Disclaimer: Los personajes de Saint Seiya The Lost Canvas no me pertenecen, sino a sus respectivos dueños: Masami Kurumada y Shiori Teshirogi. Fic sin fines de lucro.
NdA: ¡Hola a todos! ¡Tal como les prometí, aquí un nuevo capítulo! Una disculpa si no respondí sus reviews en esta ocasión, tuve muchos problemas en el trabajo y renuncié por así decirlo y me he puesto a escribir un poco para liberar la frustración y otro poco porque sé que tendré que estar buscando otro trabajo pronto así que bueh...
Pero bueno, lo importante es que aquí está el capítulo seis. Debo aclarar que no tiene que ver nada con Agasha y Pefko, pues es un recuerdo de Albafica que va a responder asuntos que se han venido planteando desde el capítulo anterior, sin embargo la historia es algo larga que tuve que dividirla... xD Así que, igual espero les parezca entretenida. ¡Disfruten!
Flores de Sangre.
Capítulo VI:
Decisiones - Parte 1.
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El Santurio, Atenas. 8 años atrás.
Había sido silencioso. Podría jurar que su cosmos había pasado por completo desapercibido, o al menos lo había logrado ocultar de la mayoría de aspirantes a Caballero que rondaban por las arenas de entrenamiento.
El aspirante a Piscis contemplaba silenciosamente los entrenamientos a los que eran sometidos los demás aprendices. Había sido cuidadoso y ni si quiera había cruzado camino con nadie, permitiéndole así estar a una distancia segura para que su sangre venenosa no alcanzara a ninguna persona. De hecho, oculto en la cima de las gradas, apenas asomando la mirada aguamarina por detrás de un enorme pilar, era como lograba observar los arduos entrenamientos de sus compañeros de armas.
Estaba intrigado. Lo cierto es que su maestro, si bien lo había entrenado para enfrentamientos físicos, la situación entre ellos era distinta a la que sería si alguna vez alguien que no fuera Lugonis se enfrentaba cuerpo a cuerpo con él, ya que aquel contrincante estaría expuesto al veneno de Piscis. En el campo de batalla, Albafica creía que quizás eso no era importante, pues su misión sería detener al enemigo. Pero sabía que muchos Caballeros para obtener la armadura debían ser sometidos a distintas pruebas y una de ellas era un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Todavía recordaba que, en ocasiones, su maestro tuvo que enfrentar a aspirantes a Caballero Dorado, uno de ellos había sido Sísifo de Sagitario. El equipo médico del Santuario tuvo que acudir a revisarlo rápidamente pues había provocado una herida en el dedo índice de su maestro… ¡Apenas unas cuantas gotas y él hubiera podido morir!
Ciertamente eso le asustaba. Una intranquilidad indómita crecía dentro de él más y más, como la marea que sube durante las noches. Podía pelear, estaba seguro de ello. Pero había estado encerrado en el jardín de su maestro que no estaba seguro como podría lograr superar la prueba a Caballero de Oro sin lastimar a quien fuese su contrincante.
Soltó un pesado suspiro.
ㅡOye preciosa, ¿no deberías traer tu máscara puesta? ㅡse oyó una voz cerca.
ㅡ¿Qué? ㅡpudo decir Albafica volteando la mirada. Se encontró con un joven sentado encima del pilar izquierdo más próximo del que le servía de refugio. Portaba una armadura doradaㅡ. ¿Cáncer?
ㅡAsí es ㅡdijo Manigoldo de manera burlonaㅡ. Ahora vas a tener que escoger entre amarme o matarme. Va a ser interesante ver que es lo que escoges.
Albafica frunció el ceño.
ㅡEres un idiota. Soy un hombre, no aspirante a Caballero Femenino ㅡaclaró con voz férrea.
ㅡ¿Qué? ㅡManigoldo no se la podía creerㅡ. ¿Con esa cara de niña que tienes como quieres que te crea? Seguro es un invento tuyo para escaparte del castigo por haber faltado a la ley.
ㅡNo es mentira ㅡAlbafica le dio la espalda, dispuesto a irseㅡ. Estúpido.
ㅡOye, oye, oye ㅡManigoldo dio un salto que lo hizo quedar frente a Albafica, evitándole así el pasoㅡ. Para empezar, es tu culpa por tener cara de chica, idiota. ¿Cuál es tu nombre?
ㅡMe llamo Albafica ㅡanuncio, serioㅡ. Y no es mi culpa, es tuya por estar ciego.
ㅡDime Albafica ¿entonces por qué nunca te había visto rondar por aquí? ㅡseñaló, tratando de mantener su idea de que se trataba de una mujer la persona con quien estaba hablando, una muy plana quizá, pero una después de todo. Albafica chasqueó la lengua, fastidiado.
ㅡEntreno en un jardín en la zona oeste del santuario ㅡrespondió tratando de serenarseㅡ. Ahora me voy, debo regresar con mi maestroㅡ dijo dando un enorme salto por detrás de las gradas para irse.
Manigoldo lo miró. En cierta forma se sentía muy tonto por haberlo confundido con una niña, pero lo más importante es que no dejaría que ese soquete se fuera dejándolo con la última palabra.
ㅡ¿En un jardín? ㅡcuestionó con sorna a la distanciaㅡ. Vaya lugar para entrenar a una niña. ¿Sabes? ¿Y si mejor te llamo Albarica? ¡Por esa cara de marica que tienes!
Albafica detuvo su andar. Apretó los puños con fuerza. Lo cierto es que le molestaba que Manigoldo se burlara de su apariencia física, pero más le indignaba el hecho de que deformara de una manera tan vulgar el nombre que le había dado su maestro Lugonis.
Manigoldo, todavía en las gradas lo observó y sonrió.
ㅡ¿Qué, la muchachita se enojó? ㅡde estar burlándose no se percató de la roca que Albafica le había arrojado, la cual le impactó en el pecho haciéndolo caer gradas a bajo del lado contrario.
El aspirante a Piscis dio un suspiro, dando media vuelta para irse.
ㅡ¡Oye, esa no te va a salir gratis! ㅡcuando Albafica volteó a ver, Manigoldo ya había saltado, cayendo en dirección hacia él. El joven aprendiz de Lugonis dio un salto justo antes de que Manigoldo impactara en el suelo donde segundos antes él estuviera paradoㅡ. ¡Oye cobarde, no huyas!
ㅡ¡No estoy huyendo, te estoy salvando la vida! ㅡgritó Albafica, quien se había quedado en cuclillas sobre la rama de un árbol próximo.
ㅡ¡Qué tontería! ㅡManigoldo comenzó a perseguirlo y como era natural, Albafica trataba de evadirlo, comenzando así una carrera de saltos alrededor de las arenas de entrenamiento.
ㅡ¿Ahora qué haré? ㅡpensó Albafica preocupado. Si bien sentía deseos de darle una paliza al Caballero de Cáncer, lo cierto es que había caído justo en la situación a la que tanto temía: un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Lo peor de todo es que ahora no se lo podía quitar de encima.
ㅡ¡Deja de huir, cobarde! ㅡgritó Manigoldo. A pesar de todo, debía admitir que se estaba divirtiendo, ya que en un principio había decidido molestarlo puesto que estaba aburrido, sin mucho que hacer en el Santuario.
Sin darse cuenta, Albafica había hecho que recorrieran una gran distancia a los alrededores, y estaban próximos al jardín de su maestro. Decidió dar vuelta en dirección al camino que guiaba a las entradas del Santuario.
ㅡNo puedo ir al jardín, el simple aire de los alrededores podría dañar a ese estúpido ㅡapresurando el paso, puesto que Manigoldo era muy veloz, dobló hacía el este, pero apenas dio unos saltos más se topó con su maestro quien caminaba a cierta distancia del Patriarca Sage. Albafica detuvo el paso.
Tanto Lugonis como Sage no entendían que estaban haciendo sus respectivos discípulos. Sin pronunciar ni una sola palabra sólo observaron como Albafica se detenía delante de ellos y Manigoldo al mismo tiempo, este último soltándole maldiciones al primero hasta que notó que su maestro estaba ahí y lo miraba con el ceño fruncido.
ㅡAlbafica ¿qué rayos haces a fuera del jardín? ㅡcuestionó su tutor con un porte reprobatorio.
ㅡMaestro, yo… ㅡpocas veces Albafica titubeaba, razón por la cual Lugonis suspiró y cerró los ojos para pedirle que se fuera al jardín pues pospondrían el asunto para más tarde, por ahora le interesaba saber lo que Sage precisamente estaba hablando con él.
ㅡBueno, supongo que tampoco me desean aquí ㅡdijo Manigoldo bien dispuesto a irse, pero la voz de Sage lo detuvo.
ㅡAl contrario Manigoldo ㅡdijo Sage con una ligera sonrisaㅡ. Me parece que la misión que pensaba encomendarle a Lugonis te la encomendaré a ti, ya que te ves muy aburrido en el Santuario.
ㅡMe parece adecuado ㅡCáncer sonrióㅡ. Dime viejo, ¿de qué se trata?
ㅡHasgard de Tauro partió hace un par de semanas para encargarse de la resurrección de Tifón en el Monte Etna. Al parecer hay problemas con su regreso. La embarcación en la que iba, que es del Santuario, desapareció, junto a varios navíos que se encontraban en la costa de Mesina, en Sicilia. Supongo que a ti te será más fácil moverte por allá. Por ahora, Aldebarán ya está investigando lo que sucedió, pero si se trata de algo grave posiblemente necesite ayuda ya que en estos momentos se halla un poco débil debido a su enfrentamiento con Tifón.
ㅡYa veo. Parece interesante ㅡdijo Manigoldo con su siempre porte relajado.
ㅡPatriarca ¿cree que se trate de alguna Estrella del Mal? ㅡcuestionó Lugonis seriamente.
ㅡNo estoy del todo seguro, por ahora es poca la información que Aldebarán pudo darnos por medio del cosmos ㅡrespondió Sage, meditativoㅡ. No he sentido el cosmos de ningún Espectro alzarse, pero es un asunto que definitivamente se necesita investigar.
ㅡQuédate tranquilo viejo, yo me encargaré de todo ㅡdijo Manigoldo.
ㅡDe acuerdo ㅡrespondió Sageㅡ. Debido a que la embarcación del Santuario no está disponible en este momento, el capitán de un barco de comercio se ofreció a llevarte, así que lo encontrarás mañana en el puerto. Su nombre es Aetos, partirán a medio día.
ㅡEstá bien. Iré a prepararme ㅡManigoldo dio media vuelta para irse, levantando la mano derecha a manera de despedida.
Una vez que se hallaba a la distancia, el sosegado patriarca miró al Caballero de Piscis que se encontraba a al menos dos metros de distancia.
ㅡLo cierto es que temo que los estragos que provocó Tifón hayan despertado alguno de los misterios que se esconden en las profundidades de los mares ㅡdijo Sage, cerrando los ojos.
ㅡQuizá sea necesario que vaya de todas formas ㅡLugonis aunque confiaba en Manigoldo por el hecho de que era el alumno del Patriarca, no podía evitar sentir cierta conmoción al respecto.
ㅡMe temo que no es posible, Lugonis. Tu condición debido al ritual de Lazos Carmesí con Albafica ha empeorado demasiado tu salud, no estás en condiciones ahora para una misión de tales magnitudes. Tu mayor misión ahora es Albafica y lo sabes. Es por eso mismo que he venido a verte hasta acá ㅡaclaró el Patriarca en tono neutro. Aunque la situación del Caballero de Piscis le resultaba triste, como respeto a su compañero de armas, se negaba a mostrarle alguna clase de lástima por la vida que este llevaba, por eso mismo utilizaba siempre un tono autoritario en su voz.
Ante eso, Lugonis bajo la vista. Su semblante cansado lo delataba a leguas. Los cabellos rojos caían como un viento suave que lleva consigo las hojas de otoño sobre su rostro decaído, marcado inevitablemente por la enfermedad y la sangre que gritaba dentro de sus venas.
ㅡEntonces, al final de mis días no me queda más que ser una sombra a la espera de la muerte ㅡmencionó Piscis, sintiéndose inútil. Sage lo miró y un reflejo de compasión brilló en sus ojos.
ㅡNo he dicho tal cosa, al contrario, vine aquí con un propósito: quiero que envíes a Albafica a esta misión.
Lugonis amplió la mirada al oír aquello y de inmediato miró a Sage con interrogación.
ㅡPero Patriarca, podría ser peligroso… para todos ㅡsin disimulo, Lugonis expresó las dudas que lo acogieron de inmediato, luego de haber oído la petición del Pope.
ㅡHas dicho que no te queda más que esperar la muerte; pero te he dicho que tu misión ahora es el legado que le estás dando a Albafica. Es tu alumno, y así como confío en ti, pondré mi confianza en él. No podrás entrenarlo por entero estando ambos encerrados en ese jardín; pero creo que lo has educado bien y esta misión te ayudará a entenderlo… ¿Aceptarás la tarea que les he encomendado?
Lugonis cerró los ojos y se arrodilló frente a Sage.
ㅡSí.
ㅡBien, ve ahora a informárselo. Y descuida, mi alumno no será su única compañía. Serán bien guiados, tenlo por seguro.
ㅡLo haré, Patriarca ㅡLugonis se levantóㅡ. Gracias por confiar en mi alumno ㅡexpresó antes de irse, ante lo cual Sage asintió, para que Piscis diera media vuelta y comenzara a andar de regreso a su jardín.
En su camino, Lugonis reflexionaba sobre lo que el Patriarca le había dicho. Sabía que no debía cuestionar sus órdenes, y que todas sus estrategias siempre eran bien pensadas, por lo que él también debía razonar hasta hallar la forma en como Sage veía las cosas. En lugar de dirigirse con Albafica, quien posiblemente lo estuviera esperando en la parte de entrenamiento o dentro de su cabaña, Lugonis se quedó en la entrada del jardín, sentado entre sus compañeras de elegantes ropajes carmesí.
El atardecer caía sutilmente en el horizonte, el sol también se había vestido de un rojo tenue, y el cielo devenía de ese color a naranja, rosa y morado. Pronto el oscuro azul de la noche caería bajo el yugo de las estrellas. El tiempo fluía frente a la atenta mirada de Lugonis. En contemplación del cielo, observó las estrellas navegantes en un mar de oscuridad, igual de inmenso y misterioso que el océano. Lugonis pensó que aquellas ninfas luminosas no eran naufragas a mitad de un universo vasto, y más bien continuaban su travesía construyendo caminos de luz.
Al principio, aunque parecieran carentes de un propósito, cada una de ellas, más que ser un ornamento en el cobijo de los dioses, también cumplían una misión. No se trataban de una simple fruslería; al igual que sus rosas, al igual que su discípulo, Albafica no había sido un capricho suyo, un motivo para no estar solo. Si Lugonis quería partir al mundo de los muertos con el espíritu tranquilo, sabía que antes debía concretar que su alumno estuviera listo.
ㅡ¿Maestro? ㅡla voz del muchacho que era como su hijo, se hizo oír suave. Lugonis bajó la mirada que hasta esos momentos había estado prendada al cielo y ahora contemplaba a su discípulo. Yacía frente a él, con el semblante temeroso. Ante esa visión, Lugonis sonrió ligeramente, pues estaba seguro de que Albafica ya se había castigado lo suficiente en sus remordimientos por haber dejado el jardín.
ㅡAlbafica, siéntate, por favor ㅡpidió, con voz tranquila. Eso le dio a su alumno un poco de confianzaㅡ. Dime algo ¿por qué saliste del jardín? Sabes el peligro que eso significa para otros.
ㅡQuería ver los entrenamientos de otros aspirantes a Caballero…
ㅡ¿Te sientes solo?
ㅡNo ㅡse apresuró a responder Albaficaㅡ. Usted sabe muy bien que su compañía es suficiente para mí ㅡel joven suspiróㅡ. Pero temo no saber cómo enfrentarme a alguno de ellos cuando la prueba para convertirme en Caballero llegue para mí. Temo no estar a la altura o por el contrario temo que alguno de ellos resulte herido de gravedad.
Al oírlo decir aquello, Lugonis comprendió a la perfección. Ahora entendía claramente a Sage, y todo ante él se presentaba de una forma muy clara.
ㅡEscucha, como castigo te encomendaré una tarea: Irás mañana con Manigoldo de Cáncer a una misión en Italia ㅡAlbafica amplió los ojos con sorpresa y escuchó impaciente lo que Lugonis le narraba sobre lo que aquella tarea implicabaㅡ. Partirán mañana a medio día.
Su alumno no respondió. Se quedó pétreo bajo la luz de la luna, su piel blanca lo hizo parecer una estatua de mármol.
ㅡ¿Yo? ㅡlogró decir, apenas en un hálito de voz. Su mirada se perdía entre las rosas, mientras su mente viajaba a todas las posibilidades que podrían terminar en la muerte de alguien inocente. Lugonis sabía que la noticia lo estaba perturbando.
ㅡAsí es, irás Albafica.
ㅡPero… ¡No entiendo! ㅡcomo si se le hubiera regresado la vida de un instante a otro, Albafica parecía haber pasado de ser un cadáver a una rosa que esgrime sus espinas en contra de aquello que la amenaza. Se levantó inmediatamenteㅡ. ¡No lo entiendo, maestro! ¡Es injusto! ¿Cómo puede enviarme a una misión así? ¡Podría matar a alguien! Es injusto poner en riesgo la vida de las personas sólo para darme una lección. ¡Además no quiero ser compañero de ese idiota!
ㅡ¿Acabaste? ㅡcuestionó Lugonis mirándolo con reprobación. Albafica tranquilizó su semblante al darse cuenta de que le había gritado a su maestro. Tomó asiento y bajó la mirada a manera de disculpa.
ㅡLo siento mucho maestro. Pero yo… No estoy listo.
Lugonis también suavizo su temple. Lo miró, piadosamente, como un padre que recibe en sus manos las frustraciones y temores de su hijo. En su naturaleza no estaba el abrazar a Albafica con los brazos, pero quizá sí con las palabras, mismas que un padre ofrece cuando el destino se presenta oscuro ante los ojos de su hijo; hilvanando un discurso con un significado solemne.
ㅡAlbafica, en primer lugar ese joven al que llamas idiota es alumno del Patriarca Sage.
ㅡBueno sí… ㅡel joven suspiróㅡ. Pero eso no lo vuelve mejor que yo. Usted también es un buen maestro.
Lugonis sonrió tranquilamente.
ㅡTienes razón en algo, él no es mejor que tú y tú no eres mejor que él. En el futuro tendrás que compartir misiones con tus compañeros por decisión del Patriarca. Por lo tanto, tienes que guardar esto en tu mente: a pesar de la condición de tu sangre, no siempre se te podrá dar un trato especial; el trabajo pesado entonces recaerá en ti.
ㅡPero usted dijo que nos aguarda una vida llena de soledad… no entiendo ㅡla voz de su alumno sonaba preocupada.
ㅡEs verdad, eso es lo que dije ㅡcariñosamente, Lugonis colocó una mano en el hombro del jovenㅡ. Pero hay algo que debes entender, la soledad se compone de dos partes: una es la soledad que tú puedes imponerte y otra es la soledad que las personas deciden darte.
ㅡ¿Entonces aunque trate de alejarme de las personas, siempre va a haber quienes quieran estar a mi alrededor?
ㅡAsí es Albafica, quizá de eso se trata ㅡel Caballero de Piscis suspiróㅡ. La tan diversa naturaleza humana está diseñada para coexistir con otros.
ㅡNo estoy seguro de que pueda hacerlo ㅡmencionó con la mirada bajaㅡ. ¿Usted cree que estoy listo?
ㅡLo creo, Albafica ㅡdijo Lugonis, con el semblante serioㅡ. ¿Sabes? Se me ha encargado otra misión y por eso yo no podré ir ㅡmintióㅡ, en un principio, debo admitir que me he sentido ligeramente inútil ya que la misión de la que yo me encargaré es muy sencilla. Sin embargo, ahora que lo pienso bien… No soy un inútil, porque estoy seguro de que serás de mucha ayuda en esta tarea. Las personas tienen la mala costumbre de no confiar en sus dos manos, pero con el tiempo he aprendido que eso es algo muy errado. Si siempre utilizo mi mano derecha ¿cómo sabré que tan buena puede ser la izquierda? ¿si siempre seré yo quien sea enviado a las misiones, como sabré lo bueno que puedes llegar a ser tú? Confío en ti como en una de mis extremidades, así como los guerreros confían en su espada como si fuera una extensión de su brazo.
Esas palabras calaron profundo en el joven de ojos azules. Cuando miró a su maestro hablarle de la confianza que depositaba en él, vio sus ojos sosegados, su sonrisa apacible siendo dulcemente adornada ya por algunas arrugas, brindando a su vez júbilo a aquellos pómulos remarcados por la palidez y delgadez; las sombras de las ojeras ya no eran el descanso de unos ojos présbitas, eran un peldaño para subir a ese par de ventanas que daban paso a aquella alma noble que daba vida a Lugonis.
Albafica sabía que últimamente su maestro se veía agotado y cada vez más débil, pero que le regalara una imagen de sí mismo dotada de serenidad, confianza y alegría al mismo tiempo lo hizo sentir increíblemente tranquilo y todas sus dudas acallaron.
ㅡEstá bien maestro ㅡdijo con una sonrisaㅡ. Lo haré.
ㅡXㅡ
El sol se levantó en el horizonte. Las nubes; eternas peregrinas del cielo celeste, apaciguaban un poco la luz del Astro Rey, por lo que la mañana se sentía con un clima fresco y agradable.
Subiendo las escaleras que llevarían al Templo del Patriarca, Manigoldo bostezó. Yacía vestido con un par de pantalones negros y una gabardina del mismo color que dejaba entrever su camisa de algodón blanca debido a que el abrigo estaba desabotonado hasta mitad del pecho. En la espalda llevaba la Caja de Pandora de su armadura.
Abrió la puerta de madera, la luz se filtró del exterior, delineando su silueta.
ㅡLlegas tarde, Manigoldo ㅡsuspiró Sage.
ㅡ¡Hey! ¡Pero ya estoy aquí! ㅡManigoldo parpadeó algunas veces cuando vio que su maestro tenía compañíaㅡ. ¿Qué hace él aquí? Creí que iría solo a esta misión.
Ante tal comentario, el otro hombre sonrió.
ㅡTranquilo, prometo no ser un estorbo ㅡmencionó a manera de broma.
ㅡNo creo que seas tú quien necesite ser amable, Sísifo ㅡseñaló Sage, levantándose de su asientoㅡ. Lamento los malos métodos que tiene mi discípulo para saludar ㅡluego de ello miró a Manigoldo quien todavía tenía cara de interroganteㅡ, Sísifo ha estado viajando por el mundo junto a El Cid en busca de la reencarnación de Athena en este siglo. Regresó al Santuario cuando sintió los movimientos telúricos que se presentaron por la amenaza de Tifón. Ahora que todo parece estar en calma, irá en la embarcación contigo pues comenzará a buscar a Athena en Sicilia, luego en Italia.
ㅡAsí es ㅡrespondió Sísifo serioㅡ, si no la encuentro ahí, tendré que continuar al norte.
Manigolodo simplemente se encogió de hombros y asintió. Luego ambos Caballeros se arrodillaron frente al Patriarca.
ㅡLes encomiendo está tarea. Sé que no fallarán ㅡdijo Sageㅡ, vayan.
ㅡ¡Sí! ㅡAmbos Caballeros se levantaron y dieron la vuelta.
ㅡ¡Hasta luego, viejo! ㅡY ahí estaba, Manigoldo no podía guardar las apariencias con nadie.
La puerta se cerró y la luz dejó de entrar. Sage se quitó el casco y se sentó en el Trono, ligeramente agotado.
Mientras tanto, Manigoldo y Sísifo bajaban las escalinatas a Piscis. El Caballero de Sagitario mostraba un porte taciturno pero amable. Manigoldo por su lado, continuaba bostezando.
ㅡOye, ¿por qué Athena no vino a nacer aquí en el Santuario? Creí que eso es lo que habitualmente hacía ㅡpreguntó de repente, llevándose la mano al cabello para peinárselo un poco. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo desordenado que lo llevaba.
ㅡAún no estoy seguro ㅡcomentó Sísifo, que a diferencia de su acompañante, ya se veía bien despierto y preparado para el nuevo díaㅡ. Pero Athena suele ser una diosa muy amable, y creo que posiblemente ha decidido nacer fuera del Santuario para conocer la vida de una persona normal; así sabrá con mayor certeza por lo que peleará.
ㅡHmm ㅡfue lo único que Manigoldo respondió. Le parecía que eso era demasiado drama.
ㅡEntregarse al dolor por voluntad propia es un sacrificio importante ㅡsiguió Sagitarioㅡ, más que ayudarla a entender los sentires humanos, creo que le ayudará a la construcción de su corazón, para cuando la Guerra Santa inicie. Pero es esencial que la traiga al Santuario, antes de que algún Espectro de Hades la encuentre primero.
Cáncer no dijo nada, simplemente se rascó la cabeza. De buenas a primeras le parecía que aquel era un sacrificio inútil, ya que siendo ella diosa, tenía la oportunidad de vivir tranquilamente, sin dolor ni angustia, pero aun así decidía entregarse a la monotonía de la vida humana. Comenzaba a cuestionarse que profundidad tendría aquello.
Pero quizá eso la ayudaría a templar su corazón. En ese sentido, Sísifo tenía razón.
Se detuvieron en el templo de Piscis.
ㅡ¿Qué esperamos? ㅡcuestionó Manigoldo mirando a los alrededores.
ㅡAhora sí, esperamos a tu compañero ㅡrespondió Sísifo.
ㅡ¿Qué? ㅡManigoldo vio que Albafica salía del jardín de Piscis junto a su maestro. No vestía las ropas de entrenamiento, sino que llevaba un atuendo similar al de Manigoldo, el cual también era idéntico al de Sísifo, lo único que los diferenciaba es que Piscis y Sagitario se veían más presentables y que el alumno de Lugonis no llevaba armadura ㅡ. ¿Albarica?
ㅡ¿Qué dijiste? ㅡpreguntó Sísifo, quien creyó no haber oído bien.
ㅡEh no, nada.
Lugonis conversaba con Albafica, Manigoldo no supo que tanto hablaban, pero cuando la conversación terminó, el Caballero de Piscis los miró solemnemente y Cáncer notó que Sísifo respondió a aquella mirada con un asentimiento. Luego de eso, Albafica se aproximó a ellos, aunque mantuvo su distancia y los tres comenzaron a andar escaleras abajo para salir del Santuario en dirección al puerto.
ㅡ¡Oh! ¡Entonces este rarito nos hará compañía! ㅡdijo Manigoldo, divertido. Sísifo parpadeó un poco.
ㅡ¿Rarito? ㅡse preguntó para sí.
ㅡLo que pasa es que eres lo suficientemente ciego y debo asegurarme de que no termines coqueteándole a los hombres de la tripulación, el Patriarca no querrá que los incomodes ㅡrespondió Albafica quien les llevaba la delantera ㅡ, a menos de que, claro… esos sean tus gustos ㅡcomentó como si nada, pero con un deje de maldad.
Manigoldo frunció el ceño, pero terminó por sonreír.
ㅡ¡Oh, de eso se trataba! Lo siento, no eres mi tipo. No tienes porqué cuidarme, jamás te corresponderé…
Albafica chasqueó la lengua, frunciendo el ceño.
Se molestaron e insultaron todo el camino que Sísifo podría jurar que ni habiendo viajado por todo el mundo había podido aprender aquella variedad de léxico ofensivo, ni si quiera se imaginó que el lenguaje se prestara, con una envidiosa facilidad, a aquellas tareas.
Llegaron a la bahía en cuestión de minutos. Los esperaba un hombre alto y de complexión ligeramente ancha, con piel roja y cabellos negros hasta los hombros. Vestía un pantalón café con una sencilla y algo desgastada camisa beige.
ㅡBuenos días, Caballeros de Athena. Yo soy Aetos y este es mi barco ㅡseñaló en dirección sureste a un navío que fondeaba algo lejos de la costa.
La embarcación se trataba de un galeón tipo velero, largo y ligeramente estrecho, pero no muy alto, con una arboladura que consistía en tres mástiles y un bauprés. De popa a proa se hallaba el palo de mesana que medía seis metros y poseía una vela latina, el palo mayor con una altura de aproximadamente diez metros y el trinquete con una medida de entre siete y ocho metros, estos últimos de velas cuadradas. El bauprés tenía una extensión de cinco metros lo que le permitía a la embarcación acoplarse perfectamente a los vientos y aprovechar su fuerza al máximo.
ㅡ¡Suban a este pequeño velero! No podemos anclar en la costa ㅡhabló Aetos, saltando a un bote. Los caballeros lo siguieron junto a otro hombre que se encargaría de llevar el velero de regreso a la bahía ㅡ. ¡Los vientos hoy son favorables! No hay que desperdiciarlos.
Al acercarse más al navío, Sísifo notó que este tenía dos filas de cuatro escotillas sobre el casco del barco, lo que denotaba que eran la salida de los cañones. También notó que el galeón carecía de bandera.
ㅡSe ve que es un barco muy poderoso ㅡcomentóㅡ. ¿Estuvo en servicio militar?
ㅡAh, sí ㅡel capitán suspiró ㅡ. Hace mucho tiempo, en una ligera pelea naval olvidada por Zeus. Ya nadie recuerda aquellos días en los que todavía los griegos nos atrevíamos a pelear por la soberanía de Grecia, ahora todos se someten como prostitutas bajo el Imperio Turco.
ㅡ¿Usted peleó en aquella batalla?
ㅡNo, no lo hice yo. Fue mi tatarabuelo ㅡSísifo lo miró serio pero el hombre rioㅡ. Sí amigo, yo también soy una vil prostituta ㅡAetos dio un pesado suspiroㅡ. Pero sí, así puede notar que el barco es algo viejo, más como una herencia familiar que sirve para el sustento de uno que no puede abandonar el mar, que como un buque de guerra. Aunque este tiene modificaciones, por ejemplo, en lugar de tener aquellos antiguos pinzotes ya cuenta con timón de rueda y eso ayuda mucho en los viajes.
ㅡ¡Suelten los amarres! ㅡgritó el contramaestre cuando les vio aproximarse.
Se detuvieron a babor del barco y ascendieron a él por medio de los amarres. Al estar en la cubierta principal, el capitán se dirigió a la cubierta de popa, donde estaba el timón, para otear el horizonte. El piloto le informó que no había contratiempo.
ㅡTenemos viento en popa, y ya vamos en dirección a Peloponeso. Quizá tardemos un día en llegar allá, otro en bordear su península y llegar al mar Jónico. Posiblemente lleguemos a Sicilia en tres días.
ㅡ¡Ah! ¡Nos ahorraríamos un día entero si tan sólo no fuera por el Istmo de Corinto! ㅡexclamó el maestre, siempre fastidiado por el mismo dilema. Sísifo y Manigoldo quienes habían seguido al capitán, oían atentos la conversación que mantenían los marinos.
ㅡ¿Istmo de Corinto? ㅡconsultó Manigoldoㅡ. ¿Qué diablos es eso?
ㅡEs una pequeña extensión de tierra que une a Peloponeso con la región sur de Grecia ㅡexplicó Sísifoㅡ, sino estuviera podríamos cruzar por ahí y llegar directo al mar Jónico, en lugar de tener que bordear la península.
ㅡLamentablemente no existe canal que permita el tránsito de barcos por esa zona ㅡle dijo el maestre, quien era un hombre barrigón pero con expresión recia y un porte firme.
ㅡTres días sin hacer nada ¡Vaya misión! ¿Quién entiende a ese viejo? ㅡManigoldo se estiró de hombrosㅡ. Primero me manda a esta misión para que no me aburra y ahora resulta que estaré tres días rodeado de puro mar, ¡qué aburrido!
El maestre y contramaestre lo escucharon atentamente y se miraron entre sí, por su lado el capitán había ido con el piloto a conversar un poco sobre el horario y el posible pronóstico del tiempo para tomar precauciones en caso de borrascas que no fuesen favorables para el viaje. Tampoco podían fondear si querían llegar lo más pronto posible.
ㅡNo necesitas ser tan pesimista. El viaje de Aldebarán fue más pesado: primero tuvo que viajar a Creta para encontrarse con Cor Tauri y luego navegar al noroeste para llegar a Sicilia al Monte Etna.
ㅡ¿Cor Tauri? ㅡcuestionó Cáncer. Sísifo simplemente suspiró rendido.
Mientras tanto Albafica había ido a sentarse en un rincón de alta cubierta, apegado a la borda de estribor. A su izquierda estaba cercana la puerta que daba con la cabina del capitán.
Trataba de mantenerse lo más alejado posible de la tripulación. Todos parecían estar ocupados en sus tareas y ninguno se cruzaba con él, cosa que lo tranquilizó. Se sentía inquieto en parte, por toda la gente que le rodeaba, ya que estaba poco habituado a tan excesiva compañía. Deducía que a bordo debían ir al menos veinte hombres, a parte de sus compañeros del Santuario.
Viró su mirada al mar. De pronto le pareció que su visión se había dividido en dos tonalidades de azul que contrastaban potencialmente y sin embargo que se mezclaban a la perfección. El mar azul mecía suavemente la embarcación, como un engaño, esa calma no sería duradera, lo sentía como una corazonada, por algo había oído decir que el mar es traicionero. Bajo el casco del barco Albafica podía lograr ver como la espuma viajaba como si fueran las sirenas extendiendo sus alas blancas para guiar la travesía y el murmullo del mar le parecía el canto apaciguador y atrayente que hacía que los navegantes se volvieran locos de amor por esos seres mitológicos que, como contaban las viejas historias, poseían una hermosa voz que sonaba hasta los lugares más recónditos del alma y la enajenaba hasta hacerla perderse.
La madera crujía ligeramente, en protesta por el peso al que era sometida. El barco le parecía grande, siendo que nunca había viajado en uno antes. Y lo cierto es que, de alguna forma, estaba ligeramente asustado por un factor que hasta ese momento había pasado por alto: nadar.
¿Y si se presentaba la necesidad de nadar? Albafica no sabía que haría puesto que no tenía la más mínima idea de cómo nadar. De repente le pareció que se marearía, pero por suerte suya, eso no pasó.
ㅡ¡Oye, Albarica! ㅡhabló Manigoldo, acercándose a él. El alumno de Lugonis se retiró de sus pensamientos y le lanzó una mirada férrea ㅡ. ¡Ay, tranquilo, no es para tanto! ㅡdijo tranquilamente, Cáncerㅡ. Ya, hablando de manera seria, sólo quería preguntarte algo.
ㅡ¿Qué cosa es? ㅡconsultó Albafica con un tono de voz molesto.
ㅡ¿En serio no eres mujer? ㅡel aspirante a Piscis chasqueó la lengua y Manigoldo echó a reír con ganasㅡ. ¡Ya, ya, está bien! ¡Ya no lo haré! Es que, ¿sabes? ¡tienes que entenderme! ¡estaremos aquí tres días, debo hallar manera de distraerme! ㅡdecía entre risas. Albafica sólo lo miraba fastidiado.
ㅡSi tan aburrido está, le tengo la solución perfecta ㅡhabló el maestre acercándose a Manigoldo para entregarle una cubeta de madera con agua y un trapoㅡ. En este barco usted sólo es un paje así que mejor póngase a fregar la cubierta.
ㅡ¿Qué? ㅡManigoldo, se quedó mirando al maestreㅡ. Oiga… mi aburrimiento no es para tanto.
ㅡLo siento, pero este es un barco de comercio y sólo transportamos mercancía. Ni polizontes ni pasajeros, todos los que están aquí deben hacer algo. El Patriarca Sage estuvo de acuerdo en eso.
ㅡ¿Qué? ¡Ese viejo no me dijo nada! ㅡManigoldo se quitó la gabardina y se alejó para comenzar a restregar la cubierta, refunfuñando un montón de cosas que Albafica no alcanzó a oír, pero la escena le pareció divertida.
ㅡParece que ese joven te estaba causando molestias ㅡhabló el maestre y Albafica le sonrióㅡ, creo que eso lo callará por unos momentos.
ㅡMuchas gracias por eso.
ㅡNo hay de qué, joven. Aunque no estaba mintiendo cuando le dije que todos debemos hacer algo aquí ㅡel maestre le entregó un catalejo a Albaficaㅡ. He oído que tu sangre es venenosa, así que creo que te hará bien hacer vigía. Ve hacía la cofa del trinquete ㅡseñaló el mástil más cercano a la proaㅡ. Posiblemente eso hará las cosas más fáciles. Avisa si ves alguna anomalía ¿de acuerdo?
ㅡ¡Por supuesto! ㅡen realidad, la tarea que se le acababa de dar hacía que Albafica se sintiera mucho más tranquilo, pues podría estar alejado de la tripulación y eso no implicaría ningún peligro para nadie.
Sin esperar más, guardó el catalejo en su gabardina y se apresuró al trinquete, para subir por los obenques y quedarse en la cofa, o la canastilla del vigía. Debía admitir que además de la tranquilidad que su puesto ofrecía, también le regalaba una mejor y más maravillosa vista de las cosas. Incluso podía ver a Manigoldo fregando la cubierta principal y aquello le divertía. Mientras tanto Sisífo se mantenía en compañía del piloto, ambos guiaban la nave. A fin de cuentas, eso era razonable, pues Sísifo había viajado tanto, por lo que posiblemente ya poseía varios conocimientos de náutica.
Dando un suspiro de alivio, Albafica se dispuso a cumplir con su tarea.
ㅡXㅡ
La noche cayó sin que se dieran cuenta. Continuaban avanzando a la misma velocidad y el firmamento se veía hermoso. No había rastro de nubes y el agua parecía haber sido apaciguada por la mano de Poseidón. Había calma, y para Albafica parecía que el espíritu del mar los había acogido con amabilidad, debido a que no habían tenido ningún contratiempo.
Hacía algo de frío, debía aceptarlo. Pero realmente no era nada si se le comparaba a los duros entrenamientos a los que su maestro lo sometió. Su piel, aunque nívea, era dura y fría, no habituada al tacto. Lo que realmente torturaba a Albafica en aquellos momentos era su estómago. No había bajado en todo el día y ahora todos yacían en las bodegas, posiblemente bebiendo y comiendo y Albafica no sabía dónde buscar comida sin tener que cruzarse con todos los de la tripulación.
Suspiró.
ㅡEs una noche tranquila ㅡdijo una voz. Por instinto Albafica se apartó de la entrada de la cofa hacía el lado contrario.
ㅡEso me parece ㅡrespondió con voz indiferenteㅡ. ¿Qué haces aquí? ㅡcuestionó, esquivo.
ㅡDescuida, no me quedaré mucho tiempo ㅡdijo Sísifo quien había terminado de subir los obenques ㅡ. Sólo te traje esto, ㅡdepositó sobre la cofa un plato de frutas, pan y una botella de vidrio con agua. También le había traído una manta.
Albafica miró la comida y de pronto sintió que Sísifo había sido su salvación.
ㅡGracias, puedes irte ㅡrespondió con la misma voz fría. Sísifo rio.
ㅡOh, ¿tan indeseable soy?
ㅡNo, no es eso… ㅡse apresuró a decir Albafica.
ㅡDescuida, ya lo sé ㅡSísifo tomó asiento en la entrada y rio suavemente. Albafica permanecía del otro lado y el palo del mástil ponía una división entre ellosㅡ. Es por tu sangre.
ㅡSi ya lo sabes, por favor, retírate ㅡvolvió a hablar, distante.
ㅡDe acuerdo… Sólo quería decirte que, me siento honrado de compartir esta travesía contigo, alumno de Lugonis ㅡAlbafica amplió la mirada cuando lo escuchó decir aquello. Sísifo interpretó el silencio que el joven le regresaba como una forma de pedirle que continuaraㅡ. Tu maestro fue mi contrincante cuando tuve que hacer la prueba para Caballero Dorado. Fue una pelea difícil y, a día de hoy, sigue guardada en mi memoria como un recordatorio de mi propia humildad en el Santuario. Lugonis es un Caballero al que indudablemente admiro mucho y me siento muy feliz de compartir un mismo propósito con él y con su alumno. Pelearemos juntos en esta Guerra Santa así que sólo quiero que sepas que siempre podrás contar con mi apoyo ¿de acuerdo?
ㅡGracias ㅡlogró decir el aspirante a Piscisㅡ. Pero no creo que sea necesario tu apoyo. De cualquier forma, aprecio tus palabras.
Sísifo cerró los ojos y sonrió. Reconoció ese, el orgullo de Piscis, que antes había visto en Lugonis, ahora en las palabras de Albafica. Sabía que la condición natural del legado de la armadura de los peces les prohibía a sus portadores relacionarse con otros, pero él siempre había sido como un escudo; dispuesto a desgarrar su propia coraza con tal de proteger a otros… incluso si eso incluía protegerlos de sí mismos.
No dijeron nada más puesto que las risas que se oían desde las bodegas los distrajeron. Manigoldo salió a cubierta, tambaleándose ligeramente.
ㅡOigan, esos tipos ㅡhipóㅡ, ¡sí que saben divertirse!
ㅡVeo que han charlado mucho ㅡle gritó Sísifo todavía desde arriba y Manigoldo asintió, levantando el dedo pulgar de su mano derecha.
ㅡ¡Sí! ¡Hemos charlado! ㅡse apoyó en la borda pues en cualquier momento sentía que caeríaㅡ ¡Charlamos como veinte botellas de vino y doce de ron! ¡Fue una plática muy productiva!
Albafica sonrió ante aquel comentario, al mismo tiempo que negaba con la cabeza. Sísifo rio, pero dejó de hacerlo cuando escuchó un sonido hueco y terminó encontrándose con que Manigoldo al fin se había caído y ahora yacía extendido a pierna suelta sobre la cubierta.
ㅡManigoldo ¿estás bien? ㅡcuestionó el mayor, a lo cual Cáncer simplemente levantó de nuevo la mano derecha y alzó el pulgar.
ㅡ¿Sabes, Sagitario? ㅡdijo Manigoldo, contemplando el cielo extenso frente a él, lleno de estrellasㅡ. Esto me trae recuerdos.
ㅡ¿Recuerdos? ㅡle preguntó Sísifo. Cáncer asintió. Ahora su voz se notaba más serena, ya no era el tono burlón que siempre utilizaba.
ㅡDe mi entrenamiento ㅡcomenzó, con una sonrisaㅡ. Cuando no podía dormir por las pesadillas; tú sabes, todo quemándose, y el estúpido color rojo abundante en el suelo, en las paredes… en mis propias manos. Mis oídos se rompían de los gritos de terror; los hombres golpeados, las mujeres violadas, los niños sin padres, pero no estaban ahí. Nadie gritaba y yo seguía oyendo. El viejo decía que una buena terapia era mirar las estrellas y cuando no podía dormir salía a contemplarlas.
Albafica lo miró extrañado, a pesar de que Manigoldo no había hablado con voz fuerte, lo hizo con el volumen suficiente como para que el alumno de Lugonis oyera todo. Le parecía que ahora ante él había un Caballero de Cáncer diferente, más nostálgico y menos cínico.
ㅡ¿Y qué sientes al mirarlas? ㅡle preguntó Sísifo, observándolo con empatía.
ㅡMe hacen sentir tranquilidad ㅡconfesó, con un par de lágrimas bajando por sus ojosㅡ. Ellas son el recuerdo que tengo de que no soy una basura. Un recuerdo que no está manchado de sangre ㅡsonrió, tratando de ocultar su dolorㅡ. La verdad, no sé qué sería de mi sin ese viejo…
ㅡ¿Qué le sucede? ㅡcuestionó Albafica, que no comprendía. Sísifo lo miró con algo de tristeza.
ㅡEl pasado de Manigoldo es complicado ㅡpudo decir.
ㅡPero él nunca es así. Es una persona bromista y molesta todo el tiempo ㅡalegó el más joven ahí.
ㅡBueno, ya sabes lo que dice ese viejo proverbio latín ㅡdijo Sísifo, levantándose y preparándose para bajar los obenquesㅡ. "In vino veritas, in aqua sanitas".
Albafica, saliendo del escondite que el palo de mástil le ofrecía, miró a Sísifo sin entender.
ㅡ "En el vino está la verdad, en el agua está la salud" ㅡSísifo sonrió, tristeㅡ. Hay quienes creen que la gente bebe para olvidar; al contrario, el vino les abre el corazón y les afloja la lengua. De otra forma, no pueden liberar la opresión que sienten. Gente con un pasado como el de Manigoldo es así ㅡSagitario miró a Albafica con esos ojos amables que tanto le caracterizabanㅡ. Pero el agua hidrata, da vida y es transparente. Es esa falta de transparencia lo que los hace sufrir ㅡcomenzó a descenderㅡ. Hasta mañana, Albafica.
ㅡHasta mañana ㅡa partir de ahí, el alumno de Lugonis se quedó atrapado en sus pensamientos.
Observó a Sísifo ir en ayuda de Manigoldo, pasando un brazo sobre su hombro para llevarlo a recostarse en una de las esquinas del alta cubierta y le colocó una manta. Luego él mismo se dispuso a dormir en un lugar no muy lejano.
Lo cierto es que hasta ese momento Albafica no se había dado cuenta de que en muchas ocasiones, la soledad está arraigada a una persona de manera natural; le pareció que así era Manigoldo. Su soledad era semejante a la suya; quizá Cáncer no se empeñaba en estar solo y podía compartir fácilmente la compañía de otras personas; pero no sucedía así con su interior. Ahí, en ese lugar, él estaba solo.
O quizá no. Albafica pensó que tal vez el Patriarca había logrado entrar en esa habitación oscura y lúgubre que poblaba el alma de Manigoldo.
Luego pensó que no volvería a juzgar a nadie, y de ahora en adelante, haría un esfuerzo por soportarlo.
ㅡXㅡ
Los días transcurrieron pronto. Era la noche del tercer día y Sísifo le había dicho al más joven de la tripulación que faltaban aproximadamente poco más allá de dos millas para que llegaran a las costas de Sicilia. En lo que duró la travesía, no hubo contratiempos y Albafica cumplió bien con su deber. De vez en cuando abandonaba su puesto cuando la ocasión lo ameritaba, y por muy poco tiempo. Pero fuera de eso, informaba cualquier anomalía que observaba a la distancia lo que los hizo evitar caer en borrascas en algunas ocasiones.
También había logrado conversar con Manigoldo sin que ambos se insultaran mutuamente. Incluso se hicieron reír a base de comentarios no tan agresivos. Sísifo mismo se sorprendió de aquello.
Estaba algo cansado. Si bien le gustaba su papel en el barco, su lugar de estadía no era muy bueno para el descanso. Albafica cerró los ojos involuntariamente. Tenía sueño, pero debía seguir vigilando.
Sacudió la cabeza. Echó un vistazo abajo y miró a algunos de los tripulantes durmiendo y roncando sobre la cubierta. Manigoldo estaba despierto y observaba el mar, recargado en la borda de babor. Por su lado Sísifo se mantenía en el timón, aunque el curso ya había sido el mismo desde hacía algunas horas atrás.
ㅡOye, Albafica ㅡoyó la voz de Manigoldo, quien ya se había trasladado a la cubierta de proa. El joven miró hacia abajo.
ㅡ¿Qué sucede, Manigoldo?
ㅡ¿Alguna vez has visitado Italia? ㅡle cuestionó, levantando la mirada. En respuesta, el joven negó ㅡ. ¡Ah! Te va a encantar. Espero que cuando acabemos con esto Hasgard se anime, conozco algunos lugares interesantes y habrá chicas lindas ㅡdijo Cáncer con una sonrisa de oreja a oreja. Albafica negó con la cabeza y también sonrió.
Soltó un bostezo. Podría jurar que ya estaba por quedarse dormido. Sentado, se recargó sobre el mástil y diciéndose que nada podía pasar esa noche, comenzó a entrecerrar los ojos lentamente. No obstante, de repente un escalofrío le azotó el cuerpo. Observó que más adelante, en la trayectoria que seguían, cortinas de neblina se alzaban. Albafica sacó el catalejo y lo extendió, pero no logró ver nada. Luego, sintió una ligera sacudida que recorrió el mar.
ㅡ¿Qué fue eso? ㅡconsultó Manigoldo.
El agua se quedó quieta. Aquella extraña calma era perturbadora. De nuevo un movimiento telúrico recorrió el agua. Sísifo se quedó observando sigilosamente. El viento había cesado de acompañarles, el barco estaba fondeando sin la necesidad de las anclas. Se habían quedado en una completa quietud y sólo un murmullo fantasmal se escuchaba a la distancia.
Otro movimiento. Luego otro más y otro más. Los hombres de la embarcación despertaron. El capitán salió de su cabina. Aquella agitación en el agua se hacía sentir como el latido de un corazón que despierta a la vida.
Por más que se concentraban, ni Sísifo ni Manigoldo ni Albafica lograban sentir un cosmos.
Otro movimiento. De repente el agua se elevó con una fuerza indómita. No tardaron en caer en cuenta que el barco estaba siendo sostenido sobre la cresta de una enorme ola que no paraba de crecer y parecía que buscaba llevarlos hasta el firmamento y hacerles tocar la luna.
Luego bajó y en el ascenso por aquella gran pendiente marina el barco tomó una velocidad increíblemente mayor lo que lo hacía difícil de conducir. Gracias a la altura en la que se hallaban Albafica logró ver más allá de la cortina de niebla que se había formado y concretó que la ola los guiaba directamente a un enorme torbellino marino.
ㅡ¡Sísifo, hay un gran remolino en el agua! ¡Y nos precipitamos hacía el! ㅡSe apresuró a decir. Sísifo tomó el timón e intentó evitar el curso que seguía el agua, pero esta era demasiado fuerte que arrastraba al barco. Atravesaron la capa de neblina y todos miraron con horror que el perímetro de aquel gran remolino debía medir al menos cien brazas.
Albafica sintió un escalofrío inmenso al observar la oscuridad del ojo del vórtice que batía el agua de manera fiera y podía ver con claridad los restos de los bracos que se encontraban girando sin fin en aquel gran monstruo. Observó entre aquellos tajos uno en especial. Sacó rápido el catalejo y observó con detenimiento lo que más temía. Aquel enorme pedazo de madera contenía la siguiente inscripción:
Ἀθήνα
ㅡ¡El navío del Santuario!
Pero se distrajo de sus pensamientos cuando escuchó el grito de horror que soltaron varios hombres que estaban en el barco. El corazón se les apretaba en el pecho. Sus manos se aferraban con tal intensidad al barco que las uñas ya les sangraban. El agua caía a chorros como una lluvia torrencial y el navío se movía sin oponer resistencia a la furia implacable de aquel vórtice en el que poco a poco se iban adentrando. Algunos, los más débiles se desmayaron al ver lo que surgía de entre el agua y Manigoldo tuvo que correr a ayudarlos para que no salieran despedidos del barco a una muerte sin remedio.
De las paredes de agua que se formaban en aquel enorme y fiero remolino asomaron seis enormes cabezas de animales que parecían ser perros, pero con una apariencia horrible y unos dientes filosos que chorreaban la sangre de las víctimas. Las patas eran más bien garras y aletas que guardaban retazos de piel.
ㅡEscila… ㅡsusurró Sísifo.
Continuará…
NdA: ¿Y bien? ¿Cómo creen que salgan de esta? Me gustaría leer sus suposiciones! Total de que les dije que iba a haber fantasía ;D ¡Abrazos! Y agradecimientos especiales a Violet Dragonfly, Ezarel, Erikawaii95 y Tepucihuatl-Shun por comentar el cap anterior. ¡De verdad me han ayudado mucho con sus comentarios!
