Tabla objetos: Ataúd

Pareja: Kirihara-Ann (Momoshiro)

Advertencias: Ooc, pareja crac.

—No puedo entender por qué tenemos que hacer una excursión y encontrarnos con ellos— gruñó la rubia cruzando los brazos y apoyando las manos en los codos—. Es irritante. Rikkaidai.

Y entre ellos, el pequeño monstruo de ojos verdes y cabellos revoltosos que rápidamente se percató de su presencia.

—Ah, la de los ojos azules del Fudomine— señaló acercándose a zancadas con las manos en los bolsillos, alejándose de su grupo de estudio. Ann frunció el ceño y movió una mano para espantarlo, pero él continuó acercándose.

—Podrías recordarme por otra cosa— opinó cuando lo tuvo casi encima y retrocedió hacia atrás.

—Como por ejemplo "la hermana menor de Tachibana" — picó el moreno. Ann apretó al instante los labios.

El recuerdo de Momoshiro fue aplastante. Como una patata hervida que es fácil de romper. Desde que lo había conocido el chico de Seigaku no cesaba de llamarla de esa manera, irritándola y todo lo que fuera necesario que la calentara para terminar gritándole, discutiendo y posiblemente, volviendo a hacer lo de la última vez.

Pero, ey, fueron solo besos, ¿no? Y después ambos terminaron yéndose a sus casas sin decirse nada, con el aura ennegrecida y la culpa encima.

No obstante, Kirihara no podía saber nada de eso…

—Haz lo que quieras— zanjó, dándole la espalda y entrando en la siguiente sala. Su grupo se había alejado demasiado y precisamente, la sala que tocaba ver no era demasiado agradable: La sala del terror—. Oh, mierda.

Kirihara caminaba junto a ella, tan cerca, que ambos chocaron cuando ella se detuvo al notar su calor. No es que fuera desagradable, es que la ponía nerviosa tenerle tan cerca. Kirihara dio un respingo y saltó hacia atrás. Su rostro estaba pálido y miraba a su alrededor como si algo fuera capaz de atacarles en cualquier momento.

—Oye— tartamudeó— ¿tienes miedo de estas cosas?

Akaya la miró como si de un mismo fantasma se tratara, moviéndose nervioso por la sala, poniendo poses nerviosas.

—¡No, para nada! — hasta que tropezó y alargó las manos hacia ella.

Ann fue arrastrada con él y en un abrir y cerrar de ojos el sonido de algo cerrarse tras ella la empujó más contra el muchacho. Y, oh, joder, sus cuerpos no es que tuvieran mucha intimidad.

—Esto es demasiado estrecho— protestó él golpeando con las manos los costados.

—No fastidies— gruñó y sintió el tacto de la sedosa tela a su alrededor—. Oh, por Dios… que no sea lo que creo que es…

—¿Qué… es? — susurró el joven. Su voz con una pizca de temor. Ann tuvo que hacer el mayor esfuerzo para controlarse y no soltarle una barbaridad.

Al fin y al cabo, estaban ahí por culpa de él.

—Un ataúd. Había uno. Y me da a mí que has caído dentro.

—Hemos— corrigió Kirihara suspirando—. Al menos, se puede respirar.

—Creo que está preparado. En teoría tendría que haber alguien dentro para asustar y tiene respiraderos— bufó, algo aliviada—. Ahora solo nos queda esperar que nos saquen de aquí, por supuesto. Aunque podría intentar algo…

Pero aquello conllevaba notar todavía más el cuerpo del chico, usarlo de apoyo y empujar con su trasero la tapa y rezar porque hubiera suerte. No obstante, al segundo intento, Kirihara exclamó y se detuvo.

—Mejor que no lo intentes más— siseó. Ann parpadeó.

—Tengo que intentar sacarnos de aquí. Tus manos están atrapadas— y vaya que lo sabía. Las sentía contra abdomen, planas, moviéndose de vez en cuando para desentumecer—, y…

—Sí, maldición, pero lo único que estás consiguiendo es ponerme "feliz". Y soy demasiado joven para esas cosas con una chica. Menos contigo…— refunfuñó mordiéndose el labio inferior.

Ann sintió que la ofensa se le clavaba hasta lo más hondo. ¿Tan horrible era? Demonios, si hasta Momoshiro había huido tras los besos, normal que fuera un monstruo. Pero que alguien como Kirihara se lo dijera cuando él mismo era un "monstruo"… era… irritante.

—… en un ataúd.

—¿Qué? — Su voz casi fue un sollozo y cuando le escuchó chasquear la lengua fue divertido—. ¿Qué pasa conmigo en un ataúd?

—No lo diré de nuevo— replicó algo avergonzado—, déjame sacar las manos, empujaré la tapadera y… — pero al instante en que el dorso de su mano rozó la parte baja de sus senos se detuvo—. Mejor no….

Pese a la oscuridad logró ver la piel rojiza.

—Oye… no estarás convirtiéndote, ¿verdad? — expresó asustada. Él gruñó.

—No. Solo no te muevas más, joder… — y luego añadió entre dientes—. Como Papá Noel no me deje un regalo éste año…

Ann rompió a reír. Parecía mentira que el hombre de las dos personalidades fuera capaz de creer en un ser creado para la imaginación de los niños. Pese a la edad que tenían, él tenía instintos de hombre, pero pensaba incluso infantilmente en medio de ese momento.

Ann cerró los ojos y recostó la cabeza contra el hombro masculino. Sintió la mejilla de Kirihara contra la suya y su aliento contra el hombro. Sus senos se aplastaban contra el torso masculino y las manos continuaban ceñidas entre ellos. Sus caderas, no obstante, habían encajado y sentía la forma del sexo masculino contra ella. Y era una sensación completamente extraña.

—Oye— le escuchó hablar—, Momoshiro y tú…

—No hay nada— se apresuró a aclarar—. Él solo me ve como la hermana pequeña de un rival, nada más.

—Es tonto— protestó él siseando y un rugido ronroneó en su pecho—. Olvídale.

Ella sonrió y aspiró suavemente el aroma masculino. Olía a champú y alguna clase de colonia o desodorante. Por un instante, pensó que no era malo si pudiera oler aquel aroma más veces.

La puerta crujió tras ellos y una voz se escuchó de forma distraída para que alguien gritara. Una mujer vestida de vampiro los miraba con los ojos abiertos como platos.

—Habéis escogido el ataúd equivocado para retozar, muchachos— regañó tirando de Ann para ayudarla a salir. Kirihara salió tras ella y fulminó con la mirada a la mujer.

—Un ataúd no es para follar— replicó, tomando a Ann de la mano— vamos, hay sitios mejores como una cama.

Y Ann, aunque le dio un pescozón, comprendió que el chico lo había dicho con toda la inocencia del mundo.