Entonces lo vi

Bella POV

Alice siguió manejando por la ruta que nos adentraba cada vez más al pueblo de Forks. Los árboles rodeaban el camino formando paredes sólidas de tonalidades verdes a nuestro alrededor. ¿Dónde estaba el marrón de los troncos?

Era todo verde, completa y molestamente verde. Entonces el parabrisas del auto comenzó a ser salpicado por gotas de lluvia que nos proporcionaba una gran nube, acompañadas de tantas otras que amenazaban con lanzar una gran tormenta de bienvenida.

Suspiré resignada. Los próximos años de mi vida los pasaría lejos de la cálida luz del sol, como siempre. Pero en este lugar me sentía diferente. De alguna forma mi cuerpo rechazaba el lugar, como si en alguna otra vida hubiese estado allí, y hubiese aborrecido Forks.

Alice conducía tan rápido que casi no me daba cuenta de que ahora iba a unos cien kilómetros por hora por las callecitas del pequeño pueblo. Las casas estaban bastantes separadas unas de otras, y en los aledaños a la ruta habían algunos pequeños negocios.

Alice se adentró en un camino un tanto cubierto por el espeso follaje de los arbustos. Le lancé una mirada preocupada ante la idea de que alguna rama pudiera rayar la pintura del auto. Alice sonrió y dio una palmadita a su cabeza. Claro, cómo no…su bendito don le había anunciado que mi auto permanecería a salvo, y que yo me tropezaría al bajar de él. Pero no iba a ser así.

Al poco tiempo comencé a ver que el verde comenzaba a ser menos espeso y entonces vi la casa donde viviría por los próximos años. Era tanto o más grande que las que habíamos vivido con anterioridad. Siempre me había preguntado si mis tíos se habían ganado la lotería o algo así. Pero ahora sabiendo que tenían más de cien años de vida, sobre todo Carlisle, no era difícil imaginar que habían trabajado toda su vida. Aunque sospechaba que Edward y Alice habían hecho uso de sus dones.

Alice aparcó el auto y me dio una mirada burlona antes de salir del mismo. Respiré profundamente y desabroché el cinturón de seguridad. Abrí cuidadosamente la puerta del auto y miré al suelo en busca del objeto que me haría tropezar. Nada, ni una piedra, o pozo. Pero por si las dudas daría un pequeño salto al bajar. Alice nunca se lo vería venir. Me giré sobre el asiento y apoyé los pies en el marco de la puerta del auto, preparándome para saltar. Tomé envión, pero cuando salté algo me tiró del pie y caí al suelo, tal y como Alice había predicho.

Escuché la risa de Alice, seguida por la de Jasper, quien se había estacionado hacia instantes. Moví mi cabeza para ver la causa de mi caída. Había enganchado mi pie con el cinturón de seguridad. Apoyé las manos en el suelo para levantarme cuando el Volvo plateado de Edward pasó por mi lado y se estacionó más adelante. Emmett bajó del auto y chasqueó su lengua mientras me ayudaba a ponerme de pie. Luego miró a Jasper.

-¿No me digan que me perdí una buena función?- dijo aparentando estar triste. Jasper le sonrió.

-Alice le dijo a Bella que se tropezaría, y aparentemente quiso engañarla y saltar sobre lo que fuera que la haría tropezar, pero se enredó con el cinturón de seguridad…- rió Jasper. -Alguien debe enseñarle que no debe apostar contra Alice.

-Alguna falla debe tener- murmuré molesta mientras me limpiaba la ropa.

-Sí -dijo Alice suavemente, -Bella el futuro no está escrito en piedra, tú misma lo escribes. Yo solo puedo ver las cosas a tiempo si las piensas de antemano. Aquellas que salgan de improvisto, las veré con segundos de anticipación.

-Oh- murmuré mientras me acercaba a la casa, en medio del trayecto vi que estuve a punto de pisar un pequeño pozo, seguramente me caería, pero me quedé quieta, mirándolo severamente. Me sentía ridícula al mirar a un indefenso –no para mí- agujero como si mirase a mi Némesis. Escuché la risa de Alice a mi lado.

-Vas a saltarlo. Descuida, estarás bien.- me aseguró. Suspiré resignada, algo me decía que debía acostumbrarme al control de Alice. Aunque seguramente siempre me controló, y en cierta forma me cuidó. Alcé mi pie y salté el pequeño pozo sin dificultad. Sonreí. Sentía como si hubiera corrido cien metros sin tropezarme con mis propios pies.

No tuvimos que esperar por mucho tiempo a Esme y Carlisle, ni al camión de la mudanza. Me quedé maravillada al ver con que velocidad mi familia acomodaba los muebles que los empleados de la empresa de mudanza dejaban en el porche. En menos de una hora habíamos descargado todo el camión.

A mí me tocó la parte más liviana, lo único que accedieron a dejarme cargar, fueron las maletas. Las acomodé a un costado de la escalera, por pares. Alice tenía para ella sola cinco maletas de tamaño grande, Rosalie tenía una más. Subí las escaleras con mis dos maletas en busca de mi habitación.

Jasper, Emmett y Carlisle se habían encargado de amueblar cada habitación de la planta superior. Rosalie, Alice y Esme la inferior. Emmett me había dicho que mi habitación la habían arreglado en el último piso. Le miré con desgano al enterarme de que la casa tenía dos plantas superiores, con lo cual debía subir y bajar más escaleras que las de costumbre.

Prácticamente llegué arrastrándome al último escalón del segundo piso. Luego de apoyar seguramente las maletas en el suelo, me recosté contra la pared, tomando el aire que se me había ido con la subida. Miré hacia un lado, el derecho, o el sur, donde había una puerta entreabierta. Me acerqué hacia ella, creyendo obviamente que esa sería mi habitación. Pero cuando la abrí me di cuenta de que había entrado a otra.

La pared sur estaba ocupada por una enorme ventana. Me acerqué rápidamente hacia ella, encantada por la luz que se filtraba. A pesar de que afuera estaba lloviznando, la tenue luz de la mañana iluminaba fantásticamente la habitación. A través del enorme ventanal pude ver el espeso bosque de la montaña de Olimpia, y el río Sol Duc atravesándolo.

Me volví para seguir contemplando la habitación, había un enorme armario y una puerta –la cual asumí que sería el cuarto de baño- en la cara opuesta a la puerta. La pared oeste estaba cubierta por centenares de discos compactos, y un flamante y sofisticado equipo de música entre ellos. Me acerqué y para no perder la costumbre casi tropecé con las borlas de la alfombra dorada que adornaba el suelo de la habitación. Pasé mis dedos por los brillosos botones del equipo de música. La pantalla de LCD anunciaba la hora y que había un CD puesto, listo para ser escuchado.

Examiné con cuidado el equipo, viendo si encontraba la tecla de encendido y no la confundía con alguno otro que pudiera destruir tal artefacto. Lo encontré, y lo pulsé. La música comenzó a sonar suavemente, estaba segura de no haber escuchado jamás aquella melodía, y sin embargo me resultaba acogedora, familiar.

-Es Debussy- dijo una suave voz a mis espaldas. Me di vuelta alarmada, y Alice me sonrió.

-Oh, lo siento…creí que era mi habitación…pero supongo que no- dije lanzando una mirada a la habitación, la cual solo estaba equipada con un enorme sillón de cuero negro, y ninguna cama. -Linda habitación Alice…creí que Jasper querría ponerle algo de él, ya sabes…algún toque masculino.- me reí y Alice también lo hizo, pero con más fuerza que yo.

-¡Hay Bella! Me hubiese gustado ver su expresión si te hubiera escuchado decir eso de su habitación…- rió. Pero yo ahora la miraba confundida. -Esta es la habitación de Edward- me dijo mientras señalaba un portarretratos que había en una mesa esquinera, donde había una lámpara.

-Oh, bueno…no quise…es solo que es tan…- comencé, pero mis palabras se desvanecieron conforme me acercaba a la foto de Edward.

-Anticuada, lo sé…odio ese color dorado de la pared. Pero viendo la época en la que vivió…- comentó mientras se dejaba caer en el sofá.

En la foto, Edward se encontraba posando junto a un piano negro. Su piano. El piano que tantas veces había visto, y aun así nadie lo tocaba. No sabía cómo, pero de alguna peculiar forma recordaba el sonido suave de sus teclas. Siempre que me acercaba a él una dulce melodía resonaba en mi interior, no con claridad –ni siquiera estaba segura de haberla escuchado o soñado- sino como un recuerdo de otra vida. Edward sonreía, se le veía bastante feliz con su piano.

-¿Va a volver?- pregunté apoyando el portarretratos en su lugar. Alice me dio una suave sonrisa, triste, eso podía verlo y sacudió su cabeza.

-No lo sé- suspiró.

-¿Pero no lo ves?- inquirí quizás más emocionada de lo que debería o sería normal. Prácticamente no conocía a Edward, no era demasiado lógico que tuviera tanto interés en verle o que le recordase con tanta añoranza. Alice negó con su cabeza nuevamente, -¿Entonces por qué armaron su habitación?

-Siempre lo hicimos, cada vez que nos mudábamos de casa, él podría volver…suenas bastante desesperada por conocerlo.- Me dijo entrecerrándome sus ojos, mientras una pícara sonrisa se cruzaba en sus labios.

-Esto…sí, a fin de cuentas es parte de la familia ¿Verdad?- respondí saltando del sofá. -Entonces ¿Dónde esta mi habitación?- pregunté al ver que Alice abría su boca para decir algo más respecto de mi efusivo entusiasmo por saber de Edward. Ni yo misma podía comprender por que me sentía así.

Alice se puso de pie y salió de la habitación, corrí, tratando de seguirle el paso. Alice avanzó hacia la puerta que había en la dirección opuesta por la que había ido. Al final del pasillo estaba mi habitación. Alice me hizo un ademán con la mano y pasé delante de ella, entrando a mi nueva habitación.

Como el resto de la casa, tenía las paredes blancas, y el piso de madera lustrada. Una de las paredes de la habitación estaba cubierta por un enorme ventanal que, como la habitación de Edward, tenía vistas del bosque y del río. En la cara sur de la habitación estaba mi enorme cama. Desde pequeña dormía en ella, antes solía perderme entre las sábanas, pero ahora era más que suficiente para mí.

Enfrentada a la puerta de entrada, había otra, la del baño, y a un lado de esta, el placard. Me tomó casi toda la tarde desempacar mis cosas, pero lo terminé con la ayuda de Alice – quien obviamente ya había terminado de desempacar sus pertenencias –

-Entonces Alice ¿Cómo crees que… -me detuve al alzar mis ojos y darme cuenta de que Alice parecía no estar escuchándome, y creo que tampoco estaba viéndome a mi. Me quedé impresionada al ver su expresión, parecía como si estuviera viendo algo que yo no. Entonces caí en cuenta, Alice estaba teniendo una de sus visiones.

-Edward- murmuró con una suave sonrisa. No me dio tiempo a preguntarle qué ocurrió. En un abrir y cerrar de ojos, Alice había desaparecido de mi habitación.

Le seguí tan rápido como pude. Alice había bajado las escaleras en un santiamén. Yo llegué con el corazón en mi mano, y la respiración agitada. Alice estaba parada frente a la puerta con una enorme sonrisa en sus labios.

-¿Alice? ¿Qué haces?- pregunté viendo que no se movía.

-Abre la puerta…- murmuró tan suave que tuve que pedirle que lo repitiera, -Solo…ábrela.- dijo con entusiasmo. Le miré de reojo, no podía suponer que era lo que se traía entre manos.

Me acerqué a la puerta y suavemente giré la manija, abriendo la puerta. Traté de enfocar mis ojos entre la oscuridad del ocaso, pero solo veía hasta donde la luz del porche me lo permitía.

Trate de oír con atención, quizás Alice escuchaba algo que yo no. Nada, solo el canturrear de los grillos y el croar de alguna rana que se alejaba. Alice pasó a mi lado, con su vista fija hacia el oeste.

-¡Ya sal!- exclamó Alice con una juguetona sonrisa.

Entonces lo vi.