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Súper Kate
Había pasado una semana desde su compra nefasta en el supermercado y, aunque Rick no quería decir nada en voz alta por si lo gafaba, podía asegurar que con Kate lograría sobrevivir los meses que quedaban para cumplir el contrato de la editorial.
―Montgomery nos ha dejado plegar antes hoy, los niños estarán contentos de verte ―dijo Kate con una sonrisa de lado a lado mientras conducía―. ¿Quieres que te acerque a la farmacia antes de llevarte a casa?
Rick se abstuvo de decir que no hacía falta. Llevaba tres semanas trabajando con ella y, en ese tiempo, se había dado cuenta de que Kate hacía esas cosas porque quería, no por obligación o pena. Lo recogía a primera hora de la mañana con un café que ella misma compraba. Luego lo acercaba a casa y hablaban de los niños porque a ella le gustaba hacerlo. Se preocupaba por los pequeños, solía preguntar por ellos cada día. Incluso aguantaba todas y cada una de las anécdotas que él le contaba sobre ellos con una sonrisa. Era una mujer extraordinaria.
Con un suspiro, Rick dejó de observarla como un idiota embobado para mirar hacia la carretera. Se frotó los brazos por encima de su camisa y dijo:
―Iba a comprar los medicamentos mañana, hoy no llevo dinero.
Ella condujo durante unos segundos en silencio. Hasta que elevó su voz con un tono serio y preocupado que hizo pestañear a Rick.
―Llevas todo el día frotándote los brazos. ¿Tienes frío?
―No, no es nada.
― ¿Tienes alguna chaqueta a parte de la que te robó Sloan?
Él no contestó y eso fue como una respuesta para ella.
Se acercaba el invierno y Rick tenía que aprovechar el poco dinero que tenía para abrigar a sus hijos. Apenas pudo comprar bufandas a los niños, así que no podía permitirse adquirir una chaqueta nueva.
De repente el coche paró y Rick se dio cuenta de que Kate se estaba quitando el cinturón. Pero estaban a media hora de la casa de él.
―Sal del coche.
― ¿Qué? ―preguntó Rick, pero Kate ya había salido.
Rick se apresuró a salir, en cuanto lo hizo el frío de las calles de Nueva York lo invadió y se abrazó a sí mismo.
Kate cerró el coche con las llaves y caminó calle arriba.
― ¡Espera Kate! ¿Qué...? ―calló cuando ella abrió la puerta de una tienda de ropa y se quedó en la entrada, alargando un brazo hacia el interior para que él entrara.
―Vamos a comprarte una chaqueta Rick, es una orden.
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Dos horas más tarde, Rick picó la puerta de su casa haciendo malabarismos con las bolsas que tenía en ambas manos. Tres eran de ropa y una tenía los medicamentos de Mathew.
La cara de sorpresa de su madre al verlo no tuvo precio.
― ¿Eso es una chaqueta nueva? ―dijo nada más abrir la puerta.
Rick entró a la casa cerrando él mismo la puerta. Caminó por el comedor y dejó las bolsas sobre el sofá. Desde allí pudo ver el Crow Victoria de Kate encenderse para, después, salir del estacionamiento cruzando la calle. Era como si ella esperase a ver que él estaba a salvo en casa para irse. Siempre hacia eso.
― ¿Richard, qué sucede? ―comentó su madre en el mismo momento que los niños y Alexander bajaron las escaleras. Su padre tenía a las gemelas de un año dormidas en brazos. Mathew, Alexis y Emery corrieron a las piernas de su padre.
Ignorando el comentario de su madre, Rick se agachó para corresponder a sus hijos con besos y un abrazo muy grande. Aunque no tardaron en separarse al darse cuenta del aspecto de Rick.
―Papá, ¡te ves guapo! ―dijo Mathew tocando la chaqueta larga de Rick.
― ¿De verdad? Ha sido un regalo de Kate.
Tanto su madre como su padre abrieron las bocas sorprendidos, aunque lo más gracioso fue el "¿de verdad?" colectivo de los niños.
―Vaya ―habló Alexander mirando a su hijo de arriba abajo―. Es un buen abrigo. Con eso no pasarás frío.
―Abriga ―asintió Rick―, pero creo que Kate se ha enfadado.
― ¿Qué has hecho? ―pestañeó Martha.
―Mentirle.
Las miradas maravilladas de sus hijos se transformaron en una de no entender, mientras que las de sus padres cambiaron a una que parecía culpar al escritor.
―Le dije que no tenía frío y ella paró el coche, me llevó a una tienda de ropa y me compró esto ―se señaló la chaqueta―. Fue una orden. También me interrogó sobre si los niños tenían ropa de invierno y...
No dijo nada más, se limitó a señalar las bolsas de medicamentos y ropa.
―Durante todo el rato que estuvimos en la tienda ella solo me habló para preguntarme qué necesitaban mis hijos. Estuvo seria mientras conducía y no se despidió de mí ―habló él mientras su padre y su madre miraban el contenido de la bolsa―. Creo que está enfadada porque, a pesar de que le hablo cada día de los niños, no le dije que no tenía toda la ropa que necesitan para el invierno.
Ni Alexander ni Martha pudieron pronunciar palabra, solo Alexis habló con un tono emocionado que no estaban acostumbrados a escuchar en ella.
― ¡Hay guantes rosas! ¡Mira papá, tenemos gorros para todos! También hay muchos calcetines y pantalones de lana.
Durante un buen rato, los niños se dedicaron a sacar la ropa de las bolsas como si fueran regalos de navidad, y Rick no los culpaba, ni siquiera en navidad era capaz de comprarles tantas cosas como las que había en esa bolsa.
Alexander se sentó en el sofá con los bebés en brazos y miró las tallas de ropa.
―También hay ropa para las gemelas ―casi susurró Alexander―. Y unos pijamas para todos... Richard, ¿cuánto se ha gastado esa mujer?
La voz de su padre se notaba profunda y tocada, claramente conmocionado por la generosidad espontanea de aquella detective.
―Kate conocía al dueño del establecimiento, él le hizo un descuento, o eso creo ―se rascó la cabeza―. Aun así se ha gastado bastante.
―Kate cuidar ―dijo Emery de la nada, abrazándose a la pierna derecha de su padre como si fuera un osezno pequeño. Rick cogió a su hijo en brazos y besó su nariz. Cuando el niño tuvo a su padre a la misma altura, extendió sus pequeñas manos hacia la cicatriz de su ceja y dijo―: Ya no pupa, Kate cuidar.
―Sí pequeño, Kate me cuida ―Rick se dio cuenta de la verdad que estaba diciendo su hijo―. Me cuida de los malos y se preocupa por vosotros. Hablo mucho de vosotros, casi a cualquier hora ―eso hizo reír a Alexis y Mathew―. Kate siempre me escucha y se ríe de vuestras trastadas.
―Richard, hijo, por lo que más quieras ―susurró su madre con la voz afectada―, no pierdas a ésta.
Rick no supo si su madre se refería a Kate como mujer o como compañera. Pero él supo que, fuese como fuera, lo que no quería es perder a Kate. Y menos por una tontería.
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Kate no le hablaba. No le dirigió palabra durante todo el día y ese era el último de la semana, si llegaban al Crow Victoria al que ella ya estaba caminando, no la volvería a ver hasta la siguiente semana. Y Rick no podía estar todo ese tiempo sabiendo que ella estaba enfadada.
― ¡Kate espera!
La aludida paró a dos pasos de su coche, se dio la vuelta y lo miró con los ojos impasibles. Afortunadamente no había nadie en el aparcamiento del edificio, sino Rick estaba seguro de que ella subiría al coche sin mirar atrás.
―Escucha, sé que te molestó que te mintiera sobre lo de la ropa ―Kate apretó los labios pero se mantuvo en silencio―. Y lo siento, lo siento mucho. Te hice daño, hice parecer que no confío en ti, pero eso no es cierto Kate. Fuera de mi entorno familiar eres la única en la que confío.
Los hombros de ella se destensaron unos centímetros, Rick pudo notarlo a través de las hombreras de la chaqueta de traje de ella.
―Pero yo nunca he tenido esto ―la señaló a ella―. Nunca he tenido una persona que, diariamente, me pregunte por mis hijos y me escuche durante horas hablar de ellos. Incluso a Roy y Bob, a los que quiero como hermanos, no puedo hablarles tanto como te hablo a ti de mis hijos. Así que tengo miedo, estoy aterrorizado Kate.
Ella elevó las cejas hacia arriba y entre abrió un poco la boca.
―Tengo miedo de sobre cargarte de información, de hablar demasiado o pedir algo que no te corresponde. Tengo miedo de alejarte Kate.
Durante un minuto ella no dijo nada. Solo se mantuvo en silencio, observándolo con los brazos cruzados y la cara seria. Hasta que suavizó su rostro.
―Yo no soy como los demás policías que has seguido, Rick. Yo te siento como un compañero ―eso hizo que Rick abriera la boca sorprendido―. No tienes que estar sorprendido ―chasqueó los dientes ella―. Eres inteligente y, aunque no quieras reconocerlo o no lo veas, ayudas en cada caso. Tus teorías certeras hacen que vayamos más deprisa, eso puede salvar vidas cuando se trata de asesinos en serie.
Rick abrió la boca para hablar pero Kate extendió una mano en forma de stop.
―Siempre he sido sincera contigo Rick, lo sabes. Para mí mis compañeros son como mi familia, será porque ya no tengo familiares vivos ―se encogió de hombros y su mirada se endureció durante unos segundos―, pero es importante. Daría mi vida por ellos hasta fuera del trabajo.
Rick tragó saliva sintiendo una extraña acumulación en el pecho.
―Y en cuanto a tus hijos... ¿Los momentos en los que desayunamos en el coche, mientras me hablas de ellos? Esos momentos son lo mejor de mi día.
Oh Dios, ¿era su imaginación o Rick podía sentir su corazón palpitar en los tímpanos de sus orejas? Rick tragó saliva cuando ella sonrió.
―Esos niños son tan especiales Rick. Alexis es inteligente, protectora y más madura que los niños de su edad. Mathew es vivaz, fuerte, un luchador que no se rinde nunca a pesar de su enfermedad. Emery no habla demasiado, pero por lo que dices tiene una imaginación sin límites y puede desarmarte con un abrazo. Y las mellizas apenas tienen un año, pero por cómo llaman tu atención cuando están despiertas te sacaran todas las canas con sus primeros novios.
Rick se llevó una mano al corazón y gimió, aquella mujer le iba a provocar un infarto.
―Por favor, no menciones a mis niñas y la palabra novio en la misma frase ―desvió el tema con humor de lo que en realidad estaba pensando: que Kate era más que extraordinaria.
Con una sonrisa, Kate relajó por completo sus hombros.
―Eres un gran padre Rick y todo lo que cuentas de tus hijos... Esos niños son especiales y me duele saber que no confías en mí para decirme que no tienen ropa. Porque Rick, a mí me da igual ayudarte, quiero ayudarte. No conozco a tus hijos pero se me cae el alma al suelo solo de pensar que pasan frío.
―Intento hacer lo que puedo, pero a veces no doy abasto y... ―suspiró―. Normalmente hay más cosas malas que buenas ―reconoció―. Sobre todo porque tienen problemas.
Kate avanzó dos pasos hacia él.
― ¿Problemas? ¿Qué problemas? ―dijo a toda prisa Kate―. ¿Están bien? ¿Mathew ha empeorado?
―Están bien Kate. Mathew tiene problemas con su asma y con lo movido que es cuesta mantenerlo a raya, ya lo sabes. Alexis lo pasa mal en la escuela por culpa de otros niños y Emery tiene problemas de confianza y apego. Las mellizas lloran a todas horas pidiendo atención y los vecinos se quejan.
―Oh Rick...
Por el tono de Kate él supo que estaba realmente preocupada, así que, en un movimiento inconsciente, él le cogió las manos para apretarlas con ternura.
―Prométeme que me dirás lo malo también ―exigió Kate―. Por favor. Tanto de los niños como de ti. Si tienes frío me lo dices, no esperes a coger una pulmonía.
―Te lo prometo. ¿Me perdonas?
―No hay nada que perdonar.
―Ah, por cierto ―Rick se sacó un pequeño sobre del bolsillo interior de su chaqueta―. Los niños hicieron un regalo para ti.
Kate cogió el sobre con la boca muy abierta.
― ¿Para mí? ―los ojos de ella se iluminaron como si hubiese visto a Santa en persona.
―Sí, ábrelo.
Ella obedeció al instante. Con cuidado, Kate abrió el pequeño sobre lila para descubrir una tarjeta pintada a mano. Era una hoja blanca de libreta doblada por la mitad con un dibujo de Kate en el interior, al lado un "Súper Kate" adornaba el espacio con letras gruesas pintadas de todos los colores.
―Me parezco ―sonrió Kate de lado a lado sin quitar ojo a la hoja.
―Los niños me hicieron describirte con todo detalle, aunque lo que realmente les ayudó fueron las imágenes de los periódicos. Mi madre guardaba uno con una foto tuya en la primera página que... Mierda, me estoy yendo por las ramas otra vez ―gimió―. Mira el interior.
Obedeciendo de nuevo, Kate abrió la tarjeta y se llevó una mano a la boca para contener un gemido. Dentro de la cartulina había un "gracias por cuidar a papá" con caligrafía de niño y, debajo de la frase, los niños habían firmado con sus huellas de las manos. Incluso estaban las de las gemelas.
―Es precioso ―gimió Kate con voz rasposa.
― ¿Te gusta? ―preguntó tímido y cuando ella elevó su cabeza para mirarlo, Rick perdió la respiración. Kate tenía los ojos vidriosos y una sonrisa entre abierta que nunca había visto en ella.
― ¿Gustarme? Si me hubieras enseñado esto por la mañana no habría estado todo el día sin hablarte.
"Maldita sea", pensó Rick mientras Kate volvió a mirar la tarjeta, concentrada en pasar sus dedos por las huellas de las manos de los niños. "Kate de verdad se preocupa por mis hijos". Inspiró con fuerza y se dedicó a contemplarla en silencio. Ella había hecho mucho por él en menos de un mes, y por todos los Dioses ―si existían―, que él iba a hacer lo mismo aunque no tuviera dinero. Solo tenía que estar allí para ella como ésta lo estaba para él.
"Por favor Kate, no me enamores", rogó Rick para si mismo justo en el mismo momento en el que un compañero policía pasó y ella lo saludó enseñándole la tarjeta de los niños con orgullo.
Oh Dios, estaba tan perdido.
