7
Sin salida
Eran casi las tres de la madrugada.
Yamato se apretó más a su cazadora de cuero marrón, intentando aplacar el frío, mientras esperaba apoyado junto a uno de esos ruidosos salones de juego que había por toda la ciudad. A pesar de ser tan tarde el local todavía estaba lleno, con casi todas las máquinas tragaperras ocupadas por jugadores trasnochadores, y sin embargo la calle estaba totalmente desierta y vagamente iluminada por alguna farola dispersa. Harto de esperar allí desde hacía casi media hora decidió marcharse, preguntándose en qué estaría pensando cuando aceptó encontrarse allí con él. Pero antes de que echara a andar vio aparecer un coche desde el otro lado de la calle, de color oscuro, con los faros encendidos. No tardó en saber de quién era antes de que parara y él se introdujese en la atmósfera viciada del interior.
―¿Para qué me has llamado? –inquirió con frialdad tras cerrar la puerta.
―Hola a ti también, Matt –saludó Taichi con sorna, mientras reanudaba la marcha del coche–. Vengo a avisarte de que vayas haciendo las maletas: tienes que volver.
―Déjalo ya –contestó bruscamente Yamato, pero conteniendo la agresividad que llevaba acumulando desde hacía tiempo. Después de todo, aunque costase creerlo, Yagami seguía siendo uno de ellos–. Te dije que iba a volver vivir como antes, a…
―Nadie abandona la organización y no tardarán en saber que has vuelto a ponerte en contacto con tu padre –le interrumpió–. ¿Es que crees que no irán a por ti?
―No era importante para ellos, puede que ni siquiera se fijasen en mí –se defendió, aunque él mismo sabía que era un argumento demasiado débil.
―Nah, puede que no seas nadie, pero nunca olvidan –repuso Taichi, que seguía conduciendo por aquella calle céntrica sin cambiar nunca de dirección. Dudaba que estuviesen yendo hacia ninguna parte, sólo era una excusa para retenerlo–. Y sabes cual es el precio, ¿no?
Sí, lo sabía. Aunque no llevaba mucho tiempo trabajando para Paradise, había tenido la oportunidad de ver –y participar– en lo que les pasaba a los desertores. Pero no siempre era un tiro limpio y ya, ellos disfrutaban con el dolor, con la súplica. Era una compensación, una especie de pago, mejor que lo que pudiese ofrecer el dinero. Por eso sabía que su pellejo no duraría mucho más allí; tres meses ya había sido tentar a la suerte y sólo gracias a que inexplicablemente Yagami lo había estado encubriendo.
―Voy a largarme de la ciudad –admitió. Era la única forma de que no lo encontraran y, mientras perdiera el contacto con su familia, no podrían hacerles nada. Su vida tampoco cambiaría tanto, él ya se había acostumbrado a estar solo. Y cualquier cosa era mejor que ese infierno…
Los chillidos de aquella mujer taladraban la puerta. Sólo la había visto por un momento; los segundos que tardaron en sacarla del coche y arrastrarla forcejeando al interior del local. A él todavía no le permitían entrar, formaba parte de esa chusma que se quedaba guardando las puertas traseras y hacía de bulto entre los demás, acatando el trabajo más pesado. Pero en aquella ocasión algo había cambiado, y no sabía qué. Algo que había hecho desaparecer la indiferencia, incluso el regocijo, y había convertido el placer de matar en algo repulsivo y despreciable. Puede que fuera porque era la primera vez que se había fijado realmente en la víctima, y así había podido ponerle su cara al dolor. Sólo sabía que eran insoportables, que no podía seguir escuchando más esos putos gritos… y por eso había huido de allí de una vez por todas, incapaz de poder hacer o decir nada para hacerlos callar, como un maldito cobarde.
Yamato no notó que había quedado en silencio; la sensación de que iban bastante rápido para ser una carretera céntrica fue lo que le hizo salir de esos oscuros recuerdos.
―¿Cuándo has sacado el carné? –preguntó al otro, extrañado. Suponía que ambos debían tener más o menos los mismos años y él hacía poco que había alcanzado la edad para conducir.
―¿Quién dice que lo haya hecho? –Taichi sonrió.
Yamato alzó la vista hacia él, al tiempo que escuchaba un clic, y se dio cuenta de que había saltado el seguro de las puertas. El roce de las ruedas sobre el asfalto se hizo cada vez más intenso, a medida que las formas de la calle se convertían en un cúmulo de luces y sombras borrosas con el ruido creciente de la velocidad.
―¿Pero qué estás haciendo? –reaccionó, mirándolo con una mezcla de incredulidad y desconcierto que su rostro frío no pudo ocultar.
―Ya es demasiado tarde para que intentes echarte atrás –dijo Taichi sin prestarle atención–. No llevas ni tres meses en casa y no sabes cuánto tiempo podrás aguantar sin cargarte a nadie. Podría ser tu padre o tu hermano…
―¡Para el coche! –exigió, pero el otro no lo escuchaba. Tenía las manos fuertemente asidas al volante–. ¡Para de una vez!
Las imágenes tras la ventanilla se sucedían vertiginosamente rápidas. Taichi esquivaba los coches con rudeza, metiéndose en los carriles contrarios y produciendo varios choques a su paso. Aún cuando se encontraron con un semáforo en rojo, apretó el acelerador para franquear el cruce en el momento en que se le echaban encima los vehículos de otra dirección. Su coche pasó como una bala, milagrosamente a salvo, haciendo que el chico soltase una larga exclamación de euforia.
―¡Vamos, Matt! ¡Relájate y disfruta del viaje! –Taichi reía divertido. La locura brillaba en sus ojos castaños.
―¡Para! ¡Joder! ¡Para! –insistió, intentando arrancarle las manos del volante, pero al forcejear estaban perdiendo el poco control del coche.
―¡Sólo di que quieres volver! –le retó Yagami. A pesar del riesgo Yamato no podía responder; las imágenes de aquel último año lo perseguían y se veía incapaz de volver a pasar por esa pesadilla.
"No soy un asesino… en realidad no soy yo…", pensó desesperado. Pero sí lo era, él había permitido que ocurriese. Estaba en una encrucijada.
Un repentino bocinazo, grave y pesado, lo hizo alzar los ojos, encontrándose de frente con un camión que se les echaba encima intentando frenar sin éxito. No hubo más tiempo para pensar, ni para los escrúpulos, sólo escuchó su propia respuesta gritando una afirmación. Taichi giró el volante y pisó los frenos con brusquedad, haciendo que el coche se detuviese en medio de una plaza peatonal y que ambos se golpeasen la espalda contra el asiento por la fuerza de la parada. Yamato no perdió un segundo en levantarse y descender del coche, dando un portazo a sus espaldas. El otro lo imitó con tranquilidad, mientras lo veía alejarse furiosamente.
―¿A dónde vas, Matt? –Su tono sonaba a burla, y eso hizo que el rubio se diese la vuelta y se dirigiera hacia él dispuesto a golpearle.
―¿¡Es que estás loco!? –lo encaró, pero antes de que lo alcanzase, se frenó en seco al encontrarse con el arma de Taichi apuntándole directamente al rostro.
―Te dije que no tardarían en darse cuenta –le recordó Yagami, hablando con una extraña frialdad. Había borrado su sonrisa.
―Tú me delataste –afirmó Yamato, comprendiendo repentinamente todo. La llamada, el viaje en coche… habían sido una excusa para matarle sin testigos–. Qué hijo de puta…
―Aún no está todo perdido –calmó Taichi, a quien parecía estar divirtiéndole todo aquello–, por eso te propuse volver. Si aceptas trabajar en mi equipo, responderé por ti sobre esos tres meses de "vacaciones".
Yamato quedó desconcertado, puede que por haber pasado bruscamente de la certeza de muerte a la posibilidad de vivir. Se dio cuenta de por qué Taichi no lo había delatado antes: ahora sí estaba obligado a aceptar su propuesta.
―¿Para qué me necesitas? –contestó con desconfianza–. Hace años que te dejaron a cargo del distrito y hay varias bandas que colaboran con Paradise de las que te puedes valer.
―De esa gente no te puedes fiar, ni siquiera en un distrito tan tranquilo y sin importancia como Odaiba. Menos ahora que hay problemas en los mandos: Oikawa quiere hacerse con todo el barrio de Minato para controlar Roppongi, y si lo consigue ya no me conviene seguir trabajando solo. A él nunca le caí bien, no se fía de mí… y no le culpo, yo tampoco lo haría.
Yamato miró hacia un lado, resistiéndose a ceder, pero sabía que ya no le quedaban más opciones. Sus escrúpulos no tardarían en desaparecer, tan rápido como venían, se iban… Puede que dentro de poco nunca volvieran a molestarle.
Cuando abrió los ojos, Daisuke no reconoció el lugar en el que acababa de despertarse. Se encontraba recostado en un viejo sofá, en mitad de la sala de un apartamento sencillo, pequeño, y casi vacío salvo por la mesilla baja y los dos sillones paralelos que había a su izquierda. Al lado contrario se veían unos ventanales y, en frente, un estrecho recibidor junto al que estaba una cocina de barra americana. Aunque el lugar todavía estaba a oscuras las primeras luces comenzaban a colarse entre las rendijas de las persianas, que dibujaban puntos brillantes sobre las paredes vacías.
Al intentar moverse el chico sintió un dolor punzante, como de pequeñas agujas, y se encontró con que todo su cuerpo estaba cubierto de vendas. Desconcertado y asustado, se irguió tan bruscamente que resbaló al suelo, provocándose un fuerte mareo. Tuvo que volver a sentarse con más cuidado y apoyar la frente entre las manos durante un rato para procurar saber cómo había llegado allí. Fue rememorando uno por uno los últimos acontecimientos, hasta que su mente lo llevó a un solar vacío, frente a un muro de piedra gris… y entonces alzó el rostro sobresaltado.
"Tengo que escapar de aquí", se dijo con ansiedad, levantándose torpemente del asiento. "Juro que si logro salir de ésta no volveré a robar en el Ai-mart ni a estropearle las citas a Jun. Lo juro, lo juro, lo juro…"
Pero al llegar a la puerta comprobó que estaba cerrada con llave, y tras tironear del pomo intentando abrirla sin éxito, se quedó mirando la sala en busca de otra salida. Tenía que haberla. Pero nunca llegó a moverse; el eco de unos pasos en el rellano lo sobresaltó y empezó a retroceder con terror mientras escuchaba cómo la cerradura de la entrada cedía. Entonces la puerta se abrió precipitadamente y una chica pelirroja, de aspecto nervioso y asustado, se quedó paralizada en el umbral mirándolo de vuelta. Su cara tenía unas marcas de golpes que sobrecogieron al chico, pero antes de que pudiese reaccionar ella se le adelantó y lo pegó contra la pared, tapándole la boca con una mano.
―¡No te muevas! –susurró la desconocida respirando con dificultad. El chico se revolvió, intentando soltarse, pero ella era más fuerte que él–. Escúchame… no le hables a nadie de él… no se lo digas a Kari.
Daisuke no dejó de forcejear, sin saber de qué le estaba hablando, pero al mirarla tan de cerca se dio cuenta de que ella le sonaba de algo. Esa pelirroja… había ido a su instituto, en el mismo equipo de fútbol y puede que en la misma clase que el hermano de Hikari. Por eso quedó desconcertado, ¿ella se estaba refiriendo a Taichi? ¿Sabía que lo había visto?
Sus dedos se deslizaban por las teclas arrancando un sonido constante, casi obsesivo, en la quietud de la habitación. Todo estaba en completa oscuridad salvo por la luz blanquecina del monitor, que dibujaba surcos de sombras su rostro inexpresivo dándole un aspecto enfermizo. En ese momento el reloj digital de su mesilla marcó las seis de la mañana, pero no pareció ser consciente de ese hecho: hacía mucho que había perdido la noción del tiempo. A esas horas era cuando podía trabajar en calma sin posibilidad de interrupciones, ya que el resto del día sus padres lo asediaban con preguntas intentando comprender por qué su perfecto hijo había dejado de ir al instituto desde hacía dos semanas.
―Sabemos que es una época difícil para ti, Koushiro… intentamos comprenderte… ¿Es que tienes problemas en clase? –le había preguntado su madre en tono angustiado, posándole una mano en el hombro. Él se estremeció molesto y le apartó la palma con un golpe seco.
―Estoy enfermo. No me encuentro bien –contestó con frialdad. "Sólo quiero que te larges de una vez, zorra", pensó para sí.
No les había pedido que se metieran en su vida, ni siquiera eran sus verdaderos padres. Sabía que se habría ahorrado todos esos problemas si hubiera seguido con su rutina tal y como había hecho antes, pero ya no soportaba el contacto con la gente ni sus huecas conversaciones. Eso no tenía nada que le interesase. Era en la red donde se sentía realmente libre… allí no había barreras para el conocimiento, y el mundo real perdía color frente a la tecnología y sus ansias de saberlo todo.
"Detenido uno de los grupos de hackers más activos de la red, causante de sabotajes en webs de importantes empresas y sitios gubernamentales de Japón, China y EEUU", había escuchado en la televisión días atrás cuando llegó a casa después de clase, haciendo que se parara a la entrada del salón. "Los arrestados, que no se conocían personalmente, mantenían contacto con un desconocido quinto miembro. Su nick, Izzy, está en la lista de los más buscados según páginas especializadas del gobierno norteamericano, y parece ser el creador de diversos virus que explotan fallos de seguridad y vulnerabilidades de los sistemas..."
Su móvil distrajo su atención emitiendo un zumbido apagado entre el desorden del escritorio. Koushiro lo alcanzó y se quedó mirando con reserva el número desconocido que aparecía en la pantalla: debía proceder de una cabina telefónica, pero no consiguió imaginar a nadie que pudiera querer llamarle.
―¿Sí? –respondió escuetamente, pasando a sujetar el móvil entre el hombro y la oreja para seguir tecleando.
―¿Qué hay, Izzy? –lo saludó una voz que se le hizo familiar–. Hace tiempo que no nos vemos, amigo.
―Taichi... –masculló con tono tenso–. Vaya, esperaba que te hubieses olvidado de mí.
―¡Imposible! –Su risa sonó jovial, pero el hacker pudo sentir algo sombrío implícito en ella. Hablar con Yagami siempre resultaba desconcertante, como el último encuentro que había tenido con él hacía dos años después de su lejana desaparición en quinto curso. Taichi y él habían sido compañeros de fútbol, puede que incluso amigos, pero ambos habían cambiado demasiado–. Tú eres el genio, el cerebro que todo buen equipo necesita.
―¿Equipo? ¿Qué es lo que andas haciendo ahora? –interrogó–. No creas que no sé en qué estás metido; he estado investigando sobre esa empresa tapadera, Paradise, además de sus tratos con la mafia, y no me interesa ensuciarme las manos.
―Eh, hicimos un trato, ¿recuerdas? Yo te ayudé a conseguir lo que querías y ahora no puedes negarte a devolverme el favor.
―¿Por qué? –se resistió sin alterar su tono inexpresivo, a pensar de la evidente amenaza–. ¿Por qué tendría que ponerme en peligro cuando ahora ya tengo todo lo que necesito para ser el mejor? –Koushiro conocía bien los riesgos de una negativa, pero a diferencia de los otros, Taichi sabía que si él huía sería difícil encontrarle. Estaba acostumbrado a borrar su rastro en la red y no le costaría mucho más hacerlo en la vida real.
―Porque ya no tienes nada que perder –sentenció–. Te estoy ofreciendo una vida sin restricciones, con todo el material que necesites a tu alcance, con retos a tu altura y jefes que sabrán apreciar tus éxitos. No tendrás que depender más de tus padrastros, encerrarte en casa, ir a clases ni soportar a la gente mediocre que te rodea.
"Ha dado en el clavo…", se sorprendió Koushiro, comenzando a vacilar. Le sorprendía la astucia de Yagami, él nunca antes había sido así, por eso estaba seguro de que no era de fiar. Pero había algo más fuerte que su sentido común que lo empujaba a aceptar… Era el ansia de formar parte de ese mundo y descubrir al fin todas sus incógnitas.
―Daisuke-kun… vamos, ¿a qué estás esperando?
Allí estaba Hikari, a su lado, sonriendo para darle confianza. Él se había quedado como un idiota clavado frente al portal de su casa, sin poder moverse de allí. Sería difícil mentir a su familia sobre lo que le había pasado durante los últimos dos días, sobretodo cuando ni él mismo acababa de aceptar del todo la verdad.
Ella había intentado explicárselo: su desaparición, lo que había pasado en la Tokio Tower, incluso le había hablado de Ichijouji y de los anteriores intentos de asesinato. También le había preguntado por qué, antes de desmayarse, había dicho la palabra "paraíso", pero Daisuke no sabía ni qué significaba ni porque lo había hecho. Lo último que recordaba, en el momento en el encuentro con Tai se interrumpía, eran imágenes, pensamientos, sensaciones que no conocía, como si hubiera entrado en la mente de otra persona. ¿Habría sido la de él? ¿Por eso se le había quedado grabada esa palabra?
―Si Kari supiera que su hermano está de todo esto… no lo comprendería, intentaría ir ella misma a buscarlo. Por eso no digas nada de él, aún es demasiado pronto para que lo sepa –le había hecho prometer la pelirroja.
―¿Por qué me has contado esto? –preguntó, aún contrariado. Era consciente de la magnitud del secreto y de que, en realidad, no había habido ninguna necesidad de que él lo supiera. Hikari volvió a sonreír, pero era una sonrisa triste.
―Algunos de esos recuerdos te volverían, y si no nunca habrías podido comprender del todo lo que te pasó. Y eres mi mejor amigo, Daisuke, sé que puedo confiar en ti.
Sus palabras lo hicieron sentirse casi eufórico, pero eso no duró mucho, porque la culpa volvió a remorderle la conciencia al ver que no podía ser igual de sincero con ella. Era un maldito cobarde; deseaba gritar lo que sentía por ella, decirle que su hermano seguía vivo, y advertirle de que, durante el instante en que había podido ver lo que Taichi pensaba, no había encontrado más que odio.
―¡Estás horrible! –dictaminó Mimi tras los segundos de muda sorpresa en los que Miyako y ella miraron el rostro de la chica al entrar en el piso.
―Mimi… –se quejó Sora, manteniendo la bolsa de hielo contra su mejilla.
―No importa, puedo arreglarlo… –se ofreció la chica amenazando con sacar del bolso su estuche de maquillaje, pero Miyako intervino a tiempo.
―¿Qué te ha pasado? –preguntó, incrédula. Sora suspiró, cogiendo fuerzas para hablar:
―Ayer no pude quitarme de la cabeza la palabra que había dicho Motomiya. "Paraíso" me sonaba de algo, sabía que la había visto en alguna parte, hasta que lo recordé cuando me fijé en una valla publicitaria. Había un cartel cerca de donde vivía en Hikarigaoka con la imagen de un páramo con árboles de una constructora llamada Paradise.
―¿Paradise? –repitió Miyako, mirando a Mimi. Ninguna de las dos parecía haber oído ese nombre antes–. ¿Y qué tiene que ver esa empresa en esto?
―No lo sabía, y todavía sigo sin saberlo, pero eso era lo único que tenía para empezar, así que fui al único edificio que tienen a su nombre en Odaiba. Está a medio terminar, y parecía abandonado, pero allí fue donde me encontré… con él –murmuró, posando angustiada la cara entre las manos.
―¿Él? –intervino Mimi- ¿Quieres decir… el que hace los tratos? ¿Cómo sabes que era él?
―Me habló de Motomiya y de Ichijouji. Quería saber quién de los dos lo había delatado para que yo supiera que lo encontraría allí.
―¿Por qué no huiste nada más verlo? –se extrañó Miyako, pero una mirada significativa de la pelirroja le hizo comprender– ¿Es que… lo conocías? –Sora volvió a apoyar la frente entre las manos y movió la cabeza de forma afirmativa.
―Yo… no me podía creer que fuera él, no podía ser, yo lo conocía demasiado bien…
―¿Ese chico no sería el niño que habías estado buscando, verdad? –temió Mimi; ella no dijo nada, pero su silencio pareció darle la razón.
―Tiene que haber algo que los haga cambiar… –insistió Sora–. Ichijouji, Hida, Motomiya, todos son personas que alguna de nosotras conoce y que sabemos que nunca serían capaces de matar.
―¿Y si no fuera así? –cuestionó Mimi, desesperanzada.
―Sé como es Iori… creo que Sora tiene razón –apoyó Miyako–. La única manera de saberlo es encontrar a ese chico de los tratos, ¿pero quién es? –preguntó a la pelirroja, haciéndola vacilar.
Sabía lo que le dirían si les contaba que era el hermano de Kari, y también que sería difícil llegar a un acuerdo sobre lo que debían hacer. Hikari merecía saber que Taichi seguía vivo, pero no era capaz de decirle en lo que se había convertido, ni sabía si la chica al saberlo dejaría que sus sentimientos la pusieran en peligro. Era demasiado pronto para contárselo… cuánto menos supiera, más estaría a salvo.
―No lo recuerdo casi, ni siquiera su nombre –mintió, y aunque no sonó muy convincente, a ninguna se le ocurrió desconfiar de ella.
―Esto no me gusta nada –se quejó Mimi, cruzándose de brazos y recostándose en el respaldo del sillón. Al hacerlo, notó que había algo tras su espalda y lo cogió para ver de qué se trataba: era el periódico, en cuya portada aparecía una gran fotografía en blanco y negro.
―"Desaparición de Izumi Koushiro" –leyó en voz alta–. "Quedan pocas esperanzas de encontrar al chico de diecisiete años desaparecido esta madrugada de su casa sin dejar rastro. Todos los que lo conocían coinciden en que era un muchacho realmente inteligente, uno de los candidatos a ser el número uno de Japón en los exámenes de ingreso. La policía no descarta que se trate de una huida, quizá la presión había sido demasiado para él, pero sus padres no lo creen así…"
―¡Conozco a ese chico! –exclamó Miyako al ver la foto–. Iba en 2º y estaba en el club de informática del instituto como yo, aunque hacía tiempo que había dejado de ir a clases. Todos pensamos que debía estar enfermo, no era del tipo de personas que les gustase faltar. Era muy inteligente, y también amable, aunque no hablaba mucho porque siempre estaba enfrascado en su trabajo.
Sora se puso a su lado para ver la noticia y se sorprendió al ver que ella también reconocía al chico. Había sido un buen de Taichi, recordaba haber trabado confianza con él cuando formaban parte del mismo equipo de fútbol en la escuela.
―Esto se me hace familiar –repuso, intranquila–. Es como la oleada de desapariciones de 1999.
―Lo recuerdo bien, esa fue la razón por la que mis padres y yo nos mudamos a Nueva York –comentó Mimi, y volvió a mirar la fotografía con el rostro del chico–. ¡Qué pena, con lo guapo que es!
El cielo ya estaba oscuro cuando Ken empezó a reconocer las calles de la zona de Aomi, donde estaba el lugar en el que había vivido los últimos días antes de volver a casa. Había intentado olvidar como fuera todo lo que había pasado, pero pese a sus esfuerzos no conseguía ni dormir ni hacer nada que no fuera pensar en ella, en lo que le había hecho y en lo que le estaba ocurriendo a él. Por eso había tenido la necesidad de buscar a Miyako, porque sólo con respuestas podría volver a vivir tranquilo, y estaba seguro de que ella sabía mucho más de lo que le había contado.
No fue difícil conseguir su teléfono, pero sí que la chica le contestase, a pesar de los miles de mensajes enviados. Se aferraba a la idea de que ella, en el fondo, lo creía, pero no podía culparla por no poder confiar en él. Habría dado todo por perdido si ella no le hubiera cogido la última llamada.
Ken abandonó la calle internándose por un parque cercano para atajar. A esas horas el lugar había quedado completamente vacío y los densos árboles que lo separaban del resto de la ciudad provocaron en él una sensación de inquietud. Últimamente notaba más que nunca como si tuviera unos ojos fijos en él, incluso en el camino había vuelto la cabeza varias veces atrás esperando encontrar a alguien observándole entre la multitud, y aunque sabía que sólo podían ser imaginaciones suyas, empezó a recobrar la confianza a medida que se acercaba a la salida del claro. Sin embargo, no tuvo tiempo de moverse antes de sentir tras su espalda alguien acercándose con rapidez. El golpe le vino tan rápido que ni siquiera le dio tiempo a ver a sus atacantes; sufrió un punzante dolor en el estómago que lo hizo doblarse y caer de rodillas al suelo, hasta que un segundo golpe en la nuca lo tumbó definitivamente de bruces.
―¡Eh, Ichijouji! Te estábamos esperando –rió uno de ellos, haciéndole levantar la vista con esfuerzo al reconocer su voz: era Yagami, ahora recordaba su nombre. Apenas pudo distinguir otras dos figuras junto a él antes de volver a recibir una patada en el costado–. ¿Se puede saber qué coño pasó en Tamachi?
―No lo recuerdo… –contestó, con la voz entrecortada por el esfuerzo de respirar–. Sé que hubo una explosión, que el edificio está destrozado y que yo soy el culpable… pero no sé por qué lo hice, todavía no lo sé…
Vio que las deportivas del otro comenzaban a moverse alrededor de él.
―Te voy a dar la oportunidad de limpiar tus errores –le propuso Yagami–. Hace años que hicimos un trato; yo te ayudé a convertirte en un genio como tu hermano, ahora sólo tienes que devolverme el favor formando parte de la Corporación Paradise dentro de mi equipo.
Ken alzó la vista hacia él, desconcertado, e intentó levantarse del suelo, pero su cuerpo estaba tan entumecido que sólo consiguió quedarse sentado en la arena. El chico nunca había oído hablar de esa Corporación ni sabía por qué estaban interesados en él, sólo le importaba descubrir qué le estaba pasando, qué era lo que le habían hecho. ¿Es que era esa organización la responsable? ¿Lo habían manipulado para que se viera obligado a obedecerles?
"Todo era una trampa…", comprendió.
―Cuando aceptaste el trato firmaste un contrato permanente con Paradise, por eso no hay vuelta atrás –continuó otro de los atacantes, de aspecto frío–. Ya no eres humano, y si te quedas terminarás por hacer daño a todos los que estén cerca de ti.
Ken sabía que eso era verdad, hacía mucho tiempo que una parte de él había escapado de su control. Si se quedaba volvería a pasar, estaba seguro, y cualquiera podía ser el siguiente.
―¿Qué me ha estado pasando? –indagó, trastornado.
―Según el trato tú me vendiste tu alma y yo a cambio te di otra mejor con la que poder conseguir lo que querías. Pero las dos dentro de tu cuerpo no se entienden, hasta que una termine por dominar a la otra.
El chico empezó a recordar las imágenes de sí mismo en la oscuridad de su habitación, en el odio y el desprecio que sentía hacia todos los que lo rodeaban, en las aulas destrozadas del instituto, a Miyako retorciéndose entre sus manos, gritando… y entonces todo cobró sentido para él.
―¿Pero por qué nos hacen esto…?
Esa vez el pelirrojo fue el que contestó:
―Ellos solos no son nada, necesitan un cuerpo, una mente humana a la que corromper, si no son sólo sombras.
―¡Ya me lo agradecerás! –terció Yagami–. No va a ser un trabajo tan duro, tienes suerte de estar en Odaiba. Por ahora sólo hay una cosa que empieza a molestar, y son esas chicas que encontraste en Tamachi.
Ken se sobresaltó al oírle, imaginando que pudieran hacerle daño a Miyako otra vez por su culpa. No podía dejar que eso volviera a pasar.
―¡Ellas son inocentes! ¡No tienen nada que ver en esto, sólo me encontraron allí!
―Saben demasiado –interrumpió el pelirrojo–. Pero, tranquilo, aún no vamos a matarlas.
―¡No puedo hacer eso! ¡Me salvaron la vida! –insistió, echándose hacia él con intención de golpearlo, pero el rubio consiguió detenerlo aferrándole el cuello con una mano.
―Dentro de poco dejarán de importarte. Ya no te importará nadie.
―No quiero convertirme en alguien como vosotros… –replicó con desprecio. Taichi se encogió de hombros, indiferente.
―Lo tenías fácil, Ichijouji. Sólo tenías que haber dicho que no.
"¿Por qué Ken no contesta?", se extrañó Miyako, mirando inquietamente su móvil tras su último intento de contactar con él.
―¿Qué haces llamando tanto? –la sobresaltó Mimi mirando curiosamente su móvil, mientras las tres salían del ascensor hacia la salida del edificio.
―¡Sólo intentaba llamar a mi hermano para que me viniera a buscar! –Su excusa habría valido si no se hubiera puesto tan nerviosa y colorada.
―¡No sabes mentir, Miyako-chan! –rió Mimi, mirándola inquisitoriamente.
En realidad había estado esperando toda la tarde a Ken que llegara, pero se había retrasado demasiado y no había encontrado más excusas para retener a sus amigas. Decidió llamarlo una vez más por si acaso no había escuchado las cien veces anteriores, pero mientras cruzaban a la acera que lindaba con el parque, empezó a vacilar. No estaba nerviosa porque deseara verlo, sino porque lo temía. Continuamente la asaltaban imágenes de la última vez que había intentado dañarla, haciéndola vivir con miedo, despertándola sobresaltada… Quería olvidarse de él, necesitaba olvidarse de él, aunque eso supusiese olvidar que Ken también era víctima de sí mismo. Estuvo a punto de colgar, pero algo la detuvo en medio de la acera antes de poder hacerlo.
―¿Qué pasa? –preguntó Sora al verla, parándose junto con Mimi–. ¿Miyako?
―¿No lo oís? –murmuró la chica, pero no esperó a que le contestaran, sino que miró a un lado, hacia el interior del parque, al percibir un sonido que se le hacía familiar. Echó a andar por el césped, atajando entre los árboles, mientras las otras la seguían sin comprender, hasta que sus pasos se detuvieron en un amplio camino de arena.
―¿De dónde viene esa música? –se extrañó Mimi mirando alrededor, hasta que vio a Miyako seguir adelante y arrodillarse sobre la arena, en el centro del claro. Al acercarse a ella, vio que había cogido algo del suelo, otro teléfono, y que se había quedado mirando ambos móviles que se llamaban el uno al otro.
―Miyako… –susurró Sora con su tono calmo, arrodillándose junto a ella. Estaba empezando a intuir algo–, ¿a quién estabas llamando?
Pero ella no contestaba, sólo meneaba la cabeza a medida que sus ojos iban llenándose de lágrimas.
―Se lo han llevado… –murmuró con voz quebrada– Se lo han llevado por mi culpa… por mi culpa…
La respuesta apareció clara en la cabeza de ambas chicas. Ichijouji.
―Lo encontraremos –dijo Mimi, dejándose caer a su lado y rodeándola con los brazos–. De verdad, te prometo que lo encontraremos…
Sora intentó decir lo mismo, pero no era capaz de creer esas palabras. Ahora sí que no había marcha atrás, estaban obligadas a seguir adelante: Miyako había encontrado su motivo, no pararía hasta saber qué le había pasado a Ken, y Mimi, aunque se había opuesto desde el principio, no podía darle la espalda. Kari corría incluso menos peligro con ellas que sin ellas, porque ya habían intentado matarla una vez, y en cuanto a sí misma… no tenía ninguna vida que perder. Lo había abandonado todo sólo por encontrar a alguien que había muerto hacía mucho tiempo.
Estaban al final del callejón. Y no había salida.
Aclaraciones: La Yakuza es la mafia japonesa, encargada de la prostitución, la extorsión, el tráfico de drogas, armas… llega incluso a la corrupción bancaria y política. Es de las organizaciones más antiguas y poderosas del mundo, ya que es la que mayor número de miembros tiene, y aunque sus negocios son criticados en Japón no deja de consolidarse casi como una empresa legal. Roppongi es un distrito del barrio de Minato donde se supone que hay una gran confluencia de mafia.
Paradise es una organización parecida a la Yakuza, con la que incluso se relaciona en algunos negocios. La empresa constructora solo es uno de los medios legales que usan como tapadera y los "tratos" son la forma con la que consiguen más miembros.
Por culpa de ese trato, Ken sufre doble personalidad (como Ken/Digimon Emperador), y tanto a Koushiro como Yamato les pasa lo mismo, por eso ahora saldrá su peor lado. Como al principio la unión de las almas es débil, si ocurre una experiencia muy dura la personalidad original puede conseguir imponerse sobre la nueva durante un tiempo (como le pasó a Yamato tras el asesinato de esa mujer)
Un "poco" complicado de entender, ¿no? Me he liado yo sola, pero lo peor ya ha pasado, y si todavía queda alguna duda, preguntad lo que queráis! Al fin apareció Koushiro (aquí lo tienes, a.son.do.mar ;) ), así que el siguiente capítulo será sobre Jyou, los hermanos Ishida y de por qué Takeru tenía tanto interés en conocer a Kari. Por ahora, gracias por no dejar el fic a la mitad, y gracias a Kyo Stark por recomendarlo y hacer que merezca tanto la pena escribirlo.
