Disclaimer: Ni Monster Musume ni ninguno de sus personajes, locaciones o conceptos predeterminados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.

Capítulo 7: Balaustrada

El ruido del teléfono fue como una bofetada en los rostros de ambos. Todo volvió a funcionar a velocidad normal, sin borrones ni ensoñaciones místicas.

-Maxon.

-Viejo, soy Shinya. Tengo noticias.

-Dispara.

-Mi padre acaba de irse luego de hacer una constancia de los daños. Lamentablemente, la cosa pinta para mal. Sólo el sacar el agua del subterráneo tomará casi una semana en turnos de ocho horas.

-¿Tanto? ¿Y por qué?

-Las bombas del área no son todo lo que se dice apropiadas para este trabajo. Y si pedimos que los bomberos traigan unas más potentes, perderíamos dos a tres días entre todo el papeleo, los visados y demases. Además, ya sabes que las ordenanzas locales prohíben los trabajos de construcción y otras actividades que causen ruidos molestos después de las 8 PM.

-Ante eso, es poco lo que podemos hacer. ¿Qué hay del inventario?

-Como te conté antes, son cosas de bajo valor, pero igual tenemos que reponerlas. A estas alturas, estamos cruzando los dedos para que se haya podrido lo menos posible.

-¿Qué hay de los otros servicios, como el cableado y el gas?

-Por suerte no se vieron afectados. Eso sí, el mayor obstáculo será retirar todo el lodo que se formó producto de la inundación. Para eso harán falta más bombas y un buen montón de escobas. La cuestión más importante es ver los elevadores: si los motores están atascados por el cieno, ahí sí que enfrentaríamos un paradón más largo.

-¿Y no podemos cambiarnos de oficina?

-Es una de las opciones que estamos considerando. Aunque no quise tocar el tema en este rato: mi padre ya está demasiado delicado como para colgarse más líos en la espalda.

-En resumen, no tenemos una fecha aproximada de vuelta. ¿Y los proveedores?

-Ya fueron informados. Siempre hemos tenido excelentes relaciones con ellos, así que dudo que pongan problemas ante un imponderable tan grande.

-Gracias por tu informe, Shinya. ¿Te parece si te llamo el lunes en la mañana por cualquier cosa?

-Ningún problema. Buen fin de semana.

-Igualmente.

Colgó y regresó el aparato al bolsillo derecho de su pantalón. El solo imaginar cómo debía estar ese subterráneo ahora mismo le hizo tiritar levemente, sin acertar a encontrar una palabra apropiada para etiquetarlo. Incluso se olvidó del calor por un par de momentos.

-¿Y qué tal? -sintió la voz de su compañera resonándole en los oídos.

-¿Eh..? Ah, sí. Parece que estas vacaciones inesperadas se extenderán hasta nuevo aviso, aunque igual no quiero pasarme de listo. No vaya a ser que después me terminen descontando los días no trabajados.

-¿Por qué deberían de hacerlo? -bufó de forma muy tierna-. Ni tú ni tus compañeros inundaron ese subterráneo.

-Me remito al viejo principio de que el hilo siempre se corta por lo más delgado y los que pagan los platos rotos suelen ser los mandos medios. Y hablando de mandos medios, no me gustaría estar ahora en los zapatos de quien sea que hiciera las mantenciones.

-Ufff... Le va a llegar una de lo lindo. Apuesto a que va a desear convertirse en hormiga y desaparecer.

Ambos rieron para bajar un poco la tensión.

-¡Hey, mira! -la liminal apuntó con sus alas a un negocio ubicado un poco hacia la izquierda en la acera del frente-. No recuerdo que hayamos visitado esa tienda. O tal vez sí; este calor le freiría el cerebro a cualquiera.

-Una tienda de deportes. No, creo que no hemos entrado allí -se puso de pie con calma y le tendió la mano-. Tal vez la suerte nos dé una mano y podamos encontrar tus patines.

Cruzaron la calle y, nada más abrir la puerta, se sintieron transportados al paraíso del aire acondicionado. El emporio estaba bien surtido, con balones, guantes, uniformes básicos y equipamientos varios para deportes individuales y colectivos. En esta ocasión el encargado era un humano de mediana edad y escasa cabellera negra que, a juzgar por su expresión, conocía el oficio al revés y al derecho. Cuando entraron, se encontraba conversando con una centauro de las de toda la vida sobre arcos y flechas.

-¿Está usted seguro de que esto no me causará molestias en la muñeca?

-¡Totalmente! Lo bueno de los arcos compuestos es que no se necesita mucha fuerza para alcanzar grandes distancias -le tendió uno negro con soportes laterales para que lo examinara-. No se ofenda, pero los arcos de pieza simple están mejor en un museo que en la vida real.

-No se preocupe. ¿Tiene dónde probarlo?

-Salga por la izquierda del mostrador y encontrará una galería de tiro. Hay flechas junto a la puerta.

Mientras esta conversación seguía su curso, Pachylene se dirigió al rincón más alejado de la entrada, donde descansaban un lote de patines, cascos colgados en hileras ordenadas, rodilleras y coderas. Comenzó a examinarlos con sumo interés, tocando suavemente las ruedas, los ejes, los broches alrededor de la zona por donde se insertaba el pie y los colores contrastantes de sus carcasas. La mayoría era en tonos oscuros con vivos fosforecentes, pero también existían blancos, magentas y hasta azul cielo. Tomó tentativamente uno de los cascos y se lo colocó en la cabeza, acomodándolo como pudo con sus poco eficientes manos.

"Encaja bien. Pero la correa es otra cosa; nunca conseguiría asegurarla con estos dedos". Se lo quitó con cuidado y volvió a dejarlo colgado en el gancho de donde lo había obtenido. Parecía que el tendero no se había dado cuenta de su presencia ni la de Eddie. Caminó hacia el otro lado, fijándose en las camisetas de compresión colgadas en sendos montantes sobre el muro izquierdo. Imaginó a su compañero vistiendo una de ellas y por poco no le salió sangre de la nariz.

"¡Contrólate!", se reprimió. "No puedes andar haciendo numeritos en un lugar público". Siguió atendiéndose a sí misma, ignorando el grito ahogado con tono de decepción que había intentado colarse por la puerta trasera.

-¿Encontraste algo que te gustara?

La pelirroja dio un salto que casi la mandó a colgarse del techo.

-¡Casi me matas de un susto! -otra vez adoptó un puchero que la hizo verse aún más linda.

-Lo siento, no pensé que estuvieras tan concentrada.

-Respondiendo a tu pregunta, ninguno de los patines que hay en esta tienda me sirve; todos están hechos para pies humanos. Es una lástima, porque la oferta de cascos no es nada de mala. ¿Qué tienes ahí?

Señaló un objeto grande, de color gris oscuro y que tenía un asa en su parte superior. Parecía bastante pesado.

-¿Esto? Es una piedra de Curling, algo que, si te digo la verdad, nunca pensé encontrar por estas latitudes -la tomó de abajo porque se le estaba cansando la mano derecha-. Forma parte de uno de los deportes de invierno que más llama la atención.

-¿Planeas comprarla?

-No, sólo me llamó la atención. La encontré aquí a la vuelta, sobre un mueble. Iré a dejarla antes de que el dueño se dé cuenta.

Dicho y hecho. Diez segundos después ambos volvían a reunirse y dirigieron sus pasos al otro lado de la tienda. La centauro ya había salido de la zona de práctica y estaba esperando a que le envolvieran su flamante compra; haría falta una bolsa extra grande y segura para una caja tan larga. Detuvieron su vista en la zona de las gorras; todas eran del estilo 59/50, casi idéntico al que usaban los beisbolistas profesionales en el campo de juego.

-¿Te parece que les echemos una mirada? Con el sol tan fuerte que hay, podrían ser una buena compra.

-¿Me leíste el pensamiento? -acotó él-. Recién recordé que todas las de este tipo que alguna vez tuve se quedaron en Toronto, guardadas quién sabe dónde.

-Quizás tu madre todavía las conserva.

"Eso si es que no mandó a limpiar hasta el último rincón del desván luego de mi graduación", pensó. A veces sentía verdadero terror por algunas de las "genialidades" de su progenitora.

-¿Puedo ayudarles en algo? -la voz del tendero cortó su breve conversación-. Perdón por la demora, pero prefiero atender a los clientes más complicados yo mismo.

-¿Tenemos cara de complicados?

-Ustedes no, señorita. Me refería a la centauro que acaba de irse. Es una perfeccionista de la vieja escuela y tiradora profesional. Viene a comprarme materiales con frecuencia. Antes de llegar a Japón se ganaba la vida en torneos de arquería por el corazón de la vieja Europa.

En ese momento Pachylene pensó si ella también podría emplearse en algo y así aliviar la carga financiera de su anfitrión. "Tal vez deba pasarme por el despacho de Smith el lunes y preguntarle sobre posibles ofertas".

-Estábamos mirando estas gorras. ¿Tiene alguna oferta interesante?

-De hecho, sí -contestó el locatario-. Este lote de aquí -apuntó al montón justo detrás de ellos- está con 20% de descuento hasta la hora de cierre.

-¡Estupendo! Llevaremos dos.

Una pasada de tarjeta más tarde, ambos salían de la tienda con la compra puesta y reemprendieron el camino hacia el centro del distrito, lado a lado como buenos compañeros. Al final ambos se decantaron por un modelo de color blanco con un logo en tonos rojos y grises justo al centro. Con un poco de cuidado y buen juicio, no pasarían tanto tiempo en el cesto de lavandería.

-Gracias por un día maravilloso, Eddie -Pachylene se arrimó a él como un gato junto al fuego del hogar, cerrando los ojos con placer-. Me gustaría poder compensarte de alguna forma.

-Basta con que estés aquí, querida -le sonrió cuando ella enfocó su mirada en él-. Ahora que me doy cuenta, son recién la una. ¿Te parece si vamos a almorzar a un sitio agradable?

-Si tiene aire acondicionado, sería capaz de ir a donde fuera.

-Esa es la actitud que me gusta ver.

El canadiense deslizó suavemente su brazo derecho para tomar el izquierdo de ella, tal como cuando un padre lleva a la novia hacia el altar en su gran día. Pachylene se sobrecogió por un momento.

-Mira adelante: hay una enorme oleada de gente yendo hacia todos lados y cualquier golpe podría causar que nos perdiéramos entre la multitud. Mantengámonos cerca el uno del otro, ¿vale?

-Entendido.

Como piezas al unísono en una partida de ajedrez sincrónico, se movieron hacia adelante con lentitud y firmeza, apoyándose siempre en el ritmo del otro para mantener el foco en la tierra prometida. Vino la primera oleada, la segunda y luego la tercera; arietes humanos asediando la torre del homenaje. Vino la última carga de estandartes y caballeros bajo el ruido ensordecedor de cientos de zapatos buscando una ganga. Después, vacío, tranquilidad y una bocanada de aire salvador al otro lado del escarpado océano.

-¡Hey, mira a esa fenómeno!

Tal vez la batería de las buenas intenciones había comenzado a funcionar demasiado pronto…

-19/F-

Tionishia entró a la oficina, agachando la cabeza a última hora para evitar incrustársela contra el marco de la puerta. Aún así, se las arregló para seguir tarareando el último éxito de ANM48, su grupo favorito de todo el mundo mundial. Llevaba una bolsa de papel café consigo; de ella emanaba un aroma muy agradable. Se dirigió al escritorio de Smith, quien se veía, una vez más, sobrepasada por la montaña de papeles que amenazaba con derrumbarse sobre ella en cualquier momento.

-Ten, para que subas el ánimo -le dejó la bolsa encima del informe que estaba leyendo en esos momentos-. No sabía si pedírtelo sin azúcar o no, y al final decidí echarle sólo una cucharadita.

-Gracias, Tio -la pelinegra sorbió con gusto el amargo sabor de la cafeína concentrada-. No sé qué haría sin ti.

-Lo mismo de siempre, sólo que tendrías que ir tú misma a la cafetería del frente -la rubia se sentó al frente de su compañera de trabajo-. ¿Qué tal van las cosas?

-Como siempre. Ahora resulta que tenemos una equidna en la lista de espera. ¡Una equidna! Si ya encontrarle casa a esa wyvern problemática fue una tortura de los mil diablos, no quiero ni pensar cómo va a ser con esta: a la más mínima señal de infidelidad, te inyecta veneno en el cuello y te exprime el aire con su cola. Es casi injusto que nos estén llegando todas las freaks celópatas a nosotros.

La monumental ogro asintió silenciosamente, recordando a cierta pelirroja de busto grande, temperamento de fuego y que cocinaba muy mal.

-¿Y qué tal está Manako? -preguntó Smith.

-Mucho mejor. Hoy se comió todo lo que le preparé de desayuno e incluso pidió repetición. Nunca había visto a nadie devorarse tres cuencos de arroz con tanto frenesí -suspiró-. Cómo desearía tenerla aquí, con nosotras…

-Ten paciencia, Tio. Sólo le quedan dos semanas de reposo. Permíteme usar la imaginación un momento -dejó el informe a un lado y carraspeó-: ya veo que le dedican una página en la sección de vida social. "Atención, orcos, trasgos y otros pervertidos varios. Siéntanse libres de hacer sus cochinadas a diestra y siniestra porque Manako, la mejor francotiradora de la ciudad, no podrá detenerles. ¿Y por qué? Pues porque se halla prisionera de un ojo irritado".

-Smith, eres terrible.

-Al contrario, querida. No he hecho más que resaltar las cualidades de nuestra gran amiga. Además, si esos inmorales insisten en ponerse pesaditos… tienes mejores puños que yo para proceder a ajustarles las cuentas.

-Venga, si no les pego tan fuerte. A lo sumo quedan con unos cuantos traumas craneanos de nada, o unas costillitas rotas, o pérdida total de memoria -contó con los dedos-. Secuelas bohemias, todas ellas.

Tionishia sorbió un poco de su propio café. Ella usualmente lo tomaba con crema, un poco de caramelo y azúcar extra. Recordó esa ocasión en la que, por error, tomó el vaso que tenía el expreso triple de Smith y, tras beberlo, sus pobres papilas gustativas casi se fueron al otro patio. Aún no entendía cómo su compañera humana podía aceptar sumergirse en ese líquido negro que, para los no tan entendidos, parecía petróleo crudo.

-¿Qué tal tu ronda de visitas?

-Muy bien, aunque me llevé una sorpresa bastante peculiar con Pachylene -procedió a contarle, con lujo de detalles, la visita al departamento de Eddie Maxon-. Pocas veces había visto a un par de individuos más deseosos de desmentir las consecuencias de compartir un lecho.

-Como liminal que soy, me gustaría que te pusieras un poco en el lugar de los anfitriones antes de juzgarlos -replicó la rubia tras rascarse la frente cerca de la zona de nacimiento de su cabello-. Aquí tienes a un tipo, más encima extranjero, que hasta ayer se levanta viviendo sólo y enfocado en llegar a fin de mes. Y así, como quien no quiere la cosa, recibe a una compañera que da un giro de 180 grados a su mundo. La duda es algo que, eventualmente, nos toca a todos por igual. Es lo que me sucedió a mí, sin ir más lejos.

Kuroko miró fijamente a Tionishia. Sus palabras captaron su atención de tal modo que hasta dejó el café de lado.

-¿Sabes lo aterrada que estaba cuando llegué a Tokio por primera vez? Antes de eso, no conocía otro mundo que el fuerte de mi tribu en las montañas del sur. Muchas veces me sentí como pez fuera del agua y también pensé, en mis días más complicados, abandonar todo. ¿Pero sabes por qué no lo hice? -ahora adoptó un tono más formal y frunció el ceño- Porque creo y sigo creyendo en que relacionarnos con los humanos no puede ser más que un gran beneficio para nuestra especie. Y eso sólo será efectivo en la medida en que ambas partes estén dispuestas a dar y recibir -sentenció-. Sí, hay muchos anfitriones negligentes, pero otros que colapsan lo hacen porque no se les da el tiempo suficiente para aprender todas las implicancias del nuevo orden. Tal vez deberías repasar el concepto de simbiosis, querida; te hará bien.

Tio se tomó el resto de su café de un simple trago. Ni siquiera alcanzó a percibir los aterciopelados toques de la crema batida; así de demandante era su garganta.

-Conozco a Pachylene -continuó luego de la dulce pausa-. Es una buena chica y estoy segura de que ella y el canadiense del que me hablaste saldrán adelante tan bien como Cariño -al mencionar a Kurusu, se sonrojó levemente y luego suspiró.

La pelinegra se quedó en silencio ante la profunda exposición de su contraparte. Esta era una faceta que no le conocía; usualmente sus gustos estaban enfocados en la cultura pop, los chocolates y dulces, los peluches (mientras más tiernos, mejor) y la ropa de temporada.

En eso la puerta se abrió de súbito y un hombre de estatura normal, con gruesas gafas y ataviado de pies a cabeza con un sobrio traje gris, entró a toda prisa.

-Smith, menos mal que estás aquí.

-¿Qué ocurre, Sakurada? -ella vio que el recién llegado se veía agitado.

-Tenemos un 167 a dos calles de aquí, cerca del parque local.

-Oh, genial… Son ellos otra vez.

Se puso de pie como activada por un resorte, ajustó sus gafas y se dirigió rauda hacia la salida.

-¿Te acompaño, Smith?

-No será necesario por el momento. Pero si empeora, serás la primera en saberlo. Ten tu móvil encendido por cualquier cosa.

La puerta se cerró con un portazo del quince, dejando tras de sí a una belleza despampanante y muy preocupada.

-20/D-

"¡Hey, mira a esa fenómeno!"

La frase chorreaba veneno y resonó como un campanazo en la mente de Pachylene. Al menos así le pareció cuando escuchó la voz chillona de ese hombre desagradable, vestido con un estilo que que, con algo de imaginación y suma indulgencia entraba entre el hippismo puro y la nouvelle vague. O tal vez era simplemente un ejemplo de manual en lo referente al descuido. La mujer que lo acompañaba, de cabellera rubia recogida en un moño con aspecto de brócoli, le causó la misma impresión, con una expresión falsa y pétrea oculta bajo lo que parecían ser toneladas de maquillaje, dándole un tono de piel excesivamente bronceado.

-¿Cómo me llamaste? -replicó ella, poniéndose en guardia de forma instintiva y frunciendo el ceño.

-¡Mira, no sólo es un fenómeno, sino que también sorda! -replicó el tipejo de tres al cuarto-. ¿Puedes creerlo?

-Pensé que los pájaros tenían buen oído -dijo su acompañante de forma socarrona-. Tal vez esta llegó tarde a la repartición o algo así.

Ambos rieron de forma cruel.

-¿Se puede saber qué les pasa, par de idiotas? -ahora Eddie se había metido al ruedo-. Ella no les ha hecho nada para que la basureen así. Váyanse a molestar a otro lado, ¿quieren?

-Lo que faltaba: la pajarita tiene novio -espetó el hombre.

-¡No somos novios! -contestaron los compañeros con una sincronización tan perfecta que incluso ellos mismos quedaron sorprendidos. Pachylene se ruborizó levemente, lo que permitió que la pareja de incordios volviera a la carga; al mismo tiempo una multitud de curiosos, entre los que había algunas liminales, formó un círculo alrededor de ellas.

-¿Conque no lo son, eh? -ahora la mujer tiró su baza-. Entonces, ¿por qué te sonrojaste?

-Lo que mi cuerpo haga no es asunto tuyo -contestó la pelirroja, pasando a un modo cada vez más encolerizado-. Además, ¿con qué derecho me criticas si ni siquiera tienes vida propia? No pongas esa cara; me basta darte una mirada para saber que te alimentas de las indirectas sarnosas. Te pareces a las chismorrientas de mi pueblo; locas de atar, todas ellas.

Las palabras de Pachylene habían dado en el blanco con eficacia devastadora. La mujer excesivamente maquillada hizo un rictus tal que parecía que se le iban a reventar las venas de la frente. Eddie no pudo evitar el esbozar una sonrisa.

-¡¿Cómo te atreves, maldito engendro?! -reaccionó con furia, balanceando peligrosamente su bolso para usarlo como porra contra la arpía. Se movió para asestar el golpe… y terminó impactando el pavimento; Pachylene se había echado para atrás en el último momento. Al emplear tanta fuerza, la mujer maquillada perdió el equilibrio y, en su afán por no caer, terminó rompiendo el taco de uno de sus zapatos.

-¡Fallaste! -la liminal ahora le había sacado la lengua a modo de burla; si tan sólo hubiera añadido el toque del párpado hacia abajo, la humillación sería perfecta-. Ese golpe fue tan lento que podría haberlo esquivado con los ojos cerrados y un ala atada a la espalda. Tal vez con unos diez o veinte años de práctica aumentes tu tiempo de reacción en medio segundo, rubita.

La multitud, que crecía por momentos, seguía contemplando la escena en silencio.

-No se los volveré a decir: váyanse -ahora el canadiense había pasado a la ofensiva-. El solo intentar causar daño físico a una extraespecie ya es un delito grave.

-¿Quién te crees que eres, extranjero? -el renacuajo tampoco quería dejarse ganar- ¿Acaso tienes la potestad para venir a pontificarme en la cara porque tienes una visa? Todos los malditos americanos son iguales…

Lo siguiente fue totalmente inesperado. Eddie dio dos pasos firmes hacia adelante y, con su mano derecha, cogió al hombre por el cuello y lo levantó hasta dejarlo al mismo nivel de su rostro. Comenzó a apretar como si tuviera una pinza hidráulica por mano, mirándolo con una furia extrema, casi primitiva. Fue un estallido de adrenalina en toda regla. La multitud comenzó a asustarse mientras el desgraciado se sacudía cual pez fuera del agua.

-Repite eso -dijo de forma asesina. Su voz parecía poseída por el espíritu de un demonio ancestral y sediento de sangre.

El condenado troll ni siquiera pensaba en hablar. Los ojos se le ponían como platos mientras luchaba desesperadamente por obtener algo más de oxígeno. Estaba absolutamente aterrorizado, perdiendo el conocimiento y mucho más a merced de un coloso que no dudaría en someterlo a una muerte lenta, horrible y dolorosa ante su más mínima reacción.

-¡Discúlpate! -vociferó, haciendo que el miedo se traspasara del fastidioso al resto de la multitud.

-¿Viste eso?

-¡Lo va a matar si no lo suelta!

-Me siento como en una ejecución de la Edad Media.

-¿Pero no que allí decapitaban a la gente? Esto es mil veces peor.

-Mami, ese señor alto me da miedo.

-¡No mires, hijo!

-¡Que alguien llame a la policía!

-¿Cómo puedes estar tomando fotos en un momento como este, Yuna?

-Es que con esto me gano 10,000 retweets seguro.

-No tienes remedio…

-¿Acaso el desgraciado ese está mojando sus pantalones?

El último de los espectadores tenía razón. El renacuajo, totalmente vencido por el pánico, había perdido el control de sus esfínteres. Unas gotas doradas procedentes del centro de sus jeans comenzaban a recorrer el camino hacia el asfalto azotado por el calor. Sus movimientos ya no eran tan bruscos; por momentos parecía que se había quedado totalmente quieto.

Pachylene contempló la escena con tanto o más pavor que el resto de los testigos. ¿Acaso su amigable anfitrión y este hombre alimentado por un deseo irrefrenable de destruir eran… la misma persona? No quería pensar en las posibilidades.

De súbito, Maxon liberó su poderosa tenaza y el fascineroso racista cayó a sus pies, respirando con suma dificultad debido al inmenso dolor que sentía en la tráquea. Ni siquiera se dio cuenta que se había mojado el resto de la ropa con su propia orina. Era un absoluto despojo, una caricatura vacía de sí mismo; hasta la escasa dignidad que le quedaba embarcó en el último bote salvavidas. La mujer maquillada sentía como si se le hubiera ido el alma del cuerpo; nunca antes había estado tan cerca de la muerte. Se sintió pequeña y sucia, con menos valor que una bacteria.

-¿No me escuchaste? ¡Te dije que le pidieras disculpas! -el canadiense miró a su patética presa con todo el desprecio correspondiente para el mínimo común denominador del género humano-. ¿O acaso quieres más? Porque -hizo sonar sus nudillos en pose amenazadora- tengo mucho más.

Otra vez aparecieron en sus manos las Fairbairn-Sykes plagadas de toxinas. Nadie más las sintió ni vio. Las negras hojas estaban sumamente felices de tener que actuar dos veces en el mismo día, siseando de placer ante la posibilidad de consumir a una nueva víctima... y cenar por adelantado.

-¡Eddie, no! -la pelirroja se arrimó a él y lo cogió del brazo izquierdo, tratando de hacerlo reaccionar-. ¡Ya basta, por favor! ¡Ha sido suficiente!

El despojo, una vez que pudo recuperar el aliento, intentó salir corriendo despavorido, pero la multitud no lo dejó pasar.

-¡Aléjenlo! ¡Aléjenlo de mí! -gritaba desesperado, evidenciando que hasta su racionalidad murió aplastada por la cruel pinza- ¡Es un lunático! ¡Nos va a matar a todos!

La escena se hizo clara en ese momento. Maxon sacudió su cabeza rápidamente, como si hubiera despertado de un mal sueño. Miró, sin entender mucho, al tipo que actuaba como pollo descabezado, a la mujer de expresión totalmente desfigurada, a la multitud quieta como lápida y, por último, a su compañera. Sus ojos exhibían una preocupación extrema y estaban a punto de derramar un torrente de amargas lágrimas.

-¿Pachylene? ¿Qué… qué ha pasado aquí?

-Has vuelto… -la represa cedió y empezó a llorar, quebrando su melodiosa voz en el proceso-. Me alegra tenerte conmigo. Nunca me dejes, ¿vale?

En el preciso momento en que Smith y Sakurada se abrían paso entre los curiosos, humano y arpía se abrazaron fuertemente. El demonio insaciable, sobrecogido por aquella muestra de afecto, abandonó la escena sin dejar el más mínimo rastro.

Logro desbloqueado

50G - ¡Abajo con los nativistas!

-21/F-

-De todos los casos que he tenido que manejar en este trabajo, nunca me había encontrado con uno que tuviera un desenlace potencialmente fatal -dijo Smith muy seria, tomando un sorbo del café que se había traído de la oficina. Estaba frío, pero no le importó.

-Como ya te dije, aún no tengo muy claro lo que pasó. Sólo recuerdo que íbamos caminando tranquilamente por esta misma calle -el canadiense apuntó hacia el frente para enfatizar; estaban sentados al interior de un pequeño restaurante y esperaban a que llegara su almuerzo- cuando esa pareja de idiotas comenzó a insultar a Pachylene sin razón aparente. La llamaron "pájara", "sorda" e incluso insinuaron que ambos éramos novios.

-Y no lo somos -continuó la aludida, hinchando el pecho-. Eddie les dijo que se fueran, pero no hicieron caso. Nunca me había encontrado con gente tan desagradable en mi vida.

-¿Más aún que las tablas de surf? -inquirió él.

-Mucho más -la pelirroja asintió.

La agente de MON los miró sin comprender mucho. "A saber de qué han estado conversando recientemente", pensó.

-De cualquier modo, Maxon, creo que te pasaste en tu reacción -continuó la pelinegra, bajándose un poco las gafas para imponer autoridad. Acabo de hablar con Sakurada, el colega que dispersó a los curiosos y luego llevó al pobre desgraciado al hospital…

-De pobre no tiene nadita de nada -acotó Pachylene-. Pero de desgraciado mucho.

-Eso da lo mismo. Como estaba diciendo, el tipo ese se salvó por muy poco de que le rompieras la tráquea, señor Maxon. Más allá de que sean unos malnacidos, nadie merece esa clase de final. Igual pasará una buena temporada en el hospital.

-¿Los conoces? -preguntó el canadiense.

-Más de lo que quisiera, desgraciadamente. Han sido una espina en el zapato desde que comenzó el programa de integración de las extraespecies, siempre molestando a las liminales y sus anfitriones. Son un reflejo de ese estúpido racismo reduccionista que necesitamos erradicar de la sociedad.

-Entonces recibió lo que merecía. Mira que llamarme americano cuando soy canadiense…

-¿En serio te llamó americano?

-Te repito lo que te dije la primera vez: relacionarme con esos rednecks nativistas e incivilizados es un insulto; yo soy una persona civilizada, culta y, ante todo, razonable. Como tú misma has ilustrado con este caso, son de lo peor que existe.

-¿Tendrá esto alguna consecuencia para nosotros, Smith? -la arpía levantó la mirada con curiosidad.

-Más allá de la molestia a corto plazo, no -respondió la agente-. Como ya les dije, son viejos conocidos de la agencia que, desgraciadamente, nunca aprenden la lección. Y yo que pensaba que después del puñetazo aquel se quedarían tranquilos…

-¿A qué te refieres?

Smith les contó, a grandes rasgos, el encontrón que tuvieron originalmente Kurusu y Miia con la pareja racista, omitiendo, como es natural, los nombres y los detalles del episodio en el motel; se refirió a ellos como "un chico de buen corazón" y "una lamia bonita y fiel, pero sumamente celosa y con un humor de perros".

-Bueno, supongo que después de esto no les quedarán ganas de andar tonteando por ahí -dijo Maxon-. Como se les ocurra molestarte de nuevo -miró a su compañera-, se van a enterar. Creo que, en esta ocasión, fui magnánimo.

Smith casi se atragantó con el café de la pura impresión.

-¿Magnánimo? ¡Casi lo mataste! -susurró para que los otros clientes no escucharan nada comprometedor.

-Pero sobrevivió. Además, él se lo buscó por provocarnos, así que no puede echar mano a ninguna clase de atenuante. Pachylene es mi responsabilidad y debo asegurarme de protegerla ante esta clase de molestias -sentenció solemne-. Por algo somos compañeros.

-Suenas como un Samurai de las películas de Kurosawa -fue lo único que atinó a decir Smith.

-¿Eso significa que soy una Geisha como la de las antiguas leyendas? -inquirió la arpía, pensando cómo se vería con kimono, faja, peinado con aguja y calzado (adaptado, por supuesto) a la antigua usanza.

-Con todo el respeto que me merecen las Geishas, ninguna se habría defendido como lo hiciste tú -le acarició la barbilla con esos dedos que a ella le encantaban-. Realmente hiciste ver mal a esa desagradable mujer. Aún no entiendo cómo podía siquiera mover los ojos o la boca con tanto maquillaje.

-Todo es cuestión de timing. Tal vez algún día te lo enseñe -replicó, sacándole una risa sana a ambos; realmente lo necesitaban luego del mal rato. Acto seguido, llegó el almuerzo (comida tailandesa variada) y los tres se dedicaron a conversar de cosas más triviales, como el paseo que habían efectuado en la mañana y los eternos problemas derivados de la falta de una cafetera. Smith, sin embargo, no nombró a Tionishia ni a Manako; la idiota de Zombina estaba fuera de toda cuestión. Ya llegaría el momento de hacer las presentaciones formales.

-Bueno, muchachos. Fue un placer verlos de nuevo, pero tengo que irme.

-Espera un momento, Smith -la arpía hizo una seña notoria con la punta del ala izquierda-. Aún falta lo más importante.

El camarero llegó y dejó la cuenta por un total de 3.500 yenes encima de la mesa para luego dirigirse a Smith.

-¿Efectivo, cheque o tarjeta?

-¿Qué pasa aquí? -la agente se veía intranquila y descolocada.

-Como aún le debes a Eddie el consumo de ayer, hablé con el mozo que nos atendió mientras estabas en el baño y le dije que pagarías tú -le guiñó el ojo con picardía-. De otro modo, nunca se lo devolverías. Y no me mires así, porque te conozco.

Por toda respuesta, Smith miró a Maxon con expresión fulgurante; él se limitó a encogerse de hombros, como diciéndole "a mí no me recrimines nada; yo no tenía idea de esto". Había caído como una niña en la trampa más vieja del libro y se sentía horrible. Pero ¿qué otra opción tenía? Estaba claro que no la dejarían salir a menos que pusiera esos 3.500 yenes encima de la mesa; lo contrario era pasar una noche en la comisaría más cercana o el resto del día lavando una pila de platos del tamaño del K2.

Suspiró. Pachylene no era una niña inocente, después de todo.

-Está bien, pagaré, pero sólo porque quiero evitar más problemas -enfatizó, sacando su billetera que, curiosamente, contenía el importe exacto de la cuenta. Esa visita al spa tendría que esperar otro mes. Capeado este impasse, se despidieron para seguir por sus respectivos caminos.

-Eres perversa, ¿sabías? -acotó el anfitrión mientras emprendían el camino a casa para esperar la ropa que habían comprado-. De cualquier modo, fue una buena jugada.

-Tengo mis trucos, como ves.

-Tal vez también deberías enseñarme eso. Sería genial para probarlo con los compañeros de trabajo.

-Podría enseñarte mucho más que eso, si me lo permitieras -ahora ella pasó su voz a un tono más seductor-. ¿Tienes algo que hacer esta noche?

-¿Estás de broma?

-No -volvió a acercarse a él y ambos caminaron más despacio-. Sólo quiero agradecerte por un gran día juntos, a pesar del incidente con esos idiotas. Hoy ha sido… una balaustrada de emociones.

-Interesante analogía -Eddie reaccionó con genuino interés-. ¿Podrías desarrollarla un poco más?

-Claro. Crees que vas en perfecto equilibrio sobre la barra, desafiando la altura y sus riesgos cuando algo te hace inclinarte peligrosamente hacia cualquiera de los dos extremos. La matriarca de nuestro clan lo concebía como un ciclo eterno: estás en la felicidad exaltada y luego viene el desastre. Después, vuelves a ser feliz y así sucesivamente.

-Espero, entonces, que el próximo desastre se tome su tiempo para llegar.

-Tranquilo, Eddie. Si llega, aquí lo estaremos esperando como se merece: ¡con una patada en la entrepierna!

Pachylene dio un gran salto y extendió las alas al máximo. Aterrizó suavemente y mostró nuevamente ese rostro risueño que tanto le gustaba ver a su compañero. Se tomaron de los brazos y continuaron paso a paso, disfrutando la compañía del otro. Mientras tanto, los albañiles sonreían satisfechos ante el avance de su obra.

Nota del Autor: Si el guante encaja, póntelo. Esa es la principal lección para haber subido un poco el tono trepidante de la trama. Sé que usar a los xenófobos de turno puede ser un recurso barato, pero al menos su efectividad para estos nobles (?) propósitos no ha decrecido desde que entraron al universo original por primera vez. Al mismo tiempo, comienzan a verse los límites a los que estaría dispuesto a llegar Eddie por proteger a Pachylene; tal vez perforó la capa más externa, pero ¿se atreverá a llegar algún día al mismo núcleo de la furia y deshacer las amarras de su propio autocontrol? Bien podría ser que la incipiente amistad entre estos compañeros tan peculiares esté en el punto de mira de esta arriesgada partida, así que dejaré la pregunta como ejercicio libre para ustedes, queridos lectores. ¡Ah...! Eso que se escucha ahí fuera es la wyvern mensajera; su servicio es excelente y siempre me trae toda la correspondencia a tiempo, por no mencionar las buenas propinas que se gana... Bien, veamos qué encontramos por aquí.

Tarmo Flake: ¿Estás errando de tu lado más cauteloso? Pensé que alguien como tú conocía todo lo sabido y por saber sobre cultos extraños y criaturas de aquí, allá o acullá. Respecto a la fiera Aria, nada te impide escribirle a Okayado y pedirle que considere el personaje para futuras entregas. Total, no hay peor trámite que el que no se hace. Y ya que vamos al revés con los puntos que has expuesto, he de decir que me siento halagado por tus palabras. Concibo la progresión de la relación entre Pachylene y Eddie como tirar una cuerda poco a poco, de modo que no se corte ni deshilache producto de la impaciencia. Ya te había contado antes que mi foco como autor está en los pensamientos y los paradigmas antes que las acciones, aunque nunca es bueno prescindir de ninguno de estos elementos si se quiere lograr un resultado como este, de relativo éxito y disfrute por parte de la comunidad.

Paradoja el Inquisidor: Gracias por haber aclarado tu punto sobre el romance, pero insisto en que la frase, tirada de tal modo, quedaba demasiado abierta; un poco de especificidad no haría daño de ahora en adelante. Respecto a la procedencia de Pachylene, ella misma viene de Okutama, aunque las raíces de su clan son algo que elaboraré, si me es posible, en futuras entregas. Después de todo, los cánticos y rituales junto al fuego son algo propio de muchísimas culturas antiguas (y no tanto) alrededor del mundo, incluyendo, por cierto, a los nativos americanos. ¿Y la unicornio? Admito que eso fue irse por el camino alternativo durante un par de kilómetros, pero creo que quedarían bastante bien dentro del canon de la serie; su actitud calmada y displicente vendría bien para balancear un poco el fuerte temperamento de la centauro promedio, por no mencionar que sería un flanco ideal para sacarle celos a Cerea y empujarla a ser un poquito más valiente en... ¡Detengan todo! Creo que me fui un poquito en la volada con eso, como se dice coloquialmente.

Alther: Realmente haces que me sonroje con esas palabras. En serio. Esperaré no decepcionar cuando toque elaborar el siguiente capítulo. Y muchas gracias por ser tan fiel con los comentarios hasta ahora.

Eso es todo por hoy así que ¡hasta otra! O como se dice en japonés, "menos mal que Eddie casi nunca se enfada, porque si no... ¡aquí la palmamos todos!"