No podía creer que se hubieran salido con la suya otra vez. Y lo peor era que en esta ocasión no solo le habían roto sus apuntes de la clase -los pocos que lograba hacer- sino que también se habían metido con su libro de conjuros e invocaciones.
Era el único que tenía y ahora sus páginas estaban hechas trizas.
Los ojos morados, delineados apenas en su zona inferior con un delineador negro, miraban horrorizados los trozos de papel que minutos antes habían formado palabras y oraciones coherentes, al menos para alguien como él que respetaba e invocaba a seres de otros mundos y dimensiones.
¿Cómo iba a disculparse con los seres del Más Allá? Iban a venir por su alma debido a la blasfemia que había dejado cometer.
Itchy siempre se había prometido no llorar, no desde esa única vez en la que le habían arrebatado su inocencia siendo más pequeño y en la que se había quedado seco después de tanto llanto. Además, con la compañía de los espíritus, ya no sentía ese horrible ardor y vacío que era la soledad, pues se encontraba acompañado y asistido por otras almas, así fueran lejanas.
Y ahora esas almas no volverían, no hasta que consiguiera otro libro y pudiera contactarlas nuevamente, a través de un duro proceso que le había costado años dominar.
Las lágrimas de rabia ya habían aparecido en sus ojos luego de estar ocultas y siendo reprimidas por tanto tiempo en su corazón. Apretó los dientes, transformó sus manos en un puño y comenzó a golpear duramente el suelo hasta que sus nudillos comenzaron a sangrar.
Gritó hasta que la misma voz empezó a dolerle y su maquillaje fue destiñéndose gracias a las gotas de agua salada que ahora dejaba correr por sus mejillas. Y hubiera seguido de esa forma, de no ser porque algo detuvo los golpes que estaba dando.
Sintió una superficie acolchada, cálida y grande que le hizo abrir los ojos para saber a donde había ido a parar una de sus manos. Y se encontró con una mano enorme y morena.
Tuvo un escalofrío, pero juntó valor y elevó los ojos, directo a aquel que estaba frente a él.
Era un tipo de dos metros de alto, quizás más e Itchy se encogió inmediatamente en su lugar al verlo.
Lo único que podía esperar de ese individuo era que lo golpeara, que lo descuartizara e incluso que lo violara, porque no había nada bueno que los demás pudieran hacer por él.
Esos pensamientos se encargaron de que sus ojos se opacaran, dándose cuenta de que había nacido en este mundo por error y que si su felicidad dependía de otros seres lejanos entonces no hacía más que confirmarlo.
Él no tenía que estar ahí.
El contrario, por su parte, al ver como esos ojos morados perdían su brillo, se agachó hacia él y unió sus frentes, manteniendo sus ojos dorados abiertos de manera tal que sus miradas chocaron aún si Itchy no lo estaba viendo.
No necesitaba que lo viera. Solo que notara ese mínimo segundo en el cual un arco de brillo demoníaco atravesara sus pupilas de forma diagonal.
Y lo hizo, porque Itchy había visto más de una vez aquel detalle.
En su libro, en sus sueños, en películas…
Fue por eso que se dejó tomar de la cintura y alzar, porque aparte de que ese tacto hizo que recuperara un poco la consciencia, se le hizo tan delicado y cuidadoso que simplemente decidió cerrar los ojos y dejarse llevar, confiando en él.
Itchy no tenía un ángel como guardián, él tenía un demonio.
Y lo había venido a buscar para llevarlo al lugar en el que siempre tuvo que estar.
Itchy y Jyushimatsu Cheeto.
Ahora mismo.
