Un pesado silencio incómodo se apoderó de Deidara mientras abandonaban aquella meseta y sobrevolaban el Campo de Agujas. No podía olvidar lo que Obito había intentado hacer, y tampoco su seca mirada oscura clavada con demasiada intensidad en él. Los dos recuerdos chocaban con fuerza en su mente, y su corazón no parecía que fuera a desacelerar.
Deshizo los pájaros de tamaño medio que había hecho para cada uno de sus amigos, para Obito y para sí mismo, negado como estaba a compartir el vuelo con alguien en esos momentos.
Obito también callaba, comenzando a sentir inseguridad acerca de si se había expuesto demasiado a Deidara. Incluso podría haberlo incomodado, pues el joven estaba muy callado, concentrado en escupir la arcilla restante de vuelta a la bolsa que colgaba sobre su trasero.
–No te burles de mí y dime qué te hizo, imbécil– escuchó la voz de Kurotsuchi –. Ni siquiera diste batalla.
–No fue así. Fue muy intenso– le cuchicheó Akatsuchi, asegurándose de que el Uchiha le daba la espalda.
–¿Qué podría serlo? ¿Acaso te mostró siendo Tsuchikage, también?– contraatacó con un tono desconfiado.
Deidara cruzó brevemente su mirada con la de Obito, y decidió avanzar abriendo el paso, poniéndose al frente de sus amigos.
–No entiendes…– susurraba Akatsuchi, aunque Deidara podía escucharle por la cercanía –. Iwagakure se estaba destruyendo por un incendio, casi no podía reconocerla… Y sólo si yo me rendía podría salvarla– terminó en un tono alterado.
Deidara y Kurotsuchi meditaron, cada quien por su parte, lo precisa que era esa imagen como para desestabilizar la psique de su muy terrenal compañero.
Obito se sintió más aislado al ver las rápidas miradas de los jóvenes sobre su persona.
–Obito, ven– lo llamó Deidara, advirtiéndolo de inmediato –. ¿Tienes planes para esta tarde, hm?– preguntó, intentando con todas sus fuerzas sonar casual y no afectado como realmente lo estaba. Obito no pareció notarlo.
Kurotsuchi y Akatsuchi dejaron el cuchicheo, pasando a comentarse primero, a acusarse después, de los errores que vieron en el desempeño del otro.
–N-no lo sé… Escuché algo de un pueblo de aguas termales cerca, pero creo que me he cansado como para ir ahora– sonó nervioso. Quería agregar algo más, pero no se le ocurría qué. La pelea final había inquietado su espíritu y comenzaba a arrepentirse de haber aceptado el desafío del trío de Iwa.
–Ya veo, hm– comentó Deidara, sin añadir nada más. Tampoco él sabía qué decir, toda la secuencia de la batalla y las palabras finales de Obito se reproducían en su memoria.
Siguieron bajando en silencio, oyendo distraídamente la ruidosa conversación de los otros dos. Un nivel más arriba del hotel donde se hospedaba Obito, Akatsuchi se detuvo.
–Aquí los dejo. Tengo que volver con sensei– sus compañeros lo despidieron como normalmente lo hacían, pero Akatsuchi aún no decidía qué hacer respecto de Obito. Finalmente habló, mirándolo a los ojos –. Eres bueno, Uchiha– y se esfumó detrás de una polvareda blanca.
Los tres restantes reanudaron la caminata, pero el silencio incómodo entre Deidara y Obito continuaba, comenzando a afectar a Kurotsuchi.
La muchacha los miró con aprehensión, volviendo sus pasos más suaves.
"Mierda, ¿por qué están tan callados? ¿Es porque estoy yo? Pero quiero saber qué pasa, tengo que avivar esto".
Aprovechando que Deidara caminaba un poco más lento que el ninja de Konoha, descargó una fuerte y sonora palmada en una de las nalgas de Obito. Deidara la miró, sus ojos abriéndose enormemente, sin saber cómo reaccionar.
Obito se dio la vuelta, mirándolos confundido y tratando de no colorearse, preguntándose si estaba siendo víctima de sus burlas.
Kurotsuchi señaló rápidamente con su pulgar a Deidara, incriminándolo.
–¡Qué!– alcanzó a gritar Deidara, poniéndose a tono con el color de su uniforme –. ¡Yo no fui, hm!
–Qué inmaduro, Deidara-nii– Kurotsuchi aprovechó para palmear a su amigo, o eso intentó, ya que apenas si alcanzó a esquivar una rápida patada a la que contestó con un golpe en la nuca –. Ya has sido vengado, Obito-san. ¡Nos vemos, acabo de recordar que mi abuelo me espera o me matará!
Y tan pronto como pronunció aquellas palabras, ella también desapareció.
Obito cerró los ojos un momento, sonriéndose para sus adentros. Creía saber qué había pasado, pero no se lo diría a Deidara. No mientras pudiera seguir viéndolo así de avergonzado.
–¡¿Qué me ves, hm?!– escupió, totalmente a la defensiva, maldiciendo a Kurotsuchi por hacerle quedar como idiota y encima tocar ese culo antes que él.
–Nada– contestó con una enigmática sonrisa –. ¿Hay algo que te interese ver a ti, Deidara-chan?– el tono fluctuó entre inocente y burlón.
Deidara apretó los dientes, ese día venía siendo una mierda.
–No– dijo lo más potente que pudo –. Y deja de pensar cosas raras, hm– finalizó molesto.
–¿Acaso dije algo? ¿No estarás tú pensando en cosas raras, Dei-chan?– le sorprendió encontrarse saboreando el torturar un poco a Deidara.
Deidara sintió como un ojo comenzaba a palpitarle, y su mano derecha se acercó a su bolsa de arcilla.
–Deja de llamarme así. ¿Quieres pelear de nuevo?
Obito comenzó a reír.
–¿No soportas haber perdido?– lo pinchó un poco más.
–¡Cállate y responde, hm!
–Mejor responde tú qué fue esa nalgada– y otro poco más. Le estaba gustando.
El rostro de Deidara fue un poema, uno muy agradable para Obito, si le preguntaban.
–¡T-te dije que yo no fui!– exclamó, coloreándose de nuevo de indignación y de las implicancias que tenía en su mente el que Obito se formara esa idea de él antes de estar seguro de sus chances. Estúpida Kurotsuchi.
Obito avanzó, las manos en el bolsillo.
–¿Entonces por qué tartamudeas? Dei-chan– se inclinó levemente hacia delante, no demasiado, lo suficiente como para intimidarlo otro poco.
Pero Deidara era Deidara y no se dejaría intimidar por nadie. Y si le ocurría, no lo pensaba demostrar.
–Fue Kurotsuchi, y si no me crees puedes preguntarle a ella, o preguntarte a ti por qué te interesa tanto que yo lo haya hecho.
Obito parpadeó y tragó saliva, irguiéndose de nuevo.
–No me interesa que lo hayas hecho tú– se puso a la defensiva, cambiando de postura.
–Claro que sí– respondió automáticamente, esperando abrir una grieta en la defensa del otro y descubrir algo que le sirviera.
–Que no. No todo el mundo gira a tu alrededor– agregó, intentando mostrarse frío. De repente, el sentimiento de satisfacción se había esfumado.
Una mirada extraña se mostró transitoriamente en los ojos de Deidara, como la sombra de una nube que pasa.
Obito sintió una conocida sensación, la de que se arrepentiría de algo que hizo o dijo en los próximos días. Mierda. ¿Y si le estaba dando a Deidara mensajes confusos? ¿Qué quería darle a entender, en primer lugar? La noche anterior había intentado evitar el tema a como diera lugar. Ni él mismo lo tenía todo claro.
Deidara sentía la mordida de la desconfianza. Por su mente pasaban miles de ideas y posibilidades, pero el otro jamás se enteraría.
Obito comenzaba a angustiarse ante su silencio. Quizás lo aburría, quizás había sido pesado con él. Necesitaba su atención, incluso si lo había ofendido con su típica torpeza, y no sabía cómo asegurársela entera para sí mismo.
"Rápido, saca un tema de conversación ya", pensó desesperado. Qué malo era para esas cosas. Incluso como cuando le costó años tomar fuerzas para confesarse a Rin. "¿Por qué estoy recordando eso ahora?"
–Puede que no– habló al fin Deidara, decidiendo que Obito ya había sufrido estando en vilo bajo su mirada –. Pero algún día girará en torno a mi arte, hm.
Obito agradeció el nuevo tema de conversación.
–Me sorprendiste con algunas esculturas– confesó con sosiego.
–Como era de esperar. Y no viste todo, hm– Deidara metió las manos en los bolsillos y reanudó la caminata hacia el nivel en que se encontraba el hotel.
Obito se puso el abrigo luego de que una ráfaga le hiciera tiritar un poco.
–En verdad eres el centro del mundo, ¿eh?– preguntó, sonriendo, esta vez intentando ser amigable. Aún se sentía raro por la mentira descarada que le había dicho.
Deidara volvió a clavar sus ojos claros contra los oscuros.
–¿Tú qué crees, hm?
Obito sintió como el aire abandonaba sus pulmones.
Habían llegado al hotel y ninguno de los dos sabía muy bien como proceder. El primero en decidirse volvió a ser Deidara.
–Tengo que volver unas horas a ayudar a mi madre y almorzar con ella. Se lo prometí hace un tiempo, hm.
Su madre aducía que la edad y las responsabilidades de su hijo pronto los alejarían, y últimamente había comenzado a insistir en compartir al menos los almuerzos. Deidara se quejaba, aunque no pensaba lo mismo de su comida.
Obito sintió un nudo en sus tripas, y una voz en su cabeza le dijo que no había sido capaz de retenerlo para sí mismo. Pero espantó ese sentimiento y se esforzó en sonreír sin parecer demasiado forzado.
–Está bien. Parece que el señor guía no se quedará tranquilo hasta verme tras la puerta de mi hogar de paso– lo tanteó, algo inconsciente otra vez.
Deidara se mofó con esa sonrisa que hacía que Obito se sintiera tan confundido.
–No te hagas la colegiala conmigo, hm.
–¿Q-qué?– se sorprendió, sintiendo su rostro y cuello arder.
–¡Hasta luego, hm!– y se alejó con rapidez por la angosta calle.
Obito se quedó un buen tiempo en la puerta del hotel viéndolo alejarse y desaparecer, sintiéndose como un paquete depositado a las apuradas. Cuando se percató de esos pensamientos un tanto resentidos que conocía muy bien, intentó pensar lo más objetivamente posible, entrando distraído al edificio. Deidara no lo había dejado como un paquete, tenía cosas que hacer y él no podía pretender ser tan egoísta como para retenerlo de guía todo el tiempo que durara su estancia, ni celarlo de sus amistades como le pasó por la mañana. Lo más maduro sería empezar a salir sin él, razonó mientras se sentaba al restaurante comedor. No había elegido Iwa sólo por él, por supuesto, el paisaje también era bello. Sólo esperaba que ese hasta luego no se extendiera demasiado, porque a pesar de todas sus confusiones y embarazos, ya lo extrañaba de nuevo.
Hasta entonces no le había dicho nada sobre las fotos de aves de Konoha que el muchacho alguna vez le pidió por medio de las cartas, y que él había ido tomando en el último tiempo. Si Deidara no volvía hasta el día siguiente, al menos retener el grueso sobre de instantáneas en su habitación podría darle la perfecta excusa para golpear la puerta de su casa.
Se puso rojo cuando comprendió lo que imaginaba, ilusionando a la mesera que le hablaba. Acaso lo mejor era almorzar afuera.
Deidara comía en silencio para sospecha de su madre. Asintió ensimismado a dos preguntas a las que no prestó nada de atención, mientras que la mujer decidía rendirse, achacándolo a cuestiones de la adolescencia.
Deidara no se estaba enterando de los sabores y temperaturas del caldo que bullía enfrente suyo, ocupado como estaba en analizar a Obito. El hombre de seguro tenía algunas experiencias amorosas, y sentirse en desventaja en el asunto no le agradaba nada. Ni siquiera tenía muy en claro qué cosas podían indicarle si Obito tenía algún interés en él, más allá de lo que juzgaba evidente. Aunque recordaba que estuvo enamorado mucho tiempo de la tal Rin, también sintió en algunas oportunidades que él podría gustarle. Si el tipo era bisexual y tenía experiencias variopintas, no podía negar que el asunto de averiguar qué pasaba y seducirlo le hacía sentir algo inseguro. Si se hubiese follado al primero que hubiera encontrado cuando habló de aquello con Kurotsuchi, no estaría con tantas dudas sobre cómo proseguir.
–Si vas a ignorarme todo el almuerzo al menos lava tú los platos, um– murmuró su madre ofendida, levantándose de la mesa mientras veía como su hijo mordisqueaba los palillos –. ¡Y ya no eres un niño para saber cómo cuidar los palillos, um!– se alejó furiosa.
No, haberse follado a un tipo antes no iba a hacer la diferencia con Obito. Quizás sí, pero cuando lo recordaba sonrojándose, todo en lo que creía comenzaba a resultarle dudoso. ¿Y si Obito era inexperto como él? Pero le parecía imposible con su edad, entonces, ¿qué tal si Obito se ponía así sólo por el hecho de que él también era un varón? ¿Y si nunca se fijaba en él como hombre, y sólo lo veía como amigo? ¿Y si lo que pasó en ese duelo cuando se rindió fue su imaginación confundida entre el humo y la adrenalina de sus propias explosiones?
La última pregunta le hizo perder la poca hambre que le quedaba. Se levantó para dejar los cuencos en el lavabo lleno, encontrándose con el silencioso mensaje de que todo ese desastre debía limpiarlo él. Ya sabía de sobra que si su madre lo atrapaba lavando sin aplicación, le haría fregar todos los utensilios de nuevo, por lo que procuró ir despacio y con toda la calma a la que podía apelar, mientras meditaba incansablemente el cómo acercarse a Obito y testearlo sin que se diera cuenta de sus intenciones.
Aunque Deidara era orgulloso como para consultar de esas cosas con alguien, en esos momentos deseaba que los idiotas de sus amigos no fueran tan vírgenes. Pero viendo lo que había hecho Kurotsuchi con esa nalgada traidora, y recordando lo estúpido que se volvía Akatsuchi ante una chica un poco linda, lo mejor era resolver el asunto por sí mismo. Como estaba acostumbrado a que fuera. Tampoco conocía a nadie más que le inspirara confianza, y el ofrecimiento de su madre de estar con él cuando lo necesitara y para que "no cometiera ciertos errores" era algo que descartó desde la única vez que la oyó hablar así. Podía sentirse algo perdido, pero esa inseguridad le atraía. Sí. Se encargaría de resolverlo solo.
Una vez hubo terminado de lavar los trastos, se dirigió al baño a cepillarse los dientes y asearse. Se peinó varias veces frente al espejo y se quitó el hollín de la cara, algo que no acostumbraba a hacer a esas horas. Viendo la tela chamuscada que le cubría la pierna izquierda, decidió cambiarse por otro juego de pantalones limpio sólo para que Obito no le recordara de nuevo aquello sobre su seguridad.
Se dirigía hacia la puerta cuando vio a su madre observándolo en la entrada.
–La comida estuvo rica, hm– y aunque quiso huir con rapidez, ella lo atrapó en un abrazo, pidiéndole que se cuidara.
A lo que Deidara asintió con hastío, pero su madre no daba muestras de querer soltar prenda.
–¡Mamá, llego tarde!– exclamó impaciente, acelerado ante la perspectiva de que alguien pasara por la calle y viera aquella escena –. ¡Me despeinas, hm!
–No te preocupes, te sigues viendo arreglado. No va a notarlo. Avisa si duermes en otro lado, um.
Antes de que ella hablara de nuevo, Deidara se esfumó entre volutas de humo. Encima de que llegaba tarde, no se había estado echando ánimos toda la siesta para que un tipo no leyera sus sentimientos, y que a último momento su madre le hiciera vacilar con sus dotes de bruja.
Mucho menos para distraerse soñando despierto con la posibilidad de quedarse a dormir en ese hotel. Deidara descubrió aturdido, que no quería volver a dormir a su casa, y tuvo que parar a unos metros del hotel hasta que logró controlar su sofoco.
El agradable pueblito de aguas termales no quedaba tan lejos como los caminantes le habían indicado, o quizás eso se debía a su costumbre shinobi de desplazarse como una sombra. Obito ya no caminaba tan lenta y despreocupadamente como hacía unos cuantos años, y al recordar que estaba de vacaciones para airearse optó por seguir con tranquilidad el camino como cualquier otro civil. Pero cuando cayó en la cuenta de que se había alejado demasiado de Iwa y que estaba a cargo de Deidara, en vez de volver para avisarle se ocultó entre las laderas de coníferas que crecían a un lado de la carretera y apuró el paso al dichoso pueblecillo. Al final llegó en unos diez minutos y se sintió algo arrepentido por no haber disfrutado el paisaje, mientras se preguntaba por qué había huido cuando pensó en volver a ver a Deidara.
Sus interrogantes le dejaron en paz cuando desembocó en lo que parecía ser la calle principal, donde se levantaban modestos locales de enseres y alimentos. A pesar de que debía almorzar, fue un pobre puesto el que más le llamó la atención, donde una anciana elaboraba caramelos con formas diversas. Haciendo caso a su amor por las cosas dulces que no alimentaban, se acercó y pidió dos, uno con el diseño de un dragón, y el otro de un ave fénix. Le pagó de más a la anciana y luego de pedirle indicaciones sobre el mejor onsen del lugar, se alejó saboreando el caramelo con forma de dragón, el cual le duró muy poco.
Sólo había dos casas de onsen en el pueblo, al final de un callejón cerrado detrás del cual se levantaba la montaña, casi pegadas en sus instalaciones, pero con sus entradas enfrentadas. Las señoras que las regenteaban comenzaron a fulminarse con la mirada al reparar en el nuevo cliente, mientras comenzaban dos discursos a voces sobre cuál de las dos ofrecía los mejores baños calientes. Avergonzado por la vana disputa, ya que era evidente que las aguas termales que componían ambos onsen eran las mismas, se decidió por la casa que no le había recomendado la viejecita del puesto de caramelos.
El vestíbulo era más pequeño de lo que imaginó, pero mejoraba cuanto más se adentraba en el lugar. Antes de desnudarse y aprovechando que no era visto, guardó un kunai y un wakizashi sin guarda en su tsukuyomi. Entonces procedió a desvestirse, se lavó con la cubeta que la dueña le había dejado y pasó a los baños. Grande fue su sorpresa al descubrir que en realidad se trataba de un solo cuerpo de agua, amplio, donde las mujeres se ubicaban en un extremo y los hombres en el otro. Incómodo ante las miradas penetrantes de más de una fémina, se dirigió en silencio hacia el lado de los varones y no se sintió más seguro hasta que se sumergió de la cintura para abajo.
Mientras intentaba distenderse, echó la cabeza hacia atrás y meditó acerca de la atención que había conseguido y los cuchicheos que escuchaba. En cualquier momento se hubiera entusiasmado en demasía al conseguir la atención de una chica, sobre todo después de la época en que Rin lo rechazó. Ahora sentía cierto halago, pero no el mismo interés de antes. Disimuladamente, entreabrió sus ojos y observó con sigilo a las mujeres que se veían de su edad. Le pareció que muchas eran bonitas, aunque nada del otro mundo. Bajó un poco más su mirada hacia los pechos que se insinuaban flotando entre la bruma, las pieles mojadas con gotas de agua que seguían sinuosos caminos obligadas por la gravedad.
Corrió la cabeza algo incómodo cuando recordó cierta risa estridente y se dio cuenta de que el paisaje no le excitaba. Al hacerlo cayó en la cuenta de cómo algunos hombres miraban sin descaro a las muchachas más jóvenes, lo cual le causó cierta repulsión en el estómago. Él se enorgullecía de no ser de esos, pensó mientras miraba hacia el otro lado, donde unos hombres jóvenes recién llegados caminaban desnudos hacia el agua. Al reparar en lo que colgaba de sus piernas, sintió una vergüenza que no recordaba desde la pubertad, y volvió a apartar la mirada hasta que escuchó que se habían sumergido, las ondas del agua llegando hasta su cuerpo.
De repente a Obito le pareció que la temperatura había subido un poco a pesar de que el onsen era gigantesco y todas las personas descansaban con tranquilidad y cierto espacio entre ellas. De a poco y con todo el disimulo ninja que poseía, se fue fijando esta vez en los varones. Volvió a buscarlos de su misma edad, y pronto se entretuvo comparando a los que tenían cinturas más prietas. Los más jóvenes se mostraban inquietos, jugando entre ellos e ignorando las reglas de educación del onsen, otra vez las gotas de agua resbalándose sinuosas en sus cuerpos húmedos. Obito parpadeó y comenzó a perder la concentración al reparar en que ya no veía tantas diferencias como antes entre los cuerpos femeninos y masculinos, y que de alguna manera algunos hombres y algunas mujeres podían ser capaces de subir la temperatura del baño de igual modo ante sus ojos. ¿Cuándo había comenzado a pensar así? Su mirada se distrajo más comenzando a buscar obsesivamente si un grupo de muchachos revoltosos se veía atractivo de una forma diferente a la mera admiración de características masculinas que a él le gustaría tener; pero no encontró nada que le provocara envidia. Cuando se dio cuenta de que estaba particularmente interesado en comparar la forma de sus pectorales lisos y la manera en que se movían brazos y algunas piernas que asomaban del agua, se preguntó cómo se vería Deidara si estuviera allí. De seguro sobresaldría, sería más ruidoso que todos, su cuerpo trabajado a diferencia de aquellos que veía, su cintura estrecha y diferente a todas las que había contado, siempre más bello que cualquier mujer u hombre. Le gustaría ver cómo el agua correría por su piel sonrosada por el calor, cómo los cabellos se le pegarían al cuerpo, comprobar si la temperatura le agitaría como cuando lo tuvo debajo suyo, pequeño, en ese infierno de explosiones que sucedió a la mañana.
Su mente dejó de vagar cuando comprendió que tenía una fuerte erección en la que no parecía haber colaborado el calor del agua. Miró paranoico a todas las personas del onsen, sólo para comprobar que el vapor y la profundidad hacían imposible que cualquiera se diera cuenta de su situación. Sintiéndose culpable, intentó expulsar a Deidara de su mente y reemplazarlo por todo cuerpo bello a su alrededor. No sólo estaba fracasando estrepitosamente y comenzando a sentirse sucio y desleal, sino que otra idea inquietante apareció en su mente. Era su primera vez teniendo una erección en unas aguas termales por motivos puramente sexuales y no podía descargar su necesidad en esos momentos. ¿Pero por qué su caso habría de ser la regla? Recordando los rostros de esos hombres que contemplaban a las jovencitas y con el conocimiento de que la temperatura del agua y la relajación podían estimular la circulación sanguínea en el pene, se preguntó como esos viejos verdes salían tan horondos de los baños, físicamente relajados a la vista de todos.
La posible respuesta hizo que se comenzara a sentirse desestimulado, y para cuando comenzó a observar el agua en busca de pruebas incriminatorias, su erección terminó decayendo. Apenas se sintió fuera de peligro, se salió con brusquedad, olvidando hacerlo despacio y sintiendo el cambio en su presión arterial. Maldiciendo mentalmente fue a por las cubetas de agua fría a regular su temperatura hasta que estuvo listo para cubrirse con la toalla e ir busca de sus pertenencias. Ya en el vestuario, se terminó de secar y se vistió con rapidez, concluyendo que había descubierto demasiadas cosas en una tarde. O, mejor dicho, comprobado lo que hacía un tiempo venía sospechando.
Era hora de dejar ese pueblo y volver a Iwagakure. Una vez se internó en la ladera de coníferas, activó el tsukuyomi y apareció en las inmediaciones de Iwa. Sólo había querido alejarse rápido de allí y estar de nuevo en su hotel, aunque no podía decidir si en esos momentos, quería ver o huir de Deidara.
Saliendo del hotel, Deidara criticaba en voz alta a la recepcionista que le había hecho perder tiempo negándose a darle información de Obito con estúpidas excusas de privacidad de los clientes, hasta que él le explicó muy amenazadoramente que cumplía órdenes directas del Tsuchikage y que no dudaría en empezar a volar las alas del hotel una por una. En realidad, sabía que debía enojarse más con Obito, un ninja ya adulto y para colmo extranjero, pero que había decidido escaparse como niño sin avisarle. Como el viejo Onoki se enterara, sólo Deidara sería el que tendría problemas. Al menos el pueblo de las aguas termales que se encontraba a las afueras de Iwagakure no estaba tan lejos, y si se apuraba tal vez podría encontrar a Obito en uno de los dos onsen del lugar y meterse al agua con él mientras lo regañaba. Sus pasos se hicieron algo vacilantes al imaginar a Obito desnudo en medio de las aguas calientes, quizás invitándolo a que se acercara. Su mente se quedó en blanco unos momentos, al tiempo que su corazón se disparaba, dando lugar a la que fue su primera lluvia de pensamientos sexuales con el Uchiha. No tardó mucho en procesar las sugerentes imágenes que lo ensoñaban, aceptando sin tantas vueltas que quería hacer con Obito todo lo que su mente le dictaba en esos instantes.
Esculpió con presteza un halcón de arcilla y se montó al vuelo, atravesando las murallas de Iwa por el aire mientras los guardias de la puerta le insultaban y le gritaban por enésima vez algo de respetar el protocolo de seguridad shinobi.
Obito sintió un chakra conocido y se apercibió de la ya conocida sombra voladora. Apresurando el paso, entró en Iwagakure bajo la afilada mirada de los guardias, ignorando que le dejaban pasar sólo con la esperanza de que su libre circulación metiera a Deidara en problemas. Pero antes de alejarse definitivamente, la lente de Deidara le captó subiendo los niveles de la aldea, y con un retozo más algo de decepción por perderse la oportunidad de las aguas termales, el artista emprendió el descenso. Quería darle un buen susto por casi ponerlo en mala disposición con su sensei, por lo que se ocupó de seguirlo con sigilo y a una distancia prudente, ya que más de una vez el Uchiha se giró para observar perspicazmente a sus espaldas.
La duda volvió a apoderarse de él cuando, a través de la entrada vidriada, Deidara se percató de que la recepcionista que antes le había causado problemas coqueteaba abiertamente con el recién llegado. Su primera idea fue entrar al hotel y llevárselo arrastrando, fuera a la habitación o a la calle, pero la sombra de sus pensamientos le hizo agarrar el pomo con una suavidad que no le era propia. Volvía a dudar acerca de si a Obito también podrían gustarle los hombres como a él, y aunque quería irrumpir y alejarlo de la desconocida a la que le estaba mentando todos los ancestros, al mismo tiempo una enorme curiosidad le estaba exigiendo presenciar toda la escena.
Obito aún estaba demasiado afectado por su descubrimiento como para procesar con paciencia el hecho de que ahora parecía ser popular y la recepcionista se le estaba insinuando. Un par de años atrás se habría esforzado en ser cortés con ella, pero ahora su mente no estaba allí como para ponerle atención a las cosas que le platicaba. Sólo quería la llave de su habitación.
–Disculpa, pero estoy cansado y tengo prisa. Necesito pasar a mi habitación– la cortó con sequedad cuando ella comenzaba a preguntarle por qué había vuelto tan rápido del pueblo de las aguas termales.
La mujer se giró con presteza y buscó la llave, intentando no mostrarse afectada. Obito la tomó con algo de brusquedad, para sentirse mal luego. Sin embargo, cuando la miró buscando una excusa para su comportamiento, nada vino a su mente. Giró sobre sus talones hacia el pasillo, riéndose de sí mismo.
"Supongo que ya no es igual a cuando me gustaban las chicas".
El pensamiento lo congeló en su sitio. Respirando agitado, volvió a girar en dirección opuesta y corrió ciegamente hacia la puerta mientras dejaba la llave en el estante de la recepción con un fuerte golpe, ganándose una mirada escéptica de la mujer.
"¡Qué!", gritaba en su mente, cuando se detuvo ante la visión delante suyo.
Bajo el portal, Deidara lo miraba con expresión algo confundida, una ceja levantada y una pequeña sonrisa torcida. El corazón de Obito saltó en su pecho, pero se vio avanzando con paso celero hacia el chico.
–Olvidé avisarte que salía– mintió –. Pero te traje esto– y sacó de la gabardina el sobre de papel madera que contenía el palillo de madera sobre el cual estaba esculpido el fénix de caramelo.
Deidara lo tomó y observó el caramelo, comenzando a analizar de inmediato la técnica y la práctica que se notaban en la golosina color ámbar.
Obito supo por dónde iba el hilo de sus pensamientos; aquellos ojos claros dejaban traslucir alguna obsesión de Deidara con el arte. Y eso le gustaba.
–No te olvidaste de nada, hm– acusó radiante –. Y no vas a ganarme con una golosina como se les hace a los niños si es que Onoki-sensei se entera de que saliste de la aldea solo, hm.
Obito se sintió mal, su sonrisa trunca. Aunque era un jonin, no había pensado en las posibles implicancias de sus acciones en una tierra a la que no pertenecía.
–Oh, yo…– empezó avergonzado.
–Pero lo dejaré pasar porque este arte sólo se consigue con gran rapidez y habilidad antes de que se endurezca el caramelo. El arte es fugaz como una explosión, ya te dije– resolvió, mientras mordía la cabeza del fénix.
Obito se esforzó en retomar su capacidad de habla.
–Si es artístico podrías conservarlo…– sugirió.
–¿Y que se llene de hormigas que acaben con su belleza? El arte es efímero, y además es un caramelo, tonto– prosiguió Deidara, luchando con los contornos de unas plumas que se pegaron a sus labios.
Obito tragó con dificultad, la visión no parecía real.
–¿Y cómo te fue en el pueblo, hm?
–Nada allí era más interesante que Iwa– respondió distraído, sin poder quitarle la mirada de encima. De alguna forma, lo que estaba viendo era mejor que el erotismo de un baño público, hombres y mujeres incluidos.
–¿En serio, o es que no sabes divertirte solo?– Deidara rompió con sus dientes blancos las patas del animal.
Pero Obito se sentía muy lejos de la tierra. Le mantuvo la mirada sin responder unos momentos, concentrado sólo en admirar como el artista jugueteaba con el caramelo. Le hacía feliz que le gustara. Quería llenarle de cosas que le gustaran.
–En serio. Pero si quieres que nos divirtamos juntos, tengo en la habitación las fotos de las aves de Konoha que me vienes pidiendo hace mucho. Si quieres puedes pasar y de paso comer el caramelo con más comodidad– habló ilusionado, sin pensar en cómo sonó.
Deidara dejó de lamer para clavarle unos ojos dilatados, sopesando aquellas palabras. Contrario a sus esperanzas, cuanto más trataba con él más se confundía acerca de si Obito era o no un torpe.
–Está bien, vamos.
Obito abrió la puerta del hotel, feliz, volviendo a ingresar.
Pidió la llave de su habitación sin poder quitarle la vista de encima a Deidara, quien lamía descaradamente el caramelo mientras le dedicaba una mirada extraña a la recepcionista, mirada que Obito no alcanzó a entender, pero que tampoco le preocupó demasiado.
Deidara le arrebató la llave y abrió el paso no sin una última mirada de triunfo hacia la mujer, que ahora lo miraba sonrosada. Obito le siguió, sin enterarse de nada.
–No creí que acostumbraras a invitar a menores a tu habitación a divertirse contigo, hm– dijo convenientemente cuando se alejaron lo suficiente, con toda la maldad que se le ocurrió.
–¿Q-qué?– Obito sonó como si acabara de salir de un velorio.
–Dijiste eso, y que podría comer cómodo el caramelo allí, hm– siguió como si nada mientras lo miraba por sobre el hombro.
Obito recordó todo lo que dijo y la manera en que lo hizo sonar, y la sangre se le fue al rostro.
–¡Oye, y-yo, yo no quise sonar así!– exclamó desesperado, comprendiendo la magnitud del malentendido. Se estaba comenzando a asustar –. ¡Deidara, yo no soy así!– casi gritó, mientras el chico se detenía frente a la puerta de la habitación y comenzaba a colocar la llave. Tenía que aclarar los tantos con urgencia.
–¿A qué te refieres?– preguntó con falsa inocencia, mientras giraba para abrir –. O… ¿Estás pensando cosas raras, Obito Uchiha?– preguntó con una sonrisa que no ocultaba que se estaba vengando por el interrogatorio acerca de la nalgada.
El corazón de Obito estaba al límite, pero presentía que Deidara también podía estarlo detrás de esa venganza algo infantil. Suspiró y pensó, tenía que dejar algunas cosas en claro. Ser el adulto.
–Deidara… Puedes estar tranquilo de que soy un hombre serio– habló con toda la tranquilidad de la que fue capaz, preguntándose cómo se tomaría sus palabras. Al menos estaba siendo sincero.
Aunque no era lo que esperaba, a Deidara esa respuesta le gustó. Le hizo sentirse más tranquilo, aunque no por ello dejaría de pincharlo en cuanto tuviera oportunidad. Finalmente abrió la puerta y entró.
–Sólo bromeaba, hm– le miró desde adentro, volviendo a morder el caramelo –. ¿Vas a mostrarme esas fotos ya, hm?
Obito lo contempló, serio pero fascinado, una vez más.
–Claro, ponte cómodo– dijo mientras entraba él también, cerrando la habitación con llave.
Al fin puedo actualizar, Lybra se muere. No es muy largo y es un capítulo de transición para lo que vendrá, pero se siente como volver a respirar luego de meses sin escribir nada, dolor eterno. Ignoro qué sigue: Consecuencias, Políticamente Incorrecto, Mastermind o Encuentros por un largo tiempo. Espero poder escribir todo eso ahora que se acerca el verano. He vuelto :D
Era necesario aclarar algunas cosas, y sobre todo que Obito se aclarase en cuanto a sus gustos: él lo venía sospechando, pero ahora no tiene más excusas para no asumir sus nuevos intereses. Puede que haya incomodado, pero a partir de ahora ya no podrá escapar. Es una preparación para lo que se viene.
Alphabetta, la posibilidad del pic nic me hizo pensar en cosas perv. Quizás estar baneado de todos lados tenga su parte buena. Pensé mucho en las ropas algo modernas de Obito y no me resistí a incluirlas, sobre todo es un fanservice para Dei. Al final nos quedamos sin ambulancia porque Kurotsuchi como reina tiene privilegios jiji, por lo que hay que volver a la vieja y confiable cubeta para la sangre. Se que es corto, pero espero que lo disfrutes y gracias por tanta paciencia :D
Sayo!
