Declaración: Quisiera decir que Draco es MIO! Pero sabrían que miento.
Capítulo 6: EL MISERABLE
"¡Cuantas perplejidades! ¡Cuantas noches pasadas
sin conciliar el sueño! ¡Dios mío…!
¡Conseguiré hacerme despreciable… hasta ella
me despreciará! ¡Pero ella se va, se aleja!
Alfred de Musset.
Cuatro largas noches de fiebre y accesos de tos había pasado Hermione, y Draco debió sufrirlas con ella. Extrañamente para él, en ningún momento pasó por su cabeza la idea de dejarla ahí y seguir su viaje, y a esas alturas comenzaba a preguntarse si realmente sería por la utilidad que pudiera tener Granger en el regreso a su mundo, o si sería por un motivo más poderoso.
Desayunaban por las mañanas, a veces en silencio, otras conversando sobre los temas más triviales. En ningún momento él le preguntó de quién huía y ella había tenido la cortesía de no indagar tampoco sobre sus perseguidores. A veces recordaban sucesos de su infancia en Hogwarts y, en al menos tres ocasiones, Hermione lo había hecho reír.
Pasaban las tardes jugando cartas, explicándole ella como funcionaban los distintos juegos muggles, que él aprendía con increíble facilidad y luego él se iba a recorrer las calles de Windsor para que ella descansara. No la despertaba hasta poco antes de la hora de la cena para administrarle los cataplasmas, a los que Hermione ya comenzaba a acostumbrarse, y que él hacía con el más extremo cuidado para no tocarla… No quería repetir la aparición de ciertas imágenes en su cabeza.
En un momento Hermione se preguntó por qué estaría Draco Malfoy siendo tan atento con ella, pero no quiso planteárselo al joven por temor a romper con ello la tregua momentánea que su enfermedad parecía haber generado. Pero era preocupante, especialmente porque ella estaba viendo un lado de Malfoy que no quería ver… No quería tener un buen concepto del hurón, simple y sencillamente porque eso la acercaba cada vez más a que se cumpliese su más terrible temor: sentir afecto por Malfoy… Y luego, aquel atractivo aspecto que el muchacho había adquirido a sus ojos, se encargaría de convertir el afecto en algo más… ¿Amor? Era muy joven. No creía que el amor pudiese llegar antes de los veinte años. Aunque… "No existe edad para el amor", había dicho su madre. Pero no temía enamorarse de Malfoy; a lo que temía era a tomarle aprecio. Sabía que el cariño, mezclado con hormonas, generaba algo muy similar al amor. ¿Sería ella suficiente racional para no dejarse engañar por un simple enamoramiento? ¿Sería lo suficientemente fuerte para negarse, en el momento en que sus hormonas se lo pidieran; a terminar en una cama con él, haciendo mucho más que dormir? La sola idea le hacía subir los colores al rostro, y una noche en que el hombro de Malfoy contactó su espalda, comprendió que resistirse a cierto tipo de impulsos era mucho más difícil de lo que siempre había considerado.
¡Con qué soltura había juzgado antes a sus compañeras de casa por dejarse arrojar a pasiones infantiles! Pero ahora que ella era la afectada, ya no parecía tan fácil juzgar. También se preguntó por qué no había tenido ese tipo de problemas con Ron, pero la respuesta vino en segundos: Ronald Weasley era un caballero. Draco Malfoy no. Habría sido verdaderamente difícil temer que Ron tomara ventaja de ella en un momento de excitación. De hecho, sería aún más difícil que entre ambos se generara la excitación suficiente como para llegar a otra cosa. Antes el pelirrojo insistiría en poner en su dedo un anillo que certificara el compromiso. Y luego, se exigiría a sí mismo una boda, controlando estoicamente sus impulsos, cualquiera que pudiera haber, para hacer las cosas en el modo correcto. Pero ella lo amaba precisamente por ser así… Correcto… Un buen amigo, leal, torpe algunas veces, pero de buen corazón, y con una nómina de valores dirigiendo su vida constantemente.
Malfoy era todo lo contrario. ¿Cómo podría ella amar a alguien así? Y, sin embargo, el temor de sentir por él algo muy similar al amor, seguía ahí, oprimiendo en su pecho cada vez que lo tenía cerca.
- Tu turno…- exclamó él, trayéndola de regreso al juego. Hermione cogió las cartas con parcimonia ante la mirada ansiosa de él. Aún no acababa de comprender que era lo tan fascinante que él podía hallar en un juego de naipes. Miró su par de cartas. Tenía un diez y un nueve.
- ¿Las tomas o te las quedas?- su mirada era petulante, igual que durante las últimas cinco jugadas, pues había ganado en todas. ¡Suerte de principiantes! Pensó Hermione, pero ¿qué oportunidad tenía él ahora de vencer su diecinueve?
- Me las quedo…- sonrió triunfal. Pero ni aún la seguridad de su mirada turbó a Malfoy.
- Igual yo.- sonrió. Hermione descubrió su perfecto diecinueve ante sus ojos y él amplió su sonrisa exponiendo su veinte. ¡El maldito tenía dos dieses!- ¿Sabes? Creo que deberíamos empezar a apostar algo… para hacerlo más divertido, ¿no?
- No es posible que ganes siempre…- ella seguía contemplando los naipes estupefacta. Eso era más que suerte… Era… ¿Magia? No. Imposible. En ese mundo no podían hacer magia… ¿verdad?
- Pero he ganado, y justo a tiempo, por cierto.- sonrió mirando por la ventana.
- ¿A tiempo para qué?
- Eso no te incube… Aprovecha de descansar.- agregó cogiendo su abrigo- Estaré a tiempo para cenar.- le guiño un ojo y salió por la puerta sin dar otra explicación, dejando a Hermione estupefacta.
*
Entre las principales diversiones de los atardeceres de Windsor, estaban los juegos de naipes que se realizaban clandestinamente en algunas tabernas del lugar. Draco lo había averiguado sólo de casualidad y aunque no conocía nada de los naipes muggles, pronto convenció a Granger para que le explicara como funcionaban.
Lo más parecido, entre los juegos que ella le había enseñado, a los que se realizaban en esos bares era el black jack, aunque en lugar de dos cartas usaban solo una. Hacían las apuestas antes de alzar los naipes, y quien tuviera el valor más alto se lo llevaba todo.
Inmediatamente había visto ahí una oportunidad. Se había percatado, por supuesto, que muchos de ellos hacían trampa. Usaban naipes propios, cartas trucadas, y el típico naipe bajo la manga. Pero todos estos trucos tenían que pasar por el escrutinio de la censura pública, que no perdonaba ser burlada. Había visto a más de alguno ser vapuleado por algún contrincante que se supo engañado y luego echado a patadas del lugar por el resto de los presentes. Y aunque igual seguían intentando, ninguno había logrado pasar desapercibido. Pero él tenía a su favor algo que los demás no tenían: magia.
Granger no había entendido el porqué de su repentino interés por aprender como funcionaba un naipe muggle, y él tampoco tenía intención de explicárselo. Le bastó con comprobar que, tras varias tardes de juego, finalmente lograba transformar las cartas a su antojo y en una época donde el Ministerio aún no ponía detectores de magia sin varita, ¿quién le iba a impedir usar su recién descubierto don? Nadie. Al parecer aquella época tenía sus ventajas después de todo.
Había logrado vender las pistolas robadas del conde a un buen precio, y como Granger había financiado la totalidad de aquella travesía, el dinero seguía intacto en sus bolsillos. Aquella noche, tras conseguir el control de las cartas, decidió que era el momento de apostar. Esperó pacientemente por su turno en una mesa de ocho jugadores. Cada uno arriesgó una buena cantidad de dinero. Draco se limitó a igualarla, pese a tener mucho más en sus bolsillos. Sabía que tenía que dejarse perder al principio para no despertar sospechas. Y se dejó perder una y dos veces.
- ¿Te retiras, chico?- preguntó el que dirigía la mesa. Un hombre de bigote de aspecto bonachón. Draco le lanzó una mirada de pocos amigos. No le agradaba ser tuteado.- Como quieras.- siguió el hombre, meneando la cabeza mientras hacía la nueva repartición. ¡Había visto a tantos perder lo que tenían en esa mesa!
- Doblo…- dijo alguien a su lado. Los demás lo siguieron. La apuesta iba en serio. Draco dobló también. Ahora solo tenía que concentrarse lo suficiente para…
- Descubran sus cartas…- indicó el hombre de bigote y luego miró a Draco sorprendido. - ¡Vaya! Tenemos un ganador…- sonrió hacia el joven, que apenas se movió del asiento. Había comenzado a mover el dinero hacia Draco cuando este le hizo seña de que se detuviera.
- Lo apostaré todo…- el hombre lo contempló sombrío. ¡Es que los jóvenes no entendían que nadie ganaba dos veces seguidas! Había que ser en verdad muy estúpido. Encogiéndose de hombros, dejó el dinero sobre la mesa.
- ¿Alguien más?- preguntó hacia la muchedumbre que los rodeaba. Dos hombres de aspecto tunante se sentaron a la mesa y desembolsaron lo que tenían. La repartija de naipes volvió a llevarse a cabo…
- Descubran sus cartas…- y Draco sintió el corazón henchirse de algo muy similar al éxtasis. Había ganado nuevamente, ante los asombrados ojos de los presentes que lo examinaban en busca de algún truco que le permitiera ganar de ese modo, pero no encontraron nada. El joven comenzó a retirar el dinero de la mesa cuando una muchacha se le acercó sonriendo.
- ¿Os retiráis, guapo?
- No hay que abusar de la suerte…- dijo. Lo había oído decir a otros y el hombre de la mesa asintió ante este comentario.
- ¿Sin una copa para celebrar?- era la misma joven de cabellos rojos que lo había atendido unas noches antes. Tomó un vaso de algún licor ambarino y lo extendió a él mordiéndose los labios.
- ¿Una copa?
- Y algo más… Si se os antoja- sugirió ella y Draco no pudo evitar sentirse tentado a perderse entre aquellos cabellos rojos. Pero recordó cuál debía ser la razón de aquella oferta: el dinero recién ganado. El dinero que necesitaría para seguir su viaje. El dinero con que seguiría pagando los hospedajes ahora que había dejado casi sin un céntimo a Granger. ¿Y esa mujer quería que él lo perdiera por una noche de pasión? Era cierto que lo necesitaba, pero su necesidad primordial aquella noche no era satisfacer sus hormonas, sino conseguir dinero.
- Aceptaré la copa- sonrió bebiendo el líquido de un solo golpe, ante los satisfechos ojos de ella. Puso un billete sobre la bandeja, no creía que aquel licor pudiera valer más.- Pero tu otro ofrecimiento tendré que rechazarlo. Para eso tengo a mi mujer…- Le salió con tal sinceridad que temió estar comenzando a creerse su mentira, pero el comentario fue al menos efectivo para evitar que la pelirroja insistiera. Se colocó el sobretodo tan rápido como pudo y salió de ahí sin mirar hacia atrás.
Granger ya estaba mejorando, y ahora tenían dinero para salir de ahí… Pronto llegarían a Reading y entonces… En ese momento se detuvo. La vio nuevamente ahí, de pie frente a él, sonriendo. Una imagen transparentada, etérea, irreal. Cerró los ojos con fuerza y pensó que debía ser el efecto del alcohol. Estaba mareado. No debió haber aceptado esa copa. ¡Quién sabe que había puesto en ella la mujerzuela! Intentó seguir caminando, pero otra vez llegó la imagen a su cabeza con la fuerza de un recuerdo… Pero no era un recuerdo, sino todo lo contrario: un vistazo a lo que debía ser su futuro. Había nieve alrededor pero la mano de ella estaba tibia. Sus labios eran suaves y su boca cálida. Lo miraba con aquellos ojos cafés tan profundos y le susurraba cosas al oído. "Te amo, Draco". Dijo ella, y él casi pudo sentir aquellos rizos castaños jugueteando en su cara. Y tan fácil como vino, la visión se esfumó, dejándolo en medio del callejón, helado y confundido.
*
Hermione se sentía mejor que nunca. La tos iba cediendo poco a poco y no había presentado fiebre en todo el día. El color había regresado a sus mejillas y el apetito la tenía anhelando cada comida del día. Pensó en que aquella noche ya podría acompañar a Malfoy a cenar junto a la estufa en lugar de tenerlo retenido ahí, donde acabaría hastiándose de su presencia. No quería que eso ocurriera, no ahora que habían aprendido a convivir civilizadamente.
Pidió agua caliente para lavarse. Aún dudaba de si podía tomar el riesgo de mojar su cabello. Eran finales de otoño y no estaba segura que aquella maraña de pelos que tenía alcanzara a secarse. Además, no lucía tan mal. Aprovechó de peinarlo con delicadeza a la espera de que el rubio llegara. Era cierto que Malfoy había sido testigo de sus peores aspectos durante aquellos días de enfermedad, pero aún así su vanidad de mujer la obligaba a presentarse ante él en un modo más digno.
Tenía un vestido azul sobre la cama, que debía apresurarse en colocar. Sabía que su "marido"- le hacía gracia llamarlo así- volvería en cualquier momento, pero aún no había acabado de peinarse cuando él apareció en la puerta, encontrándola de pie frente al espejo.
- Llegas temprano…- sonrió Hermione, sin percatarse de la expresión de Malfoy, hasta cuando este empezó a caminar hacia ella, lentamente, amenazadoramente.- ¿qué ocurre?- si bien ya estaba acostumbrada a los cambios de humor del rubio, este nuevo aspecto con que se presentaba ante ella, tras haber salido tan contento, iba en contra de toda lógica. Él no dejó de mirarla en ningún momento y las iris de sus ojos lucían más oscuras que nunca. Algo en la cabeza de Hermione la instaba a huir, advirtiéndole que estaba en peligro, pero ella se negaba a hacerlo. Se quedó mirándolo, sin comprender, mientras él cogía su rostro entre sus manos y la atraía hacia sí, con fuerza, con rudeza. Y antes que se percatara del olor a alcohol que expulsaba su aliento, Malfoy junto sus labios a los de ella y la besó, en un modo en que jamás la había besado nadie, como si quisiera consumirse en su aliento.
Ella estaba inmóvil, atónita. De un momento a otro su mente había quedado en blanco como si con ese beso él succionara sus pensamientos. Pero entonces sintió la calidez de una lengua dentro de su boca y se asustó. Algo había de desesperación en los movimientos del joven. Ella no se atrevió a morderlo, pero intentaba inútilmente alejarlo de ella, sin entender, sin comprender, sin querer dejarse besar… Así no.
Draco la sentía temblar; estaba al tanto de los vanos intentos que hacía por librarse de su agarre, pero no la dejaría ir. No hasta comprobar si su boca era tan cálida como aquellas visiones le sugerían. Y para su horror, descubrió que sí lo era. Sabía que el alcohol era responsable de buena parte de su atrevimiento, pero por otro lado estaba aquel deseo que lo venía atormentando hacía días… Y las imágenes que invadían su cabeza, visiones o lo que fueran, debía desterrarlas de su mente o acabaría volviéndose loco. Quería besarla, sentirla entre sus brazos, hacerla suya hasta hartarse de ella y luego, las imágenes se irían al fin… ¡Esa debía ser la solución! No veía otra.
Una de sus manos se acomodó detrás de su cabeza, despeinando el cabello que la joven había cepillado con tanto esmero, en tanto la otra, viajó a su cintura y se apoderó de ella, atrayéndola hacia sí. Sintió como Granger se estremecía entre sus brazos, pero él tenía más fuerza e hizo uso de ella para llevarla hasta la cama, aprisionándola bajo su peso.
- Malfoy, no…- le oyó decir en un lastimero intento por detenerlo, pero él volvió a cubrir su boca con sus labios, en tanto sus manos se apoderaban de uno de sus muslos y lo apretaba con rudeza para dar una mejor posición a sus piernas. Ella se estremeció bajo su peso. Seguramente nunca había sentido aquella parte de un hombre tan cerca suyo, pensó Draco, y presionó con mayor violencia contra ella.
Sus ridículas fuerzas de niña intentando oponerse lo divertían, lo excitaban. Dejó su boca para saborear su cuello, extrañado de que ella ya no dijera nada. Ningún sonido venía de su boca y aunque seguía resistiéndose, lo hacía con menor fuerza. Buscó el borde de su camisola para incursionar con sus manos bajo ella y el solo contactar su piel cálida lo hizo sentir en el cielo. Libró una batalla a ciegas para introducir su mano dentro de aquellos molestos calzones de seda y se apoderó de aquella parte de su piel.
Esperaba alguna reacción por parte de Granger pero no la hubo. Su boca saboreó el contorno visible de su seno y succionó su suave piel. Tampoco hubo respuesta. Algo confundido, alzó su cabeza para buscar sus ojos y la encontró inexpresiva, con su mirada perdida en algún punto inexistente del techo. Su cuerpo estaba rígido bajo él y ya no oponía resistencia. Le habría gustado decir que era su oportunidad pero aquella actitud de la joven lo incomodaba. Prefería su oposición a su indiferencia.
Se acercó a sus labios y los mordisqueo suavemente. Ella no se opuso pero tampoco devolvió el beso. Draco pensó que Granger debía estarlo aborreciendo más que nunca, considerándolo un miserable, el ser más bajo y ruin del planeta. Ahora sí tenía una razón real para odiarlo eternamente. ¡Eso era lo que él quería: que lo odiara! Así no habría posibilidad de que aquellas visiones se hicieran realidad. No habría modo de que ella lo perdonara después de eso. No habría riesgo de algo siquiera parecido al amor entre la sangre sucia y él. Eso era lo que más deseaba en el mundo ¿verdad? Algo se estremeció dentro de él. "¿No es eso lo que quiero?" Intentó preguntarse, pero su mente respondió con silencio.
¡Cuán frágil lucía ella entre sus brazos! ¡Cuán desprotegida y bella! Sus manos se retiraron inconscientemente de donde estaban y se ubicaron a ambos lados de aquella cabeza coronada de cabellos dispersos. Se sostenía sobre sus manos para poder contemplarla mejor. Ella permanecía en aquella actitud de inexpresiva resignación y él sintió una punzada en el estomago y en su mente algo gritaba "¡Miserable!". Y era así como se sentía: un miserable.
Repelido por el peso de su conciencia se separó de ella, lentamente, dando tiempo a la represalia que debía venir. A los golpes, a las bofetadas con que ella debía responder a aquel acto atroz. Pero no hubo respuesta. No hubo un solo movimiento por parte de ella. Draco intentó decir algo, pero las palabras se le atragantaron. ¿Qué podía decir? ¿"Lo siento"? ¿De qué servían las palabras ahora cuando no habían sido palabras lo que había mediado mientras la forzaba? Y aquella actitud inmóvil de la joven seguía maltratando su conciencia.
¿Por qué lo había hecho? ¿Para que lo odiara? Pues lo había conseguido. ¿Se sentía mejor ahora? En lo absoluto. Las imágenes de un futuro en común seguramente serían reemplazadas por la culpa. Ahora preferiría mil veces haberse enamorado de ella a lo que había hecho. ¿Qué podía haber tan grave en tener un romance con una "sangre sucia"? ¡Ese concepto ni siquiera se aplicaba en aquel lugar! Y ahora, por imbécil, se quedaría solo. Ella jamás lo perdonaría. Jamás. Si tan solo pudiera culpar al alcohol de todo, ¡que alivio sentiría entonces! Pero él sabía que no había sido solo el alcohol y ella era demasiado inteligente para aceptar esa excusa.
Y seguía ahí, silente, inexpresiva. Y él no pudo aguantar por más tiempo esa visión y huyó, como un cobarde. Como el cobarde que se sentía. Cerró la puerta tras él y bajó las escaleras corriendo. El aire le faltaba, el ambiente que dejaba atrás era intoxicante. La imagen de ella, tendida en la cama, indefensa, era más de lo que podía aguantar. Quería huir… huir de sus propios actos; de su consciencia. Pero era difícil huir de algo que va con uno a todas partes. Salió de la posada en solo una camisa a caminar por las calles heladas. El frío debía hacerlo recuperarse. Olvidar… Necesitaba olvidar.
Maldijo a Lucius y a todos los de su clase por haberle inculcado aquel ridículo odio por los hijos de muggles. Y él había aceptado todas aquellas teorías como verdades irrefutables, sin siquiera realizar una elaboración previa para tenerlas por tal. ¿Cómo había sido tan estúpido para creer en algo así? La contradicción más grande a aquella idea era él mismo y sus acciones. Era él el ruin, el inferior, el sucio; si no de sangre sí de alma. ¿Por qué tenía que comprender la idiotez de aquel pensamiento recién ahora, cuando ya no podía borrar lo hecho, cuando Granger ya jamás lo podría perdonar?
Pero aún así tenía que pedir perdón. Debía convencerla de algún modo de que había actuado irracionalmente, presa de la confusión y del alcohol… Cualquier cosa. Debía descubrir su alma ante ella, hacerla comprender que se había dejado llevar por pensamientos imbéciles, pero que jamás volvería a ocurrir. La culpa no le permitiría siquiera volver a intentar hacerlo.
Caminó de regreso a la posada. El frío había puesto azules sus labios, pero la culpa le impedía percatarse de ello. La sirvienta lo miró extrañada.
- ¡Pensé que el Señor también se había ido!- exclamó. Draco la miró con horror.
- ¿Por qué?
- Como vuestra esposa pagó por su estadía y dejó las llaves, creímos que vos os iríais con ella.- El pánico lo invadió.
- ¿Hace cuánto?
- Unos minutos hará desde que dejó el lugar… ¿Es que no lo sabíais?
Pero no hubo respuesta, Draco echó a correr hacia la salida en la dirección que ella debía haber tomado. De seguro intentaría llegar a la estación arrastrando su maleta. Ya la podía imaginar. Tenía que llegar antes que ella a como diera lugar.
Corrió pese a que el frío congelaba el aire y este entraba con dificultad por sus pulmones. Corrió, aunque la noche estaba tan oscura que apenas se distinguía nada. Preguntó a las pocas personas que encontró por el camino. Nadie pudo dar una pista.
Estuvo a punto de dejarse caer, presa de su propia miseria en mitad de la calle cuando la distinguió. Sintió algo muy similar al alivio. Pero ella, al verlo, apresuró el paso. ¿Qué otra cosa se podía esperar? Intentó cogerla por el brazo, pero ella lo rechazó en un modo que le impidió volver a intentarlo. Sus ojos expresaban una ira que él no había visto en ella jamás.
- No puedes irte…- fue la primera estupidez que acudió a su boca. Las palabras le salieron con dificultad. Sus labios temblaban incontrolables a causa del frío.- Cometí un error, lo sé. Fui un estúpido. Me dejé llevar por… ¡Perdóname!- se detuvo ahí. Ella había volteado a mirar al piso, apretando los labios, pero al menos lo escuchaba.- Había bebido y…- volvió a guardar silencio sintiéndose idiota.- No volverá a ocurrir, Granger… Jamás volveré a actuar de ese modo. Te lo prometo.
En ese punto, ella dirigió hacia él sus ojos, cargados de una ira implacable. Y aunque Draco vio venir el golpe, no hizo nada por impedirlo. La mano de ella impactó contra su mejilla y el ruido hizo eco en la fría noche que los rodeaba. Pero él sintió que lo merecía. Aquella bofetada era como un bálsamo para su espíritu.
- Si vuelves a intentarlo, te mataré. - dijo ella con los dientes apretados- No me importa si con ello me condeno a quedarme en este mundo para siempre. Juro por Dios que te mataré, Malfoy.- Y él asintió. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Permanecieron un largo rato en silencio, sin decir palabra, hasta que ella se inclinó a recoger su maleta. Draco intentó tomarla por ella pero la joven lo rechazó con rabia. Caminaron de regreso a la posada. Ella solo habló para solicitar las llaves de vuelta.
Draco se quedó junto a la estufa… Necesitaba aquel tibio calor para contrarrestar el frío que se había apoderado de él, y además, necesitaba una excusa para no tener que mirarla a los ojos. La sintió subir las escaleras sin siquiera intentar seguirla y se quedó ahí, de pie, por más rato del que nunca había estado. La sirvienta le ofreció algo de cenar pero él la rechazó sin decir palabra.
Cuando finalmente subió a la habitación, fue un alivió encontrarla dormida. Ni siquiera se atrevió a encender las velas por no despertarla. No podría enfrentarla aún. Tomó una de las almohadas de la cama y se acurrucó en la silla, cubriéndose con su abrigo, como ella lo había echo en noches anteriores. Su acción de aquella tarde le impedía ocupar un lugar junto a ella, y pensó que ella jamás lo dejaría volver a hacerlo. Intentó dormir y olvidar, pero la incomodidad de la silla y su propia culpa se lo dificultaron bastante.
*
Pero Hermione no dormía. Contrario a lo que él creía, ella era silencioso testigo de sus intentos de punición. No había podido dormir, pero debía fingir hacerlo o de lo contrario las cosas terminarían mal.
¿Con que "se había dejado llevar"? Se burló en su cabeza. ¡Cuánto deseaba ella poder dejarse llevar con tanta facilidad como aquel imbécil sin conciencia! Por supuesto que ella también era presa de ese tipo de sensaciones, pero tenía demasiado que arriesgar: su inocencia, la seguridad de saber quien era, y su amor por Ron.
En verdad nada irreversible había ocurrido, pero ¡qué cerca había estado de ocurrir! ¡Qué cerca había estado ella de perderse! Malfoy probablemente interpretó su mutismo e inacción en aquella cama como un acto de resignación. Y lo era… estaba resignada a lo que ocurriría, pero se obligaba a sí misma a no moverse, a no decir nada ni participar de aquello o acabaría entregándose a él voluntariamente. ¡Qué terrible era sentirse presa de su propia sexualidad! Y si aborrecía a Malfoy en ese instante, si lo había golpeado y había intentado huir de él no era por que intentara forzarla como él parecía creer, sino por poner al descubierto aquella debilidad en ella. Se odiaba a sí misma por haber estado a punto de aceptar sus caricias y devolverlas, olvidándose de Ron, de sus principios, de su vida antes de él. ¡Y él era el culpable de todo!
Pero jamás lo confesaría. Nunca le dejaría ver la verdadera razón de su vano intento de huida. Era mejor que él se sintiera infame y se mantuviera tan alejado de ella como les fuera posible. Necesitaba tenerlo lejos o no respondería de sí misma. ¡Maldito! ¡Maldito fuera mil veces por conquistar una parte de ella con sus facciones de ángel! ¡Por hacerla sentir lo que sentía! ¡Y maldita ella también, por sentirlo!
Creía su alma humillada, pisoteada. Su orgullo herido a más no poder, porque, ¿cómo podía ella tener ese tipo de reacciones por un monstruo como él? Un sin fin de respuestas acudieron a atormentarla pero ella ya no quería pensar más, y se concentró en recordar tiempos mejores: las tardes de Hogwarts junto a sus amigos, los triunfos de aquella guerra que había acabado, la dulce mirada de Ron… Y el modo en que Malfoy la había besado…
-Fin del Capítulo 6-
A quienes dejan Comentarios: Gracias! Con sus críticas intento mejorar día a día.
A quienes no dejan comentarios: ¿Qué no saben que sus comentarios son mi pago? Entre menos comentarios recibo más tardo en inspirarme para seguir escribiendo, así que si les gusta la historia será mejor que alimenten a este intento de escritora!!! Gracias.
A Diane Evans: ¿Qué tal la ortografía esta vez?
A Vane_15: Gracias…
A todos mis queridísimos lectores: Aquí el nuevo chap… Ya estoy trabajando en el siguiente. Lamento que con este capítulo no les arroje nuevas pistas sobre los acontecimientos futuros, y que a muchos les destroce la idea que tenían de que Draco ya al fin había cambiado y pronto confesaría su amor… La verdad es que cambiar es algo que lleva bastante tiempo… No creo en los cambios de un día a otro, y aunque Draco ya en algo ha avanzado, aún le queda mucho por recorrer. Pero no desesperen: pronto tendrán noticias de lo que ocurre en Londres… Un saludo enorme y nos vemos pronto. Alex.
Recomendaciones: Lean La Trilogía de "Leyendas de Otori" Es una novela demasiado hermosa!!!
