Disclaimer: Ni Glee, ni sus personajes, ni esta historia me pertenecen.


Por segunda vez en muchos meses, Quinn hizo un repentino cambio de planes y dio la vuelta cuando iba al aeropuerto.

No tenía opción, Rachel estaba muy enfadada. De hecho, parecía histérica. Además del manotazo, algo de lo que jamás la habría imaginado capaz, le había gritado delante de un montón de gente. Era como si le hubiesen hecho un trasplante de personalidad. Sin embargo, ella sabía que era una persona amable, buena y cariñosa, incapaz de enfadarse.

Claramente, Brody Weston era responsable de esos cambios. Él había destruido su tranquilidad, confundiéndola por completo. Por supuesto que Weston era el padre de ese niño. Pero, evidentemente, Rachel no quería que Brody hiciera ese papel. Era obvio para Quinn que el niñato había salido corriendo al conocer la noticia, dejándola en la estacada.

Pero, ¿qué le importaba?, se preguntó. ¿Por qué quería involucrarse? Rachel tenía un problema y había acudido a ella a pedirle ayuda. ¿Por qué no le demostraba que ella era mejor que Weston cuando las cosas iban mal?


De vuelta en el apartamento de Santana, Rachel estaba metiendo ropa en una bolsa de viaje.

—¿Seguro que puedo irme a la casa de campo?

—Claro que sí. Mi madre está en Jersey y mi tía, la madre de Brody, se ha vuelto demasiado estirada como para ir al campo. Al menos, podrás airearla un poco —sonrió Santana— Pero, ¿seguro que es buena idea que te vayas de Londres ahora, sola?

—Necesito un poco de paz. Tengo que pensar en muchas cosas.

—No sobre lo que vas a hacer con el niño, eso ya lo sé. Te encantan los niños. Pero tengo la impresión de que huyes de algo...

Rachel levantó la cabeza, con los ojos con una expresión desafiante.

—Sólo estaré fuera un par de días. Y no estoy huyendo de nada. Es que no quiero ver a Quinn.

—No tienes por qué verla —la interrumpió Santana— Supongo que no se ha apuntado al concurso de madre del año, ¿no?

—Cree que el padre del niño es Brody —suspiró Rachel.

—¿Qué? ¿No le has contado que estás de cinco meses?

—No, no me apetecía quedarme para charlar con ella —replicó Rachel— Ah, por cierto, también me acusó de intentar cargarle con el niño porque Brody no quería saber nada.

Su amiga hizo una mueca de asco.

—Menuda imbécil.

Rachel se pasó una mano por el pelo.

—He intentado entenderla, intenté incluso disculparla por haber creído a su hermana antes que a mí. He intentado ser justa con ella porque es lo que hago con todo el mundo, pero se acabó —le confesó, cabreada— Ya está bien. Pensé que Quinn tenía derecho a saber que iba a tener un hijo, pero ahora desearía no haberle contado nada.

—Tengo que decirte algo…—dijo Santana— Le he contado a Brody lo del niño. Ya, ya lo sé, no es asunto mío. Desgraciadamente, se me escapó.

Rachel estaba segura de que Santana se lo había contado a propósito. Quizá no debería, pero no tenía la menor duda de que lo había hecho con la mejor intención.

Además, casi se alegraba de no tener que ser ella quien le diese la noticia. Contárselo a Quinn había sido más que suficiente. Pero, como llevaba tres semanas saliendo con Brody, él tenía derecho a saberlo, naturalmente.

—Se quedó de piedra —siguió Santana— Está loco por ti, pero creo que no sabe cómo manejar esta situación.

—No espero que Brody acepte la situación —sonrió Rachel— ¿Qué tipo de persona lo haría?

—Una muy especial, una buena persona —contestó su amiga— Pero no sé si Brody está a la altura, Rach.

—¿Por qué iba a estarlo? Dentro de un mes pareceré una ballena —intentó bromear Rachel.

Entonces sonó el timbre. Las dos mujeres se miraron.

—Seguramente será para ti —supuso su amiga.

Rachel terminó de cerrar la bolsa de viaje y fue a abrir la puerta.

Era Quinn, como habían imaginado.

—¿No me invitas a entrar?

—No.

—¿Por qué no? ¿Está el perro guardián?

—No te atrevas a insultar a mi amiga —replicó Rachel.

—¿Insultarla? ¿Estás diciendo que nunca te ha hablado mal de mí?

—Si lo ha hecho sería con toda la razón del mundo —contestó Rachel.

Nunca le contaría que, siendo ridículamente leal, siempre había intentado defenderla, mientras Quinn jamás había confiado en ella. Ahora se avergonzaba de esa lealtad.

Quinn había creído que se acostaba con Brody mientras estaban juntas, había creído que mentía sobre su infidelidad, que había inventado una sórdida historia sobre su hermana para defenderse. También creía que, al quedarse embarazada, había querido mentirle sobre quién era el otro progenitor del bebé.

—No entiendo qué haces aquí. No tengo nada más que decirte.

—Pero me llamaste tú.

—Y te dije lo que tenía que decir —la interrumpió Rachel, cruzándose de brazos.

—Sí, pero yo no he dicho todo lo que tenía que decir —replicó ella— ¿Santana?

—¿Por qué la llamas? —preguntó Rachel sorprendida.

Su amiga asomó la cabeza en el pasillo.

—Sabía que estarías por ahí —dijo Quinn.

—Es mi casa, ¿recuerdas? —replicó ella, irónica.

—Rachel y yo vamos a salir.

—No, tú y yo no vamos a ninguna parte. Me disponía a tomar el tren.

—Yo debería estar en París.

—Pues peor para ti. No pienso ir a ningún sitio contigo —replicó Rachel.

—Muy bien, entonces nos quedaremos aquí. Y no tendrás que decir nada, hablaré yo. Me gusta que la gente me escuche.

—¿No me digas? —intervino Santana, con poca disimulada sorna.

Quinn soltó una carcajada.

—Muy buena.

Eso era lo que representaba ella para Quinn Fabray, pensó Rachel, una broma, algo de lo que podía reírse.

—No quiero verte ni escucharte —dijo entonces, furiosa, dándole con la puerta en las narices.

—¡No me lo puedo creer! —exclamó Santana— ¡Pero si era el amor de tu vida!

—Debería haber hecho eso hace mucho tiempo. Además, creo que debo empezar a cultivar el buen gusto, hasta ahora lo he tenido atrofiado —suspiró Rachel, entrando en su dormitorio.

Le dolía el corazón a pesar de todo. Por primera vez, estaba aprendiendo a decirle que no a Quinn y, sin embargo, le dolía. Iba en contra de su naturaleza ser desagradable. Y más con una persona a la que había amado tanto.


Cuatro horas después, Rachel salía de un taxi con la llave de la pintoresca casa de los López y los Weston en la mano.

Cubierta por un alto muro de aligustre, no era precisamente una «casita de campo». Una casa con una docena de dormitorios podría muy bien ser considerada una mansión.

Una vez en el encantador dormitorio que había elegido, Rachel miró por la ventana el jardín y el riachuelo que serpenteaba al fondo. El silencio y la paz eran maravillosos. El viaje en tren había sido agotador y se le cerraban los ojos.

«Estar embarazada puede ser extenuante para algunas mujeres», le había dicho el ginecólogo. «Tiene que descansar todo lo que pueda».

Llevaba semanas sin pegar ojo. Los recuerdos, las preocupaciones, daban vueltas y vueltas en su cabeza y no la dejaban dormir. Después de quitarse la ropa, Rachel se puso un camisón blanco y cayó sobre la cama, exhausta.

Despertó más fresca a la mañana siguiente y, al ver los rayos del sol colándose por las cortinas, se sintió un poco mejor. Hacía un día precioso.

Se puso un ligero vestido sin mangas, intentando meter la tripa sin éxito y, finalmente, bajó a la cocina a desayunar. Por primera vez en varios días, tenía apetito.

Afortunadamente, Santana debía de haber llamado a la señora que se encargaba de la casa, porque en la nevera había comida más que suficiente.

Rachel tomó un par de tostadas con mermelada en la terraza que daba al jardín. Y cinco aceitunas. Tenía tantas decisiones que tomar… Pero su amiga había acertado sobre una cosa, iba a tener a su hijo pasara lo que pasara. Además, contaba con el cheque que le había dado su hermano. Aunque no sabía qué hacer con ese dinero. Quizá, en sus circunstancias, invertirlo en una propiedad inmobiliaria sería lo más sensato.

Los planes de abrir su propio negocio tendrían que esperar un tiempo. Muchos negocios fracasaban y el mundo de la moda era muy cambiante. Cuidar de su hijo era la prioridad en aquel momento. Además, abrir un negocio, contratar empleados y tomar decisiones importantes cuando tendría que cuidar a su hijo sin ayuda alguna le parecía una temeridad.

Brody llegó cuando estaba diseñando un bolso nuevo, algo que siempre encontraba relajante. Concentrada en lo que hacía, no oyó el coche y, cuando levantó la mirada, vio a Brody observándola desde una esquina de la casa.

Rachel se levantó, incómoda.

Con el pelo un poco despeinado y sus brillantes ojos color verdes, parecía un crío. Aunque besaba muy bien, debía admitir. Pero no se le aceleraba el corazón cuando estaba a su lado y la emoción, la excitación sin límites que había sentido con Quinn no existían cuando estaba con Brody.

—No tenías que venir hasta aquí para verme.

—Yo creo que sí —suspiró él, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón— Deberías haber sido tú quien me diera la noticia de tu embarazo.

—Santana no debería haberte dicho nada —suspiró Rachel.

—Me ha hecho sentir que no hay sitio para mí en tu vida —dijo Brody entonces— No voy a decir que esto no me haya sorprendido, pero de todas formas quiero que sigamos siendo amigos.

Los ojos de Rachel se llenaron de lágrimas.

—Perdona, es que últimamente me emociono por todo —dijo, sonriendo.

Brody le pasó un brazo por los hombros, pero no la atrajo hacia sí como habría hecho unos días antes.

—Supongo que también para ti ha debido de ser una sorpresa. Además, Santana me ha contado que Quinn y tú habéis tenido una discusión tremenda. Es culpa mía.

—¿Cómo va a ser culpa tuya?

—Debería haberle explicado que no estábamos juntos, pero quería tener una oportunidad contigo y, si se lo hubiera dicho, no habría podido con la magnate francesa. Así que me aproveché, lo admito —suspiró Brody— Pero me niego a seguir haciéndolo ahora que estás esperando un hijo suyo. Eso hay que solucionarlo.

Brody la invitó a comer en el pub del pueblo. Su inesperado sentido común la había dejado boquiabierta. Su propio comportamiento le parecía entonces menos sensato.

Le había dado a Quinn con la puerta en las narices y se lo merecía, desde luego. Pero quizá debería darle una nueva oportunidad, por el niño, naturalmente; al fin y al cabo, iban a tener un hijo y ésa era una gran responsabilidad.

El malentendido no era culpa de nadie y debía intentar que Quinn aceptase la verdad.


Por la tarde, Quinn detuvo su Audi A4 frente a la casa.

Su equipo de seguridad le había dicho dónde encontrar a Rachel cuando Santana se negó a revelar su paradero. Eso la enfureció. Se negaba a aceptar que su amiga se creyera en la obligación de protegerla de ella.

Aunque se había perdido un bautizo en París, sabía que estaba haciendo lo que debía hacer. De hecho, estaba más animada que en mucho tiempo. No le sorprendía. ¿Cuándo había hecho algo menos egoísta en su vida?

Naturalmente, se sentía orgullosa de sí misma. Había dejado atrás su rabia contra Rachel y contra la situación para comprobar que estaba bien.

Rachel salió de la bañera y, envolviéndose en una toalla con estampado de animales, entró en el dormitorio. Escuchó un ruido y, cuando se asomó a la ventana, vio a Quinn saliendo de su coche.

—Quinn...

Nerviosa, se quitó la cinta del pelo. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Cómo había sabido dónde encontrarla? Y, sobre todo, ¿qué quería?

Entonces recordó que había decidido darle otra oportunidad. Debía intentar convencerla de que estaba diciendo la verdad por el bien del niño. Y quizá aquél era el momento, pensó bajando al vestíbulo sin tiempo para vestirse.

Cuando abrió la puerta, ella la miró de arriba abajo, desde los labios hasta sus pechos.

—¿Cómo me has encontrado?

—Eso no importa —contestó Quinn.

—Claro que no importa. Estoy acostumbrada a que me espíes —replicó Rachel— Pero da igual, quería hablar contigo. Si esperas un momento en el salón, voy a vestirme.

—¿Para qué vas a molestarte? —murmuró Quinn, con una sonrisa cínica en los labios.

—No es molestia, te lo aseguro.

—Así estas muy bien, no te vistas por mí.

Rachel la fulminó con la mirada. Pero en ese momento, Quinn estaba preocupada por otra cosa. Una chaqueta masculina colgada en el perchero.

—¿De quién es?

Desconcertada, Rachel comprobó que era la chaqueta de Brody. Había debido dejársela olvidada.

—Es una chaqueta de hombre —insistió Quinn— ¿Weston está aquí? ¿Arriba, en el dormitorio?

—Claro que no. No está aquí, pero podría estar. La casa es suya.

Quinn dio un paso adelante. Su rostro parecía de piedra, sus ojos fríos como el acero.

—¿Cuándo ha estado aquí?

—No es asunto tuyo —contestó ella.

—Sí es asunto mío. O estás con él o no. Y si es así, quiero saberlo.

—No pienso hablar de Brody contigo. No tienes ningún derecho a preguntar.

—Si sigues con Weston, ¿por qué te has puesto en contacto conmigo?

—Porque estoy embarazada y el niño es tuyo —suspiró Rachel, intentando ser paciente— No tiene nada que ver con Brody, así que déjalo estar.

—Eso es una fantasía. Corté contigo hace meses. ¿Cómo puede ser hijo mío?

—Dentro de una semana, estaré de seis meses. Hace seis meses estaba contigo, si no recuerdo mal.

Quinn se quedó callada.

—No puedes estar embarazada de seis meses.

—El ginecólogo me ha dicho que, es algo muy raro, pero algunas mujeres no parecen estar embarazadas hasta los últimos meses de gestación. Además, con todo lo que pasó entre nosotras me pasaba los días comiendo y pensé que había engordado por eso.

—No puedes estar embarazada de seis meses, es imposible —insistió Quinn.

—Te equivocas. Además, si alguien es responsable de este embarazo, ésa eres tú.

—¿Yo? ¡Todo esto parece una historia absurda!

—¿Qué historia absurda? Estoy embarazada y punto. ¿Quién dijo que se encargaría de tomar precauciones? —le reclamó Rachel— ¿Quién me aseguró que no pasaría nada porque todo estaba controlado? En la ducha, en el suelo del baño, esa vez en la limusina...

Quinn apretó los dientes, pero se había ruborizado.

—¿Cómo te arriesgaste así una y otra vez? ¿Y cómo es que ahora tienes la poca vergüenza de insinuar que Brody es el padre de mi hijo? Tienes muy poca memoria, Quinn.

—No, recuerdo aquella vez en la limusina —dijo ella frunciendo el ceño— Había vuelto de Oslo, te llamé y... fue un momento inolvidable.

—Me alegro mucho de ser «inolvidable» —replicó Rachel, irónica.

Quinn miró fijamente el bulto bajo la toalla. Todavía no se le notaba mucho, pero… su hijo. Podría serlo. Estaba perpleja.

—Acepto que hay alguna posibilidad de que el niño sea mío.

—Ah, qué generosa.

—Pero quiero una prueba de ADN, por supuesto —dijo mirando la chaqueta de Weston. Aún tenía que lidiar con ese tipo. Un Fabray en miniatura, un niño o una niña, su primer hijo, nacería pronto. Era asombroso.

Pálida, Rachel apretó los labios al saber lo de la prueba de ADN. Quinn jamás confiaría en ella, por supuesto.

—Haz lo que te dé la gana, pero no es necesario.

—¿Cómo están las cosas entre Weston y tú?

—Imagínatelo.

La sugerencia de que el embarazo había dado al traste con su relación hizo que Quinn sonriera satisfecha.

—Imagino que, ahora que vas a tener un hijo mío, ya no le gustarás tanto.

—En realidad Brody y yo sólo somos amigos.

—Mientras que yo nunca he querido ser tu amiga —dijo Quinn— Yo te quería en mis brazos, en mi cama. No te mentía sobre una falsa amistad.

—Y tampoco mencionaste el hecho de que me veías como tu amante.

—Las etiquetas no importan. Muchas mujeres estarían orgullosas de ser mis amantes.

—Pero tú sabías que yo no. Por eso nunca lo dijiste —la interrumpió ella.

—No tenemos por qué discutir. No hace falta. Por el momento, aceptaré tu palabra de que el niño es mío.

Rachel se encogió de hombros, como si el asunto no fuera importante para ella.

Y no lo era, en realidad. Lo único que le importaba era su hijo. Los desprecios de Quinn Fabray habían dejado de afectarle.

—¿Por qué tardaste tanto en saber que estabas embarazada?

—Porque siempre he tenido un período irregular. Además, en los últimos meses tenía demasiadas cosas en la cabeza.

—Eso ha quedado en el pasado —dijo Quinn con una media sonrisa en los labios— Veo que has sido muy infeliz, ma belle.

Entonces miró de nuevo la chaqueta colgada en el perchero.

¿Se habría acostado con Weston allí? «¿Tú qué crees, Quinn?», se preguntó a sí misma, irónica.

¿No era el dueño de la casa? ¿Cómo podía confiar en Rachel? Todo el mundo era vulnerable a una falsa reclamación de este tipo. Sin una prueba de ADN, ¿cómo podía saber Rachel que era su hijo? Seguramente, esperaba que lo fuera. Pero lo último que haría era admitir algo que renovaría sus sospechas.

Y, en un segundo, las sospechas habían vuelto a entrar en su corazón. El amargo recuerdo de su traición seguía grabado a fuego en su cerebro. ¿Cómo podía perdonarla? ¿Cómo podía perdonar lo que le había hecho? Sólo una estúpida podría hacerlo, alguien débil cuya dependencia de una mujer mentirosa le había privado de su orgullo.

Pero ella no era uno de esas personas. Su única debilidad con Rachel era la lujuria, pensó Quinn. El sexo, nada más. Se acostaría con ella cómo y cuándo quisiera. Pero perdonarla era imposible.

—Si haces la maleta ahora, yo misma te llevaré a Londres —le dijo— El ático ya tiene comprador, así que tendré que buscar otro sitio para ti.

—¿Qué quieres ahora, comprarme con diamantes?

Quinn la fulminó con la mirada.

—¿Qué has dicho?

—Se supone que a una amante hay que inundarla de joyas, ¿no? Pero yo no quiero eso. Nunca he querido eso.

Quinn no contestó. No le parecía el mejor momento para decirle que algunos de los colgantes de la pulsera eran de diamantes de la mejor calidad.

—El ático era tuyo, pero la comida que comías allí la pagaba yo, ¿te convierte eso en una mantenida? —le espetó Rachel entonces con aparente tranquilidad.

—¿Que quieres decir con eso?

—Yo compraba la comida, yo pagaba la luz, yo pagaba el teléfono, el gas, mis pequeñas contribuciones —le informó ella— Pero tú pensabas que me habías comprado, claro.

—Nunca he pensado eso ¿Tú pagabas las facturas? —murmuró Quinn, sorprendida— No tenía ni idea.

—¿Quién creías que lo hacía? —le reclamó Rachel antes de subir a su habitación.

La escuchó cerrar el pestillo y murmuró una palabrota mientras miraba hacia arriba, como si esperase una intervención divina.

Rachel siempre había sido una persona dulce, pero aparentemente también eso había cambiado. Ahora le hablaba con los ojos encendidos de furia.

¿De quién era la culpa? ¿De Weston? ¿Habría aceptado hablar con ella porque Weston la había rechazado? No podía confiar en ella, se recordó a sí misma.

Rachel entró en su habitación y sacó la bolsa de viaje del armario.

Iría a Londres con Quinn para intentar llegar a un acuerdo beneficioso para su hijo, pero tenía que olvidar que una vez la había amado. Su hijo era la única prioridad en aquel momento. Nunca, jamás, volvería a acostarse con Quinn.

Aunque debía admitir que aquella mujer, aquella egoísta compulsiva, seguía encendiéndola con una sola mirada. Una aventura con Quinn Fabray no tendría futuro porque nunca se comprometería con ella. La relación con una mujer así estaba condenada al fracaso.

Una vez vestida, Rachel bajó de nuevo al salón.

—¿Nos vamos?

—Sí, pero antes vamos a dejar las cosas claras. Estoy intentando ser sensata por el niño. No voy a ser tu amante, Quinn.

—Es por Weston, ¿no?

—¿Qué tiene que ver Brody en todo esto? Te estoy diciendo que quiero llegar a un acuerdo contigo. Por el niño, nada más. Sé lo peligrosa que eres.

Quinn la miró, impaciente.

—Eso son tonterías.

—No lo son.

—Si ese niño es mío, tú tendrás un papel en mi vida —dijo Quinn.

—Un papel secundario, claro, el de una amante siempre disponible. No, gracias. No quiero que mi hijo me desprecie. Quiero vivir mi vida, conocer a alguien que me ame de verdad. Y si termino sola, será cosa mía.

Fue entonces cuando Quinn se percató de que Rachel había cambiado las reglas del juego sin contar con ella. Pero la rubia nunca había aceptado un chantaje. Rachel estaba embarazada de su hijo, pero acababa de decir que pensaba seguir viviendo su vida, por si se le presentaba una oportunidad mejor.

—Si el niño es mío, estoy dispuesta a darle mi apellido y a cumplir con mis obligaciones —dijo Quinn. Se negaba a pensar lo que diría su conservadora familia sobre un Fabray ilegítimo— Por supuesto, pagaré todos los gastos y abriré una cuenta para que el niño y tú tengáis el futuro asegurado.

—Yo no estoy hablando de dinero.

—La seguridad económica es lo único que pienso poner sobre la mesa —replicó ella— No tengo intención de casarme contigo. Ni ahora ni nunca.

Tampoco Rachel hablaba de matrimonio. Había esperado que se reconciliasen, que pudieran mantener una relación amistosa por su hijo. Pero Quinn no estaba dispuesta a eso. No estaba dispuesta a nada, como siempre.

—Yo no te he pedido que te cases conmigo —suspiró Rachel— Y acabo de tomar una decisión, quiero que te vayas. Estoy realmente agotada, he decidido que no quiero volver a Londres esta noche.

Quinn descendió de su torre de marfil en un segundo.

—Deja que te lleve a Londres.

—No, gracias. Estoy demasiado cansada como para ir a ningún sitio.

Mon dieu, creo que deberíamos llamar al médico.

—No seas boba, no estoy enferma.

Quinn siempre había admirado su buena salud. Rachel nunca estaba enferma. Si se metía en la cama antes de las once de la noche, le pasaba algo raro. Además, parecía agotada y se sintió culpable. Era culpa suya que estuviera tan estresada. Y eso tenía que terminar.

No debería haber mencionado a Brody. Era comprensible que se hubiera apartado al saber que esperaba un hijo de otra persona, pero a Rachel debió dolerle el rechazo.

En ese momento, sonó su móvil.

—¿Dónde estás? —preguntó Kitty, alterada— Tienes que venir ahora mismo y hablar con Jake.

Quinn levantó una ceja, sorprendida. Ella nunca había cometido el error de interferir en el matrimonio de su hermana. Kitty era una chica un poco frívola y, aunque Jake la adoraba, debía de estar un poco harto.

—¿Qué pasa, Kitty?

—¡Esto es muy serio! —sollozó su hermana— ¡Jake ha dicho que va a dejarme!

Unos minutos después, Quinn cortaba la llamada, con expresión seria.

—Vuelve a Londres conmigo, Rachel. No quiero dejarte sola aquí.

Ella negó con la cabeza y Quinn tuvo que contener el deseo de tomarla en brazos para meterla en el coche. Su vida era tan agradable cuando Rachel hacía lo que le pedía... Ahora todo era una pelea y la sacaba de quicio.

Tenía que encontrar la forma de convencerla.

Una casa en el campo, pensó, un sitio del que Rachel se enamorase a primera vista. Un edificio histórico, antiguo, con artesonado en el techo, un buen jardín, muchos cuartos de baño.

Al menos, sería una buena inversión. Llamaría a su agente de la propiedad en cuanto llegase a Londres, decidió.