¡MUAHAHAHA! Hemos vuelto, a pesar de que nos echaran del club de los demonios y nos quitaran la membresía, ¡Igual volvimos, porque yerba mala nunca se muere, y les juro que no hay peor yuyo que este par! XD Y para mala suerte de todos ustedes, si hubo dos aliadas que se atrevieron a escribir algo en nuestro lindo guestbook de esta semana… para ellas, este infernal saludo:

Rory Weasley (Bueno, amiga, mi camarada opina abiertamente que ya has caido en el embrujo del libro… y a decir verdad, ¡Nos alegra mucho! ¡MUAHAHAHA! Te lo tienes bien merecido por hacernos caso XD Ahora, te agradecemos la colaboración y a ver cuándo nos consigues algunas almas de repuesto, ¿Eh? ¡Nos vemos, ojala pronto!); y Fallen Angel Dani (Ok, sabemos que es bizarro, por eso es que AFORTUNADAMENTE la serie de SPN es escrita por profesionales, y no por dementes como nosotras… Dean, leyendo, ¡Habráse visto! ¬¬ Pero… ¡No me vayas a decir que eso no es suficiente cosa sobrenatural! Jajaja ¡Muchas gracias, chika! Nos vemos prontito n.n)

Y ahora, el homenaje a los lectores caídos en acción, y seguidamente… lo que sigue, para mal de todos los que nos acompañan (¡Masoquistas! ¬¬ ¡Cómo les gusta la tortura psicológica!)

CAPÍTULO SÉPTIMO

Sam Winchester tragó saliva, inevitablemente.

—No digas tonterías. —empezó— Sabes que si fuera algo como eso, te lo diría. No estoy de acuerdo con tu decisión, y sí quiero encontrar el modo de ayudarte, pero… pero no es lo que crees. —

—Claro que no, Sam. —lo remedó Dean, con el ceño fruncido.

—Vamos, ¿Cuándo te he mentido? —

El otro no acotó nada a eso, porque era verdad. Sammy era el honesto, Dean era el de los secretos actos suicidas. Si no hubiera sido por el imbécil de Jake, en primer lugar, su hermanito menor estaría aún vivo y coleando sin enterarse de lo que había hecho para traerlo a la vida. Tuvo que soltar un suspiro entre dientes y mirar en otra dirección, porque a pesar de todo no era estúpido y conocía profundamente a ese muchacho de ojos pardos. ¡Prácticamente lo había criado, por Dios! Sabía exactamente cómo era y cómo pensaba, y estaba seguro de que sus planes más importantes a corto plazo incluían sacarlo del pozo en que él mismo se había metido… "Tú decidiste salvar mi vida, ahora yo decido salvar la tuya, y así como yo no tuve voz ni voto en tu decisión, tú no la tendrás en la mía." había sido el compromiso de Sam, y él tuvo que respetarlo. Pero, ¿Quién decía que no podía sabotear un poco el trabajo de su hermano para… digamos, retrasarlo?

—… de acuerdo, ganas por cansancio. —aceptó Dean, pero no lo dejaría pasar así como así— Vamos a perseguir a tus preciados muebles, a ver a dónde los llevan. —

Algún día, Sam tendría que decirle la verdad, aunque tuviera que sacársela a puros golpes. El más joven de los Winchester tragó saliva otra vez, nervioso, al ver a su hermano rodear el vehículo para subirse del lado del conductor.

"Es por tu bien, Dean. Sólo lo hago por tu bien." pensó, y se resignó con un suspiro.

Por esa vez había pasado, o al menos eso creyó Sam. Lo que él ignoraba (o quizá sí lo sabía, tenían AÑOS de recorrer los caminos) era que Dean no estaba tan dispuesto a que las cosas terminaran así como así. Acabaría por saberlo, de un modo u otro, y Sam se daba perfecta cuenta de ello. Evitar lo inevitable era costumbre, pero había algunas cosas que no se podían pasar por alto.

Algún día, sin duda, tendrían que hablar del asunto.

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—Esta es la peor idea que has tenido. —comentó Sam, vigilando la calle.

— ¡Vamos, Sammy! De una larga lista de muchas malas ideas, ésta tiene que ser la menos mala. Tú tampoco aportaste nada, y eso que estabas tan ansioso de venir aquí. —le contestó su hermano, mientras ponía la manguera en otro lado.

¿El plan secreto para irrumpir sin sospechas en aquella linda mansión del famoso y exclusivo complejo Atena? Usar una manguera para inundar el bellísimo jardín atiborrado de flores, y engatusar a la viuda con la idea de que un caño maestro de agua se había roto justo en su propiedad. La idea había sido del hermano mayor (proporcionalidad directa de que cuanto más rebuscado y menos creíble era el plan, seguro había salido de la cabeza de Dean) y secundada por un Sammy no muy convencido. Él quería que se hicieran pasar por empleados de Phoenix Editions, no de simples obreros. Pero Dean estaba ganándole demasiado últimamente

— ¿No crees que ya es demasiada agua? —preguntó el más joven.

—Nunca es demasiada agua para que un jardín tan lindo como éste luzca en estado de emergencia… pero sí, ya es suficiente. Vamos, hay que lograr que la viuda alegre nos deje pasar a su pequeña mansión. —convino Dean, y escondió la manguera entre una fila de begonias para que el agua siguiera saliendo.

—No es una viuda tan alegre, ¿Sabes? —

— ¿Y por qué no? Su marido estiró la pata dejándole millones, ¿Qué mujer en esta Tierra no se sentiría enormemente feliz? —se rió el otro, con una sonrisa irónica.

—Ninguna que tú conozcas, estoy seguro. —zanjó Sam, con seriedad.

Vestidos con overoles azules de la compañía de agua del complejo residencial, los dos hermanos se dirigieron entonces a la reja principal de la casa y llamaron al timbre. No parecía haber nadie en la calle, del lado de afuera; pero del lado de adentro, al parecer los Harrison tenían algunos perros guardianes. Sam sintió un escalofrío en la espalda, como si supiera inconscientemente que podrían tener algún problema. Al cabo de unos segundos de esperar pacientemente, la voz de un hombre comentó:

—… buenos días, ¿En qué puedo ayudarle?

Dean se acercó al speaker y carraspeó.

—Ah… hola, venimos de la compañía de agua a reparar el problema de la cañería. —dijo, y guiñó un ojo a su hermano— ¿Cree que pueda abrir la reja? La llave maestra está en el interior de la propiedad. —

No hay ningún caño de agua roto. —explicó esa voz masculina, seguramente uno de los mayordomos de la casa.

—Pues… ¿Cómo? ¿No ha visto la laguna que tiene en su jardín? Haga el favor de asomarse a la ventana y mirarlo. No será nuestra culpa si se pudren todas esas bonitas y costosas plantas, ¿Vio? —insistió Dean, con una sonrisa.

Pasaron dos o tres minutos esperando una respuesta, y Sam empezó a ponerse un poco impaciente, hasta que con un zumbido mecánico la gran reja negra se abrió, y Dean soltó una risita. Los perros los observaron desde la distancia, quietos pero alertas. Con el "equipo" en las manos, el hermano mayor señaló la manguera oculta con un gesto de su cabeza, y ordenó:

—Ve a cerrar el grifo, yo voy a hacer un poco de lodo. —

— ¿Para qué quieres hacer lodo? —preguntó Sam, algo descolocado.

—Pues… para vernos sexys. Torpe, es para ensuciarnos un poco y hacer de cuenta que hemos trabajado. Luego le pediremos al mayordomo que nos deje pasar al baño, y en ese momento tendrás oportunidad de buscar el anillo entre los muebles de Mark. —

—… cualquiera diría que sólo usas el cerebro de a lapsos. —se rió Sam, y entonces se separaron.

Una vez que el más joven hubiera cortado por fin el flujo de agua, se reunió con su hermano en el borde de la laguna que les había tomado media hora crear (y era uno de los timos más elaborados que habían montado). Dean tenía listo un pequeño pozo de lodo y restos de césped, y Sam no habría sabido decir si se había ensuciado tanto sólo para hacer el pozo o a propósito. En fin, no era como si tuviera muchas opciones, así que Sam se preocupó por embarrarse un poco el overol y las manos mientras su hermano miraba con cruda determinación hacia la casa, buscando alarmas o algo por el estilo… sí, tenía un par de cámaras de seguridad y además de los perros, notó la presencia de algún que otro guardia armado en la entrada principal de la propiedad.

—… esta Marianna Krakóvatos. Está más protegida que Rapunzel. —susurró Dean.

—Es un buen motivo para tener cuidado. —convino Sam.

Con una sola mirada de aprobación, y una vez transcurridos unos quince o veinte minutos, los hermanos se dirigieron a la casa por la parte trasera para no enfrentarse a los guardias. En el patio había una enorme piscina de aguas muy limpias, y una sombrilla. En una reposera de plástico amarillo estaba cómodamente estirada una mujer de piel dorada en traje de baño, leyendo un libro. Dean soltó un pequeño silbido al verla, y se ganó un puñete en el brazo de parte de Sam. Sigilosamente se acercaron a la dama, pero antes de que ellos le pudieran hacer notar su presencia, ella se volvió y los miró seriamente por encima de unos anteojos negros y provocadores…

— ¿Quiénes son ustedes? —preguntó la mujer, una belleza de rizos rubios y largos.

—Ah… somos de obras públicas, vinimos a arreglar la cañería. —quiso explicarle el más joven de los Winchester, queriendo sonar amable— No queremos molestarla, señora, pero necesitamos usar un baño, y… —

— ¿Por qué no le preguntaron al administrador? —se quejó ella, y de inmediato se hizo con una chalina tejida con motivos de rosas, y se puso de pie. Marianna usó esa bella chalina para anudársela a la cintura, con recato— No tenían ninguna necesidad de venir a este lado de la propiedad. —

—… lo sentimos, pero… —empezó Sam, sin muchas ideas.

—No queríamos ensuciar, usted comprende. —contestó Dean, con una sonrisa de las que usaba para desarmar a las tipas de los bares— Estamos enlodados, y entrar por el frente habría sido muy grosero. —

Marianna Krakóvatos se les quedó viendo unos instantes, por encima de sus lentes de sol. Con un suspiro pesado, se subió los anteojos a la cabeza para recoger un poco su brillante cabello rubio, y señaló hacia la casa.

—Está bien, síganme. —aceptó, y puso el libro en la mesita.

La mujer les enseñó un pequeño baño que quedaba junto a los cuartos de servicio, y los Winchester de buenas a primeras sólo se metieron ahí a inspeccionar un poco, y con el fin de quitarse el lodo de las manos y el rostro, y los overoles. Mientras se lavaba, Dean se sonrió y miró a su hermano a través del espejo.

—Es una belleza, esa mujer. ¿Cómo un idiota como Mark Harrison se casó con ella, a fin de cuentas? Tiene la piel tan tensa como un mármol, fíjate. Y ese chal en la cintura, ¡Madre de Dios! La hace ver TAN sensual. —comentó el mayor, con su ingenio lascivo.

—Ay, por favor… ¿Puedes pensar con el cerebro de arriba esta vez? Si alguien nos llega a descubrir, iremos directo a una comisaría, y de ahí a la cárcel. —lo amenazó Sam, y dobló en varias partes el overol antes de meterlo en un bolso— De por vida. —

— ¡No me digas que no te parece linda! —

—Bueno, sí… es linda, Dean, pero no vinimos a ligar con la viuda, mantén eso en tu cabeza por un par de minutos, ¿Puede ser? —

—Piensa lo que quieras. —ultimó Dean— Pero no me puedes decir que no es una linda viuda "alegre". Su esposo no murió ni hace una semana; si estuviera guardando luto por él, no andaría tan suelta de ropa junto a la piscina, tan despreocupada. —

—Puede ser, pero cada quien tiene su modo de respetar a sus muertos. —

—… tú siempre tienes una respuesta coherente para todo, ¿No, Sammy? —

Sam le dedicó una mirada a su hermano, como preguntándole qué le había querido decir con eso, pero el otro ya estaba saliendo del baño con un bolso al hombro y tuvo que ir tras él para vigilar que no fuera a meterse en la recámara de nadie. Cruzaron rápido toda la sala (desde donde se oía el parloteo de un televisor encendido) y fue terriblemente obvio cuál de todos los salones que comunicaban con esa habitación era el estudio de Mark. No sólo lo notaron porque era la única puerta cerrada, sino porque aún había algunas pisadas de tierra que se perdían ahí, y rayas sobre el piso de mármol negro, como si se hubieran estado arrastrando cosas por toda la casa.

—Tiene que ser aquí. —susurró Sam, y mientras Dean vigilaba, usó sus ganzúas.

No les tomó mucho más entrar al despacho cerrado, encontrándose con que el cuarto estaba repleto de cajas con libros y adornos, y muebles cubiertos con sábanas. Un costoso sillón de cuero, un par de escritorios, una computadora portátil ilesa, y un montón de papeles apilados sobre una mesa. Eso sin contar el resto de los lujos que podía haber en esa gran habitación sumida en la semi-oscuridad. Para no encender la luz ni llamarle la atención a nadie, Sam y Dean usaron sus linternas para su búsqueda.

—… bien, tú empieza con ese escritorio. Recuerda que es un anillo como de boda, con una inscripción del lado de adentro… puede ser un escrito en símbolos que parezcan griegos. —informó Sam, con impaciencia.

Dean lo miró con una mueca que decía muchas cosas, entre ellas, que él no podría reconocer algo griego ni aunque se lo pusiera delante de la cara. Y si eran símbolos en un idioma desconocido y demoníaco, no podían correr riesgos…

—Tú sólo busca un anillo dorado, de matrimonio. —insistió el menor, con un simple y cansado suspiro— Pero no hagas tanto ruido. —

—Soy profesional, Sammy… ¿Ya olvidas de quién aprendiste? —

Tendrían que hablar sobre eso cuando estuvieran más tranquilos y a salvo. Sam se lo estaba tomando muy a pecho, a eso de querer protegerlo todo el tiempo. Empezaba a tratarlo como a un torpe novato, y si de él dependiera entonces la cosa era al revés… pero no podía comprender la enferma obsesión de su hermano menor por jugar su papel. Para bien o para mal, Dean había cumplido y eso era algo que Sam no podía recriminarle, por la simple razón de que no tenía derecho a juzgar sus acciones así como él mismo no tenía el derecho de juzgar a su propio padre por sus locuras…

¡Pero este Sam lo estaba sacando de quicio! ¿A poco por haberle vendido el alma a un Demonio, se había vuelto un mal cazador? Nada de eso. Seguía siendo tan bueno y tan profesional como siempre.

"Ya me va a escuchar, cuando menos se lo espere…" se juró Dean, medio molesto.

Tras diez minutos de revolver silenciosamente unos cajones y no hallar nada que se pareciera a un anillo, Sam levantó la cabeza cuando su sensible oído fue alertado por unos pasos rápidos que no provenían del mismo lado por el que ellos habían entrado. La mirada de Dean se asomó detrás de otro escritorio, y ambos se quedaron quietos, tratando de que no se les moviera ni un solo músculo para que nadie los escuchara… pero entonces los pasos sonaron más cerca, y precisamente del lado donde estaban más expuestos. Había otra puerta en aquella habitación, una puerta que se abrió rápidamente y alguien encendió las luces del cuarto; Marianna Krakóvatos topó entonces con los dos supuestos empleados de la compañía de agua. Los tres se congelaron, y se quedaron mirándose fijamente por unos cuantos segundos hasta que el rostro de la mujer se contrajo en una mueca fría de enojo y decepción…

— ¿¡Qué están haciendo aquí!? —inquirió ella, furiosa.

— ¡No es lo que parece! —dijo Sam, levantando las manos para calmarla.

—Nos perdimos buscando la salida, es que esta casa es tan grande y tan bella, y no sé cómo nos metimos en esta habitación, y… —empezó Dean, con una sonrisa culpable.

— ¡CÁLLATE! ¿Quiénes son ustedes? ¡No son de obras públicas, estoy segura! —

—Bueno, la verdad, somos investigadores privados, y… —quiso decir Sam.

— ¡Cierra la boca! No sigas mintiendo, yo sé quiénes son ustedes. Los he visto en la conferencia de prensa, ¡O son sólo periodistas, o son un par de fanáticos desquiciados! He visto mil maneras estúpidas de violar esta casa, pero la suya fue la más impresionante… —les interrumpió la dama, muy molesta— ¿Tienes idea de la cantidad de fenómenos que han intentado llegar hasta aquí, para hablar con Mark? Jah, pero estoy segura… el suyo ha sido el mejor timo que he visto. —

Dean se encogió de hombros y esbozó una ligera sonrisita, aún algo culpable.

—Bueno, gracias, nosotros sólo… —

— ¡SALGAN DE MI PROPIEDAD, AHORA! ¿Qué les da derecho? ¡Mi esposo está muerto, y todo por culpa de esos malditos libros! ¡Esos libros que USTEDES idolatran! —le gritó Marianna, levantando un brazo hacia la salida con furia— ¡VÁYANSE, YA MISMO! —

Esa mujer era tan bella hablando en sociedad como al borde de un ataque de rabia. Había cambiado el traje de baño por un vestido negro de verano suelto estilo túnica, que no dejaba de ser provocador y de hacerla bella y deslumbrante; un aspecto que la gran cantidad de collares y joyas de oro, plata y piedras preciosas que llevaba encima sólo resaltaba. Dean quiso decirle algo, pero Sam le cubrió la boca con las manos y puso su mejor mirada de cachorrito abandonado para pedir disculpas.

—Lo sentimos muchísimo, señora. No era nuestra intención molestarla, de veras. —le dijo, y bajó la cabeza a modo de defensa.

Mientras Marianna se echaba su distinguido chal de rosas sobre los hombros, Sam llevó a su hermano por el brazo hacia la salida que ella señalaba con un dedo acusador. La esposa del fallecido Mark Harrison los condujo casi a los empujones a la sala principal, donde la televisión seguía sonando a volumen medio-alto. En esos momentos, cuando ella iba a llamar a seguridad, algo atrajo la atención de los tres: la pantalla.

—… y reportando en vivo desde la sede de Phoenix Editions en Los Ángeles está el corresponsal Louis Johnson, ¿Louis? ¿Nos puedes decir qué ha sucedido, por qué la Policía y los Bomberos están en el edificio? Tenemos entendido que alguien fue hallado muerto… —

Así es, Laura. Las autoridades no lo han confirmado por completo todavía, pero nuestras fuentes indican que hace aproximadamente una hora fue encontrado muerto Demian Woods de veintidós años de edad, uno de los cinco jóvenes escritores que la Editorial reunió para que terminaran el último capítulo de la última novela del fallecido Mark Harrison. Según lo que se ha podido establecer, Woods murió desangrado hace menos de veinte minutos y una mujer del personal de limpieza lo halló en el cuarto de fotocopiadoras. El muchacho se habría cortado el cuello con el filo inferior de una guillotina para papel… —

— ¿Qué? —murmuró Sam, y Dean frunció el ceño.

Al oír aquello, Marianna se volvió hacia la pantalla y se llevó una mano temblorosa a la boca, con horror. Sus ojos de profundo color miel estaban repletos de miedo, y lo único que pudo hacer fue quedarse viendo la pantalla donde se exhibía la foto del muchacho que se presumía muerto, y soltar un gemido ahogado…

— ¡No puede ser! ¡Otro más! —susurró, trémulamente.

Aquello era demasiado para ella. Súbitamente, la mujer perdió el equilibrio y casi en un parpadeo, las rodillas dejaron de responderle. Todo se puso negro por un momento en su mente, y se dejó caer hacia atrás, presa de una severa baja de tensión

— ¡Dean! —gritó Sam, y lo empujó hacia ella.

A centímetros de que la viuda cayera desmayada al piso, Dean Winchester logró que la mujer acabara en sus brazos, salvándose del golpe. Rápidamente, el hermano menor le ayudó a subirla a uno de los costosos sofás de cuero, y le tomó la mano para ver si su pulso estaba bien. Lamentablemente, era algo débil, desganado y muy pausado…

— ¡Señora Harrison! —la llamaba Sam, y se atrevió a darle una palmada suave en el rostro. Era un crimen golpear esa piel tan perfecta, pero ella acababa de casi perder el conocimiento— ¡Señora Harrison, despierte! —

—Maldita sea, alguien más acaba de morir, Sam. ¡No me gusta! —comentó Dean.

—Ahora tenemos un problema más grave, ¿No crees? —

El hermano menor sostenía aún la blanca y tersa mano de la viuda entre sus dedos, y mientras trataba de recapacitar en qué podrían hacer a continuación para sacarla de ese estado y no caer presos, se fijó en que ella tenía dos anillos de boda en la mano derecha: uno de oro, común y corriente, y el otro con unas ligeras líneas espiraladas… con el ceño algo fruncido y momentáneamente sin relacionar eso con nada, Sam trató de hacer lo que podía, pero al final Marianna volvió en sí sin su ayuda. La mujer quiso incorporarse sobre el sofá al reconocer sus rostros, y empujó sutilmente al hermano menor lejos de ella.

— ¿Qué hacen aquí todavía? ¡Les dije que… se fueran! —

—Señora, acaba de desmayarse, nosotros sólo… —quiso arreglarlo Sammy.

— ¡DIJE QUE SE VAYAN, O LLAMARÉ A LA POLICÍA! —

— ¡Wo, wo! Eso no es necesario, en serio. No se preocupe, no necesitamos que nos saque acompañados. —intervino Dean, y atrapó a Sam por el brazo para llevárselo— ¡Nos vamos! No volveremos a molestarla, se lo aseguro. Podemos seguir investigando sin que usted vuelva a saber de nosotros. —

Sin decir más, Dean prácticamente aguijoneó a su hermano hacia la salida por la puerta trasera de la mansión (ésa que daba a la piscina), y rápidamente salieron de aquella propiedad casi corriendo, cargando sus bolsos al hombro… seguidos de cerca por los fieros perros guardianes.

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—Bien, genio, ¿Y ahora qué tienes en mente? —preguntó Dean, cuando ya estaban a una distancia segura del complejo Atena— No es como si la visita a la viuda hubiera sido de gran ayuda, ¿Sabes? Apuesto a que ella mató a Mark Harrison, y lo hizo parecer un suicidio… ¿Viste lo furiosa que se puso cuando habló de los libros? —

—Ajá… y si fue Marianna Krakóvatos, ¿Cómo hizo para meterse en Phoenix y matar a Jonathan Shore, hace tres días? Ella no tiene nada qué ver, sólo está muy ofendida y dolida. Me imagino lo que ha de estar pasando. — desmintió Sam, concentrado en leer un cierto pasaje del diario de Mark.

—Pero a fin de cuentas, no encontramos el maldito anillo. —

—… no estaba allí, me consta que pudimos revisarlo bien. Entonces, si no está en su casa ni entre sus cosas, sólo puede estar en un solo sitio. Conduce hasta West Park, y yo te diré dónde detenerte. —solicitó Sam, mirando unos papeles.

— ¿Qué hay en West Park? —

—La casa de Ashton Sherman. El mejor amigo y editor de Mark… si quieres tener un secreto a salvo de tu esposa, siempre cuentas con tu mejor amigo como cómplice. No es difícil de ver. —explicó el hermano menor, con una sonrisa.

—O con tu hermano. —comentó Dean, tranquilo.

Sam levantó ligeramente la cabeza y lo observó por unos segundos, sintiéndose un poco culpable por mentirle a cuatro manos respecto a sus intenciones secretas. Suspiró en un quejido pesado, y regresó a su lectura; el otro no lo hacía a propósito, eso también era la verdad. Había muchos secretos que Sammy prefería enterrar en la consciencia de su hermano mayor y no contárselos a nadie. Después de todo, eran familia y lo primero en lo que se podía confiar. Tras unos quince minutos de silencio agotador (sólo cortado por el lastimero sonido de "Wind of Change" de los inmortales Scorpions), Dean finalmente dobló en la esquina que Sam mencionó, y se detuvieron frente a un edificio de pisos bastante elegantes. Otro sector de Santa Mónica muy costoso. Según lo que el hermano menor le había expuesto, no podían ir a meterse entre la Policía, los Bomberos y los transeúntes que esperaban alguna noticia nueva en el centro de Phoenix Editions porque la muerte de Demian Woods era muy reciente aún. Sherman llevaba algún que otro día muerto, ya no era de tanta relevancia como la sangre fresca derramada sobre las fotocopiadoras de oficina.

Después de examinar los alrededores durante algunos minutos, los Winchester por fin encontraron la escalera de incendios y la usaron para llegar hasta el piso siete, el lujoso penthouse en el cual vivía Ashton Sherman hasta que lo hallaron ahogado en alcohol, casi dos días atrás. Sin hacer ruido, se metieron por una ventana y rápidamente pudieron oler el tufo a whisky y otros alcoholes desparramados en todo el vistoso piso. Dean frunció la nariz, y para que él hiciera eso ante el olor de las bebidas… la cosa seguro era muy fea.

—Bien, ¿Dónde esconderías un anillo de tu mejor amigo infiel? —bromeó Dean.

—Busca en los cajones del escritorio, la Policía no tomó gran cosa como evidencia, y mientras más rápido nos vayamos de aquí, mejor será. —decidió Sam.

Nuevamente, se lanzaron a buscar cualquier cosa que tuviera forma de anillo o una inscripción en algo parecido a griego. El hermano mayor abrió y revisó uno por uno todos los cajones del estudio, cuidando de no mancharse las manos con la madera pegajosa y altamente incendiable; y luego se dedicó a husmear en todos los jarrones y cajas que se le pusieran frente a los ojos. Sammy, por su parte, se dedicó a revisar papeles, notas o todo documento que tuviera pintas de parecer un diario o algo de esa índole, pero no halló ni la más mínima pista.

Cerca de una chimenea que estaba sellada con cintas amarillas de la Policía, Sam se dio cuenta de que había un portarretratos volteado boca abajo. Con el ceño fruncido, el hermano menor alargó la mano y levantó la fotografía: era un cuadro en el que aparecían Ashton Sherman, Mark Harrison y su esposa abrazándolos a ambos, todos muy elegantes y muy animados en alguna fiesta de alta sociedad. Sammy se sonrió un poco al notar que de verdad Sherman y Harrison eran buenos amigos, y los tres se veían muy felices en ese cuadro. Pero un detalle más llamó la atención del muchacho, de pronto: Marianna tenía dos anillos de matrimonio en la mano, uno común y corriente y el otro veteado… con los nervios de punta, Sam buscó en la fotografía la mano de Mark Harrison, ¡Al menos así se podría constatar la existencia de ese anillo! Pero, para su mala suerte, él tenía la mano en el bolsillo del pantalón.

—Rayos. —suspiró, molesto.

Pero el hecho de que Marianna tuviera dos anillos en el mismo dedo, y dos anillos de boda, era un poco perturbador. No sabía muy bien por qué, pero algo le incomodó de esa idea. "Tal vez ella se ofendió con su esposo por su fama, o por cualquier cosa… quizá fue Marianna quien invocó algo para que mate a todo el que quiera publicar esa última novela, ¡O tal vez es posible que ella misma haya invocado al Demonio de Ojos Rojos! No, podría ser cualquier otra cosa… ¡Maldita sea! ¡Ya no sé qué pensar de todo esto! Es un maldito callejón sin salida." especuló Sam, afligido por las incógnitas. No sabía de dónde venían esas ideas, pero le gustaba cómo sonaban.

—Me estoy volviendo tan paranoico como Dean. —susurró, y dejó el cuadro otra vez en su sitio.

En ese momento, Dean apareció desde el otro cuarto con una sonrisa traviesa y un trozo de género en las manos, que olía a perfume de mujer. Sam lo observó con el ceño fruncido, y su hermano levantó la prenda en el aire, orgulloso de sí mismo.

— ¡Mira lo que encontré! —anunció el mayor.

—Un chal… ¿Y eso qué quiere decir, Dean? Parece que Sherman tenía visitas. —

—No, no, no… no lo entiendes. Esto es la prueba de que, a veces, el que yo me fije en lo bonitas que están algunas mujeres SÍ NOS SIRVE de mucho a los dos. Recuerda, Sam, ¿A quién vimos hoy que usara este tipo de chales? —lo tentó Dean, sonriendo con la mueca más perversa que pudo hacer.

Sam se quedó pensando unos instantes, con el entrecejo aún más fruncido. Y poco a poco se dio cuenta de a dónde pretendía llegar su hermano: Marianna Krakóvatos. Ella al parecer había estado allí, y se había olvidado ese chal en la casa de Ashton Sherman. Una prenda de ese tipo simplemente no se podía olvidar, y menos una mujer tan fina que siempre sabía mantener el recato y las buenas costumbres… pero, ¿Qué podía significar eso, cuál era el problema? Por la cara de Dean, el más joven de los Winchester se figuró que estaban ante la punta de un iceberg demasiado grande y peligroso.

— ¿Estás pensando lo mismo que yo, Sammy? —

—No lo sé, pero no me gusta lo que estoy pensando. —concluyó Sam, más serio.

::-CONTINUARÁ-::

¡Huy! Miren la hora que es, no solo esta tortura ya se ha terminado, sino que mis pequeños sucubitos (mis crías de súcubo, mis hijitos adoptivos) ya van a salir de la escuela, ¡Y el profe Azazel siempre les deja medio millón de tareas oscuras! Como ven, no tengo tiempo para perderlo con ustedes ¬¬ (guiño-guiño) así que me voy yendo, el rakshasa-colectivo no espera a nadie!! Es igual que La Muerte 9.9

¡Nos vemos en los próximos 15 días, compañeros! Pásenla de Muerte…

Atte: Infernalis Aversarii.

A.K.A: "Recopiladoras de Hechos Winchesterianos para la National Geographic (Si ud no lo vio, entonces se jodió)"