Nueva actualización. Cualquier lector nuevo debería saber que seguiré actualizando, solo que tengo poco tiempo libre y por eso tardo.

Disclaimer: Cazadores de sombras y sus personajes no me pertenecen, todo es obra de Cassandra Clare. Esta obra es ficticia cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.


Era malo y sucio

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Las escaleras parecían aún más extensas que cuando las había subido, no tenía ganas de dar el primer paso, sentía que iba a resbalar y terminaría cayendo. Aunque romperse el cuello en ese momento no sonaba totalmente mal.

— ¿A dónde vas?

La imagen que lo recibió era un poco absurda. Magnus estaba fuera del departamento, aún seguía en ropa interior pero ahora lo acompañaba una chica. Era morena, pequeña, con el cabello corto, un vestido rojo mal puesto y una clara mueca de enojo. Magnus tenía una mano sobre la espalda baja de la chica, y la empujó para apurar su camino hacia las escaleras, ella se dejó hacer pero movía los labios como si estuviera rezando en voz baja, Alec sabía que estaba maldiciendo.

—Tenemos que curarte esa cosa en la cara.

Alec sabía que Magnus estaba hablándole, a él, pero se le hacía difícil de creer cuando hace un momento le había cerrado la puerta en la cara.

—Magnus —llamó la chica, ya había bajado un par de los escalones pero se había girado para mirar al moreno.

— ¿Pasa algo?

— ¿Mañana? —preguntó ella. Una sonrisa coqueta adornando su rostro.

—Me temo que no, esto no va a funcionar.

Ella entreabrió la boca y se quedó estática. Alec quería decirle que le entendía, que él también se había quedado así la primera vez que Magnus le había rechazado después de haber tenido sexo. Pero fue jalado y tuvo que ver hacia el frente para no chocar contra el mayor o tropezar con sus propios pies.

Hasta el momento no se había dado cuenta del frío que tenía, fue hasta que estuvo dentro del apartamento que notó que afuera la temperatura no era la adecuada para dormir en las calles.

El lugar había cambiado, según recordaba hace una semana la mesa de la cocina era café, ahora era verde. El sillón también había cambiado, era naranja ahora y más amplio que el anterior. La pared falsa que separaba la habitación del resto del lugar tenía un par de pinceladas de color azul. Se veía horrible.

—Siéntate, voy por el botiquín.

No le hizo caso porque se lo ordenara, sino porque realmente necesitaba un lugar donde pasar la noche y tenía que complacer a su anfitrión si no quería volver a la calle. El sillón nuevo era demasiado acolchado para su gusto, se sintió hundir en cuanto se apoyó, no necesitó pensarlo demasiado para saber que le gustaba mucho más el otro sillón. El gato de Magnus maulló y se acercó a él con cautela. Alec sabía que era una estupidez pero aun así alzó la mano y la movió a modo de saludo para el felino, el cual pareció aceptarlo, se subió al sillón y se acomodó en el otro extremo, había suficiente espacio entre ellos por lo que cuando Magnus regresó no tuvo que correr a su mascota.

El botiquín de Magnus era de color violeta y tenía un par de estampas de jeringas y vendas. Las cosas dentro estaban perfectamente organizadas y Alec terminó preguntándose si alguna vez su dueño se había lastimado, o si solo tenía el botiquín como puro adorno, pero las manos de Magnus se movieron rápidamente, sabiendo que tomar y en qué medida.

Se mantuvo quieto mientras el mayor le limpiaba el rostro. No le dolía mucho, por lo que pensó que no tendría ninguna herida de verdad, tal vez solo le dolía por el momento y a la mañana siguiente estaría como nuevo. El moreno apartó sus manos y rebuscó en el botiquín para después retomar su tarea, esta vez el ardor de la sustancia que estaba siendo aplicada le hizo echarse hacia atrás por un momento, enseguida volvió a acercarse, podía resistir un poco de dolor.

— ¿Quién fue? —Preguntó Magnus, con la mirada en las herramientas del botiquín—. ¿Quién te golpeó?

—Mi padre.

Magnus se detuvo, le miró de reojo un momento, volvió a sacar algo del botiquín y empezó a untarle una especie de crema.

— ¿Te golpeó en otra parte?

Soltó una pequeña risa estrangulada. No supo la verdadera razón, tal vez porque le parecía triste que la primera vez que su padre golpeara a alguien en la familia fuera a él.

—Eso hubiera querido —masculló, con la voz apagada—, estoy seguro que hubiera preferido matarme, así no tendría que lidiar con mis… gustos.

Alec hubiera jurado que escuchó a Magnus gruñir, pero cuando le miró de reojo solo lo vio recoger las cosas usadas y meterlas en el botiquín o en una bolsa que seguramente iría a la basura.

—No es tu culpa —dijo Magnus—. No te atrevas a pensar que es tu culpa.

De todas las cosas que hubiera esperado escuchar, de todas las personas que pensó que alguna vez lo apoyarían, nunca se imaginó que Magnus podría apoyarle, e incluso hacerle sentir mejor consigo mismo.

El mayor se levantó, se llevó el botiquín consigo y la bolsa con restos. El gato se levantó de su lugar, le miró, olisqueó el aire y se acercó a él, restregó su cabeza contra sus muslos y él terminó acariciándole las orejas. Magnus regresó con un par de cobijas y una almohada entre los brazos, los aventó sobre el sillón y miró la escena con detenimiento.

—Le agradas —murmuró Magnus, entre divertido y sorprendido.

Él miró las cobijas por unos segundos, posó su mirada sobre el mayor, el cual al notarlo soltó un bufido.

—No creas que te dejaré dormir en mi cama, podrás ser un desamparado pero esta sigue siendo mi casa. Yo mando.

Una risa ligera salió de su boca.

—Es solo que este sillón es un asco.

La boca del moreno se torció por un momento, un pequeño suspiro escapó de sus labios y se dio media vuelta.

—Lo sé, ni siquiera me gustó cuando lo vi —aceptó, yendo en dirección a la cocina—. ¿Tienes hambre?

El felino se alejó de sus caricias, saltó al suelo, corriendo hacia la cocina y maullando para obtener comida. Alec se levantó y siguió a Magnus, sentía un vacío enorme en la boca del estómago, pero no sabía si era por hambre o por haberse enfrentado a su padre. Magnus no esperó a saber la respuesta, dejó un par de vegetales en la encimera junto a un cuchillo.

—Pica eso.

Asintió ante la orden, el gato de Magnus estaba maullando y siguiendo a su dueño, acosándolo hasta que decidiera darle algo de comer. Magnus siguió sacando cosas del refrigerador y empezó a revolver unas con otras. Alec lo miraba de vez en cuando de reojo, seguía semidesnudo y aún tenía manchas con forma de labios por el cuerpo, pero parecía no darse cuenta de su estado actual, o en realidad no le importaba.

—Lamento haber ahuyentado a tu cita.

—Me hiciste un favor, esa mujer está loca —contestó Magnus, sin dirigirle una sola mirada, demasiado ocupado en la preparación de la cena.

Alec sonrió, no supo el verdadero motivo.

— ¿Dónde dejo esto? —preguntó Alec.

Magnus estiró el brazo y él apenas dio un par de pasos para entregarle los vegetales picados cuando la mascota del moreno se enredó en sus pies. Trastabilló un poco terminando en los brazos del mayor, el cual sujetaba realmente la comida, pero había frenado su caída.

—Por el amor de dios. No te daré de comer, Presidente Miau, te pondrás gordo.

El gato huyó de la cocina con elegancia, al parecer bastante ofendido por las palabras de su dueño.

Alec se dio cuenta que Magnus casi podía hacerle olvidar el dolor de la herida que su padre había dejado en su rostro.

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Isabelle moría porque sus padres se fueran de una vez por todas. Había escuchado la puerta cerrarse por primera vez hace un buen rato, pero aún escuchaba los tacones de su madre, tenía que esperar un poco más y se moría por poder levantarse y salir de la casa para ir a buscar a Alec, el cual seguramente estaría refugiándose en la casa de Jace.

Max se revolvió entre sus brazos, la luz del sol entraba por la ventana y le daba directo en el rostro. La noche anterior había terminado escondida con Max en su cuarto, no quería que él escuchara la pelea que sus padres mantenían con Alec. Cuando se dio cuenta había despertado con su hermano dormido entre sus brazos. Lo bueno de su hermano era que dormía profundamente, por lo cual no había ningún problema si ella se movía para ir a averiguar si sus padres ya se habían ido.

Su madre tardó un buen rato en irse al fin, parecía estar dando vueltas a la casa en lugar de dirigirse a la puerta e ir directamente a su trabajo. Esperó un par de minutos después de escuchar la puerta de la entrada cerrarse por segunda vez, y cuando estuvo completamente segura saltó de la cama y fue corriendo a su cuarto para cambiarse la ropa.

No se había esperado que su hermano se levantara y la interceptara cuando estaba a punto de bajar las escaleras.

— ¿Qué haces? —preguntó su hermano. Le miraba desde el umbral de la puerta de su habitación.

—Debo irme —contestó Izzy—, volveré rápido.

— ¿Vas a ir con Alec?

Soltó un ligero suspiro y se acercó a su hermano, le despeinó el cabello y se agachó para quedar a su altura.

—Regresaré rápido, necesito que te quedes en la casa.

Max frunció el ceño, pero asintió un par de veces.

—Dile que yo si le quiero en la casa.

Izzy le sonrió y después se apresuró para bajar las escaleras y salir de la casa. Era más fácil ir caminando tranquilamente que ir corriendo como si alguien le estuviera persiguiendo, pero quería saber cómo estaba su hermano, quería hacerle saber que ella estaba para él incluso aunque sus padres se opusieran. El camino a la casa de Jace nunca le parecía largo, pero ese día se le había vuelto eterno. Juraba que tardaba solo un par de minutos en llegar a la casa de su amigo, pero parecía que había pasado más de una hora y ella no lograba acercarse.

En cuanto divisó la puerta aceleró aún más su paso. Golpeó la puerta con todas sus fuerzas, aunque sabía que había un timbre a un lado de la puerta. Siguió golpeando hasta que escuchó una maldición del otro lado, y después la manija siendo girada con brusquedad. Respiraba con pesadez y sentía los hombros tiesos y pesados, pero el ver a Jace casi le ayudaba a sentirse mejor.

— ¿Qué demonios te sucede, Izzy?

—Necesito hablar con Alec.

No esperó una verdadera invitación, empujó al rubio y entró a la casa, sabía el camino al cuarto de Jace, cuando eran niños les gustaba jugar para saber quién podía llegar primero. Ella siempre perdía.

Jace le tomó por la muñeca y le jaló con fuerza para obligarla a verlo.

—Alec no está aquí.

Frunció el entrecejo, llevó sus manos a su cintura y dejó los brazos en jarras.

— ¿A dónde fue? ¿Hace cuánto?

— ¿Cómo pretendes que yo lo sepa? —Exclamó Jace, casi ofendido por las preguntas—. Él no ha venido aquí.

Casi podía sentir sus brazos volverse tan pesados como si se volvieran de plomo.

—Debió de haber venido aquí anoche.

—Me llamó en la noche, pero Clary estaba…

— ¿Lo cambiaste por Clary? —le cortó con brusquedad. Podía jurar que sintió el aire escaparse de sus pulmones.

Rodeó a su amigo y fue directo a la puerta, si su hermano no estaba con Jace no sabía en que otro lugar podría estar.

—Isabelle —le llamó Jace—, ¿qué pasó?

Afuera no había más que un perro callejero olfateando la basura de la casa vecina, y un chico pasó corriendo frente a ella, sin dirigirle alguna mirada. El mundo parecía algo tranquilo mientras ella sentía que en cualquier momento le daría un ataque. Volteó para encontrarse a Jace, él no tenía la culpa pero realmente quería golpearlo en ese momento.

—Anoche Alec le dijo a mis padres que es gay.

Jace lo comprendió en ese momento. Sabía que los padres de sus amigos no veían bien la homosexualidad, y sabía que jamás aceptarían que algún hijo suyo fuera gay, lo sabía casi tan perfecto como que Alec era gay y que lo mantendría en secreto hasta que sus padres murieran.

Entender lo que había pasado la noche anterior le golpeó con fuerza en la boca del estómago, casi haciéndolo vomitar. Alec le había llamado porque necesitaba ayuda y él había rechazado a su mejor amigo por estar con Clary.

—Mi padre lo golpeó —dijo Izzy— Alec se fue, y hasta este momento estaba completamente segura de que estaba contigo. Tenía que estar contigo.

Saber eso solo le provocó a Jace unas ganas terribles de golpearse contra la pared. Izzy soltó un suave suspiro, Jace no podía siquiera mirarla, se sentía terriblemente culpable.

—Voy a llamarle —avisó Jace, entrando de nuevo a la casa.

Isabelle lo siguió, dispuesta a escuchar cualquier charla que Jace tuviera con Alec. Entonces se quedó estática, las ganas de gritar de alegría golpeaban su garganta.

— ¡Jace! —Gritó, atrayendo al instante la atención de su amigo y espantando al perro callejero— Mi celular, la aplicación de mi celular.

Jace no lo entendió enseguida, pero si entendió que Isabelle tenía algo en mente y había echado a correr. Él llevaba su pijama de franela y tenía puestos sus zapatos más viejos, y aun así echó a correr, cerrando la puerta de su casa con fuerza sin asegurarse de que estuviera bien cerrada. Porque sabía que Izzy solo corría así por una razón muy importante.

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Habían bastado un par horas para darse cuenta de un par de cosas interesantes que Magnus hacia por las mañanas. La primera era que su alarma sonaba cada cinco minutos, y era media hora después de la primera alarma que el moreno se levantaba. La segunda era que Magnus adoraba pasearse por su casa en poca ropa, y le importaba poco que alguien pudiera verlo a través del enorme ventanal que había en su cuarto. La tercera era que le gustaba escuchar música clásica mientras desayunaba, y que creía que Beethoven había sido un dios. La última era que le gustaba el café con poca leche y poca azúcar.

Le pareció divertido darse cuenta de eso con solo haberlo observado un buen rato antes de que el mayor se fuera al trabajo, no sin advertirle que no tocara nada en la casa. Era una buena condición y Alec podía respetarla sin esfuerzo, nunca le había gustado fisgonear, no estaba en él, y no tenía ganas de nada ese día. Sus padres le habían llamado al celular un par de veces, su madre fue la primera y la que más veces había intentado ponerse en contacto, su padre tardó mucho más tiempo y apenas y le marcó un par de veces. Incluso había recibido un par de llamadas de Jace, pero fue hasta que Izzy le llamó que decidió apagar el celular. No tenía cabeza para pensar en su siguiente movimiento, estaba seguro que si volvía a casa su padre seguiría enojado y volverían a discutir, pero en cuanto más se tardara en volver peor iba a ser para él.

Presidente llegó a tiempo para evitar un dolor de cabeza terrible. Se subió a su regazo y restregó su cabeza contra su abdomen hasta conseguir un par de mimos. No tenía un objetivo en ese momento, pero tenía un refugio por un tiempo, y Magnus no parecía molesto con ayudarle, y lo único que pedía era que él no fisgoneara entre sus cosas. Además era un lugar seguro, sus padres tal vez esperaban que se quedara con Jace e ir por él dentro de unas horas, estaba bien oculto por ahora.

Lo primero que pensó en hacer, después de hartarse de estar echado en el sillón, fue ver un poco de televisión, pero la idea murió de la misma forma que nació. Apartó al gato de su regazo y se levantó, el ventanal del cuarto seguía abierto por lo cual podía escuchar el sonido que provocaban los autos y las personas en la calle. Su mirada se concentró en la cocina, en la horrible mesa nueva por un segundo y después en la encimera y en el desorden que había entre los platos sucios. Magnus ya le había dado refugio sin pedir nada a cambio, lo mejor que podía hacer era ayudarlo a mantener el departamento limpió. Aun cuando él odiaba con toda su alma hacer limpieza.

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Un día y medio, ese fue el tiempo que había pasado desde la pelea que había tenido con su hijo, y parecía una eternidad. Robert no había pronunciado demasiadas palabras desde ese día, y ella no quería hablar con él tampoco. Quería que Alec regresara, quería hablar con él y encontrarle solución al problema.

Pero las cosas iban de mal en peor. Alec no estaba con Jace, y si no estaba con Jace no sabía dónde podía estar, su círculo de amigos siempre había sido pequeño, y si no fuera porque Jace había entrado en su vida desde hace mucho tiempo probablemente no tendría un verdadero amigo. No conocía a ninguna otra persona que fuera cercana a su hijo, y no sabía si eso era malo, si no conocía a nadie más de la vida de Alec seguramente era porque no había prestado la suficiente atención, no porque fuera una mala madre.

Max no parecía darse cuenta realmente de lo que pasaba, había pasado sus días viendo la televisión en la sala y jugando con la consola en su habitación, lo cual era tranquilizador, Isabelle era la que parecía más retraída, apenas y había compartido un par de monosílabos con ella, y la mayor parte del tiempo se la pasaba encerrada en su cuarto.

No quería eso, no quería que su familia se desmoronara por un pequeño error que Alec estaba cometiendo. Fue por eso que dejó que Isabelle encontrara a su hermano y dejó que fuera sola en su búsqueda, porque si sabía el camino hacia Alec sería más fácil hacerlo regresar.

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—Esta cosa es un verdadero asco —masculló Magnus, estirando los brazos hacia la televisión—. ¿Realmente creen que matando a su personaje principal la serie va a sobrevivir?

—Deberías dejar de verla entonces.

Magnus volteó a verlo, con el entrecejo y los labios fruncidos. Como si acabara de decir algo realmente insultante.

— ¿Te das cuenta de lo que acabas de decir?

Alec se encogió de hombros, se levantó del sillón mientras Magnus murmuraba un par de cosas sin sentido. Volvió unos segundos después con un vaso de agua y Presidente Miau enredándose en sus pies. Casi al mismo instante en que se sentó el programa en la televisión hizo una pausa y el timbre sonó. Magnus se levantó y fue corriendo para abrir la puerta de abajo, después regresó y se dejó caer al sillón para después caer sobre Alec, las manos del menor le sostuvieron casi al instante, sujetándolo fuertemente.

—No te emociones —susurró Magnus, su rostro excesivamente cerca—. Solo necesitaba mi billetera.

Le regaló una sonrisa y se impulsó para poder levantarse. Alec murmuró algo que no alcanzó a oír, se dirigió a la puerta mientras sacaba un par de billetes, abrió la puerta y se recargó en el umbral a la espera del repartidor de comida. Un chico y una chica subían las escaleras en ese momento, pero no había señal del repartidor, la chica lo miró por un buen rato antes de acercarse y plantarse frente a él.

—Tú no eres mi comida china.

La chica le miró por un momento, enarcando una ceja izquierda.

—Quiero ver a mi hermano —ordenó ella.

—Y yo quiero ver mi comida china —le respondió Magnus. Soltando un bufido mientras movía los billetes en su mano.

Ella parecía dispuesta a golpearlo en cualquier instante, y estaba seguro de que si volvía a decir algún comentario sobre su comida china iba a recibir un golpe del chico rubio detrás de la chica.

— ¿Izzy?

Magnus se volteó hacia Alec, en algún momento se había levantado del sillón y había llegado detrás de él sin hacer ruido, pero no le miraba, miraba a la chica, la cual dejó de fruncir el ceño para entrar al apartamento sin esperar una invitación y lanzarse al cuello de Alec.

— ¿Cómo me encontraste? —preguntó Alec, sosteniéndola por la cintura.

—No gracias a ti —gruñó el rubio, que aún seguía fuera del departamento. Pero se limitó a darle una mirada despectiva a Magnus y entrar sin ser invitado—. ¿Qué demonios haces aquí, Alec?

La chica dejó de abrazar a Alec mientras Magnus cerraba la puerta.

—Ya que no traen mi comida china al menos deberían traer algo más a cambio para poder invadir mi casa.

—Es mi hermana, Izzy, y mi amigo, Jace —dijo Alec, presentándolos para aminorar la invasión.

Magnus rodó los ojos y fue hacia la cocina.

—Tienes que volver a casa —ordenó Izzy.

Alec soltó un largo suspiro.

—Realmente tienes que volver, Alec. Tus padres han ido a buscarte a mi casa, lo siguiente que harán será ir a la policía.

—Soy mayor de edad —contestó Alec—, puedo irme de la casa si quiero.

—Estás haciendo lo mismo que papá, estás evitándolo —exclamó Isabelle.

— ¿Qué esperas que haga? —Le preguntó a su hermana—. Recibí un golpe la última vez que decidí enfrentarlo.

Fue en ese momento que Izzy y Jace parecieron darse cuenta del enorme moretón, que aunque estaba desvaneciéndose, cubría la mitad del rostro de Alec, y de su labio roto.

—No puedes ocultarte aquí por siempre, él no te va a tener aquí por siempre. —dijo Jace, señalando a Magnus.

Magnus estaba recargado en la encimera, bebiendo agua en silencio.

—A mí no me importa tenerlo aquí, es bueno limpiando.

Se ganó un par de miradas de enojo, pero casi siempre lo miraban de esa forma por lo que decidió ignorarlo y seguir bebiendo agua como si no se enterara de la discusión a unos metros.

—Todo esto es por su culpa, Alec. Tienes que volver, incluso Max se preocupa por ti.

Alec se tragó sus siguientes palabras, el problema era de él y sus padres, nunca había tratado de lastimar a sus hermanos. Y ahí estaba Isabelle, con los ojos acuosos mientras le pedía que regresara.

— ¿Y qué se supone que haga?

—Regresar, si las cosas vuelven a estar mal puedes ir con Jace, pero no puedes ocultarte por siempre, tienes que enfrentar las cosas con papá.

Vio a Jace asentir con la cabeza varias veces.

—Además, —exclamó su amigo— ¿Qué se supone que haces con el idiota que te lastimó? Estás volviendo a cometer las tonterías que dijiste ya no ibas a hacer.

Mordió su lengua, era un pequeño acto reflejo cuando se avergonzaba, pero hace mucho que no lo hacía.

—Por favor, Alec, vuelve.

—No.

Su hermana se mordió los labios.

— ¡Alec! —gritó su hermana, casi ofendida.

—No lo haré, Izzy, no ahora.

Isabelle se tragó sus palabras, dio media vuelta y se dirigió a la puerta, ni siquiera esperó a Jace, salió del departamento sin pronunciar otra palabra. Su amigo se quedó, le miró por unos segundos sin decir nada para después hablar.

—Sabes que puedes confiar en mí, Alec. No tienes que pasar por esto solo, o en este lugar.

—Como la última vez —exclamó. Realmente no pensó en sus palabras, pero parecieron ser un golpe duro para Jace.

En un abrir y cerrar de ojos su amigo también se había ido y el departamento había quedado de nuevo como había estado las últimas horas. Con Magnus y él. Solo ellos dos. Al menos Jace había cerrado la puerta cuando había decidido irse, Isabelle parecía haberla dejado abierta a propósito para que él pensara en ir tras ella, pero Jace la había cerrado como si hubiera cortado esa oportunidad.

Magnus salió de la cocina y se dirigió al sillón, sentándose y volviéndole a poner atención al programa como si nada hubiera pasado. Alec le imitó y terminó sentado en el extremo contrario del sillón, mirando la televisión sin prestar atención.

—Estoy de acuerdo con ellos —musitó Magnus—, creo que deberías enfrentarlo.

Se mordió el interior de la mejilla, no quería seguir hablando del tema, porque si seguía pensándolo iba a terminar enojado y con dolor de cabeza.

—Pero no creo que debas de enfrentarlo justo ahora.

—No entiendo tu punto de vista.

Escuchó un suspiro escaparse de la boca de Magnus. Ninguno veía a su contrario, se limitaban a ver hacia la televisión.

—-No pareces entender siquiera lo que quieres, Alexander. Si no entiendes que quieres no creo que sea bueno enfrentar a tus padres, los cuales sí saben lo que quieren, quieren que dejes de ser gay y ambos sabemos que eso no es posible.

— ¿Qué debo hacer entonces? —murmuró Alec, aunque sonaba casi a un ruego.

—Deberías tener en claro que es lo que quieres, si realmente quieres enfrentarlo por ti o porque algo más te está empujando a hacerlo.

El programa seguía siendo transmitido, por lo cual Magnus fijó su atención en la pantalla, había acabado de dar su opinión y eso era todo lo que iba a decir. Alec se levantó del sillón y se dirigió al ventanal en la habitación, ahí había un pequeño balcón, abrió el ventanal y salió, lo recibió el fresco de la tarde y el ruido de un par de coches, se recargó en la barda de ladrillos y se asomó, esperaba ver a Izzy y a Jace, pero en lugar de eso vio a varias personas caminar por la calle, nadie se detenía para alzar la vista y verlo.

Su cabeza daba vueltas, y por un momento creyó que lo más fácil sería saltar desde ahí, era una buena caída, fácilmente eran 5 metros, y si saltaba con suficiente fuerza podría acabar en la carretera, así estaría seguro que si la caída no lo mataba un coche si lo iba a hacer, tal vez de esa forma dejaría de causarle problemas a las personas que apreciaba. Pero no lo hizo, no tenía la fuerza para hacerlo.

Miró a las personas pasar por la calle, a los coches siguiendo su trayecto, y el cielo oscureciéndose. Miró todas las cosas que pasaban frente a sus ojos, tratando de encontrar algo que lo ayudara a decidir, que le ayudara a tener en claro que era lo que quería hacer en ese momento. No quería regresar a su casa porque tenía miedo, de que su madre lo rechazara y que su padre lo golpeara; No quería irse de ese refugio temporal porque era cómodo, era bastante sencillo quedarse ahí y fingir que no había pasado nada, pero tarde o temprano eso también se iría.

Estuvo tanto tiempo apoyado en la barda de ladrillos del balcón, que para cuando realmente se detuvo a pensar en el presente se dio cuenta de que había estado ido por un buen rato. El cielo estaba casi oscuro, apenas y se podía apreciar una escasa y tenue luz, había menos personas paseando por la calle y la mayoría de los autos que transitaban eran taxis. Tal vez esa sería la última noche en la que no tendría que pensar que era lo que quería.

No se había dado cuenta realmente de que la temperatura había disminuido, lo notó solo cuando volvió a entrar a la habitación y un agradable cosquilleo le invadió. Los dedos de sus manos estaban fríos y le costó un poco cerrar el ventanal, su cuerpo parecía entumecido por el tiempo que había pasado en una sola posición, sentía el hormigueo tratar de despertar todos sus músculos. Salió de la habitación en busca de Magnus, Presidente Miau estaba durmiendo en el sillón y su dueño estaba hojeando una revista en la cocina mientras hablaba por teléfono.

Magnus había cambiado su ropa, tenía solo ropa interior negra de lycra y una enorme camiseta de los colores del arcoíris. Mientras hablaba por teléfono paseaba las hojas de la revista, soltaba un par de improperios y después anotaba algo en los extremos de las páginas de la revista. Un par de minutos después terminó la llamada, aventó el celular y volvió a escribir algo en la revista para después llevarse ambas manos a la cabeza.

— ¿Pasó algo? —preguntó sin darse cuenta.

—Errores en el trabajo —masculló Magnus

El moreno se volteó y caminó hasta el refrigerador para buscar algo que beber. Alec se acercó, llegando hasta él cuando había logrado extraer el cartón de leche del electrodoméstico, Magnus dio un paso hacia atrás cuando se dio cuenta de la cercanía del contrario, pero el menor le tomó por los brazos y lo obligó a pegarse al refrigerador, el mueble se balanceó mientras Alec curveaba el cuello y lograba capturar los labios de Magnus. El cartón de leche acabó cayendo al suelo, un ruido seco que les avisó que el envase se había mantenido estable en su caída.

Los brazos del mayor lucharon por apartar el cuerpo de Alec lejos del suyo, y sus labios permanecieron cerrados aunque las mordidas le instaban a abrirlos. El ataque a sus labios fue cortó, y creyó verse liberado pero en un abrir y cerrar de ojos su oreja estaba siendo atacada por la lengua y los dientes del menor.

— ¿Qué demonios crees que estás haciendo? —gruñó en busca de una explicación.

—Tal vez no sé lo que quiero realmente de mi vida, pero sé lo que quiero hacerte —masculló Alec, mientras le tomaba las muñecas y las pegaba al refrigerador a la altura de su cabeza—. Quiero lastimarte.

Magnus le miró como si se hubiera vuelto loco por todo el rato que había pasado en el balcón. Los labios ajenos volvieron a pegarse a sus labios, con fuerza le obligaron a aceptar el beso, las pequeñas mordidas al fin lograron hacer que separara sus labios y la lengua ajena aprovechó el momento para colarse y registrar el interior de su boca, pasearse descaradamente en busca de su respuesta que al final obtuvo a la fuerza. Alec terminó el beso abruptamente, buscando aire con el cual llenar sus pulmones.

—Quiero hacértelo.

Sus ojos revolotearon y buscaron con desesperación los azules. Los ojos de Alec le recibieron, asegurándole que lo que acababa de escuchar era verdad. Sintió un aliento cálido ascender por su cuello hasta su oído.

—Quiero hacértelo con fuerza —exclamó, con su aliento quemando la oreja de Magnus—. No sabes cuánto quiero hacerte rogar.

Jadeó involuntariamente, producto del escalofrío que recorrió su columna. Alec mordió su oreja, mordió su cuello y mordió su clavícula, reclamó cada pedazo de piel con sus dientes antes de soltarle las muñecas y colar sus manos en su ropa interior, obligándolo a dar un respingo que le hizo golpearse la cabeza en el refrigerador.

Los dedos de Alec estaban fríos y le sostenían con fuerza, se paseaban por su pene como si estuvieran seguros de lo que debían hacer y de los puntos donde debían presionar para hacerle despertar. Las manos del moreno temblaban, buscaban desesperadas un lugar en el cual sostenerse, uno que no fuera la resbaladiza superficie del refrigerador, lo encontraron en los costados del torso del menor. La piel pálida era suave y caliente, las manos de Magnus se vieron atraídas al instante, buscando deshacerse de la playera que le impedía seguir explorando.

Las manos de Alec salieron de la ropa interior de Magnus y alejó su cuerpo, se quitó la playera y la dejó en el suelo, enseguida se apoderó de la camisa del mayor y terminó en el mismo lugar que la suya. Las manos ajenas se pasearon por sus costados y atacaron la hebilla de su cinturón, peleando por desabrochar su pantalón, lo cual lograron rápidamente, su pantalón terminó en sus muslos para después deslizarse por sus piernas hasta sus tobillos. Sus manos volvieron a tomar el control, tomando las ajenas y apartándolas de su cuerpo. Magnus se revolvió en su lugar, ansioso por volver a tocar.

—Obedece —exclamó Alec, volviendo a apartar las manos ajenas de su cuerpo.

Tomó los labios del mayor, los mordió, los abrió y los saboreó con fuerza, su lengua volvió a beberse el adictivo sabor que había en la boca de Magnus. Su boca se desvió, dejando marcas por la barbilla y bajando por el cuello, sus dientes mordisquearon justo en la yugular, su lengua saboreó el pulso alocado y marcó el nuevo camino hacia el pecho, sus dientes volvieron a reclamar el terreno, dejando marcas rojas en forma de óvalos. El abdomen del mayor se contrajo al sentir los besos húmedos y cortos que se esparcían por ese pedazo de piel. Alec se colocó en cuclillas, sus manos apoyándose en los huesos de la cadera del contrario, su lengua seguía explorando, apreciando el sabor salado que se intensificaba en la piel morena.

Las manos temblorosas de Magnus se apoyaron ligeramente en los hombros del menor, no sabía de qué otra forma permanecer en pie, su piel parecía extremadamente sensible a las atenciones de Alec. Sentía su piel quemándose lentamente, su garganta secándose sin poder darle alivio alguno, su vista nublada por las lágrimas que se amontonaban lentamente tras sus parpados. Alec seguía explorando su cuerpo, buscando los puntos más sensibles, los que le hicieran tener el control, no quería mirarlo, no quería darse cuenta de que estaba a punto de tomar el control por completo. Sintió la humedad de la lengua del menor recorrer su miembro por encima de la ropa interior y continuar por la piel de su abdomen, entonces los dientes mordiendo por debajo de su ombligo, en un punto que no sabía que podía ser así de sensible. Su cuerpo se volvió líquido y antes de poder evitarlo había resbalado hasta quedar en el suelo.

Alec le besó con tranquilidad, seguro de que sus labios ya habían sido marcados lo suficiente, su lengua acariciándole con delicadeza, sin la rudeza que había tenido hace un rato, después cortó el beso y se levantó. Empezó a quitarse la ropa interior y él lo ayudó a deshacerse del resto de la ropa, el pantalón, los calcetines, la ropa interior y tenis quedaron hechos una bola junto al resto de la ropa que ellos habían traído puesta. Sintió las manos tironear su cabello y obligarle a mirar hacia arriba, el pene de Alec estaba frente a él, apenas despierto y rogando por entrar en su boca. Sonrió y alejó la mirada para enfocarse en los ojos del menor, quien aún mantenía sus manos sujetas a su cabello.

— ¿Quieres que lo chupe? —preguntó Magnus, su voz ensombrecida por un poco de malvada diversión.

—Quiero que te lo metas a la boca —ordenó Alec—, y que lo chupes como si fuera tu postre favorito.

Tal vez fue porque era la primera vez que veía a Alexander ordenarle hacer cosas de esa manera, con seguridad, como si tuviera el control por completo de él, pero no puso más trabas. Se lamió los labios, sostuvo el miembro entre sus manos y se lo metió a la boca, los gemidos de Alec siempre le parecían preciosos, le instaron a chupar con fuerza. Sacó el miembro de su boca, su lengua lo recorrió desde la punta hasta la base, sus manos se concentraron en acariciarle los testículos y su boca se centró en lamer y succionar todo lo que pudiera. Las manos en su cabello jalaban cada vez que llegaba a un punto excesivamente sensible, fue cuando había encontrado la forma de chupar que más placer le provocaba al menor que se vio separado. Alec se arrodilló frente a él, ganándose una pequeña y fugaz sonrisa de su parte.

—Creí que querías que lo chupara como si fuera mi postre favorito.

Alexander lamió sus labios en respuesta, acariciándole el miembro por sobre la ropa.

—Sí, pero también quiero hacerte suplicar.

Magnus movió las caderas con suavidad, restregándose contra la mano en su entrepierna, buscando un poco de atención que no llegaba. Alec le sujetó por el brazo y le impulsó hacia adelante, posicionándolo en cuatro sobre el suelo. Sintió las manos del menor repasar su cuerpo, acariciando cada pliegue en su piel con dureza, después vino la boca humedeciendo y probando la piel de su espalda. Alec lo estaba tratando de doblegar con rudas atenciones dispersas por todo su cuerpo.

En ese momento solo quedaba una prenda entre ellos, que el menor se encargó de removerla en un par de instantes, y sus cuerpos chocaron con fiereza, sensaciones increíblemente placenteras inundando su ser. Las caderas de Alexander se movían lentamente, simulando estocadas que nunca llegaban a volverse realidad. Un dedo se paseó por su entrada y él se dio la vuelta con rapidez, como si ese toque hubiera accionado las pocas neuronas que aún funcionaban de forma correcta, su espalda chocó contra el frío suelo, haciéndolo jadear y expulsar el aire de sus pulmones, aire que no sabía que había estado guardando con tanto recelo.

—Aquí no —masculló Magnus—, hay una cama a un par de metros.

— ¿Y?

Alec aprovechó la nueva posición que habían adquirido, bajó las caderas y volvió a impulsarse para generar fricción entre ambos miembros.

—Ahí hay condones y lubricante.

Los ojos azules siempre le habían parecido sorprendentes, siempre había tenido una preferencia cuando se trataba de pelinegros con ojos azules, pero era Alec el único chico que había conocido hasta el momento que lograba hacerlo retener el aire cuando recibía una mirada.

—De acuerdo —fue todo lo que Alexander dijo.

Se levantó y tomó las manos del moreno para ayudarlo a levantarse. Y un par de pasos después sus bocas se buscaron casi por inercia. Alec le sujetó con fuerza de la cintura, bajando las manos hasta poder acariciarle el trasero con suavidad. Magnus paseó sus uñas por los brazos del pelinegro, dejando apenas finos hilos de color rojo en la piel pálida, después logró afianzarse del cuello para buscar estabilidad.

—Hacerlo aquí es sucio.

Las palabras acariciaron los labios de Alec, como si realmente no fuera una queja. Magnus medía un par de centímetros más que Alexander y no dudo un momento en aprovechar eso para instarle a caminar hacia la habitación. Tal vez lo más seguro no era echar a correr hacia la habitación, pero ninguno de los dos estaba realmente interesado en la seguridad.

Recibió un nuevo ataque en cuanto la distancia entre la cama y ellos era realmente escasa, las manos del menor acariciaron su cuerpo con fuerza y por momentos con delicadeza, como si no supiera si quería tocarle por necesidad o por odio. El aire se escapó de sus pulmones en cuanto su contrario le empujó hacia la cama, sus brazos se estiraron buscando algo de que aferrarse pero solo terminó cayendo en la mullida superficie, su cuerpo rebotando por escasos segundos, Alec le miraba desde lo alto, casi como si estuviera juzgándolo. Le vio llevarse una mano a la cabeza para revolverse el cabello y después encaminarse hacia su mesa de trabajo.

El problema con su mesa de trabajo era que solo Magnus podía entender de qué forma estaba acomodada y que cosas se podían mover y cuales no debías de intentar ni soplarles, por eso fue que su excitación disminuyó al ver al contrario acercarse con seguridad y tomar la pequeña caja negra donde guardaba sus provisiones. Alec regresó con el botín entre sus manos, se arrodilló en la cama mientras abría la caja y extraía una pequeña botella de lubricante y un condón.

—Nadie puede tomar cosas de mi mesa —inquirió Magnus, sin darse cuenta de que sonaba como un niño caprichoso.

—Acabo de hacerlo —contestó Alec, la seguridad cayendo por montones de su boca.

Abrió las piernas casi en cuanto Alexander había vuelto a acercarse. Los dedos del menor se acercaron a su entrada, cubiertos de lubricante, acariciando los pliegues de su piel en esa parte, haciéndolo morder sus labios, hacia demasiado tiempo ya desde la última vez que había tomado ese rol. Se vio enfrentado por la mirada azul al mismo tiempo que introducía dos dedos en su ano, siseó y echó la cabeza hacia atrás, sentía su interior arder mientras la piel era estirada al antojo del contrario.

—Podrías ser… cuidadoso —gruñó, revolviéndose sobre las cobijas.

A modo de respuesta Alec introdujo un tercer dedo, haciéndolo jadear y tratar de alejarse apoyando los tobillos en los costados del otro, pero sus intentos fueron en vano, Alexander le sujetaba con fuerza por la cadera y sus dedos se movían con seguridad, expandiendo la piel, obligando a Magnus a adaptarse y esperar lo que estaba a punto venir. Los dedos siguieron con su trabajo, adentrándose con seguridad y fuerza, sin llegar a ser realmente brusco, simplemente buscando apurar las cosas, Magnus sabía que probablemente esa impaciencia le provocaría problemas al día siguiente, problemas que no querría tener que explicar.

Alec sacó sus dedos, tomando enseguida la botella de lubricante y untando su miembro y la entrada del mayor, el mayor instintivamente alzó las piernas, su pierna izquierda siendo sujetaba por el menor a la altura de su hombro mientras se encargaba de guiar su miembro para penetrarle. Magnus aguantó la respiración, sintiendo la penetración invadirle lentamente, alargando la sensación que casi había olvidado después de tanto tiempo. Ambos bajaron la mirada al punto donde se conectaban, donde el pene de Alec se perdía en las entrañas de Magnus, la sensación de morbo invadiéndoles e instándoles a continuar, a eliminar por completo la necesidad que tenían.

Las primeras embestidas fueron delicadas, apenas haciéndolos jadear, las siguientes fueron duras y lentas, creando un quejido de parte de Magnus cada que el miembro golpeaba su próstata; hasta que Alec logró encontrar el ritmo que necesitaba, rápido y fuerte, haciendo que sus muslos ardieran por el continuo esfuerzo, pero las olas de placer que se iniciaban en su entrepierna le obligaban a seguir sin ningún descanso. Inundaron la habitación con jadeos y quejidos, sus respiraciones erráticas chocando entre ellos cada que trataban de iniciar algún beso y las embestidas lo hacían imposible.

—Tranquilo —jadeó Magnus, las manos contra el pecho del otro, empujando para que le hiciera caso.

Alec paró y con ello también el placer y la pronta liberación que buscaba, las manos le picaban por las ansías de sujetarse a la cadera del mayor y continuar, pero los músculos en sus piernas parecían agradecidos por el descanso.

— ¿Estás bien?

Magnus le regaló una sonrisa entre sus exhalaciones.

—Hace mucho que no…

Su frase quedó a medias, Alec había vuelto a ondear sus caderas para embestir.

— ¡Maldita sea, Alexander!

El aludido soltó una risa burlona, pinchando el orgullo de Magnus.

—Necesitaba hacerlo —dijo en su defensa, embistiendo casi sin fuerza de nuevo.

—Siéntate —exclamó, ganándose una mirada extrañada del menor—. Te cansarás menos si voy arriba.

A Magnus le gustaba el cuerpo de Alec, los músculos marcados de su abdomen, sus manos fuertes, la manzana de adán en su cuello, sus piernas largas y su capacidad para soportar la intensa actividad física; pero más que todo eso le gustaba su forma de reír, las pequeñas arrugas al lado de su boca que apenas y se marcaban y el vibrar grave de su risa, seguramente fue la risa que Alec dejó escapar mientras se acomodaba en la nueva posición lo que le hizo sonreír.

Alexander le ayudó a subirse en su regazo mientras le besaba, fuerte y decidido, como las veces anteriores, sus manos repasando su cuerpo mientras él encontraba el ángulo correcto para poder penetrarse, sintió el aliento caliente del contrario contras sus labios cuando al fin había logrado introducir el pene en su entrada, mordió sus labios, dejando un beso forzado en los labios de Alec antes de empezar a moverse. Balanceaba su cadera cada que se llenaba por completo y los quejidos del menor le informaban que era una buena estrategia.

El menor le sujetaba con fuerza por la cintura, ayudándole en cada penetración, sosteniéndolo en lugar de guiarle, por el contrario Magnus simplemente apoyaba la cabeza contra el hombro del contrario mientras sus manos se encargaban de su erección. Podía sentir el cosquilleo y la frustración de tener el orgasmo cerca y no poder alcanzarlo, solo necesitaba un par de embestidas más que tocaran su próstata y seguro llegaría. Alec pareció entender su desesperación, porque dejó de sujetarle y empezó a guiarlo, alzando la cadera para no terminar saliendo por completo y haciéndole bajar hasta penetrarlo por completo, sus testículos golpeándole el trasero.

—Si… si paras —jadeó Magnus en amenaza, con la mano izquierda sosteniéndose de Alec y la derecha subiendo y bajando con rapidez en su miembro.

Sintió la presión dentro de Magnus mientras éste jadeaba y soltaba gemidos rotos contra su hombro, su cuerpo temblando por el impacto del orgasmo. En cambio él todavía luchaba por alcanzar su propio orgasmo, enterró los dedos en el trasero del mayor y le instó a seguirse moviendo, penetrándolo con fuerza, desesperado por no poder llegar al final. Magnus le tomó el rostro con ambas manos, besándole con dureza, dejando que usara su cuerpo a su antojo para poder llegar.

Atrapó el labio del mayor y hundió sus dientes en la carne, el interior de Magnus volvió a apretarle y el orgasmo le llegó. Su vista se nubló al igual que su mente, era consciente de los gemidos graves que soltaba contra la boca del mayor, el cual los recibía sin dejar de mover su cadera, buscando que su orgasmo llegara realmente hasta el final.

Fue momentos después que su consciencia volvió, su boca estaba seca y sus dedos aún estaban enterrados en la piel del moreno. Buscó los labios contrarios, besándole por primera vez con extrema delicadeza y separándose casi al instante a causa de su respiración descompuesta. Magnus se sostuvo en sus rodillas, elevándose lo suficiente para sacar el miembro de su interior, volviendo después a sentarse sobre el regazo de Alec.

—La ventana está abierta —exclamó Alec.

Magnus giró el rostro para dirigir su mirada al ventanal. Desde ese ángulo se alcanzaban a ver las ventanas del edificio de enfrente, las luces en todo ese edificio estaban encendidas y las cortinas estaban levantadas.

—Me parece que acabamos de dar un espectáculo.

Alexander bajó la mirada avergonzado. Magnus en cambio soltó una risa escandalosa, su cuerpo temblando entre los brazos de Alec.

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—Debiste insistirle más.

Jace frunció el ceño, volteando al instante a ver a la pelirroja. Ella le regresaba la mirada decidida, confiando completamente en lo que acababa de decir.

— ¿De qué lado estás, Clary?

—Estoy diciendo que es tu mejor amigo, el cual necesita ayuda y tú solo estás indignado porque él te echó en cara tu error.

El rubio soltó un suspiro, echó la cabeza hacia atrás, golpeándose por accidente con la cabecera de la cama. Clary soltó un suspiro y se acercó para apartarle un par de mechones que caían en sus ojos y dejar un beso pequeño en sus labios.

—Es obvio que te está afectando no poder ayudarlo.

—Nueve días —exclamó con cansancio—. Prefirió pasar nueve días en casa de un completo extraño que en la de su mejor amigo.

—Creo que fue una buena decisión —dijo, y se apresuró a continuar antes de que Jace pudiera decir algo—, sus padres sabían que vendría aquí. Seguramente lo habrían llevado de vuelta a su casa a la fuerza.

Jace soltó un suspiro pesado, se llevó las manos a la cara y se frotó con fuerza. Incluso soltó un pequeño grito. Toda la situación con Alec le estaba afectando de tal manera que empezaba a tener dolores de cabeza regularmente.

—Todo es culpa de ese tipo, yo podría ayudarlo más. Lo conozco desde que éramos niños.

—Entonces debiste haberle insistido más en lugar de irte.

Él se enderezó, volteando a ver a la pelirroja que seguía recostada contra la cabecera. Ella le miraba seriamente, casi sin expresión.

— ¿De qué lado estás? —le preguntó. Aunque sonaba más como reclamo que como pregunta.

Clary rodó los ojos y soltó un suspiro. Convencer a Jace le tomaría mucho tiempo, más tiempo del que tenía disponible ese día, debía de ir a comer con su madre dentro de dos horas.

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Magnus no lo había despertado, pero le dejó una nota en el espejo del baño informándole que su desayuno estaba en el microondas. De cierta forma lo sentía más fácil así. Se dio una ducha, puso la ropa que Magnus le había estado prestando en el canasto para lavar y se vistió con la ropa con la que había llegado. Se comió el desayuno que el mayor le había guardado y lavó los trastes. Se aseguró de dejar todo ordenado y por un instante, cuando Presidente Miau lo observó fijamente desde el sillón, le dieron ganas de esperar, de seguir pensando sus opciones hasta que hubiera una mejor.

Pero nunca había sido bueno para esperar, dio media vuelta y salió del departamento. Afuera había un chico que estaba subiendo los últimos peldaños de la escalera, llevaba una canasta azul de plástico con ropa doblada, él cerró la puerta del departamento y se encaminó a la escalera, saludando con un movimiento de cabeza al chico, el cual le miraba con algo de duda.

—Soy James, vivo al lado —dijo el chico, reteniendo la huida de Alec.

Debió de darse cuenta de la mirada perdida de Alexander porque se apresuró a continuar.

—Mira, te he visto varias veces ya por aquí, así que supongo que vas a ser regular.

A Alexander le invadió una ligera vergüenza que le hizo tartamudear.

—Sé que no es mi asunto pero estoy estudiando leyes y realmente necesito algo de calma para poder estudiar, y con ruidos como los de ayer por la noche es imposible para mí concentrarme. No estoy diciendo que dejen de… ya sabes… ¿Pero podrían bajar el volumen un poco? Realmente te lo agradecería.

Las mejillas de Alec se sentían tremendamente calientes, la voz se le había ido a algún lugar desconocido así que lo único que pudo hacer fue asentir y aceptar el agradecimiento del chico antes de verlo seguir su camino hacia su departamento. Se apresuró a bajar las escaleras, tan rápido que casi se cayó un par de veces antes de poder llegar a tierra firme.

La vergüenza le acompañó casi todo el camino, fue solo cuando estaba a punto de llegar a su casa que toda emoción que le había acompañado se esfumó, en su lugar quedó el miedo, invadiéndolo y haciéndolo dudar una vez más sobre si lo que hacía era lo correcto. Pudo controlarlo hasta estar frente a la puerta de su casa, sabía que tenían una llave de reserva en las macetas pero terminó tocando el timbre un par de veces. Sus dedos temblaban, todo él estaba temblando. Parecieron eternos los minutos que tuvo que esperar hasta que la puerta se abriera. Su hermana apareció apenas la puerta se abrió y se lanzó a sus brazos.

—Volviste —murmuró, soltando una risa estrangulada.

Su hermana siempre había sido fuerte, desde que la habían inscrito a gimnasia unos años después de que aprendiera a caminar, por lo cual el agarre que mantenía alrededor de su cuello lo dejaba sin aire de a poco. Isabelle pareció notarlo, porque lo soltó pero no le dio tiempo de tomar aire, lo jaló con fuerza para meterlo a la casa.

El lugar se veía diferente aunque todo seguía igual, tal vez era solo cosa suya al haber estado fuera tanto tiempo, se sentía extraño. Izzy le jaló hasta que ambos estuvieron subiendo las escaleras y entraron al cuarto de su hermana. Incluso ese lugar se sentía extraño, como si fuera la primera vez que pisaba esa casa, se sentía ajeno.

— ¿Por qué? —preguntó Izzy, haciéndolo reaccionar.

—No podía evadirlo por siempre —contestó con pesadez—, además Magnus…

— ¿Qué hizo? —le cortó su hermana, con el ceño fruncido y los labios apretados.

—Me ayudo a decidirme.

Isabelle pareció pensárselo, debatiéndose si podía ser posible que Magnus le hubiera ayudado. Al final nunca pudo decir lo que pensaba, Max entró corriendo a la habitación con el objetivo fijo de abrazar a su hermano mayor.

—Hola, Max.

Su hermano menor sonreía de oreja a oreja, mostrando su felicidad por todos sus poros.

—Ahora que volviste podrás enseñarme a andar en bicicleta —exclamó con su felicidad desbordándose.

—No tienes bicicleta, Max.

—Le acaban de comprar una —informó Izzy cruzando los brazos.

—Debes de enseñarme, Alec —ordenó Max. Jalándole por los brazos para hacer que se levantara.

Alexander soltó una risa ligera, pero no se opuso a que su hermano le levantara y segundos después lo llevara a su cuarto. Isabelle les siguió luego de un rato, sonriendo como no lo había hecho en todos esos días, como si realmente las cosas en casa no hubieran cambiado.

Ambos se refugiaron en el cuarto de Max, escuchando con atención lo que el menor se había guardado todos esos días para que solo su hermano mayor escuchara. Incluso Izzy tenía cosas guardadas para decirle. Era como si estuvieran tratando de compensar el tiempo que no habían estado juntos y darle apoyo, algo que iba a necesitar en cuanto tuviera que enfrentarse a sus padres. Lo cual, muy a su pesar, no tardó en ocurrir.

Sus padres llegaron a la casa cuando empezaba a obscurecer. Su madre subió a avisarles que era hora de cenar, encontrándose con todos en la habitación, sentados en el suelo jugando con la consola de Max. Alexander pensó que iba a abrazarlo, que le preguntaría como había estado o que por lo menos se acercaría para fijarse que el moretón en su rostro estuviera desapareciendo de manera adecuada, pero nada de eso pasó.

—Laven sus manos y bajen a cenar —dijo con voz dura, dio media vuelta y se alejó del cuarto. Segundos después escucharon sus pasos al bajar las escaleras.

Isabelle miró a Alec y después se levantó seguida por Max para bajar a cenar. Alexander se mantuvo en el suelo, su mirada fija en la pantalla del televisor donde mostraba que el juego había sido pausado, soltó una risa estrangulada y se levantó para seguir a sus hermanos.

La reacción de su padre fue básicamente la misma, le miró por un instante y después se giró para acomodarse en su lugar en la mesa. Sus padres preguntaron qué tal había ido el día, pero en ningún momento se molestaron en hablarle directamente, ni en tocar algún tema que pudiera llevar a la discusión que habían tenido. Alec ingirió la comida, manteniéndose en silencio y soportando las náuseas que le provocaba la situación. Izzy ayudó a su madre a recoger los platos mientras Alec y Max iban a la sala para ver la televisión un rato. Casi parecía un día normal, de esos que tenían antes de la discusión.

Unos minutos después, cuando Max al fin había dejado un canal, su padre entró a la sala, parándose frente al televisor y mirando a sus hijos alternadamente.

—Max, ve a tu cuarto.

— ¿Por qué?

—Porque soy tu padre y te lo estoy ordenando.

Max refunfuñó un par de cosas sobre ser mayor pero terminó levantándose del sillón e ir a las escaleras para subirlas corriendo.

Su padre siguió frente a él, mirándole con ese tipo de mirada que Alec aprendió a temer y respetar a corta edad.

— ¿En dónde estuviste?

Sabía que no podía decirle que había estado en la casa de un chico, eso haría que su padre se enojara al imaginar lo que pudo haber pasado o el por qué un chico le dio refugio.

—En casa de una amiga, Izzy la conoce.

Le vio asentir con la cabeza, pero aun así mantenía la cabeza erguida, los brazos cruzados sobre el pecho y la postura casi militar.

—La universidad tiene un costo —comenzó su padre, mirándole duramente—, uno que debe pagarse cada semestre, además de los materiales que necesitas, ¿qué tanto quieres tu carrera, Alexander?

Su corazón bombeaba lentamente pero con fuerza, tan fuerte que podía sentirlo en su garganta, junto con el nudo que se apretaba en su estómago. Sabía lo que su padre trataba de decir pero no quería creerlo.

—Si vuelvo a escucharte decir que eres un desviado, o me llega algún rumor de que te vieron con un marica, voy a dejar de pagar la universidad y te irás de esta casa, ¿escuchaste?

Le tomó unos segundos darse cuenta de que le acaban de solicitar una respuesta, pero el nudo en su estómago había logrado subir hasta su garganta y sabía que no sería capaz de pronunciar palabra alguna.

Se limitó a asentir una sola vez con la cabeza.

—Y no olvides que todo lo que tienes es gracias a mi dinero, si te vas todo se queda aquí. ¿Entendido?

Volvió a asentir con la cabeza, una sola vez más. Su padre se fue, sin decir ni una palabra, dejándolo solo en la sala.

Entendía lo que acababa de pasar y entendía que él acababa de aceptarlo. Sus manos dolían por lo fuerte que apretaba sus puños, su garganta picaba y en su pecho estaba creciendo un inmenso vacío, entonces sintió las lágrimas recorrer su rostro. Realmente se había equivocado al volver.


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Tal vez tiene algún error, cada que termino muero por subir así que si ven algo mal háganlo saber.

Dudas, aclaraciones o felicitaciones son bien recibidas, si dejan un review me harán feliz.

¡Muchas gracias por leer!