Disclaimer: Nada de esto me pertenece, todo es propiedad de J.K. Rowling


Capítulo VII

Dream


Frío.

Gélido y aterido frío.

Intenta respirar, pero largas y afiladas agujas atraviesan su cetrina piel hasta llegar a sus pulmones, cortándole la respiración, ahogándole en ese mar de oscuridad, en ese aire glacial que le impide respirar.

"tic tac, tic tac, ni un solo segundo más"

Se lleva las manos a los oídos en un vano intento de aplacar los gritos que llegan a él, pero todo es en vano.

Siguen ahí.

El miedo, la angustia, el dolor. Todo sigue ahí.

"tic tac, tic tac, ni un solo segundo más"

Las agujas se clavan más hondo esta vez, y el poco aire que queda en sus pulmones se extingue, poco a poco, como si de una sutil nube de humo en una fuerte ventisca se tratase. Puede incluso ver a los dos dementores, apostados en las puertas de su lúgubre y húmeda celda, absorberlo como un sediento bebería la más fría de las jarras de cerveza de mantequilla.

"tic tac, tic tac, ni un solo segundo más"

Intenta ponerse de pie, quiere salir de ahí, necesita salir de ahí. No pude soportar ni un segundo más los gritos de esos majaderos, de esos sádicos que han perdido la cabeza para terminar como jodidas cabras y atormentar a los que aún conservan un mínimo resquicio de cordura en sí.

Pero no puede, el frío es demasiado intenso, la soledad demasiado dolorosa, la culpa demasiado profunda.

"tic tac, tic tac, ni un solo…

—Draco, despierta.

Con una gran bocanada de aire Draco se despertó. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba durmiendo. Las pesadillas eran tan vividas, tan reales.

Se incorporó y se pasó con brusquedad las manos por el rostro. Hacía unos cuantos días —cuatro, quizás cinco— que no venían a su cabeza las imágenes de aquellos infernales meses en Azkaban, pero de pronto, ¡zás! Todo se desmoronaba como si de un castillo de naipes se tratase.

La angustia volvió a instalarse en su pecho, entre la boca de su estómago y sus pulmones. Más fuerte que la última vez, más intensa, más aguda, más profunda.

—Estabas teniendo una pesadilla.

La voz de Astoria le sobresaltó —de nuevo—haciendo que pegase un pequeño bote en la cama. No estaba acostumbrado a dormir con nadie, y la presencia de su pequeña esposa ahí no iba a ser fácil de digerir.

—Draco…

—Tengo sed —Contestó cortante—. Subiré en un rato, si eso.

Astoria suspiró mientras veía como la espalda desnuda de su esposo desaparecía por el quicio de la puerta. Había soñado algo, ella lo sabía, estaba segura de ello, así como de que aquellas horribles imágenes le habían afectado más de lo que jamás admitiría. Y eso ella lo sabía.

Con pesadez se dejó caer contra las mullidas almohadas, desplomada.

Las cosas habían cambiado demasiado, demasiado rápido, demasiado bruscamente, demasiado todo. No entendía nada. O quizás no quería entenderlo.

Lo único que quería en aquel momento era cubrirse la cabeza con la colcha y desaparecer.

El ruido de la madera crujiendo por el pasillo hizo que se incorporase de nuevo. Draco apareció de nuevo por la puerta y Astoria se tomó unos segundos para apreciarle con detenimiento. Estaba más pálido que de costumbre, y oscuros círculos bajo sus ojos grises en forma de ojeras confirmaban el hecho de que apenas dormía, y cuando lo conseguía aquellas pesadillas le asediaban sin descanso alguno.

Astoria carraspeó, no sabía por dónde comenzar, ni siquiera sabía qué decir. Por un segundo reparó en las cicatrices que cruzaban su pecho —incluidas sus aún marcadas costillas— y decidió que tenía que preguntarle sobre ello. Pero no en ese momento. No sabía cuándo, pero no en ese momento ni en ese lugar.

—Draco, ¿me vas a…

—Duérmete —Ordenó de forma brusca.

—Pero… —Balbuceó—. ¿Estás bien? Quiero decir… ¿Necesitas algo?

Craso error.

Él no necesitaba nada.

Él no necesitaba nada de nadie.

—Duérmete de una jodida vez, Astoria —Dijo con voz helada. Y a ella aquello le afectó más, mucho más, que si de un grito se tratase—. Duérmete y déjame en paz de una vez.

No supo por qué lo dijo, pero tan sólo fue consciente de las palabras saliendo de su boca y el ruido retumbando en sus oídos. Y cuando vio a Astoria tragando grueso mientras contenía las lágrimas a duras penas supo que la había cagado.

Porque él siempre la cagaba.

Cerró los ojos y se pasó una mano por la cara con frustración. ¿Es que acaso no era capaz de contenerse? ¿Es que acaso no era capaz de medir sus palabras? Y justo con Astoria, justo con ella.

Con ella, que siempre estaba ahí, para bien o para mal.

Y la había vuelto a cagar.

—Astoria… —Murmuró, acercándose a ella y rozándole el hombro con suavidad.

Ella se apartó con brusquedad y se dio la vuelta. No tenía ganas de hablar, no tenía ganas de nada, en realidad.

—Me voy a dormir —Contestó en un murmullo contra la almohada—. Me voy a dormir y a dejarte en paz, tal como has pedido. Así que olvídame.

Draco bufó y se dejó caer con fuerza contra las almohadas mientras se restregaba los ojos. Comprendía el enfado de Astoria, lo entendía, incluso lo aceptaba. Porque después de todos los progresos que habían hecho en la difícil relación que mantenían, siempre había algo, alguna piedra —pedrusco en realidad— en el camino que hacía que se diesen de bruces contra el suelo.

Y él no quería eso. No lo quería.

—Astoria —Volvió a decir girándose hasta quedar de costado, observando los hombros desnudos y la nuca de la chica que le daba la espalda—. Yo no… Joder, yo no…

—Estoy durmiendo.

Draco frunció el ceño y asintió mentalmente. Agarró la colcha y se arropó, resistiendo la tentación de acercar el menudo cuerpo de Astoria al suyo. Quería de su calor, de su olor, de su sabor. Quería un poco, sólo un poco más.

"tic tac, tic tac, ni un solo segundo más"

"tic tac, tic tac, ni un solo segundo más"

"tic tac, tic tac, ni un solo segundo más"

"tic tac, tic tac, ni un solo segundo más"

—Son pesadillas —Soltó a bocajarro en un gruñido—. Es lo que querías saber, ¿no? Pues ahí lo tienes.

Astoria se giró lentamente para mirarle a los ojos, a los ojos y a las profundas ojeras que había bajo estos. No sabía qué le había impulsado a decirle aquello, pero tampoco le importaba. Si por fin —tras nosecuantos meses de matrimonio— iba a empezar a ver algo de sinceridad y verdad, no iba a poner pegas ni hacer preguntas de más.

—Eso ya me lo imaginaba —Repuso con suavidad.

De pronto Draco se sintió muy cansado, lo único que deseaba en esos momentos era cerrar los ojos y dormir, quizás para siempre, y ahorrarse así todas las conversaciones como aquellas. Necesitaba ahorrárselas, pero no podía.

—Son sueños sobre Azkaban —Susurró.

—Entiendo —Contestó Astoria.

—¡No, no lo entiendes! —Dijo Draco alzando la voz—. Yo… Joder. Dudo que alguna de ellas sea real pero… son tan escalofriantes —Continuó—. Me recuerdan cada segundo de mi tiempo allí.

Astoria asintió y —casi de forma imperceptible— se acercó a él mientras subía las mantas hasta taparse por completo. La habitación, de un momento a otro, se había quedado en el más gélido de los climas, y aquello no le gustaba, no le gustaba en absoluto.

Alzó la mano y le pasó con suavidad el pulgar por el entrecejo fruncido de Draco, eliminando a su paso todas las arrugas y tensiones de éste.

—No tienes por qué contármelo —Murmuró, delineando las cejas de Draco con parsimonia.

Él cerró los ojos y poco a poco —muy poco a poco, en realidad— se dejó caer en un estado de relajación y alivio que hacía demasiado no sentía. Las manos de Astoria sobre su piel eran tan balsámicas, desterrando sus más profundos demonios y suprimiendo su oscuridad. Era su cura personal.

—La próxima vez que los dementores vengan a por ti en uno de esos sueños tuyos —Dijo Astoria en un susurro sin dejar de trazar las líneas faciales de Draco con los dedos—. Yo estaré aquí para protegerte.

Draco abrió los ojos y se encontró con los enormes ojos de Astoria abiertos, de par en par, observándole, escrutándole con interés. Y no pudo reprimir el esbozar una sonrisa. Mínima, pero al fin y al cabo sonrisa.

Porque él jamás había tenido a nadie que —de forma directa—le protegiese.

Casi con brusquedad la pegó completamente a sí y la besó, pillándola totalmente por sorpresa. ¿Y qué más daba si hacía veinte minutos era el mayor capullo del mundo mágico y muggle? En aquellos instantes era su marido, la persona que la abrazaba y besaba con fervor, que la hacía sentirse como nadie la había hecho sentirse jamás.

Era Draco, no podía pedir más.

—Ahora sí —Dijo el chico sobre los labios de Astoria—. Vamos a dormir.

Porque el saber que ella estaría ahí —un día, y otro, y otro, y otro— en cierta forma le reconfortaba.

Y eso era algo que no había sentido jamás.


Hola de nuevo. Bueno, no sé qué mas decir, salvo que lamento mucho la demora. Sí, sé que dije que intentaría actualizar lo antes posible blablabla pero ¿quién contaba con los exámenes, con los trabajos, con las cenas familiares, con los amigos, con todo? Yo desde luego no. Así que este es el resultado. Sé que es lento, pero aquí está.

En respuesta a algunas preguntas, NO PIENSO ABANDONAR EL FIC he dejado en HIATUS otro fic por falta de inspiración, pero si éste se demora o tarda en su actualización es más por falta de tiempo que de inspiración, ya que tengo cada capítulo pensado hasta su final. Cuando lo termine quizás —y sólo quizás— me plantee retomar el fic que he dejado en parón.

Ahora bien, ¿dónde estamos a estas alturas de la historia? pues con una Astoria bastante colgada de Draco, como se puede ver, y con un Draco que poco a poco se empieza a abrir a ella, y que le empieza a dar a conocer todos los recovecos de sus mundos oscuros, ¡y eso no es fácil!

Intentaré tener el próximo capítulo cuanto antes, pero ya sabéis, como siempre os digo, agradezco un montón los:

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Nos leemos en la próxima.

Un beso.

—Virginia.