Mis niñas, aquí les dejo el capítulo que quedó pendiente de ayer. Como cada semana, lo primero es agradecerles que sigan la historia y se tomen el tiempo de leerla y comentarla. Gracias, gracias.

También agradezco a mi equipo de siempre por su ayuda: Gaby Madriz, Maritza Maddox, Manu de Marte y Yenny Arias. ¡Son las mejores, nenas!

Abrazos a todas desde mi Chile querido, con especial cariño a mis nenas de Venezuela. Todo mi apoyo y la esperanza de que todo mejore. ¡Aguante Venezuela!

Nos encontramos la próxima semana.

Besos a todas!


Capítulo 7

Jasper estaba sentado sobre un banquillo alto de la barra de desayuno de su apartamento, sujetando a su chica por la cintura, mirándole el negro y brillante cabello mientras ella jugueteaba distraída con un botón de su camisa azul marino. Habían cenado ya, dejado todo limpio y en orden y ahora el planeaba, casi contra de su voluntad, llevar a su chica a su casa para que descansara, aunque él sopesaba la idea de meter unas cuentas cosas a un bolso y quedarse con ella, pues le costaba eso de despedirse de ella cada día.

"Sí, sí, Jasper está enamorado…"

Levantó su dedo índice y recorrió la arruga que estaba formándose en el entrecejo de ella, signo inequívoco de preocupación. Hace muy poco que la conocía, pero podía asegurar que su profundo interés por ella lo impulsaba a conocerla desde los detalles más mínimos, incluidos ese de la arruga en la frente.

— ¿Qué sucede nena?

—Estaba pensando en Isa…

Jasper torció su boca y la acercó a la frente de Alice, besándole antes de concentrarse en su rostro, mientras acariciaba su cabello. Entendía la preocupación de Alice por su amiga, porque era de alguna manera la misma preocupación que él tenía por su amigo Edward. Él siempre fue el primero en desear para Edward una relación real con una mujer a la que amara perdidamente, como siempre pensó que debía de ser para alguien como él, por eso mismo, puso tanto en duda la relación de Rose con su amigo y su posterior matrimonio, pues intuía que Edward no estaba enamorado a tal forma de unir su vida a la escritora. Y le dio en el clavo, porque la forma en que se prendó de Isabella era la manera en que él esperaba que Edward claudicara al amor. No había duda, al menos para él, que el hombre estaba enamorado hasta la médula, y lo malo era que este amor había llegado a destiempo, cuando para el músico era complicada la situación.

—No quiero que ella sea el segundo plato de nadie —Alice se apartó de los brazos de Jasper y alzó su cara al cielo, soltando lentamente el aire de sus pulmones. Jasper se cruzó de brazos y defendió la postura de su amigo con voz suave.

—No hables así. Te juré que Edward no está jugando con Isabella, que sus sentimientos por ella son reales y verdaderos.

— ¡Pero es casado, joder! —Exclamó Alice con frustración, caminando hacia el centro de la sala —a un costado del mesón— caminando de aquí para allá como león enjaulado. Jasper volvió a suspirar y caminó tras ella.

—Cuando se casó, lo hizo pensando que Rose sería la única —volvió a explicar, pensando en su amigo, metiéndose las manos a los bolsillos de su pantalón de lanilla gris—. Nunca lo vi mirar a su esposa como mira a Isabella, simplemente en aquel entonces pensó que sería todo, que así serían las cosas para él, aunque yo no me lo creí. La quiere y ahora mismo está preocupado por su salud, pero lo que siente por Isabella trasciende todo eso, y lo está destruyendo el verse de manos atadas y no ser libre para ella. Teme perderla antes siquiera de haberla podido tener.

—Entiendo eso, solo que no quiero que ella se conforme con las migajas… —la chica apretó el puente de su nariz respingada antes de preguntar retóricamente— ¿sabes cuánto tiempo puede pasar para que la esposa de Edward despierte? ¿Y si lo hace, qué va a pasar con mi amiga? Edward no puede dejarla de buenas a primeras, a penas ella abra los ojos.

—Lo sé, cariño —y acortando la distancia entre ambos, Jasper caminó hacia ella y la abrazó por la cintura, pegando la punta de su nariz a la de ella. Ella miró los ojos de su chico y suspiró, relajándose un poco—. Pero hay algo que al menos yo tengo claro, y es que para Edward, siempre tuvo que haber sido Isabella.

— ¡Dios! No quiero que sufra, quiero que sea feliz. Por eso la convencí de darle a él una esperanza, hasta que su situación se aclare y finalmente puedan estar juntos, ¿pero hasta cuándo? ¿Cuándo podrán ser libres?

Jasper se preguntaba lo mismo y conociendo a su amigo, no iba a tardar mucho, pues la simple forma en cómo miraba a la menuda amiga de Alice, lo delataba, porque nunca ni por asomo miró a Rose de la misma manera, nunca la sufrió como está sufriendo a Isabella, y ni siquiera se trata de un amor no correspondido, se trata simplemente de dos partes de una misma alma, que demoraron en encontrarse.

Había tantas preguntas en torno a Isabella y a Edward, sobre su futuro, tanto que aclarar que incluso sus amigos estaban preocupados por ellos, pues no querían que siguieran cometiendo errores. Pero en ese momento, justo cuando Alice y Jasper se preocupaban y cuestionaban aquello, Isabella y Edward no tenían cabeza para nada más que no fueran los labios del otro, que apenas ese día se habían encontrado finalmente por primera vez.

Apenas habían alcanzado a llegar al sillón, fundiéndose en un abrazo apretado que prácticamente no dejaba espacio entre ambos. Las bocas se buscaban con hambre de quien no ha probado alimento durante un largo tiempo, mordisqueando, chupando, saboreando. El corazón corría apresurado y exultante como celebrando el encuentro, mientras que la piel de ambos ardía por tocar y ser tocada, sobre todo bajo las capas de ropa que los separaban.

Edward, acariciaba el rostro liso y sedoso de Isabella sujetándola por la barbilla y el cuello, mientras que ella pasaba la punta de sus dedos por su creciente barba y los hundía en su pelo como tantas veces se imaginó que lo hacía.

Era todo mil veces mejor de como lo habían recreado en su imaginación.

Se apartaron un poco cuando los pulmones exigieron aire y atención, dejando sus frentes pegadas y sus manos en el rostro del otro, acariciándose sutilmente.

—Pensé que… que iba a tener que vérmelas sin ti —susurró Edward, acariciando con su dedo pulgar el rostro sonrojado y caliente de Isabella. Ella arrugó su entrecejo, bajó su mirada de la del músico y mordió su labio, no pasando por alto ese gesto para él—. ¿Qué? ¿A caso esto es una especie de despedida?

— ¿Despedida? —preguntó sorprendida ella, soltando una risa triste—. Ni siquiera me lo he podido plantear, por eso he venido. Tenía que hacerte saber que lo que tú sientes es lo mismo que yo siento, y que decidí esperarte hasta que estés listo…

—Gracias a Dios —suspiró, aliviado.

—Sé que las cosas para ti son más difíciles ahora mismo y lo entiendo. Por eso yo simplemente voy a… esperar. Aunque no estoy segura que esto, lo que estamos haciendo justo en este momento, sea correcto —declaró, con su mirada aún escondida de la intensidad de los ojos de Edward, consiente que estaba cayendo en algo que siempre ella criticó: la traición.

—También estoy en una encrucijada, pero no puedo negar que precisamente ahora no puedo pensar en nadie más, en nada más —levantó el mentón de Isabella con sus dedos, obligándole a mirarlo con aquellos ojos verde agua que lo atravesaba y develaba su alma—. Y quizás soy un hijo de puta por admitirlo, pero ahora mismo me siento increíblemente feliz con alguien a mi lado, como pocas veces en mi vida.

Isabella no resistió y sonrió, acercando su boca a la de Edward, dejando un corto beso antes de decir:

—Quiero que seas feliz

—Contigo —agregó él—. Quiero ser feliz contigo, cueste lo que me cueste. No lo olvides. Ya he pasado suficiente tiempo solo, pensando que nunca aparecerías.

—No has estado solo —le recordó ella en un suave susurro.

—Aparentemente no lo he estado, pero sabes a lo que me refiero.

—Pero hay… tantas cosas…

—Lo sé, lo sé —la detuvo Edward, poniendo sus dedos sobre sus delgados labios, acariciándoselos—. Podemos tomarnos nuestro tiempo, ir de a poco, conociéndonos mientras que todo se soluciona. Me basta con la esperanza que estás dándome justo ahora para llegar hasta el final y con tenerte cerca en todo este proceso.

—Me basta con eso —respondió ella suavemente, con los dedos de Edward aun sobre sus labios, quedándose en silencio mientras las gotas de lluvia golpeaban el vidrio del tragaluz que quedaba justo sobre el centro de la sala, sobre sus cabezas.

Poco tiempo después, Isabella tuvo que ponerse firme y levantarse para irse a casa donde su madre la esperaba. Intentó persuadir a Edward de dejarla tomar un taxi en la placita de la esquina, pero el músico se negó rotundamente, pues por nada dejaría pasar esa oportunidad de estar un poco más de tiempo con ella.

Se tuvo que controlar al momento de despedirla, deseando besarla como lo hizo en la intimidad de su apartamento, pero ella le pidió que no lo hiciera, pues estaban en peligro de que alguien pudiera verlos, y honestamente, no quería sentirse más culpable. Cabe decir que ya el mero hecho de que Edward llevara a Isabella a su casa ya significaba un riesgo, pero a él no le importaba. Eso sí, el músico dejó un muy largo beso en la mejilla de la enfermera, haciéndola sonreír, llevándose una sutil caricia por parte de ella, antes que bajara del coche y se metiera en su edificio.

Cuando Isabella entró a su casa, se sentó en la mesa de diario que había en la cocina para hablar con su madre de las locas carreras que tuvo que cubrir en el hospital con mucho más entusiasmo del que habitualmente usaba, haciendo feliz a Renée, que presentía algo ocurría con su niña, no queriendo insistir en que le contara.

Edward en tanto, se sentó frente a su viejo piano y de un tirón creó una sublime pieza musical, más entusiasta de las que solía componer, habiendo tenido en todo momento a Isabella y su encuentro de hacía un momento con ella, sirviéndole la enfermera como musa inspiradora.

Por supuesto, Edward tuvo la salvedad de pedirle su número de teléfono, no aguantando la tentación de llamarla cerca de las once de la noche, cuando ella ya estaba acostada bajo las colchas de su cama, con Kal-El en su regazo.

— ¿No es más confortable un gato, o algo así? —preguntó Edward, divertido, tendido sobre su cama, mirando hacia el techo. Sonrió cuando oyó la risa de Isabella al otro lado de la línea y se sintió acompañado por ella.

—Si lo conocieras, te parecería tan o más adorable que un gatito. Me encandiló desde el primer momento, ¿acaso nunca tuviste una mascota o algo así?

—Ahora que lo preguntas, sí que la tuve —Edward echó a correr sus recuerdos, situándose en una época feliz de su infancia, cuando aún vivía en la pequeña cabaña con su abuelo Richard, en medio de un bosque—. Una oveja a la que tuvimos desde que fue un crío. Terry se llamaba. Recuerdo que la sacaba a pasear jalándola con una cuerda por los alrededores de la casa, incluso colgamos en su cuello una campana.

—Eso suena muy tierno…

—Sí… —sonrió con tristeza, recordando esos tiempos— me rompieron el corazón cuando se lo llevaron para faenarlo. Nunca más tuve una mascota.

Bueno, así como tú tuviste una oveja, yo tengo una iguana que acompaña a mi mamá cuando estoy trabajando y me reconforta cuando llego a casa…

—Si estuvieras conmigo, yo te reconfortaría —comentó, dejando a un lado su historia con la oveja Terry, imaginándose como sería esos finales de día—. Quizás tocaría alguna pieza suave al piano o la que tú quisieras, me aseguraría que comieras lo adecuado y te llevaría a la cama donde te acurrucarías entre mis brazos hasta que te durmieras.

Isabella suspiró mientras se imaginaba como Edward, esas escenas que él le relataba sobre la forma en que la reconfortaría después de un largo día de trabajo, pensando ella que no habría mejor forma de acabar el día…bueno, sí que había una mejor forma, pero de solo pensarlo se sonrojaba.

Pero de momento, las cosas iban a tener que ser así. Ambos ya habían cruzado la línea para apuntalar la esperanza pero no debían ir más allá, aunque mucho les costara en el proceso.

Al día siguiente, Edward llegó como cada día mañana al hospital, esta vez con su semblante más sereno. Como cada semana, habló con el doctor jefe que atendía el caso de Rosalie y para su pesar, le informó que no habían variaciones en el estado de salud de su esposa, pero insistía en que debían dejar que el organismo de la paciente estuviera listo para enfrentarse otra vez a la realidad, aunque el tiempo para que sucediera era algo que no podía asegurar. Simplemente quedaba esperar, pues todo con ella, médicamente estaba hecho.

Por supuesto, Emmett, como cada vez que el doctor les daba la actualización de la situación de Rose, levantaba la voz e insistía que quizás no se estaba haciendo todo lo debido y que simplemente estaban dejando morir a su hermana, mirando de reojo a Edward, culpándolo por ello. Pero ciertamente el músico lo ignoraba y le daba carta blanca al doctor para seguir adelante con los estudios y exámenes que él considerara pertinentes. Él era el especialista y confiaban en su prestigio en casos similares a los de su esposa.

—Edward, no le hagas caso a Emmett —le dijo Antonieta, madre de Rose a su yerno después que el mayor de sus hijos saliera de la sala de espera echando humo, totalmente en desacuerdo frente a la pasividad con que se estaban tomando el caso de Rose—. Se siente impotente, como cada uno de nosotros, pero yo sé que están haciendo todo lo médicamente posible por mi hija. He leído artículos y la historia de otros casos similares a los de mi hija, y pues…

La voz de Antonieta se quebró y bajó su rostro para limpiar una escurridiza lágrima que rodó por su mejilla, torciendo Edward su boca y sintiendo pena por su suegra, acercándosele y rodeándola con respeto por los hombros.

—Tengo fe de que Rose saldrá de esto, y sé que tú también tienes esperanza. Simplemente hay que esperar y dejar que los médicos hagan su trabajo.

—Lo sé, lo sé… ¿pero si no… si no despierta? He leído casos en los que…

—Antonieta, debemos dejar que pase algo más de tiempo antes de ponernos en el peor lugar. Démosle tiempo a Rose de recuperarse, ya verás que dentro de poco, ella estará despierta y lista para salir de aquí por su propio pie.

— ¡Ay, Edward, eres tan bueno con mi hija! —exclamó Antonieta, descansando su cabeza en el hombro de su yerno. Edward tragó grueso y en silencio le pidió perdón a su suegra, porque en realidad estaba siendo un canalla con ella, pero quería que ella fuera feliz y a su lado no lo lograría. Ni él tampoco.

Más tarde salió del hospital rumbo a la universidad, decidiendo que para su salud mental, era mejor comenzar a retomar de a poco sus actividades. Antonieta se había quedado en el hospital para estar con Rose y había estado de acuerdo en la decisión de Edward de retomar sus actividades.

Llegando allí se encontró con su viejo amigo James Whiterland, quien había regresado hace unos pocos días de una estadía en el extranjero, donde cursó un doctorado. Se alegró de ver a Edward y le expresó su pesar por lo ocurrido con Rosalie.

—Pero después de todo lo que me has contado, veo que estás más tranquilo—admitió el flautista, con su voz ronca, sus casi dos metros de estatura y su largo cabello rubio tomado en una coleta baja. Siempre vestía informal, con jean rasgados y poleras de manga larga bajo chaquetas de cuero o mezclilla, muy contrastante a las tenidas de punta en blanco que solía usar en sus presentaciones.

—Se supone que pasó lo peor y ahora solo queda esperar —le contó Edward, caminando junto a su buen amigo recién llegado por uno de los corredores del lugar. —El problema es que no sabemos hasta cuándo.

—He oído de esos casos, de personas que han despertado años después o mueren en el proceso… —Edward lo miró con sentimientos de alarma y desazón, retractándose James enseguida—. ¡No digo que vaya a ser el caso de Rosalie, por supuesto! Me refiero a que nunca se sabe con estas jodidas cosas…

—Y es lo que más nos atormenta, no saber cuánto tendremos que esperar.

—Pero tranquilo, mi buen amigo, todo se resolverá. —lo confortó sonriéndole. Y mientras caminaban al recién llegado se le ocurrió una idea para ayudar a Edward a relajarse—. Me imagino que has estado fuera de las pistas, y yo también, ¿por qué no vamos a un auditorio que esté desocupado y nos desesteramos, colega?

—Me parece una estupenda idea. Movámonos entonces —respondió Edward, de acuerdo con el ofrecimiento de su viejo amigo.

Así como Edward eligió el piano como instrumento base de su carrera, James había elegido la flauta traversa como el suyo, destacándose en la ejecución del instrumento en presentaciones en solitario y como principal instrumento en la sinfónica de la ciudad, la misma donde Edward había destacado en el piano y donde había comenzado su carrera como director orquestal.

Ejecutaron piezas que habían sido compuestas tanto por Edward como por James durante más de una hora, dejándose llevar para rematar con compases que fueron brotando espontáneamente que parecían no tener fin, hasta que estallaron los aplausos de varios estudiantes que entraron al auditorio dejándose llevar por la música después de casi una hora de concierto improvisado.

—Dios, extrañaba esto —comentó James, guardando su instrumento en su maletín. Edward, mirando como de a poco la sala se iba llenando para la siguiente clase pensaba que también extrañaba su mundo en paralelo que parecía habitar cada vez que se dejaba llevar por la música.

—Sé de lo que hablas —comentó Edward, recostándose sobre el piano—. Necesitaba esto, olvidarme un poco de todo y simplemente dejarme llevar.

—Entiendo —dijo el amigo, tomando su maletín por el mango listo para salir—. ¿Qué harás ahora?

—Regresar al hospital. Mi suegra se quedó con Rose mientras yo venía aquí, tratamos de no dejarla sola mucho tiempo, ya sabes.

—Claro, ¿te molesta que te acompañe? Me gustaría verla… —dijo James tentativamente, deseando no importunar a Edward ni al resto de la familia de Rose.

—Seguro. Quizás Jasper ande por ahí y podamos almorzar en un restaurante cerca de ahí.

—Una estupenda idea.

De camino, Edward le pidió a James que le contara los detalles de su estadía en el extranjero, diciéndole el flautista que la experiencia en aquel lugar había sido fantástica, aunque honestamente el tema de los estudios no le resultara atractivo a ningún alumno.

—Podrías llevarte a Rose cuando salga del hospital, unas vacaciones o una especie de segunda luna de miel, ¿no crees?

Edward con la vista puesta en la carretera, apenas miró a James sonriendo tensamente, pues la idea de viajar no era mala, aunque él no hubiera pensado en Rosalie para que lo acompañara. Durante toda la mañana intentó mantener a raya su deseo de buscar a Isabella por los pasillos del hospital, pues la noche anterior se lo había prometido. Pero cuando llegara, sabía que no iba a poder pasar aunque se de llamarla a la hora que sabía ella estaba desocupada, en su hora de colación. Quizás podría convencerla de cenar al día siguiente o algo, cualquier cosa, con tal de pasar tiempo con ella.

Al llegar al hospital, vio que en la salita de espera se encontraba Jasper y Carlisle conversando, además de Antonieta y Esme, no pudiendo esta última evitar la sorpresa cuando vio al amigo de Edward acercarse directamente a ella, con su andar despreocupado y seguro. Sonrió con tirantez cuando James le apretó los hombros y dejó un beso en su mejilla, justo antes de saludar a Antonieta y preguntarle si lo recordaba. Después vino el turno de Carlisle y por ultimo de Jasper, que se alegró de volver a ver al flautista.

Edward, agradecido que el foco de atención fuese el recién llegado, le dio un codazo a Jasper indicándole con el teléfono en mano que se apartaría para hacer una llamada. Jasper le estrechó los ojos pero dejó que el músico fuera a hacer esa llamada a hurtadillas. Esme por supuesto, lo siguió con la mirada, deseando seguirle los pasos, pero antes de hacerlo, su esposo la había tomado por el brazo, para indicarle sobre una pregunta que no oyó a James decirle.

Mientras, Edward se había apartado justo a la ventana donde siempre se paraba a mirar, esta vez con su teléfono en el oído, esperando que del otro lado de la línea contestara. Quería escucharla, necesitaba hacerlo.

Un suave "Hola" salió del otro lado de la línea, provocando en Edward una sonrisa poco habitual en su rostro durante los últimos días. No había duda que todo de ella lo iluminaba.

— ¿Te estoy interrumpiendo? —preguntó él, mirando hacia el jardín que gozaba de disfrutar de un sol débil, normal para la época.

Estoy comiendo un sándwich —avisó ella, relajando al músico—. Pasé un par de veces por la sala de espera y no te vi, ni a Jasper, pero Alice me dijo que él estaría trabajando durante la mañana.

—Para una vez que trabaje ese vagabundo —comentó con diversión, entibiándosele el corazón cuando la oyó reírse—. Pero no, no estuve con él. Fui a la sinfónica a atender unos asuntos y me encontré con un viejo amigo que no veía hace mucho. Me encerré con él en un auditorio y comenzamos a tocar. Fue muy relajante.

Me alegro.

—Bueno, pero yo tengo en mente una mejor manera de relajarme, por eso te estoy llamando…

— ¿Ah, sí?

—Sí —asintió nervioso, como si se tratara de un adolecente queriendo invitar a la chica que le gustaba a una primera cita—. Lo primero era escucharte y lo siguiente es invitarte a una cena, esta noche.

Uhm… me temo que no puedo esta noche.

—Ah, bueno… —comentó un poco decepcionado, esperando que su tono de voz no lo delatara — ¿puedo saber por qué?

Quedé de ayudar a mi tío y estaré con él hasta tarde.

— ¿Quizás mañana?

Mañana… mañana es una buena idea.

— ¡Perfecto! —Exclamó con real gozo—. Me encargo de todo, tú solo llega a mi apartamento. Ahí te espero.

Esme, que se había podido escurrir de la amena charla con el recién llegado, se escabulló hasta dar con Edward y a escondidas lo espió mientras hablaba. Su comportamiento mientras estuvo con el teléfono en la mano le pareció muy sospechoso, pues sonreía y se reía con frecuencia, mirando por la ventana con algo extraño que ella no supo descifrar, pero que dispararon las alarmas en su cabeza. ¿Con quién hablaba? ¿Por qué se reía así? ¿Por qué esa mirada risueña? ¿Por qué tanto misterio? Esas y muchas otras preguntas se hacía Esme, deseando acercarse un poco más para oírlo y sonsacar algo de información.

—Tú y tu complejo posesivo sobre Edward, ¿no, Esme?

Sobresaltada se giró bruscamente, quedando frente a frente a James, que con sus brazos cruzados la miraba alzándole una de sus cejas. Ella tragó grueso y dio un paso atrás. James aprovechó de observar sin tapujos el atuendo tan elegante que vestía Esme, un vestido verde oscuro con cuello en V, mangas largas y cuyo largo caía justo hasta sus rodillas. Sus piernas delgadas y bien contorneadas enfundadas en medias claras y zapatos de tacón negro. Sin duda, la edad no había pasado por esa atractiva mujer, pensó James.

—Estoy… estoy preocupada, eso es todo —respondió nerviosa, jugueteando con su collar de oro que rodeaba su delgado cuello. Él torció su boca en una sonrisita pícara y asintió, para nada convencido.

—Por supuesto…

No alcanzó a decir nada más cuando Edward, extrañado por ver a su amigo y a Esme allí, se les acercó, mirando únicamente a James, que le sonrió con la soltura de siempre.

—Quería pasar a ver a Rose antes de marcharnos a almorzar con Jasper.

—Seguro —acordó Edward, indicándole con la mano por el pasillo hacia donde quedaba la pieza de su esposa—. Yo te acompaño.

Esme, a quien su hijo había ignorado esperó que James se adelantara para sujetar el brazo de su hijo y detenerlo. Como siempre que lo hacía, Edward se apartó como si el toque le quemara.

— ¿Fuiste a la universidad esta mañana? ¿Vas a comenzar a trabajar? Eso me dijo Antonieta…

—Algo así —respondió con tono tenso y cortante—. Iré retomando las cosas de a poco.

—Podrías habérmelo dicho, a mí o a tu padre. Me dolió enterarme por tu suegra…

—Esta mañana tomé la decisión, es todo.

—Te ves más tranquilo, cariño —tuvo la intención ella de levantar su mano y acariciarle el rostro, pero como siempre él no se dejó tocar por ella, apartándose un poco más—. Hace unos instantes te veías muy contento al teléfono, ¿con quién hablabas?

—Con nadie de tu incumbencia. Ahora voy con James. Permiso —y se apartó de ella como si se tratara de una desconocida, rugiendo por dentro, porque aunque lo intentaba, los recuerdos del pasado no lo dejaban soltarse frente a esa mujer que se decía su madre.

Cuando entraron él y su amigo al cuarto de Rose, James soltó un suspiro y se acercó a la cama de la esposa de Edward, tomándole cuidadosamente la mano que parecía más delgada de lo normal. Estaba pálida, pero sus labios estaban rosados y su cabello no había perdido brillo pese a todo. Parecía simplemente como si estuviera dormida. El hecho de que estuviera conectada por catéteres en la mano y el antebrazo era lo único que descubría su real estado.

—Hace una semana le quitaron la ventilación artificial. Está respirando por ella misma —comentó Edward, parándose frente a su esposa a los pies de la cama.

—Eso es una buena señal, ¿no? Debe ser cuestión de tiempo para que despierte, ya lo verás —se inclinó y dejó un beso respetuoso en la mejilla de Rose, a quien había conocido por supuesto, a través de Edward el mismo año que se casaron. No eran amigos del alma, pero siempre que coincidían en cenas o coordinaban salidas con su novia de aquel entones, lo pasaban muy bien. La encontraba una estupenda mujer.

Después de acompañarla un rato y cuando entraron dos enfermeras, no siendo ninguna de ellas Isabella, los caballeros salieron de la habitación y se fueron a almorzar. Esme se quedaría acompañando a Antonieta en lo que Edward regresaba. Carlisle había salido ya para ir por su hija rumbo a la casa de su hermana y llevarla con Esme.

A dos cuadras del hospital, los tres amigos se sentaron en una de las pocas mesas del restaurante que quedaba desocupada. Por la cercanía del hospital, el restorán solían llenarse de personal médico por lo que siempre en horario de colación se llenaba con rapidez.

Después de que un garzón se acercara a ellos a entregar la carta y ofrecerles algo de beber, los caballeros se largaron a conversar de lo que había sido de ellos durante los años que no se habían visto. Jasper contó con orgullo sobre sus logros en su trabajo como dibujante, habiendo recibido un par de premios importantes del rubro y el reconocimiento del público. Además, por supuesto, contó sobre su romance el que veía como algo definitivo en su vida, lo que según él, era lo único que le faltaba para realizarse en esta vida: formar una familia.

—Lo que soy yo, no he podido encontrar a la mujer adecuada —comentó James, bebiendo de su agua con lima—. Tuve algunos romances en el extranjero, pero nada de importancia. Quizás esté predestinado a ser un soltero empedernido.

—Seguro que sí —dijo Jasper, alzando su copa de vino.

—Pero aquí nuestro buen Edward nos lleva camino adelantado. Seguro y cuando Rose se recupere, pensarán en tener hijos finalmente.

Edward inspiró y bebió de su agua mineral para no hacer ningún comentario, porque honestamente ni de cerca estaba haciendo planes de tener hijos, al menos no con Rose. Jasper miró al pianista y notó en sus hombros rectos, cómo el comentario de James lo había puesto tenso, sabiendo él el por qué.

—Creo que es mejor pensar antes en la recuperación de Rose, ¿no crees? —comentó Jasper, saliendo al encuentro de su amigo.

—Es lo primordial ahora —admitió Edward cuando tragó su agua—. No puedo… no puedo pensar en nada más antes de verla sana.

Eso era mentira, porque él si pensaba y demasiado en lo que haría cuando llegara el momento, pero no con Rose.

Siguieron hablando de otros temas un poco más distendidos durante lo que duró el almuerzo de los caballeros, haciendo planes James y Edward para hacer alguna clase magistral en la sinfónica, actividad que se daba habitualmente. Mezclar la docencia y las artes musicales era algo que a los dos les gustaba mucho y ya había pasado tiempo de la última vez que lo hacían. Jasper aseguró su asistencia, aunque solo fuera una actividad para alumnos, entusiasmado de ver de nuevo a la dupla sobre un escenario.

Después de un poco más de dos horas, James de despidió de sus amigos, comenzando estos a caminar por las calles hacia el hospital.

— ¿Quedaste con Alice?

—Sí, quiere pasar a una tienda a comprarse algún atuendo adecuado para la visita que le haremos a mis padres —comentó, jugueteando con su bufanda roja, la cual se había quitado del cuello después de ver que el clima estaba dando de tregua aquel día.

— ¿Y eso requiere atuendo especial?

—Pues no, pero ella cree que sí. Quiere darles una buena impresión.

—Por supuesto…

—Y… —carraspeó Jasper antes de abordar el tema— no me has contado lo que pasó anoche. ¿Está todo bien, maestro? Ya sabes a lo que me refiero.

Edward sabía que su amigo Jasper fue quien incentivó a Isabella para ir a verlo. Él había oído el diálogo de las enfermeras en la que relacionaba a Isabella con el cardiólogo y su deseo de invitarla a salir, o cortejarla derechamente, causando en él un impacto profundo y una oleada de celos como nunca antes la sintió. También había comentado con su amigo la conversación que había tenido con Isabella, en donde le había dicho que siguiera adelante con su vida sin pensar en él, pues no era nadie para retenerla. Eso le dolió más que cualquier otra cosa que haya podido sentir antes, ver sus escazas esperanzas irse por el desagüe, desarmándolo por completo, retirándose a su apartamento que ahora habitaba con ese sentimiento de derrota y dolor en su pecho.

Pero sin duda, la resolución con la que Isabella llegó hasta él, volvieron a encender sus esperanzas detener un futuro feliz junto a ella, como nunca antes deseó.

—Estuvo bien.

La respuesta corta y somera encendió aún más la curiosidad de Jasper, que lo miró y le dio un empujón antes de protestar.

— ¡Oh, vamos Edward! ¿No me vas a contar nada? ¿Ni siquiera si hablaron?

—Sí, sí hablamos… después que yo lograra hacer uso de mi autocontrol y despegarme de sus labios finalmente…

—Vaya… —murmuró Jasper, rascándose la cabeza—entonces, tú y ella… ya sabes…

—Me esperará, eso es en resumen —aclaró, antes que su metiche amigo preguntara algo más— y lo que oí no fueron más que cotilleos de pasillo. Me dijo que el doctor ese era un buen amigo y nada más, pero que al menos ella no tiene intenciones con él, o con nadie más…

—Con nadie más, excepto tú.

—Me basta con eso, con saber que al final ella estará aquí para mí. Mientras, iremos de a poco, ya sabes… como amigos quizás…

— ¡Dios, Edward, no me hagas reír! Tú y ella no pueden ser amigos, tarde o temprano será prácticamente irresistible para ustedes sostener esta especie de amistad especial. Es demasiado fuerte lo que sienten el uno por el otro.

— ¡¿Y crees que no lo sé?! —exclamó Edward, deteniendo su caminar, mientras los otros transeúntes se hacían a un lado. Miró a su amigo con angustia, expresando sus sentimientos— ¡Dios, si es una tortura ya no poder abalanzarme sobre ella con total libertad, ni en público ni en privado! Pero es un tema delicado, Jasper… soy un hombre casado que está haciendo planes en su cabeza de un futuro con… con su amante.

—Tu historia es diferente a otras de infidelidad… —lo trató de tranquilizar Jasper, pero Edward no se dejó llevar por esas palabras.

— ¿Y qué me hace diferente? ¿Que no estoy llevando una vida libertina de sexo con Isabella? ¿Qué mi esposa está en coma?

Jasper, torciendo su boca, dio un paso adelante para estar más cerca de él. Desde esa distancia habló suavemente, con voz tranquilizadora.

—La amas como nunca amaste a tu mujer, y sería despiadado si te largaras con Isabella en el estado que se encuentra Rose, pero aquí estas, pendiente de ella, esperando que se recupere para dar la cara y hablar con ella —indicó con la mano hacia donde se encontraba el hospital, a unos pasos de distancia. Luego puso un dedo sobre el pecho de su amigo—. Eso te hace diferente, tus sentimientos y los de ella, que son sin maldad y que están posponiendo sus sentimientos para evitar provocar un daño colateral mayor. Es así como lo veo. Sabes que no voy promoviendo la infidelidad, y si fuera otra tu situación sería el primero en criticarte, pero sé que estás tratando de hacer las cosas como mejor puedes. Lamento que ella haya llegado en este momento a tu vida, de verdad hermano, cuando estás de manos atadas…

— ¡Dios, ya lo sé! —se restregó la cara con las manos y volvió su vista hacia el frente para seguir caminando.

— ¿Y sabes todo lo que se te vendrá encima, no? —Cruzándose de brazos, Jasper siguió caminando al lado de su amigo—. Cuando… cuando decidas poner en marcha tu decisión.

—No me importa, Jasper. Sé que podría tratar de obviar lo que estoy sintiendo por Isabella o ponerle otro nombre, pero es… demasiado fuerte, y honestamente no quiero seguir viviendo sin ella, no quiero seguir viviendo y conformándome con lo que tengo.

—Te comprendo mi amigo. Y bueno, está de más decirlo, pero cuando estalle esa bomba, cuando todos se te quieran ir encima llegado el momento, yo voy a estar tras la línea de defensa a tu lado, maestro.

—Gracias, gracias Jasper.

Ambos caballeros entraron al hospital, Jasper con la intención de ir a buscar a su chica mientras que Edward fue directo hasta el cuarto de su esposa, que en ese momento estaba a solas, sentándose a su lado sobre la infame silla de metal, tomando una de sus manos y llevándosela hasta la boca, antes de volver a pedirle perdón como a diario lo estaba haciendo.

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—Dios mío, danos paciencias —suplicó Marcus con su rostro y sus manos extendidas hacia el cielo, cuando lo único que se oía en el salón comunitario de la iglesia, era el llanto de los niños. Y es que ni él ni nadie podía culparlos, cuando sus madres los habían hecho ir hasta allí con la intención de que la sobrina del cura les suministrara la vacuna contra la influenza, que el padre Marcus gestionó para el sector más necesitado de sus feligreses.

Isabella, con su paciencia y su temperamento único, había recibido a cada niño que se enfrentó a ella con pavor en los ojos inundados de lágrimas y con su voz pausada y tranquilizadora, les había prometido que el piquete en el brazo no dolería más que una magulladura que cualquier juego infantil les hubiera provocado. Pero pocos niños confiaban en la palabra de esta enfermera, hasta que ella les decía que ya estaba, que el mal rato había pasado, regalándoles enseguida una golosina por la valentía de ir hasta allí, lo que los hacía olvidarse de ese mal rato.

—Ya falta menos para acabar —dijo Isabella, preparando una nueva jeringa, mientras el cura hacía entrar a la siguiente "victima", hasta que finalmente no quedaron almas infantes en el lugar.

El cura, cansado emocionalmente, se dejó caer en una silla de madera, mientras su sobrina como si nada, se preocupaba de echar todos los residuos en una bolsa de basura para botarlos en un contenedor seguro.

—Por cierto, gracias por haber venido a ayudarme.

—No fue nada, sabes que lo hago con mucho gusto —respondió ella con una sonrisa sincera, mientras seguía limpiando.

— ¿Me dejas invitarte a la cena entonces? Una de las madres de esas criaturas nos trajo una cacerola llena de estofado que no soy capaz de comerme solo.

—Me apunto. —asintió. El cura aplaudió y se puso de pie de un salto con renovadas fuerzas, indicando hacia el corto pasillo que separaba al salón de la pequeña cocina.

—Voy entonces a la cocina a prepararlo todo, mientras tú terminas ahí.

—Te sigo en breve, tío.

Ella, siempre llana a ayudar, no se le había problema el ocupar su tiempo libre para colaborar con cualquier labor social que su tío Marcus le solicitara. Lo único que lamentaba, era que por ese compromiso había tenido que pasar de verse un rato con Edward… en plan de amigos, claro. O al menos era lo que intentarían.

Tras dejar todo limpio y ordenado, Isabella se unió a su tío en la cocina, un lugar pequeño pero muy acogedor, que entre él y sus clérigos habían ayudado a cuidar, y que siempre reunía allí a algún grupo alrededor de una buena porción de comida o un simple pedazo de pan. Ayudándolo a colocar las cosas sobre la mesa, mientras él le preguntaba por la vida social de Renée que esa tarde la mantendría ocupada.

—Una fiesta del té en casa de una vecina del piso uno. —contó ella, poniendo la panera al centro de la mesa cuadrada, que estaba cubierta con un mantel de cuadros rojos y blancos.

— ¿Fiesta del té? —preguntó el tío, vertiendo comida sobre un plato blanco. Isabella sonrió y se alzó de hombros, sentándose en uno de los puestos.

—Tampoco tengo idea de qué significa…

—Ah, tu madre siempre con sus cosas raras —comentó el cura divertido, poniendo frente a su sobrina una buena porción de humeante estofado que olía muy bien. Cuando él se sentó junto a ella, la invitó a cerrar los ojos mientras él bendecía la comida, antes de proceder con la degustación.

— ¿Mucho movimiento en tu trabajo?

—Bastante. —Inhaló el olor delicioso de la cena antes de tomar los cubiertos para probar la comida —Vamos de un lado a otro, siempre hay bastante actividad. Incluso nos piden prestar ayuda en el piso superior de cardiología, en el área de trasplantes.

—Oh, vaya… —Marcus, que no era bueno para guardarse las cosas, no pudo evitar seguir indagando por algo que lo tenía preocupado con respecto a su sobrina — ¿Y las cosas fuera del trabajo? Ya sabes a lo que me refiero…

Isabella lo miró con sus ojos verde agua muy abiertos, ruborizándose instantáneamente, decidiendo apartar su mirada de la de su tío, que era tan escrutadora.

—Están… —se aclaró la garganta y llenó el tenedor de comida —están bien, tío.

Llevó Isabella la porción de comida a su boca, mientras él la observaba con la mirada entornada. Inspiró profundamente y torció su boca, importando una voz suave y conciliadora, no era su intención asustar a su sobrina.

—Hija, puedes confiar en mí, ya lo sabes…

—Lo sé, —Isabella sonrió con tirantes —no debes preocuparte.

— ¿Y por qué será que tengo un mal presentimiento? ¿Por qué será que cuando miro esos ojitos, me dicen que algo te atormenta, mi niña? Dímelo

—Solo… yo solo…

— ¿Se trata del hombre casado del que me hablaste la otra vez?

La sola mirada llena de ansiedad que Isabella le dio a su tío, le hizo entender al cura que las cosas iban dirigidas hacia ese lado, lo que lo puso en alerta. Dejó los cubiertos a un lado del plato y tomó una de las manos de su sobrina, a la que quería como si fuera su hija, apretándola levemente.

—No quiero que te hagan sufrir… no otra vez —susurró Marcus con preocupación—. No quiero que te ciegues de amor o lo que sea, que pases a llevar tus principios. Ya una vez pasamos por eso y…

— ¡No tiene nada que ver con lo que me ocurrió en el pasado! —exclamó ella con vehemencia, como si quisiera defender lo que Edward y ella tenían—. Es completamente diferente.

— ¿Es? ¿Quieres decir que tú y ese hombre ya tienen algo?

—No… —sacudió la cabeza con rapidez—. No, no es lo que quise decir…

—Porque si es así, te recuerdo que es un hombre casado y que tiene a su esposa en el hospital por lo que tú misma me contaste.

—Solo somos amigos.

— ¡¿Amigos con ventaja, como se estila ahora?! —Isabella dibujó en su rostro una mueca descompuesta y abruptamente se levantó de la mesa, dejando la servilleta de género a un lado del plato que no alcanzó a probar. Su tío hizo lo mismo, levantándose también—. ¿Qué haces?

—Se me quitó el hambre. Mejor será que me vaya.

—Hija, solo quiero tu bien —advirtió el padre, continuando con su punto de vista—. Ya te vi una vez destruida por algo que creías era amor, y no quiero verte así otra vez.

— ¡Te digo que no es lo mismo! Ni por asomo, Edward me trataría del modo… del modo en que ese cerdo lo hizo —dijo, refiriéndose al hombre de su pasado, el protagonista de sus pesadillas—. No hay nada entre él y yo, nada que provoque que nos apunten con el dedo. Pero hemos decidido esperar…

— ¿Esperar qué? —preguntó, poniéndose frente a ella para evitar que se fuera de ahí.

—Que él sea libre…

Marcus abrió los ojos y dejó ver su disgusto. Él, como representante de la iglesia, estaba en contra de las relaciones extramaritales, y no porque fuera cura, sino porque eso denigraba a la mujer en todo el sentido de la palabra, y él no quería que nadie más dañara a Isabella. Por eso se molestó con ella y sus dichos respecto a ese tema:

— ¡¿Sabes que esa es la misma historia que las amantes se tragan, la misma historia que los maridos irresponsables les dicen para mantenerlas a su lado?!

— ¡Te digo que esto es diferente! —Exclamó ella otra vez, alzando el tono de su voz—. Ahora lo siento, pero no voy a discutirlo contigo.

Dio un paso al costado, pero su tío la sujetó por el antebrazo antes que ella pudiera escapar. No se iría sin que oyera lo que tenía que decirle:

— ¡Si crees que me voy a quedar de brazos cruzados con esto que me has dicho, estás muy equivocada! No seré un espectador pasivo, Isabella. Voy a evitar que cometas un error del que luego te arrepientas, voy a evitarte el sufrimiento a como dé lugar.

— ¿Quieres evitar mi sufrimiento? Entonces déjame en paz y confía en mí. No soy la estúpida de aquel entonces que se deja engatusar. Sé quién soy, sé lo que siento, no haré nada que me haga avergonzar. Adiós tío.

— ¡Isabella, por Dios, no te vayas así! —gritó él, pero ya era tarde. Ella ya había cerrado la pequeña puerta de madera de la humilde cocina y estaba atravesando con decisión el salón comunitario, desde donde agarró su abrigo, el morral de cuero y la bolsa de basura para salir de allí antes de dejar que las lágrimas cayeran por sus ojos.

"Es diferente. Lo que él y yo sentimos es diferente, por eso me atrevo a darle la esperanza que me pide, a dármela a mí misma" se repetía mentalmente mientras caminaba por la Plaza de los Álamos frente a la iglesia de donde había salido.

Renée llegó muy contentan y entusiasta, comentándole a su hija cómo le había ido en la reunión con sus amigas. A pesar de su buen estado de ánimo, presintió que algo le ocurría a su hija, pero esta se escudó en el cansancio después de haber pasado gran parte de la tarde ayudando a su tío en la iglesia, y que eso la había agotado, pues además había sido un día de locos en su trabajo. Con esa excusa se retiró a su dormitorio, mientras Renée se retiraba también a oír su telenovela de la noche, prometiendo después ir hasta el cuarto de su hija para dejarle el beso de buenas noches.

Y allí en la soledad de su habitación, recibió la llamada de su amiga Alice, que le contaba entusiasmada todas las cosas lindas que había comprado para el viaje con Jasper.

—Compré de todo, una nunca sabe lo que se pueda presentar en viajes como estos, así que tuve que comprar algo de esto y de aquello…

—Claro, seguro sufriste mucho en el proceso

—Ya me conoces… —se rio Alice—. ¿Tú estás bien? ¿El panorama en la parroquia de tu tío fue lo que esperabas?

—No quiero hablar de eso

— ¿Que sucedió?

—Mi tío… mi tío intuye lo que pasa con Edward. Se lo conté cuando… cuando apenas empecé a sentir cosas, justo el día después que lo conocí…

— ¡¿Y tú estás loca?! ¡Cómo vas y se lo cuentas a tu tío! ¡Dios, Isa!

—No sé por qué lo hice. Ahora está pendiente de lo que pueda pasar con él y pues… me hizo sentir culpable…

—Isa, amiga, escúchame. Lo de ustedes va pasar tarde o temprano, y están siendo muy respetuosos con lo que están sintiendo, lo que le da puntos al músico. Otros en su lugar, ya se habían largado lejos, dejándolo todo, pero ustedes no. ¡Y no estoy a favor de la infidelidad! Pero lo de ustedes es… diferente y tú decidiste esperarlo, ¿verdad, amiga?

—Sí.

—Bien. Ahora solo haz caso a lo que diga tu corazón y tu conciencia, ¿entendido?

—Sí, señora —respondió, contenta porque a su amiga a la que consideraba su hermana la apoyaba y la entendía, porque la conocía. Sabía que no quería causar el sufrimiento de nadie, pero sabía también que los sentimientos que habían despertado en ella por Edward de forma tan fulminantes eran sinceros y sobretodo poderosos, como los que él aseveraba sentir por ella. Y quizás eso era a lo que Isabella le temía, que ese amor fuera demasiado como para mantenerlo a raya, dominarlo… ¿Hasta qué punto iba a poder controlarse? ¿Estaría cerca el momento de poder cerrar los ojos y simplemente dejarse llevar?

Al día siguiente y después de llegar a casa de su trabajo, saludó a su madre con un beso y un abrazo, diciéndole que debía prepararse para un "compromiso" que tenía esa noche, contentando a su madre primero por oírla tan entusiasmada y segundo porque tuviera otras actividades recreativas fuera del trabajo. Su niña necesitaba distraerse.

Lo primero que hizo fue quitarse el uniforme y cubrirse con una bata. Enseguida abrió las puertas de su armario y paseó su vista por sus prendas, esperando encontrar algo lindo que ponerse para su cena con Edward. Finalmente se inclinó por un blusón blanco, ajustado a la cintura y bordado con diseños étnicos en hilo de muchos colores, junto a unas cazas negras y unas botas del mismo color.

Se duchó, se secó el pelo y se peinó no muy diferente a como lo hacía siempre. También se dio unos toques de maquillaje, algo muy leve y enseguida se vistió, para finalmente verter un poco de perfume de lavanda en su cuello. Estaba en eso cuando el teléfono que había quedado sobre su mesita de noche sonó anunciando un mensaje, el que ella se apresuró en leer, sonriendo cuando vio que era de Edward: "No me hagas esperar mucho, que estoy ansioso por verte. Estoy esperándote… en realidad, hace mucho que estoy esperándote, así que no demores y vente ya".

Sonrió y cubriéndose con su abrigo gris y una pañoleta azul que rodeó a su cuello, salió de su cuarto, pasando por la cocina para despedirse de su madre y prometerle que no regresaría tarde.

—Diviértete cariño —le exclamó Renée antes de que ella saliera de casa rumbo a su cita.

Eran las ocho de la noche cuando se paró frente a la puerta del apartamento de Edward, sin tener necesidad de golpear pues Edward, como presintiendo su llegada, le abrió, recibiéndola con una luminosa sonrisa.

—Dios, por fin… —la tomó por la mano y la empujó hacia el interior, abrazándola y escondiendo su rostro en su cabello—. Estaba ansioso que llegaras.

—Estaba ansiosa por llegar —reconoció Isabella, rodeando a Edward por la cintura, agradecida del calor y el confort que él le proporcionaba. ¿Cómo iba a poder siquiera imaginarse un futuro sin él?

El anfitrión la invitó a quitarse el abrigo, el que dejó colgado en un perchero tras la puerta, suspirando cuando vio el atuendo sencillo de su invitada, quien se sentó en el sofá sobre sus piernas dobladas.

—Te ves hermosa —la halagó Edward, sentándose a su lado. Ella escondió su rostro sonrojado pero no pudo esconder la sonrisa que bailaba en sus labios—. ¿Quieres beber algo?

—Lo que sea está bien.

Edward le acarició el rostro y se levantó para ir hacia la cocina por dos copas, mientras ella se deleitaba mirando el entorno que para ella resultaba tan acogedor. Pero lo que más le gustaba era el tragaluz en el techo, justo bajo la mesa de centro, donde ella se imaginó muchas cenas bajo la luz de las estrellas que seguro se dejaban ver cuando las nubes le dieran una tregua al cielo. Música suave como la que sonaba en ese momento, velas, un par de copas de vino quizás y la compañía de Edward era sin hacían sin duda que la velada fuera perfecta.

—Presumo que te gusta el traga luz por como lo miras

—Sí; gracias —dijo, tomando la copa de vino blanco que Edward había traído para ella—. Es la ventaja de vivir en el último piso, ¿no?

—Algo así —se sentó al lado de ella y miró también el trozo de techo recubierto por el vidrio—. ¿Pero sabes lo que me gusta? Cuando llueve y las gotas de agua rebotan sobre el vidrio. Es muy relajante, al menos para mí.

— ¿Pasaste mucho tiempo aquí? Digo, antes de cambiarte…

—Sí, bueno… —En ese momento el inoportuno teléfono de Edward sonó, tomándolo él para mirar la pantalla y ver de quien se trataba, arrugando la frente y rechazando la llamada para concentrase de nuevo en su invitada.

—Puedes tomar la llamada, no te preocupes por mí.

—Era Esme. Nada importante —respondió con tirantez, bebiendo de su vino.

Isabella mordió su labio por el súbito cambio de actitud de Edward tras la llamada que no llegó a responder.

—Ejem… Tengo la impresión de que siempre que hablas de ella pareces incómodo, como si te molestara incluso —preguntó Isabella movida la reacción de Edward, que en ese momento desvió su vista hacia la ventana, confirmando el comentario de Isabella que algo raro intuía.

Lentamente el músico volvió su vista hacia ella, esta vez con ojos turbios de quien esconde algo doloroso. La piel de Isabella se erizó y enseguida se arrepintió de haber preguntado.

—Dios, perdóname, no quería incomodarte.

—Me pregunto, cómo es que me lees con tanta facilidad. Cómo es que la mujer con la que he vivido por años no logra percatarse de esto que mencionas, en cambio tú… —se quedó en silencio, buscando las palabras, siempre con sus ojos puestos en ella— me lees como un libro abierto.

—Puedes confiar en mí, para lo que sea —susurró Isabella, alargando su mano desocupada hasta dar con la del músico, que la entrelazó con la suya.

Cerró los ojos por un momento para darse valor al parecer, y al abrirlos comenzó a relatar para Isabella, lo que para él fue el momento más oscuro de su vida.

—Ya antes te conté que Esme no es mi madre. Nunca llegó a adoptarme, pero sí persuadió a mi abuelo de darle un poder para criarme. Mi abuelo no se negó pues siempre supo que ese era el deseo de mi madre biológica.

— ¿Cómo falleció ella? —quiso saber Isabella.

—Era muy enfermiza, y el hecho que vivieran en medio del campo no ayudaba mucho. Fue una especie de virus fulminante que no fue tratada a tiempo. Falleció cuando yo tenía 3 años.

—Lo siento.

Edward torció la boca y llevó hasta sus labios la mano de Isabella que tenía aferrada a la suya, en señal de agradecimiento. No le gustaba hablar de ese tema, pero se sentía cómo con ella, tanto así que le resultaba fácil develar ese tipo de recuerdos, como nunca antes lo hizo, ni siquiera con Rosalie.

—Todos los recuerdos que tengo de mi infancia en el campo son felices. Adoraba a mi abuelo, quizás por eso nunca extrañé la figura de un padre porque él siempre lo fue para mí. Poco recuerdo a mi madre, apenas cruzan unas imágenes de vez en cuando, pero a pesar de todo fui un niño feliz allí, hasta que a Esme se le ocurrió que yo estaría mejor con ella…

—¿Cómo es que conocían a Esme?

—Ella era la única hija de la casa patronal del campo donde vivíamos. Desde niña, ella y mi madre se hicieron amigas. Esme siempre llegaba con regalos para nosotros, desde ropa, incluso alimentos, nunca fue para ella una excusa el hecho que ella fuera hija de los patrones, y la nuestra una familia humilde que trabajaba para la suya. Pero no puedo decir nada de la familia Platt, siempre fueron muy buenos patrones con mi abuelo, que era el leñador del sector.

—Esme y su familia eran muy nobles entonces…

—Claro… —murmuró Edward, no del todo de acuerdo con ella—. Después que mi madre falleciera, Esme siguió yendo a visitarnos, siempre preocupada que nada nos faltara… hasta que se le ocurrió al brillante idea de proponerle a mi abuelo hacerse cargo de mi educación. Mi abuelo, pensando en mi bienestar y en lo que mi madre deseó para mí, la dejó hacer, entregándole un poder que permitió que Esme me sacara de su lado y me llevara a estudiar al extranjero.

Edward cerró los ojos y recordó la fuerza que puso el día que se tuvo que despedir del viejo Richard, a quien amaba a más que a nadie en el mundo, y quien lo había empujado a descubrir la música, con la cual iba a vivir el resto de su vida. Dos años antes, cuando cumplió los ocho, el viejo le había regalado el piano en el que aprendió sus primeras notas. Ese instrumento y su abuelo eran su más grande tesoro, él no quería ir a una prestigiosa escuela ni vestirse con ropas finas, simplemente quería tocar el piano y vivir con su abuelo, pero la preocupación de este último porque su nieto tuviera todo lo que para él era imposible darle, fue más fuerte, permitiendo que Esme, a quien quería como a hija, se lo llevara y cuidara de él.

—¿Por eso te desagrada Esme? ¿Porque te separó de tu abuelo?

—Mi repulsión por Esme es mucho más profunda que eso, Isabella.

—¿Repulsión?

La sola idea de tener que verbalizar ese hecho, que tan solo con Jasper había compartido, le revolvía el estómago. Pero iba a hacerlo, Isabella iba a saber todo de él, así como él esperaba que ella confiara en él como para contarle absolutamente todo de ella.

—Me costó adecuarme a la vida en otro lugar como le hubiera costado a cualquier niño, pero con el tiempo fui acostumbrándome —sonrió al recordar el tiempo de escuela donde conoció a quien hasta ese día era su mejor amigo, como el hermano que nunca tuvo—. Conocí a buenos amigos afuera, como a Jasper por ejemplo. Y honestamente me hubiera sido difícil seguir allí si hubiera estado solo. El padre de él era diplomático en aquel entonces y lo movían de país con regularidad. Ellos también fueron muy buenos conmigo, les tengo un gran aprecio.

—Es bueno contar con alguien así en momento como ese.

—Es verdad —otra vez la sonrisa del rostro de Edward se esfumó y la turbiedad cobró lugar en su mirada verde pardo—. Pero lamentablemente ni él ni su familia pudieron hacer algo por mi cuando…

—¿Qué sucedió Edward? —preguntó Isabella con tinte de desespero en su voz, dejando a un lado a copa de vino y tomando el rostro compungido del músico entre sus manos.

—Cuando tuve once años, descubrí los peculiares gustos sexuales de Esme —tragó grueso y se mantuvo con los ojos cerrados, mientras ella derramó lágrimas por él pues intuía lo que el músico le contaría a continuación—. Llegué de imprevisto a casa una noche en la que se supone veríamos películas hasta tarde con Jasper, pero a este lo castigaron así que me enviaron a casa con el chofer de la familia.

Cuando entré al apartamento me encontré en la sala con una verdadera escena sacada de una película porno. Para un niño de once años el ver aquello es un poco confuso, en todo sentido… ¿qué hacía una mujer adulta con tres jovencitos desnudos, que eran mayores que él apenas por unos cuantos años?

—¡Dios mío!

—Me explicó esa misma noche cuando sus "visitas" ya se habían marchado, que eso era algo normal y que poco a poco yo iría descubriendo. Recuerdo que se sentó en mi cama y me besó la frente mientras una de sus manos se metía bajo las colchas… y por sobre el pantalón de pijama me acarició…

—Ya basta, no es necesario que sigas hablándome de esto —dijo Isabella, pero Edward movió la cabeza y siguió hablando. Ahora que había abierto la boca, necesitaba sacarlo todo de adentro, por ello continuó.

—Años después supe que aquel día estaba hasta arriba de coca y que durante sus encuentros sexuales con jovencitos eso era habitual… también lo estaba cuando por las noches se metía a mi recamara y se acostaba a mi lado, acariciándome, buscando provocarme. Y yo no hacía nada, me quedaba estático, hasta que un día la empujé y salí corriendo. Llegué a la casa de Jasper y allí me quedé.

—¿Los padres de Jasper lo supieron, y no dijeron nada?! ¡¿No hicieron nada?!

—Nunca se los dije, y le hice jurar a Jasper que nunca lo haría. A partir de ese momento, fui un chiquillo rebelde que se encerraba con llave en su recamara por las noches o que se escapaba cuando Esme recibía visitas. Logré aguantar hasta los dieciséis. Recuerdo que la amenacé para que firmara mi permiso, autorizándome a dejar el país. Le dije que si no lo hacía, tenía pruebas que la meterían en la cárcel por haber abusado de menores de edad. Ella trató de convencerme que estaba equivocado, pero finalmente cedió y yo me marché. Había ahorrado para comprarme el billete de avión, Jasper me ayudó por supuesto y su hermano mayor que es abogado, nos redactó el documento que Esme firmó, que según él era para un trabajo que teníamos que presentar en la escuela.

Pude recuperar mi partida de nacimiento, y junto con el permiso no tuve problema en salir del país. Cuando arribé, lo primero que hice fue tomar el autobús para llegar donde mi abuelo… Y no te imaginas, me saqué un peso de encima cuando lo vi después de todos esos años amontonando leña.

—¿Pero… él te preguntó por qué habías regresado antes, sin aviso?

—Lo hizo y le pareció raro que Esme no se lo dijera, ni que yo se lo comentara cuando hablábamos por teléfono una vez por semana —besó una vez más la frente de Isabella antes de continuar—. Yo siempre lloraba durante esas llamadas, diciendo que lo echaba de menos, y era cierto, pero lo que en verdad me hacía llorar era que había dejado lo que más amaba para vivir el infierno al que esa mujer me sometió.

Isabella no pudo más, y quitándole el vaso que seguía en una de las manos de Edward, se sentó sobre sus piernas y lo abrazó por los hombros, hundiendo su rostro mojado de lágrimas en el cuello del músico, que no demoró en abrazarla con la misma fuerza, agradecido por esa muestra de amor.

—Por eso mi relación es así con ella —contó en tono bajo, acariciándole la espalda y besándole el cabello—. Me pidió disculpas una y otra vez y aunque muchas veces le di a entender que ella y yo no éramos familia, nunca se apartó. Tiempo después conoció a Carlisle y se establecieron, y me presentó con él prácticamente como su hijo, contándole la parte linda de la historia, por eso él me considera también como su hijo, y no me molesta que lo haga, se lo gradezco. Él es un buen hombre que no se merece a esa mujer, pero no es él lo que me tiene cerca de ellos otra vez, es Jane. No voy a dejar que ella pase por lo mismo… voy a sentirme responsable si…

—Eso no va a pasar. Quizás… quizás Esme maduró y está arrepentida de verdad, por como mira a su hija se ve que la ama y que no sería capaz de hacerle nada malo…

—A mí también me amaba como si hubiera sido su hijo… al menos eso decía… pero no voy a correr riesgos.

—Yo… perdona por haberte hecho hablar de esto —puso una manos sobre el pecho fuerte de Edward cubierto por un sweater de alpaca gris oscuro, sintiéndose un poco avergonzada—. No era mi intención traer a colación recuerdos tan malos…

—Cualquier cosa que quieras saber —sonrió abarcando la mejilla sonrosaba y aun algo húmeda de Isabella, limpiándola con su dedo pulgar— lo que sea de mi puedes tomarlo. Mis secretos, mi pasado, todo…

Con ella, no había pasado suficientemente tormentoso que pudiera eclipsar sus momentos con Isabella. Eso pensó el músico cuando acercó su rostro al de ella y suavemente posó sus labios sobre los suyos, iniciando un beso que como todos lo que había compartido con ella, sellaban algo especial. Isabella sin dudarlo, respondió a ese beso, agradeciéndole por haber confiado en ella, pidiendo al cielo que ella pudiera tener algún día la misma valentía para sacar a flote aquella parte del pasado que tanto dolor le había dado.

Allí se quedaron los amantes, sobre el sofá y bajo la luz tenue que se filtraba del tragaluz, besándose lento, aferrándose las manos de Edward en torno a la cintura de Isabella con más fuerza a medida que el beso iba ganando intensidad, olvidándose un poco de la triste historia de Edward, del vino y de la cena que al parecer, había pasado a segundo plano, después que se fundieran en ese abrazo y ese beso que hablaba mucho más que cualquier palabra.

**oo**

Sonrió cuando la puerta de su cuarto de hotel resonó con dos golpes. Su cita había llegado después de decirle que no iría.

Abrió la puerta y sonrió, haciendo una reverencia para que la invitada entrara pasando por alto la payasada esa de la reverencia.

― ¿Para qué me pediste que viniera? ―preguntó ella, dándole la espalda. Él como depredador hambriento se le acercó lentamente, acercando su nariz hasta el cuello de su presa, inhalando profundo el aroma de su perfume floral y sonriendo cuando la respiración de la invitada se alteró al sentirlo así de cerca.

― ¿De verdad necesitas que te lo diga? ¿A caso no viniste por lo mismo?

―Pensé que se trataba de algo importante ―protestó ella, cruzándose de brazos. Él sonrió con malicia, torciendo su boca.

― ¿No fue importante lo que pasó entre nosotros? Tantos años juntos…

―Soy casada, tengo una hija…

―Antes de irme al extranjero ya eras casada y no lo ponías como excusa…

―He cambiado.

― ¡Mentira! ―la giró jalándola bruscamente por el antebrazo, pegándola a su cuerpo con el fin de que notara su firme erección ―No viniste aquí por simple curiosidad o para que dejara de molestarte de una vez, viniste porque lo deseas como lo deseo yo.

Y se lo demostró besándola violentamente, sujetándola por la nuca y jalándole su cabello caoba claro. No demoró en abrirse para él, dejando que la besara con vigorosa bestialidad y lasciva que a ella la encendía y la excitaba.

¿Qué había mejor para una mujer adulta con varios años a cuestas, que un cuerpo juvenil y vigoroso para llenarla de vida? Eso es lo que pensaba Esme, mientras se dejaba llevar por la pasión de ese hombre, varios años menor que ella, por quien no pudo resistirse. Además, le gustaba el control que suponía para una mujer tomar las riendas de una relación y dejarse llevar por el erotismo, sin que nadie pusiera pero alguno en sus deseos, y eso solo lo conseguía con jóvenes dispuestos a experimentar lo que fuera. Muchachos con las hormonas tan fuera de control que estuvieran desesperados por saciar su hambre de sexo, y qué mejor que con alguien con más experiencia que los guiara por el camino del erotismo.

Eso le pasó a James, que conoció a Esme cuando ella y su hijo putativo vivieron en el extranjero, hijo con quien años más tarde vino a coincidir en la universidad y con quien estrechó lazos. Pero para este joven flautista, más que su amistad con Edward le importaba la relación tormentosa que lo unió a esa mujer que lo llevó por ese mundo oscuro de la sexualidad no permitida por la sociedad. Por eso fue que la llamó, porque cuando la volvió a ver la tarde del día anterior, vio que la llama que los unió seguía allí, y él aprovecharía de eso para pasar un buen rato.

Aunque claro, Esme, que también había sentido eso, no iba a dejar pasar la oportunidad para sacar provecho.

Se apartó poniendo las manos sobre el pecho de James, tirándolo hacia atrás. Su respiración era pesada y sus ojos oscuros de deseo, molestos en ese momento por haberlo interrumpido.

― ¿Harías algo por mí, James? ―susurró Esme, lasciva y coqueta, quitándose las botas. Él caminó hacia ella, desabrochándose los botones de su camisa.

―Lo que sea… ―respondió James, sujetándola por la cintura y pegándola a él brusca y sorpresivamente que Esme lanzó una exclamación nerviosa y excitada. La besó otra vez, riñendo cuando ella se apartaba sin contener la risa que la desesperación de ese hombre le provocaba. ― ¡Habla de una vez Esme!

―Se trata de Edward. Ha andado muy extraño y…

―Tiene a su mujer en una clínica, en coma, qué quieres… ―repuso James, interrumpiéndola. Ella meneó la cabeza.

―Es algo más, y tienes que averiguarlo. Eres su amigo, a ti te lo contaría…

―Vale, lo haré ―volvió a asegurar con tono severo ―Averiguaré lo que pueda… ¿pero qué me llevo yo a cambio?

―A cambio, podrás tener sin restricciones lo mismo o más de lo que tendrás esta noche… conmigo.

Y eso fue todo. James le quitó el vestido bermellón sin ceremonias a Esme, arrojándola a la cama King mientras él se desenfundaba los pantalones, arrojándose sobre ella listo para tener una buena sesión de sexo con esa mujer, varios años mayor que él.