Notas de la autora:
Hola a todos, muchas gracias por seguir la historia, ojalá disfruten esta actualización.
Cualquier comentario que deseen hacer sobre mi trabajo es bien recibido.
— ¿Te costó mucho deshacerte de ella? —preguntó maliciosamente la androide cuando su gemelo apareció.
— No la maté —admitió fríamente— No había nada de divertido en eso.
— Sigues pensando en mantenerla engañada —afirmó la rubia, y él no lo negó— Yo me retiro, estás solo en esto. Buscaré algo que si sea entretenido.
El ojiazul se encogió de hombros, en el fondo eso era lo que esperaba, no quería que esas dos volvieran a encontrarse, pues existía la posibilidad de que Azul cometiera una indiscreción y llegara a contarle a su hermana sobre el desliz que casi tuvieron. Y si eso sucedía, Dieciocho lo molestaría por siempre y no lo dejaría olvidarlo. Lo mejor era mantenerse lo más desinteresado posible.
Los siguientes días no se separó de la rubia y juntos cometieron sus usuales atrocidades. El nombre de Azul no había vuelto a ser mencionado, pero él esperaba el momento adecuado para regresar a la casa y averiguar si la mujer seguía con vida. La oportunidad llegó cuando menos lo esperaba, tras asesinar a una mujer dentro de auto, Dieciocho reparó en las bolsas de víveres que había en el asiento trasero.
— Ahora que recuerdo, alguien se olvidó de alimentar a su mascota por cuatro días —dijo con sorna— Seguro que se murió de hambre.
— Es posible —admitió él con indiferencia.
— Te dije que esto pasaría. Dueño malo —se burló.
Diecisiete lanzó una carcajada al sentir la palmada que su hermana le dio en la cabeza. Ella al ver que no había logrado molestarlo, se cruzó de brazos.
— Hay muy pocos humanos —exclamó el ojiazul cambiando el tema bruscamente— Así que tendremos que llevar un conteo para que sea justo.
La rubia torció la boca molesta, hace rato que le llevaba ventaja a su hermano y no tenía ánimos para permitirle empatar el marcador.
— Yo terminaré con ellos —resolvió mientras desprendía el techo del automóvil y le lanzaba una de las bolsas de comestibles a Diecisiete— Tú se un buen dueño y alimenta a Azul, claro si es que no está muerta.
— Prefiero eliminar a los humanos —respondió sabiendo que la rubia se negaría y así no advertiría sus verdaderas intenciones.
— Cumple tus responsabilidades primero —dijo sarcásticamente— Si te das prisa tal vez alcances algo de diversión —añadió alzando el vuelo.
— Eso no es justo —se quejó con falso tono de molestia.
Más cuando su hermana desapareció, él sonrió satisfecho, era un experto en manipular a la androide y en salirse con la suya. Ahora podía ver a Azul sin que pareciera que tenía la intención de hacerlo.
Al llegar a la casa, entró por la puerta principal y arrojó la bolsa de víveres en la mesa, una tibia sensación se apoderó de él al recordar lo que estuvo a punto de pasar sobre ese mueble, y entonces deseo que la mujer no hubiera muerto.
Aguardo unos minutos para verla aparecer, y nada sucedió. Le resultaría más sencillo llamarla por su nombre que quedarse esperando que ella se presentara después del ruido que hizo al entrar, pero eso no era divertido, le gustaba la sensación de incertidumbre, por lo que finalmente se decidió y caminó en dirección a la habitación de la mujer.
Lo primero que distinguieron sus ojos azules fue la figura de la fémina recostada en la cama. Experimentó cierto alivio al comprobar que respiraba y que solo se encontraba dormida. La expresión de serenidad de su rostro le resultó agradable, era todo un contraste con la suya, siempre tan fría e impasible. Pasó suavemente sus dedos por la larga cabellera celeste pensando en despertarla, pero lo único que sucedió fue que ella se movió un poco dejando su hombro desnudo al descubierto.
Él acarició su piel unos instantes, luego sus dedos fueron sustituidos por sus labios. Azul comenzó a despertar al sentir que respiraban sobre su cuello y que besaban su hombro. No necesitaba volverse para saber de quien se trataba.
— Regresaste —exclamó y su voz sonó casi feliz.
La única respuesta que obtuvo fue el peso que a continuación experimentó sobre su cuerpo y la mirada fija del ojiazul sobre su rostro. Sus ojos brillaban con el mismo deseo de antes y ella se sintió igual de atraída y temerosa que la primera vez.
— No puedo hacerlo —musitó adivinando sus intenciones— Siento que no es correcto.
— Tu cuerpo no opina lo mismo —señaló él, pues advertía su respiración agitada y el ligero temblor que la dominaba.
— Te deseo —admitió algo sonrojada— Pero en verdad no puedo.
Él la miró fijamente, no le sería difícil obligarla. Más por alguna razón, no tenía ganas de hacerlo, al menos no por el momento.
— Traje víveres —soltó al tiempo que se incorporaba.
— Prepararé algo para los dos —ofreció levantándose, haciendo que Diecisiete se cuestionara por unos segundos si debía rendirse tan pronto, pues ella tenía puesto otro vestido igual de corto y revelador que el primero.
— Iré contigo —respondió, pensando que al menos podría disfrutar de la vista a su antojo mientras ella cocinaba.
Sus propósitos se cumplieron a medias, después de un rato Azul le pidió que lo ayudara y él accedió a regañadientes. Su falta de ánimo fue desapareciendo gradualmente, cada vez que veía la cara de sorpresa de la mujer cuando realizaba la tarea encomendada a una velocidad increíble. Él nunca había cocinado, ni siquiera antes de convertirse en androide, y encontró dicha actividad más compleja y entretenida de lo que creyó en un inicio.
Se sorprendió al notar que una parte de él lo estaba disfrutando. Además, aprovechándose de las diminutas dimensiones de la cocina, buscaba cualquier excusa para que sus cuerpos se tocaran, y así jugar un poco con esa cercanía. Finalmente el olor que comenzó a despedir la comida fue tan tentador, que la espera para probar el platillo terminado le pareció demasiado larga. Y cuando Azul puso el asado frente a él, no dudo en comerlo.
— Sabe bien, aunque los humanos pierden mucho tiempo en esto —soltó sin pensar.
— ¿Los humanos? —preguntó ella divertida por la expresión— ¿A qué te refieres con eso Lapis?
Diecisiete bien podía elaborar un argumento convincente para ese cuestionamiento, pero optó por decir la verdad.
— Soy un androide —Azul se volvió a mirarlo confundida— Y mi hermana también lo es, por eso somos tan fuertes.
El tenedor que la mujer sostenía cayó de su mano por la impresión. Y un millón de cosas le pasaron por la mente.
— ¿No vas a decir nada? —preguntó incómodo por su silencio.
— ¿Qué hacían en la ciudad, cuando me encontraron? —cuestionó a su vez mirándolo expectante.
— Buscábamos sobrevivientes —dijo pensando que esa era una verdad a medias.
— Entonces, ¿ustedes ayudan a la gente cierto?.
— Así es —mintió descaradamente el ojiazul, al ver la preocupación reflejada en los ojos de la mujer.
— Hay algo que no entiendo... si eres un androide, ¿Cómo es que tú... querías...?
— ¿Estar contigo? —respondió divertido al ver su indecisión para terminar la frase. Ella asintió— Mi cuerpo es humano, lo modificaron para hacerme más fuerte.
La mujer se levantó y se acercó a Diecisiete, quien la miró extrañado cuando ella comenzó a tocar su piel, luego recorrió su rostro y deslizó sus manos por su cabellera azabache, examinándolo detenidamente.
— Si eres un humano modificado con partes mecánicas, no eres un androide sino un cíborg —reflexionó Azul tras unos momentos.
— ¿Un cíborg? —preguntó curioso.
— Los androides son máquinas autómatas capaces de emular comportamientos humanos —explicó sin inmutarse— En cambio los cíborgs se componen tanto de elementos vivos como de dispositivos cibernéticos, ya que estos últimos potencian las capacidades de la parte orgánica.
— ¿Cómo sabes todo eso?
— Solo me vino a la mente de pronto —respondió tan sorprendida como él.
Diecisiete la observó unos momentos, analizándola, sopesando si debía confiarle la única preocupación de su existencia.
— El científico que me creo, puso una bomba en mi interior, como medida de seguridad —soltó tras decidirse.
— Eso es muy cruel.
— Quizá tú podrías saber algo sobre como desactivarla —sugirió, mirándola fijamente.
— No lo creo...
— Inténtalo, piensa en algo —exigió con voz fría.
Azul cerró los ojos e intentó concentrarse, pasaron algunos minutos hasta que el caos de su mente comenzó a desaparecer y algunas ideas surgieron.
— Lo más lógico sería pensar que el dispositivo debe estar cerca del área del corazón... quítate la camisa—-pidió, y él accedió con una sonrisa traviesa.
— Puedes examinarme cuanto quieras —dijo en tono juguetón al sentir los dedos de la mujer recorriendo su torso.
Ella ignoró su comentario, su cerebro estaba trabajando.
— Aquí hay una cicatriz apenas perceptible —soltó al corroborar su sospecha— Si pudiera realizar un escaneado en tercera dimensión de tu cuerpo, podría saber la localización exacta del dispositivo, como está estructurado y determinar así la forma de removerla.
— Pareces saber mucho del tema. ¿A qué te dedicabas antes de que te encontrara?.
— No lo sé, no puedo recordarlo... ni siquiera sé si lo que estoy diciendo tiene algo de lógica.
Diecisiete la miró, quizá cuando recuperara la memoria él podría usarla para cumplir ese fin, mientras tanto tenía varias ideas para ocupar el tiempo de su huésped. Aprovechando la cercanía entre ambos, tomó a Azul de la cintura y la atrajo rápidamente hacia sí, de forma que ella quedo a horcajadas sobre su regazo. Antes de que pudiera apartarse, comenzó a besarla. A pesar de su miedo, la peliazul se dejó llevar por él y lentamente correspondió a sus caricias.
El pelinegro rodeó las piernas de la mujer con sus manos y se levantó de la silla. Llevó a Azul hasta la habitación y la dejo caer sobre la cama. Se besaron un largo rato mientras las prendas que los vestían caían una a una. La pareja exploraba sus cuerpos desnudos como si quisieran memorizar por completo la anatomía del otro. Diecisiete sabía que Azul estaba lista para ser suya, y por eso soltó una maldición cuando escuchó a lo lejos el sonido de alguien que se aproximaba volando.
— Tengo que irme —exclamó frustrado— Lázuli se acerca.
Azul suspiró desilusionada y lo besó fugazmente antes de apartarse.
— No sé cuándo volveré —dijo mientras se vestía rápidamente.
— Espero que no tardes mucho —respondió ella mirándolo sugestivamente.
— La próxima vez no te escaparas —le advirtió con una sensual sonrisa.
Después que él salió de la habitación, Azul se levantó y se cubrió con la sábana, luego corrió hacia la ventana. Alcanzó a ver como Lázuli y Lapis discutían brevemente para luego emprender juntos el vuelo. La mujer sonrió al advertir que antes de hacerlo, el pelinegro había volteado hacia la casa.
— Vuelve pronto —murmuró aun sabiendo que no la escucharía.
