ALERTA LECTORES!..este capitulo tiene contenido LEMMON, lean bajo su propia responsabilidad y tengan un balde de agua a la mano jajajajajajajajaja.

Disfrútenlo! ;)

CAPÍTULO 7

—Por aquí no se va a mi casa. —Bella miró a Edward con recelo.

—Lo sé —replicó éste, sin siquiera mirarla.

Nada más abandonar el restaurante, había tomado la dirección contraria a la de la casa de Bella. ¿Qué pretendía ahora y cuánto más iba a durar aquel calvario?

—¿Dónde me llevas? Si no te importa, quiero irme a casa. Ahora.

—Quiero enseñarte algo —le dijo, sonriéndola con aire misterioso—. No tardaremos mucho, te lo prometo.

Tenía dos opciones: comenzar a discutir o aceptar que le llevara a ver lo que quería que viera. Suspirando, decidió aguantar un par de minutos más en el reducido espacio del coche de Edward. Un par de minutos más de tortura, mientras miraba furtivamente su increíble perfil, su grueso pelo cobrizo, sus penetrantes ojos verdes, e inhalaba el embriagador perfume de su colonia. Una auténtica tortura; pero ella era valiente. Podría aguantarlo un poco más.

Estaba tan ocupada observando a Edward que no se fijó en hacia dónde se dirigían, de manera que se sorprendió al comprobar que estaban entrando en El acantilado de Forkie, llamado así porque la zona se hallaba en lo alto de un acantilado que daba a Forks.

¡Dios santo, pero si era la zona a la que todos los adolescentes iban a meterse mano! Nunca había estado allí, pero sabía perfectamente dónde estaba, y los demás chicos del colegio le habían contado suficientes historias sobre ello.

—¿Me estás tomando el pelo?

Edward detuvo el coche y se volvió para mirarla.

—Pensé que nos vendría bien parar a hacer un poco la digestión y observar las estrellas. Es una noche preciosa y no me apetecía dejarte en casa tan pronto. No te importa, ¿verdad?

—¿Importarme? Claro que no, ¿por qué habría de importarme?

Genial, ¿entonces por qué le sudaban las manos? Y de todas formas, ¿qué edad tenía? Tal vez la edad no importara para acudir al sitio oficial de magreo del pueblo.

—Salgamos a ver esas estrellas. —Salió del coche y se dirigió hacia la puerta de Bella, abriéndosela y ofreciéndole la mano para salir.

Sin ninguna gana, Bella puso su mano sudorosa sobre la de él y dejó que la sacara del coche; pero en lugar de soltarle la mano, Edward la mantuvo agarrada mientras caminaban hacia el borde del acantilado. Bella podía sentir su calor y su fuerza al sentir cómo sostenía con firmeza su manita entre las suyas enormes. Lo que estaba claro era que sus manos no estaban sudorosas.

Llegaron al borde del acantilado y Edward puso a Bella frente a él.

—Preciosa —le susurró al oído.

Bella estaba de acuerdo. Era una noche perfectamente clara y a través del cielo de verano se veían miles de estrellas, tan cerca que estaba segura de que si alargaba la mano podría tocarlas. Se levantó una suave brisa que acabó con la incomodidad de la humedad del día, y, abajo, las luces de Forks reflejaban las que había en el cielo, haciéndolas parecer imágenes reflejadas.

—Sí que lo es —murmuró, maravillada ante la vista que jamas habría conseguido ver entre los rascacielos de Nueva York—. Nunca había visto nada parecido.

—Me refería a ti, no a la vista —le susurró Edward con voz ronca al oído, al tiempo que la rodeaba con los brazos. Estaba tan cerca que podía sentir cómo su respiración le despeinaba el pelo de la coronilla; tan cerca como para sentir su torso contra su espalda, sus brazos sujetándola por la mitad, justo debajo del pecho.

Los pezones se le endurecieron y le dio miedo volver a respirar.

-Estoy seguro de que ya habías visto esto antes. La vista desde aquí siempre ha sido así.

—Nunca había estado aquí. —La increíble belleza de las luces que brillaban por encima y por debajo suyo y el hecho de que Edward la tuviera entre sus brazos la tenían completamente hechizada. Allí arriba se respiraba paz y tranquilidad. No había más ruido que el murmullo de las hojas de los árboles moviéndose al compás de la suave brisa de verano. Era como si estuvieran completamente solo en el universo. Solos, Edward y ella.

La obligó a darse la vuelta, para que la mirara.

—¿Cómo que no lo habías visto antes? —El rayo de luna iluminaba su rostro inquisitivo.

—Ya te lo he dicho: es la primera vez que vengo aquí. —Genial. Otra cosa de la que avergonzarse. ¿Quién iba a querer salir con la friki del teatro, de todas formas?

—Joder, Bella, eso sí que es una sorpresa. En todo el tiempo que viviste aquí, durante los años del colegio, ¿ningún chico te trajo aquí?

Se echó a reír ante la voz de asombro con que lo había dicho.

—No, Edward, nadie me había traído aquí hasta esta noche. Supongo que me había perdido una vista maravillosa todo este tiempo. No tenía ni idea de que fuera tan bonito.

—Lo que te has perdido no se reduce sólo a eso, muñeca. —De pronto, sus ojos se oscurecieron como si acabara de pasar una nube y una chispa de diablura brilló en sus órbitas esmeralda—. Sabes a qué subían los chavales aquí, ¿verdad?

—No soy tan inocente, Edward. Claro que sé qué se venía a hacer aquí, sólo que nunca...

—¿Nunca llegaste a experimentarlo tú misma?

Asintió, sintiéndose estúpidamente inepta; un vestigio de la niña timida que fue volvía para atormentarla. Bella jamás había pensado que se estuviera perdiendo nada excepcional por no ir allí. Por supuesto que conocía todas las historias de quién quedaba con quién en El acantilado de Forkie, y quién se había quedado embarazada en qué coche. El típico cotilleo de un pueblecito. Pero nunca había echado de menos que ningún chico la llevara allí.

¿Por qué lo echaba de menos ahora? ¿Con Edward? ¿Y por qué le molestaba que obviamente Edward guardara buenos recuerdos de aquel sitio? Claro que había traído a otras chicas allí, Edward había sido un chico popular en el colegio, el chico malo con el que toda niña buena quería salir. Después de tantos años, no debería molestarle ¿así que, por qué le molestaba?

—Creo que ya iba siendo hora de que alguien te enseñara lo que te perdiste. —Su voz bajó hasta hacerse apenas audible. Le acarició los hombros desnudos, retirándole el pelo y tomando unos de sus rizos antes de que cayera hacia atrás, dejando que se le enredara entre los dedos mientras la miraba con ardor.

—No.

—¿Sigo dándote miedo? —Estaba provocándola.

Trató de liberarse de su abrazo, pero él se lo impidió.

—No me da miedo nada, Edward Cullen, y menos tú. Ya no tengo dieciséis años, sé perfectamente bien qué hago y qué es lo que quiero, y esto no es lo que quiero.

—Creo que estás mintiendo. Tú y yo hemos estado jugando al ratón y al gato estos últimos días, Bella. Yo estoy listo para saltar, ¿y tú? ¿Estás lista para que te coma?

Oh, Dios. Oh, Dios Santo. No quería pensar en esas imágenes. Imágenes primarias de ellos despatarrados por el suelo mientras Edward le comía el chocho mientras ella gritaba extasiada en la tranquila noche.

—No. —El corazón le latía desbocado, la transpiración le caía por el canalillo y las bragas se le humedecieron de la excitación.

—Demuéstralo. —Sus ojos brillaron con una pizca de humor y de reto—. Bésame una vez; un beso fuerte y apasionado. Dime que no sientes nada y te dejaré en paz.

Si le besaba, no le dejaría ir. Le roía el hambre; se moría por eso: por el sexo, por sentirse libre y salvaje por una vez en la vida.

No sería capaz de sobrevivir.

—No tengo que demostrar nada.

—Cobarde.

—No soy una cobarde; simplemente, me niego a seguirte este juego de niños.

—Eso es porque me tienes miedo. Un beso, Bella. Sólo un beso fuerte y apasionado. Enséñame lo que sabes hacer y te dejaré en paz para siempre.

De acuerdo, un beso. Podía hacerlo. Sólo tenía que darle un besito y se libraría de él. Un pico rápido para deshacerse de Edward para siempre. Valía la pena, para recobrar su cordura.

—Está bien. —Se inclinó sobre él, le tomó la cabeza entre las manos y puso los labios contra los de él, apretando los labios con fuerza. Lo acabó tan pronto como pudo, dando un paso hacia atrás con una sonrisa de satisfacción en la boca. Ya está, lo había hecho; le había dado un beso, no había sentido nada, y se había acabado.

Si no fuera porque Edward estaba riéndose.

Venga, el beso tampoco había estado tan mal, ¿no?

Edward se acercó a ella, que se había alejado de golpe, y se inclina hasta que sus narices casi se tocaron. Su aliento le acariciaba la mejilla y sus ojos se encontraron.

—Muñeca, eso ha sido, sin duda alguna, un beso fuerte, pero apenas ha sido apasionado. El trato era un beso fuerte y apasionado. — Deslizó una mano por detrás de la nuca de Bella y puso la otra en su cadera, tiró de ella para acercarla, apretando al hacerlo su musculoso cuerpo contra el de ella—. Puesto que no quieres hacerlo bien, lo haré yo por ti.

Bajó los labios hasta los de ella, e hizo con ello que el mundo de Bella se volviera del revés.

A Bella ya la habían besado antes. Pero no así, ningún beso había sido como este. Nunca la habían besado con este tipo de pasión e intimidad. Edward le dio lo que ella no había estado dispuesta a darle a él, lo que había tenido miedo de darle: un beso cargado de sentimientos, lleno de emociones.

Un beso que pedía a gritos deseo y necesidad, secretos oscuros. Secretos que se moría por descubrir.

Edward exploró la textura de su boca con la lengua, deslizando los labios una y otra vez sobre los de ella, mientras sus lenguas jugaban a un ritmo sensual. El cuerpo de Bella, temblando, se aferraba a él para no caerse mientras sus fuertes brazos la sostenían.

No había un solo resquicio de su cuerpo que no pidiera a gritos que le tocara. No pudo ahogar los gemidos de placer que escapaban de sus labios cuando él le recorría el cuerpo con sus manos, animándole a que siguiera sus exploraciones por la garganta, por los brazos, por la espalda. Tocara donde tocara, sus terminaciones nerviosas prendían fuego hasta que apenas pudo mantenerse en pie. Si no la hubiera tenido agarrada en sus brazos, probablemente se hubiera caído al suelo.

Pero ella también quería tocarle. Llevaba demasiado tiempo preguntándose qué habría pasado si hubiera dado ese paso con él, si se hubiera permitido reconocer lo que sentía por él.

Por una maldita vez, no quería sentir miedo.

Deslizó las manos por encima de los brazos de Edward. Sus bíceps se tensaron cuando se agarró a ellos para intentar acercarse más. Apartó la boca de la de él y le recorrió a besos la barbilla y la garganta, sintiendo en el cuello cómo se le desbocaba el pulso cuando tocaba el punto en el que su sangre bombeaba a un ritmo desenfrenado.

El hecho de saber que sus besos afectaban a Edward tanto como a ella le excitó increíblemente. Le mordisqueó suavemente el hombro. Edward gruñó y metió las manos entre el pelo de Bella, acercándola más, envolviendo sus puños con mechones de pelo y volviendo a arrastrar los labios sobre los de ella.

A Bella le flaquearon las rodillas. Estaba recostada sobre el brazo de Edward, prácticamente boca abajo. De pronto, la levantó en volandas, sin dejar de besarla; se acercó a una mesa de picnic que había cerca y la tumbó encima.

Bella abrió los ojos para ver la mirada luminosa de él estudiándola detenidamente. La luna llena iluminaba con claridad sus facciones y su cuerpo. Sus ojos la escrutaban, buscando una respuesta en los ojos de ella. Bella no podía apartar la vista de él, clavada como la tenía en la oscura pasión de su mirada.

Edward recorrió su brazo desnudo con mano vacilante, arrastrando suavemente la punta de los dedos desde el hombro hasta la muñeca. Entrelazó los dedos con los de ella y se llevó la mano a la boca, besándole con suavidad los nudillos.

—Llevamos demasiado tiempo jugando al mismo juego. Ya va siendo hora de que lo acabemos. Te deseo, Bella, y como no te levantes inmediatamente de esta mesa y te vayas, pretendo tenerte.

Bella ahogó un grito ante la apasionada promesa de su voz ronca. La forma tan íntima en que su mirada se clavaba en la de ella habría bastado para que quisiera echar a correr, pero no se movió. Estaban juntos y ella era incapaz de romper el lazo que les unía. Oleadas de pasión y de deseo le recorrieron las venas hasta que quiso gritar de frustración.

Dilo. Di las palabras. No sucederá nada malo. No eres tu madre, Bella.

—Te deseo, Edward. Ahora.

Edward se inclinó sobre ella, y Bella sintió el frío metal de la mesa contra sus piernas desnudas. Situó las manos a cada lado de su cadera, para acercarse a la mesa, hundió la cabeza y volvió a besarla en los labios. Mientras la besaba sin sentido, deslizó las manos por las caderas hasta el lugar en que su vestido dejaba ver los muslos. Le levantó el vestido y se inclinó sobre ella, presionando su erección contra el sexo de ella.

El contacto fue eléctrico. Su polla ardía y le abrasaba el anhelante coño. Bella jadeó y se sintió que cada vez más húmeda.

—Dios mío, Bella —murmuró Edward entre dientes. Movió el, cuerpo hacia el de ella, lentamente—. Te deseo; llevo tanto tiempo deseándote. —Volvió a besarla, arrancando gemidos de placer con sus movimientos suaves y sensuales.

Sus manos le recorrían todo el cuerpo, deslizándose por cada rincón expuesto de su cuerpo y provocando escalofríos a través de sus terminaciones nerviosas. Sus piernas pedían a gritos sus caricias, humedeciendo con su deseo sus bragas de seda. Edward siguió besándola con fuerza al tiempo que le acariciaba la tripa, introduciendo el dedo meñique en el piercing que tenía en el ombligo.

—Esto es jodidamente sexy —dijo, inclinándose para lamer el piercing y la zona de la tripa—. Nunca habría imaginado que tuvieras uno.

No había sido más que un capricho, la tontería de un día aburrido. Un par de colegas se habían detenido ante la tienda de piercings y, como no quería que la dejaran de lado, había ido con ellos.

En aquel momento se había sentido audaz. No quería tener miedo y, total, no tenía a nadie que le dijera qué hacer o no hacer, así que había entrado y se había hecho el piercing en el ombligo. Le había hecho sentir decadente, un poco salvaje y todo lo que no era ella normalmente ella.

—No sabía que fueras una chica rebelde —dijo, inclinándose hacia delante y apretando su erección contra su vibrante sexo.

—Y no lo soy. —No lo era. No la conocía.

—Pues yo creo que escondes una criatura salvaje, Bella. No debes de dejarla salir demasiado a menudo.

No tenía ni idea de qué estaba hablando. No era nada salvaje. Nunca se arriesgaba; nunca...

Pero mírala. ¿Que no era salvaje? Ya, claro. Estaba completamente despatarrada sobre una mesa de picnic en un lugar público, retorciéndose de placer con un tío buenísimo y empalmado. Aquello era todo lo salvaje que pudiera imaginar cualquiera.

Debería darle vergüenza su comportamiento pero, qué coño, ya estaba harta de comportarse siempre bien. Quería que Edward la tocara, la besara; quería que le metiera la polla hasta el fondo, y que le acariciara el clítoris con la lengua.

Y aquel momento era el idóneo. Alzó las caderas, esperando que la follara, que la lamiera, que hiciera cualquier cosa para calmar la incesante sed de su interior.

Pero, en lugar de hacerlo, Edward se puso en pie y movió las manos hacia sus tetas, posando las palmas justo debajo de ellas. Los pezones se le endurecieron y se movió sin pensarlo, suplicándole sin hablar que la tocara.

—¿Quieres que te toque?

—Sí. Joder, ¡claro que sí! Edward, por favor.

Se oyó a sí misma hablar, pero no reconoció su propia voz. Ronca, excitada y suplicante; era como si acabara de descubrir una parte de ella desconocida hasta ahora. Una parte salvaje y lasciva, una parte que llevaba tanto tiempo escondiendo. La parte que, según Edward, se escondía en ella.

Tal vez no se conociera tan bien como pensaba.

Cuando Edward alargó las palmas de las manos hacia sus tetas, Bella arqueó la espalda instintivamente, llenando así sus manos. Le frotó los pezones con la punta de los dedos, lo que provocó que oleadas de deseo le recorrieran el cuerpo entero, desde el pecho hasta ese punto vibrante entre las piernas.

Su respuesta a las caricias de Edward la sorprendió. Había mucho más en lo que estaban haciendo, en lo que estaba sintiendo, de lo que hubiera experimentado nunca. No es que aquello fuera nuevo para ella; pero con otros hombres había sido distinto. Sólo se había tratado de sexo. El sexo sin intimidad era fácil, sólo requería una respuesta física, sin mezclar las emociones. Pero, le gustara o no, el lazo que la unía a Edward siempre había sido emocional.

Y ahora, mientras sus labios buscaban los de él, respondiendo con hambre a cada movimiento de su lengua, Bella se dio cuenta de la diferencia: lo que estaban haciendo llevaba implícito mucho más que el simple hecho de dos personas llevados por la lujuria física y que se morían por un poco de intimidad. Sus corazones estaban implicados en ello; querer, importarse, desear algo más allá de lo físico.

Sus antiguos temores volvían a atemorizarla, y se puso tensa. Se enfrió como el viento frío, apartando la mano de Edward de golpe.

—No puedo hacerlo.

Edward se quedó quieto un momento, buscando el contacto visual con ella.

—¿Por qué no?

—Porque no.

—¿Por qué sientes algo por mí? —Le acarició la tripa y, con cada movimiento de la mano, le levantaba el vestido más y más, hasta que le llegó a las caderas, dejando al descubierto sus bragas húmedas de placer.

—No, no es verdad...

—No me digas que no sientes nada, Bella. —Deslizó una mano por su tripa, hacia abajo, introduciendo los dedos en el pedacito de seda, acariciando suavemente su clítoris erecto.

Bella jadeó, aspiró profundamente, como si llevara demasiado tiempo sin oxígeno y gritó en silencio lo mucho que le necesitaba.

A la mierda con el miedo, ¡quería hacerlo!

—Tienes necesidades, muñeca. Necesidades de las que yo puedo hacerme cargo. Creo que ya ha pasado suficiente tiempo, Bella, necesitas correrte.

—Sí —dijo, rindiéndose al final en su lucha interna—. Haz que me corra, Edward.

Buscó los lazos de sus caderas, desatándolos y retirando la tela de su piel húmeda y caliente.

Las pulsaciones alcanzaron niveles desorbitados, obligándola a llevarse la mano a la entrepierna y masajear la sensación hasta que se vino. Alzó la cabeza y vio que Edward miraba fijamente el punto entre sus piernas.

—Tienes un chocho tan bonito, muñeca. ¿Sabes que puedo olerte cuando te excitas y estás cerca de mí?

No, no lo sabía, pero lo comprendía. A ella le era tan familiar la fragancia de Edward que, cuando le sentía a su alrededor, sólo quería respirar.

—Hueles muy dulce, a almizcle de verano y flores silvestres. Dios, cómo me pones. A veces, cuando estás cerca, lo paso fatal. Haces que se me ponga tan dura que sólo puedo pensar en arrancarte la ropa y metértela hasta el fondo.

Nunca la habían deseado tanto. Los sentimientos que provocaba en Edward le hacían sentir poderosa y fuerte.

—Pues aquí estoy, Edward, tómame.

Apartó la mirada de su vulva y la miró a la cara, sus labios curvados en una sonrisa salvaje y peligrosa.

—No dudes que voy a tomarte. Además, quiero hacerlo, ¿estás preparada, bombón?

—Sí. —Más que preparada.

—Pero, antes de nada, quiero probar tu leche, a ver si sabes tan bién como hueles. —Se puso de rodillas y le abrió las piernas, acercándose cada vez más a su temblorosa vulva. Cuando su lengua se acercó haciendo movimientos circulares y le lamió la leche, Bella arqueó las caderas, levantándolas de la mesa, gimiendo fuerte y largamente.

Eso era lo que se sentía cuando te llevaba al límite alguien que te importaba. No, no se trataba de alguien que le importara... alguien a quien deseaba. No podía dejar entrar a las emociones; era demasiado peligroso. ¡Oh, Dios, cómo hacía que se sintiera! Era como flotar en las nubes mientras cientos de manos la tocaban, elevándola a un nivel de placer desconocido hasta ahora.

El miedo desapareció y dio paso al deseo; su mente se centraba en las caricias de Edward, en su tórrida boca y las cosas tan maravillosas que le hacía.

La lamió con lengüetazos cortos y rápidos, llevándola al límite pero sin dejarla acabar una y otra vez, dejándola al borde de las lágrimas. Parecía tener una habilidad innata para saber cuándo la dejaría inconsciente de placer, y se detenía siempre a un lengüetazo de alcanzarla.

—Edward, por favor —suplicó, sin importarle ya, sabiendo que sólo necesitaba lo que podía darle.

Edward se retiró, su cálido aliento acariciando el sexo inflamado de Bella.

—Sabes mejor que el desierto más dulce del sur, Bella. Podría pasarme toda la noche comiéndote.

Pero no tendría toda la noche, porque la siguiente vez que golpeó el clítoris con la lengua, las caderas se elevaron de la mesa y llegó al orgasmo. Bella buscó la lengua de él, empapada con sus jugos, mientras su orgasmo duraba y duraba durante lo que le pareció una eternidad.

Mientras tanto, Edward continuó lamiendo su vulva, bebiéndose su orgasmo y cubriendo su clítoris con los labios hasta que, al final, se apartó, se levantó y se limitó a observarla.

Apenas podía levantar la cabeza, pero lo que vio la dejó perpleja. Nunca había visto tanto deseo en la cara de un hombre; sus intenciones se veían claramente en el ceño fruncido, la mandíbula cerrada y el pequeño tic que palpitaba en la sien.

Su polla se percibía claramente a través del pantalón vaquero, grande, dura y gorda; Bella se moría por tocarla.

Qué coño, quería devorarle de un trago, hacerle experimentar lo mismo que él, y volver a empezar desde el principio después.

No quería marcharse de El acantilado de Forkie, dándose cuenta por fin de que no se había perdido más que excusas y más excusas en su adolescencia. Lo que de verdad se había perdido era lo que estaba teniendo en aquel momento. Con Edward.

Y no quería dejarle marchar.

Aquella necesidad de poseerle, de fundirse en uno solo con él, no hizo sino que sus antiguos miedos volvieran a nublar el deseo.

Esto no podía estar sucediendo. Sus sentimientos por Edward la hacían vulnerable y débil. Como su madre. Y, al igual que su madre, podía ser propensa a elegir mal. Edward Cullen no era una buena elección; eso ya lo sabía.

Y, como su madre, había dejado que sus deseos la influenciaran para llevarla a hacer una elección desastrosa. Una decisión que tenía que rectificar ya mismo.

—¡No! —Dijo energéticamente, levantándose y apartándose de golpe—No puedo hacerlo. Edward se quedó quieto un segundo. Jadeaba y tomaba bocanadas de aire irregulares. Apoyó las manos sobre la mesa, sus dedos a centímetros de los muslos de ella.

—¿Qué pasa, Bella?

—No puedo hacerlo —dijo, tratando de calmar su pulso irregular.

—Ya lo hemos hecho.

—No, no lo hemos hecho. Tú sí, quiero decir, yo, pero... ¡mierda! —Ni siquiera era capaz entenderse ella misma. Se bajó de la mesa, recuperó sus bragas y las apretó en el puño, sin molestarse siquiera de volver a ponérselas. Volvió a colocar el vestido en su sitio y le dio la espalda a Edward.

—¿He hecho algo malo? —preguntó quedamente.

Bella sacudió la cabeza.

—No, no has hecho nada malo, Edward. Es sólo que no puedo hacerlo.

—¿Qué es lo que no puedes hacer?

—Esto —repitió, mortificada por haber dejado que llegara tan lejos sin pararle. Tal vez fuera una cobarde, pero no iba a dejarse tomar el pelo—. Contigo. Lo siento, pero es una equivocación. Estamos equivocados.

—No te entiendo. Lo que acabamos de compartir ha sido increíble para los dos. He visto cómo respondías; joder, Bella, nunca había visto a nadie correrse con tanto abandono. ¿Así que cuál es el verdadero problema?

Sintió que se le encendía la cara. Sí, se había sentido abandonada, vale; el juicio era lo que de verdad le había abandonado.

¿Cómo iba a explicarle que le deseaba demasiado como para tomarle? ¿Que no quería acabar como su madre, corriendo detrás de un hombre al que le perdían las mujeres y que lo más probable era que acabara acostándose con todas? ¿Cómo podía decirle que no confiaba en él? ¿Que no se fiaba de ella misma cuando le tenía cerca?

No quería herirle, pero la mejor forma de salir de aquello era conseguir que se enfadara con ella. Una forma cobarde de huir, lo sabía, pero en aquel momento no se sentía con demasiadas fuerzas. Si Edward tratara de convencerla de que sentía algo por él, acabaría arrancándole la ropa ahí mismo.

Era actriz, ¿no?, podía hacer la mejor actuación de su vida. Bella se volvió hacia Edward, blandiendo su expresión más fría.

—Bueno, sí, ha sido entretenido, pero los he visto mejores.

—Los-has-visto-mejores —repitió despacio, como si no la hubiera oído bien.

-Sí. Y aunque es verdad que el orgasmo ha sido bueno, he decidido que no quiero llegar más lejos. Lo he estado pensando y me he dado cuenta de que tengo suficientes cosas en las que pensar ahora mismo de mi vida profesional como para liarme con nadie a nivel personal. —Le miró por el rabillo del ojo y vio cómo se oscurecía su expresión y el tic de su sien latía con más fuerza.

Decididamente, estaba enfadándose. Lo mejor sería que acabara de una vez por todas con ello, ahora que aún le quedaba algo de valor.

Se dio la vuelta para mirarle y apoyó la mano con condescendencia sobre el antebrazo de Edward.

—El orgasmo ha estado bien, Edward, de verdad: muchas gracias por la diversión, y por la cena. ¿Podemos irnos a casa? Tengo muchísimo trabajo que hacer antes de mañana y se está haciendo tarde. —Se giró rápidamente y se apresuró hacia el coche, abrió la puerta del copiloto y se sentó a esperar.

Edward se quedó allí de pie un minuto, observándola desde donde estaba. Bella habría deseado verle la cara, pero se alegró de no poder hacerlo. Le dolía decir aquellas cosas después del momento de intimidad que habían compartido, pero no tenía elección.

Al final, se acercó al coche dando fuertes pisadas. Bella respiró profundamente, confiando en que se hubiera creído sus mentiras y en que estuviera lo suficientemente enfadado como para no dirigirle la palabra en el trayecto hasta su casa. Pero no tenía tanta suerte: se metió en el coche, cerró de un portazo, se giró hacia ella y le tomó de la barbilla, obligándola a mirarle a los ojos.

—Tal vez pienses que eres buena actriz, señorita directora de teatro de Nueva York —dijo, escupiendo las palabras a través de la mandíbula apretada—, pero te conozco mejor de lo que te conoces tú misma. Esta noche estabas a cien; por mí, por el sexo, por lo que podría suceder entre nosotros y que va más allá de lo que imaginas Lo deseabas tanto como yo, así que no me sueltes toda esa mierda de "no ha significado nada". —Le soltó la barbilla y se giró.

Arrancó el coche y salió a la carretera. No volvió a hablarle hasta que entraron en el camino de tierra de casa de Bella. Cuando se giró para abrir la puerta, le agarró de la muñeca, obligándola a mirarle.

—Estás mintiendo, Bella. Me mientes a mí y te mientes a ti misma

Por desgracia, tuvo que reconocerse a sí misma que estaba en lo cierto.

AHHHHH Frustración! No?...jajajajajaja provoca matarla, de verdad yo opino que hay que erigirle una estatua a Bella, mire que echarse atrás cuando ya estaban en el asunto…que riñones!..bueno chicas espero les haya encantado…no leemos…!