vaya que espíritu tan noble como el tuyo sólo se encuentra en los ángeles predilectos de Dios. – Le piropeó. – Y créeme, Sanguito, que posiblemente ese libre albedrío te será concedido. – Prometió. Sango sonrió suspicaz.
- Mientras a ti también te lo otorguen. – Sonrió. Miroku mostró una mueca poco convencido del hecho.
- Primero lo primero. Hay que encargarse de los tortolitos, recuerda. – Avisó viendo como nuestros protagonistas se sumergían en su propio mundo, alejado de toda realidad. Sango puso los ojos en blanco.
- Cierto. Que fastidio… - Dijo con falso tono de desgano mientras sonreía alegre regocijándose de la felicidad de Kagome.
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Hola, bueno, pues…el capítulo me quedó un poco más largo de lo común, pero ya no encontraba en donde finalizarlo, xD. Primero, agradezco muchos sus reviews, me sorprende la cantidad de reviews que tiene la historia con tan escasos capítulos, esperemos que siga así n.n Muchas me han opinado que sus hermanos mayores son igual de fastidiosos como Sota, aunque yo no sabría decirles, después de todo, soy la mayor ñ.ñU sin embargo, entiendo que tener un hermano es un gran pero un GRAN fastidio a pesar que irremediablemente una termina queriéndolo. Y con la aparición de mi abuelo, bueno, a decir verdad yo no lo conocí puesto que él murió cuando yo sólo tenía tres años, aún así, por las historias de mis tíos y de mi mamá era una persona muy alegre y jocosa, así que no teman por parte de él con respecto a su intervención n.n. Así que sin más que acotar, me despido, muchas gracias nuevamente. Sayonara.
