Disclaimer: Ningún personaje de Shaman king me pertenece. Sólo me pertenece los personajes creados para este fic.


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Capítulo 7: Traición

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Entró al establecimiento como siempre acostumbrar hacerlo. En horas de la tarde debía estar repleto de comensales, pero las personas habían desaparecido completamente del lugar. Llegaron a sus oídos el ruido de la losa, las voces de los señores de la cocina, que al parecer se encontraban ocupados con sus quehaceres. Lentamente se dirigió a una de las tantas mesas y tomó asiento en el cojín para descansar. Tenía hambre, pero esperaría que alguien saliera para pedir algo. Era el único que no se enteró de alguna actividad en especial para que ese lugar estuviera vacío. Le parecía sensato, ya que los días pasaron en un ambiente monótono, sin mucho que hacer.

Sentía que debía hacer algo, pero no sabía a ciencia cierta qué.

Su mirada paseó por los rincones del extraño decorado, no atinó a pensar de qué se trataba. Las lámparas estaban prendidas con un fuego peculiar, entre rojizo y amarillo. Papales de colores colgados por las paredes, en diversas formas. Pareciera que hubo alguna celebración donde no lo invitaron.

No le molestaba quedarse solo por unos momentos, mientras buscaba paz interior. Estos últimos días lo solicitaron para presentarse en la casa principal a causa de los asuntos de seguridad, y no dejaban de preguntarle acerca de su relación amical con Kuromitsu-dono. Sabía que era parte de las investigaciones para averiguar sobre su muerte, pero no entendía porque iban directamente con él. Le preocupaba ese tema porque el culpable estaba libre por la ciudad y seguramente no descansaría hasta acabar con la vida del Daimyo. Quería esclarecer el tema lo antes posible y compensar la muerte de su superior que había tenido un buen comportamiento con él.

—Vaya. No pensé encontrarte aquí. ¿Qué haces tan pensativo?

Volteó la vista hacia la entrada de la cocina e identificó a Mosuke que salía con su inseparable botella de Sake. Volviendo a la realidad, terminó de poner sus armas sobre el suelo y nerviosamente pasó la mano por su cabello.

—Buscando soluciones, para… podrás adivinar qué cosa es.

—Si es de trabajo, creo que sí —respondió, pensativo. Se acercó a la mesa y cayó pesadamente al cojín—. Pero si es de placer, valdría la pena preocuparse. —Soltó una carcajada.

—No me parece gracioso —dijo, sin mucho ánimo—. ¿No crees que es temprano para beber?

—¡Cualquier momento es bueno amigo! —exclamó, en una expresión feliz—. Te perdiste una excelente presentación de unas mujeres que vinieron de la frontera oeste.

—¿Presentación?

—Tú qué haces labores por ahí deberías estar enterado. Fue una invitación exclusiva de la casa principal para los comensales de la tarde.

—No entiendo que quieres decir con presentación, pero si es una actividad de la casa principal deben seguir ahí —comentó—. Mi turno terminó, así que podré descansar lejos del ruido.

—¡Estás loco si piensas que es ruido! —reclamó—. ¿No escuchaste lo que dije? Mu-je-res —deletreó.

—Has visto muchas en tu vida, no creo que importe ahora.

—¡¿Cómo que no importa?! —dijo, indignado—. Fue un regalo de la casa principal para que vengas a menospreciar. Podrás imaginártelas con el kimono 'algo' suelto y meneando sus atributos con la música.

—Puedo adivinar… —comentó, en una media sonrisa burlona—, que por esa imaginación tuya, tu oreja terminó así.

Mosuke llevó la mano a donde le señalaba y sintió la agrandada piel que casi palpitaba.

—¿Por qué no me dijiste antes?

—Porque debió ser una buena lección después de hablar de esa manera —respondió en una risa a causa de las ocurrencias de su amigo y por su oreja que parecía un tomate gigante.

—Todo lo que uno tiene que hacer para levantarte el ánimo —suspiró, aliviado, olvidándose la molestia de su propia piel—. Es un pequeño sacrificio, pero la vista nadie me la quita.

El herrero se rió a causa de su comentario y bebió algo de Sake de su botella personal. Entonces, ni bien pudo dar un sorbo, escuchó la voz de la ayudante de cocina que lo amenazaba con darle otra lección si seguía mencionando a las mujeres. Así que pidiendo disculpas se concentró en beber aún más.

—El ánimo vendrá a mí, cuando se solucione este tema importante. —Apoyó ambos brazos sobre la mesa—. ¿Todo ha estado tranquilo por aquí?

—Es algo que te puedo agradecer. ¿Creerás que nadie pregunta cuando los ven corriendo por ahí en busca de los…? —Entrecortó la frase—. Ya sabes.

—Será que viven más tiempo aquí en comparación de nosotros —respondió pensativo—. Siento que estamos cada vez más cerca, pero igual sigue generando dudas sobre lo que realmente desean… la cabeza de las tierras es siempre el objetivo, pero que pretendan generar destrozos sólo para llamar la atención, es un estilo muy peculiar cuando quieren algo más.

—Tú sabes eso mejor que yo, así que no te contradigo. Sin embargo, no te detengas en hacer lo que realmente piensas. Sé que pones el honor antes, pero si van en dirección contraria a la paz que buscamos, tampoco estamos siendo justos con nosotros mismos.

Amidamaru se sorprendió por las palabras de su amigo. A veces tenía sus iluminaciones que lo hacían madurar por unos cuantos minutos, antes que volviera a ser el mismo de siempre. Tal vez, alguien tuvo razón al decirle que era la parte irresponsable que deseaba tener por una temporada y olvidarse de sus quehaceres. Era una buena forma de ilustrar sus propios pensamientos y su propio plan de acción, sobre todo, cuando querían ocultarle información. Él cómo Samurái de seguridad no debería mostrarse perdido ante cualquier evento.

—Pensaré en tu milagroso consejo.

—No te burles, es lo que primero que se me ocurrió. —Se defendió de la sonrisa de su amigo—. Mientras cuides bien a 'Harusame', con eso estaré más que agradecido.

—Siempre lo hago. Sabe apoyar cuando más lo necesito.

—Obviamente que sí. La hice yo.

—Es más responsable que el propio herrero.

—Es un mal chiste.

Ambos se rieron por el comentario del Samurái, que en comparación de Mosuke, no decía fácilmente algo gracioso. Entonces se mantuvo en silencio mientras el Sake se desvanecía de la botella. Amidamaru siguió el sonido de la cocina, y vio como la puerta se abría para dar paso a Midori que salía secándose las manos con un pañuelo.

—Al fin termino después del alboroto que hicieron en el establecimiento —se quejó. Dejó un pañuelo sobre la mesa donde se encontraban los dos hombres.

—Justo pensaba contarle a mi amigo de lo que se trató.

—Mejor ahórrate tu historia —intervino, fastidiada.

—Por qué, si fue muy didáctico.

—¿Quieres que te deje la oreja igual que la otra?

—¡Está bien, no dije nada! —Mosuke se cubrió la oreja—. ¡Yo prefiero a Midori-chan!

—¡Pero qué haces!

La muchacha exclamó al sentir el abrazo del herrero que parecía sacarle el aire. Sus mejillas estaban como un tomate por el contacto, pues era totalmente vergonzoso saber que su amigo se encontraba compartiendo la mesa con ellos. Sin embargo, la situación era percibida de manera diferente por Amidamaru, que se rió abiertamente por la elocuencia de su amigo. Nunca pensó verlo en aquella realidad de seguir sentado en la mesa compartiendo tiempo con la joven muchacha, ya que si hubiera sido antes, no dudaría en salir detrás de las mujeres que seguramente estuvieron en el establecimiento.

—No tienes por qué hacer eso.

—Amidamaru es de confianza. —Se rió, el herrero, al soltar a la mujer y regresar a su cojín.

—Mejor voy a la cocina por más Sake —se excusó.

—Veo que ya te gustó lo de tener una relación —comentó, en una media sonrisa y toser nerviosamente al cesar su risa anterior.

—De haberlo sabido antes —rió, Mosuke; siguió bebiendo de la botella—. No me quejo. Me gusta mucho Midori-chan.

—Te deseo suerte.

—No vengas con eso —dijo, indignado—. Tuviste la oportunidad de encadenarla a ti. ¡No la hubieras dejado ir!

—Tan bien que íbamos para que toques ese tema nuevamente —suspiró, agobiado. Se encogió de hombros por el comentario no esperado de su amigo.

—Siempre te lo haré recordar, hasta que no salgas por esa puerta y vayas a buscarla.

—No lo haré por ahora hasta que tome una decisión.

—¡Tal vez está tan cerca que ni siquiera la ves!

Amidamaru se quedó callado ante el comentario tan extraño que compartía.

En sus recuerdos aún descansaban aquellos días que Asahi-dono se quedó en su casa y en una noche desapareció, así como la encontró la primera vez. Al inicio, se sintió decepcionado al ver el kimono doblado en una de las sillas, y sus pocas pertenencias ya no estaban en su habitación, lo cual era prueba suficiente para saber que se había ido, o mejor dicho, huido de su lado. Lo que vino después, fueron largas noches de pensar que hubiera sucedido si la detenía a tiempo y le reclamaba para quedarse con él. Sin embargo, sabía que no era posible, pues le dijo que esperaría por la decisión que tomara. Esta vez, tendría que ser fiel a su palabra y darle tiempo al tiempo. Todavía le quedaba la esperanza que se encontraran pronto.

—¿A qué viene tu comentario?

—¡A nada! —intervino, inmediatamente, Midori. Llegó presurosa de la cocina con una botella de Sake y un par de vasijas de losa—. No prestes atención a lo que diga.

—Midori-chan pero…

—Era una gran mujer que de seguro llegará a su debido tiempo —explicó. Dejó los implemente sobre la meda y le echó una mirada culposa al herrero—. ¡Amidamaru-dono! No pierda la esperanza. Una mujer necesita tiempo.

—Siento que me ocultan algo —comentó, Amidamaru, suspicaz—. ¿Habló con ustedes?

—N-No conversé mucho con ella, pero se notaba que tenía muchas dudas, y que regresaría cuando solucionara su problema. ¡Así que eso explicará todo!

—No creo que explique mucho cuando…

—La encontrarás en la casa principal.

Un silencio sepulcral se formó en el ambiente.

Midori se golpeó la frente al escuchar a Mosuke. Su mirada, casi asesina, cayó encima de él. El Samurái que planeaba servirse algo de Sake en su vasija, se quedó en medio movimiento por las palabras definitivas. Mosuke era el más confiado por la situación y sólo se detuvo a servirse más Sake, antes que los ojos marrones lo hicieran pedazos.

—¿Qué dices? —preguntó, totalmente ofuscado.

—¡Mosuke-dono! ¡Este hombre no se puede quedar callado! —suspiró, vencida ante imprudencia.

—Me podrían explicar lo que sucede.

—Amidamaru-dono, sólo le pido que se mantenga calmado y que escuche atentamente —pidió, cortésmente—. Asahi-dono pasó por la cocina para saludarnos. Dijo que estaba afinando unos últimos detalles de su situación, y que sorprendería con su aparición en la casa principal. Que no te dijéramos nada, porque seguramente te ibas a encontrar con ella cuando llegara el momento. Como hasta ahora había sucedido —continuó, en voz seria—. Desde mi punto de vista se veía melancólica. Porque al final se disculpó por lo que vendría después, pero no dijo por qué, sólo que pronto entenderíamos.

Se rascó la sien a causa de las palabras que le quedaron claras. Lo que más captó su mente fue la razón por la cual no le dijo que estaba en las tierras del Daimyo. Cuando se encontraban pareciera que se tratara de alguna coincidencia, al igual que ahora, no la esperaba. En verdad si era una sorpresa, sobre todo, porque no pensó asistir a la casa principal a causa de la reunión.

—¿Se encuentra aquí Amidamaru-dono?

Los presentes voltearon hacia la entrada para encontrarse con un Samurái agitado en la puerta, y que al verlo sentado, se aproximo a él. Debía ser uno de los tantos que esperaba por su turno en la noche, como parte de la seguridad. Así que lo único que hizo fue preguntar lo que se le ofrecía.

—Algunos se reportaron enfermos y no tenemos suficiente personal. ¿Crees que nos haría el favor de apoyar en la casa principal por un tiempo razonable?

—¡Lo único que faltaba! —exclamó, Mosuke, en una risotada.

—¿Dije algo malo? —El Samurái de cabellos negros se mantuvo extrañado.

—Nada. Era justo lo que esperábamos —añadió, Mosuke. Se levantó del asiento—. ¿Ahora te das cuenta que es parte del destino?

—Extraño pero cierto. —Estuvo cerca de escapársele una sonrisa—. Iré —respondió, hacia el Samurái joven. Cogió sus armas rápidamente y las volvió al cinto.

—Gracias por tu ayuda. Será hasta que acabe la reunión.

El Samurái de cabellera plateada asintió seriamente y se despidió de sus compañeros de mesa. Sin mucho preámbulo se dirigió en compañía de la otra persona para apoyarlos en lo que necesitaran. Por su parte, Mosuke y Midori quedaron viendo la salida donde desaparecieron. La primera en actuar fue la muchacha, que sin decir nada, tomó la oreja sana del herrero con sus dedos.

—¿¡Que haces!?

—Eso te pasa por malograr la sorpresa.

—¿Acaso no te diste cuenta que se encontrarían igual?

—De todas maneras no tenías por qué abrir la boca —acusó—. ¿Crees que ahora si se quede con ella?"

—No lo sé, pero no quisiera que mi amigo se vaya.

—La frontera no está tan lejos. Si está enamorado podría hacer eso, y mucho más.

—¿Me podrías soltar ahora?

—Después de lo que dijiste, no —sentenció la muchacha al seguir con su mano atorada en la oreja que terminaría del mismo color que la otra.

Suspiró por el mal trato que recibía y pensó que se vengaría más tarde, como muchas veces lo hacía. No estaba seguro si su amigo se iría por seguir a la mujer de sus sueños, pero veía más propicio que ella se quedara y pudieran vivir en aquellas tierras sin problemas. Después de todo, se imaginaba que las cosas terminarían bien para él y podrían disfrutar de su larga estadía en ese lugar.

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El Samurái que estaba junto a él parecía muy alerta ante cualquier movimiento extraño que aparecía ante sus ojos, y no dudaba en acercarse a alguien ebrio o con intenciones de comenzar una pelea. No era su turno para estar en labores y por voluntad propia aceptó apoyar, pero también quería que su responsabilidad terminara lo antes posible. Ganas no le faltaban para excusarse y dirigirse hacia su otra misión pendiente por esa noche, pero su sentido de compromiso era elevado para dejar a su compañero solo.

Paseó la vista nuevamente por la gran casa y pudo vislumbrar la fogata encendida en medio de la arena para albergar a muchas personas, todas bebían. Samuráis y sirvientes entraban y salían por los infinitos pasillos con dirección desconocida. Los salones estaban totalmente decorados con vasijas como adornos que denotaban lujo. Ningún detalle fue obviado por los organizadores, que deseaban por todos los medios, dar a mostrar lo caro y único que eran los objetos. Por otro lado, las mujeres desconocidas que le comentó Mosuke en el establecimiento, parecían muy relajadas en su baile dentro de uno de los salones. Por obvias razones, que eran explicadas por sus pocas ropas, el lugar estaba abarrotado de hombres que lo primero que hacían era llamar la atención de alguna de ellas. Personalmente, no quiso desorientar su vista por ahí, sobre todo porque aún no encontraba a una mujer en especial. Quería a toda costa que terminara su turno y poder salir en su busca.

Por más que miraba constantemente hacia los asistentes, no daba con aquellos ojos carmines característicos. Si Midori-dono le dijo claramente que se encontraba ahí, entonces tenía que ser real. Era confiable en comparación con su amigo, que le gustaba jugarle bromas. En una parte de su mente se formaba diversas preguntas acerca de su presencia en ese lugar y si ya le tendría una respuesta, que esperaba sea afirmativa. Era la primera vez que le sucedía algo parecido y no quería equivocarse con lo que hacía. No sabía si sería apresurado, pero al verla tan dudosa acerca de lo que diría, lo hizo sentir incómodo. Tal vez estaba haciendo algo mal sin darse cuenta.

—Pero que tenemos aquí —interrumpió, un hombre mayor—. Muchacho, pensé que tu turno fue en la mañana.

—Buenas noches, Aizawa-dono. —Identificó a su superior—. Vine para apoyar a Oshiro-dono por falta de personal.

—No hay de qué preocuparse. Hay tanto Sake ahora que ellos mismo no querrán ninguna seguridad.

—Es por el bien del Daimyo. Escuché que se encuentra en el salón principal. —Arrugó la frente—. No podemos tomar ningún riesgo.

—Isamu-dono se encuentra con él y es parte de su seguridad personal. Sin embargo, si deseas desgastarte aquí, por mi no hay problema.

—Aizawa-dono, fue mi pedido que se encuentre aquí ahora. Espero poder ser parte de su seguridad durante la reunión —mencionó, el otro Samurái, que hizo una reverencia respetuosa.

—Lo dejaré a su voluntad —rió el hombre mayor ante la determinación del Samurái—. Aún son jóvenes, deberían elegir una de las mujeres que se encuentran ahí, en lugar de perder el tiempo.

—Gracias por su opinión señor, lo tomaremos en cuenta.

—Hagan lo que quieran.

El hombre mayor se fue refunfuñando por la respuesta cortes de Amidamaru. De nada valía gastar su tiempo en pretender ser amable y guiarlos en una responsabilidad que no tenía fundamente en una noche de fiesta. Así que salió caminando en dirección de los demás que veían muy animados a las mujeres dentro del salón.

—Qué bueno que nos deshicimos de él. Gracias.

—Es la misma actitud que le muestra a todos.

—Me quedó claro ahora. Siempre está en reunión y no es visto mucho rondando por la ciudad, así que no me comunico mucho con él. Además es un superior. ¿Hablas siempre con él?

—A veces en misiones de seguridad —respondió, nervioso.

—Qué mala suerte. No creo que te guste verlo siempre.

—Tienes razón.

—Aunque de seguro querrán dirigirse al salón principal para disfrutar de la celebración. —Sonrió el hombre al rascarse la sien—. Estaba pensando que… ¿Amidamaru-dono?

Apretó los puños ante la imagen que paseó por sus pupilas dentro de ese bendito salón que pensó no volver a ver. Las mujeres estaban aún ahí bailando en medio de un espacio que parecía un escenario de madera, arriba de unos escalones para que haya una distancia del suelo común. La cortina era azulada para separar los dos ambientes de la parte de utilería donde desaparecía una de ellas. La cortina se movió, dándole fragmentos de segundos para vislumbrar la presencia de cabellera negra, y un rojizo que podía identificar a kilómetros a distancia.

—Oshiro-dono. Necesito unos minutos.

—¡Claro! Fuiste de mucha ayuda hoy. Puedes irte a tu casa si lo deseas o divertirte como los demás.

—Gracias.

Salió raudamente, como si viera al mismo Daimyo y lo estuviera llamando para que cumpliera con sus obligaciones. Su corazón latía acelerado a causa de la presencia que alimentaba su ánimo, y era como un imán que lo incentivaba a dejar su responsabilidad para ir en su busca. Justamente eso hacía. Caminó sin ver a nadie por el pasillo de la casa, esquivando a varios conocidos que lo llamaron, pero simplemente no les tomó importancia. Se abrió paso en un salón, y al abrir la puerta, entró a un salón vacío que conectaba varias puertas. Algunas personas caminaban por ahí sin hacerle caso, ya que se encontraban muy ocupadas conversando entre ellas. Pensó en adivinar cual puerta podría conducirlo a la parte de atrás del escenario principal, pero sería sospechoso que abriera puerta tras puerta.

—Muchacho. ¿Qué haces por aquí?

—Takahashi-dono, es parte de la seguridad. Sólo que estaba tomando un respiro.

—Me alegro que te distraigas. —Se rió el hombre mayor—. Aunque que estés por aquí. ¿no quieres que te presente a alguna en especial?

—Necesitaba hacer una última vuelta —respondió, nervioso.

—Bueno, si te animas, hay muchas por este lugar.

—Si por alguna razón necesitara algo. ¿Dónde sería bueno buscar?

—¡Esa es la actitud! —exclamó, en una risotada, antes de señalarle diferentes direcciones al nervioso muchacho—. Siempre podrás encontrarlas por el salón contiguo, por la fogata principal y la segunda planta que es muy amplia.

—Gracias por la información.

—Aunque puedo aligerarte el trabajo de buscar. Si deseas te puedo presentar a alguien.

—Está bien así. Puedo arreglármelas solo.

—Como digas muchacho. Yo también tengo asuntos pendientes con muchas, esta noche. Nos vemos.

Suspiró aliviado ante la salida gloriosa que hizo el hombre mayor, ya que se veía bastante animado por ir en busca de alguien desconocido para él. Nerviosamente se secó el sudor de la frente a causa de los consejos que parecía querer darle su superior. No quería soltar mucho la lengua y decirle que buscaba alguien en especial; no lo creyó propicio.

Gracias a su ayuda, lo primero que hizo fue dirigirse hacia la puerta que escondía las escaleras hacia la siguiente planta. Era el único lugar que más se asemejaba a la misteriosa personalidad de la chica. La había visto en la parte trasera de lo que parecía ser el escenario, así que lo más sensato sería ir hacia los demás salones.

Subiendo rápidamente por las escaleras de madera, terminó en un largo pasillo que encerraba diferentes puertas. Caminó lentamente, pero dudó de abrir alguna para terminar con su trabajo de encontrarla; si era la equivocada vería algo vergonzoso y lo botarían con maldiciones. Todo debió ser construido con la finalidad que no se escuchara nada, porque ni el bullicio de la primera planta llegaba a sus oídos. Tragó grueso al notar dónde se encontraba.

Su vista se posó en una puerta ligeramente abierta. Revisó nuevamente a su alrededor, y era la única que se encontraba en ese estado; las demás estaban muy aseguradas. Tenía que ser aquella la entrada que lo separaba del mundo real, para perderse entre los confines de sus propios deseos y la mujer que se había convertido en parte de su historia.

Caminó hacia la puerta, y se paró en la entrada.

—¿Me sorprenderás con algo más?

Su comentario quedó en el aire, casi en un susurro. Pensó que se había, pero pudo oler un perfume muy característico de la mujer de ojos carmines. Al no recibir respuesta, alargó su mano para empujar la puerta y acabar con la ansiedad, pero ni sus dedos llegaron a la superficie, cuando esta se abrió totalmente. Tuvo que afinar la vista para notar a la mujer apoyada sobre la madera, y que parecía un espejismo en la penumbra. Estaba ahí sonriendo y con una mano descansando en su cintura, en una pose de autoridad.

—¿No te enseñaron a tocar la puerta antes de entrar?

—No creo que necesite tocarla.

—Yo creo que sí. Puedes ir a la entrada y pedir por mí. El hombre con el que estuviste conversando, tiene los pases.

—Creo que no me gusta esa clase de comentarios. —arrugó la nariz. Le sonaba como si fuera alguna de las mujeres detrás de las puertas.

Automáticamente la mujer emitió una ligera risa al sentir que se acercaba a ella, y lo primero que hizo fue dejar su posición sobre la puerta y dar unos pasos hacia atrás. La puerta se cerró en ese mismo instante, y la voz de sorpresa de la muchacha se dejó escuchar en el ambiente. La boca del Samurái había caído inmediatamente sobre los labios femeninos que se entreabrieron para decir algo más. Muy tarde se dio cuenta que los fuertes brazos parecían devorarla poco a poco y la encarcelaban contra la pared de madera. Sus propias manos se dirigieron hacia los cabellos plateados y el cuello completamente tensado a causa de la fuerza del contacto. Sintió en ese instante como la tela de su espalda se aflojaba poco a poco sin darle tiempo a pensar.

—Amidamaru —suspiró—. No sabes por qué… estoy aquí.

¿Quién era él para responder en momentos como ese?

Estaba muy concentrado en saborear el cuello de la mujer que parecía morderse el labio inferior para no emitir sonido alguno. La situación iba a cambiar en cualquier momento cuando terminara de abrir el corpiño blanco y le diera acceso a sentirla como tantas veces. En ese momento no pensaba, dentro de la mente poco le importaba la respuesta que le diera. No quería escuchar algo negativo o positivo, sólo no dejaría que la muchacha se le fuera de las manos.

—Me quedó claro la última vez.

—Es diferente en esta ocasión.

—¿Me responderás ahora?

La pregunta quedó flotando en el aire al detener su boca y mirarla a los ojos mientras respiraba rápidamente. Sentía que su tímido yo, quedó relegado y olvidado en el establecimiento donde estaba su amigo. Lo único que quería era permanecer con esa seguridad que le daba ánimos para avanzar y no detenerse. El consejo de su amigo sería una buena forma de cómo hacerla cumplir su palabra.

—¿Te sientes seguro de donde te encuentras?

—¿Qué tiene que ver?

—Mucho…

—No entiendo… ¿Está relacionado a lo que sucede ahora? —preguntó, en una media sonrisa, pero no despegando sus ojos carmines de los suyos.

—No todo lo que dice el Daimyo es cierto.

No sabría opinar si era verdad la lo que se refería o planeaba jugarle alguna broma. Su paciencia estaba llegando al límite cuando por fin se deshizo de su corpiño blanco y dejó expuesta la suficiente piel para terminar por besarla nuevamente. Lo que menos quería ahora era discutir sobre su lealtad al señor o no. Adentrándonos en los confines de la poca ropa que usaba, se concentró más en seguir el ritmo de lo que planeaba hacer y olvidarse de pensar.

—El salón principal… la biblioteca… la…

La mujer ahogó un gemido al aferrarse fuertemente al cuello del Samurái que no la dejó terminar. No pudo controlar su boca al empezar con la lluvia de sonidos rítmicos y elevados que eran generados por la fricción de sus cuerpos. No quería gritar y probarle que en verdad su experiencia no era tan amplia como tal vez pensaría. Maldecía que tuviera que suceder todo esto en momentos que podría estar utilizando en explicarse ella misma sobre lo que hacía ahí. Quería comenzar a decir lo que tenía atorado en su pecho, pero al parecer no saldría nada más de su boca que no fuera su voz entrecortada.

Esta vez, él se había convertido en el iniciador del largo contacto que se daba entre ellos. Quería recordar esos momentos siempre, y que más adelante, no se arrepintiera de la decisión que tomara. Iba a sentenciar que una vez terminaran aquel encuentro, el siguiente paso sería llevarla con él a donde nadie los molestara. Estaba dispuesto a comenzar una nueva vida.

—Respóndeme que no te irás.

—Si pudiera….

—Sé que eres fuerte.

—Por eso no estamos en el suelo —comentó, complacida, al aferrarse a él—. Me quedaré y moriré aquí, contigo"

—Esa parte aún la veremos.

Deseaba tener alguna explicación clara de lo que eso significaba, pero ahora no tenía tempo de transmitírselo. Si era en sentido figurado, él quería lo mismo. Aparte de su amigo de infancia, ya había perdido todo, y arriesgarse a sentir algo más por la mujer que tenía entre sus brazos, sería lo mejor que pudiera pasarle en todo estos años. No quería pedirle alguna respuesta más porque después de esa noche, tendría tiempo en obtener los detalles que ocultaba su existencia.

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Pudo sentir voces irreconocibles que parecían un murmullo en medio del ambiente.

Llevó la mano hacia la cabeza para desperezarse y tratar de focalizar que pasaba. El cuerpo se estiró completamente como si quisiera dormir nuevamente, seguir el sueño hasta el final. Intentó abrir los ojos y recordó a la mujer de ojos carmines que se encontró en mitad de la noche. Repasó las manos por la cara para terminar de despertar, giró la vista a un lado y no encontró a nadie. ¿Lo habría soñado? Negó mentalmente ante esa posibilidad. Esa no era su casa y sus ropas estaban apiladas a un lado del futón. Hubo algo que no le gustaba porque le dejó el mismo sabor de boca cuando se fue sin avisar la primera vez. La noche anterior no le dio tiempo a explicarse completamente; tal vez existía la posibilidad que lo rechazara.

Negó con la cabeza. Escuchó claramente que se quedaría con él.

Escuchó sonidos de las distintas voces que parecían alteradas, y por muy extraño que pareciera a esas horas donde el sol no planeaba en salir, el choque de espadas que se intercalaban unas con otras. Pensando que se trataba de alguna pelea posterior, se levantó y se acercó al ventanal de la habitación. Los Samuráis parecían alterados por alguna razón y con sus espadas en mano esperando por algo que no llegaba. Tendría que indagar la situación. Sin esperar más, comenzó a vestirse para salir posteriormente por la puerta.

¡Diablos! Justo tenía que pasar algo cuando tenía la cabeza en otro lugar. Sus responsabilidades comenzarían en unas horas, y no quería perder el tiempo con en personas ebrias. Debía encontrar a Asahi, hablar con ella sobre lo que sucedió la noche anterior y que terminara por explicarle su respuesta. No podía ser algo normal que desapareciera otra vez sin decir nada, cuando se supone ya no se iría. Había algo que no estaba bien.

—¡Amidamaru!

Volteó inmediatamente a la voz de uno de los jóvenes Samuráis que llamó su nombre en medio del pasillo de la casa. Se sobresaltó al verlo dirigirse hacia él con mucho apuro.

—Te necesitamos en los pasillos principales. Es una emergencia.

—¿Que sucede?

—¡La ninja apareció!

—¿Qué? —preguntó, sorprendido. Estaba seguro que él no pertenecía a las reuniones secretas, y que supiera algo sobre la ninja, era de lo más sospechoso—. ¿Cómo lo sabes?

—Isamu-dono informó a todos acerca de su existencia. La estamos buscando por toda la casa, sin lugar a dudas es una mujer.

—Haz tus responsabilidades. Yo iré hacia el salón principal.

—Estoy seguro que la podrán capturar, nunca los vi tan entusiastas por hacer su trabajo. Mucha suerte.

—¿Estás seguro que Isamu-dono fue quien dio los detalles?

—Completamente. Yo estuve presente, se notaba muy preocupado y dio la orden a todos. Ofreció recompensa.

—Está bien. Hablaremos después.

Salió corriendo por los miles de pasillos. Al parecer era verdad lo que dijo su compañero con respecto a las noticias. Cada vez que pasaba por alguna puerta, veía como los Samuráis estaban muy concentrados mirando a su alrededor, no muy acostumbrados a hacer frente a una amenaza de ese nivel. Siguió su camino apresurado por las miles de puertas que se abrieron paso a paso. Cuando terminara su quehacer, llegaría al final de la casa y se adentraría dónde estaba el Daimyo.

Sintió una presencia que lo hizo detenerse de inmediato. Su mano automáticamente descansó en el cinto, listo para hacer frente a cualquier ataque. Escuchó entonces, voces que seguían a la presencia a una velocidad impresionante.

—¡Captúrenla ahora mismo!

Escuchó claramente el mandato de un hombre que cayó en medio del camino. Se adelantó hacia la figura, y en cuestión de instantes, su espada comenzó una lucha de fuerza contra la pequeña daga de la mujer que se detuvo frente a él. Dejó de lado las miles de voces que parecían positivas a que ahora sí la atraparían para concentrarse en la fuerza usada por la esbelta figura.

Era la ninja, no había duda.

La espada dejó rápidamente el contacto y la mujer quiso irse rápidamente de ahí. Le dio la sensación que el objetivo estaba al final del pasillo, en el salón principal donde se descansaba el Daimyo. La detuvo de un ataque que pareció un haz de luz en medio del camino. Instantáneamente terminó al lado de ella otra vez tratando de ganar terreno. Por un intento de tomar impulso, sintió un fuerte golpe en la espalda que lo hizo avanzar unos pasos. Cogió fuertemente su espada y nuevamente se defendió de la daga. Era muy rápida para atacarlo de improviso. La atacó en un movimiento rápido para deshacerse de ella, y se vio envuelto en un intercambio de espadas que lo hizo sudar del esfuerzo.

—¡No durará mucho tiempo!

—Somos un equipo. No se escapará.

Los hombres se adentraron a la lucha e hicieron tiempo necesario para que siguiera con su ataque. Parecían motivados en seguir su ejemplo y deshacerse de la ninja lo antes posible, antes que llegara donde el líder. Quería saber porque Isamu-dono había comunicado su existencia, si pensaba mantenerlo en perfil bajo. Sospechaba que se trataba de la última oportunidad que se les daba para capturarla, aún si tenían que pagar a alguien para que lo hiciera.

La atraparían. No habría terceras oportunidades.

—¡Cuidado que irá al salón principal!

—¡¿Acaso no pueden terminar con una simple mujer?!

Muchos gritaban en el calor de la pelea e intentaban caer encima de la mujer, paralizarla en medio de ese pasillo. Sus ropas negras no dejaban ver quien era, así que tendrían que hacerla hablar, conocer su objetivo principal después de todas las semanas de búsqueda. Muchos Samuráis cayeron en medio del camino, en su afán inútil por apresarla. Rápidamente detuvo su avance en uno de los pasillos. La sintió respirar rápido a causa de las personas que había derrotado. Lo único que saltaba a la vista era su cabello negro atado en una cola alta, y los ojos carmines que denotaban su fortaleza.

Cogió fuertemente su espada en el cinto, y en un respiro, dejó libre la energía mantenida en 'Harusame' después de tantos años de entrenamiento. Fue un haz de luz que alcanzó parte del brazo de la mujer, que no le quedó más que retroceder y saltar ágilmente hacía una de las columnas principales. Las voces empezaron a exclamar y siguieron peleando. Con la espada en mano, hizo frente al contraataque de la mujer que siguió haciendo uso de una espada más pequeña entre sus manos. A causa de su anterior ataque parecía que haría su retirada, pero seguía frente a él sin bajar la guardia.

Se adelantó a atacarla y darle fin a esa batalla, pero entonces, sintió un fuerte golpe en la nuca que lo hizo tambalearse. Sería más difícil de lo que pensó. Dando vuelta para seguir con su ataque, notó como la mujer se deshizo de la muralla de hombres que estaban en su camino para llegar hacia el salón principal.

—¡La recompensa se escapa!

—Esa mujer es muy rápida.

—Deténganla antes que llegue donde el Daimyo.

Maldijo entre dientes por su falta de concentración. Salió detrás de ella como si su vida dependiera de ello. Las voces seguían gritando que la detuviera. La mujer parecía nunca terminar con la fila de Samuráis que comenzaron a ponerse en su camino, y en un solo movimiento de su pequeña espada, se deshacía de ellos como si se tratara de un corte de espesa vegetación. Se abrió paso poco a poco al salón principal. Todos estuvieron alertas para que no lo hiciera. Pensó que este día no llegaría y una sensación distinta lo invadió.

La emoción de enfrentarse a alguien tan fuerte.

—¡¿Qué creen que hacen?!

—¡Isamu-dono. Protejan al Daimyo!

—Sobre mi cadáver pasará por aquí.

La imagen de la mujer desapareció en medio del ataque contra la mano derecha de su señor que le hizo frente en la puerta principal. El hombre se quedó mirando a todos lados por la presencia, pero ni bien captó la figura femenina, sintió una energía que se concentró en su estómago; la fuerza del ataque lo hizo golpearse contra la puerta corrediza que se hizo polvo a su alrededor mientras caía. De un estruendo fuerte y seco, las voces de alarma no se hicieron esperar gritando el nombre del Daimyo que se vio preso de la mujer.

La daga estaba exactamente a milímetros de la garganta del hombre que se crispó al sentirla tan cerca.

—Alguien… haga algo… —logró decir, en un silbido nervioso de las cuerdas vocales, a punto de ser cortadas por el filo del arma.

—Mujer. ¡Libera a nuestro señor!

—¡Te daremos lo que sea!

—Nadie atentara contra tu vida.

Se detuvo en la entrada cogiendo fuertemente su espada como muchos otros. Sintió sudor bajar por la frente mientras la miraba con detenimiento, quería estar concentrado ante cualquier movimiento en falso que pudiera hacer la ninja. Su arma seguía suspendida en el aire a sólo un paso de dar la estocada final si alguien se movía. Algo tenía que pasar para que se detuviera ahí, sin hacer nada, produciendo nerviosismo en todos los hombres. Guardó su espada en el cinto para atacar si fuera necesario nuevamente con la luz de 'Harusame'. Al mirar a su alrededor, todos parecían muy seguros de querer comenzar primero, así que respiro profundo para hacer su movimiento.

—Lo siento…

El salón se quedó en silencio. Las palabras salieron de la mujer.

En ese instante, el cuerpo dio una voltereta en el aire que la dejó a espaldas del Daimyo, aún con el arma en forma de amenaza. Los hombres planearon atacar ante semejante forma de provocación, como si nadie pudiera hacer nada. Entonces, la mano de la mujer se dirigió a la parte trasera de la tela negra que cubría su cabeza y rostro. En un movimiento circular se fue deshaciendo de la prenda, y en lo que parecía una eternidad, quedaron libres sus orejas y sus mejillas. Los imponentes ojos carmines quedaron expuestos ante la atontada expresión de los hombres, al no prever que verían a la mujer ninja de esa manera. Simplemente una ninja nunca haría semejante acción, su identidad debería quedar anónima hasta que muriera.

—Tal vez, debí decirlo antes.

—Tu clan y tú, no deberían existir —expresó, atónito, Isamu. Seguía por la puerta principal, cogiéndose el estómago.

—No quería que sucediera así —pronunció la mujer. Cogió con fuerza el arma y apuntó en contra de la audiencia.

—Libera al Daimyo antes que se complique más tu situación.

El haz de luz viajó desde un punto exacto del salón, directamente hacia la mujer que en un movimiento forzado, eludió el ataque, pero que la hizo perder su posición de amenaza contra el Daimyo, para ubicarse más atrás del salón. Siguiendo las voces de alarma por parte de los hombres, un choque de espadas se escuchó en todo el lugar. Más duro y estruendoso que antes.

El Samurái de cabellos plateados estaba ahí, frente a la mujer y empujando su espada contra ella. Apretaba los dientes fuertemente. Su rostro sorprendido estaba oculto bajo el flequillo en ambos costados de su faz. Si cualquiera prestaba atención a su porte, podría sentir la presión que ejercía en sus manos a causa del esfuerzo, como un temblor que navegaba desde el inicio de su agarre, hasta la punta de la espada.

—¡No la dejen escapar!

Al grito del hombre se adelantó a su ataque. Olvidó la inseguridad anterior para separar la espada de la mujer con la suya. Empezó un ataque coordinado que hizo temblar hasta la hoja más filosa. La vio saltar muchas veces hasta que pudiera seguir el ritmo de sus ataques. Miró al frente para enfocar bien su contraataque, y se dijo a si mismo que cerrara los ojos por lo que estaba a punto de hacer. No se trababa de una broma y mucho menos de una ilusión, la mujer de ojos carmines estaba ahí mismo, frente a él. Aquella media sonrisa, y la voz sarcástica desaparecieron para dar paso al rostro serio de la mujer ninja, que respiraba agitadamente por los movimientos.

Siempre fueron la misma persona.

—¡Isamu-dono! El Daimyo será reubicado en otra parte.

—¡Capturen a la mujer ahora mismo!

—Como ordene, Señor.

Dentro de su sistema, las órdenes no podían ser objetadas. Había jurado lealtad ante el Daimyo, agradeciendo su buena voluntad por dejar que en compañía de Mosuke, se quedaran en sus tierras. Tenía una deuda con su señor bajo toda palabra. Estos años había seguido tal decisión, viviendo de la manera más honorable posible, aun cuando los guerreros habían asesinado a su familia y amigos. Su terca mente no podía tener dudas, no podía simplemente darse para atrás y olvidar el compromiso que tenía con el Daimyo.

La atacó nuevamente, con tanta fuerza, que 'Harusame' terminó por romper el arma de la mujer en dos. Una parte salió en dirección desconocida y la base quedó entre sus manos. No hizo nada por defenderse. La vio soltar el pedazo sobrante junto a sus pies. Su inexpresivo rostro fue desfigurado por esa media sonrisa tenue. Recordaba muy bien esa expresión. Entonces, apretó su espada nuevamente y rápidamente se acercó para lanzar el primer ataque que sirviera en su confundida mente.

—Haz lo que tengas que hacer.

Apretó los ojos tan fuerte al escucharla, que lo primero que cruzó por la mente fue las veces que se enfrentó a la ninja, pensando que era un ente sediento de sangre, que atacaba al Daimyo por satisfacer sus propios objetivos. Nunca se le cruzó por la mente, que se tratara de la misma mujer que conoció en la frontera, la misma con la que compartió su casa y la última con quien despertó al día siguiente.

Había una respuesta en para tal situación, y es que todo este tiempo, lo utilizó para acercarse a la casa principal para cumplir con sus planes personales. Hasta podría decir, asesinar a su superior Kuromitsu, el mismo día que desapareció de su lado.

Todo tenía sentido ahora.

Había sido traicionado.


-Continuará-