Capítulo 7
Shingeki no Kyojin no me pertenece
Muchísimas gracias a quienes marcan la historia como favorita y por los follows! Agradezco infinitamente a Akane ackerman, Matt Squinn, Katherine dreams, TIERNA ORFELINA, Sirai, Ariadna y a Tiare por sus comentarios!
Nunca tuvo mucha paciencia para soportar estar en la cama sin hacer nada. Que la obliguen a estar en la enfermería por precaución le parece bien, pero eso no quita que sea aburrido. Si al menos alguno de sus compañeros fuera a hacerle compañía. Sin ponerse de pie, estira su cuello intentando ubicarles a través de la ventana, pero es en vano. No puede ver a nadie, pero puede escuchar a los pájaros cantando y revoloteando. Quizás aún es temprano para los entrenamientos.
Pensar en los demás le hace caer en cuenta que gran parte de sus camaradas deben estar enterados ya de su situación. No sabe qué pensar del asunto, aunque por una parte se siente liberada. Ya no necesita ocuparse en ocultar sus síntomas ni preocuparse en mantener a salvo su secreto. Y por otra parte, se siente decepcionada consigo misma. Todo lo que hizo para ocultarle a los demás el embarazo, todas sus mentiras, todo fue en vano.
Se recuesta en la cama, mirando al techo. El lugar necesita algunos arreglos, y, definitivamente, una buena limpieza. Suspira fuertemente, cerrando sus ojos. Es en las pequeñas cosas que nota la influencia que el Capitán tiene en ella.
La noche anterior Eren le contó de su intento fallido de hablar con Levi. Al parecer, según las propias palabras del chico, el hombre no se encontraba en condiciones de entablar una conversación. Cuando Mikasa intentó ahondar un poco en el tema, rápidamente Eren cambió la conversación, dejándola confundida. Y por más que intentó que el chico se explayara, no lo consiguió. Seguramente algo pasó, y Eren no quiso decirle, pero lo conoce. Puede notar cuando el otro le oculta algo, sobre todo cuando sus orejas se enrojecen.
—Tsk— se queja, entrelazando sus dedos sobre su abdomen. En menos de dos meses su vida dio un giro inesperado, y todo se fue a la mierda. Escucha la melodía que entonan las aves, y un amargo sentimiento invade su ser. Siempre consideró que la vida es hermosa, y que vale la pena vivirla, aunque se empeñe en querer demostrarle que también tiene su lado cruel.
Perdida en sus pensamientos, no se da cuenta en qué momento comienza a dormitar, pero se sobresalta al escuchar pasos. No quiere abrir sus ojos. No quiere hablar con nadie, mucho menos con los médicos.
Los pasos se detienen a su lado, y siente el movimiento de una silla, que es acomodada cuidadosamente junto a su cama, haciendo el menor ruido posible, para no molestarla.
Repentinamente un fuerte olor invade el ambiente. Es algo que reconoce inmediatamente, un olor que detesta con todas sus fuerzas. Alcohol. No sabe por qué, pero… Ah… como si estuviera reviviendo el momento, recuerda ese terrible instante. Uno de esos malditos, esa inservible escoria que acabó con su infancia apestaba a alcohol.
Frunce su nariz en señal de asco. Obviamente, quien está a su lado se percata de su reacción. Siente movimiento, pero no quiere abrir sus ojos.
—¿Estás despierta? — le pregunta. Levi. Reconoce su voz, aunque esté apagada. Siente su cuerpo tensarse inmediatamente. No sólo le sorprende que su aliento apeste a alcohol, porque nunca lo vio beber, también el hecho de que el hombre se encuentre allí, a su lado, y no esté gritándole o reclamándole respuestas.
No le responde inmediatamente. No sabe qué decirle. Aunque aparenta estar calmado, nunca se sabe con Levi. Pero es obvio que está despierta, y el que no le reclame le demuestra que no vino con intenciones de pelear. Al menos eso parece.
—Hm— responde finalmente, abriendo lentamente los ojos. No es buena fingiendo, y lo sabe. De todos modos no le importa que el otro note que lleva tiempo despierta.
—¿Cómo te encuentras? — le pregunta, aun con ese extraño tono de voz.
—Bien. No creo que demoren mucho en dejarme ir a mi habitación— le responde, sentándose en la cama. Gira su cabeza hacia el hombre, y lo observa por unos segundos, aun molesta por el olor a alcohol que el otro despide. Lo ve sentado junto a su cama, tomando su cabeza con ambas manos, con sus codos apoyados en sus rodillas. Doblado sobre sí mismo parece aun más pequeño de lo que es.
—Bien. ¿Comiste algo? — dice, alzando un poco su rostro. Puede ver sus ojos enrojecidos, y las siempre presentes ojeras, que parecen estar más oscuras que nunca. —Si quieres puedo traerte algo— le dice, señalando hacia la puerta con una de sus manos. Acaba de llegar y ya quiere marcharse. Seguramente se siente tan incómodo como ella. Y no lo culpa, realmente la situación es extraña.
—No, está bien así. No sé si puedo comer cualquier cosa— dice Mikasa.
—Claro— le responde, con un tono un poco forzado. Su corazón da un salto al escucharlo hablar. Siente la tensión que hay entre ellos. Mira hacia la pared opuesta, hacia las sábanas que cubren su cuerpo, hacia el piso. Cualquier lugar es mejor que encontrar nuevamente su mirada cansada. —Aunque deberías poder hacerlo. No es como si te estuvieras muriendo— sigue hablando, en el mismo tono, pero puede sentir el reproche también. Por supuesto, ella no es quien corre peligro.
Sabe que Levi siempre dice lo que se cruza por su mente, como si vomitara las palabras, muchas veces sin pensar en el efecto que tiene en los demás. Con anterioridad pudo notar que se mide cuando habla con ella, muchas veces tratando de aplacarla, pero este no es el caso. Sabe que sus palabras lastiman y no hace nada por evitarlo.
No dijo mucho, pero sabe que puede ser muy hiriente cuando quiere, y no está de ánimo para soportarlo.
—Estoy cansada— dice Mikasa, girando su rostro en la dirección del hombre, pero sin llegar a mirarlo. Puede ver con su vista periférica como Levi tensa su cuerpo, para luego frotar su rostro con una de sus manos, arrugando su nariz.
—Tch. No me hagas caso. Me duele la cabeza, y toda esta situación es una mierda— le dice, entendiendo la no muy sutil invitación de la chica para que la deje sola, pero, al parecer, no piensa marcharse. —Tengo la costumbre de mierda de quejarme de todo, y sé que no es momento para esto, sé que no estás bien— sigue diciendo.
No entiende a que se refiere, pero se lo deja pasar. No quiere contradecirlo y no piensa soportarlo enojado, por lo que lo deja hablar.
—¿Estuviste bebiendo? — le pregunta, luego de un silencio incómodo. Lo mira de reojo y ve que comienza a restregar su mano sobre su pierna. ¿Le habrá ofendido la pregunta?
—Hm— le responde. —Erwin me invitó a tomar un licor de no sé qué mierda— dice, frunciendo un poco su rostro. —Hablamos bastante— dice, mirando al piso. Al parecer se está tomando todo el asunto bastante bien. Quizás hablar con el Comandante le ayudó. Porque está segura que la noche anterior no estaba tan tranquilo como ahora. —Me dijo que hablaste con él…— dice, mirándola fijamente.
—Si— le responde. Siente sus ojos en ella, escrutándola.
—¿Sobre? — le pregunta, haciendo que los cabellos de su nuca se paren. No sabe si es el momento correcto de mantener esa conversación, pero no quiere mentirle, ya no más. De nada le sirvió ocultarle las cosas antes.
—De nuestra relación. Necesitaba saber si tenía su aprobación— sus miradas se encuentran por un momento, y no deja de pensar que aunque sus azules ojos estén enrojecidos y rodeados de las oscuras ojeras, no dejan de ser hermosos. Si sólo pudiera acariciar la suave piel…
—Mikasa…— comienza a decir, observando intensamente su abdomen. —Eres joven, hermosa…— ¿hermosa? Se sonroja. Nunca antes le había dicho hermosa, ¿oh si? No recuerda. —Tienes toda tu vida por delante— Levi voltea su mirada hacia la puerta, y luego hacia el piso. ¿Por qué no la mira? —Hay muchos chicos de tu edad que darían lo que fuera por estar a tu lado…— ¿De qué habla? No entiende.
—¿A qué te refieres? — le pregunta, confundida.
—Si quieres tener relaciones con alguien más, o si lo hiciste antes, quiero que sepas que no tienes ninguna obligación conmigo…— sus palabras no se condicen con la expresión de su rostro. ¿Entonces por qué lo hace? Recuerda que Hange le preguntó algo parecido hace un tiempo. Se siente mal, enojada. Como si la acusara de tener relaciones con alguien más.
Algo no anda bien, pero no puede descifrar qué es. Levi se ve nervioso, y sabe que no es bueno con las palabras. Tiene esa maldita costumbre de dar vueltas alrededor de un tema sin poder encontrar las palabras justas. Claro, siempre que se trata de sus sentimientos o de algo personal. Puede estar enojado, molesto por la situación, pero sabe que se preocupa por ella, aunque tenga una extraña manera de demostrarlo.
—No te preocupes, realmente estoy bien— le dice, pensando que de esa manera va a lograr sacar al pobre hombre del monólogo sin sentido en el que se encuentra inmerso.
—¿Ah? — le pregunta, frunciendo su ceño, confundido.
—Fue sólo una pérdida. Los doctores dicen que es normal— la expresión del rostro de Levi se transforma completamente. Abre sus ojos en demasía y alza sus finas cejas, sorprendido.
De repente las palabras de Mikasa parecen tomar sentido. Se levanta rápidamente, abalanzándose sobre la chica, tomando una de sus manos para llevarla hacia su pecho.
—El embarazo… ¿No lo perdiste? — le pregunta, aun con sus ojos muy abiertos. Puede sentir los latidos acelerados de su corazón. El agarre que tiene de su muñeca es un poco fuerte, pero su sorpresa es mayor, por lo que no se queja ni atina a mover su mano.
—No. Parece que las hierbas no funcionaron— dice en un susurro. Siente que lleva su mano hacia su rostro, para suavemente mover su cabeza contra ella, en un gesto que le recuerda a un gato. La esperanza que ve resurgir en su rostro la golpea con demasiada fuerza. No. No puede hacerle esto.
—Mikasa… Por favor…— le dice, frunciendo su cara en un gesto que parece de sufrimiento. —¿Es mi…?— Lo ve tragar con demasiado esfuerzo. —¿Es mi hijo? —le pregunta, llevando su mano temblorosa hacia su vientre. Inmediatamente Mikasa lo empuja, poniéndose en pie.
—No Levi, no vas a hacerme esto— le dice, mirándolo seriamente. ¿Por qué le pregunta si es su hijo? —No puedo ser madre. ¡Tengo quince años! — su cumpleaños está cerca, pronto serán dieciséis, pero es igual. —Ya tomé la decisión. Voy a abortar y no vas a hacer que cambie de opinión— dice, con determinación en su rostro.
—No entiendo… cómo pasó…— dice él. Parece perdido en sus pensamientos.
—Lo siento Levi— le dice, al verlo distante. Pero debe entenderlo. La decisión está tomada.
—¿Cómo…? No puedo— comienza a decir, pero se detiene de inmediato, para acercarse a la chica y nuevamente tomar su mano. —No puedo tener hijos. No soy fértil— le dice, con tanta desesperación en su rostro que Mikasa siente en su pecho un terrible dolor, como una opresión en sus pulmones que no le permite respirar fácilmente.
Las palabras del hombre la sorprenden demasiado. Quiere decir algo, pero nada sale de su boca. No sabe de dónde habrá sacado Levi la idea, pero es obvio que no se embarazó del aire.
—¿Cómo puedes saber eso? — pregunta, curiosa, a la vez que se sienta sobre la cama, obligando al Capitán a sentarse a su lado, ya que no suelta su mano. Necesita sacarse la duda.
—Me lo dijeron cuando entré a la milicia— responde, visiblemente más calmado, pestañeando varias veces seguidas, como recordando el momento. Pero no le dura demasiado. Ve su cuerpo tensarse nuevamente. —Podría ser la única oportunidad que tenga, Mikasa— le dice, en un tono de voz suplicante.
—Lo siento Levi, no puedo hacerlo— le dice, con su voz firme. Sabe que los doctores a menudo se equivocan y que Levi puede tener todos los hijos que quiera, con quien quiera, cuando quiera, pero no ahora con ella.
Siente que lleva su mano nuevamente hacia su vientre, pero lo aleja inmediatamente. Mientras más tiempo pase haciéndose la idea, peor será luego cuando se calme y tenga que enfrentar la realidad.
Al parecer el hombre pensaba que había perdido el embarazo, por eso la sorpresa y su reacción. Si sólo lo hubiese sabido antes, no le habría dicho que todo estaba bien y las cosas hubieran sido más fáciles, pero la vida se empeña en complicar todo.
Respira aliviada al ver a uno de los médicos entrar con una ración de comida. Claro, debe ser la hora del desayuno. La posición en que se encuentran es comprometedora. Levi está casi encima suyo, sentado sobre su cama, muy cerca de ella. En el momento en que se percata de la presencia del médico se aleja un poco, pero al parecer resulta aun más sospechoso, recibiendo una mirada extraña por parte del doctor.
—¿Cómo te encuentras? — le pregunta el joven, acercándole una pequeña mesita para colocar el desayuno. Mikasa se acomoda en la cama, para no tirar todo. Mira primero a Levi, que parece perdido en su mundo, para luego dirigir su mirada al médico, esbozando una pequeña sonrisa que desaparece al instante.
—Bien— dice, simplemente. Aun se siente afectada por las palabras del Capitán. Su cuerpo reacciona al recordarlas. Siente una corriente eléctrica recorrer sus brazos, y hasta puede sentirlo en los dedos de sus pies. Ese hombre sí que logra conmoverla. No puede estar cerca suyo sin que cause algún efecto en ella. Pero esto no se lo esperaba. Si, debe estar equivocado. Tiene que estarlo.
—Disculpe Capitán Levi, ¿puede retirarse? — le habla el médico. —Necesito revisar a mi paciente— le dice, en un tono un poco duro. Mikasa espera que no piense nada extraño de lo que vio cuando entró. Lo único que le falta es que los reporten y descubran su relación. Erwin no es problema, pero si se enteran fuera de la Legión puede ser peligroso.
—Hm— dice, poniéndose en pie. Mira de reojo a Mikasa, y asiente con su cabeza. Sabe lo que eso significa. Su conversación no terminó. Bien, al menos tiene un tiempo para sobreponerse.
Lo ve marcharse, mientras el médico le indica que se coloque de espaldas boca arriba en la cama, quitando el desayuno, del cual siquiera probó bocado. Espera que no comience a hacerle preguntas sobre Levi. La manera sospechosa en que miraba al Capitán le llamó la atención. Seguramente notó algo entre ellos, y espera que no haya malinterpretado las cosas.
Fácilmente podría pensar que el hombre abusa de su autoridad, o simplemente abusa de ella. De sólo pensar en ello se inquieta visiblemente. No sería justo que piensen así de él. Bien, quizás sea una buena oportunidad para blanquear su relación. Si es que existe una relación luego de todo lo que acaba de ocurrir.
No puede concentrarse en nada de lo que intenta hacer. Las horas pasan lentamente, y un único pensamiento invade su mente. Necesita ir a verla nuevamente. Tiene que convencerla. No entiende cómo ocurrió, pero realmente puede ser su única oportunidad de ser padre. Comprende la posición de Mikasa. La entiende, porque al intentar imaginarse a sí mismo con un hijo a los quince años le resulta inquietante.
Pero él ya no tiene quince años. Y recuerda claramente las palabras del doctor que lo examinó cuando entró a la milicia. Le dijo que no había manera de saber cómo, o por qué, pero que estaba seguro que sus posibilidades de procrear eran prácticamente nulas. Quizás hubiese sido un golpe, una enfermedad, no había manera de comprobarlo, pero que se hiciera a la idea. No podría ser padre.
De momento había sido duro. Recuerda sus conversaciones nocturnas con Hange, intentando descargar un poco su frustración. Pero eventualmente había logrado, como dijo el médico, hacerse a la idea. Sobre todo por la dura vida de los soldados de la Legión de Reconocimiento. Nunca se sabe cuando pueden morir. Dejar un niño huérfano sólo por un capricho no le parece justo.
Le parece irónico. Valora la vida más que nada y no puede perpetuarla. Sus pensamientos lo llevan a su madre. Luchando por sobrevivir en el agujero rodeado de mierda que es el subterráneo. Pensar en ella siempre tiene el mismo efecto en él. Siente su garganta achicarse y la saliva acumularse en su boca. Intenta tragar, pero se le dificulta y deja salir un suspiro, más parecido a un sollozo que otra cosa.
Pasara lo que pasara, nunca le faltó un plato de comida en la mesa, por muy poco que fuera. Aunque algunos de los médicos dicen que su baja estatura se debe a desnutrición de pequeño, no recuerda haber pasado hambre mientras su madre estuvo viva. Luego fue otra historia, que no vale la pena recordar.
Bien, ya demasiado de pensar en el pasado. Se pone de pie, decidido a hablar nuevamente con Mikasa. Tiene que haber una solución, tiene que haber otra forma. No puede sólo cruzarse de brazos y dejar escapar su quizás única oportunidad y sólo mirar de lejos como un espectador. Tiene que haber algo que se pueda hacer.
Con esa idea marcha primero hacia la cocina a buscar algo para comer, y luego hacia la enfermería. Se sorprende al llegar al lugar y ver que Mikasa no es la única ocupante del cuarto. Por supuesto, comparten las barracas con los miembros del Escuadrón Estacionario. Hay muchos soldados y es lógico pensar que alguno en algún momento va a resultar herido.
Se acerca hacia la chica, sin decir palabra, mirándola con su típica expresión y le alcanza el pan que le trajo. Toma la silla que antes ocupara, la acomoda a su gusto y se sienta bruscamente, emitiendo un soplido al hacer contacto con la superficie del asiento.
—Gracias— le dice ella, inmediatamente cortando un pedazo con sus dedos y llevándolo a su boca. Él la mira, embobado. Sabe que está perdido. Las sensaciones que esa chica produce en su interior le maravillan, y le asustan de momentos. Nunca pensó que se iba a enamorar de esa manera.
Y le asusta pensar que podría perdonarle cualquier cosa. Porque sabe que su reacción al enterarse que le ocultó el embarazo, el cual aun sigue con la idea de abortar, podría haber sido mucho, mucho peor. Pero siempre está ese sentimiento, esa sensación en sus entrañas que lo lleva a buscar una salida, que lo lleva a pensar siempre lo mejor de ella. Aunque sabe que puede equivocarse, y mucho.
Intenta desviar sus pensamientos, concentrarse en otra cosa, porque el miedo no es algo con lo que se lleva bien.
—Ahora todo será más fácil— dice Mikasa, quien sigue comiendo el pan que él le trajo.
—¿Ah? — pregunta, confundido. Quizás mientras estaba perdido en sus pensamientos la chica le dijo algo que no escuchó.
—Ni bien me dejen salir de aquí pienso ir directo al pueblo a comprar nuevas hierbas, y me gustaría que me acompañes— le dice, con su seria expresión característica, inmutable ante la cascada de sentimientos que recorren su cuerpo con esas pocas palabras.
—Ya veo— le dice, pasando su mano por su frente. Mira de reojo hacia la otra cama que se encuentra ocupada dentro de la habitación. Hay muchas cosas que le gustaría decirle a Mikasa, y vino decidido a hacerlo, pero no esperaba encontrar otra persona allí.
—Supongo que hoy mismo van a dejarme ir. El médico dijo que todo está bien— le dice, con un tono suave, ladeando un poco su cabeza. Aprieta fuertemente su mandíbula, dándole la impresión que sus dientes van a romperse. Verla comportarse de esa manera, hablándole con ese tono le hace caer en cuenta que Mikasa aun es una niña. Por más madura que parezca, no cambia el hecho que tiene quince años, y se siente una escoria.
Nunca antes le preocupó su edad, pero ahora las cosas cambiaron. No les incumbe sólo a ellos dos. No. Ya no es un juego, ya no es escaparse por las noches a escondidas para huir de la realidad. Y no duda que Mikasa podría llegar a ser una gran madre, si ella lo quisiera. Tampoco duda que amaría con todas sus fuerzas al pequeño o pequeña, pero hay algo que no puede negar.
Mikasa tiene razón. Tener un hijo ahora sería arruinarse la vida. Porque aunque no lo haya dicho con esas palabras, está seguro que ese es su pensamiento.
Inconscientemente su mirada se dirige hacia el vientre de la chica. Debe estar mirándola fijo, y con demasiada intensidad, por la manera en que ella frunce el ceño y le golpea el brazo para sacarlo de su ensimismamiento.
Está por recriminarle, pero se detiene al ver entrar a uno de los médicos.
—Buenas tardes Capitán— le saluda, sorprendido de verlo en el lugar.
—Buenas tardes— le responde, poniéndose en pie para retirarse si así se lo pide.
—Oh, no, no es necesario que se retire— le dice, notando su intención. —Sólo vengo a informarle que todo está bien y que puede retirarse— le dice a Mikasa, sonriendo amigablemente.
Puede ver la alegría en los ojos de la chica, seguramente sintiendo que finalmente recupera su libertad.
—Bien— responde Levi, sentándose nuevamente. En silencio observa como la chica recoge sus pertenencias, rápidamente, para salir lo más pronto posible del lugar. No puede evitar que sus ojos se dirijan hacia su vientre, mientras recorren el camino hacia las habitaciones. El embarazo no se nota, pero sólo de saber que dentro de ella hay una pequeñita persona formándose hace que se le pongan los pelos de punta.
—Ya basta— le dice Mikasa, con fastidio en su voz. —Deja de mirar mi panza— le dice, al ver su rostro confundido. Si. Sabe que su mirada puede ser un tanto intimidante, pero no lo hace adrede.
Llegan a la habitación de la chica, y Levi la espera afuera, con la puerta abierta, mientras ella acomoda las cosas que traía cargando y se cambia rápidamente, colocándose el uniforme.
—¿En verdad planeas ir a esta hora al pueblo a comprar las hierbas? — le pregunta, espiando sólo con su cabeza dentro de la habitación, para cerciorarse que no hay nadie más.
—Sí. Es un buen momento, como cualquier otro— le responde, terminando de colocarse los arneses.
—Sería bueno que lo pienses un poco— dice, apoyando su espalda contra el marco de la puerta, cruzándose de brazos.
—Ya tuve demasiado tiempo para pensar, no voy a cambiar de opinión— le dice, fastidiada. —Si vas a seguir molestando, será mejor que vaya sola— le habla, mientras busca vaya a saber qué cosa en los cajones. No entiende por qué se molesta, si fue ella quien le dijo que la acompañara.
—Tch. Eres muy egoísta— le dice. Claro, le gustaría que pusiera en consideración su situación, pero ya se lo dijo, y no quiere sonar desesperado. Maldito orgullo.
—¿Quién es el egoísta? — le habla de repente, acusándolo, muy cerca de su cara, sorprendiéndolo. No se dio cuenta en qué momento se acercó tanto. Si lo piensan detenidamente, en realidad ambos son egoístas, yendo detrás de sus propios intereses. Eso no significa que alguno de los dos esté equivocado o que sus puntos sean menos válidos. Ambos tienen mucho que perder.
—Quiero hacerme cargo— le dice, tomándola del brazo y llevándola dentro de la habitación, cerrando la puerta para que nadie más escuche. —Voy a criarlo sólo— dice, con una expresión decidida. Si ella no quiere formar parte de la vida de su hijo que no lo haga.
—Es ridículo. ¿Escuchas lo que dices? — le responde Mikasa, comenzando a impacientarse. La idea de criar un niño sólo comienza a tomar forma en su mente. Si su madre pudo hacerlo con los pocos recursos con los que contaba, él puede lograrlo perfectamente.
—No creo que sea ridículo. Tiene mucho sentido para mí— dice, frunciendo el ceño y cruzando los brazos. Mira a Mikasa, que recorre la habitación de un lado para otro, nerviosa.
—Pensé que ibas a apoyarme en esto— le dice, furiosa. Sus ojos negros parecen brillar de la rabia. Su rostro está bastante desencajado.
—Mentira. De otro modo me lo hubieras dicho desde el principio— le replica, comenzando a molestarse también. No quiere enojarse, prefiere mantener una conversación tranquila, pero su orgullo no le permite hacerlo.
—Tsk. Por lo bien que está saliendo todo…— le dice, sarcásticamente. Si hubieran hablado desde el principio, quizás las cosas hubieran sido de otra manera. O quizás no. —¿Y por qué estas con ropa de civil? — le pregunta, mirándolo de arriba a abajo. Todo el día estuvo con la misma ropa. ¿Recién ahora lo nota, o sólo quiere cambiar de tema?
—Erwin me suspendió— le responde, resoplando. Mikasa lo mira, extrañada.
—¿Por qué? — le pregunta, sin salir de su sorpresa.
—Por atacar a Hange…— le dice, dudando en si seguir o no.
—Ah— dice, alzando sus cejas.
—… Y a Eren— le dice, finalmente, en voz un poco más baja. Al escucharlo, Mikasa parece reaccionar, frunciendo su ceño y acercándose rápidamente hacia él.
—¿Por qué siempre te la agarras con Eren? — le dice, tomándolo del cuello de su remera, respirando en su cara.
—No me la agarro con el mocoso— se defiende, tomando la mano de la chica y quitándola de su ropa. —Además, ¿preferirías que me hubiera descargado contigo? — le pregunta. Está cansado de la actitud de Mikasa cada vez que Eren está en medio. —No entiendo por qué te preocupa más Eren que tu propio hijo— le dice, indignado.
—¡Maldito enano! — le grita entonces Mikasa, enfurecida, mientras se acerca peligrosamente aun más hacia él. Parece que esta vez en verdad logró irritarla. —Eres un sádico, maldito enano de mierda— le dice entre dientes, mientras lo arrincona contra la pared, empujándolo de uno de sus hombros. Levi resopla. No es la primera vez que es el receptor de la ira de la morocha.
—Tú te empeñas en meter al pendejo en medio nuestro— le dice, molesto. La toma con fuerza del brazo, haciendo que Mikasa lo apriete con más fuerza contra la pared.
—Ja. Ahora entiendo por qué siempre estás sólo— le dice ella, con crueldad. Una malvada sonrisa se dibuja en sus labios. —Eres un resentido. ¿Y me reclamas por qué no te dije del embarazo? —
—Pendeja de mierda— le dice, con todo el veneno que le sale. No le encuentra sentido a los insultos de la chica, pero no tiene ganas de soportarla de esa manera.
—Vete— le dice ella, soltándolo de repente y volteándose. Quizás sea lo mejor. Si siguen hablando así todo puede terminar muy mal. —¡Vete ya de mi cuarto! — le grita.
—¡Tch! — se queja, pero inmediatamente se va del lugar. Se siente arder por dentro, de la impotencia. Odia pelear con ella, y le duele que siquiera intente considerar su opción. Va hacia la oficina de Erwin, maldiciendo entre dientes y apretando sus puños. Quizás haya quedado un poco de ese licor que le convidó la noche anterior.
