Pasta.
Había algo parecido a una ley implícita entre los gemelos.\ambos amaban la pasta, y se había acordado no prepararla en casa salvo para ocasiones especiales; sino pasarían los días enteros comiendo solamente spaghetti.
Siempre había un tentador paquete de pasta aguardando paciente en la alacena. Sin embargo, con o sin ley, aquella tarde Tom se sentía feliz y satisfecho. Satisfecho y hambriento de pasta.
También se sentía una paradoja andante.
Acercó el rostro al agua, que hervía paciente en la estufa; confirmando por el olor que las hojas de laurel y los ajos estaban haciendo su trabajo, y no le faltaba sal.
Destapó el glorioso paquete de Barilla y fue tomando pequeños manojos de la larga pasta para deslizarlos con suavidad en el agua. Esperando que la punta se ablandara para poder introducirlo todo hasta que la totalidad del paquete estuvo dentro.
Lo removió para que el agua le cubriera uniformemente y elevó la temperatura.
Cuando se trataba de pasta, poco le importaba esperar.
Se rascó bajo la malla de la cabeza y se lavó las manos. Tenía un complejo con la limpieza, y era escrupuloso al cocinar.
Después sacó una tira de spaghetti y cortó un trozo. Aun no estaba suave del centro.
Sacó una coladera honda, de cualquier forma no le faltaba mucho si el círculo blanco del centro era tan pequeño. El agua había estado bien caliente. Se sintió orgulloso de sí mismo.
Pasó otro rato, dibujando en una servilleta antes de repetir la acción y confirmar que estaba lista. Apagó y espero que enfriara.
Alguna sonata en cello sonaba en la radio, y el humo se elevaba de forma grácil hacia el techo.
Sacó el queso y comió un trozo antes de vaciar la pasta en la coladera.
La dejó estilar y removió para sacar el ajo y las hojas cuando vio a su hermano en el umbral.
–Tomi, qué vamos a…
–Pasta. –levantó un poco para que el otro pudiera verla.
Valía la pena ser espontáneo de vez en cuando si podía ver aquella sonrisa de vuelta y sentirse de nuevo como un niño.
