Capítulo 6: El consejo de gobernadores
Mientras tomaba un poco de té y esperaba, Ronald Weasley entró cubierto de nieve. Se sacudía el cabello mientras maldecía en voz baja y no pudo evitar reírse de su aspecto. El muchacho alzó el rostro al escuchar las risas en la habitación.
- ¡Pero qué te pasó! - exclamó, levantándose y colocando su taza sobre la chimenea. No podía parar de reír y el té amenazaba con derramarse de continuar sosteniendo la taza.
- Fred fue lo que me pasó. ¡De verdad! Si George no hace algo, terminará como una pequeña versión de su difunto tío. Aunque supongo que no le ha de importar mucho. - caminó hasta acercarse a la chimenea y detallarla mejor. Al notar el pequeño golpe en la frente de su novia, frunció el ceño y lo acarició con un par de sus dedos. - ¿Y a ti qué te pasó en la frente?
- ¡Oh! ¡Es un a historia de lo más graciosa! - comenzó, pero el rostro de Ron continuaba fruncido en preocupación. A pesar de ser una pequeña cortadura. - Trataba de venir hasta acá sin que nadie se diera cuenta y choqué accidentalmente con Fred y el nuevo empleado que contrató tu hermano. Conrad se llama. Conrad Willis. ¡Tenías que ver su expresión cuando se dio cuenta de que había chocado conmigo! Se quedó pasmado por largos minutos y no sabía cómo disculparse. Debo decirte que ser el niñero de Fred, no es nada fácil. Lo admiro por eso.
- ¿Y con qué se supone que chocaste?
- Es sólo una pequeña cortadura, cargaba una caja. ¡Fue muy extraño! Aunque me pareció muy raro que ni siquiera me hubiese apuntado con una varita. ¡Podía ser un mortífago! Aunque si te soy sincera, es un hombre muy apuesto. Me recuerda a alguien, aunque no sé a quién exactamente.
- Genial, te golpea una vez y ya crees que es apuesto. Debería disculparse y al menos pagarte por los daños que te causó.
- No exageres, tampoco fue algo tan grave. Más bien me preocupaba que hubiese roto algunas de las pociones que traía en esa caja. Aunque me pregunto por qué George sigue haciendo pedidos. Que yo sepa, nunca alguien lo detuvo para que hiciera sus propias muestras.
- Ahora tiene un negocio que sostener, Hermione. Tiene muchos pedidos que no puede hacer él mismo. Necesita personal para trabajar en cada una de las pociones. Y a pesar de que sus productos son creaciones propias, podrían demandarlo si matara a alguno de sus clientes. Sólo imagina a George intentando preparar dos pociones a la vez.
- Sí, tienes razón. Bueno, espero que tenga suerte con eso. Así como la tuvo al encontrar al señor Conrad Willis.
- Y si te interesa saberlo, tu novio volvió sano y salvo de una peligrosa cacería. - dijo, comenzando a rodearla con sus brazos y besando su frente, justo en el lugar donde tenía la pequeña cortadura.
- ¡Qué valiente! Me alegra escucharlo... - sonrió en respuesta, dándole un pequeño beso. - Estaba pensando en visitar la madriguera, esta noche, para cenar. ¿Qué te parece?
- Me parece estupendo. Así no tendré que ver a Harry y a Ginny, diciéndose cuánto se quieren. Estaré ocupado...
- Ah, Harry... - su tono de voz se hizo más y más bajo, mientras reflexionaba los últimos acontecimientos. - Ha estado muy tenso en estos últimos días. Todo el asunto de la pintura del profesor Snape, su cadáver...
- Creo que unas vacaciones, pasar tiempo con mi hermana, no le harían del todo mal. Necesita distraerse. Casi no hemos podido hacerlo, después de la guerra y la escuela.
La puerta se abrió de golpe y Fred entró corriendo, seguido de George. Al verlos juntos arqueó una de sus cejas y a pesar del rostro de felicidad muy evidente de Hermione, su hermano continuaba sonrojándose cada vez que alguien los sorprendía en un momento privado.
- ¿Qué nadie te enseñó a tocar?
- Esta es mi casa y puedo entrar y salir si se me antoja. Además, no fue mi idea. Fue idea de Fred.
- ¡Estoy buscando la varita que me regaló mi papá para mi cumpleaños! Conrad dice que puedo ayudarle con el trabajo, si consigo hacer levitar una moneda.
Pasó volando como una flecha, en dirección a una puerta en una esquina y se perdió de vista. Se podía escuchar como si alguien volteara cajones de madera en el suelo y muchos objetos cayendo sobre la madera.
- Angelina me va a matar... - se quejó George, cruzándose de brazos ante su hijo que volvía a pasar como un rayo y bajaba las escaleras con su pequeña varita.
- Conrad parece muy popular.
- Pues sí, querido hermano. Sólo tiene, con este que transcurre, cuatro días de trabajo en la tienda y Fred prácticamente no lo deja en paz. - señaló en dirección del primer piso, desde las escaleras. Fred se encontraba sobre uno de los taburetes que estaba desocupado y a pesar de que Conrad intentaba atender a los clientes, el niño insistía en enseñarle los trucos que podía hacer con su varita de juguete. - Al principio hizo de todo para que lo despidiéramos y no lo consiguió. Puso petardos en las gavetas, poción súper adhesiva en su silla. Lo intentó todo.
- Parece un hombre muy amable. Y muy paciente también. - sonrió Hermione, apoyando su cabeza sobre el pecho de Ron Weasley y mirando el rostro alegre de Fred, intentando levitar una pequeña moneda bajo la atenta mirada del hombre tras la barra.
- Angelina y yo no lo conocemos muy bien, pero sabemos lo necesario. Ningún antecedente del que debamos preocuparnos, de hecho es como si jamás hubiese existido. No tiene familia, es un poco reservado a la hora de hablar sobre sus estudios o antiguos empleos. Y siempre carga ese pequeño bolso de cuero. Sé que no debería ser tan quisquilloso, pero me trae recuerdos del falso Moody y la poción multijugos que siempre bebía a nuestras espaldas.
- No creo que sea algo de qué preocuparte, George. Probablemente allí guarde su varita o cualquier otra cosa. No creo que sea un mortífago encubierto.
- Eso creo. Además, es la diversión de Fred. Pasa mucho tiempo con él y eso evita que se aburra mientras trabajo.
- Si eso evita que le arroje bolas de nieve a su tío Ron, por mí está bien.
Hermione volvió a cubrirse con su capa de viaje y bajó las escaleras, mientras Ron sostenía una de sus manos y guiaba la marcha. Se detuvieron junto al mostrador, mientras el joven auror le despeinaba un poco los cabellos al niño.
- ¿Practicando encantamientos? No vayas a volar la tienda en pedazos.
- Por supuesto que no, ¡ya casi lo tengo dominado! - dijo Fred, golpeando la moneda con energía. A pesar de sus intentos en vano de hacer levitar la moneda, los ojos de Conrad Willis casi no se despegaban de Ron y Hermione.
- Y usted debe ser el famoso Conrad Willis que golpeó a mi novia. - agregó Ron, con un falso enojo. - ¿Sabe que soy un auror de gran categoría y que podría arrestarlo por eso?
- Ron... - le advirtió ella con un susurro, pero el muchacho no le hizo caso.
- Lo siento pero creo que no lo conozco. Conozco a la ministra, pero creo que usted ni siquiera me es familiar. - hizo el amago de reflexionar por unos segundos. - No, me temo que no lo conozco.
- ¿¡Cómo que no me conoce!? ¡Si soy el mejor amigo de Harry Potter y de Hermione Granger! Eso es ridículo. No me conoce... claro.
El hombre tras el mostrador volvió a encogerse de hombros y a negar con la cabeza, mientras limpiaba la mesa de madera sin inmutarse. Ron alzó uno de sus dedos para agregar algo más, pero una bruja comenzó a halar su túnica con cierta insistencia.
- Disculpe... ¿es usted Ronald Billius Weasley, el mejor amigo de Harry Potter?
- Sí, soy yo. - contestó mientras que inconscientemente y con su mano libre, se alisaba un poco los cabellos. - ¿Qué puedo hacer por usted?
- ¿Podría firmarme un autógrafo por favor? ¡Es usted mucho más guapo en persona! ¿Y es verdad que sale con la ministra de magia? ¡Eso dice Corazón de Bruja! Qué romántico... - guardó silencio por un momento y notó que sostenía la mano de otra mujer, oculta bajo una capa de viaje. - ¿Y ella...? ¿¡Quién es ella!?
- ¡Por supuesto que le firmaré un autógrafo! - dijo mientras inspiraba e hinchaba su pecho, dándose aires de importante. Hurgó entre los bolsillos de su túnica y sacó una pluma que parecía guardar por si en algún momento, alguien le pedía un autógrafo. Parecía llevar mucho tiempo esperándolo. - ¿Ella? Pues... mi hermana menor, Ginny Weasley. Está resfriada y tiene que abrigarse muy bien. Como ha estado nevando, ya sabe...
Estampó su rúbrica sobre un pedazo de pergamino y al marcharse la bruja,todavía no muy convencida de que Hermione fuese precisamente su hermana, Ron se permitió exhalar todo el aire que había estado reteniendo.
- ¿Siempre cargas una pluma en tu bolsillo? - preguntó Hermione en voz baja, sin podérselo creer.
- ¡Claro que sí! ¿Por qué? ¿Tú no?
- Para asuntos oficiales, pero no para firmar autógrafos.
- ¡El tío Weasley es famoso y por ende yo también! - exclamó Fred muy contento. George se detuvo junto al mostrador, ocupando otro de los bancos.
- Yo también soy muy famoso por aquí. A diferencia de tu tío, que es famoso sólo porque está con la ministra de magia.
- ¿¡Ah sí!? ¡Intenta luchar contra Voldemort y sobrevivir!
- Lo haría con los ojos cerrados. De hecho, eso hacíamos Fred y yo. Lamentablemente no tuvimos tanta suerte.
Se conjuró un pesado silencio entre ellos, hasta que Hermione se aclaró la garganta suavemente y agregó:
- Creo que será mejor que nos marchemos a casa, Ron. Les dije a mis secretarios de gabinete, que tenía que ausentarme para hacer algo importante. Un asunto familiar. Creo que eso bastará para que no envíen a medio departamento de aurores, a proteger la madriguera.
- ¿Y para qué? Nos tienes a Harry y a mí para protegerte.
- Exacto. Eso fue lo que les dije. Ha sido un placer conocerlo, señor Willis. Y no le haga caso al tonto de Ron, no pienso levantar cargos en su contra. Sólo fue un accidente. - acarició el pequeño y atento rostro de Fred, sonriéndole bajo la capa de viaje. - Y tú, pórtate bien y déjale trabajar.
- ¡Pero si yo siempre me porto bien! Soy un muy buen niño. Eso dice mamá.
- Claro que sí. - concendió Hermione mientras Ron volvía a sostener una de sus manos y guiaba la marcha, hasta salir por una de las puertas traseras de la tienda.
Se había quedado mirando la ruta que habían tomado, a pesar de que George había vuelto a su trabajo y Fred insistía en que pusiera atención a lo que intentaba hacer con la moneda y la varita.
Todavía le costaba comprender lo que había sucedido aquella mañana, pero había chocado directamente con la ministra de magia. Estaba consciente de que aún sudaba frío y que tenía un aspecto de haber visto a un fantasma.
- ¿No te alegra trabajar en ésta tienda? - la voz de George lo sobresaltó y casi dejó caer una de las pociones para encoger que había comenzado a sacar de la caja. Aunque en verdad que tenía dificultades para controlar sus temblorosos dedos.
- Sí.
- ¡Te aseguro que sólo nosotros recibimos visitas de la realeza, como esta que acabas de presenciar! ¿Qué otro establecimiento está dirigido por personas famosas como nosotros?
Recibió un par de palmadas en la espalda, pero ni siquiera supo qué decir. No esperó conocer a la ministra nunca en su vida. Mucho menos a Ronald Weasley.
Y esperaba que Harry Potter fuese la excepción.
Separador
Finalmente en la madriguera podía tener un poco de paz. Era la Hermione de siempre y no tenía que hablar de su trabajo en el ministerio de magia. Nadie le hacía preguntas que no quisiera responder.
- ¡Y entonces chocamos en medio de la calle! Tenía un cicatriz aquí. - dijo, señalándose la frente donde solía tener la herida. - ¡Pobre hombre! Empalideció al darse cuenta de que había chocado conmigo.
- No sabía que George había contratado a alguien para que le ayudara con la tienda. No hemos podido vernos muy a menudo, pero me alegro por él. Así mamá dejará de preocuparse de que no presta la debida atención a su familia. Entre tú y yo, creo que a George todavía le cuesta un poco superar la muerte de Fred.
- Es muy difícil, de eso no tengo dudas. Aunque su hijo es realmente adorable. Una ternura. - se llevó un dedo a la barbilla y reflexionó. - Deberían tener otro hijo. El pobre se aburre terriblemente y no deja de jugarle bromas a Conrad.
- ¿Y cómo es él? Al menos espero que sea guapo... - dijo Ginny con picardía. - No es que mi hermano sea precisamente feo, pero...
- Oh bueno, si debo ser sincera... - se inclinó para que sólo su mejor amiga pudiera escucharla, probando un poco del célebre pastel de limón de la Sra. Weasley. - Nada fuera de lo común, pero definitivamente guapo. Unos brillantes ojos grises que me recuerdan a algo o tal vez a alguien, acompañados de un largo cabello castaño claro y una bonita sonrisa.
- Entonces creo que George debería cuidarse o podría perder a Angelina. - No pudo evitarlo y comenzó a reír, ante la gran imaginación de Ginny.
- ¿Es cierto lo que Ron ha dicho? ¿Harry ha estado realmente estresado en estos días? - preguntó unos minutos después tras recomponerse, secándose las pequeñas lágrimas de risa que ahora corrían por sus mejillas.
- Pues no hemos podido hablar al respecto, pero sí. Hace poco lo escuché discutir con Ron y está comenzando a preocuparme. Estuve pensando que quizá deberíamos salir a cenar y conversar un poco a solas...
- Creo que quizá trabaja demasiado, aunque puedo comprenderlo. El cadáver del profesor Snape sigue sin aparecer y de pronto, su retrato también está vacío sin explicación alguna. Él asegura haberlo visto en el marco, pero ya no sé qué creer. La única forma de que se esfumara es que estuviera vivo y tras una mordida como esa, dudo mucho que ese sea el caso. El consejo de gobernadores no está para nada contento.
Quizá tenían razón y Harry necesitaba abandonar su trabajo, dedicarse a su vida privada. Por primera vez hacer algo que deseara.
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