Hola como están se que demore y también se que es muy corto pero espero que les guste are asta lo imposible por subir la continuación cuanto antes si.
Capítulo 7
Sabía que debía moverse, pensó Rukia adormilada al cabo de un rato. Sabía que debía decirle que se marchara ahora que ya había conseguido lo que quería. Sin embargo, quería quedarse justo como estaba, disfrutando esos momentos de gloriosa satisfacción.
Pero fue Ichigo quien se apartó de ella, se sentó en la cama y plantó los pies en el suelo. Luego, se levantó, se estiró perezosamente y cruzó la habitación.
Al cabo de un par de minutos, Rukia oyó la ducha del cuarto de baño. Y, con resentimiento, pensó que Ichigo se estaba comportando como si se encontrara en su casa... como si llevaran casados toda la vida.
Cuando Ichigo regresó a la habitación, llevaba una toalla atada a la cintura y, con otra, se estaba secando el pelo.
—Siéntete como en tu casa —dijo ella en tono gélido.
—Gracias, agapi mu —Ichigo, con una sonrisa, miró a su alrededor—. Sin embargo, no creo que llegue a serlo nunca. A propósito, te estoy llenando la bañera.
—¿Por qué? —preguntó ella mirándolo fijamente.
Ichigo se encogió de hombros.
—El agua caliente tranquiliza, tanto el cuerpo como la mente —entonces, comenzó a caminar hacia el cuarto de estar—. No dejes que se enfríe el agua.
Rukia le lanzó una furiosa mirada, pero no se le ocurrió ni un solo motivo para no seguir su consejo.
Cuando salió del baño, él la estaba esperando.
—Vamos, ven a la cama. Ha llegado la hora de seguir con tu educación sexual.
—Pareces decidido a someterme a cualquier forma de degradación —dijo ella con voz ahogada.
Ichigo sonrió burlonamente.
—Sí, querida. Créeme, las posibilidades son infinitas y estoy deseando explorarlas contigo —Ichigo se quitó la toalla que llevaba atada a la cintura y la dejó caer—. Pero si esperas que vuelva a seducirte, estás equivocada. Esta vez, quiero que tú me hagas el amor.
—Oh, Dios mío, no.
—¿Por qué no, Rukia? —Dijo él, pronunciando su nombre como una caricia—. ¿En serio no te gusta estar en la cama conmigo?
pelinegra no podía responder porque no tenía sentido mentir.
—A mí sí me gusta que me toques —continuó Ichigo—, es un placer que quiero repetir. Y a ti también parece gustarte. Así que... vamos, métete en la cama.
Rukia lo obedeció hasta sentir el calor de Ichigo sobre su cuerpo, provocando una instantánea respuesta en ella.
Con el corazón latiéndole con fuerza, Rukia se inclinó sobre él, permitiendo que sus pezones le rozaran el pecho. Lo oyó contener el aliento.
—Rukia, cielo... agapi mu —dijo él con voz ronca.
Ella se aproximó a su rostro, su boca a escasos milímetros de la de Ichigo.
—Pero no te amo —susurró Rukia con pasión—. Y nunca te amaré.
Por la mañana, Rukia se despertó sintiéndose totalmente descansada y... sonriente.
De repente, se sentó en la cama con un sobresalto... al recordar. Había pasado la mayor parte de la noche haciendo el amor con creciente deseo y una falta de inhibición tal que ahora, a la luz del nuevo día, le hacían avergonzarse de sí misma.
Aguzando el oído, buscó indicación de la presencia de Ichigo en la casa, pero sólo encontró silencio.
Mordiéndose los labios, miró el reloj encima de la mesilla de noche y ahogó un grito. Además de Ichigo, también se le había ido media mañana. Iba a ser la primera vez que llegaría tarde al trabajo.
Se dio una ducha rápida y se visitó. Mientras se peinaba, se dio cuenta de que estaba muerta de hambre. No tenía sentido llegar tarde al trabajo y con el estómago vacío, por lo que fue a la cocina y se preparó una tostada y té.
Untó miel en la tostada y comió y bebió de pie antes de agarrar su bolso.
Al cruzar el cuarto de estar camino a la puerta, vio un trozo de papel en la mesa de café y, encima del papel, vio un círculo dorado.
El anillo de bodas que ella le había devuelto a Ichigo el día anterior después de la ceremonia. Escrito en el papel, en letras negras, una sola palabra: Souvenir.
Había sido una venganza por parte de él, pensó con un repentino y profundo vacío.
Y tendría que aprender a vivir con ello.
En ese momento, el teléfono sonó y, con un sobresalto, Rukia se apresuró a contestar.
—¡inoue! ¿Cuándo has vuelto?... Sí, estoy bien, igual que siempre, ya sabes. ¿Almorzamos el domingo juntas como de costumbre? Estupendo.
Necesitaba algo que la distrajera, pensó al colgar. E intentó olvidar que, durante un momento, al oír la voz de su amiga, había sentido una punzada de desilusión.
