XV

Para un Santo de Atenea no había otro amor que su Diosa. El sólo pensar en que su pasión llegara a volcarse sobre otra criatura, sería un sacrilegio.

Para un General de la Marina de Poseidón, desear lo que pertenece al Emperador de los Océanos sería blasfemia, e intentar poseerlo no sería otra cosa que traición.

Aún así, al tanto de los alcances de su apostasía, nunca se sintió tan ungido como en aquel momento, en que contemplaba el objeto de sus múltiples sacrilegios tendido a su lado, dormitando plácidamente sobre su cama. En vano era preguntarse si convertir a la sirena en su amante sería la afrenta que acabaría con su vida, pues la respuesta ya no le era para nada trascendente. No después de conocer el sosiego de venerar un cuerpo mortal y además prohibido, pero que se entregaba a él como le entregaba su alma, en total abandono, como ningún alma humana hubiera podido entregarse.

Ahora la sirena yacía sobre su costado, inmóvil excepto por los leves vaivenes de su respiración. Él se ocupaba en seguir con la mirada las líneas suaves de la figura femenina: el contorno que iniciaba en el hombro expuesto y continuaba en la espalda pálida, para quebrarse en la cintura y antes de la cadera... La depresión que surcaba su espalda desde la nuca hasta donde termina la espina dorsal, y deja de llamarse 'espalda'… Las hebras doradas que se esparcían sobre la almohada.

Sonrió, incrédulo de la proeza que significó llegar a su recámara. Su mirada estaba ausente mientras pasaba sus dedos entre los cabellos de la sirena, su mente le relataba, como entre sueños, los sucesos de las últimas horas.

¿Cómo fue que pasó de estar al borde de la locura, a este momento en el que el mundo entero dejó de importarle? Ahora no había voces que lo atormentaran ni recuerdos que lo asediaran, y el deber hacia los Dioses no podía importarle menos.

Si hace tiempo hubiera sabido que sucumbir a los deseos que la sirena incendiaba dentro de su cuerpo le traería esta calma hasta ahora desconocida, quizá hubiera puesto menos resistencia.

Trataba de recordar… ¿en qué momento decidió que no le importaba el futuro, ni el presente? ¿En qué lugar se abandonó a los impulsos primarios que de alguna forma milagrosa lograron que el mundo, tanto terrestre como marino, dejara de existir?

Unas horas antes, en el jardín…

En su regazo…

Recordaba que dejó de sentir las lágrimas de la sirena caer sobre su cabeza. Extrañándolas en el momento, alzó la vista en búsqueda de los ojos celestes. Los encontró de inmediato, fijos en él con tanta compasión… y tanta… ¿pasión? Supo que quería naufragar en esos ojos, en el lugar mismo donde el mar y el cielo hacían encuentro.

Se incorporó frente a ella, sin romper el contacto visual. Ella llevó la mano hacia la frente de él, apartando algunos mechones que interferían con la mirada del General. Él sujetó la mano con la suya, llevándola a sus labios. Besó los dedos y los nudillos, y luego hizo que la palma de la sirena se posara sobre su pecho. Ella sintió los latidos del hombre, que le contaban sobre la oscuridad y el frío que reinaban en ese corazón. La sirena respondió dejándose ir hacia él, rodeando su cuello y hombros para abrazarlo con fuerza.

El General de Marina la sintió temblando en su urgencia por aferrarse a él, y se preguntó cómo llegó a ser él la causa de tanta intensidad de sentimientos. Él quería, por primera vez desde la conocía, complacer a la sirena.

Él sabía bien lo que la cercanía del cuerpo de la sirena provocaba en él, pero no sabía qué querría ella… Pero sus intentos de hidalguía fracasaban repetidamente, a medida que el deseo incontrolable nublaba su mente. Ahora él la sujetaba de la espalda, haciendo que su cuerpo se presionara contra él. Empezó a besar el cuello de la mujer, bajando luego al hombro, sonriendo al escuchar gemidos y respiraciones agitadas como respuestas a sus atenciones. Y ante esta respuesta, sus dudas se disiparon.

En pocos segundos y sin mayor esfuerzo, estaban tendidos sobre el suelo arenoso, ambos abandonados a los mandatos de sus cuerpos, las ordenanzas instintivas y carnales que nunca debieron haber conocido.

El Dragón Marino decidió que su vida como la conocía había terminado, ahogado en las profundidades del océano, en donde el cielo y el mar se hacen uno. La sirena fue su caída, para luego convertirse su origen: ahora, cuando resurgía entre sus mareas… y renacía entre sus muslos de mujer que no lo era.

Y así fue…

En el jardín donde florecía lo imposible… en una criatura apócrifamente ficticia, el Marino descubrió que la insania es algunas veces el único camino hacia la cordura.