Capítulo 7

Caminó como autómata, notando apenas que sus piernas le parecían de merengue. El piano estaba allí, ostentoso y grande, aunque no tan bonito como el que Tony disponía en su apartamento, confirmó Peter luego de tomar asiento.

De su bolsillo sacó un pañuelo, y lo pasó por todas y cada una de las teclas del piano; algo que cualquier pianista responsable haría después de tantas presentaciones.

Cuando las teclas empezaron a brillar lustrosamente bajo el fuerte reflector, guardó el pañuelo.

Un inesperado escalofrío lo recorrió al girar la cabeza hacia la multitud observante y crítica. Había muchos asientos llenos, más de los que llegó a presenciar antes en un concierto. Sobre la planta baja y sobre las gradas, se ubicaban cientos de personas. Encima de los palcos había poco más de media docena a la espera.

A Peter le parecía verlo todo a través de una extraña barrera transparente, como una calima que hacía que los cientos de rostros que había a su alrededor flotaran de forma extraña.

Y por su mente revoloteaban todo tipo de ideas, como urracas que se acercan volando para arrancarle los ojos a una vaca muerta.

Respiró hondo.

Grande fue su horror al ver que las manos le temblaban incontrolablemente sobre las teclas. Aquel no era el momento.

Volvió a tomar aire.

Frotó las palmas contra sus piernas, tratando de limpiar el sudor frío que de pronto irradiaba copiosamente.

Movió tres veces el taburete, buscando la posición adecuada, sintiéndose más chueco a cada intento.

Un zumbido, como de abejas enfurecidas, comenzaba a llenar sus oídos.

La respiración, antes agitada, estaba completamente atrapada en su pecho. No podía siquiera exhalar para deshacerse de la ansiedad que lentamente se aferraba a él como si tuviese garras.

Tras varios instantes, que a Peter le parecieron eternos, comprendió que no podía hacerlo.

No podía.

Simplemente no podía.

Estaba bloqueado.

¿Qué haría ahora?, se preguntó desesperadamente. ¿Se levantaría, pediría disculpas y se retiraría? ¿Podría vivir con la vergüenza?

Destelló en su mente el filme de su futuro, protagonizado por varios rostros de burla, entre ellos el de Flash, y la expresión decepcionada de Tony.

Inundado en el silencio atronador, donde el zumbido de abejas no hacía más que aumentar, oyó distantemente una garganta aclarándose.

Habría hecho caso omiso, habría pensado que era alguien del público emitiendo un ruido para traslucir incomodidad. Pero demasiado bien lo conocía para hacerle voltear y encontrarlo entre el centenar de público.

Fueron momentos muy claros, aunque de una extraña lentitud. Tony hizo un asentimiento de cabeza y luego Peter hizo otra.

Un segundo más tarde, sucedió algo milagroso.

Como el revuelo de una mariposa, empezó las primeras notas delicadamente, y con ello, el suave allegretto danzó en la punta de sus dedos con extraordinaria fluidez.

Ya que se había aprendido la pieza de memoria, Peter optó por mirar atentamente los ojos de Tony cada vez que podía, como si en ellos no sólo estuvieran escondidas las respuestas a sus preguntas, sino también la calma y el consuelo que sólo él podía ofrecerle. Y todo cuanto les rodeaba desapareció, y sólo eran ellos dos.

La facilidad movía sus músculos, dictaba sus acciones. Pronto, las notas cobraron vida propia.

Él tocaba la pieza, y se diría que sus notas envolvieron a Tony en seda. Su interpretación se enroscaba alrededor de la cintura de Tony, de una manera en que nadie tardaría en identificar como erótica. Sus movimientos acariciaban a Tony, se aferraban a Tony; sus notas alcanzaron el clímax junto a Tony.

Por supuesto, todo aquello fue subjetivo.

Peter estaba convencido de que, como ésos eran sus sentimientos, acabó por influir en su percepción de la música. Y ante los últimos compases, ésta rugió, azotó, e inundó el escenario.

Cuando terminó, el aplauso no resquebrajó el aire como una copa de cristal, sino que se elevó en una marea torrencial de ovaciones a pie y exclamaciones de admiración.

Dentro de Peter había una tormenta de euforia, alivio, y la punzante necesidad de perderse en una risa histérica que lo hizo levantarse del asiento. Pero se contuvo. Mansamente sacudió la mano e inclinó el cuerpo.

Salió del escenario, resuelto a no volver a mirar a Tony sobre la marcha.


Aunque trató de poner atención al resto de las interpretaciones, su propia emoción no se lo permitía.

Flash tocó en seguida de él, y ni sabía ni le importaba cómo le había ido.

La sala de espera le pareció completamente distinta: acogedora y con una temperatura ambiente muy agradable. Se quedó allí, a veces sentado o a veces dando vueltas sobre su propio eje. Cuando el último pianista tocó la última nota, pidieron a los demás que salieran a dar la última despedida, antes de que dar inicio a un pequeño banquete que tenían preparado para los pianistas e invitados.

Regresando al salón principal, Peter no encontró a Tony; Tony lo encontró a él.

—¿Veredicto? —le preguntó después de una tranquila contemplación que se ofrecieron mutuamente.

—Te lo digo después de la cena —respondió Tony.

—No creo que pueda llamarse esto una cena —dijo Peter levantando un pequeño canapé que tenía mordisqueado en la mano—. Sólo si te comieras unos veinte.

—Quise decir que te invito a cenar —puntualizó Tony. Luego se acercó al oído de Peter y susurró—: Tengo cosas que decirte. Me gustaría que las oyeras.

Ignorando el placentero escalofrío y la piel de gallina abriendo los poros de su carne, Peter respondió con toda calma:

—Y yo tengo cosas que quiero preguntarte. Me gustaría que las contestaras.

Tony asintió.

—Suena justo. Nos vemos aquí en… dos horas —ladeó la muñeca para observar su reloj—. Mézclate como un oportunista, congráciate con la multitud, déjales bien en claro quién eres. No juegues a ser humilde —le aconsejó.

—¿Por qué no vienes conmigo?

—Porque tienes que celebrar tu carácter único y ajeno a mi persona. Si vamos juntos, se mostrarán tensos y probablemente no haré más que disminuir los cumplidos. Que mi pasado no ensucie tu futuro.

—¿Y si te emboscan para una entrevista? —le pareció distinguir la melena rubia de la reportera de antes, merodeando entre los pianistas como un buitre.

—Que lo intenten. Por el momento, sólo sé hablar de ti —dijo Tony por toda respuesta.

Entonces eso hizo. Después de una ración de besos y abrazos, cortesía de su tía May, Peter abandonó todo rastro de timidez y fue directo a entablar conversación con Bruce Banner.

No hubo necesidad de entretenerse para idear la aproximación correcta, pues Banner lo había recibido alegremente en cuanto él invadió su campo visual; casi se diría que lo estaba esperando.

—Enhorabuena, Peter. Brindemos —le pasó una copa de champagne y le dio un golpecito con la suya—. Ha sido una de las mejores presentaciones de Franz Liszt que he tenido el placer de escuchar en los últimos años. El rector de Julliard está muriendo por conocerte.

Le presentó a un hombre bajito y entrecano. A Peter le dio gracia que tuviera un monóculo en el ojo derecho. Su nombre era Odín, y más tarde se enteró de que era el padre de Thor. Le dijo a Peter varias cosas interesantes.

Y de ahí en adelante, sólo se dedicó a dar las gracias a la cantidad desmesurada de elogios que recibió durante las dos horas. Todos lo observaron con ávido interés y comentaron mucho acerca de su edad, como si el factor talento tuviera que ver con el temprano desarrollo con que lo demostraba. En cuanto ellos le daban apertura para hablar, Peter les restregaba que Tony Stark era su profesor de piano, y que toda su competencia y habilidad se la debía a la espectacular genialidad de éste y los conocimientos que transmitía.

En varias ocasiones, llegó a percatarse de que Flash lo miraba muy ceñudo desde algún lado.

Natasha lo felicitó pegando su figura a la de él y presionando un beso en su mejilla. Incluso Bucky se abrió paso para darle un apretón de manos y halagarle las orejas.

Steve, por otro lado, le brindó la misma oferta que le dio Natasha el día en que se conocieron. Esa vez, sin embargo, Peter escuchó con algo más que cortesía.

—Seguro que ahorita deben estar lloviéndote las ofertas —se apresuró a decir Steve para no presionarlo—. Sólo queremos que sepas que, si te interesa, nuestras puertas están abiertas.

—El contrato es de cinco años, durante los cuales podrás viajar por el mundo, y gente de todas partes conocerían tu nombre —añadió Natasha risueñamente.

—Al terminar la gira, tienes garantizado el puesto en cualquier lugar que te apetezca —prosiguió Bucky—. Como, oh, no lo sé, tal vez en un exótico crucero. O en la mejor Academia de Música de Nueva York.

Peter pensó que las sugerencias no eran más que un alarde, por muy certeras que fuesen.

—Piénsalo, ¿de acuerdo? —Natasha le dedicó un guiño y otro beso.

Decir que rotundamente no le interesaba, sería una mentira. Aun así, Peter decidió paladear aquella propuesta y se despidió de ellos con un amigable "gracias".

La perspectiva de abandonar sus clases con Tony y dejar de ver a su tía por cinco largos años le producía un sabor, sin duda amargo, en la boca. Además, era cierto que le caía una tormenta de ofertas. En el transcurso de la hora, dos titulares del Lincoln Center le habían pedido una colaboración suya en el programa de invierno. El rector de Julliard que le presentó Banner le, por decirlo así, regaló una beca para tres años de estudio intensivo. También recabó varias ofertas de trabajo en lugares dignos, y algunos cientos de recitales a futuro.

Las opciones eran muchas y, si las barajaba demasiado, le producía un dolor de cabeza. Aunque también podía admitir humildemente que le embargaba una profunda felicidad. Cualquier opción era tan buena como la otra, y ahora tenía su futuro artístico asegurado. Lo único que tenía que hacer era elegir.

Como no recordó que había olvidado su reloj de muñeca, Peter llegó tarde a su rencuentro con Tony. Supuso que iba a recibir una reprimenda –Tony odiaba la impuntualidad– pero fue sorprendido con un brazo alrededor de su cintura y un paseo hasta el taxi que esperaba en la salida.

La noche apenas era joven.


Tony lo llevó a un restaurante italiano, muy glamoroso, y particularmente tranquilo.

Ordenaron dos copas de vino y la especialidad de la casa. El mesero encendió las velas y tuvo el detalle de alejarse cuanto antes.

Aunque trataron de entablar una conversación normal, nadie llegó demasiado lejos. Entonces, Tony inició la charla que ambos esperaban, y lo hizo yendo directo al grano.

—Primero: mi infame reputación —Apoyó la barbilla sobre sus manos entrecruzadas—. No te voy a mentir; yo me lo busqué. Durante toda mi carrera me he jactado de tener gran habilidad musical, de ser un espléndido concertista, y un aceptable compositor. No puedo decir lo mismo sobre mis relaciones interpersonales. Herí a demasiadas personas. Me hice enemigos. Aunque siempre dejé bastante claras mis intenciones pasajeras, la gente se hace ideas con demasiada frecuencia. Debí suponer que se volverían en mi contra.

Cuando las dos copas de vino fueron colocadas sobre su mesa, Tony no dudó en beber la mitad con dos profundos tragos. Peter hizo lo mismo, aunque la intranquilidad le cerraba un poco la garganta. Esperó a que continuara.

—Una violonchelista cuyo nombre no vale la pena mencionar, principalmente porque mis dientes rechinan al hacerlo, levantó una insignificante denuncia de plagio tres días después de que cortamos, no precisamente por lo sano; en realidad, no fue nada que haya generado escándalo. Sólo quería fastidiarme y, joder, aunque dio buen resultado, no pasó a mayores. Desgraciadamente, dos inútiles más aprendieron de su ejemplo. Y lo reprodujeron a mayor escala.

Peter vaciló un momento, pero se atrevió a hablar.

—Los enviaste al hospital —No era acusación, aunque sonaba cercano a una reprimenda—. Te enojaste.

—Me enfurecí —replicó Tony—. Ellos me restregaron la carta de denuncia y perdí los estribos. Los pocos que tengo —añadió—. Y si las demandas por copia intelectual no sirvieron para darme una mala racha, te aseguro que lo del hospital tuvo el efecto deseado. Malditos…

—Mucha gente piensa muy mal de ti —escupió Peter con denuedo—. ¿Por qué nunca te defendiste? Si lo que acabas de decir es verdad, ¿por qué te escondiste en lugar de enfrentar el problema?

La copa, ahora vacía, fue rellenada nuevamente. Las arrugas de Tony se acentuaron a la luz de las velas, una de las pocas señales discretas de que el hombre era décadas mayor, y Peter tuvo el extraño impulso de besar esas líneas de tiempo. Por primera vez, desde que lo conocía, Tony se veía cansado y triste.

Segundos después, la pasta fue traída a la mesa, olía increíble, pero nadie hincó el tenedor.

—Supongo que…—Tony pensó dubitativo—, me pasó algo similar a lo que te sucedió a ti en el escenario. Tuve un bloqueo temporal. O eso me dije al principio. Lo cierto es que cuando te apuntan con el dedo y te dicen cosas…por fin entendí lo que es ser atacado.

Algo de lo que dijo Tony le hizo recordar algo de lo que dijo Flash.

—¿Has llamado a alguien retrasado musical?

Tony volteó la cabeza de lado y soltó un gruñido evasivo.

—Otra de mis mejores líneas. ¿Dónde escuchaste eso?

—Flash Thompson —ante el semblante confundido de Tony, Peter añadió—: era su hermana.

—Mierda. ¿Ves lo que te digo? Me hago enemigos por montones. Espero que Flash no te haya hecho pasar un mal momento por mi culpa.

Peter sonrió amargamente.

—Sólo algunos. Entonces, ¿por qué se lo dijiste?

—Como ya te habrás dado cuenta, la inteligencia emocional nunca ha sido una de mis fortalezas.

—No me digas.

—Sorprendente, ¿verdad? Bueno pues, la hermana de Flash Thompson, la que estudió seis años en un prestigioso internado en Londres, tiernamente creía en su corazón que allegro y allegretto eran lo mismo. Me sorprendí. Y no fui capaz de ocultar mi sorpresa.

Sin darse cuenta, ya habían empezado a comer. La pasta de tres quesos era cremosa y suave. Peter probó un solo bocado antes de retomar la charla.

—Te acostaste con ella —Nuevamente no era una acusación, pero no dejaba de sonar a un reproche.

—Sí, lo hice —contestó él con una total falta de descaro mientras enrollaba los fideos en el tenedor.

—¿Sueles acostarte exclusivamente con músicos? —Ya lo había sospechado, pero aquella constatación no lo detuvo al entornar los ojos.

—Sí —respondió Tony con simpleza—. No tengo ningún interés por las mentes vacías. Mi cuerpo no responde a la ignorancia.

«Exigente hasta para la cama», pensó Peter.

—¿También te acostaste con tus compañeros de trabajo? —insistió.

—Sí, con algunos.

—¿Y con tus alumnos?

Ante esa pregunta, Tony dejó la comida y lo miró directamente.

—Lo haré. Pronto.

Como un cañón de fuego, a Peter se le disparó el pulso. De repente, sintió mucho calor y perdió el apetito.

—¿Pero además de…de…? —juntó sus labios para humedecerlos y se rascó la cabeza—. ¿Te has acostado con otros alumnos?

—No tengo otros alumnos —repuso Tony—. Eres el único.

—¿Qué? —Peter parpadeó varias veces—. No puede ser… Cuando fui a pedirte lecciones, vi al menos a quince chicos haciendo fila detrás de tu puerta.

—¿Los has vuelto a ver? —preguntó él, saboreando más de su vino.

—Pensé que tendrían horarios diferentes —masculló.

—Es cierto que, además de ti, seleccioné cuatro estudiantes —admitió el hombre—. A todos ellos los corrí en el transcurso de una semana.

—¿Por qué?

—¿Por qué? —depositó la copa en la mesa con fuerza—. Porque eran una bola de llorones sin facultad para la música —Ahí estaba de nuevo el Tony que conocía—. Era como intentar transmitirle a un cuarteto de sordos la emoción del artista creador, y recibir a cambio unos compases con poca o nada originalidad y sin una pizca de agudeza mental. Si tanto querían que les enseñara, no debieron llevarme la contraria.

Pasó furiosamente la servilleta por su boca y prosiguió hablando con aquel fuego característico que Peter adoraba en secreto.

—Cualquier imbécil puede enseñar música —su voz se había endurecido—, y cualquier quejica puede aprenderla. Pero yo quería empujar a mis alumnos más allá de lo esperado. Quería que, a pesar del nivel de dificultad, fueran capaces de alentarse gracias a su propio talento y fuerza. Pero nadie fue capaz de soportarlo. Excepto tú —el corazón de Peter latió violentamente—. No hay dos palabras más dañinas en el idioma universal que «buen trabajo». Esos canallas esperaban que les diera una palmadita en la cabeza por haberlo intentado. Tú no. Rápidamente me di cuenta de que tú eras diferente. Que eras mejor.

Peter notó un cosquilleo en el estómago, pero no supo distinguir si era de placer o de ansiedad.

Tal vez eran ambas.

—Quiero irme de aquí —dijo en voz baja—. Ahora.

Creyó que Tony se iba a poner a discutir con él porque sus platos estaban medio llenos.

—Concuerdo —Y para su enorme placer, observó que las pupilas de él se habían dilatado tanto como las suyas—. Pediré la cuenta.

Peter bajó la vista a su plato de golpe, como si le sorprendiera que hubiera comida en él.

—Yo pago la mitad.

—De ninguna manera.

El mesero preguntó si querían pedir la comida para llevar. Se miraron por una fracción de segundo.

—No sé tú, pero yo no voy a comer nada —decidió Peter.

—Oh, yo si lo haré —murmuró Tony, haciendo que las palabras sonaran como miel lista para saborearse. Peter se encontró a si mismo tragando saliva.