Siento muchísimo el retraso, sé que esta vez ha sido demasiado tiempo, pero el proyecto me tiene absorbida y apenas saco tiempo para nada más. Me disculpo también por no poder contestar las reviews, hasta Enero me temo que no podré hacerlo, a menos que sea con dos líneas, dependerá del tiempo que logre sacar.
Gracias de corazón a todos los que me leen y en especial a los que me dejáis review ^^
Espero que os guste el capítulo...
Capítulo 7. Mendigando amor
El fin de semana Draco Malfoy no estuvo demasiado amable con su esposa, pero Hermione lo sobrellevó mejor que otras veces, con la pequeña alegría de volver al despacho el lunes y ver de nuevo a Harry, su secretario y nuevo amigo.
El moreno recibió una llamada de Malfoy para que pasase por su despacho antes de acudir a la planta veintinueve junto a su jefa.
―¿Cómo va todo con Hermione?, creo que el viernes por la tarde ya hicisteis tareas extra laborales ―afirmó en un tono socarrón.
―No de las que usted desearía me temo. Estuve haciendo de paño de lágrimas ―El rubio frunció el ceño―, ¿era necesario humillarla de esa forma en el Rhodes? ―inquirió Harry.
—Mira Potter, no te metas en mis cosas y yo no me meteré en las tuyas ¿de acuerdo?
—Como quiera señor Malfoy, pero tenga cuidado, no sea que su devota esposa le pida el divorcio antes de caer en mis brazos. —El gesto del rubio se turbó.
—Eso no puede pasar.
—Procure no ser tan desalmado con ella, no tiente a su suerte ―El moreno echó a caminar hacia la puerta―. Necesitamos que Hermione lo engañe no que huya despavorida de usted, y para eso debe estar un poco menos hundida, ¿no le parece?
Draco torció los labios en un gesto de repugnancia, aquel maldito gigoló tenía razón. Si seguía hiriéndola sin reparos ella acabaría pidiéndole el divorcio antes de serle infiel.
Hermione cruzó la puerta del ascensor y saludó sin mucho entusiasmo a Katie Bell en recepción, después hizo lo mismo con Seamus y Remus, que estaban por los pasillos, pero fue al ver a su secretario afanándose con el café y un platito de bollería cuando su rostro se iluminó.
―¡Buenos días Harry! ―saludó una sonriente castaña.
―Buenos días señora Malfoy ―replicó el moreno con un leve gesto de su cabeza.
―Te has acordado de lo que te dije… ―exclamó entusiasmada. Pero Harry no la entendió hasta que ella echó un vistazo rápido al plato que sostenía su mano.
―Oh, sí, claro, ¿cómo iba a olvidarme? ―La castaña simplemente volvió a sonreír.
―Vamos pasa al despacho… ―Abrió la puerta y entró con paso firme, seguida del moreno. Se quitó la chaqueta y la colgó en la percha, dejó el maletín sobre la mesa y se sentó en su sillón dedicando toda su atención a su secretario, que ya había depositado el café y el croissant al alcance de su jefa― ¿Qué tal el fin de semana?
―Bueno… normal, como siempre. ―Hermione seguía sonriendo y a él aquello le produjo una extraña sensación de placidez interior.
―Pues esta semana tenemos muchas cosas que hacer, tendremos que ponernos las pilas.
―Sí señora Malfoy. ―Le dedicó una de sus sonrisas perfectas y ella tardó unos instantes en volver a hablar.
―Dentro de una hora almorzaré con Draco, y después nos pondremos a ultimar la presentación de mañana ¿de acuerdo? Convoca a Severus.
―Muy bien.
La castaña no deseaba volver a tener roces con su marido, por lo menos no tan pronto, empezaba a sentirse realmente mal con la situación. Lo seguía queriendo, pero parecía que cada día su matrimonio era más difícil de mantener. Sin embargo, Draco supo hacer las cosas bien esta vez, y tal como Harry le aconsejó, el rubio se disculpó educadamente con su esposa y la invitó a cenar fuera de casa esa noche, para compensarla por su mala educación del viernes.
Cuando Hermione regresó a su despacho no podía disimular su alegría. Harry sabía el porqué de su estado de ánimo y se sintió curiosamente mal, porque su sonrisa ahora no se debía a él sino a otro hombre. Cuando ella cruzó la puerta, el moreno dejó de sonreír falsamente y se reprendió a sí mismo.
―Pero ¿qué coño te pasa idiota?, era de esperar que se muriera de felicidad si el cabrón de Malfoy se disculpaba… ¿a mí qué me importa eso?, joder…
El resto del día lo pasaron juntos, trabajando codo con codo para la presentación. Severus Snape también participaba en el proyecto y pasó unas horas en el despacho de Hermione.
―Bueno, yo ya he terminado aquí ―anunció el hombre―, voy a supervisar la ejecución de la maqueta de trabajo con Vincent y Gregory, nos vemos mañana a primera hora en la sala de juntas.
―Muy bien Severus. Mañana conseguiremos a los Diggory como clientes, estoy convencida ―afirmó la castaña. Snape asintió con una sonrisa, admiraba a aquella joven mujer por sus capacidades, pero sobre todo por su entrega absoluta cuando trabajaba.
―¿Entonces lo tendrás todo preparado para mañana Harry?
―Descuide, estará todo listo a las nueve, media hora antes de que los Diggory lleguen.
―Es que estoy un poco nerviosa, siempre me pasa cuando tengo que presentar algún proyecto que supone tanto dinero.
―Seguro que lo hará estupendamente señora Malfoy.
―Gracias Harry, pues… nos vemos mañana a primera hora, repasaré mi guión mientras ultimas los preparativos de la sala.
―Perfecto ―Hermione bajó la mirada hacia su maletín de piel mientras el ascensor proseguía su descenso―, señora Malfoy…
―¿Sí? ―La castaña alzó la cabeza para mirarlo.
―Trate de dormir bien hoy, le ayudará mañana. ―Clavó sus ojos verdes en ella y la hizo parpadear con cierto nerviosismo. Se sintió realmente satisfecho, ella no debía olvidar que él era un hombre atractivo y que además ella le gustaba.
―Lo haré… ―contestó suavemente― Hasta mañana Harry.
―Hasta mañana. ―La vio alejarse hasta las puertas giratorias del acceso del Tower 42.
Aquello no le podía estar pasando, el coche se negaba a arrancar. Lo había intentado más de tres veces, todas en vano. Miró su reloj de muñeca y su corazón se aceleró a la par que su estómago se revolvía, amenazándola con tirar el apresurado desayuno.
Sacó del asiento de detrás el tubo de planos, el ordenador portátil y el maletín, los cargó como pudo y abandonó su garaje con gesto de desesperación. Draco se había marchado veinte minutos antes para acudir a una reunión, así que sólo podía buscar un taxi que la llevase hasta el trabajo.
Después de salir a la calle más transitada, observó con aflicción que los taxis que pasaban ante sus ojos iban ocupados. Volvió a mirar el reloj, el tiempo pasaba inclemente. Y de pronto él acudió a su mente. Sacó el móvil de su maletín, no sin esfuerzo, y marcó su número.
―¡Harry!, ¿dónde estás? ―casi chilló cuando el moreno descolgó al otro lado.
―Pues… camino del estudio ―respondió sobresaltado por el tono de voz de su jefa.
―¿Estás muy lejos de mi casa? ―Harry echó una ojeada a la calle por la que circulaba.
―No mucho.
―Por favor, ven deprisa a recogerme, el coche no me arranca.
―No se preocupe, estaré ahí en cinco o diez minutos.
―Gracias. ―Su voz ya sonaba más aliviada.
El Mini de Harry se detuvo junto a la acera en la que Hermione esperaba ansiosa. Eran las ocho y veinte de la mañana. El moreno se asomó por la ventanilla y no pudo ocultar una sonrisa.
"Qué graciosa está haciendo malabarismos con sus pertenencias."
—En vez de mirarme como un bobo podrías ayudarme ¿no? —exclamó la castaña con el gesto contraído mientras trataba de recolocarse las cosas para meterlas en el coche. Harry todavía sonrió más, incluso esa vena de mala leche cuando estaba estresada, le estaba empezando a gustar de ella. Salió del vehículo para ayudarla sin dejar de sonreír y Hermione le dio un pequeño codazo. Cuando él la miró se dio cuenta de que también sonreía, al fin se estaba relajando y Harry se alegró sinceramente. Le abrió la puerta para que entrase.
―Adelante, llegaremos a nuestro destino en unos minutos, abróchese el cinturón por favor. ―Hermione soltó una risita, asintió con la cabeza y ocupó su lugar en el coche.
El trayecto fue corto, como el moreno había asegurado, pero Hermione todavía conservaba muchos nervios. Cuando aparcó el coche en el parking la miró.
―Espere a que salga primero. ―La castaña lo miró sin comprender. Harry salió del vehículo, abrió la puerta de atrás, se colgó el tubo en un hombro, el portátil en otro y cogió el maletín. Entonces caminó hasta la puerta de Hermione y la abrió haciéndose a un lado para dejarla salir. La castaña quedó encantada con sus atenciones.
―Aquí tiene ―Le ofreció el maletín y cuando ella trató de descolgarle el portátil, Harry se negó―, no por favor, yo se lo llevaré, me pesa menos que a usted.
―Gracias Harry… eres… muy amable. ―Hermione se quedó ida unos instantes. Su marido jamás había tenido un detalle caballeroso como ése con ella, ni siquiera cuando era novios.
―¿Se encuentra bien?
―Oh sí, se me fue el santo al cielo, perdona. Entremos.
Hermione recitaba su guión en voz alta, señalando la pantalla blanca que presidía la pared del fondo de la sala de juntas mientras Harry colocaba botellitas de agua junto a los vasos. De vez en cuando, el moreno le dedicaba alguna mirada, le hacía tanta gracia verla repasar como la alumna que apura los minutos antes de un examen. De pronto Katie Bell apareció en el hueco de la puerta, acompañada de Snape.
―Señora Malfoy, los Diggory ya han llegado, están en el vestíbulo.
―Muy bien Katie, voy a salir a recibirlos. ―La morena asintió y abandonó la estancia.
―Yo iré colocando las maquetas que terminamos ayer ―dijo Snape.
Hermione le sonrió nerviosa y se volvió hacia Harry, buscando algo, confianza, tranquilidad… seguridad. Fuese lo que fuese, lo encontró, como siempre desde que lo había conocido. Su secretario dio dos pasos hasta ponerse a su lado.
―A por ellos ―musitó Harry. Hermione lo miró, respiró hondo y sonrió.
Unos minutos después, Amos Diggory y su hijo Cedric estaban sentados en la mesa de la sala atendiendo a la presentación de sus posibles arquitectos. Snape y Hermione se turnaban en la explicación, pero la mayor parte recaía en la castaña, responsable de la idea a partir de la cual se había desarrollado todo el proyecto del nuevo centro comercial para Diggorys, la exitosa cadena de ropa que Amos poseía.
Harry Potter se hallaba en un discreto segundo plano, observándolo todo desde el fondo de la sala de juntas. Hermione se desenvolvía muy bien, sobre todo a partir de lo cinco primeros minutos, cuando por fin sus nervios se habían esfumado del todo. De vez en cuando, la castaña lo buscaba al final de la estancia y sus miradas se encontraban; aquellos ojos verdes tras los cristales la llenaban de seguridad y confianza en sí misma. El moreno llegó a sentirse orgulloso de su jefa cuando advirtió la cara de convencimiento de Amos Diggory. Todo estaba saliendo bien.
Hora y media después, la castaña estrechaba las manos de sus nuevos clientes llena de satisfacción. Cuando los Diggory abandonaron Malfoy Technics y Snape regresó a su propio despacho, Hermione se dirigió a su secretario.
―Muchas gracias Harry, sin ti no lo habría conseguido. ―Estaba tan emocionada por el éxito que no dudó en coger las manos del moreno y estrecharlas con las suyas.
―No tiene porqué dármelas. El mérito es suyo señora Malfoy, su proyecto fue lo que los convenció.
―Jamás habría podido exponerlo como lo hice si no llegas a recogerme a tiempo y a tranquilizarme después ―Se arrojó a su cuello cogiéndolo por sorpresa―, prométeme que estarás cerca siempre que me ponga nerviosa, por favor ―rogó dichosa. Sin saberlo se lo había puesto en bandeja y el moreno no perdió la ocasión.
―Estaré siempre cerca de usted, siempre… ―murmuró en su oído mientras le devolvía el abrazo. Hermione sintió un extraño escalofrío recorrer su espalda y se soltó de él de inmediato. Harry no la retuvo, debía mantenerse en su lugar, aunque no le había pasado desapercibido el estremecimiento de ella cuando estaba entre sus brazos. Lo cierto es que él también se había sentido un poco raro con aquella situación, pero ante todo era un profesional.
―Perdona mi entusiasmo Harry ―Trataba de excusarse con un ligero sonrojo en sus mejillas―, llevaba casi dos meses preparando esta presentación.
―No se disculpe, ha sido un logro merecido y es lógico que se sienta tan feliz "además, me encanta que busques el contacto físico conmigo, esto marcha mejor que bien".
Hermione llegó a casa más contenta que en los últimos días. Draco había pasado la jornada con su padre y el resto del consejo de accionistas, para tratar ciertos asuntos de la empresa. Cuando la castaña vio a su marido por la noche quiso compartir con él su triunfo.
―Cariño ―Draco la miró de soslayo mientras colgaba su chaqueta y se aflojaba la corbata―, ¡conseguí el proyecto de los Diggory!, hemos firmado esta mañana.
―Me alegro mucho, por ti y por todos nosotros. Necesitamos nuevos clientes, las cosas han flojeado últimamente ―afirmó con una sonrisa discreta.
―Lo sé ―La reacción fría de su marido la aplacó a ella también―, por eso me he esforzado tanto para firmar con ellos.
―Estoy seguro de eso. ―Draco le dedicó una última sonrisa y cogió unos papeles de la mesa.
―¿Vas a seguir trabajando ahora? ―Se acercó a él, hablándole en un tono sugerente. Apoyó sus manos sobre la espalda del rubio y se abrazó a su cuerpo― Había pensado que podríamos celebrar lo de hoy de alguna forma.
El tono de su voz y sus gestos no dejaban lugar a dudas del tipo de celebración que su esposa le estaba proponiendo, pero Draco Malfoy tenía otros intereses respecto a ella y seguiría estrictamente su plan.
―Lo siento Hermione, tengo que terminar unas cosas y después necesito dormir.
―Perdona ―Se apartó de él lentamente―, no quería molestarte.
―Mejor en otro momento ¿de acuerdo?
Hermione se sintió mal por dentro con aquel rechazo. Draco había sido educado, pero eso no hacía que doliese menos, ya iban varias veces en las últimas semanas. Y en esta ocasión ni siquiera la había mirado a la cara para decirle que esa noche no podía estar con ella. Entristecida, se dirigió a la habitación principal para meterse en la cama, donde las dudas y la sombra de la traición de su marido volvieron a ocupar su mente. ¿De verdad había estado reunido todo el día?, ¿o se había cansado con otra mujer antes de llegar a casa?
El miércoles fue un día relativamente tranquilo. Hermione se reunió con Sirius y Remus para concretar unos asuntos sobre la instalación eléctrica de la nueva residencia de los Dursley y después se concentró en su despacho para arrancar con el proyecto Diggorys.
Llamó a Harry para cambiar de día algunas citas de su agenda y le pidió que se quedara con ella para preguntarle su opinión sobre algunos puntos.
―Señora Malfoy, yo no soy arquitecto, debería consultar esto con Snape o Krum.
―No Harry, en absoluto. Necesito una opinión profana. Quiero saber cómo vive el edificio un cliente que entre en él para comprar ropa, ¿no es acaso eso lo importante?
―Eh… bueno, visto así. ―Ella sonrió y con un gesto le ofreció sentarse a su lado en la mesa de trabajo, ahora cubierta de planos, fotos y revistas abiertas.
―Mira… ―Hermione posó una mano sobre el plano y con la otra señalaba varias zonas, ayudada de su lápiz de dibujo― Ésta es la planta baja, por donde accedemos… imagina que vas a comprarte, no sé, un traje nuevo.
Harry sonrió. Si había algo que le gustaba hacer, además de conducir su descapotable y hacer el amor con mujeres hermosas, era comprarse ropa cara, y lo hacía con cierta frecuencia, hasta que tuvo que cambiar las exquisitas prendas de marca por ropa más sencilla y barata para empezar a trabajar junto a la castaña.
―Muy bien, intentaré ponerme en situación ―dijo divertido.
Comieron juntos en Rhodes y después retomaron el trabajo. Fueron dos horas de risas, sugerencias, correcciones, bocetos y mucha complicidad.
―Sí, porque si ahí hubiera una pared que obligase a la gente a moverse hacia aquí ―El moreno señaló sobre el papel―, acabarían viendo más expositores ¿no?
―Guau Harry, ¿seguro que no has estudiado interiorismo o algo relacionado?, esa idea es fantástica.
―Le aseguro que no, sólo me puse en la piel del cliente para hacer su itinerario.
―Creo que te pediré colaboración en más proyectos de ahora en adelante ―afirmó entre risas.
―Será un placer ayudarla en lo que pueda.
En ese momento sonó el teléfono de la mesa principal. Era Katie Bell.
―Señora Malfoy, Mary Sullivan está aquí con su hijo. ―A Hermione se le iluminó la cara.
―Diles que pasen Katie, puedo recibirlos ―La eficiente recepcionista siempre avisaba a sus superiores antes de hacer pasar a las visitas, incluso cuando se trataba de familiares, para evitar interrumpir reuniones o encuentros con los clientes.
―Pues yo me voy a retirar, no quiero molestar ―empezó el moreno mientras caminaba hacia la puerta.
―No te vayas Harry, me gustaría presentarte a mi hijo ―replicó amablemente.
De pronto la puerta del despacho se abrió y un niño de cabecita rubia cruzó el despacho corriendo hacia la castaña con los brazos en alto.
—¡Mamiiiii!
—¡Hola cariño mío! ―Hermione se agachó para recibirlo con un maternal abrazo. El moreno presenciaba la escena embargado por la ternura.
―Buenas tardes señora Malfoy ―dijo la mujer entrada en años y regordeta que esperaba en la puerta.
―Hola Mary ―saludó la castaña con una sonrisa mientras se incorporaba cogiendo a Scorpius de la mano―, ¿has merendado ya cariño?
―¡Sí!, pero hoy Mary no me ha dado chocolate jo. ―Hizo un puchero y Harry apenas pudo contener la risa.
―Qué mala suerte amigo, el chocolate está muy bueno ―exclamó el moreno sorprendiendo a todos. Scor se sintió un poco cohibido al advertir la presencia de un extraño, era tímido con los desconocidos y buscó refugio en el cuerpo de su madre.
―Mira Scor, éste es Harry, mi nuevo secretario, ¿recuerdas que ya te había hablado de él?
El pequeño rubio cambió el gesto y se empezó a relajar.
―¡Es verdad mami!, porque Padma ha tenido un bebé.
―Eso es amor. Ahora Harry hace el trabajo de Padma. ―El moreno avanzó unos pasos y le ofreció la mano al niño.
―Encantado de conocerle caballero ―dijo con una sonrisa. Scor dudó unos segundos, hasta que al fin cogió la mano de Harry.
―¿De verdad te gusta el chocolate? ―preguntó mirándolo como si le estuviera haciendo una pregunta de importancia vital. Harry se acuclilló delante del niño.
―Sí, me gusta mucho el chocolate ― Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Scor―, si quieres, un día que vengas de visita te invito a un trozo de tarta de chocolate, pero que Mary no se entere ¿eh? ―susurró de manera divertida, a sabiendas de que ambas mujeres lo estaban escuchando también. Sin embargo, para Scorpius aquello significó mucho, estaban compartiendo un secreto, Harry acababa de ganarse al pequeño con su encanto natural. El niño sonrió y se llevó un dedo a los labios para simular silencio. Harry le guiñó un ojo y se irguió en toda su estatura. Sus ojos se encontraron con la mirada ambarina de Hermione, lo observaba conmovida y encantada a partes iguales, ambos compartieron una sonrisa cómplice.
―Esta tarde me marcho antes Harry, voy a llevar a mi hijo a una revisión médica.
―Muy bien señora Malfoy, nos vemos mañana.
―Sí… hasta mañana. ―La veía caminar hacia el vestíbulo de la planta, con su pequeño de la mano y recordó que últimamente estaban compartiendo muchas sonrisas y muchas miradas, pero no casuales, sino cargadas de complicidad y confianza… agradables y cálidas, que incluso él estaba empezando a disfrutar sobremanera.
Harry tenía una cita por la noche, había quedado para cenar con su amiga Pansy Parkinson.
—Creo que deberías hablar con tu amigo.
—Te ha estado buscando mucho ¿verdad? —La bella morena sonrió.
—Ron es un encanto y la verdad es que me lo paso bien en la cama con él, pero… me temo que se está haciendo una idea equivocada conmigo.
—¿Y qué hombre no se la haría con ese cuerpo y esa forma tuya de besar, que parece que realmente nos ames? —Pansy sonrió de nuevo pero bajó la mirada con un sorprendente rubor.
—Viniendo de ti eso es todo un piropo… —Sus ojos azul eléctrico se fijaron en los suyos— Pero creo que Ron se lo toma demasiado en serio, y no me parece bien que siga gastándose todo su dinero en mí.
—A mí tampoco, ha perdido un poco el norte, y aunque no lo culpo —Le guiñó un ojo—, intentaré hacerle ver las cosas como son.
—Te lo agradecería, yo lo he intentado por las buenas pero no hay manera, no quiere escucharme.
―No es fácil renunciar a una mujer como tú Pansy. ―La morena le dio un manotazo en el brazo.
―¡Déjalo ya Harry Potter!, o empezaré a pensar que quieres pasar la noche conmigo.
Ambos rieron y Pansy se encendió un cigarrillo y se lo llevó a los labios.
―A veces me gustaría recordar los viejos tiempos, pero…
―Estamos mejor como amigos, lo sé ―La morena le dio un apretoncito con cariño a Harry en la mano―. Oye, ¿cómo te va a ti con la arquitecta casada? ―La expresión del moreno se endureció.
―Supongo que bien. Poco a poco me voy ganando su confianza. ―Se llevó la copa a la boca y bebió un largo sorbo. Pansy lo miraba con atención, sabía que algo no marchaba del todo bien.
―¿Qué ocurre Harry?
―Es sólo que… su marido es un cretino y Hermione tan noble.
―¿Se llama Hermione?, es un nombre muy original, nunca lo había oído.
―Sí…
―¿Te arrepientes de lo que estás haciendo?
―Es que a veces se me hace extraño todo esto. El verla todos los días durante horas, trabajar con ella, animarla… hoy me presentó a su hijo. Es que a veces me cuesta verlo como un simple trabajo, no sé si me entiendes.
―Es como si perdieras un poco la visión de las cosas ¿verdad?
―Sí, algo así. Hay momentos, cuando estamos a solas o compartimos un abrazo o una mirada, que me cuesta mucho pensar que estoy trabajando, es como si nos estuviéramos haciendo amigos de verdad, es raro…
―Bueno, intenta no implicarte mucho emocionalmente Harry, no te lo recomiendo.
El moreno estrechó los ojos y Pansy sonrió y bajó la mirada.
―Una vez yo también fui contratada para un hombre que no sabía quien era yo realmente. Duró sólo tres semanas, pero experimenté esa sensación rara que dices.
―Lo que somos capaces de hacer por dinero… ―afirmó él con resignación.
―Sí, me temo que el dinero es nuestro único y verdadero amor.
Harry apartó la mirada de ella y la dejó perdida unos instantes. ¿Había sido del todo sincero con Pansy respecto a lo que estaba experimentando con Hermione Granger Malfoy?, ¿era el dinero lo único que le impulsaba a volver cada día al despacho de la castaña? Sacudió la cabeza discretamente y le devolvió su atención a la morena.
Después de dejar a Pansy en su casa, Harry se dirigió a su apartamento en Kensington, esperaba la visita de Cho Chang, necesitaba experimentar un poco de su vida cotidiana para centrarse de nuevo.
La hermosa asiática fue puntual, también echaba de menos la intimidad con el moreno. Pero el timbre de la puerta sonó media hora después de la llegada de Cho. Ginny Weasley esperaba en la puerta, impaciente y nerviosa. Después de mucho pensárselo había decidido invitarlo al cine, a la última sesión, para propiciar un clima romántico entre los dos. Si quería conquistarlo ahora que se había vuelto un chico de bien, no podía perder tiempo y que otra se le adelantase.
Sin embargo, su sonrisa y sus ilusiones se desvanecieron cuando Cho abrió la puerta con sólo un fino camisón como ropa.
―¿Querías algo? ―preguntó con tranquilidad, mirándola con cierta altivez.
―Yo…buscaba… a Harry.
―Harry está ahora en la ducha, si quieres puedes darme el recado a mí.
―No… no importa… ya volveré…
La pelirroja se había llevado una gran decepción, a pesar del nuevo empleo, Harry Potter seguía siendo un maldito disoluto, seguía acostándose con prostitutas como Cho Chang.
El rubio se quitó la corbata y la camisa y se dirigió al cuarto de baño. Hermione estaba sentada en la cama, con su portátil sobre las piernas.
―Recuerda que mañana tenemos la cena con los Skeeter.
—Me es imposible asistir cariño, lo siento ―contestó Draco desde el baño
―Pero Draco, hace más de un mes que quedamos con ellos, no puedo aparecer sola, ya sabes la manía que tienen de hacerlo todo por parejas.
―¿Por qué no te llevas a Harry? ―sugirió el rubio.
—¿A Harry?
—Claro, él está todo el día contigo, seguro que sabe más de ese proyecto que yo —dijo despreocupadamente mientras se terminaba de secar la cara con una toalla.
—Supongo que podría acompañarme él —musitó la castaña―, pero ¿qué te ha surgido tan de repente?
―Tengo que cenar con mis padres y mis tíos, ya sabes que estos días tenemos muchos temas que tratar.
―Ya…
―Buenas noches. ―Draco se tumbó de lado, dándole la espalda a la castaña. Hermione hizo lo mismo, dirigiendo su triste mirada hacia la ventana.
Algunos días entre semana, Hermione y Luna quedaban para ir juntas a un gimnasio antes de comer. Aprovechaban esos ratos para ponerse al día de sus vidas y desahogarse de sus frustraciones. Era jueves y por la noche tenía una cena de negocios, necesitaba descargar tensiones de alguna forma, así que subió a una máquina elíptica, la rubia se subió en la contigua.
La castaña empezó a contarle a su mejor amiga que Draco nunca había estado tan distante y tan ajeno a ella.
―¡¿Lleváis casi un mes sin hacer el amor? ―chilló la rubia haciendo que varias cabezas se volviesen hacia ellas.
―¡Luna! ―exclamó molesta Hermione― ¿Podrías ser un poquito más discreta?, no quiero publicar mi vida privada.
―Lleva un tiempo muy ocupado e inquieto por culpa de las nuevas inversiones y negocios que tiene que cerrar con algunas compañías y lo entiendo, es mucha responsabilidad y más ahora con esta crisis, incluso nosotros lo estamos notando.
―Y sigues tratando de justificarlo. ¿Qué sentido tiene que en un mes no haya sacado ni una hora para acostarse contigo?, joder, si el sexo es lo primero en la lista de prioridades de los hombres, no me entra en la cabeza, y menos tratándose de Draco Malfoy.
―Es el director general de la empresa y… ―Luna la interrumpió.
—¿Y no será que se ha echado una amante que lo tiene completamente obnubilado?
—¡Luna!
—¡¿Qué?, no sería la primera vez, ni la segunda… no puedes descartar esa posibilidad.
—Yo creo a Draco… quiero creerle, sé que él me quiere.
—Debe quererte un poco, se casó contigo y eres la madre de su hijo, pero no te respeta Hermione, te ha engañado con otras mujeres.
—Basta Luna, no sigas por ahí…
—Es que… me duele verte así, sufriendo por él, siempre sufriendo… aún eres muy joven Hermione, podrías conocer un hombre mejor que Draco Malfoy y rehacer tu vida.
—¿Y mi hijo?
—Scorpius estaría contigo, eres su madre, no podría quitártelo.
—Quiero a mi marido.
—Y sigues pensando que Draco cambiará… que lo hará por ti, y tú serás la única mujer en su vida… joder Hermione.
Ambas amigas se despidieron un poco más serias de lo habitual, siempre les sucedía cuando hablaban del marido de la castaña.
A la salida del gimnasio, Hermione reconoció en seguida a Cormac McLaggen, su amigo de la universidad. Habían quedado para comer.
―Dichosos los ojos ―exclamó sinceramente el rubio―, al fin pudimos quedar.
La castaña lo besó en la mejilla y echaron a andar hacia el restaurante italiano que habían elegido. Fue una comida agradable, Cormac le contó varias anécdotas del trabajo en el estudio de su padre y cómo había terminado con su última novia. Pero Hermione se mostró apagada a pesar de intentar seguirle las bromas y el rubio estaba convencido de saber el motivo.
Cormac había sido compañero de clase de Hermione pero tenía amigos mayores que lo habían sido de Draco Malfoy y sabía a través de ellos que el estirado rubio era un playboy y que cambiaba de novia como de camisa. Cuando tiempo después supo que Malfoy pretendía a Hermione, Cormac se sintió muy mal, porque sabía que ese hombre no le convenía y porque él la quería. Pero fue Draco Malfoy quien se adelantó y la consiguió, mientras él tuvo que conformarse con ser su amigo. De eso hacía ya unos años y cada día lo llevaba mejor, aunque no podía negar que ella siempre sería su amor imposible, pero se guardaría todo para él, no quería ocasionarle más problemas a su buena amiga.
Hermione nunca le había contado sobre su infelicidad con Draco y Cormac nunca le había expresado claramente que sabía de donde venía la tristeza de sus ojos, pero ambos daban por hecho que el otro conocía la verdad.
—Te equivocaste de rubio, guapa —bromeó Cormac, aunque en el fondo hablaba en serio.
—Tal vez. —Sonrió con tristeza a su amigo.
―De verdad que siento haberte avisado con tan poco tiempo Harry.
—No pasa nada señora Malfoy, pero no entiendo porqué no puede asistir sola. "Parece que Malfoy se está tomando en serio lo de propiciarnos momentos juntos."
—Quedaría muy mal si aparezco sola. Los Skeeter son maniáticos de las parejas, lo hacen todo juntos y quieren que los demás funcionemos igual. Además les aseguré que seríamos dos, si empiezo mintiendo dudo que se fíen de mí para llevar a cabo su proyecto. Si nosotros no les damos lo que queremos buscarán otro estudio de Arquitectura que lo haga, y no podemos perder clientes.
―No se angustie por favor, la acompañaré esta noche. ―Su tono de voz tranquilo la hizo sonreír.
—Yo me encargaré de hablar ¿de acuerdo?, tú sólo tienes que estar educado.
—No se preocupe, no la haré quedar mal. —Guiñó un ojo y Hermione sintió algo en el estómago, pero lo justificó con los nervios por la cena, ¿qué otra cosa podía ser si no?
Se retiraron pronto a casa para arreglarse para la cena. Hermione pasaría a recoger a Harry a las ocho y media. El moreno le dio una dirección falsa, todavía no se había trasladado a un piso sencillo y no era plan de que lo viera salir del lujoso bloque en el que vivía realmente.
La castaña escogió para la ocasión un vestido negro sencillo pero favorecedor y se recogió los cabellos de manera desenfadada. Cuando se dio cuenta se le había echado el tiempo encima. Harry llegó en taxi a la dirección que le había dado a ella y empezó a pasear la acera con parsimonia, regodeándose cuando alguna mujer lo miraba más de la cuenta. Tenía que admitir que con esmoquin estaba todavía más atractivo. Albergó dudas sobre cambiar las gafas por unas lentillas, pero finalmente prefirió llevar las gafas, eso le ayudaría a recordar que era Harry, el secretario y no Harry, el gigoló, aunque aquella noche pareciera uno de sus típicos trabajos como acompañante de una dama en una cena de cierta relevancia.
La castaña dobló una esquina con su BMW gris y lo vio. Allí estaba él, vestido con un traje oscuro que le sentaba realmente bien. Cuando el moreno se volvió pudo comprobar que se trataba de un esmoquin, realmente Harry Potter sabía cómo no desentonar. Miraba el reloj de su muñeca. Hermione sonrió para sí misma. Era cierto, se había retrasado casi diez minutos.
―Siento el retraso. ―El moreno se metió en el coche y la miró unos instantes.
―El retraso ha valido la pena ―afirmó con gentileza.
Aquellas palabras, aquellos ojos refulgentes como esmeraldas, aquella sonrisa devastadora… la hicieron sentirse intensamente viva.
―Muchas gracias Harry. ―Se puso un poco nerviosa, no estaba acostumbrada a recibir tales cumplidos de los hombres.
Él se había fijado en su aspecto, Draco, en cambio, no le prestó atención cuando se despidieron en su casa. Y no sólo se había fijado sino que la encontraba bonita y hasta se lo había dicho. Sus manos se volvieron torpes y le costó varios intentos arrancar el coche. Se sentía avergonzada y sus mejillas enrojecidas eran prueba de ello. Harry la miraba de soslayo, esbozando una discreta sonrisa.
―Está nerviosa por la cena de hoy ¿verdad? ―Quiso echarle una mano, aún cuando sabía que todo se debía a él, al fin la empezaba a trastornar con su mera presencia y su voz.
―Sí ―Hermione se cogió a la excusa rápidamente―, siempre estoy un poco nerviosa en la primera cita —La forma en que él la miró la obligó a matizar sus palabras—. Cita de negocios. —Harry rió por el apuro que había pasado la castaña y ella terminó sonriendo.
No hablaron en todo el trayecto, pero sus mentes no dejaron de bullir en pensamientos.
"Qué encantadora puedes llegar a ser… vamos Harry, deja de embriagarte con su perfume y céntrate. Secretario cortés acompaña a jefa a una cena de negocios, no hombre salido desea intimar con mujer cautivadora… ¿Mujer cautivadora?, ¿dije yo eso? Joder, se supone que aquí el cautivador e irresistible soy yo."
"Harry se ha fijado en mí y le gusto... ¡le gusto!... ¡Dios mío, ya sabía que Harry se había fijado en mí, él mismo me lo dijo el viernes pasado!… entonces hoy debo gustarle todavía más porque me he arreglado… ¿por qué pienso estas tonterías?, no debería importarme gustarle… pero me importa, me gusta gustarle… no quiero sentirme invisible como mujer… y Harry siempre me hace sentir tan viva, tan mujer… maldito seas Draco, todo esto es culpa tuya, ¿por qué no puedes mirarme como Harry?"
Aparcaron el vehículo en la puerta del restaurante y Hermione le dio las llaves a un chico joven que las recibió con una sonrisa. Harry le ofreció su brazo derecho, de nuevo caballeroso y la castaña se cogió a él con afecto.
―Si sigues comportándote así voy a lamentar no poder presentarte como mi marido.
El moreno se rió y ella se sintió un poco avergonzada por aquella broma, no entendía cómo había sido capaz de decir algo así. Por suerte, sabía que podía confiar en él, aquellas palabras quedaban entre ellos dos, como otras cosas que se habían dicho.
―Vamos. ―Ella asintió.
El matrimonio Skeeter los esperaba en una mesa del centro del caro restaurante. Cuando reconocieron a Hermione se levantaron de las sillas y se acercaron a la pareja recién llegada. Le estrecharon la mano a la castaña y preguntaron por Draco Malfoy.
―A mi marido le ha resultado imposible venir esta noche, me ha pedido que les ofrezca sus más sinceras disculpas.
―Entonces has venido con… ―Rita Skeeter preguntó primero. Era una mujer excesivamente curiosa, quizá por eso había estudiado periodismo. Ahora regentaba junto a su marido, periodista también, uno de los periódicos con más tirada de todo Londres.
―Harry Potter, mi secretario. Está al tanto del proyecto así que podremos hablar con libertad sobre ello.
―Estupendo, pero lo mejor de todo es que seguimos siendo cuatro, vamos a sentarnos que el hambre aprieta. ―Robert Skeeter era un hombre bastante campechano a pesar de la fortuna que había hecho junto a su esposa.
Las conversaciones con los Skeeter fueron de lo más variopintas, desde los últimos cotilleos de la familia real, hasta los platos más exóticos que cada uno había probado, pasando por el asunto principal del encuentro, la ampliación de la redacción de su periódico.
Conforme avanzaba la noche, la pareja estaba más encantada con Harry, también Hermione se sentía maravillada. El moreno era capaz de hablar de todos los temas que surgían y lo hacía con desenvoltura y mucho acierto. Rita estaba especialmente encantada con él y no se molestó en disimularlo.
―¿Dónde puedo encontrar secretarios como tú, Harry? ―le preguntó con coquetería.
―¿Vas a despedir a la pobre Mirtle?, con lo eficiente que es. ―Su marido no se molestó en absoluto, así era Rita.
―Pero no tiene la planta ni el encanto de Harry, no me lo niegues.
El moreno sonreía amable y ajeno a lo que Hermione estaba sintiendo. No le hizo ninguna gracia el tonteo que Rita Skeeter se llevaba con él. Se suponía que lo importante era hablar de la ampliación del "Gossip News", no de lo encantador que podía ser Harry Potter. Afortunadamente para la castaña, volvieron a hablar sobre trabajo y los Skeeter acabaron dándole el encargo. Después se despidieron y las dos parejas se separaron.
―Creo que Hermione Malfoy y su apuesto secretario son amantes.
―¿Qué? ―preguntó Robert sorprendido― ¿De dónde te sacas eso?
―¿No te has fijado en su comportamiento?
―¿El de quién?
―El de Hermione, por supuesto.
―¿Te ha dado tiempo a fijarte en ella?, pensaba que con Potter habías tenido suficiente durante la noche ―bromeó su marido.
―Hablo en serio Rob… dejó de sonreír en cuanto empecé a coquetear con Harry, y eso sólo puede significar celos.
―¿No será que la chica quería hablar de negocios y no había forma contigo? ―Rita rodó los ojos― Además, por esa regla de tres, yo debería haberme molestado mucho más, soy tu marido.
―Pero me conoces y sabes que siempre soy así pero que sólo estoy contigo, tonto.
Lo besó en los labios brevemente.
―Parece que todo fue bien. Esta semana está en racha señora Malfoy.
―Sí… lástima que no sea así en todos los campos.
―¿Eh?
―Nada, tonterías…
―Me han caído muy bien los Skeeter, será agradable trabajar con ellos.
―Sobre todo con Rita Skeeter ¿no? ―Harry la miró desconcertado― Le has caído francamente bien.
―Bueno… eso parece ―dijo entre sonrisas que a Hermione no le hicieron ninguna gracia. Rodó los ojos y Harry se percató.
―Perdone, no la comprendo. Pensé que quería agradar a sus posibles clientes, sólo intenté ayudar para que así fuera. "¿Esto son celos Hermione?, no me lo puedo creer." El moreno no daba crédito a la inesperada actitud de su jefa.
―Lo siento, lo hiciste muy bien, es sólo que… "me molestó mucho verla tontear contigo, pero no entiendo porqué…"
―¿Qué?
―No había forma de que esa mujer se centrase en los negocios, me puse nerviosa, tuve miedo de que nos quedásemos sin el encargo.
―La entiendo… la verdad es que parecía con ganas de hablar de todo menos eso. Además no se prepocupe… ―Hermione lo miró, aprovechando que estaban detenidos en un semáforo rojo― Aunque me hubiese ofrecido más sueldo, seguiría trabajando para usted. ―Ella sonrió por la ocurrencia.
―¿De verdad señor Potter?, ¿y eso porqué? ―se unió a la broma.
―Porque dudo que pudiese encontrar una jefa mejor que usted.
Su voz sonó profunda y seductora. La castaña se sintió trastocada un instante, el claxon de un coche la hizo volver en sí. Maldijo por lo bajo mientras proseguía la conducción.
Hermione no podía dejar de darle vueltas a lo que le estaba pasando con Harry, o más concretamente, con los piropos y las galantes atenciones de Harry. Su mente racional le llevó a la lógica conclusión de que todo aquello le afectaba tanto porque Draco llevaba tiempo ignorándola como mujer, haciéndola sentirse invisible e incapaz de despertar el deseo en un hombre. Que su fiel secretario le hiciera sentir lo contrario la tenía que afectar forzosamente. Si tan solo su marido volviera a hacerla sentirse mujer. La voz de Draco la sacó de sus pensamientos.
―Así que fue bien la cena con los Skeeter.
―Sí, han asegurado que el encargo es nuestro.
―Estupendo… por cierto, me han dicho que has comido con McLaggen. Sabes que no me gusta que andes con él.
—¿Estás celoso cariño? —Se esperanzó la castaña.
—¿Celoso de ese idiota?... pero si no es más que una mala copia de mí. Ya le gustaría tener mi clase, mi porte y… mi dinero. —El rubio se rió.
—Claro…—musitó ella derrotada.
—Preciosa, no me gusta McLaggen porque es nuestro enemigo en el mundo laboral. Y tal vez se acerca tanto a ti para poder robarte ideas o incluso clientes.
—Cormac no es así, somos amigos desde hace muchos años. ―Pondría la mano en el fuego por él.
—Querida, uno no puede fiarse de nadie hoy en día —Sonreía de medio lado―, "fíjate en mí, tu marido y al mismo tiempo tu peor enemigo" dejemos el tema, no me apetece discutir contigo esta noche. ―Se acercó a ella y la besó en la mejilla.
Aquel sencillo gesto la ilusionó del tal forma que reunió el valor que necesitaba para poner en práctica un nuevo intento de seducción con Draco. Mientras él se retiraba a la biblioteca, Hermione se dirigió a su habitación.
Al cabo de quince minutos, la castaña se presentó en la puerta de la biblioteca con una bata. Cuando él notó su presencia alzó la vista desde el sillón verde botella donde estaba sentado.
―¿Quieres algo?
―Sí… quiero enseñarte una cosa ―dijo en el tono más sensual que pudo. Deshizo el nudo del cinturón de la bata lentamente y abrió la prenda, mostrando su cuerpo únicamente vestido por un nuevo conjunto de ropa interior y medias oscuras con liguero. Las piezas eran de color negro, con ciertos encajes en los bordes y ella estaba segura de que le sentaban bien, pero los ojos grises de Draco no parecían arder de deseo por ella.
―¿No te gusta? ―Apenas le salía la voz. La nula reacción del rubio la había derrumbado.
―No sé… no creo que sea de tu estilo.
―¿Mi estilo? ―preguntó débilmente.
―Sí… no te van las cosas tan llamativas. Perdona, tengo que seguir con esto. "Menudo intento desesperado querida, pero no ando deseoso de sexo, estoy más que saciado fuera de casa. A ver si pronto te ofreces así a Potter." ―Dejó de mirarla sin más y volvió a su lectura.
Hermione se cerró la bata, temblando y conteniendo las lágrimas como mejor pudo. Cuando llegó a su habitación se metió en el baño con las mejillas bañadas en llanto. Se quitó la escasa ropa a tirones y desnuda, dejó que el agua de la ducha la cubriera por completo, mientras ella, acurrucada, abrazando sus rodillas, lloraba sin consuelo. Su marido ya ni siquiera la deseaba.
CONTINUARÁ…
Pobrecita Hermione, que con Draco no gana para disgustos, suerte que Harry la hace sonreír y ruborizarse jijiji
