Capítulo 7


El vuelo transcurrió sin incidentes y una agradable azafata acompañó a Kurt hasta un vestíbulo donde el chofer que lo esperaba tomó su maleta de viaje y lo condujo hasta una lujosa limusina. Aunque la profesión de modelo tenía muchos inconvenientes, su fama y reconocimiento le daban ciertas ventajas. Mientras la limusina recorría el camino que llevaba hasta el Four Seasons, Kurt se sentía agradecido por la habilidad de Isabelle para organizar su agenda.

Las playas de Miami eran inmensas, de arena dorada y fina, con un mar de un azul intenso que, a aquella hora, parecía de color zafiro. Los apartamentos construidos alrededor de la playa eran el marco perfecto para ese maravilloso paisaje y, mientras se acercaba, se daba cuenta del enorme movimiento que había en aquella zona turística.

El hotel era de lujo, con excelentes vistas y las mejores tiendas de moda en su interior. Deshizo la maleta de viaje en cinco minutos, miró la cama con pena, antes de consultar el reloj. Aún le quedaban un par de horas antes de tener que presentarse en el inmenso salón del hotel para los ensayos del desfile. Podía matar el tiempo dándose una vuelta por las tiendas, o lo que sería más aconsejable, tomando una pequeña siesta.

Sin dudarlo, ganó la cama. Rápidamente se desnudó, puso el despertador y se recostó en la cama. Pero no podía dejar de pensar en lo que había pasado unas horas antes. Su cuerpo aún seguía doliendo por aquella invasión y su piel quemaba en determinadas zonas; Blaine se había tomado su tiempo, seduciéndolo, haciendo que todo fuera una fiesta para sus sentidos.

Blaine era un hombre peligroso porque sabía que era fácil hacerse adicto a su forma hacer el amor. Adicto a él. Pero Kurt había entregado su corazón una vez y no quería volver a hacerlo.

Cuando despertó, un poco más descansado tomó un plátano de la cesta de frutas que había en la habitación y lo mordisqueó antes de ducharse para bajar al desfile.

En el vestíbulo había una impresionante cascada de agua. El inmenso salón de desfiles estaba abarrotado. Cuando Kurt terminó el trabajo y pudo escaparse de los inevitables saludos, se dirigió al salón en el que tendría lugar la sesión fotográfica.

El fotógrafo era demasiado simpático, rayando en lo molesto, y lo peor de todo, un mano larga. Fuera la que fuera la pose que su ayudante le pedía, él quería cambiarla personalmente y, después de dos horas de poses, Kurt estaba a punto de ponerse a gritar. No soportaba que lo tocaran y estuvo a punto de decírselo un par de veces, pero se contuvo.

Por fin se hizo la última fotografía y pudo escapar a su habitación durante un rato, antes de arreglarse para asistir a la recepción que organizaba la agencia.

Aquella noche había elegido un pantalón de vestir gris, una camisa de cuadros muy finos blanco con gris, un blazer y corbata color vino, zapatos negros y su inseparable rolex. Su cabello perfectamente moldeado, dándole un aire de sofisticación total.

Le presentaron a varios de los invitados, charló sobre cosas sin importancia y tomó algunos aperitivos, pero el fotógrafo no se apartaba de él, molestándolo continuamente con sus comentarios, hasta que por fin Kurt, como sin darse cuenta, le dio un pisotón con todas sus fuerzas. El fotógrafo se puso pálido y lo miró con expresión de odio, pero no dijo nada. Sin decir una palabra, Kurt se dio la vuelta, buscó a la anfitriona y se despidió. Lo único que le faltaba era un tipo grosero después de un día de trabajo como aquél y una noche en la que no había dormido para nada.

Cuando entró en su habitación, lanzó un suspiro de alivio y fue a la nevera para tomar un sorbo de agua. En ese momento oyó unos golpes en la puerta.

—¿Quién es?

—Blaine.

—¿Blaine? —repitió sorprendido—. ¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó, abriendo la puerta. Vestido con unos pantalones grises, camisa blanca y sueter a rayas, era simplemente imponente. —Supongo que vas a decirme que pasabas por aquí y has decidido subir a saludarme —dijo el ojiazul, intentando que su voz sonara despreocupada.

Blaine inclinó la cabeza y rozó suavemente sus labios.

—No quería pasar la noche sin ti —susurró. Aquello dejó a Kurt momentáneamente sin palabras.— No has podido dormir, ¿verdad? —sonrió el pelinegro, mirándolo a los ojos.

—¿Tan mal estoy?

—No. Sólo pareces un poco cansado —contestó él, acariciando su mejilla.

—Ojalá sólo estuviera un poco cansado.

—Yo te cuidaré.

El calor sensual del cuerpo de Blaine empezaba a despertar deseo en el suyo y, si se quedaban en la habitación, probablemente no descansaría en absoluto.

—Lo mejor será que salgamos a cenar a alguno de los restaurantes del paseo marítimo —dijo con firmeza, y lo vio sonreír.

—¿Te encuentras más seguro entre la multitud?

—Sí —sonrió Kurt, apartándose de él y volviendo a ponerse los zapatos. Después extendió la mano para que Blaine la tomara. Fueron al Pearl South Beach & Champagne Lounge y allí los acomodaron frente a una de las ventanas. Pronto oscurecería, pero en ese momento podían ver los barcos deslizándose sobre el mar y la gente paseando por el muelle. Después de una cena agradable y suculenta, volvieron caminando al hotel.

—¡Mira a quién tenemos aquí! —anunció una voz en cuanto entraron en el vestíbulo.

Era el fotógrafo, ligeramente bebido, que empezó a preparar la cámara mientras miraba a Blaine.

—El príncipe de hielo con su escolta. Ahora entiendo que te marcharas tan pronto de la fiesta, querido —añadió.

Aquella cámara suponía una amenaza, ya que Kurt no quería ver de nuevo su vida privada publicada por todas partes, así que siguió caminando hacia el ascensor, intentando no prestarle atención.

—¿No me digas que duermen en la misma habitación? —siguió diciendo, sin separarse de ellos.

—Si da un paso más, llamaré a seguridad, se lo advierto —dijo Blaine, colocándose como escudo de Kurt.

—Sólo estoy haciendo mi trabajo, amigo.

—Entonces le sugiero que lo haga en otro sitio —dijo él con una voz que no admitía replica.

El tipo desapareció y ellos pudieron subir solos en el ascensor.

—¿Te ha pasado esto alguna vez? —preguntó cuando entraban en la habitación.

Los acosadores, los fans alterados, los paparazzis. La pesadilla que nadie deseaba. Sólo su padre sabía de las cartas que había recibido tras la muerte de Adam. Palabras cortadas de periódicos y pegadas a un papel en blanco. Uno de esos fanáticos enfermos que la policía había tardado seis meses en localizar. Blaine se dio cuenta de que se había quedado sombrío, pero no quiso preguntar. Llegaría el momento en que Kurt compartiría con él todo lo que quisiera compartir y él esperaría mientras tanto.

—Ese fotógrafo no es más que un idiota —dijo, sentándose en un sillón.

La noche anterior había compartido su intimidad con aquel hombre, pero en aquel momento no sabía qué hacer. Blaine le puso las manos sobre los hombros, acariciando, masajeando los tensos músculos.

—Sigue, por favor —le suplicó y, cerrando los ojos, se dejó llevar por aquel relajante masaje.

Minutos más tarde, Blaine lo llevó a la cama y, con movimientos rápidos y sin dejar de mirarlo a los ojos, empezó a desnudarlo.

—Blaine…

—Relájate y disfruta —dijo, volviéndolo de espaldas. Kurt creía que iba a derretirse bajo aquellas manos. Al principio se encontraba un poco violento, pero después apoyó la cabeza en los brazos y se dejó llevar.

Era imposible luchar contra el cansancio y, poco a poco, se quedó dormido. No se percató de que Blaine se levantaba de la cama, ni de que se quitaba la ropa y se deslizaba con él entre las sábanas.

Kurt se movió y notó la calidez de un cuerpo desnudo a su lado, pero en la vaguedad del sueño, no se hizo ninguna pregunta. Sólo se acurrucó contra él y suspiró con satisfacción cuando sintió que una mano se deslizaba por su espalda. Era un sueño. Una visión deliciosa, acompañada de un aroma masculino que lo hacía sentirse como en el cielo. Unos labios rozaron su mejilla y se deslizaron hasta su cuello. Después, siguieron hasta su pecho, lamiendo y acariciando con suavidad antes de bajar hasta su abdomen y continuar hacia abajo. Unos dedos empezaron a juguetear con su entrepierna, haciéndolo endurecer ante el contacto. Aquel sueño erótico casi parecía real, pensaba semiinconscientemente Kurt mientras las sensaciones iban aumentando por todo su cuerpo. Era tan real, que parecía imposible que fuera un sueño.

El roce de una pierna contra la suya lo devolvió a la realidad y Kurt abrió los ojos, para encontrarse con la cara de Blaine a un centímetro de la suya. La sombra de la barba le daba una insoportable sexualidad a aquellas facciones. Sus ojos miel eran cálidos e increíblemente sensuales.

—Buenos días —susurró Blaine, trazando con un dedo la línea de sus labios.

Lo que siguió fue un beso sensual, un preludio del lento y lánguido acto en el que sus sentidos excitados llegarían a las cimas más altas de deseo para caer finalmente exhaustos uno en brazos del otro.

—¿Qué hora es?

Blaine levantó la mano para comprobar el reloj. —Las siete y diez. Vamos a dar un paseo a la playa —dijo, inclinándose hacia Kurt con una sonrisa que casi hizo que se derritiera, antes de levantarse de la cama de un salto. Su cuerpo era increíble. Demasiado perfecto, pensaba Kurt mirándolo entrar en el cuarto de baño. Su espalda definida, la cintura, el trasero apretado, y sus piernas.

Se movía con la naturalidad de un hombre que se siente a gusto con su cuerpo. Seguro, confiado y con una gracia que combinaba fuerza y poder, pero a la vez ternura y elegancia.

Quince minutos más tarde, caminaban por una playa que parecía infinita, rodeada de un mar azul y en calma. A aquella hora de la mañana el aire era fresco y la brisa suave.

—¿Vamos a pasear o quieres que corramos un poco? —preguntó Blaine. Kurt lo miró. Blaine se había puesto pantalones cortos, una camiseta y zapatos deportivos.

—Corramos —decidió.

—¿Quieres gastar energía?

—¿La tuya o la mía? —preguntó Kurt

—De los dos, imagino —rió Blaine.

Lo que empezaba a sentir por él, lo turbaba. Invadía su espacio, su tiempo y se infiltraba en sus emociones con una determinación que parecía empeñada en destruir todas las barreras que Kurt había levantado. Tenía la impresión de que con Blaine tenía que ser todo o nada y él no estaba preparado para pensar en el todo.

—¿Te gustaría tomar un café? —preguntó el pelinegro después de unos quince minutos.

—¿Con croissants?

—¿Tanta hambre tienes? —sonrió él, tomándolo de la mano. Kurt asintió con una sonrisa. El día le parecía de repente más brillante, pero no tenía nada que ver con el sol.

Eligieron uno de los cafés que había alrededor de la playa y se sentaron en la terraza. Blaine observaba su aspecto fresco y alegre y, sin embargo, sabía que seguía a la defensiva. Si no tenía cuidado, Kurt volvería a intentar apartarse de él.

Más tarde, volvieron al hotel y subieron a la habitación.

—Mientras tú te duchas, yo iré guardando las cosas en la maleta —dijo el ojiazul.

—Prefiero que nos duchemos juntos.

—Tengo que tomar un avión, Blaine —intentó protestar, sintiéndose tímido de repente.— No tenemos mucho tiempo.

—Pues tendremos que conformarnos con esto —susurró Blaine, acercando su cálida y devastadoramente sensual boca a la suya de forma dominante y dulce a la vez, dando, recibiendo, hasta que Kurt se apoyó sobre su cuerpo, deseando más, mucho más. Cuando por fin Blaine se apartó, Kurt era incapaz de moverse.— A la ducha —dijo, empujándolo suavemente hacia el cuarto de baño.

Se había acostado con aquel hombre, había compartido su intimidad con él. ¿Qué había de malo en ducharse juntos?, se preguntaba. No sería la primera vez que se duchaba con un hombre.

Con Adam siempre era divertido. Pero aquello era diferente. Muy diferente. No había nada humorístico en compartir ducha con Blaine. Un calor inesperado empezó a recorrerlo ante la idea de estar a un centímetro del cuerpo desnudo de Blaine.

Lo miró mientras se desnudaba con toda tranquilidad y tuvo que hacer lo mismo, intentando disimular su turbación. Ya dentro de la ducha, intentó no mirarlo, pero era imposible, por supuesto. Blaine se movía con toda tranquilidad, enjabonándolo y enjabonándose como si llevaran años haciéndolo juntos. Y su estado de excitación no parecía molestarlo o avergonzarlo en absoluto. Kurt creía que podía sobrellevar con tranquilidad cualquier situación, pero aquello era demasiado para sus nervios.

Cuando salieron, se envolvió en una toalla y entró en la habitación para vestirse. Diez minutos más tarde, se había puesto un pantalón y una camisa de color crema con un pañuelo de brillantes colores azules y verdes que daba el toque de color.

La limusina los estaba esperando en la puerta, pero cuando las puertas del hotel se abrieron, unos flashes fotográficos los tomaron por sorpresa. Kurt intentó sonreír, pero por dentro maldecía al fotógrafo que debía haber avisado a la prensa sólo para vengarse. Se imaginó el titular de las revistas: El modelo Kurt Hummel y el conocido empresario Blaine Anderson pasan la noche juntos en el Hotel Four Seasons.

Kurt ni siquiera abrió la boca; se limitó a sonreír y a entrar en la limusina, alegrándose de que las ventanillas fueran oscuras y de que el conductor los sacara de allí a gran velocidad.

Llegaron al aeropuerto justo a tiempo para tomar el avión.

—Vendré a buscarte a las siete —dijo Blaine, cuando lo dejó frente a su apartamento.— Iremos al teatro con Nick y Jeff.

El coche se alejó antes de que Kurt tuviera tiempo de protestar y, unos minutos más tarde, estaba en su apartamento, intentando decidir qué iba a hacer con Blaine.