Resumen: «Yo te salvé». Las cartas sólo apuntan en una dirección. En un chico que conoció primero a través de las palabras y luego se volvió un monstruo. Ginny sabe que es la única capaz de terminar con él.
Pairing: Tom R. Jr./Ginny W./Draco M. (AU: Harry Potter muere en la cámara, Ginny es salvada por Tom/Voldemort).
Infiltrada
«Él te da su amor, tú duermes con dudas.
Ahora vez que la costumbre
no es lo que aparenta ser.
Es tan sincero, contrario a mis defectos,
pero sigo siendo el malo, que no dejas de querer»
El malo, Aventura
VIDA Y CAÍDA DE TOM RIDDLE
Prólogo por Hermione Granger-Weasley
Probablemente, aunque tengamos que empezar hablando de los orígenes de Tom Riddle, también conocido como Lord Voldemort —sobrenombre auto impuesto para crear miedo y crearse una leyenda a través de él—, para hablar de su segundo ascenso al poder tenemos que hablar de junio de 1992. Todos recordamos los terribles hechos de ese mes: cuando Harry Potter murió en la cámara de los secretos de Hogwarts, sin explicación alguna y la bruja Ginny Weasley fue encontrada apenas con vida muchas horas después. Los horrores empezaron meses después, el mundo mágico se mantuvo firme hasta el verano de 1997; pero esa noche, la noche que Harry Potter, el niño que vivió, murió fue el origen del segundo ascenso de Tom Riddle al poder.
Los horrores empezaron poco después y la guerra no empezó a dar sus primeras señales hasta 1994, cuando los seguidores de Tom Riddle atacaron el campamento alrededor de la final del Mundial de Quidditch. El mundo mágico resistió valientemente hasta el verano de 1997, cuando el ministerio cayó y el orden de terror fue impuesto. A pocos nos gusta recordar aquellos años de terror, pero debemos hacerlo, debemos recordarlo siempre, si no, estaremos condenados a repetir la historia.
¿Qué acabó con el levantamiento? La resistencia de cientos de magos y brujas, pero sobre todo, conviene recordar un nombre en particular, Ginny Weasley…
2002.
Aparece justo en el límite de la barrera anti aparición. Al verla, una figura corre hasta donde está, alarmada. Le grita que entre dentro del límite. Pero ella cae de rodillas, apenas del límite, apenas donde ya nadie puede perseguirla y quien corre hasta ella —Fred o George, no sabe— puede ver el cuerpo inconsciente que lleva a cuestas. Rubio. Pálido. Sangrante, pero vivo. Ella sabe que lo reconocen instantáneamente.
—Tenía que salvarlo —dice ella, con la voz rota—. Tenía que salvarlo.
Pero quien acude —Fred o George, todavía no sabe, en esos años ha desaprendido las particularidades que hacen que los reconozca— no le dice nada y la abraza como si fuera a desaparecer. Lleva casi cinco años alejada, lleva casi cinco años viviendo una fachada que no es la suya.
—Ginny… —dice su hermano.
Y ella se echa a llorar. Por todo lo que ha visto. Por todos los gritos que tiene en la garganta y que no ha podido soltar en años. Por las pesadillas que sufre y tiene que esconder. Por todo.
—Está muerto —dice ella, mientras llora—. Ya está muerto.
Quiere festejar, pero sabe que una parte de ella también murió.
1998.
Nadie sabe lo que está haciendo. Probablemente lo desaprobarán, pero no le importa. Es la única oportunidad que tienen. Después de la muerte de Snape, necesitan a otro que haga su trabajo y ella es la indicada. Por todas las cartas que ha estado recibiendo desde hace meses. Porque no puede seguir escondida en su casa, sin ir a Hogwarts, sin fingir que no pasa nada. Porque ha cumplido apenas diecisiete años y eso significa que ya puede hacer magia sin que nadie la detecte.
Es por eso que se aparece enfrente de la Mansión Malfoy, pretendiendo que la detecten. Alza las manos cuando la descubren y la arrastran hasta adentro. No se resiste. Sabe lo que está haciendo —cree saber lo que está haciendo—. Se aparece allí porque es donde capturaron a Ron y Hermione. Porque dijeron que era como un cuartel principal cuando escaparon —dejando a Pettigrew muerto tras ellos, poco antes de la muerte de Snape.
—¿Qué hacemos con esta traidora a la sangre? —oye la voz de alguien.
Una mujer.
Probablemente Bellatrix. Pero no pone atención.
Habla entonces, por primera vez:
—Llamen a su amo. Díganle que Ginny Weasley lo busca.
No pierde el tiempo examinando sus caras incrédulas. No le interesa verlas. Primero tiene que convencer a Tom de muchas cosas —porque todavía le llama «Tom», no Lord Voldemort, como los demás—. Porque sabe que él la recuerda. Que no se la ha sacado de la cabeza, a pesar de lo mucho que aseguró haberla odiado cuando tuvo que leer todo lo que una niña de once años escribía en su diario. Sabe que ha estado observándola.
Sabe que la salvó.
Lo que si ve es la duda de los mortífagos para llamar a Lord Voldemort.
—Si me hacen algo, se arrepentirán —espeta.
Entonces sus ojos se fijan en un muchacho rubio de prácticamente su edad. Ojos grises. Pálido. Muy pálido. Probablemente aterrado de tener a toda aquella fauna terrorífica en su casa. Lee el miedo en sus ojos, fija en él su mirada. Le suplica con la mirada. Como si pudiera decirle qué es lo que pretende.
Él se levanta la manga del traje negro que lleva y con su varita, toca la marca tenebrosa.
Draco Malfoy es el que llama a Tom.
«Tom» porque Ginny Weasley es incapaz de pensar en él como Lord Voldemort. Quiere quitarle el mito. Entre otras cosas.
Cuando apareció y la vio, les ordenó a los demás que se fueran. Que desaparecieran de su vista. Al final sólo quedan ella y él mirándose a los ojos. Son seis años desde la última vez que lo vio —y la primera—, calcula ella. Llama la atención. Su imagen es más joven que la del resto de sus seguidores.
Ella sabe por qué.
Ella y él. Ambos saben lo que pasó en la Cámara de los secretos tantos años atrás. Ella nunca le ha dicho a nadie.
Nunca ha comprendido por qué la salvó.
Pero por primera vez, parece que le servirá de algo.
—Ginny —dice él.
—Tom.
Lo ve hacer una cara de desagrado ante ese nombre, pero no le dice nada. Ginny se ha dado a sí misma el derecho a llamarlo por el nombre con el que nació.
—¿Qué haces aquí? —pregunta él. Su voz es calmada, sin embargo, Ginny conoce los peligros que se esconden en ella.
—Me mandaste cartas. Notas. Todos estos años —le dijo ella—. No se te olvide que puedo reconocer tu caligrafía, Tom. —Es terca al usar ese nombre y ella se regodea al notar que él deja que lo use—. Mandaste muchas cartas.
Todavía es muy guapo. Apenas si parece un poco mayor de los diecisiete. ¿Cuántos años tendrá esa forma suya? ¿Veintipocos? No quiere pensar en su edad real. No para lo que va a ser, no para lo que planea. Necesita convencerse de que es sólo un joven cualquiera que un día salió de un diario y la salvó —aunque todo eso, salvo lo último, sean un montón de mentiras.
Recuerda las cartas. Todas y cada una. «Yo te salvé». «Ginny». «Ven». «Quédate a mi lado». «Haremos grandes cosas juntos». ¿Sería el hecho de que ella había podido abrir la cámara de los secretos mientras él la tenía poseída? ¿El hecho de que ella hubiera peleado para recuperar su voluntad? ¿Qué prácticamente lo hubiera logrado?
No tenía ni idea.
Sólo se estaba aprovechando de eso.
—¿Y? —pregunta él.
—Que sepas que vine para quedarme —espeta ella.
Él la recorre con la mirada. Sabe que la está evaluando. Que está pensando en las implicaciones que tiene aquello. Ella le devuelve la mirada. Dura. La guerra la ha hecho así, la guerra que ha teñido su vida. Esconde todo lo que piensa lo mejor que puede.
—¿Vas a traicionarme?
—Tendrás que arriesgarte, Tom —espeta ella—. ¿Qué tanto quieres mi compañía?
La respuesta de él la sorprende.
—Sea. Quédate.
No le cuesta mucho tiempo analizar el entorno en el que se encuentra. La mayoría rotan. Fenrir Greyback sólo aparece cuando tiene víctimas gordas —usualmente seguido de Scabior y sus lacayos—. Los Carrow pasan la mayor parte de su tiempo en Hogwarts —y Ginny puede decir que lo siente por los estudiantes—. Nott —el viejo— apenas si aparece por allí y, cuando aparece, se encierra a hablar con Tom —se niega a usar Voldemort— horas; Nott —el joven— siempre va siguiendo a su padre y actúa como si nada le importara, acaba de terminar Hogwarts, joven promesa entre los mortífagos. Ginny no le presta demasiada atención: el peligroso es su padre. Dolohov prácticamente vive con Nott. También peligroso. Bellatrix está loca y vive allí —peligrosa, anota Ginny— y no confía en ella, pero tampoco se atreve a alzar su varita en su contra. Los otros dos Lestrange también viven allí, pero pasan más tiempo haciendo el trabajo sucio. Crouch es otro de los peligrosos que tampoco confía en ella —probablemente influencia de Bellatrix, con quien pasa todo su tiempo—. Hay otros, pero casi nunca los ve. Luego están los Malfoy. Para Ginny, son menos peligrosos que las moscas. Lucius pasa la mitad del tiempo sin su varita, caído en la desgracia. Narcissa adelgaza y palidece a cada día que pasa, siempre pegada a Draco y Draco casi siempre está encerrado.
Ginny lo ve poco.
No acaba de terminar de evaluarlo. No acababa de descubrir dónde están sus lealtades, hacia donde se inclinan. Pero no es peligroso. Ginny lo sabe.
Ella se mueve entre torturadores y asesinos e intenta hacerlo de la manera más tranquila posible. Es una leona entre un montón de horrores. La primera vez que puede mandarle un patronus a su familia, lo hace con la varita de una de las víctimas, de los presos, para que nadie pueda detectarla. No se la manda a todos. Piensa en Fred, piensa en George. Sus hermanos favoritos —aunque nunca le diría eso a los demás—. Piensa como siempre se ha sentido segura con ellas.
«Estoy bien. Estoy con él. Guarden el secreto. No respondan».
No sabe si ellos lo guardan. No pueden responderle. No sabe si siguen vivos.
Se siente atrapada en aquella mansión. Pero no va a parar hasta convertirse en la mayor debilidad de Tom. Hasta no conocer sus secretos.
Puede sentir que Tom no la quiere. No como la gente quiere normalmente. Pero no le importa, porque ella tampoco lo quiere. Más bien, le horroriza. Tiene que acudir a su yo de once años fascinado con Tom Riddle, con la caligrafía elegante de un diario mágico, de un diario que contenía un pedazo de un mago oscuro. Tiene que traerla a la superficie para recordar su fascinación por Tom Riddle.
Antes de que todo se rompiera.
Antes de Harry muriera.
Antes de que Tom chupara toda su energía vital, dejándola prácticamente muerta para después, sin explicación alguna, darle a ella la de Harry.
Y matarlo.
Pero no importa. Puede hacerlo. Puede fingir cuando está hablando con él, cuando juegan ajedrez. Él no le cuenta nada de importancia al principio, pero poco a poco va abriéndose —no demasiado, sólo lo justo—. Es Lord Voldemort, después de todo —aunque para ella sea siempre Tom—, es un mito, es una leyenda.
Por eso, la primera vez que se besan, lo hace ella. Se acerca y acaricia apenas sus labios. Son sorprendentemente suaves. Él le responde el beso, apenas.
Ella le sonríe.
—¿Hace cuánto lo deseabas? —pregunta ella.
Él la mira sin entender.
A ella no le importa. Mejor que no sienta nada por ella. Mejor que sólo sea curiosidad. Mejor que sólo sea una necesidad.
Después de todo. Para ella es sólo una necesidad también. Un trabajo. La necesidad de volverse su debilidad, porque es la única forma en la que cree que podrá derrotarlo. De todos modos, ya es sólo él.
No hay más pedazos de su alma.
Ron y Hermione se hicieron cargo de eso.
1999.
Tiene que hacer cosas horribles para ganarse la confianza de Tom. La del resto le importa un carajo. Pero en general son desconocidos. La primera vez que hace salir de su varita una maldición cruciatus tiene ganas de vomitar, pero se las aguanta. Se aguanta también las lágrimas porque nadie puede verlas.
Le parece que Draco Malfoy la mira con curiosidad cuando lo hace, pero no sabe decirlo con exactitud. A él lo ha visto torturar a muchos otros.
Entonces llevan a Neville y algo se rompe dentro de ella.
Ve a Bellatrix torturarlo hasta que él no puede más. Hasta que le suplica. Y él la mira y ella siente sus ojos acusadores clavados en la piel, como puñales. «No puedo hacer nada». «No con todos ellos». «No puedo hacer nada». Quiere decirle que lo siente, que no puede salvarlo. Que él es parte de algo mucho más grande que ambos y de los besos que hayan podido llegar a compartir mientras estaban en Hogwarts, antes de la guerra.
—¡GINNY! —grita él—. ¡Por favor..:!
La fuerza de su voz se apaga. Ella quiere temblar, pero mantiene su postura, sentada al lado de Tom, que mira el espectáculo muy interesado.
Han estado torturándolo. Preguntándole sobre la orden.
Al principio, le gritó traidora a Ginny. Así es como Ginny sabe que Fred y George han guardado al secreto. Al menos con Neville y con otros. Ahora sólo le suplica. Como antes, como cuando eran novios.
—Sí, Ginny, por favor… —imita Bellatrix. Dice su nombre como si dijera una grosería—. Por favor…
Ella no se mueve hasta que Tom la mira, a ella, exclusivamente.
La evalúa.
Y le señala su varita y ella sabe lo que tiene que hacer. Agarra la varita y se pone en pie. Traga saliva. Piensa en otras cosas y en otros tiempos más felices: piensa en La Madriguera, en el olor a pasto recién cortado, a los pocos momentos felices antes de la peor parte de la guerra. En que Neville fue el primer chico al que le dio un beso.
Alza la varita.
«Oh, perdón, perdón, perdón, perdón».
—Crucio.
Después lo salva. No como a ella le gustaría, pero lo salva de más sufrimiento. Va a verlo cuando lo tienen en el sótano que habilitaron a modo de calabozo. Apenas si está consiente, cubierto de sangre, tiembla y parece que delira. Lleva una varita —la suya— guardada en la túnica y otra que no es la suya en la mano derecha. Se acuclilla a su lado.
—Oh, Neville, Neville…
Le levanta el pelo de la frente. Su cabello está que arde. A pesar de todo, ha sido valiente hasta el final: no reveló nada acerca de la orden del fénix.
«Lo siento», piensa.
Le agarra la mano y la mueve un poco, poniendo la varita robada en ella, una varita de otra víctima. Apunta a la cabeza de Neville, con la varita y con la mano de él.
—Ginny… —oye su voz rota.
—Lo siento —musita ella.
—Hazlo.
Sabe que él entendió lo que está a punto de hacer. Y se lo pide.
Lo hace.
—Avada Kedavra.
Deja así el cadáver, pretendiendo que fue un suicidio, lo mata con una varita que no es la de ninguno de los dos, como si él se la hubiera robado de algún lugar. Como si se la hubiera quitado a alguien. Ahoga sus lágrimas y sus sollozos y sube corriendo. No hay nadie en la mansión que la vigile en ese momento y sube hasta la recámara donde duerme. Con Tom. Y se vuelve a meter a la cama y él siente su presencia y se le pega. La abraza.
—¿Dónde estabas?
—Viendo la luna —miente ella, ahogando el llanto lo más que puede—, no podía dormir.
Tom no responde. Respira fuerte. Ginny lo odia, pero se aferra a él porque es el único ser humano —si es que puede calificarse como eso— a centímetros de ella. Se aferra a él y él no la aparta.
De lejos, hasta parecen una pareja.
Pero no lo son. Ginny sabe que no lo son. Ella tiene una misión. Él una obsesión. Son todo lo contrario a una pareja.
Acostarse con Tom es como sentir nada. Es algo que ocurre. Y ya. Acaban los dos jadeando en la cama y no se dicen nada y no hablan. Porque es algo que a los dos les gustaría que no ocurriera, sospecha Ginny. Pero ocurre. Se besan, tienen sexo. Duermen juntos. No hablan nunca cuando eso pasa. No hablan de que pasa.
Después el desaparece en alguna otra misión y ella se auto convence de que no está mal. Que él tiene veintitantos —que esa forma de él tiene veintitantos—, que ella también tiene necesidades, que puede cerrar los ojos e imaginar que es otro.
Que no es él.
Pero a veces llora.
Porque odia ser quien es, odia mantener el papel de la reina del hielo. Odia tener que alzar su varita y torturar gente. Odia poder mandarle pocos mensajes a Fred y a George, odia no poder avisarles de todos los planes de los mortífagos. Cuando no puede más, se encierra el baño más alejado y se recarga contra el lavabo y llora.
Hasta que un día Draco Malfoy abre la puerta y la encuentra allí. Llorando.
Y se queda congelado, pero no se mueve. No se mueve. Se queda mirándola hasta que ella le devuelve la mirada, llena de lágrimas y ella lo ve tragar saliva.
—Lo siento —murmura él y sale corriendo.
Antes de perderlo de vista, Ginny piensa que ha visto algo en sus ojos. Algo que parece empatía, reconocimiento, entendimiento. Y le da miedo que Draco Malfoy la entienda. ¿En quién se está convirtiendo?
2000.
Draco Malfoy nunca menciona nada de haberla visto llorar. Nadie se entera nunca. Ella se convierte en quien tiene que convertirse. Bellatrix la arrastra a algunas misiones desde lo de Neville, alegando que confía en ella. Tom le dijo que no era cierto. «Quiere verte quebrarte», le había dicho, «no lo des el gusto». Y ella claro que no se lo da.
Salva a Luna de una emboscada y a cambio muere Susan Bones. Apenas si la recuerda. De su lado, matan a Fenrir y ella respira, aliviada. Oye rumores de que fue Hermione y sólo llora, preguntándose si Hermione sabe que no es una traidora, que no está realmente donde quiere estar. Les avisa a sus hermanos de otra emboscada. Salvan a los que pueden. Dennis, el hermanito pequeño de Colin Creevey, su primer amigo en Hogwarts, no está entre la lista de los sobrevivientes.
Ella va acumulando cadáveres a sus espaldas.
Duerme aferrada a Tom, llena de dudas sobre lo que está haciendo, sobre si valdrá la pena. Lleva tantos días allí que ya ha perdido la cuenta. Una vez le pregunta a Tom si algún día le pondrá la marca Tenebrosa.
Él se ríe —que risa tan terrorífica tiene, de la que hace huir a los pájaros y espanta a los niños— y niega con la cabeza.
—A ti no —responde—. A unos lo hago porque confío en ellos. Un poco. —Ginny sabe que Tom, que su máscara, Lord Voldemort, no confía en nadie—. Porque lo merecen. Porque quieren poder y creen encontrarlo con un tatuaje. A otros no los marco porque no lo merecen.
»¿Pero a ti? Tú eres algo más, Ginny. —Se acerca a ella y toma su mano casi con ternura y la lleva hasta su pecho—. Tu eres algo más, Ginny Weasley —repite—, si estuvieras en algún lado, estarías aquí.
Ginny siente su corazón. Pero sabe que él no siente nada por ella.
Nada que no sea curiosidad, obsesión. Y eso no es amor. Ni siquiera se le parece, aunque puede confundirse. Por eso Ginny busca su calor, imaginándolo otra persona, por las noches —cuando duermen juntos—, cuando tiene sexo, cuando lo besa y él se deja besar.
Él parece implicar que ella es su otra mitad. O lo sería, si pudiera sentir algo. Pero hace tiempo que ella dejó de creer en aquellas historias. No quiere ser su otra mitad. Quiere ser la razón de su caída. Quiere matarlo.
Por todo lo que ha hecho y por todo lo que seguirá haciendo.
Pero a pesar de todo, no se apresura. Se enrosca a su lado en las noches y lo abraza, buscando algo de calor humano fingiendo que no es él. De día, sobre todo cuando él está lejos, hace planes para matarlo.
Sueña con tener su corazón en sus manos.
Ver si late.
Ver si es humano. Como el resto.
Siente que quizá eso la consolaría.
Después es ella la que encuentra a Draco llorando. En el mismo baño que él la encontró a ella. De rodillas, en el suelo. La imagen la deja congelada un momento y quiere hacer lo mismo que hizo él: decir «lo siento» y desaparecer. Pero da un paso, se acerca. Y él la ve y extiende el brazo y la agarra de la muñeca y ella se acuclilla a su lado.
Él la mira.
—No le digas a nadie —le pide. Parece pretender que sea una amenaza, pero tiene regusto a súplica.
—No —dice ella.
Y lo abraza. Porque piensa que alguien que llora así necesita consuelo y piensa en ella misma, buscando consuelo allá donde sabe que no lo va a encontrar. Piensa en ella, metida en una casa llena de enemigos. Rodeada de enemigos. Piensa en ella, temblando en el baño, llorando, ahogando las lágrimas como puede, reprimiendo los sollozos en la garganta, dejando que todo se le atore en el pecho.
Por eso lo abraza.
Porque piensa en ella. En lo que le gustaría que otros hicieran.
Cierra la puerta y apunta con la varita, murmurando un muffliato. Se queda hasta que las lágrimas desaparecen del rostro de Malfoy.
—No le digas a nadie —repite él.
—No lo haré —responde ella.
Él la mira con curiosidad cuando ella se pone de pie y se va. Ninguno de los dos dicen nada. Ahora cada uno guarda un secreto del otro.
—Todavía me pregunto por qué viniste.
Están jugando ajedrez. Tom es bueno, pero Ginny le gana algunas partidas. Ginny todavía no sabe por qué se entretiene en aquello, pero no lo cuestiona, como no cuestiona nada de lo que hace. No cuestiona por qué tortura a sus propios seguidores, por qué le parece mejor reinar mediante el miedo que con otra cosa. Así de joven como se ve —aunque no lo sea—, Tom —«Voldemort», piensa— se aprovechaba del carisma que tiene para hacer que le hagan caso, para conseguir aún más adeptos.
Pansy Parkinson ha sido de las últimas que ha caído y Ginny no sabe si está más aterrada que orgullosa, porque se ve pálida y delgada, como si quisiera vomitar a toda hora.
—Me mandaste cartas —le dijo Ginny—, me salvaste.
—Aun así, ¿por qué? —Tom alza la mirada del tablero para mirarla a ella y ella esquiva los ojos de Tom, que parece que pueden leerla completamente—. Las cartas no eran para atraerte aquí.
Finalmente, ella le devuelve la mirada.
—El diario. ¿Te acuerdas? —le pregunta—. Esa conexión.
—Eso era una parte de mí dentro de ti.
Ginny traga saliva para poder decir lo que sigue.
—Me sentí completa entonces —le dice. Miente, pero él no tiene por qué saberlo. Es buena para esconderle cosas. Es la única que puede hacerlo—. Siempre tuve curiosidad.
—¿Y crees en la causa? —pregunta él.
—¿Importa? —inquiere ella, alzando una ceja—. Los demás creen en la causa por ti, Tom. —Ahí está, la mueca que hace cuando ella le dice así, pero no la corrige nunca. A ella la deja hacerlo. Ella tiene permiso, aunque no lo esté pidiendo y aunque le valga dos pitos—. ¿Tú crees en ella? ¿O crees en tu mito? ¿En tu leyenda? ¿Acaso importa?
Él sacude la cabeza y sonríe.
—No. No importa.
—No estoy aquí por la guerra o por la puta causa, Tom —dice y extiende una mano para colocarla sobre la suya—; estoy aquí por ti. —No es una mentira. Retira su mano y luego se fija en el tablero. Sonríe cuando ve que Tom se ha distraído—. Jaque mate.
Espera decírselo una vez a su cadáver.
Pero mientras tanto se consuela con las partidas de ajedrez.
Siempre envía los patronus a escondidas, en la mitad de la noche, desde el ático, con varitas que no son suyas. «Estoy bien». «Sigo viva». Nunca contienen demasiada información. Algunas veces manda alguna fecha y algún lugar, dándoles una pista.
Hasta el día que Draco la descubre.
La descubre justo cuando acaba de mandarlo, ve el humo blanco que sale de su varita. Se le queda viendo, aterrada, sabiendo que Draco podría delatarla. Decir que es una traidora. Recuperar todo el honor que han perdido los Malfoy sólo con unas cuantas palabras. Revelarle a Tom que en realidad es una infiltrada. Alza la varita, dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias para no verse descubierta.
Él tiene la suya alzada.
Se quedan así unos momentos, sin animarse a lanzarse ningún hechizo. Quizá él ya lo sospechaba desde el día que la encontró llorando, desde el día que ella lo consoló. Quizá aquella ya es sólo la confirmación a algo que ambos saben.
—Ayúdala —dice él—, por favor.
En el rostro de ella aparece la confusión.
—¿A quién? —pregunta.
—A Pansy —pide él—, por favor. Es mi mejor amiga. Por favor. —Él baja la varita—. Si eres una traidora… —habla con cautela, sabiendo que lo está arriesgando todo—, por favor, ayúdala.
Ella asiente, mecánicamente. Baja su varita.
Entonces Draco se acerca hasta ella y la abraza. Hunde su cabeza en su cuello, sus manos se aferran a la espalda. Ella le responde el abrazo y descubre que puede confiar en él. No sabe para cuanto, pero que puede confiar en él.
—Gracias —musita él.
—Dámelas cuando la ayude.
Cumple su promesa. Saca a Pansy Parkinson de la guerra. La manda con Fred y George, que aceptan a la inquilina de mala gana, a cambio de información. Draco recupera un poco el color y Ginny no deja de notar que Nott también. Aunque en Nott —el joven— no confía en lo más absoluto. Lo ha visto actual. Hace lo que tiene que hacer y ni siquiera se despeina, parece que no le importa. Pero cuando Pansy desaparece y descubre a Draco hablando con él, sabe que al menos le preocupa Pansy, que tiene sentimientos.
Aún así, no va a confiar en él. Confía en Draco por casualidad y por necesidad.
Intercambian miradas. Se encuentran cuando nadie más los ve. Hasta el día que Draco entra a la habitación donde está ella y saca la varita y le hace un muffliato a la puerta y se anima a preguntarle algo.
—¿Estás con ellos? —pregunta—. La orden. El ejército de Dumbledore. Ellos.
Ginny lo mira.
—¿Parece que te lo diré?
Draco se encoge de hombros.
—Es bastante obvio, de todos modos —le dice. Pero de todos modos está ahí, preguntándoselo. Porque quiere oírlo de su propia boca, supone Ginny.
—A ti qué mierda te importa.
Draco se queda mirándola. Ginny nunca ha sabido como analizarlo. Siempre parece querer confundirse con la pared, que nadie lo vea. Es tan diferente de cómo era en Hogwarts, cuando era imposible no notar su presencia cuando estaba cerca, cuando su voz que arrastraba las palabras era petulante y parecía que esperaba que la gente besara el piso donde caminaba. Ha cambiado tanto: apenas tiene veinte años y parece tener al menos diez más.
—Venía a darte las noticias de abajo —le dijo—. Quizá quieras ir con… —No termina la oración, pero ambos saben a quién se refiere—. Mataron a mi tía —dice él, que no parece en lo absoluto compungido.
Ginny se sorprende.
Una menos. De las peligrosas.
—¿A Bellatrix?
Draco Malfoy asiente.
—Fue tu madre —le suelta, de sopetón—. Mántenlo contento. Baila sobre la tumba de tu familia si hace falta —espeta—, haz lo que tengas que hacer.
»Tiene la manía de hacerle cobrar a los demás los actos de sus seres queridos, Ginny. —Y él es la prueba viviente de aquello. Ginny traga saliva y asiente.
—¿Por qué me dices esto?
—Si estás aquí para… —traga saliva, le cuesta seguir la oración— para derrotarlo… —vuelve a tragar saliva, habla a pedazos, hila los pensamientos a pedazos— puedo ayudarte. Tú me ayudaste a mí.
Ella lo mira con sorpresa.
—¿Qué tan desesperado estás, Malfoy?
Él no necesita responder para que ella adivine la respuesta.
«Mucho».
—Fue tu madre.
—Lo sé.
Él agita la varita. Algo se rompe tras ella. «Pendejo de mierda», piensa, intentando dejar su mente en blanco. Le cuesta trabajo no pensar en nada. No pensar en que es un violento, que no pensar en que lo odia en realidad.
—¡Carajo! —se queja.
—¿Te importaba ella? —le pregunta, refiriéndose a Bellatrix—. ¿Te importaba tanto? ¿Más que el resto? —Están solos y él puede quitarse la fachada en la que le importan al menos mínimamente los mortífagos, no como si la tuviera demasiado bien puesta. Puede darse el lujo de hablar de ellos como simples herramientas y, por consiguiente, ella también puede hacerlo—. Puedes tener otros como él. Hacerlos. Ahí tienes a Crouch. A los Lestrange —insiste.
»Son como era ella. Te seguirán hasta el fin del mundo —le dice— aunque lo tuvieras todo perdido, Tom. Bellatrix sólo era alguien más, sólo una más. Puede reponerse, como todos.
Él medio sonríe, aunque en sus sonrisas nunca hay felicidad, como si no pudiera o no supiera sentirla.
Ella sabe que ya le ganó.
Porque su relación —si es que existe— es un constante campo de batalla y de estrategia. Es todo lo que las relaciones nunca deberían ser. Pero aun así se acerca y lo besa. Como si buscara festejar su victoria.
Aprovecha la obsesión de él. Siempre la aprovecha.
Pero él no perdona a los Weasley. No puede perdonarlos por lo que hicieron. Por lo que son y por todo lo que representan en la resistencia.
Y lo siguiente que sabe es que su madre está muerta. Se lo dice él a la mañana siguiente. «Tuve que hacerlo», como única justificación, aunque sabe que no se arrepiente y que no se lo está diciendo para que se sienta mejor. Se lo dice porque para él, ella es lo más cercano a un par que tiene —pero no tiene uno, no realmente y a ella sólo la considera así porque una vez se metió en su cuerpo—. Ella se traga las lárgimas y la furia que irá a derramar cuando nadie la vea y le pregunta cómo.
—Rodolphus Lestrange —responde él.
Por supuesto, tiene todo el sentido del mundo. Ese psicópata estaba enamorado de su esposa. Ginny lo sabe. Ginny sabe que va a llorarla porque puede sentir que le arde el corazón y no sabe cómo pueden los monstruos sentir amor. La horroriza porque eso la une a ellos.
El amor.
El amor que quema por dentro. Que la hace quedarse. A Tom puede odiarla. Pero a toda su familia la ama. Porque sabe que están afuera peleando una guerra y que cuentan con ella. Todo lo que hace, lo hace por amor.
2001.
Pasa el tiempo y Ginny se acostumbra a todo. Cada vez mira a la muerte a la cara con más indiferencia y eso la asusta. Pasan los meses y ella ayuda a otros a salir. A Zabini, cuando amenazan con marcarlo. Apenas si lo recuerda de Hogwarts. A Tracey Davis, cuando se vuelve fugitiva. Se las arregla para hacerlo con ayuda de Fred y George, de trasladores robados, de fingir secuestros. Por un tiempo, se olvida de que su papel junto a Tom Riddle —el mismo papel que ella se ha adjudicado— es mucho más grande que salvar a unos cuantos. Quiere salvar a todos los que pueda.
Y sólo hay un camino para hacerlo.
Pasan los meses y matan a Travers. El único que parece extrañarlo es Dolohov, hasta que lo matan también. Ginny respira, de repente los mortífagos se ven diezmados. Ni siquiera llora por ellos, ni siquiera finge llorar por ellos, porque nadie lo hace. Se pregunta si todavía son humanos porque no hay duda de que han perdido ya parte de su humanidad.
Pero el otro lado también se ve diezmado y no puede llorar sus muertes.
Oye que Scabior mató a Fleur, al menos un mes después. Llora a escondidas. No tienen ni idea de qué ha sido de ella, porque la última vez que la vio fue unos días después de la bota. Sigue oyendo las listas de muertos —Lisa Turpin, Megan Jones, Eddie Carmichael— y le parece que todos los nombres son apenas una nota al pie de página, sin mayor relevancia, condenados a ser por siempre la estadística de una guerra.
Sigue con Tom.
Habla con Draco —a veces.
Llora.
Llora mucho, es cómo sacar el veneno.
Se siente atrapada cuando está con Tom y huye cuando puede. Hasta que la manda con Draco. «Vígilalo», le dice. «No confío en nadie más para eso». Y Draco respira aliviado, porque es Ginny, porque es el único que conoce el rostro que se esconde bajo el aspecto de la reina del hielo, porque sabe que los Malfoy no han dejado de decepcionar a Tom —a «Voldemort», piensa ella— desde que empezó la guerra.
Acaban en Hogsmeade, en un departamento por un fin de semana mientras Draco averigua donde conseguir un viejo libro de pociones que, al parecer, tiene Madame Rosmerta. Es su misión. Y otra cosa: «Mátala cuando termines», le dijo Tom.
Draco asiente.
Y Ginny sabe que tendrá que verla morir.
Simplemente va porque es su trabajo y porque quiere pasar unos días alejada de Tom, de su frialdad, de su mirada que parece poder leerlo todo, pero que a ella nunca deja de mirarla con curiosidad, como si intuyera que le esconde algo, como si intuyera que es un misterio a resolver.
A pesar de todo, Draco es un cambio.
Pueden estar los dos con sus demonios internos sin fingir más de lo necesario, piensa ella. Hasta que él empieza a hacer preguntas.
—¿Por qué? —pregunta Draco—. ¿Por qué estás…?
Ginny frunce el ceño.
—¿Por qué estoy aquí? —pregunta. Draco asiente, casi imperceptiblemente—. Porque yo podía hacerlo —responde—. No deberías saber más de la cuenta.
—Sé suficiente para hundirte.
—Y más vale que eso se quede siendo un secreto —espeta Ginny.
Él asiente.
—Después de todo lo que has hecho, ¿cómo podría hundirte? —le dijo—. Da igual lo que haya pensado hace mucho, Ginny. Eran estupideces. Eran todas estupideces. —Se lleva las manos a la cara. Está sentado en la mesa del cuarto donde están, un cuarto rentado por un fin de semana, al menos para que puedan dormir ahí—. Y ahora tengo que matar a alguien más.
»Y él sabe que lo odio, joder. Él lo sabe.
—Por favor…, por favor…
La voz rota, las lágrimas.
Ginny se da la vuelta porque sabe que Draco tiene que matarla y sabe que Madame Rosmerta no lo merece. No quiere pensar en que hace la mejor cerveza de mantequilla de todo el mundo mágico y que llevan toda la guerra usándola como un peón. No quiere pensar que va a morir sólo por tener un libro que Tom quiere.
A Draco la mano le tiembla.
Ginny sabe que nunca ha sido demasiado bueno con la maldición asesina. A veces le cuesta varios intentos.
—Tengo que hacerlo —dice él. La voz lo más calmada posible.
—Por favor… —murmura Madame Rosmerta.
Ginny voltea a verlos. La escena le rompe el corazón. Las tres escobas se ha quedado desierto. Ve una rata correr en el fondo del local. Y entonces piensa.
Piensa que quizá haya salvación.
Se acerca a Malfoy y le quita la varita de las manos. Nunca es lo mismo con una varita ajena, pero en ese caso tiene que ser la de Malfoy. Tom la revisará. Ginny ni siquiera se cuestiona lo que está haciendo.
Apunta.
—¡Avada Kedavra!
Siempre es más difícil con una varita ajena, pero siempre puede hacerlo. Le horroriza saber que tiene esa capacidad y procura no pensar en ello. Que puede matar mejor que Draco. Respira hondo.
La maldición asesina pega al fondo del local. Justo donde está la rata.
Madame Rosmerta sigue viva. Ginny se acerca a recoger su varita y se acuclilla al lado de ella. Le dice algo al oído y después ella se desaparece.
—¿Qué hiciste? —pregunta Draco.
Ginny le lanza su varita.
—Mataste a Madame Rosmerta, Draco —le espeta—. Eso fue lo que pasó. No pasó otra cosa. ¿Entendido?
Draco la mira con sorpresa y se acerca y la abraza.
—Gracias —murmura—. Gracias.
Ella no piensa mucho en lo que hace, pero mueve un poco la cabeza y se pone un poco de puntitas hasta alcanzar sus labios y lo besa. Piensa que es la primera vez que besa a alguien a quien no desea matar en años.
Y es Malfoy.
Joder.
Es Draco Malfoy.
Pero él le responde él beso y le pasa por brazos por la espalda y al final la levanta unos pocos centímetros sobre el suelo. Cuando se separan, ella jadea un poquito.
—Esto tampoco pasó —murmura.
Draco asiente.
Nada pasa como debería de haber pasado.
Ginny regresa al lado de Tom. Sigue durmiendo a su lado, mientras piensa en un plan. En cómo hacer lo que quiere. La gente sigue muriendo. Ella llora. Draco lo sabe, porque la ve escabullirse. Ella besa a Tom y sueña con los labios de Draco. Todo sigue como debería. Sólo un poco más, piensa Ginny.
Cada vez hay más muertos.
Cada vez hay menos mortífagos.
Un poco más de tiempo. Después matan a Nott —el viejo— y el joven huye —«Theodore», le dice Draco, «se llama Theodore»—. Cada vez quedan menos, se dice Ginny. Un poco más.
—Ginny —dice Tom una noche, entre las sábanas—. Ya eres lo único que importa. Ya eres lo único que importa.
Es como si le dijera «te quiero».
Pero ella sabe que Tom no quiere a nadie.
2002.
Es enero, afuera nieva. Es el día que todo se va a la mierda. Un mortífago descubre a Rosmerta en medio de un ataque. Tom se entera de que en realidad no está muerta y de que Draco le mintió.
Se pone furioso. La cobra con la familia Malfoy.
Pero se cobra su furia especialmente con Draco. Lo tortura. Y Draco nunca dice que Ginny fue en realidad la del plan. No la delata. No dice nada. Guarda sus secretos tan bien como puede. Ginny lo ve todo. Lo ve retorcerse en el suelo de dolor y escupir sangre. Se queda sin respiración.
«No se lo merece». Después de un rato, cierra los ojos para no ver. Pero no puede taparse los oídos y oye los gritos de Draco, las súplicas de Narcissa. Hasta siente la respiración de Lucius, muy rápido, asustada. Y ella se queda allí y lo ve todo hasta que Tom hace que arrastren a Draco hasta el sótano de la mansión Malfoy.
Espera hasta la noche.
Se acuesta al lado de Tom. Espera a verlo dormido. Tiene tiempo limitado, porque cualquier daño que sufra Tom, despertará al resto, la magia de la casa lo detecta. Le quita el flequillo de la frente. Sigue siendo un joven increíblemente guapo. Ella lo odia. Toma la varita de Tom cuando él ya está dormido.
Se sienta a horcajadas sobre él. Acerca su propia varita a su cuello.
—Diffinido —murmura.
No quiere darle una muerte rápida, indolora. No la merece. Tom despierta y la ve y se lleva la mano al cuello, de donde sale sangre y ella le sonríe.
—Aquí es cuando averiguas si te traiciono.
Y se pone en pie y sale corriendo.
No tarda en llegar hasta el sótano antes de que si quiera alguien se dé cuenta de que Tom está desangrándose y encuentra a Draco dormido y lo hace levantarse.
—Tenemos que irnos —le dice.
—¿Qué? —Él apenas si puede levantarse—. Joder… —le cuesta respirar. Ginny teme que tenga demasiado daño interno.
—Tenemos que irnos.
Lo jala y lo hace subir las escaleras. Tienen que cruzar el salón. El patio. Llegar hasta la verja. El camino se le hace demasiado largo a Ginny y, cuando la descubren —Crouch, por supuesto—, se le hace aún más largo. Mueve la varita mientras intenta avanzar, pero prácticamente va cargando a Draco.
—Ten esto —le dice, poniéndole la varita de Tom en las manos—. Carajo, carajo, murmura, mientras se defiende y bloquea los encantamientos de Crouch.
—¡Expelliarmus! —oye y es el único encantamiento que no bloquea. Ve como la varita se le escapa de las manos y se queda congelada.
Barty Crouch festeja cuando los tiene a su merced —sin tener ni idea qué Draco tiene otra varita—. Alza la varita y Ginny cierra los ojos cuando está a punto de abrir la boca, siendo consciente de que va a morir.
Pero antes oye otra voz.
—¡Avada Kedravra!
Ginny abre los ojos y ve a Barty desplomarse en el suelo. Draco está todavía apoyándose en ella, con la varita de Tom alzada.
»¡Accio varitas!
Y siguen caminando hasta la verja. Nadie más va tras ellos, están a sólo metros de distancia. Cuando la cruzan, Draco cae inconsciente y ella se desaparece llevándolo prácticamente en brazos.
—Fred fue quien nos dijo. No aguantó. No más que unos meses. Pero sólo nosotros sabíamos. La familia y yo.
—Sabía que se le había ido la lengua a alguno, Hermione, no te preocupes.
—¿Por qué? Los que quedan vivos juran que eras… que eras… eras su pareja.
—Supongo que sí. No había amor. No puede haber amor cuando nadie está enamorado. Y él no lo estaba. Supongo que sólo era obsesión. Necesidad. Nunca lo sabré.
—¿Pero por qué? Podríamos haberlo hecho de otro modo.
—Necesitaban a alguien que hiciera el trabajo de Snape. Alguien que les avisara. Alguien que acabara con todo desde adentro.
—Ginny…
—No importa. Asumo lo que hice. Maté a muchas personas. A casi todas por piedad. Torturé porque tuve que hacerlo. Salvé a los que pude.
—Sí, fueron de gran ayuda. Aunque Fred y George no confiaban prácticamente en nadie. Pero Pansy sabía muchas cosas, así que se ganó la confianza. Tracey les salvó la vida. Zabini les contó todo lo que sabía. Pero…
—A algunos no pude.
—…
—Nott. Creo que buscaba una salida. No sé. Neville…
—Oh, Ginny…
—Fue hace demasiado. No importa. No importa.
—¿Y Draco? ¿Están juntos?
—Sí, quién sabe. No sé. Sólo ocurrió porque era la única persona allí adentro con alguna virtud. No sé. Nació de las lágrimas, Hermione, ¿cómo puede durar algo que nació de las lágrimas?
—…
—Lo sé. Deja de suspirar así. Creo que me quiere.
—Le salvaste de la vida.
—No salvé a sus padres. No pude.
—Pero te ve como si fueras su mundo, como si fueras lo único que tiene sentido, Ginny. Le salvaste la vida.
—Supongo que sí. Creo que lo quiero.
—¿Crees?
—A veces pienso que ya no sé lo que es el amor, ¿me culpas?
Notas de este one (estás sí son un poco largas):
1) La premisa ya la había usado en un fic que se llama Sobrevivir, donde Harry muere en la Cámara y Tom salva a Ginny, pero también se la lleva y la mantiene cautiva. Aquí la salva y la abandona, pero le manda cartas en algún punto, delatando su obsesión y Ginny decide hacer lo que hace.
2) Tom/Ginny no es amor, es sólo una clase de relación enfermiza en la que Ginny se mete porque quiere acabar con él. Ginny OP.
4) Obviamente como cambia todo lo que pasa en los libros, decidí que Crouch seguía vivo. Y Fred también. Algunas cosas así cambian.
5) La inspiración es la canción El Malo de Aventura, cuya interpretación decidí hacer lo menos literal posible. El Malo es Draco y el otro es Tom, pero Tom es peor, por eso… Bueno, por eso todo.
6) Dije que no volvería al Drinny (tengo uno, Flama), pero bueno, mi esposa, lo que me hace hacer.
Andrea Poulain
a 11 de agosto de 2018 (que coincide con el cumpleaños de Ginny, si no me equivoco)
